“No me olvides”

Prácticamente al final del trayecto a Carla le entró una especie de arrebato que a mí al principio me descolocó y que luego me encantó. Con el autobús algo vacío, ella miró adelante y atrás y, cuando, supongo, se percató de que no la veía nadie, condujo la mano a mi entrepierna y durante unos segundos me masajeó ahí. Yo me alarmé y miré mi derredor, sin descubrir que nadie se hubiese percatado. La atisbé, atónito y pudoroso. Me sonrojé de sopetón.

  • Carla – musité, casi sin voz. Sus manos habían prendido fuego en mi interior, y notaba, con una fuerza sublime, cómo se me había calentado todo. <<Madre mía, necesito que alguien sofoque el incendio. ¡Inmediatamente!>>
  • ¿Qué pasa? Uy, perdona. Es que es como un imán – bromeó, entre sonrisas. Tornó a mirar adelante y atrás y acercó sus labios a mi oreja, para comunicarme –: Quiere hacerlo.
  • ¿Hoy? – Ella hizo que sí con la cabeza, con sonrisa de pillina y de viciada sexual –. Bueno…
  • Es mi cumpleaños.

Surgió el morbo y me gustó la idea. A pesar de que enseguida se me planteó la problemática de dónde hacerlo, el calentón y su mano, que se deslizaba suavemente por mi pantorrilla, me indujeron rápidamente a olvidarme de ello. Anhelé hacerlo. Y desesperadamente. Aguardé con impaciencia a que el trayecto llegará a su fin y pudiéramos escapar por ahí. El cansancio, repentinamente, se había desvanecido, por arte de magia. ¡Había recuperado la energía perdida! Cuando nos apeamos del autobús me sentí lleno de vitalidad y vigor. Carla se sorprendió.

  • Uy, uy, uy – expresó con morbo, endulzando la voz y sonriendo con pillería.
  • Bueno, ¿y dónde…?

Sin contestar, pero con la misma sonrisa, la cual avivó el fuego interior, me indicó con un dedo que me acercase y que la cogiese de la mano. Obedecí. Intrigado, me dejé llevar mientras me pensaba que no lo soportaría más y que acabaría desnudándome en medio de la calle. Afortunadamente, no me llevó muy lejos. Bajamos por la Rambla y nos colamos por un callejón estrecho y sucio por el que nunca me gustaba pasar. De ahí pasamos a un pequeño parque y lo atravesamos. Doblamos a la derecha y pasamos por otro callejón, éste más decente. A la mitad más o menos se abría a la izquierda un callejón sin salida.

  • ¿Ahí? – pregunté, como asustado. Su respuesta afirmativa me dejó estupefacto –. Pero si nos verá alguien.
  • ¿No te da morbo? Hay detrás de ese cubo de basura no se nos verá. Y tranquila: seré tan ruidosa como una araña.

Me quemaba por dentro. Podéis adivinar a través de esto lo ansioso que estaba por hacerlo y lo poco que iba a rechazar copular exponiéndome a la luz tenue del sol. La agarré bien fuerte del brazo (algo que a ella le pilló de sorpresa y le gustó) y la conduje hasta donde decía. Allí, junto al cubo de basura, repleto casi hasta arriba de bolsas de basura. A vosotros quizá os repugna la descripción; yo ni siquiera reparé en lo asqueroso que podía ser copular cerca del tufo y de las moscas. Estaba ardiendo. Ahora sólo tenía en mente ponerla contra la pared, desnudarla, desnudarme, y venga, dale que te pego.

  • Saca el condón – pidió, mientras se escondía y se quitaba los pantalones. Saqué el condón; ella se bajó las bragas. Dios. Ardí aún más: sus piernas y su entrepierna me perdieron, por completo. Me llamaron, clamorosamente, a grito pelado.

No tuve que esperar a que “nada se activase”; el condón casi se puso él solito y hala, dale que te pego.

Y poco ruido provocó, pero me arañó… Vaya si me arañó. Madre mía, luego, cuando regresara a casa y me desvistiera en el lavabo, comprobaría el destrozo en mi espalda. Comprobaría decenas de líneas rojas que atravesarían parte de la espalda y que más bien darían a entender a cualquiera que me había cruzado con gatos atacados por la rabia.

Tuvo dos orgasmos antes de que yo descargara. Al vestirse dijo estar muy satisfecha.

  • Ahora sí que ha sido un cumpleaños insuperable.
  • Vaya que sí. Que yo recuerde en el mío no lo hicimos.

Se encogió de hombros.

  • Yo siempre desearé tu cuerpo.

Sus palabras terminaron con las mías. Enmudecí y me sonrojé.

Salimos del callejón sin salida, con algo de sonrojo en mis mejillas y con desasosiego. Hasta que no me había puesto a vestir no había recordado que aún era de día y que estábamos en la calle y que, por ende, alguien nos podría haber visto. Y cuando lo había recuerdazo, había brotado en mí un rompedor nerviosismo. ¡A mí que me gustaba la intimidad y que era introvertido! Me había perdido esa chica que tanto amaba. Al doblar la esquina la inspeccioné de arriba abajo, especialmente al nivel de las caderas. Sólo con inspeccionarla me excité. De repente quise hacerlo otra vez.

Un escalofrío me recorrió. Miré al frente.

Cada uno regresó a su respectiva casa. Primero pasamos por su portal, ya que se  hallaba más cerca. Se produjo un momento crítico para mí al despedirla: teniéndola de cara la torné a inspeccionar y me reactivó. Aligerando, le planté un beso de despedida, algo efusivo pero muy reservado. Debí controlarme. Que era capaz de subirme a su piso y echar de casa a su abuela. Apenas le dirigí la mirada, con mucho temor. Ella pareció no percatarse, aunque también pareció guardárselo para sí.

  • Te amo mucho, Dani, ¿me oyes? Nada nos separará.
  • Intentaremos que no – dije entre dientes, asintiendo con la cabeza.

Esperé a que ella subiese por las escaleras para marcharme. Siempre procuraba quedarme observándola hasta que ya no me restase nada más que observar de ella. Acto seguido regresé a casa como habitualmente, es decir, pensativo y encerrado en mí mismo, aislándome prácticamente de mi circunstancia. Arrastré este estado hasta casa, durante la hora de la cena y horas posteriores. Tampoco no afectó a nadie (mis padres vivían como en otro mundo, ya lo sabéis), salvo a Pablo, quien me llamó de parte de él y de Francisco – quien se hallaba, “para variar”, en una cita con alguna chica nueva –  para preguntarme qué tal había ido. Creo que cuando finalizó la llamada le dejé insatisfecho y algo descolocado. Vacilé en si devolverle la llamada y pedir disculpas y hablar más claramente, mas al final me tumbé en la cama y me dormí, con la ropa puesta y sin pasarme por el lavabo. Qué forma de acabar un día tan agotador, ¿verdad?

Sí, apenas me sentía las piernas.

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Capítulo 2 Novela Amorosa

A pesar de todos los golpes que recibes sigues entera y con los brazos abiertos.

 

–           ¿Queralt?

Queralt se hallaba encerrada en su cuarto. Su rostro estaba ahogado en una almohada blanca y no muy larga. Lloraba desconsoladamente, con sollozos sonoros y con muchos mocos en la nariz. Sus puños, bien cerrados, golpeaban una y otra vez la cama, con signos claros de frustración e impotencia. Llevaba ropa de fiesta, aunque la blusa azul oscuro que se había puesto estaba más que arrugada.

–           Déjame entrar, cariño.

Su madre estaba de pie frente a la puerta del cuarto de Queralt. Su oreja estaba bien pegada a la madera, presta a no perderse detalle de lo que acaecía en su interior. Era una mujer alta y con el cuerpo bien conservado para su edad. Su pelo, rubio, caía en ondulaciones y abundancia hasta sus hombros.

Al final Queralt dejó que su madre entrase. Cuando ésta apareció, ella, muerta de vergüenza, se ovilló y se encaró a la pared.

–           Cariño, ¿qué ha pasado? – inquirió al mismo tiempo que se sentaba cuidadosamente en la cama -. ¿Has visto qué hora es? Son casi las cinco y media de la mañana. ¿Te ha pasado algo?

Ella pasó la mano por el pelo de su hija, negro y liso, que caía más allá de los hombros. Queralt gimió y se quejó, ovillándose aún más. Conociéndola de sobra, dejó que se quejase sin soltar su mano, el cual se puso a masajear el pelo de su hija. Con el paso del tiempo eso pareció tranquilizar a la joven, que paró de llorar. Sus mocos se habían multiplicado.

–           Carles es un cabrón malnacido.

–           ¿Llorando por un chico otra vez? – preguntó con algo de sorna, como muchas madres hacen con sus hijas después de tantos años de confianza -. La semana pasada me dijiste que los chicos podían irse a la porra.

–           ¡Pero eso fue la semana pasada!

–           Oh, vaya, y en una semana tu vida ha cambiado tu visión de las cosas.

–           ¡Pues sí! Tú misma dices siempre que  el Amor puede aparecer en cualquier momento y en cualquier sitio.

Ahí tuvo que callarse. Reflexionó.

–           Cierto. Aún así, no creo que una semana te haya dado tanto como para llorar así. Y además saliendo de fiesta.

–           ¡Los tiempos han cambiado! En tus tiempos no pasaría pero ahora pasa mucho.

<<Todo va muy rápido ahora>>, pensó, pero se reservó ese pensamiento para sí.

–           Bueno, cariño, ven, abrázame. – A Queralt le dio cierta vergüenza voltearse y encarar su rostro demacrado y lloroso ante su madre. Sí, había llorado delante de ella en multitud de ocasiones, pero cuando uno se hacía adulto la cosa cambiaba -. Ya con más tranquilidad mañana me lo cuentas.

Se abrazaron. El tacto de Queralt fue suave y tierno, como quien ha batallado en una guerra cruel y férrea y apenas conserva fuerzas en su cuerpo. Lloró un poco en el hombro de su madre. Ésta cerró los ojos mientras pasaba su mano por la espalda.

–           Va, descansa, cariño. – Presto, le plantó un beso la mejilla.

Acto seguido cerró la puerta y la luz tras de sí.

En la oscuridad Queralt prosiguió su llanto, esta vez con voz queda, conteniendo mucho dolor. Su cuerpo tenía forma de erizo protegiéndose. No paró de llorar hasta que la garganta dijo basta. Muy reseca, fue a beber agua. No se molestó en encender las luces: si se daba con algo, se lo merecía, por tonta. Su cuerpo casi flotaba, fruto de las pocas ganas de vivir que de repente la habían acometido. Al regresar  a su cuarto, constató que había recibido un whatssap. Su querídisima amiga, Judit, la mejor de todas las que tenía pero también la más cabr…

Judit dice: “¿Sigues despierta?”

<<Claro que sigo despierta, tonta>>, se dijo, pero luego se acordó de que había eliminado esa opción de “Última vez en línea”.

Queralt dice: “Sí”

Judit dice: “No me digas k aún sigues llorando?”

Queralt dice: “Nah. Aora ya me iba a acostar”

Judit dice: “Ls hombres son unos cabronazos. Ríete dellos”

Queralt dice: “Ya…”

Judit dice: “Fijate tu cuanto hacía k hablavais?”

Queralt dice: “Suda, Judit”

Judit dice: “Solo saben vender putas palabras”

“Duerme tranquila”

Queralt dice: “Sí. Bona nit :)”

Judit dice: “Nanit <3”

Pese a que sus pies estaban muy cansados, al igual que sus gemelos, no logró dormirse hasta transcurrido largo rato. Y cuando se durmió, Carles se le apareció en sus sueños. Y en sus sueños actuó de forma más cruel de lo que había hecho en la cena y en la disco.

No le reventaba cosa más fea que vender palabras y luego pasar olímpicamente en persona. A uno le incita a perder la fe en el Amor.

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Capítulo 1 novela amorosa

Aún te llevo clavado en mi corazón, y cuando miro hacia la calle me parece que toda la gente tiene el mismo rostro que tú.

 

–           Llámala.

<<Llámala>>, propuso. El chico hizo un chasquido con los labios como respuesta. Llámala… Algo en su interior se removió, al fantasearse a sí mismo cogiendo el móvil y recibiendo su voz particular. Incluso sus orejas cosquillearon, como si adoptaran esa fantasía y la metieran en la realidad.

–           ¿Para qué? Si la tengo aquí por el whatssap…

El otro chico, que se sentaba justo delante del que había hablado, apartó la mirada con claro gesto de desaprobación. Por su cabeza rondaron las múltiples ocasiones en que sus consejos habían sido tirados por el váter. Entonces abrió la boca, para repensárselo y emplearla para consumir algo de su cocktail rojo oscuro.

–           Tío, no le molo.

–           ¿Y eso cómo lo sabes? – Su tono se elevó como se eleva un globo en el aire -. Me has dicho que habláis mucho.

–           Por la forma en cómo me habla.

–           ¿Y cómo te habla? – Enarcó una ceja. El otro chico, medio enrojecido aún por sus fantasías con la chica, no supo cómo encajarlo.

–           Pues no sé. Como una amiga. Le caigo bien y tal pero no le intereso.

–           Menuda imbecilada. Como dice mi vieja, el <<no>> ya lo tienes. Llámala. ¡Va, llámala! – Y le chinchó con ligeras patadas por debajo de la mesa.

El chico se sintió incómodo y hundió sus manos en los bolsillos de su anorak. Hacía ya frío en esa noche de Noviembre. Habían ido a la cockteleria de siempre con la esperanza de encontrársela vacía y habían tenido que conformarse con tomarse la bebida fuera. Aparte de ellos había un par de chicas riendo mucho y una pareja en cuyo mundo sólo existían ellos. Afuera, en la calle nada angosta, sólo pululaba el viento, entre las paredes de industrias y talleres.

–           Hoy me ha escrito mi ex – soltó de sopetón, con la clara intención de dejar de hablar de esa chica.

–           ¡Tío!, que son más de la una. ¿Qué cojones importa aquí tu ex? Hablemos de la chica. Llámala.

–           ¡Llámala tú!

A continuación se desanudó una tonta y juguetona discusión sobre el tema. Uno estaba embarazado y el otro rubicundo en las mejillas por efecto del alcohol. Al final ninguno de los dos la llamó y todo se quedó atrapado en el pasado. El chico rubicundo entendió que lo de la ex enturbiaba el corazón de su amigo.

–           ¿Y qué te ha dicho tu queridísima ex?

–           No lo sé, aún. Me ha dicho que quería decírmelo en persona. Me tiene intrigado…

–           ¿Pero por qué os seguís hablando? Eres todo un gilipollas. – Acto seguido, sonrió, con su habitual sonrisa de <<Aquí no pasa nada>> y <<Te jodes, capullo>>. En el fondo, se divertía con su amigo y sus problemas amorosos.

Se levantaron para pagar. Se encaminaron hacia el coche.

–           ¿Hace cuánto que no trincas? – preguntó el cachondo antes de encender su Polo blanco recientemente adquirido.

–           Que te den, cabrón. ¿Y tú? Ya no eres tan putero como antes.

Alargó el cuello, alzando la mirada hacia el techo, y liberó una risotada que se amortiguó con el sonido del coche al encenderse.

–           Cuánto te quiero, Edgar. Hijoputa que eres. – Y su risa inundó el vehículo a la vez que el coche tronaba por las calles casi desiertas, bajo el velo de una noche poco estrellada.

 

El amigo de Edgar se llamaba David. David vivía a cinco minutos a pie de casa de Edgar. Siempre que quedaban y salían, David aparcaba el coche en su casa y luego Edgar regresaba a casa andando. Esa noche no fue excepción. Tras despedirse, Edgar se dirigió hacia su casa con las manos en los bolsillos y con el cuello encogido. Sus ojos apenas se despegaron de las baldosas cuadradas y sucias del suelo. Para qué alzar la vista, si no había ni un alma. Pero eso provocó que no se percatara de la presencia de alguien hasta que sus ojos no taparon con unas botas negras.

–           ¡Carla! ¿Qué haces aquí?

Carla no llevaba buena cara. Su rostro atractivo había perdido brillo, entre la tristeza y  la pesadumbre, supuso Edgar. Ella la miró a él y luego miró a la distancia.

–           Ya te he dicho que quería hablar contigo.

–           ¿Pero a estas horas? Además, ¿llevas aquí mucho? Vamos a entrar y a quedarnos en la entradita, que hace frío…

Ella apenas se movió del sitio – tenía su brazo izquierdo contra la pared -, conque él se vio obligado a prácticamente empujarla.

–           ¿Y bien? – Sin quererlo, su cuerpo se convirtió en un hervidero de sentimientos. Se puso más que nervioso, y sus piernas temblaron sin que él pudiese hacer algo al respecto.

A ella se le atragantaron las palabras. Sin dirigirle la mirada en ningún momento, soltó:

–           Hoy he quedado con Javi. Hemos dado una vuelta por ahí y tal… y hemos acabado en mi casa. – Ahí se detuvo. ¿Y?, expresó Edgar con la mirada, abriendo los ojos como platos -. Y, hostia, hemos acabado en la cama.

Ella le dio prácticamente la espalda y él lo encontró la mar de absurdo. Sin embargo, restó patidifuso y anonanado. Hemos acabado en la cama… Intentó darle un sentido y un significado a aquello, mas su mente se había emblanquecido.

Pocos segundos después, sin decir adiós, ella cogió la puerta, la abrió y se marchó a toda mecha. A Edgar no le dio tiempo a reaccionar. De hecho, se quedó petrificado cual una estatua. Simplemente sus ojos contemplaron todo eso aún inmerso en esas palabras acerca de una cama y un nosotros.

Hasta cinco minutos más tarde no fue capaz de asimilarlo todo. De súbito le anegó un sentimiento de odio y celos. Respirando con ahínco, subió por las escaleras (a cada peldaño su paso resonó en el bloque) y se adentró en su piso. Quiso gritar y vociferar, pero sus padres estaban durmiendo. Tras lavarse los dientes, se metió en la cama. Allí dio vueltas y más vueltas, sin poder cerrar los ojos en ningún momento. Le vinieron a la cabeza muchas imágenes variopintas: la de él con Carla en la cama, la de él con Carla en el coche, la de él con Carla en un hotel; y en todas ellas había besos y caricias, momentos tiernos, sensuales y también sexuales. Entre ellas se mezcló la de Javi, un tipo al que había visto pero con el que nunca había entablado conversación, haciendo todo eso que ella había hecho con él. Pese a que todo había terminado entre ellos (aparentemente), esa noticia estaba provocando en su cuerpo que hirviese y caldease. En un momento dado incluso temió haber cogido fiebre.

Visto que no podía dormir, se echó a escribir. A veces, en momentos de tensión o de alegría, daba rienda suelta a sus sentimientos con palabras, ora inconexas, ora eternas. Habiendo asido lápiz y libreta, su mano garabateó muchas letras a una velocidad vertiginosa, sin detenerse en ningún momento, como quien ha encontrado la inspiración de su vida y debe dejarse llevar. Puso: <<Te odio te odio te odio te odio muchísimo! Ahora mismo sería capaz de… No sé de qué sería capaz. Debería llamar a Marta, llamarla y desahogarme. Quedar con ella. Tirármela. Ella me habla ella me trata bien ella me quiere a mí. Qué pretendes? Quieres destrozarme? Por qué tienes que contarme estas cosas, guarra? Claro, como eres chica te es fácil trincarte a este o al otro. Somos como putos lobos con la baba que se nos cae. Debería llamar a Marta y vengarme y… Pero para qué? No puedo rebajarme a alguien que me deja y luego me atosiga con sus guarradas. No pienso llorar delante de ella y suplicarle volver y entrar en su juego. Si tanto se arrepiente, que se lo hubiese pensado mejor. O que sea un poco monja! Tirarse a uno y contármelo… Guarra guarra guarra guarra! Te deseo lo peor. LO PEOR.>>

Después de esto, se sintió algo más aliviado. Guardó la libreta en un cajón y se volvió a acostar. Minutos más tarde el alcohol actuó en su cabeza y le sumió en un sueño incómodo.

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¿Influye la suerte en nuestro destino?

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Octavo capitulo Novela Negra

VIII

 

Cuando abrió los ojos, lo hizo lentamente. Pese a que la ventana estaba cerrada, sabía que no era pronto, por lo que un nerviosismo muy inquietante le recorrió el cuerpo entero. Sin apenas ver nada, tanteó la mesita de noche en busca de un reloj. Al final no dio con él y optó por el móvil. Al desbloquearlo la luz del aparato electrónico prácticamente le cegó y le dañó en los ojos.

–                           Joder…

Notaba como si hubiese bebido un kilo de alcohol. La cabeza le dolía a golpes de martillo, taladrándole. Pero no había bebido. No. Había sido otra cosa.

Según el móvil ya pasaban de la una. Una sensación de prisa le oprimió el corazón. Intentó levantarse mas el cuerpo apenas reaccionó. Se irguió de cintura para arriba pero tal cual lo subió su cuerpo cayó a la cama. ¡Qué cansancio…! Se meció la frente.

Decidió esperar unos cinco minutos, ahí, tumbado, a ver si se le pasaba el dolor “de todo”. Había pensado demasiado durante la noche, temiendo por su madre y por sí mismo. Se habían juntado dos factores de golpe: el mensaje y el seguimiento del coche azul a su madre. Había dado como veinte mil vueltas en el lecho durante horas interminables en una noche horrorosa e irrepetible. La imagen de la mascareta blanca y negra de el Hombre de Negro había pululado por su mente atosigándole y amenazándole con alzamientos de puño. La imagen de su madre chillando y pidiendo auxilio también había acudido mucho a su mente. Demasiado en verdad. Sin embargo, en algún momento de la noche el sueño se había colado entre sus venas y se había dormido, cuando quizá restarían un par de horas para el amanecer.

Y ahí estaba, sin poderse mover apenas, con un encuentro a menos de dos horas vista.

Oyó a su madre pasar cerca de la puerta de su cuarto. De repente reverberó el sonido siempre portentoso de la aspiradora, un aparato que en vez de succionar parecía que devoraba. Eric quiso taparse los oídos pero los brazos no respondieron.

–                           Maldita sea – murmuró con una voz casi ni susurrante.

“Puso toda la carne en el asador” para ponerse en pie. Tras un esfuerzo hercúleo consiguió sentarse al borde del lecho. Qué dolor de cabeza. Dios, necesitaba una ducha más que imperiosamente.

Su madre abrió la puerta bruscamente y encendió la luz. De nuevo él se vio obligado a taparse los ojos, emitiendo un gruñido y un leve dolor.

–                           Mamá, joder…

–                           ¡¿Pero tú has visto qué hora es?! ¡Levanta ese culazo que tienes, dormilón! ¡Va, que tengo que limpiar este suelo, que está que da pena!

–                           Sí…

Se puso en pie. Arrastrando los pies, salió de su cuarto, rozando un poquitín con su madre por el hombro.

–                           Y pégate una ducha – casi le gritó a la oreja –, que apestas.

No abrió la boca. Fue restregándose los ojos mientras arrastraba los pies hasta el lavabo.

–                           ¡Y rápido que pongo la comida en poco! – se la oyó de fondo –. ¡Pero por favor, qué peste! ¡Van a criarse pollos en esta sauna!

Muy lentamente, él se aseó. Luego, cuando ya los primeros chorros de agua algo fría cayeron sobre todo su cuerpo, su mente se activó cada vez a mayor velocidad. Eso le permitió actuar con más prontitud y arreglarse bien arreglado para poder estar al encuentro.

Comieron. Su madre no estaba enfadada porque se hubiese levantado tarde. Él lo solía hacer mucho; lo único que, en tiempos difíciles y sin él trabajar, pues como que ella se portaba con más irascibilidad. Él la entendía, hasta cierto punto. Pero obviamente le molestaba que nada más despertarse ya ella le sonase como una campana que le repiquetease justo al lado de su oreja. Él básicamente la única opción que le quedaba consistía en aguantar el suplicio y bajar la cabeza, quejándose tímidamente.

De todos modos, a ella le quedaba pocos días para seguir viéndolo. El viernes su vida cambiaría. Por completo.

No se dio descanso tras la comida. Se lavó los dientes y se vistió con ropa más bien ligera, por si tenía que correr o huir. Más que nada, había que contemplar todo tipo de posibilidades, y que le matasen era una de ellas. Mientras se acicalaba, los nervios afloraron con más fuerza que nunca. En varias ocasiones el peine se le cayó al suelo.

–                           ¿Tienes ahora manos de mantequilla? – le espetó su madre cuando él apareció en el comedor para recoger las llaves y algo de pasta.

–                           A veces.

Como solía ser habitual, su madre quiso informarse de adónde iba. Eric, como también solía ser habitual,  no concretizó nada, sino que básicamente explicó que necesitaba verse con alguien.

–                           Durante esta semana has salido mucho. ¿Se puede saber qué estás tramando?

–                           No estoy tramando nada, mamá.

–                           Pues a mí me lo parece. ¿Pasa algo, hijo? ¿No te seguirá a ti también el coche ese?

–                           ¿A mí? A mí no me sigue nadie. Ya te dije que sería mucha coincidencia lo de ese coche. No le des más vueltas.

–                           Ten cuidado, ¿quieres? – le pidió, acercándose a él y quitándole algo de la camiseta de manga larga.

–                           Sí – dijo con voz cansada y harta.

Se marchó.

Lloviznaba. Eric no se había molestado en mirar el tiempo por la ventana y le pilló por sorpresa. Corrió al trote hasta el coche. La zona por donde lo había aparcado estaba atestada de tierra fangosa y de charcos. A pesar de que buscó sortearlos, no evitó que sus bambas se encharcasen, de modo que se metió en el vehículo y ensució algo la tapicería. ¡Qué poco le duraba a uno un coche poluto y limpísimo!

En apenas cinco minutos se presentó al lugar indicado, encontrándolo con suma facilidad. En especial le había favorecido mucho el aparato que le había instalado el Manitas, un aparato trampa a la vez. Le entraba un cosquilleo en forma de descarga eléctrica cada vez que lo pensaba. Le venían a la mente aquellas películas de espías y de guerras entre servicios inteligentes. ¡Y él se ubicaba en medio de toda esa batalla de conspiraciones y planes de astucia!

Los diez minutos que faltaban para las tres los dedicó a recapitular todo lo que le había acaecido en esa semana, que ya prácticamente llegaba a su fin. Aún quedando dudas por resolver, tenía una ligera sospecha de a qué venía todo ese embrollo y por qué el Hombre de Negro se había interesado tanto en él. Tenía principalmente una gran parte de puzzle. Tenía el marco, por así decirlo. Había, sin embargo, unas piezas no muy grandes que dificultaban la unión de todo ese cuadro, principalmente el porqué querían matar a su hermana.

Podía tener una sospecha. Debía existir alguna relación entre la familia Fellini y la familia Brawn por su enemistad. La afirmación de Adelia de que antes de salir con Filipo había mantenido una estrecha relación con Roberto, de los Brawn, podía tener mucho que ver.

O podía no tener nada que ver.

Algo estaba claro, empero: su hermana les había estado ocultando algo a él y a su madre que no traía nada bueno.

Desde el coche comprobó que un coche se le acercaba. Paró justo detrás de él. Tras la ventanilla del piloto surgió una mano que le instaba a que saliese del coche y a que se metiese en el recién llegado. Carraspeó un par de veces, algo azorado, y salió. La lluvia ya no caía, pero aún las nubes se resistían a dispersarse, colgando en el cielo con el negro más opaco que se pudiese recordar. ¿Le estaría avisando Dios Todopoderoso? Quizá hoy afrontaba el día del Apocalipsis final.

O el del Purgatorio.

Jamás antes había visto ese coche. Bueno, había visto modelos similares, pero ninguno igual durante aquella semana. Era un coche largo y ancho, un coche familiar. De tapicería azul oscuro metalizado y con los vidrios opacos. Eric calculó que costaría un huevo y parte del otro. Ese coche sería tan potente como en el que se había subido en el coche de Carla el día anterior. Ese coche era el típico que llevaban o mafiosos con mucha cuenta corriente o políticos.

Una puerta trasera se abrió, mas nadie puso un pie en la acera. Alguien desde dentro le invitaba a entrar. Asomó el cuerpo con cierto recelo, y con temor también. En su interior, a la otra punta, se sentaba el Hombre de Negro. En la parte de atrás había dos asientos, uno perpendicular al otro, conformando una especie de rectángulo. Eran asientos de cuero blanco tirando a marrón muy clarito. El Hombre de Negro no le estaba mirando. Dubitativo, entró y cerró la portezuela tras de sí.

El coche fue arrancado. Giró noventa grados, cometiendo el conductor una infracción, y bajó la calle en dirección a las carreteras salientes de Lartos. El coche se desplazó a gran velocidad. Dio la sensación de que huyesen o saliesen a la persecución de alguien.

En ningún momento el Hombre de Negro movió el cuello para echarle una mirada. Sus ojos (o lo que Eric creía que serían los ojos) apuntaban a la ventanilla. ¡Qué miedo que pasó! Desplazándose en un coche con un tipo disfrazado con una capa de pies a cabeza y con una mascareta que sólo podía ocurrírsele a un maniático enfermo por matar y por sembrar el terror… Imaginaos al lado un tipo al que no podíais verle la cara, absolutamente en silencio, sin saber ni quién era ni qué aspecto presentaba realmente. De verdad que erizaba los pelos hasta límites inalcanzables. Con la sangre helada, temías que te dedicase la mirada de repente y te acercase su máscara a tu cara en menos que canta un gallo y te pegase el mayor susto de tu vida. Podías esperar cualquier cosa estrambótica y rocambolesca de ese tipo. Y Eric, bueno, había aprendido la lección de no formular preguntas, por lo que, a punto de sufrir una crisis nerviosa, se agarró a las pantorrillas y se rascó los jeans mientras el coche avanzaba rápidamente. 

Cuando ya abandonaron cualquier rastro de civilización el Hombre de Negro se pronunció. Lo hizo sin mover el cuello.

–                           Ya me habían dicho que a veces te pasabas de listo, pero jamás creí que te pasarías tanto.

Hubo un momento en que Eric se dijo que en verdad no se estaba dirigiendo a él, que, en cambio, estaba ensoñando y reflexionando en voz alta. Sin embargo, luego tuvo claro que el Hombre de Negro se había referido a él, ya que la mascareta se movió hacia su derecha y ese negro opaco y aparentemente vacío (junto con esa sonrisa blanca y maléfica) apuntó directamente hacia él. Notó como si le estuviesen apuntando con un arma. Paralizado, respiró entrecortadamente, aunque quedamente.

–                           Tienes una misión concreta: acabar con tu hermana. Nada más. A veces creo que contrato gente muy estúpida. O quizá soy yo que reluzco de inteligencia y hablo de una forma ininteligible. Acabar con tu hermana. A-ca-bar-con-tu-her-ma-na. ¿No queda eso demasiado claro? ¿Eh?

Ni contestó ni apartó la mirada. Una parte de él ardió en deseos de replicar y objetar que no había hecho nada malo, que no había sobrepasado la línea. Mas estábamos con lo mismo de antes: a el Hombre de Negro le reventaba que le preguntasen y que la gente hablase sin su permiso. Le amedrentaba que le estampase algún cuchillo o alguna arma de guerra simplemente por replicar.

–                           Habla – le ordenó.

–                           No he hecho nada de malo. No sé realmente qué he podido hacer para que te enfades conmigo.

–                           ¿Enfadado yo? A estas alturas de mi vida yo no me enfado.  Tan sólo siento decepción por alguien cuando no se limita a lo que yo le marco.

–                           Pues me deberás repetir qué me has marcado.

–                           Te lo repetiré: no te pases de listo.

–                           Uy, esa frase es muy amplia y puede achacarse a muchas acciones diferentes.

–                           Cierto – se mostró de acuerdo tamborileando sobre la tapicería de la portezuela –. Bueno, matizaremos. Pero espero no tener que repetirme. – Levantó el culo y se sentó un poco más cerca de Eric. Éste pudo sentir el roce de la capa con sus tejanos –. Ayer estuviste en casa de los Fellini. Y como me digas que no te rajo aquí mismo y llamo a otro para que haga tu trabajo. ¿Qué hacías en casa de los Fellini? ¡Responde!

–                           Sabes lo que estudié, ¿verdad?

–                           No juegues conmigo…

–                           Sabes lo que estudié, ¿verdad?  

–                           Claro. Yo siempre sé.

–                           Pues mi hermana me proporcionó. Le habló de mí al padre de la familia y le pidió que viniese sí o sí. No tenía ninguna opción.

–                           No necesitas su dinero. El mío es más valioso.

–                           No fui por dinero. Mi hermana me convenció para que viese al padre, quien quería que le echase un vistazo a una construcción y lo corrigiese como quisiera. Si a eso lo consideras pasarse de la raya…

El coche había abandonado la carretera y se había adentrado en un camino de tierra y de piedras circunstanciales. Los árboles escaseaban en ese parte. Era un páramo bastante árido y baldío.

Eric tragó aire en vez de saliva.

El coche frenó. Alguien ahí delante (estaba tapado por una pared que imposibilitaba la visión del conductor) puso el freno de mano. Eric se mostró muy expectante, por lo que se avecinaba, aunque también muy temeroso. Sus piernas apenas respondían, y sus pensamientos se entrecruzaban tanto que según en qué momentos se le antojó arrancarse la cabeza para acallarlas. Era para recibir un ticket de regalo para un manicomio.

–                           Sal. – E inmediatamente después abrió la portezuela y salió.

El miedo se había apoderado de él por completo y intentó como tres veces abrir la portezuela. ¡Qué estúpido! Le fallaron las fuerzas en las tres veces. Al final tuvo que ser alguien el que le abriese alguien. Se trató de un tipo trajeado, como el Número 2, pero más viguroso, ancho y robusto. Una mole. Eric estuvo en un tris de agradecérselo pero en menos de un periquete le agarró por el cuello de la camisa y le tiró hacia afuera. Eric salió rodando, llenándose de polvo y de pequeñas rascaduras. Cuando intentó ponerse de rodillas le patalearon por el costado. Se revolvió en el suelo y lloriqueó como un bebé. Tocándose la costilla izquierda, sufrió un acceso de tos. Buscó entonces algo a lo que aferrarse, sólo dando con el aire o el suelo arenoso. Se retorció y se retorció…

Unos pasos potentes y ruidosos se acercaron.

–                           Te presento a Número 3. Si no me equivoco a Número2 ya tuviste el placer de conocerlo en el taller de el Manitas.

Eric no abrió los ojos. Sabía que si los abría le entrarían polvo y arena y le picarían en cantidad. Buscó en la memoria a Número 3. Dibujó el cuerpo grande y ancho del cuerpo con el que acababa de toparse, pero sólo el cuerpo. La cara no la había visto, así que no podía trazarla.

Recibió otra patada en el costado, con lo volvió a revolverse en el suelo. Estaba sucio, muy sucio.

–                           Escúchame atentamente, listillo – espetó el Hombre de Negro, muy cabreado –. La próxima vez que te vea cerca de alguno de los miembros Fellini mando que te eliminen.

A diferencia de otras ocasiones, no anheló preguntarse por qué. Tan sólo anheló que se marchasen. ¡Cuánto le dolía el cuerpo!

–                           ¿Ha quedado clarito? No quiero ni que pienses en esa familia ni siquiera. Como lo hagas, no sólo te mato, sino que descuartizaré a tu amiga y a tu queridito amigo David.

A Eric se le encogió el corazón. Le habían tocado la fibra sensible. David, su madre,… Si antes se había concienciado de que trabajaba bajo la espada de Damocles, ahora ya notaba que esa misma espada estaba atravesando su carne. De repente se los imaginó descuartizados, hechos a trizas, con sus carnes escampadas por el suelo. Sus venas se helaron.

–                           ¿Ha quedado clarito?

Eric consiguió ponerse a cuatro patas, con las manos doliéndose por la arena y las piedrecitas. Tosió. Numero tres y el Hombre de Negro restaban en silencio, esperando una respuesta. A Eric no le salían las palabras; ni siquiera se acordaba de cómo pronunciarlas. Tosió de nuevo. Aún con los ojos cerrados, palpó con los labios que él escupía sangre y polvo. Qué asco… Pero no tenía tiempo para hacer ascos. Buscó en su más profundo interior la lección aquella en que había aprendido a efectuar sonidos articulados.

–                           Muy claro, sí,… – balbuceó.

Alguien le tiró del pelo. Dio un alarido. Al final de éste le salió un gallo.

–                           Eso espero –  le susurró el Hombre de Negro a la oreja.

Y, como quien ha disfrutado, repitió la acción de tirarle del pelo. Eric dio otro alarido, uno más largo y ululante.

Le soltó, e inmediatamente después los pasos provocados por las botas de el Hombre de Negro convencieron a Eric que definitivamente le dejaba en paz. El alivio le duró poco, ya que Número 3 le golpeó en la cintura. ¡Dios! ¡Qué dolor! Intentó llevarse la mano a allí donde el cuerpo ardía pero rodando lateralmente no encontró el punto. Entonces un brazo forzudo le asió por su brazo y le subió a media altura. Sintió a continuación una mezcla de sensaciones: la de volar y la de ser estirado, con el brazo a punto de ser arrancado.

Número 3 puso la mano sobre el cuello de Eric y apretó bien fuerte. Eric probó de insultar a grito pelado, pero apenas pudo emitir sonidos ya que se sintió asfixiado. A la sazón, notó la respiración de Número 3 muy cerca de su mejilla izquierda.

–                           Esta noche preséntate al mismo sitio donde hemos quedado hoy. A las doce en punto. Puedo ayudarte – le susurró muy bajito.

Le soltó y por consiguiente chocó contra el suelo con un explosivo ¡pum!. Oyó que Número 3 se alejaba de él y que abría la portezuela, para después cerrarla. Tardó segundos en enterarse de que iban a abandonarlo ahí, en medio de ese bosque con pocos árboles que se encontraría a varios kilómetros de la ciudad. En verdad no cayó en la cuenta hasta que el motor del coche rugió como si despegase una nave espacial.

En condiciones normales se hubiera puesto a golpear al suelo con el puño, pero en esas condiciones, magullado y debilitado, le pesaba todo. Yació unos cuantos minutos, mientras el aire se levantaba y formaba una capa de polvo. Presto, cuando el silencio era más que escalofriante y el frío más que amenazante, se puso en pie, aunque con dificultades. Cuidadosamente, se quitó parte de arena de la cara; luego se sacudió un poco. Una neblina de polvo se formó en consecuencia y eso le forzó a toser.

–                           Hostia puta.

Analizó la situación. Solo y sin vehículo, a mucha distancia de la ciudad y de su coche. Por el frío que hacía no se quitó la ropa, pero imaginó que tendría algo de sangre en el cuerpo, sobre todo por las costillas. Mas no tendría nada escandaloso en el cuerpo. Número 3 se trataba de gente profesional que sabía muy bien lo que se llevaba entre manos. Seguramente el Hombre de Negro le habría mandado que lo “calentara” bien calentado sin que físicamente se apreciase a simple vista. Y aunque al día siguiente le aparecerían moratones o alguna que otra costra pequeña, no parecería que le habían propinado una paliza. De hecho parecería más que se había caído.

Permaneció poco ahí parado. Soplaba mucho tiempo y estaba refrescando. Más que nada, en un par de horas refrescaría aún con más intensidad, y anochecería. Y como había una caminata muy larga…

Así que se puso en marcha tras unos cuantos minutos para relajarse y situarse. Al principio cojeó y desfiguró la cara cada vez que pisó el suelo, más tarde se acostumbró al dolor y prácticamente se convirtió en parte de él. El dolor disminuyó también gracias a que el suelo se fue aplanando y apenas tuvo que pisar por ninguna roca o piedra resaltante. Eric, a medida que fue avanzando en la caminata, fue reconociendo el lugar. Allí mucha gente se pasaba para hacer barbacoas o para pasear sus perros, aparte de que raramente crecían setas y la gente se acercaba como loca para llevárselas. Calculó que en algo menos de media hora daría con la carretera principal que le conduciría hasta Lartos.

Mientras andaba (algunas veces arrastrando los pies y otras veces esmerándose en no destrozar el calzado), inevitablemente pensó en su situación momentánea y se sintió el tipo más desgraciado del mundo. Maldita oferta. Maldita aceptación. Maldita trampa. Eric recordó todo aquello que le había acaecido durante la semana hasta lo que la memoria le permitía. Recordó con mucho odio la mañana en que se despertó en la oscuridad y en la que se le ofreció una maleta envenenada. Se sintió podrido por dentro, envenenado. Podía haber rechazado el maletín y la oferta. Debería haber sido lo suficientemente listo para haberse percatado de que no podía haberle esperado nada bueno de una oferta en un almacén abandonado, prácticamente a oscuras, con un tipo disfrazado. Mas había aceptado. Y había herido en el orgullo a el Hombre de Negro acercándose a los Fellini.

También mientras andaba se preguntó en qué podía ayudarle Número 3. Con el paso de los minutos su mente se le había ido aclarando y las palabras de ese tipo duro fueron cobrando forma. Qué palabras más intrigantes… No supo cómo cogerlas, si con pinzas o como algo verdaderamente sincero y real. Recelaba de ese tipo. ¿Y si le atizaba de nuevo? ¿Soportar otra vez esos golpes o aún más duros? ¡Dios, no! ¿Pero qué opción le quedaba? Ninguna desgraciadamente…

Cuando arribó a la ciudad, el sol prácticamente se despedía. Antes de adentrarse en las calles de Lartos, entró en un parque en el que no solía haber nadie a esas horas. Fue hasta una fuente, donde se mojó bien la cara y un poco el pelo. Se prometió que se pegaría una ducha cuando llegara a casa.

Comprobó que estuviese decente con el coche más cercano. No presentaba un aspecto para tirar cohetes, pero al menos había eliminado la suciedad de su cara y la maraña de pelos. A partir de entonces, ya con las lámparas encendidas, caminó allí donde menos se alumbraban las calles, evitando siempre el encuentro directo con alguna persona. Las calles no estaban absolutamente desoladas, mas pasó bastante desapercibido. Alrededor de veinte minutos avistó el coche, intacto y solitario. Cuando se sentó se quejó de dolor: los costados ardieron y la espalda le rascó. Luego las piernas se entumecieron algo.

Tras aparcar, se echó un vistazo con el espejo central del coche. Se asemejaba a un gitano. A un gitano sucio y apestoso. Se descubrió algo de sangre en una de las sienes y en las orejas. No era nada grave, pero le tocaría mentir bastante.

Y por lo que le había preguntado su madre al marcharse al encuentro de esa tarde, a lo mejor ella ya no le creía para nada y le sonsacaba información a base de interminables preguntas.

Salió del coche.

No le apetecía regresar a casa. Quería sortear el hecho de tener que enfrentarse a su madre y explicarse. Reflexionando, se le ocurrió demorar su regreso. Estaba muy abatido, además, aparte de exhausto. Redujo la velocidad. Se detuvo ante las vitrinas. Curioseó un poco, pese a que muchos de los locales estaban cerrados. Se sentó en algún que otro banco. Observó a la gente. Transcurrió como una hora, con la tontería.

Vagabundeó hasta que el estómago rechistó. Le entró todo un ataque allí abajo que le obligó a enroscarse. Dio la sensación como que vomitaría allí, en plena calle, ante ojos de extraños y de curiosos. Inmediatamente enfiló hacia su casa.

Para su sorpresa, no había nadie. Mezclándose entre la oscuridad y los espíritus, rememoró que en lo que llevaba de semana, su madre, siempre que él lo había necesitado, se había ausentado. ¿Telepatía? Ya casi que se le antojaba un cachondeo todo eso.

No obstante, le aguardaba una sorpresa aún mayor. Todo se aclaró cuando encendió las luces y se fijó en el móvil que reposaba sobre la mesa del comedor. Pertenecía a su madre. ¿Qué pintaba ahí el…? El miedo le invadió. Cabía de todo menos positivo. Con los pies menos consistentes que una ramita, se aproximó a la mesa. Tocó un botón cualquiera, con lo que el móvil se iluminó y le reveló un mensaje. Ponía lo siguiente:

<<Mamá, ¡te llamo desde otro móvil! Necesito que vengas inmediatamente. Me ha ocurrido algo terrible. Estoy en casa de Jennifer. Vive en la calle Francisco de Corchos, número 11, 3º 2ª>>

Eric dejó caer el móvil, y suerte tuvo de que cayera a la mesa y no al suelo. ¡Habían cogido a su madre! ¡La habían engañado otra vez! Eric no se lo pudo creer. Quiso releer el mensaje, mas no se atrevió. El cuerpo le tiritó entero. Buscó algo con lo que apoyarse, hallando el sofá. Se tumbó. Cerró los ojos. Todo giraba, giraba y giraba, peor que una noria o una atracción con mala leche. Se tocó la frente. Qué mareo…

<<Han cogido a mi madre. Oh, por Dios y todos los Santos, qué he hecho para merecerme esto… Cuando pille a mi hermana, juro que la mato. Juro que la mato y la descuartizo…>>

 

 

 

–                           El móvil al que llama no se encuentra disponible o está fuera de servicio – anunció la voz metálica.

Rechistó y rebufó. Estaba harto de esa voz, de ese robot que hablaba tan pausada y lentamente. Y especialmente le irritaba cuando quería hablar con la persona a la que llamaba. Eric se guardó el móvil, decepcionado y frustrado.

Era la quinta vez que probaba de llamar, y todas ellas habían resultado en vano, apareciendo la misma voz con el mismo mensaje. A la cuarta y quinta vez, a base de rabia y enojo, se había encontrado repitiendo el mensaje con tono despectivo. En una de ellas casi lanzó el aparato a la pared.

Ni rastro de su madre. Tras serenarse ligeramente, se había duchado para aclararse las ideas y se le había ocurrido llamar a ese número que ya antes había mandado un mensaje a su madre el día en que le habían raptado. Nadie había contestado, ni llamando con el de su madre ni con el suyo mismo. Eric estaba muy convencido de que realmente existía alguien al otro lado de la línea, pero con toda seguridad nadie quería contestarle. ¿Sería el Hombre de Negro? No lograba metérselo en la cabeza. ¿No le había bastado con pegarle en el bosque, amenazándole? ¿O habría cambiado de opinión de camino a Lartos y se había dicho, de golpe y porrazo, coger a su madre y llevársela? Como mínimo, sabía que había ocurrido después de “los mamporros”: el mensaje concretizaba su envío a las cinco de la tarde. Por entonces él había estado retornando a casa.

–                           El DNI, por favor.

Eric le tendió al portero su documento de identidad. A pesar de que ya era muy de noche, el portero llevaba gafas de sol. Para aparentar un aspecto de guay, supuso él. No le sonrió, el muy amargado. Básicamente echó un vistazo al documento y a su cara sin expresar emoción alguna, tan sólo moviendo la mandíbula de arriba abajo por un chicle que estaba masticando.

Le aceptaron la entrada. Cómo iban a rechazársela: jamás le habían denegado la entrada a una discoteca. Penetró en el local sin dejar la chaqueta en el guardarropía. La música zumbó en sus oídos, pero no le molestó. Ignoró todas las chicas guapas y sexys que había ahí bailando y meneando el trasero y se dirigió directamente a las escaleras.

Ligeramente se tocó la cintura. El arma seguía ahí.

Al final de las escaleras se topó con una pareja que se morreaba intensamente, sentados en una butaca, con la chica colocada de lado y sobre el regazo del chico. Ninguno de los dos le prestó atención. Él aún menos. Besarse era lo último que podía cruzar su mente.

La puerta del despacho de Feredico se hallaba cerrada. Eric no se esperaba menos. Cuando llamase y le dejasen entrar, todo allí dentro concurriría con normalidad. No obstante, en cuanto desapareciese, se llevarían a cabo los chanchullos y las conspiraciones menos imaginables. Actos tenebrosos y rebosantes de malicia.

Picó tres veces. Una voz tenue contestó un <<adelante>>. Eric no dudó en entrar. Al principio sólo la calva le saludó; luego, cuando cerró la puerta, levantó la vista. Expresó un gesto de sorpresa, abriendo los ojos y arrellanándose en el asiento de cuero con ruedas.

–                           Hombre, tú por aquí.

Sin pedir permiso, Eric se acercó a su mesa y se sentó en la silla que había justo enfrente de él.

–                           Nada, nada. Como Pedro por su casa.

Eric ignoró el comentario. No estaba para bromas.

–                           ¿Dónde está mi madre? – espetó.

Federico se acomodó en el sofá, mirándole con calma y con una media sonrisa irónica.

–                           Aquí seguro que no. Hace tiempo que las madres no se acercan a esta disco, sobre todo un domingo.

–                           ¿Tengo cara de estar para bromas? ¿Dónde está mi madre?

–                           Y yo qué sé. Hoy sólo he salido de casa para venir aquí.

–                           Pero conoces a el Hombre de Negro. Te hablas con él y os mantenéis mucho en contacto. ¿Qué habéis hecho con ella?

–                           Te equivocas de persona. Yo no me inmiscuyo en los asuntos del Jefe. Habla con él directamente.

–                           Sabes que hoy ya ha estado conmigo.

–                           Vuelves a equivocarte. Yo sólo soy un contacto para él. Me llama, me pida que ejecute algunos movimientos, y ya está. Él da órdenes y nosotros cumplimos.

–                           No me lo trago. Él no es ningún Dios. Le tratáis como si fuera intocable. ¡Qué asco!

–                           Tendremos nuestros motivos.

–                           Soy todos unos mentirosos y unos falsos. Hacéis como él y os ponéis una máscara. Pero voy a dejar de hacerme el tonto. ¿Dónde está mi madre?

–                           Otra vez… Vaya, no sé hasta dónde me alcanza la paciencia.

–                           Yo tampoco lo sé. Espera, que te lo diré de otra forma. – Estiró las piernas y metió la mano por dentro de la chaqueta. Sacó la pistola y la apuntó directamente a la cara de Fernando –. ¿Dónde está mi madre?

Federico no se estresó. Al contrario, colocó las manos sobre la mesa y observó a Eric. 

–                           ¿Sabes qué? Déjame que te saque una bebida y lo hablamos tranquilamente.

Hizo ademán de levantarse, pero reaccionando muy pronto Eric acercó el cañón de la pistola a Federico.

–                           Ni se te ocurra. No me fío de ti ni un pelo, cabrón.

Tornó a sentarse.

–                           Está bien, está bien. No nos pongamos nerviosos, anda. – Pestañeó unas cuantas veces, rápidamente, una tras otra. Colocó de nuevo las manos sobre la mesa, en posición de calma –. Dime: ¿qué esperas conseguir con apuntarme con una pistola? Estoy ya con más mierda en mi currículum que no me molestaría morir. ¿Te piensas que me asusta el morir? ¡Adelante, dispara! ¡Aprieta el gatillo y demuestra tus cojones! ¿A qué esperas? ¡Aprieta el gatillo, joder! Deja que sea yo el privilegiado al que te cargues primero. ¡Venga! Yo también me acojoné la primera vez que tuve que pegar un tiro.

La convicción en las palabras de Feredico, la calma de éste y la inexperiencia en el mundillo oscuro provocaron en Eric un grave momento de <<¿Sirve para algo lo que estoy haciendo o no sirve para nada?>>. Había sido básicamente instintivo eso de sacar la pistola, como quien saca las garras como autodefensa. Le había encañonado la pistola porque lo había visto en miles de películas, donde presuntamente el arma siempre intimidaba a la gente. Pero no había corrido ni rastro de sudor en la calva. Quizá estaba más que acostumbrado a que lo apuntasen.

O quizá mentía.

Pese a que vaciló, no soltó la pistola.

–                           Esa sonrisa que siempre llevas creo que más bien me hace indicar que es un puto recurso para esconder tus miedos. No puedo creerte porque ni te convences a ti mismo con tus propias mentiras. Sabes que han secuestrado a mi madre y seguramente el Hombre de Negro te ha ordenado que te lo tengas bien callado. Y te muestras calmado porque no me ves capaz de pegarte un tiro. Pensarás seguramente que no me atreveré a matarte porque luego irán a por mí. Me importa una mierda que vayan a por mí. No me importa que al final me vayan a matar. Encontraré a mi madre y avisaré a mi hermana. Y me importa también una mierda que me preguntéis si sé qué ha hecho mi hermana. Es mi hermana y no pienso que me contaminéis.

A Eric prácticamente le faltó el aliento cuando paró. Federico, que le había estado escuchando con esa sonrisa irónica suya característica y sin mover ni un dedo, levantó las manos y se echó a aplaudir. Aplaudió lentamente, separándose las palmas de la mano bastante. Sus ojos, tan oscuros e imposibles como en la anterior ocasión, parecía jactarse de toda esa parrafada. A Eric no le dio tiempo a sentirse ofendido.

–                           Bravo, Eric, bravo. Digno de un discurso de un gran político. Pero déjame que te lo repita otra vez: te equivocas conmigo. Si el Jefe se ha llevado a tu madre, sólo él y el que ha encargado para hacerlo lo sabrán. No comparte secretos con nadie. Apenas conmigo me ha hablado de ti. Tan sólo me comentó que te iba a contratar para una misión y que necesitaba mi terraza para hablar contigo. Mátame. Con mucha suerte te escapes hoy, pero te perseguirán y te localizarán. Detrás de ti en una esquina hay una cámara. Grabará tu imagen y mañana o pasado te pillarán, porque deberás buscar a tu madre y avisar a tu hermana. No seas estúpido. Vas a arruinarlo todo con un solo disparo. ¿Qué conseguirás matándome? Piénsatelo bien, Eric. Estoy convencido de que hace poco te has enterado de que se han llevado a tu madre y eso te ha sacado de quicio. Piensas en caliente, tío.

Eric reflexionó acerca de todo eso. Se había equivocado, por completo. Sus recuerdos de las películas no le estaban ayudando en nada. No se ruborizó pero poco le faltó, deseando que la tierra se lo tragase. Se había comportado como un niño pequeño movido por la cólera y la rabia. ¡Si él mismo ya se había dicho que estaba completamente solo! Y sin ayuda… poco avanzaría…

–                           Guárdate la pistola. Te irás de aquí y todo quedará como si aquí no hubiese ocurrido nada.

–                           Putos todos… – blasfemó, guardándose la pistola –. Primero me metéis en una mierda bien grande y luego amargáis a los que están conmigo. No me merezco yo esto.

–                           Todo tiene un motivo. ¿Estaba muy enfadado hoy el Jefe?

–                           ¿Conmigo? Joder si lo estaba. Me han atizado bien en el bosque.

Eso le resultó gracioso a Federico. Se tronchó tirando la cabeza y el cuerpo hacia atrás. La silla rechinó “terroríficamente”.

–                           Entonces está muy cabreado. Sólo hace eso cuando le tocan los cojones. ¿Y cómo estás convencido de que no han sido otros?

–                           ¡Huy! No es muy difícil saberlo – espetó Eric, alzándose. Se giró, seguro de que Federico no le clavaría ningún objeto afilado en la espalda, y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla, terminó de la siguiente manera –: Y repito que no soy tonto. Me engañas detrás de esa sonrisa y de esa calma. Sabes mucho de mí y te hablas con el Hombre de Negro. Se guardará los secretos, pero necesita rodearse de otros para mover sus piezas de ajedrez. Si algo tengo cada vez más claro, es que querrá a mi hermana muerta, pero no es su principal objetivo. Me está utilizando para distraer la atención y llevar a cabo algo más gordo.

–                           Entonces, tío listo, ¿de qué distracción estás hablando si aún no has efectuado ningún movimiento contra tu hermana?

–                           Ves cómo sabes más de lo que dices. Estaba esperando que picases.

No aguardó a descubrir alguna expresión de sorpresa en Federico. Eric se figuró que su cara apenas se habría desfigurado, quizá ni un ápice. Sin embargo, él se satisfizo con haberle vencido una pequeña batalla. Había cantado. Apenas nada, pero había cantado.

Ningún miembro de seguridad le barrió el paso pocos minutos después, una vez que se hubo bebido un cubata que le sentó muy amargo. Quedaba nada para las doce en punto.

 

 

 

 

–                           Aquí – soltó una voz en voz baja pero a distancia. Luego le siguieron dos ¡pst!.

Eric se dio la vuelta. Tenía los sentidos muy activos. Como ya se había percatado en días anteriores, había desarrollado una especie de alerta especial en todos sus sentidos.

Alguien entre las sombras se escondía en un callejón. Eric sólo distinguió una mano que le hacía señas para que se acercase. Se imaginó que era Número 3. Antes de aproximarse, comprobó que nadie le vigilase.

–                           Vamos – le alentó la voz en voz queda.

Extraño en él fue hasta el callejón. Ya el miedo parecía haberse esfumado; parecía haberse adueñado de otro ser humano. Se aproximó a paso firme, pero cauteloso. Se colocó de mientras la mano para rozar la culata, por si había que emplear los reflejos.

–                           Llegas tarde, Número 3.

–                           Sí, bueno. Perdona. El Jefe no me ha dejado marchar hasta ahora.

–                           Ah. ¿Qué quieres?

–                           No tan rápido. De lo que voy a hablar requiere tiempo. Iremos a un bar al que no nos reconocerá nadie y podremos charlar tranquilamente. Espera aquí un segundo: voy a por el coche.

Número 3 desapareció a la velocidad de la luz. Eric supuso que gente que trabajaba en ese mundillo estaba acostumbrada a emplear los reflejos muy a fondo y a moverse entre las sombras.

Aguardó con cierta impaciencia. Apoyado a la pared con un pie flexionado y con la espalda, se le antojó que iban a tenderle una trampa. Quizá la cólera de el Hombre de Negro no se había terminado con lo del bosque, sino que además lo habría completado con el secuestro de su madre y ahora con algo que tramaban contra él.

Un coche se paró a la altura de él, en doble fila. Eric miró a izquierda y derecha y salió pitando hacia el coche. Su cabeza notó unas cuantas gotas de lluvia. Mientras abría la portezuela, se fijó en que el cielo se había encapotado y revelaba un aspecto amenazador. Se metió en el vehículo antes de que la lluvia conquistase el tiempo.

El coche se desplazó. Viraron unas cuantas veces, hasta el punto de que Eric tuvo el pálpito de que sólo daban vueltas a la manzana. Pero no preguntó. Tampoco le preguntaron nada. Se trató en verdad de un viaje corto y callado (pero intenso para él por el silencio). Número 3 aparcó en una zona donde no habitaban bares ni locales. Cuando se apearon, Eric se tomó el tiempo para escrutar al tipo que unas horas antes le había asestado unos cuantos golpes. A diferencia de Número 2, era grande y ancho de espaldas. Muy robusto también. También una piel de la cara fina pero de aquellas que te recordaban a tipos duros de pelar. Sobresalían músculos por encima de la camisa de manga larga. Vestía muy elegantemente, como Número 2, con traje prácticamente. No llevaba gafas de sol. Destacaban dos ojos como canicas más opacos que los de Federico. No apreció sonrisa alguna en su rostro, por lo que dedujo que no sonreiría mucho o no sonreiría directamente. Apenas le abundaba pelo, sino que lo llevaba bastante corto, en forma de rectángulo tridimensional que se alargaba hacia la nuca.

No intercambiaron palabra alguna. Los pasos fuertes y seguros de Números 3 se expandían más allá del metro cuadrado en que se movían, alcanzando hasta el otro lado de la acera. Eric fue mirándolo de refilón, con la mano preparada para disparar ahí en plena calle si hacía falta. Sin embargo, algo le palpitaba en su interior. Ese pálpito le aseguraba que no había nada que temer.

Con el dedo señaló un pub.

–                           Ahí – indicó.

Penetraron en el pub. Música sensual sonaba con fuerza. Había esparcidos sofás de cuero de color rojo en forma de ce que daban a un podium en el que chicas casi desnudas inclinaban sus cuerpos con posturas más que sugerentes y giraban en torno a una barra de metal. Se sentaron en el sofá más cercano a la barra para beber y en el más alejada del podium.

–                           ¿Qué quieres para beber? – se ofreció Número 3, mirándole con mirada seria y fría.

–                           Cerveza.

Se alejó. En los cinco minutos de espera Eric contempló a una chica morena y de pelo corto bailar alrededor de la barra, alzando las patas sin romperse los huesos. Contemplarla le relajó los nervios un poco. Incluso se puso a tono. Madre mía, necesitaba un revolcón con alguna…

Regresó con dos bebidas. Las puso cuidadosamente sobre la mesa.

–                           Antes debería haberte preguntado algo – habló en voz alta. La música zumbaba un montón –. ¿Has mirado bien que Número 1 no te estuviese siguiendo?

–                           Sí. Tampoco hace falta. Ha secuestrado a mi madre.

–                           ¿En serio?

–                           No estaba su coche. ¡El puto coche azul!

Número 3 pegó un trago, encorvándose y tirándose para adelante. Al tragar no gesticuló.

–                           ¿Quieres probar?

Eric lo probó, y de poco le vino que no lo escupió al suelo. ¡Qué fuerte, Dios mío! Eric esbozó una cara de amargura y de asco. Inmediatamente después se preguntó cómo demonios Número 3 no había gesticulado al beber. ¿Sería un robot por dentro? Madre mía…

–                           Vaya, está fuerte… Perdona. – Y se echó a reír. La risa le recordó a Número 2 y Federico. A el Hombre de Negro no, porque la risa de éste sonaba más oscura y tenebrosa –. ¿Y tú cómo sabes que la ha secuestrado Número 1?

–                           No hay que ser muy listo.

Número 3 esperaba que Eric añadiese más.

–                           ¿Pero cómo lo has sabido?

Eric se cercioró del tipo ante el que se encaraba.

–                           El cómo da igual. Pequeños detalles.

–                           Pero a ver… Yo ni siquiera sé que se han llevado a tu madre. Me sorprende que digas eso porque yo ni siquiera lo sé. Que yo sepa, el Jefe no ha ordenado llevársela.

–                           ¿Alguna vez has actuado?

Increíblemente, las facciones de su rostro cambiaron y Número 3 expresó sorpresa y desorientación.

–                           ¿Cómo? No entiendo.

–                           Pues que eres un mal actor. ¡No sabes mentir!

–                           No estoy mintiendo. Si Número 1 se la ha llevado, no le ha dicho nada a nadie.

–                           No mientas. Trabando para el, como llamáis, el Jefe, trabajáis para él. No podéis tenerle secretos.

–                           Mira, te prometo de verdad que no sé nada, ni creo que Número 1 haya actuado a espaldas de el Jefe. Y si el Jefe hubiese querido secuestrar a tu madre, nos lo hubiera comunicado. Y no lo ha comunicado en ningún momento.

A Eric empezaba a salirle aire por la nariz a ritmo de vapor. Qué hartura. Buscó en el bolsillo el móvil y lo sacó.

–                           Este número. ¿De quién es?

Número 3 le arrebató el móvil, sin que Eric pretendiera dejárselo. Se pegó la pantalla casi a su nariz. Entrecerró los ojos entretanto. Un minuto más tarde se lo devolvió.

–                           No es un móvil nuestro.

–                           ¿Ah no? – se prácticamente desesperó, enfadándose –. ¿Entonces cómo puñetas engañasteis a mi madre para decirle que no se preocupase por mí, que me quedaba a dormir a casa de una amiga? En los dos putos mensajes aparece que es Jennifer quien manda el mensaje, una amiga mía, pero en ambos mensajes es una puta mentira. El número de Jennifer es otro. Y he llamado muchas veces sin que nadie me conteste al puto teléfono.

Número 3 se puso meditabundo. Ridículamente apretó los labios y se meció el mentón.

–                           ¿Quién coño envió un mensaje el día que me secuestrasteis y me llevasteis al almacén abandonado?

–                           Sólo el Hombre de Negro lo sabe.

–                           ¿Sólo él? Venga, hombre,… ¡Que sois un equipo!

–                           No, estamos a su merced. Y por eso he venido a verte.

Tras lo de su madre a él ya no le interesaba mucho en qué medida podía ayudarle y en qué concretamente podía ayudarle. Sin embargo, escuchar no podía irle mal, pese a que su mente se hallaba algo ausente.

–                           A ver, qué.

–                           Esto sólo puede quedar entre tú yo, primero de todo. Nadie puede enterarse de lo que saldrá hoy de aquí.

–                           Sí, sí. No te preocupes. ¿A quién se lo voy a decir? Estoy solo.

Eso le convenció, aparentemente. Movió el culo un poco hacia la izquierda y tiró el cuerpo hacia adelante. Su cara estaba muy pegada a la de Eric.

–                           El Hombre de Negro planea algo muy gordo. Nos ha dicho algo, pero no nos lo ha explicado todo. Como siempre hace. Créeme: él planea muchas cosas, pero no confía en nadie, ni siquiera en él mismo. Aprovecha que tiene mucho poder sobre nosotros y sobre otra gente para llevar a cabo sus planes. Pero nadie sabe dónde vive, ni qué aspecto tiene realmente. Ahora estos días planea algo gordo y está en activo, pero en cuanto acabe la misión, desaparecerá. Desaparecerá muchos meses. Siempre hace igual. Lo hace para que la gente se olvide de él y no sepa ni que ha existido, además de para evitar la justicia. Cierra todas las líneas y no las abre hasta unos meses más tarde. Es entonces cuando le vuelven a llamar para otro encargo. Se ha ganado “tantos amigos” que ahora sólo vive de encargos. Algunos son pequeños, otros son muy gordos. Lo que planea para la semana que viene es muy gordo.

–                           ¿Y de qué se trata? Me imagino que quiere que mate a mi hermana para atrapar a Filipo y tocarle los cojones a la familia Fellini.

–                           ¿Qué sabes? – se sorprendió Número 3.

–                           Nada y mucho. No sé nada porque nadie me ha explicado nada, pero deduzco. Me gusta deducir y se me da muy bien. Es imposible que quieran matar a mi hermana. Es un simple peón. No hay más que pensar un poco para darse cuenta que realmente no ha hecho nada más allá del otro mundo. Está en medio porque es la excusa. Salió primero con Robert Brawn y ahora con Filipo Fellini. Y las familias Brawn y Fellini se llevan a matar. Lo que no me queda claro es a cuál de las dos familias se quiere cargar.

–                           A las dos. Quiere que se acusen el uno al otro. Una vez tu hermana esté muerta, los Fellini pensarán que sólo los Brawn pueden haberlo hecho. Y se iniciará una guerra entre ellos.

–                           ¿Y qué gana el Hombre de Negro en todo esto?

–                           La ciudad entera y sus alrededores. Piensa que lleva la tira de años trabajando para gente y por encargos. En un momento u otro se ha ganado el afecto y el respeto de muchos peces gordos y ahora nadie se atreve a toserle. Nadie se pregunta por qué aspecto tiene, nadie se pregunta dónde vive ni cómo ocupa su tiempo libre. Tiene alguna especie de magia que hace que la gente esté pillada por él.

–                           ¿Tan difícil es cargárselo?

–                           Tiene demasiados admiradores. Y todos piensan que si alguien atenta contra su vida es hombre muerto.

–                           Ah – se interesó Eric. A la memoria le vino Federico y su encuentro con él hacía escasamente poco más de media hora.

–                           Todos matan pero nadie quiere morir en este mundo. El Jefe tiene la llave de todos. Él elige quién muere y quién no. Él es Dios.

–                           ¿Pero y la policia? ¿Nunca le han querido dar caza?

–                           Es muy inteligente. Todos le encubrirían, porque todos están más que metidos en esto. Es más, hay policías que trabajan para él.

–                           ¿Policías? ¿Pero cómo puede uno solo dominar tanto?

–                           Poniéndoles en situaciones complicadas. De un modo u otro ha conseguido que le debamos algo. Yo por ejemplo le debo la vida. Gracias a él consiguió convencer a unos de que no fueran a por mí. A cambio, yo tenía que protegerle y obedecerle siempre que me necesitase.

–                           ¿Y ahora? ¿Aún le debes la vida?

–                           No tanto. Ya me estoy hartando de trabajar para él y de ensuciarme tanto las manos. Y creo que ya he cumplido con mi deber y que me podría ir a casa a vivir decentemente.

–                           ¿Qué pretendes? Hoy me habías dicho que me podías ayudar. ¿Cómo puedes ayudarme? ¿Qué buscas?

–                           Voy al lavabo y te lo cuento.

Echó un sorbo a su cubata y, habiéndose puesto en pie, se alejó.

Eric lo observó alejarse y sortear a la gente. El pub principiaba a llenarse de hombres básicamente. Sobre el podium ahora había tres chicas, una bastante mayorcita. Eric las contempló, y otra vez surgió una especie de fuego muy ardiente. Tan ardiente, que incluso le tentó la idea de contratar a una de esas mujeres para que le sirviera bien servido.

Mientras aguardaba bebió en un par de ocasiones. Le picaba mucho la curiosidad, y cuando le picaba la curiosidad se le secaba la garganta. Él había pensado que no, que no le intrigarían para nada sus palabras. Pero había resultado todo lo contrario. Ahora lo aguardaba con impaciencia. Algo así como un halo de luz esperanzadora brillaba en su interior. ¿Habría salido al final del túnel? Tenía que confesar que él prácticamente se había visto sin salida, ni siquiera con posibilidad alguna de andar.

Regresó tras una espera interminable. A Eric él le pilló babeando con las bailarinas en ropa muy ligera.

–                           Están tremendas, ¿verdad?

–                           Para que vengan aquí y te la coman un rato.

–                           Tú y yo nos entenderemos – opinó, ves a saber si en broma o en serio.

Bebió. Bebió mucho, hasta el punto de dar la impresión de que el lavabo le había resecado la garganta. Eric apenas había tocado la cerveza. Pero repentinamente, tras ver a Número 3 beber tanto, le entraron muchas ganas, hasta casi le entró envidia, y pegó un trago largo.

–                           Quiero acabar con él. Estos diez años me han servido para ganarme mucho su confianza. Al principio empecé con muchas ganas y muy devoto a él, más que nada porque le debía la vida; ahora pero ya ha pasado mucho tiempo y creo más que me utiliza más que otra cosa.

–                           ¿Te utiliza sólo a ti dices?

–                           Ésa es la sensación… Número 1 es su favorito, y es un puto cabrón más loco que el más enfermo. Y Número 2 casi que también. Los dos quieren trabajar para él y se lo hacen saber cada día. Yo alguna que otra vez le he planteado la posibilidad de marcharme. Pero no me deja marcharme. Por lo visto pensará que me chivaré o que acabaré con él. Encima jamás me ha dado un jodido motivo. Estoy harto, muy harto.

–                           ¿Y yo qué juego en todo esto?

–                           Está muy centrado en todo esto de las dos familias y apenas se fija en lo que haces. Está totalmente convencido de que acabarás matando a tu hermana, porque te ve sin escapatoria e incapaz de luchar contra nosotros estando tú solo. En cierto modo es lógico que piense eso. Número 1 te sigue, estás completamente vigilado electrónicamente, no puedes decirle a nadie el secreto porque todos le protegen… ¿Sabías que tienes mucha mierda en el coche?

–                           Sí. El Manitas es el mayor cabrón que pueda haber en este mundo.

–                           ¡Si en él se puede confiar! Es el Jefe. Él es el culpable. Él le ordenó montarse esa vigilancia.

–                           ¡Cómo se fía vuestro Jefe!

–                           De nadie.

–                           No, ya veo ya. Pero déjame decirte que el Manitas es un cabrón.

–                           Pues he hablado con él sobre esto.

–                           ¿Con él? Ya la has cagado.

–                           Él también está hasta los cojones de el Jefe. Vamos a ir a por él.

Eric no estaba convencido. ¿El Manitas harto? Le vino a la memoria una conversación en su taller acerca de la moralidad.

–                           Por cierto, Eric. Lo de hoy ha sido extraordinario. Menudo cabreo llevaba… Cuando el sábado Número 1 le contó que estabas con una de los Fellini, la máscara casi se le partió en dos cuando puso las manos sobre ella. Y perdona por los golpes de hoy. ¿Te he hecho mucho daño?

–                           Un poco sí – y se le escapó una mueca, por la situación tan ridícula –. Y a ver que me quede una cosa clara: si quieres cargártelo, ¿por qué no lo has hecho hoy en el bosque? Estabas tú sólo con él. En un momento de despiste podías haber sacado la pistola y ¡pum!

–                           No es tan fácil. Número 2 estaba cerca.

–                           ¿Cerca?

–                           Claro. No se fía. Siempre que se mueve lo hace acompañado. Ahora lo acompaña Número 2 porque Número 1 está contigo siguiéndote.

–                           ¿No será que tendrás envidia por ser el Número 3?

–                           Los números no significan nada. Nada.

–                           Ah.

–                           Hay que matar a sus dos guardaespaldas. Y hay que llevarlo con absoluta discreción. El Manitas nos echará un cable.

<<O una maldición>>, reflexionó Eric.

–                           No sé.

–                           No te queda otra opción. Tu hermana no tiene por qué morir.

Eric apartó la mirada y miró el suelo. Con la espalda tirada hacia adelante, movió los pies arriba y abajo. Meditaba. Ojos vacíos, mirada perdida.

–                           Está bien. Aunque sea un clavo ardiendo es lo único a lo que puedo agarrarme.

–                           Bien que haces.

Con la palma de la mano le indicó a Eric que acercase su cara. Muy discretamente Número 3 paseó la vista por el sitio. Presto, explicó los pasos a seguir.

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Séptimo capítulo Novela Negra

VII

 

¡Mira que había quedado veces con Jorge y nunca le había pedido el móvil! Eric se lamentó una y otra vez esa mañana de sábado. Rascándose la cabeza una y otra vez, con la sensación de relajado aunque con las piernas pesadas, apenas pudo desayunar tranquilo. La cabeza le dio vueltas y más vueltas alrededor de ese lunes. Ya prácticamente se había olvidado de que debía cumplir con una misión muy desagradable y mucho más trascendental que descubrir con quién había quedado ese lunes. Más que nada, se trataba de un reto personal. De aquellos que a un tozudo y cazurro no podía dejar escapar.

Se hallaba solo. El reloj, que marcaba casi las doce de la mañana, era lo único que lo acompañaba en ese “cementerio”. Pero había empezado a enervarlo algo, hasta el punto de que la leche calentada le estaba revolviendo el estómago. Cerca de donde se encontraba bebiendo yacía una nota de su madre. <<Hoy también trabajo. Lo siento>>, ponía. Se alegraba por ella: se lo merecía. Si bien le hubiese gustado que no hubiese ido a trabajar. La necesitaba al lado, para que le levantara los ánimos y le aclarara las ideas. Se sentía tan solo al callarse algo tan doloroso… Era una presión máxima.

Empero, los pensamientos se interrumpieron cuando irrumpió en el silencio del comedor el móvil. De golpe y porrazo se echó a vibrar y “explotar”.

–                           ¿Sí?

–                           Eric, eres un puto cabronazo. ¡Vaya bomba de relojería que me has traído!

–                           ¿Ah sí? Ya sabía yo que no podía confiar mucho…

–                           Pero nene, que… , después te lo chivo. ¿qué hora te acercas?

–                           Buf, lo tengo algo justillo todo hoy… – De repente le había vuelto a la memoria que por la tarde tocaba acompañar a una chica –.  Dios, he quedado con una tía y no sé. Espérate, espérate. La llamo y te digo.

–                           Chachi. Pero no tardes.

–                           Oye, ¿han visto el coche tus viejos?

–                           Sí, ¡pero no preguntan! No… Están muy chocheados.

–                           Ja, ja, ja – se carcajeó.

–                           Nene, ahora me pegas, ¿eh?

–                           Sí, dame nada, cinco minutos.

–                           Chachi.

Colgó.

En vez de lo que “había prometido”, dejó el móvil sobre la mesa y se levantó. Necesitaba aire. En consecuencia, se encaminó hacia el balcón y salió. Estaba en pijama y con las pintas poco decentes, pero le importaba un comino. Desde la posición de su piso uno tenía que ser muy puñetero para levantar tanto la vista.

El sol apenas se notaba sobre la temperatura ese día. Hacía fresco, mucho fresco. Su pijama superior, una camiseta manga corta, le desprotegía los brazos y percibió cómo ese fresco se adentraba en sus carnes y le hacía estremecerse. Como quien se estremece de miedo. Le entró también algo así como un escalofrío. Se sintió observado de repente. El coche azul. Lo buscó pero no dio con él.

<<Quizá aún se encuentra cerca de la casa de Marcos. Quizá se piensa que me he quedado a dormir ahí.>>

Dichoso coche azul. ¿Quién lo conduciría? Eric ya se había formado su propio conductor: un matón muy profesional, calvo, con gafas de sol, de complexión robusta, algo gordito, muy musculoso. Independientemente de eso, algo estaba muy claro: sería muy terco y muy paciente. ¡Dios Santo! ¿Qué estaba? ¿Continuamente vigilándole? Se asemejaba a convertirse de repente en un famoso seguido por todos los paparazzis. Se trataba de algo en lo que, afortunadamente, no pensaba mucho, pero que cada vez que identificaba el coche le recordaba lo que había que cumplir. Porque sería un compinche de el Hombre de Negro, ¿cierto?

<<¿Y si no lo es? ¿Y si trabaja aparte? Quizá sabe toda la historia esta y está vigilando de que no mate a mi hermana.>> Pero inmediatamente reflexionó: <<No, no puede ser. Vigilará que no me salte las normas.>>

Odiaba pensar. Y más sobre algo nada bueno. Meneó la cabeza y entró al comedor. Sonó el móvil. Sería Marcos, siempre puntual en “sus cinco minutos”. No obstante, cuando por la pantalla constató que llamaba Carla, emitió un ¡ups! y abrió los ojos como platos.

–                           Pizzería Marco, dígame – pronunció, agravando la voz.

–                           Ay, perdone, parece que me he equivocado de número.

Eric se tapó la boca y se rió intermitentemente.

–                           Llamaba a un amigo y parece que no me ha dado el número correcto… – continuó.

–                           Espera, que le digo que se ponga. Se llama Eric si no me equivoco, ¿verdad?

–                           ¡Tú! ¡Serás…!

A la sazón Eric no lo aguantó más y explotó a carcajadas. Rugieron estruendosamente y se esparcieron por todo el comedor. Al otro lado de la línea ella se quejó cual una niña pequeña.

–                           Has picado – dijo cuando se calmó, con lágrimas en los ojos y dolor en la barriga.

–                           Oh, jope… ¡Qué vergüenza! Maldito, qué vergüenza me has hecho pasar.

–                           Se siente.

–                           ¿Eres actor o algo? Que me lo he tragado…

–                           No pasa nada, te acostumbrarás.

–                           ¡Bah!

A Eric le dio por reír de nuevo.

–                           Eh, ¡chist! Déjame decirte lo que quería decirte, que al final se me irá el santo al cielo. A ver… joder, ya se me ha ido el santo al cielo. ¡Lo ves! Buf, es que los tíos me ponéis de los nervios.

–                           No pasa nada. Cierra los ojos y relaja la mente.

–                           ¡Calla, tonto! – Eric se rió –. ¡Ah, sí, ya! Que a ver, mi padre hoy ha cogido un vuelo y que no volverá hasta dentro de unos tres días. Me ha dicho que me lo des a mí y que ya se lo mirará.

–                           ¿Tres días? – se desinfló.

–                           No es mucho. Se pasan enseguida.

<<Cuando se entere mi madre, lanzará bombas hacia su padre. Fijo.>>

–                           Seguro que le gustas, no te preocupes. De hecho le causaste una buena impresión.

–                           Eso es bueno.

–                           Sí. Entonces… ¿Quedamos para esta tarde?

–                           Sí, claro.

–                           ¿Has avisado a tu amigo?

Se golpeó a la frente con la palma de la mano.

–                           Se me ha pasado… Perdona.

–                           ¡Eric!

–                           Luego le llamo. Seguro que estará disponible.

–                           Más le vale, porque le he dicho a una amiga que se venga y me he dicho que sí.

–                           ¿Me lo vas a quitar buscándole una churri?

–                           Tonto. – Sonó un bostezo –. Ay, qué sueño. Bueno, ¿para qué hora? Venga, rápido.

–                           Cuando tú quieras. Si total, tardarás horas en arreglarte.

–                           No tantas – dijo con voz despectiva –. ¿Qué tal las cinco y media?

–                           De coña.

–                           Pues eso. Estaré esperando en tu portal. No me tardes.

–                           Descuida.

Y se despidió.

Se le había olvidado por completo comentarle a David lo de la salida con chicas. Últimamente estaba muy olvidadizo, en especial desde aquella fatídica mañana en que se había despertado dentro de un almacén abandonado. ¿Sería que habría tomado alguna pastilla el día anterior a ese? A lo mejor. A lo mejor había quedado con alguien cuyo nombre le era imposible de recordar y había ingerido alguna sustancia que le habría adormecido y que le había creado algo de amnesia. O a lo mejor le habían pegado con una porra o algo peor y el golpe le había tornado pelele. O a lo mejor…

Le llamó. Tal como se había imaginado, se lo encontró lacónico y muy disgustado, por mucho que pretendió disimularlo. Eric temió que no aceptase, pero para su sorpresa sí que aceptó.

–                           Ella pasará por mi casa con su coche a las cinco y media. Vendrá con una amiga.

Ni siquiera eso le subió el ánimo. Muy parco en palabras, aseguró que estaría para esa hora. Consiguientemente, le dijo adiós y colgó. ¡Cuánto le amargaba tener que hablar con alguien antipático por momentos! Aunque bueno, su reacción cabía dentro de lo normal…

Le faltaba una llamada. Una sola llamada. Mientras buscaba el número de Marcos, un pálpito “le cantó” que su sociabilidad había cambiado muchísimo. Al menos, se sentía más ocupado. ¿Más importante quizá también? Quizá.

–                           Marcos – le indicó –, a las tres estoy para allá.

 

 

 

 

Ataviado con chaqueta y con ropa menos ligera, cargando con una bolsa pequeña, se presentó ante la puerta de Marcos y picó hasta cuatro veces a la puerta. Mientras aguardaba a que le abriera la puerta, comprobó que el coche azul no merodeara cerca. Al haber venido andando, le había dado tiempo de sobra para cerciorarse de su presencia, aunque no lo localizó en absoluto. Se dijo que ya no estaría ahí, que habría regresado a su casa. Sin embargo, se había arriesgado mucho presentándose por la puerta principal, pues podía haberle ocasionado problemas a Marcos en el caso de que le pillaran. Si bien había considerado la posibilidad de llamar por la puerta trasera, al final había declinado la opción por innecesaria.

Marcos abrió con diligencia. Presentaba un aspecto deplorable, de aquellos descuidados y muy dejados. De más pequeño ya había presentado tal aspecto, pero jamás Eric habría jurado que su imagen se deterioraría tanto. La ropa que llevaba ese día tendría más años que Matusalén. Y además, sus pantalones mostraban agujeros y se habían desteñido algo, con el color original más que perdido.

–                           Entra, vamos – le urgió con la mano. Presto le asió de la mano y le tiró hacia sí.

–                           ¿A qué vienen tantas prisas ahora?

–                           ¡Está el puto coche azul de los cojones! ¡No se ha ido desde que te fuiste ayer!

–                           Pues ahora no estaba.

–                           Mentira, ven.

Subieron por las escaleras a la segunda planta. Se metieron en una habitación y a través de la ventana le señaló con el dedo una esquina opuesta a la que Eric había doblado para ir a su casa. Estaba estacionado, reposando tranquilamente. Como siempre, las ventanillas eran tan oscuras que no se identificaba absolutamente nada de su interior.

–                           ¿Qué coño has hecho, Eric? ¿Es la pasma?

–                           No, no es la pasma. Es la Mafia, o eso supongo.

–                           ¡LA MAFIA! Oh, por todos mis muertos… ¡¿Cómo puedes dejarme al lado de un mafioso! ¡Estás chalado! ¡CHALADO!

–                           Te dije que si no hacías nada estarías a salvo. ¿Has hecho algo malo?

–                           No.

–                           Buen chico.

Alzó los brazos y se apartó de la ventana. Comenzó a dar vueltas en la habitación. Entretanto sacó una bolsa del bolsillo con maría dentro y cogió papel de un escritorio.

–                           Me van a matar, me van a matar, me van a matar. ¿No lo ves? ¡Ahora irán a por mí!

–                           No digas gilipolleces. Te aseguro que a ti no te quieren. Me quieren a mí.

–                           Hijo de puta. ¿A quién le has metido ahora?

–                           Oye, tengo mucha hambre… Traigo un bocata en esta bolsa. Mientras como, te lo explico, ¿sí?

–                           No sé. No sé…

Bajaron abajo, al comedor. Eric se sentó y sacó de la bolsa un bocata envuelto con papel de aluminio. Marcos fue hasta la cocina, desde donde le preguntó a Eric si le apetecía una bebida a gritos. Pues no vendría nada mal, le contestó, con lo que Marcos regresó con un refresco en la mano. Se lo tendió a Eric.

–                           ¿Ya has comido?

–                           Sí.

–                           Y por cierto, ¿dónde están tus viejos?

–                           Aún no han vuelto.

Con los labios y un movimiento de la cabeza Eric expresó un “vaya”.

–                           ¿Tú ya has comido?

–                           Hace un puñao.

Eric arrancó papel de aluminio y principió a jalar. Luego abrió el refresco y echó un sorbo. Una vez pegado el sorbo, mordió el bocata, expresando “un bravo” por la exquisitez en el sabor. Cuando tragó, le pidió a Marcos que se sentase, puesto que le llevaría algo de tiempo contarlo y que, si permanecía de pie, se iba a cansar en un momento u otro. Marcos le hizo caso, mirándolo con mucha atención. Acto seguido, Eric comenzó a relatar todo lo sucedido desde aquel martes por la mañana en que no se había despertado precisamente en su casa hasta el día anterior, el viernes, cuando le había hecho una visita al mismo Marcos para lo del coche. A cada frase que Eric soltó el rostro de Marcos se distorsionó más y más, abriéndosele la boca, los ojos, y alargándose el mentón. Eric no pudo discernir si se distorsionó por incredulidad o por absurdidad. En cualquier caso, Eric mencionó lo más relevante, sin aportar puntos de vista ni relatar su día con la familia Fellini. Cuando terminó, se descubrió sediento, y casi se acabó el refresco de un trago. Apenas le quedaban dos bocados al que había sido un largo bocata.

–                           ¡Me cago en todos los hijos de Dios! ¡Pero jodido, esto es para huir!

–                           Ya. Pero si huyese, a mi hermana, ¡pum!

–                           Que le den por culo, chaval. ¡Ché! Aquí puro egoísmo. Al menos tú no la pringas. 

–                           No, no, no. Mi hermana aquí no va a pringar nada.

–                           ¡Pues ya me dirás tú cómo les darás por culo!

–                           Tiene que haber alguna forma. Ya daré con ella. Ahora tengo que ser muy precavido. ¿Crees que debería hablar con la pasma?

–                           ¡Qué va! Te chivas a ellos y estos pelajos vendrán a por todo aquel que conozcas.

–                           ¡Dios! ¡Estoy jodidamente arrinconado! – bramó tapándose la cara con las manos.

–                           No llores, nenaza.

–                           No estoy llorando.

–                           Tú tienes coco. Piensa. Fijo que algún tipo puede echarte un cable.

–                           ¡Ya lo intento! Pero cada día parece como si esté más arrinconado aún. Y encima el tiempo va acabándose poco a poco… – Suspiró muy largamente –. Bueno, no sé. ¿Me enseñas el coche?

–                           Ah, sí. Vamos abajo. – Marcos se incorporó –. Por cierto, ¿llevas aquí la pipa? ¿Puedo verla?

–                           No la llevo, lo siento. Hasta que no me vea muy apurado no la sacaré de casa.

–                           ¡Pero si ahora los tienes detrás de culo!

–                           Bueno. – Encogiéndose de hombros y luego incorporándose –. Paso de que la pasma me chequee y me pille con una pipa. Aparte, no me van a tocar por el momento. No hasta el viernes, que es cuando tengo que matar a mi hermana.

–                           Que lo harás, me imagino.

–                           ¿Te falta un tornillo? Jamás en mi vida.

–                           Tú mismo. Sé estúpido y morirás.

–                           Y luego tú me llorarás en el entierro. Vamos abajo, anda.

Con la mano Eric tocó suavemente la espalda de Marcos con ademán de conminarle a moverse. Éste se puso en movimiento, y Eric le siguió, no sin antes pasarse por la cocina para tirar el papel de aluminio y el refresco. Bajaron.

Miró el reloj. Las cuatro.

–                           A ver, tu coche – pronunció tras encender la luz del garaje –. Es una auténtica bomba de relojería.

–                           Sorpréndeme.

Marcos abrió la portezuela del conductor y metió media parte del cuerpo dentro del automóvil.

–                           Jamás había visto cosa igual. Había oído de este tipo de aparatos que detectaban a los maderos y tal, pero me lo había cogido con pinzas. Ayer flipé viéndolo tío. Recuerdo que le dio por pitar (pi, pi, pi, pi, pi, pi), volviéndome tarado, y luego escuché el ruido de los maderos pasando rápido por la calle. Flipé, tío, ¡flipé! Colega, vaya mierda te han puesto.

–                           ¿Qué es?

–                           Este aparato te mantiene controlado. Allá donde vayas con el coche sabrán por dónde andas.

–                           Me lo imaginaba…

–                           ¡Y eso no es todo!

A Eric se le encogió el corazón.

–                           Tiene un altavoz bastante escondido que les permite oír todo lo que se diga dentro del coche mientras esté encendido.

–                           Jodidos hijos de… Pero tú, pero tú… ¿cómo has descubierto eso?

–                           Chaval, chaval. ¿Con quién te piensas que estás hablando? Yo transformo todos los coches, nene.  

Eric hizo acopio de memoria y trató de recordar si había dicho algo dentro del coche que pudiese desfavorecerle. Creyó que había dicho que algún día le engañaría al del coche azul. Bueno, no era nada grave, aunque podía costarle caro.

–                           Bueno, no pasa nada. Mientras no me instalen algo dentro de mi cuerpo para seguirme, puedo estar tranquilo. Si huyese, no usaría este coche para nada.

–                           Mejor. Porque aquí te tienen bien pillado.

–                           Seguramente el del coche azul verá los movimientos del coche – reflexionó Eric en voz alta –. Por eso está ahí fuera.

–                           El jefe le habrá pedido que siga sólo a este coche. Está claro que no se fía de ti.

–                           Ya me avisó. Es un gato muy, muy viejo. Pero oye – susurró de golpe a la oreja de Marcos –, ¿seguro que sólo oyen cuando está apagado?

–                           Segurísimo.

Eric se alivió. Marcos le observó aliviarse y no reprimió una sonrisa. Posó una mano sobre su hombro, para luego repetirle:

–                           Tú tienes coco. Seguro que lograrás salir de esta.

–                           Eso espero.

–                           Y oye, ¿hasta qué punto has hecho algo ilegal?

–                           He usado dinero que no es mío básicamente, mucho del cual he gastado para este coche. El aparato electrónico ese, la pistola, documentación falsa,… yo no le he pedido. Lo tengo guardado como quien acumula pruebas.

–                           Pues mucha suerte, amigo.

Se abrazaron.

–                           Gracias por todo esto, de verdad. Ten, anda.

Algo nervioso y tocado, Eric sacó un fajo de billetes del bolsillo y se los entregó a Marcos.

–                           Esto es mucha pasta…

–                           No la quiero.

–                           De verdad, Eric, te falta un tornillo. ¿No te acuerdas de cuando robábamos cosas y te me quejabas con que querías ser rico una y otra vez?

–                           Uy, eso fue hace mucho tiempo.

–                           Este coche, esto que me das, lo de ayer… ¿cuánto coño te han dado?

–                           Mucho, y muchísimo más si mato a mi hermana.

–                           Te falta un tornillo. ¿Te oyes hablar? No te reconozco, tío. Durante todos estos años no hacías más que cagarte en tu hermana mayor, en desear ganar la lotería o ser podidamente rico y abandonar a toda tu familia. ¿Ahora quieres a tu mami? Nunca has sido cruel, pero nunca has hecho cosas santas en tu juventud.

–                           Bueno, pocos han sido santos de bien jovencitos.

–                           ¿Quieres que Dios te perdone? – Y estalló a carcajadas.

Con un movimiento de muñeca Eric le hizo saber que la conversación finalizaba ahí. Marcos rió un poquito más, con la cara roja y los ojos brillantes. Eric se adentró en el coche y se sentó. Alargó la mano hacia él, para despedirse.

–                           Bueno, tío, déjate de tantas preguntas y despídete como  los hombres – le picó.

–                           Cuídate, cabronazo. Quién me lo iba a decir a mí: Eric el mafioso. – Y tornó a estallar a carcajadas mientras apretujaban manos.

–                           Vete a cagar en la vía, mamón.

Arrancó el motor. Marcos, aún entre risas, pulsó el botón para la abrir la puerta del garaje. Se dijeron adiós con la mano. Y tan rápido como el rayo el coche salió disparado.

Eric casi se halló de frente al coche azul. Estaba aparcado nada más doblar la esquina, junto a un paso de cebra. Inútilmente agudizó la vista: los cristales eran demasiado opacos. Continuó. Cuando se vio obligado a parar por un semáforo en rojo, miró por el retrovisor central. ¡Qué sorpresa cuando avistó que el coche azul había sido puesto en marcha!

Eric tamborileó con los dedos sobre el claxon al ritmo de la música de la radio mientras lentamente el coche efectuaba su salida. El muy hijo de su madre no se escondía para nada. ¿Le tomaría por tonto?

<<Mejor que no. Porque a la que te pases de listo te vas a enterar.>>

 

 

 

 

El ladrón piensa que todos son de su condición, o por ese dicho se le había dado a Eric cuando había visto a Carla y a la que gente que pagaba a los Fellini para una sesión de solárium. Cada una con sus particularidades propias, pero todas compartiendo una obsesión por una buena figura y por un tronco que no abultase mucho por los costados. Incluso la madre había parecido apuntarse a esa moda, a pesar de su edad. Sin embargo, la amiga que trajo no se asemejaba en nada a ella, al menos físicamente, porque de cabeza eran casi clavadas, con el mismo mal humor y con una lentitud para procesar comprensión de ironía y pillería. No estaba gorda, pero iba algo entrada en carnes, con unos jamones dignos de medir y con una delantera a punto de explotar. Además, tenía el pelo rizado y pecas se esparcían por sus mofletes rubicundos y abultados. Sus ojos, pequeños, eran quizá lo más atractivo de ella, de un verde oliva que relucía un tanto cuando la mirabas.

Se llamaba Adelia y contaba veintidós primaveras.

Tanto Eric como David la conocieron dentro del coche, y aunque a ellos les apeteció saludarla con dos besos ella no movió ni un sola parte de su cuerpo, tan sólo los labios, para abrirlos y sacar un escueto <<hola>>. A raíz de esa acción, Eric infirió que la tarde se alargaría interminablemente. Por fortuna, se equivocó, de cabo a rabo. Aparentemente, Carla no se mostró tan arisca como el día anterior, e incluso parecía haberlo perdonado por lo de la llamada engañosa. Eso permitió que, debido a su gran conexión con Adelia, la salida fuese amena, si bien esta chica expresó muy poco, y muchas veces forzadamente.

El humor dicharachero de David, en cambio, ayudó a que Carla y él mismo conectasen al poco tiempo. Cuando ella se metió en el parking del único gran centro comercial de la ciudad de Lartos y abandonaron el coche, algunas de sus bromas encontraron su recompensa en Carla, a quien le cayeron en gracia. Eric los observó con algo de estupefacción, pues David no se soltaba tan fácilmente. También observó a Adelia, quien, bien pegada a su amiga, no dijo ni mu, ahí, con su rostro serio y mirada al frente, cual un toro que se dispone a embestir a todo aquel que se cruce en su camino.

Ese silencio le chocó bastante, hasta el punto de sentirse molesto o de dudar si ella guardaba algo contra él. Pero luego reflexionó y se aseguró que sería arisca y huraña por naturaleza, ya que con David actuó exactamente de la misma forma. Intentó evitarla lo máximo posible. No obstante, Carla apenas le prestó atención, y casi que notó cómo la soledad entre sus carnes le roía. Habló poco, intervino muy poco. De hecho, a David y Carla poco pareció importarles. Entristecido, se limitó a escucharles, a acompañarles y a contestar lo que le preguntaban, sin enrollarse.

Hubo un momento, empero, que todo cambió un poco. David y Carla necesitaban imperiosamente ir al lavabo, y aunque en un primer momento Eric se planteó acompañar a David, recordó cómo casi le había apartado durante todo ese sábado bromeando con Carla y se quedó fuera. Adelia, por su parte, respondió a una llamada, aunque conversó poco rato, y cuando ya cortó no tenía sentido pasarse por el lavabo para acompañar a Carla. Así que, en consecuencia, ambos permanecieron uno cerca del otro mirando a todos partes menos a ellos mismos. Mas para Eric siempre le resultaba un momento muy difícil.

–                           ¿De qué conoces a Carla? – rompió el hielo.

Ella esbozó una cara de <<no me creo que me estés hablando>>.

–                           Vamos a la misma universidad.

–                           ¿Qué estudias? Porque ella no me lo ha dicho.

–                           Relaciones Internacionales. ¿Y tú?

–                           Yo ya acabé la carrera. Arquitectura.

–                           Ah. Guapo, ¿no?

–                           Sí si trabajase.

–                           Los inicios son difíciles – le consoló con una mirada cándida, aunque exenta de dulzura.

–                           Vaya que si lo son.

Carla y David regresaron prácticamente a la vez. Ahora a Eric ya no pareció molestarles su presencia. Se colocó al lado de Adelia. Esperó hasta entrar a alguna tienda para entablar una conversación, ya que ella no mostraba mucho interés en la ropa ni en comprarse nada. A cada cosa que él le comentó ella se mostró un pelín más receptiva, aunque en ningún momento fue para tirar cohetes. En prácticamente la totalidad de las conversaciones hablaron sobre trivialidades, hasta que arribaron a un momento crucial.

–                           ¿Sabes qué? – le confesó –. Conozco a tu hermana.

–                           ¿A mi hermana? Pues os lleváis bastantes años para que la conozcas…

–                           Bueno, he coincidido con ella en alguna ocasión. Mira, hace unas tres semanas si no me equivoco coincidimos.

–                           A través del hermano de Carla, ¿no?

–                           No, qué va. De una amiga en común. Creo que esta amiga conoce a tu amiga por una fiesta. Pero ya te digo: se ven cada dos tres.

–                           Quizá me suene su nombre. ¿Cómo se llama?

–                           Martina.

–                           Ah, pues no me suena. ¿Y qué vais, de compras juntas o a cenar?

–                           A cenar, sí. Alguna vez a la disco.

–                           Pero habrás visto entonces a su novio, ¿no? A Filipo.

Meneó la cabeza.

–                           Sé quién es Filipo porque he estado varias veces en su casa, pero jamás le he visto con mi hermana.

–                           Bueno, llevan poco saliendo. ¿Pero sabías al menos que estaban saliendo?

Una voz les gritó desde no muy lejos:

–                           ¡Eh, que nos vamos! – Era Carla. Alzaba dos bolsas grandes.

Se dirigieron a otra tienda, esta vez de zapatos. Carla puntualizó que necesitaba unos para las próximas noches de fiesta.

–                           No se cansa de comprar zapatos – le susurró Adelia a Eric al oído.

Pero a Eric los zapatos de Carla ni le iban ni le venían. Consiguió escaparse de la parejita y llevarse a Adelia aparte.

–                           Me has dicho antes que viste a mi hermana hace tres semanas. ¿No iba acompañada de Filipo?

–                           Ese día no.

–                           Mi madre me comentó que llevaba algo más de un mes saliendo con él, pero es que mi hermana es muy reservada y jamás cuenta sus relaciones.

–                           A ver, ya te digo: ese día vino ella con una tal Andrea.

–                           Sí, sé quién es.

–                           Pero ya está.

–                           ¿Y en las anteriores ocasiones tampoco?

–                           Ehm, sí, pero..,

De sopetón ella se vio como apurada. Sus ojos apuntaron a todas direcciones y su piel se ruborizó.

–                           No tengas miedo a contármelo. Necesito saberlo.

–                           Espera un segundo.

Ella se acercó a Carla y le soltó algo. Luego se giró y fue hasta Eric. Con la mano le pidió que le acompañase a la salida.

–                           Esto es difícil – empezó, una vez abandonaron la tienda –, espera… En las anteriores veces a ésta última, ya la había visto con otro chico. Sí, sí, no me pongas esa cara de incomprensión… Con otro chico, he dicho. Y eso no resultaría  un problema si no fuese por la persona con la que yo la había visto.

–                           ¿Y esa persona es…?

–                           ¿Conoces a la familia Brawn? ¿No? Pues deberías, porque se llevan a matar con la familia Fellini.

–                           Espera, espera, espera. Ayer me contaron que el padre de Carla y Filipo montó una cadena de restaurantes con un tal Robert y…

–                           Ése es Robert Brawn. Tiene un hijo que se llama igual: Robert.

Los ojos de Eric a punto estuvieron de explotar o de caerse al suelo. Desorientado, buscó algo con lo que aguantarse, y al final no se cayó porque Adelia actuó con rapidez y le asió por el brazo.

–                           Sentémonos en ese banco – sugirió.

Lentamente caminaron hasta un banco recién pintado en el que había dos viejos sentados observando el panorama. Ambos contemplaron a los dos jóvenes sin apartar la curiosidad. Éstos se sentaron en la otra punta del banco.

–                           Mi hermana… – Suspiró –. Y oye: ¿eso lo sabe Filipo?

–                           Pues no lo sé, pero supongo, porque el círculo de amigas de tu hermana no es pequeño y la gente sabía de sobra que estaba con Robert.

–                           ¿Pero estaban juntos?

–                           No, pero como si lo estuviesen. Se les veía muy juntos a todos los sitios. De hecho quedaban juntos para venirse con mi amiga, la que tenemos en común, Martina. Luego, bueno, dejaron de verse, y entonces apareció de repente eso de lo de Filipo. Aunque yo, aún, no los he visto juntos.

–                           Hombre, esta semana mismo fue a un hotel muy caro con él y el otro día cenó en su casa. Quizá no llegan ni al mes. Pero a ver: ¿por qué tanto secretismo? ¿Por qué me has llevado fuera?

–                           Por Carla. Todos los miembros de la familia Fellini rechinan los dientes casa vez que resuena el nombre de Brawn.

–                           Eso está muy bien, pero en la familia deben saber que salió con ese Robert.

–                           Me imagino que sí. Pero te aconsejo algo: no menciones su nombre delante de ningún Fellini.

–                           Especialmente el padre, ¿cierto?.

Carla y David salieron. Él cargaba con una bolsa. Ambos salieron sonrientes, riendo. Eric se los dibujó mentalmente juntos en una relación, y el dibujo pintaba muy bien. Podían conectar muchísimo, de hecho. No obstante, no visualizaba una relación muy larga, y más conociendo a David.

–                           Si lo llego a saber, os dejo que quedéis para un cine – expresó Carla.

–                           Nos hemos descubierto una conocida en común.

–                           ¿Ah sí? ¿Quién?

–                           Andrea – respondió Adelia –. No la conoces; no la has visto nunca.

–                           Ah.

Por lo visto, David se había contagiado del espíritu derrochador de Carla, y comentó que antes le había echado el ojo unos tejanos a los que ahora le apetecía mucho comprar. Eric procuró convencerle de que no, temiendo lo peor, pero Carla le motivó a ello, y ese día había quedado tan claro como el agua que Carla sería su psicóloga, por lo que Eric ni intentó insistir.

–                           ¿Y tú no vas a comprarte nada? – le inquirió Carla a Eric.

–                           Pues no, la verdad. Ya tengo muchas cosas en casa.

–                           ¡Pero si siempre hay que renovarse!

–                           Y me renuevo. Pero poco a poco.

Ella meneó la cabeza y desvió la mirada. A continuación se centró en David.

Eric se sumió en el silencio y así permaneció hasta que se adentraron en una tienda juvenil. El bullicio caldeaba el ambiente, y pese al espacio del local él se sintió asfixiado y apretado. Multitud de voces y gritos se entrecruzaban entre los maniquís y las prendas de ropa que campaban a sus anchas sobre mesitas bajas. Eric no soportaba días como ésos, cuando uno sólo tenía la intención de comprar una simple prenda de ropa y apenas se podía estar tranquilo y sin agobios. Comenzó a arrepentirse de haber quedado.

Alguien le tiró por detrás.

–                           Eh, una cosa – le comentó Adelia –. No se lo digas a Carla ni a tu hermana. A mí no me lo ha dicho nadie; sólo le he deducido.

–                           O sea que ni siquiera Carla te ha dicho que está saliendo con su hermano.

–                           No. Tampoco, bueno, habla de su hermano mayor ni de hermana mayor. Prefiere hablar de sus cosas y ya está.

–                           Sí, pero al menos un comentario. ¿No?

–                           No sé. Pero que quede entre tú y yo. Que aunque el odio que siente el padre por Robert no es nada comparable con el de Carla por esa familia, el padre se ha encargado todos estos años  de que sus hijos no sientan ningún aprecio por los Brawn.

–                           Dímelo a mí. Montar un cuadro enorme de una foto en la que salía ese tipo y recortarla descaradamente porque la foto le ponía cacho…

Ese último comentario extrajo una sonrisa de ella.

–                           Pareces un tío muy legal – opinó, entre profundos pensamientos –. Sí, tú eres de los que te callas.

–                           Lo intento – apuntilló sonriendo.

La conversación le dejó con muchas preguntas, mas vio inviable aclararlas avasallando a más preguntas a Adelia. Básicamente, se echaría a repetir lo ya dicho, y no tenía sentido repetirlo. Por consiguiente, no se hizo más pesado.

–                           Que Eric no compre nada, se entiende. Poco, pero se entiende: es un tío. ¡Pero tú Adelia! No has comprado absolutamente nada.

–                           Pues no – encogiéndose de hombros –. Si traigo algo más a casa mi madre literalmente me mata.

–                           ¡Bah!

Casi tocaban las ocho. Los distintos paseos del centro comercial – porque estaba distribuido por plantas y se hallaba al descubierto, sin techo, con madera como suelo como en muchos puertos para cruzar un pequeño canal de agua – se encontraban atestados de gente. Todos con bolsas, toqueteando sus móviles nuevos de trinca (móviles caros, caros), andando a paso de tortuga, vistiendo con ropas extravagantes o vistiendo ligeramente. Eric y los demás sólo se dedicaron a sortear las decenas de personas que merodeaban, hasta que prácticamente se hartaron y se sentaron en unos bancos (seis en total) colocados de forma que formaban un círculo entre ellos.

Se pusieron a dialogar, pero al cabo de poco la conversación fue apagándose y todos se concienciaron de que necesitaban una nueva actividad para que ninguno de ellos declarase querer regresar a casa. Carla y David propusieron cenar, que ya que estaban allí no iban a volver, cuando además era sábado. A Eric no le apeteció, pues su cabeza era un hervidero de ideas y enigmas; a Adelia tampoco. Ninguno de ellos dos, sin embargo, tuvo el valor y las narices para oponerse, así que un cuarto de hora más tarde se alzaban en el centro de una plaza que en pocos meses se convertiría en una no muy grande pista de hielo, eligiendo dónde comer. Como Eric y Adelia opinaron que les daba igual, Carla tomó el timón y escogió un local de pasta.

Ésa fue la primera vez que Eric pisaba un restaurante sin la sensación de que debería reservarse por los precios altos y pedir lo justo. Si bien sus ánimos colgaban algo decaídos, de golpe los bolsillos le pesaron al entrar. Inmediatamente se culpabilizó por sentir algo así. Ese dinero no era más que basura, ese dinero regalado que no quería pero que había gastado y que seguía gastando. Cada vez que lo tocaba, el tacto grasiento y frío de los billetes le provocaba nauseas. Esa noche llevaría como unos diez billetes. ¡Como para no faltarle!

Una vez sentados y ordenados los platos, platicaron. Cuando en un momento dado el silencio se instauró en la mesa, Eric lo quebró preguntando con aparente inocencia:

–                           Una pregunta, Carla. ¿Acaso sabes cuánto llevan saliendo mi hermana y tu hermano?

Ella levantó las cejas y apuntó los ojos hacia el techo, en claro indicio de estar dándole al coco.

–                           ¿Tres semanas? ¿Un mes? No creo que mucho más. ¿Por?

–                           No, por nada en especial. – Un camarero se les acercó para servirlos los platos –. Simplemente le estaba dando vueltas al asunto y, bueno, mi hermana es muy reservada.

–                           Bueno, no te creas que mi hermano habla mucho. Él ha hablado de ella lo justo. Ha hablado de ti, de sus estudios, y de cómo vive. Pero nada más. Ni antiguos novios, ni rolletes, ni aventuras,… Nada que tenga que ver con ella más allá de lo puramente necesario saber.

–                           Y tú te has puesto a indagar, ¿verdad? – intervino David, con comida en la boca.

–                           No te creas – dijo ella masticando –. Me importa bien poco con quién haya salido.

En un momento de disimulo Eric y Adelia se miraron, un poco estupefactos.

–                           Eso está bien – opinó David, entre risas.

No tardaron mucho en comer. David y Eric jalaron con más hambre que el que se perdió en una isla, mientras que las chicas no se terminaron el plato, Adelia ingiriendo un poco más que su amiga. No se demoraron mucho y pagaron. Al pisar fuera el frío les azotó con cierta fuerza. Carla principió a tiritar y se agarró bien fuerte a Adelia, quien también tiritó. David aprovechó el momento para hacerse el fortachón y sacar pecho; Eric, por el contrario, pasó de tantas tonterías y observó a todos.

–                           ¿Y ahora qué? – soltó Carla. Movía los pies de un lado a otro.

–                           Ahora fiesta – dijo David muy en plan fiestero.

–                           Yo paso – terció Adelia.

Carla protestó. Adelia, de todos modos, se mantuvo firme en su decisión y no cedió ni un ápice. Carla se quejó cual una niña pequeña y buscó apoyo en David, quien más bien parecía interesado en quedar a solas con Carla.

–                           Oye, ¿y por qué no salís vosotros dos? – propuso Eric.

–                           ¿Nosotros dos? – se señalaron y se sorprendieron al unísono.

–                           ¿Por qué no? – dijeron también al unísono Eric y Adelia.

–                           Ah, claro – dedujo Carla –. Lo que vosotros queréis es estar los dos solitos.

–                           Hombre, a mi me gustaría ir a casa. Estoy bastante cansada y hoy me he despertado muy pronto

–                           Aburrida.

Adelia se encogió de hombros, sin fuerzas para contestar.

–                           ¿Tú tampoco? – le inquirió Carla a Eric.

–                           No – esbozando una cara de disgusto.

David le estaba observando. No se pronunció, pero su gesto para Eric lo transmitía todo. La preocupación en las facciones de su rostro se hacía notar.

–                           Tú qué dices, David. ¿Para casa?

–                           Puedo hacer unas llamadas.

–                           Hazlas mientras vamos para el coche.

Sacó el móvil y se puso manos a la obra. Ninguno de ellos le esperó a que efectuase la primera llamada, sino que caminaron hacia el parking. Ya bajando por las escaleras mecánicas, el móvil de Eric anunció la llegada de un mensaje con un estruendoso sonido roquero. Todos menos David le dirigieron la mirada. ¿Quién podía ser?, se extrañó. Sacó el móvil y leyó…

La poca gente que ya merodeaba por ahí – puesto que o bien la gente se había marchado por falta de tiendas abiertas o bien porque la gente estaba sentada en unos de los restaurantes, bares o servicios de comida rápida que se ofrecían en toda esa vasta área comercial – exageró el sonido leve de aspiración de aire de Eric cuando terminó  de leer el mensaje. Atónito, lo leyó como otras dos veces. Se quedó mudo.

–                           Eric, ¡qué cara! ¿Alguna mala noticia?

Él no abrió la boca. Carla, quien le había formulado la pregunta, lo contempló, expectante. Esperó a que llegaran abajo de las escaleras mecánicas para insistir.

–                           Nada, nada. Cosas muy personales.

–                           Últimamente tienes cosas muy personales – chinchó David.

–                           Como todos – replicó molesto.

Eric se fijó en David. Tenía los ojos pegados en el móvil, buscando números en la agenda. <<Son casi las únicas palabras que me has dirigido en toda la noche. Bravo…>>

Las chicas le contemplaron con cierta curiosidad, mas la falta de confianza y de conocimiento de la personalidad provocaron en ellas que no indagaran con más  preguntas.

–                           Cosas estúpidas de mi madre – se inventó.

–                           ¿Tú también tienes una madre gilipollas?

–                           Hombre, la tuya ayer me cayó muy bien.

–                           Pues vente a vivir con nosotros y ya verás.

Caminaron hasta el coche, que prácticamente descansaba sin ningún coche alrededor. La voz de David resonaba por todo el aparcamiento subterráneo mientras hablaba con el móvil en la oreja.

–                           ¿Alguna vez te han intentado robar el coche? – se interesó Eric.

–                           Afortunadamente, no. A ver: yo procuro aparcarlo en sitios donde hay muchos coches. Casi nunca le he dejado solo, y menos en plena ciudad y a cielo abierto. Cuando salgo a sitios donde sé que habrán muchos coches como hoy, llevo esto tipo de coches, los que molan un montón. En días que paso por la ciudad me traigo otro más sencillito y simplón.

–                           Bien hecho.

–                           ¡Es que esta Carla es tan inteligente! – exclamó Adelia puerilmente.

–                           Ya sé que todos me queréis. Gracias, gracias. – Y su rostro enrojeció.

Con el mando tocó un botón del mando y el coche se encendió con un doble ruidito – ¡pim! ¡pim! -, y con un doble alumbramiento de los faros. Se metieron dentro. David aún seguía hablando.

–                           Vámonos, chicos y chicas – anunció Carla.

Puso el coche en marcha, con un runrún que rugió con mucha potencia.

Cuando David terminó de hablar, comentó a Carla que dos de los cuatro a los que había llamado aún no habían quedado y que tenían ganas de salir. Le comentó también que en un cuarto de hora les confirmaría si se quedaba o si no. Él la miró, a la espera de una respuesta o de una propuesta. Ella ni propuso ni respondió nada. Se limitó a decir que cuando dejasen a Eric y Adelia en casa, que ya lo debatirían. Él estuvo de acuerdo.

Transcurrieron un par de minutos en silencio. Ella pareció hartarse de tanta quietud y subió el volumen de la música hasta límites inaguantables. ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom! Ninguno de ellos se tapó las orejas; todos estaban más que acostumbrados a soportar la música a toda pastilla, especialmente en días de disco y fiesta. Eric agradeció muchísimo tanto volumen, puesto que eso le aliviaba, y aliviaba significaba callarse y no revelar secretos. Le pesaba el alma, y la mente… Le punzaba como cuando uno paseaba por el bosque y, subiendo una cuesta, se aferraba a lo primero que veía y se topaba con pinchos. Estaba algo deprimido en verdad. Con la mejilla izquierda apoyada en el puño izquierdo, probó de apreciar el paisaje tras la ventanilla pero Carla conducía a la velocidad de rayo, circunstancia que casi le mareó. Su cabeza le daba vueltas. El mensaje del móvil rondaba su cabeza, una y otra vez, como una noria. Necesitaba una pastilla.

Desbloqueó el móvil y volvió a echar un vistazo al mensaje. ¿Cuántas veces lo había leído ya? ¿Veinte? Por el rabillo del ojo le dio el pálpito de que Adelia le observaba. ¡Cuánto le apeteció pegar un grito al aire y explicárselo a ella, y a David! Mas no podía ser…

<<Mañana a las 3 preséntate a la calle Marqués, al lado de un tienda de chucherías. Está muy cerca de la disco Riviera. Tenemos que hablar muy seriamente. No llegues tarde.>>

Tenemos que hablar muy seriamente. Esa frase se la había dicho su madre de pequeño muchas veces, y cuando se la había dicho le había señalado con el dedo, moviéndolo arriba y abajo, como cuando se le regaña a un perro con un <<¡eso no se hace, perro malo!>>. Posteriormente, en efecto, a solas su madre le había enviado a su cuarto regañándole con más ferocidad que una tormenta intensa de verano. Ahora se lo decían los malos, los mafiosos. No podía tratarse de nada bueno si había que hablar muy seriamente. Es que no sólo seriamente, sino ¡muy seriamente!

Todas las agallas que él había creído haber acopiado en los últimos días se habían desintegrado y prácticamente “fundido”. Se sentía cual un niño pequeño por la noche cuando se pegaba a la pared con el temor de que el monstruo de debajo de la cama apareciese para llevárselo al mundo de los monstruos. No se había meado en los pantalones, pero no le cogería por sorpresa si cuando se desvistiese se descubría una mancha amarilla y apestosa en los calzoncillos.

Primero dejaron a Adelia, quien resultó que vivía relativamente cerca de Eric. Éste, aprovechando la afinidad y la distensión del momento, se coló por la puerta de salida argumentando que ya les dejaba en paz para que se montasen sus planes. Carla dijo una vez que ya lo llevaba, pero él se negó. David no dijo nada. Eric se despidió de Carla y chocó manos con David, muy fríamente. Y antes de que David cerrase la portezuela, le recordó a Carla que detrás tenía el esbozo para su padre.

–                           A Carla le revienta no dejar la gente a su puerta – le confesó Adelia una vez el coche avanzó y se alejó.

–                           Pues ha insistido mucho, ¿eh?

–                           Aún no te tiene confianza.

Ella sacó las llaves, las cuales tintinearon con el movimiento. Había un anillo que juntaba muchas llaves. Al menos allí habría como más de siete llaves juntas.

–                           Oye, pues un placer conocerte.

Ya su rostro no estaba tan sombrío como antes. Al menos ahora trasparentaba más alegría, aunque no demasiada. No obstante, a él ya le bastaba.

–                           Igualmente. A ver si nos vemos la semana que viene.

Se besaron dos veces, una vez en cada mejilla. Eric olió un perfume muy dulce y atrayente.

–                           Pues ya nos veremos – finalizó él, dándose la vuelta.

–                           Una cosa.

Eric se quedó a un cuarto de vuelta.

–                           Ese mensaje no era de tu madre, ¿verdad?

–                           Claro que era mi madre.

–                           No. Si no hubieras puesto otra cara.

–                           ¿Y qué cara he puesto?

–                           No sé. De miedo. Y no creo que tu madre te dé miedo.

–                           Podrías llevarte una sorpresa, chica. Gracias por preocuparte, pero no es nada. ¡Adiós!

–                           Eh… adiós, adiós…

Él cortó cualquier opción de que le sonsacara información. Inició la caminata al trote prácticamente, sin volver la vista atrás.

Al final casi corrió hasta abrir su portal. Jadeando, corrió también por las escaleras, como si se le estuviese persiguiendo. Cuando se halló frente a la puerta de su casa, le temblaban las piernas. Sudaba… Ahora, cuando se metiese en la cama, soltaría todos sus miedos y sus peores temores y le ocurriría de todo menos bueno. No estaba preparado, no estaba nada preparado. Pero vaya, abrió la puerta y se adentró al comedor.

Allí, sin que se lo esperase, se encontró a su madre recostada en el sofá. La distinguió por pura suerte, ya que no había ninguna luz encendida.

–                           ¿Mamá?

La silueta con forma humana se movió. Lo que pareció ser una cabeza se separó del brazo del sofá y se alzó. Una respiración poderosa pero entrecortada se oyó a continuación.

–                           Hola, Eric. Estaba dormitando.

–                           Ay, perdona.

–                           No pasa nada. – Se irguió. Presto, a Eric le pareció que se rascaba la cabeza mientras emitía ruidos de sueño y cansancio –. Esta tarde me ha pasado una cosa rarísima.

–                           ¿Qué?

–                           Un coche azul me ha estado como siguiendo todo el día. ¿No vimos desde el balcón un coche del mismo color cuando tu hermana vino a cenar?

La oscuridad del piso le ocultó a la madre de Eric el rostro desfigurado y asustado de éste.

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Sexto capítulo Novela Negra

VI

 

–                           Mamá, me voy a dar una vuelta.

–                           ¿A estas horas? ¡Si son casi las once! Además, hace ya un frío tan tarde…

–                           No hace aún frío, exagerada. Necesito ideas.

–                           ¿Has hecho ya lo que te han pedido los ricachones?

–                           Sí, pero voy a ver si se me ocurre algo más.

–                           Tú ráscate la cabeza y que te vengan muy buenas ideas. ¡Que necesitamos el dinero!

–                           Sí, mamá – dijo, cansado –. Ahora vuelvo.

Su madre le despidió y añadió algo más, pero apenas pudo entenderlo, puesto que ella lo pronunció justo cuando él cerraba la puerta. A punto estuvo de pedirle que repitiese pero se dijo que daba igual. Así, igualmente, no se arriesgaba a fallarla.

Gracias a Dios que había cogido una chaqueta. Cuando pisó la calle una fría brisa le azotó por todas partes, de pies a cabeza, e inmediatamente se puso la chaqueta. Curiosamente, se echó a andar y a las pocas personas con las que se cruzó se las encontró de la misma forma: cabeza gacha, abrazados a sí mismos, en manga corta y moviéndose casi al trote. Eric se sonrió cada vez que se cruzó con alguien así. ¡Le recordaban cuán afortunado había sido!

Poco más de cinco minutos andando llegó a su coche, aparcado junto a un solar, algo abandonado. Allí normalmente aparcaban pocos coches, por miedo a que se los reventaran, pero Eric era consciente de que normalmente esperaban a la medianoche para salir y probar suerte. Comprobó de todos modos si el coche había sufrido algún daño o si habían intentado abrirlo. Estaba intacto.

Entró. Encendió el coche y todo de luces se encendieron. A él le daba muy mala espina que el Manitas hubiera manoseado su coche. ¡Fijo que lo había trastocado hasta límites inalcanzables! Pero eso no resultaría un problema. Lo descubriría.

Condujo. De camino a allí hacia donde se dirigía echó algún que otro vistazo al detector de maderos. Mostraba las calles por las que pasaba, pero también salían puntos rojos. Él suponía que esos puntos rojos indicaban la presencia de policías. Cuando esos puntos rojos estaban a poco más de cien metros de distancia el aparato rompía a emitir un pi-pi-pi leve que podía llegar a desesperar a cualquiera. Por más que había probado apagarlo no había encontrado la forma, tan sólo apagando el motor.

Al cabo de pocos minutos se percató de que le seguían. Era el dichoso coche azul del día anterior y del anterior a éste. ¡Se le había pasado por completo que le seguían! Enervándose un poco, probó de despistarlo, aunque le resultó en vano. Después de recorrer calles porque sí y de probar suerte con los semáforos, tomó la resolución de dejarse seguir.

–                           Un día te engañaré, hijo de puta – se prometió, mirando por el retrovisor central.

<<El muy hijo de su madre ya no se esconde. Ahora descaradamente se pone detrás de mí. El Manitas le habrá dicho algo al Hombre de Negro y éste habrá mandado sus órdenes para que me vigilen de más cerca. Así que eso es lo que quieren, ¿no? Jugaremos entonces. Jugaremos.>>

Aparentando normalidad, aparcó frente a una casa vieja situada prácticamente a las afueras de la ciudad, en aquellas calles donde se podía aparcar por doquier y en el que si ocurrían robos uno casi ni se enteraba. Eran zonas tranquilas, zonas donde escuchaba voces de niños jugando y corriendo por la tarde pero que por la noche el sitio restaba desierto. Eric siempre había deseado vivir ahí, mas a medida que había crecido se había dado cuenta de lo peligroso que podía ser vivir ahí. Aun así, cada vez que merodeaba por esos páramos su corazón se hinchaba de calma y paz.

El coche azul pasó de largo y dobló la esquina. Eric supo que no era más que una treta. En cuestión de un par de minutos reaparecería por ahí y se situaría relativamente cerca, aprovechando la falta de luz para observar. Sin embargo, esos minutos le bastarían para esconderlo. Sacó el móvil y efectuó una llamada.

–                           ¿Sí?

–                           Hola Marcos, soy Eric. Necesito que me ayudes, y es urgente.

–                           Dime, dime.

–                           Estoy frente a la puerta de tu casa. Ábreme rápido el garaje, porfa.

–                           Voy.

–                           Y cierra todas las luces de la casa también.

Esta vez sí salió del coche y fue hasta la verja junto a la puerta de entrada de esa casa vieja de dos plantas. Tanteando con la mano, dio con el mango y abrió la verja. Ay, ¡cuántas veces había hecho eso! En fracciones de segundo miles de imágenes le asediaron, todas ellas mostrando momentos en que junto a Marcos habían entrado de incógnito a la casa de éste, a altas horas de la noche. Pero meneó la cabeza rápidamente: no había tiempo que perder.

Una vez abierta la verja, se metió en el coche. Justo cuando lo puso en marcha el garaje se abrió. Tras él surgió un chico espigado y alto con muy poco pelo, vestido con ropa de deportista de baloncesto. Sin causar mucho ruido metió el coche dentro del garaje y, a través de la ventanilla abierta, le indicó que cerrase la verja y el garaje, pero que tuviese cuidado de que ningún coche azul le pillase. Marcos obedeció. Y lo hizo a la maravilla, tal como le había tenido acostumbrado durante todas aquellos años de profunda amistad.

–                           ¡Pero tío! ¿ qué tantas prisas? ¿Te persigue un fantasma o qué?

–                           Mejor no preguntes – le aconsejó cerrando la portezuela del coche y apagando las luces del garaje.

–                           ¡Eh!

–                           ¡Sh! Silencio, porfa. Oye, están tus viejos en casa.

Marcos se rió.

–                           Pues vayamos arriba, pero que apenas haya alguna luz encendida.

–                           A la orden, mi capitán.

Abandonaron el garaje y se encaminaron hacia el comedor. Eric había pasado por su casa a oscuras en multitud de ocasiones, por lo que no fue de extrañar que en ningún momento hicieran uso de ningún interruptor de luz. Eric se paró en el centro del comedor pero Marcos le susurró que fueran hasta la cocina. Allí él encendió una lámpara. Ambos se sentaron en taburetes.

–                           ¿Me dirás de una puta vez por qué tanto secretismo?

–                           Eh, tranqui. Todo a su tiempo. ¿Te acuerdas que me debías una?

Marcos aparentó reflexionar, pero Eric sabía que le debía una.

–                           Deja de pensar, anda. Necesito que me hagas un gran favor.

–                           A ver, ¿qué pasa ahora?

–                           Ese coche, el que te he metido.

–                           Sí.

–                           Necesito que te lo quedes y  que le eches un vistazo.

–                           ¿Enfermo? – se mofó.

–                           Digamos que intoxicado. Mira, ahora mismo no tengo tiempo de explicarte nada. Sólo hazme este favor, por todos nuestros muertos. Estoy en un gran apuro y creo que le han metido mucha mierda en el coche.

–                           ¿Plantas?

–                           No, no. Mira, unos tipos quieren que haga algo y me han obligado a comprar un coche y un gilipollas me lo ha estado tocando. Verás que tiene como un GPS junto a la guantera, justo donde la música. Pero me parece que le ha metido algo para seguirme. Confírmamelo, porfa.

–                           No me matarán en chirona, ¿no?

–                           No ha sido robado ni nada por el estilo. Pero estaría bien que actuaras con discreción y no hicieses ninguna locura.

–                           ¿En qué mierda te has metido?

–                           En una muy gorda, y no tengo la culpa. Pero saldré de esta. Oye, sólo te pido que mañana me lo mires y que me cuentes a ver qué. Luego me lo llevo. No es demasiado pedir. Además, a ti te chiflan los coches.

–                           Sí, pero… No quiero que nadie me enchufle una pistola en la boca.

Eric rió por lo bajini.

–                           Nadie te hará nada, te lo garantizo.

–                           Palabra de porreta.

–                           Palabra de porreta.

Y cariñosamente se golpearon con los nudillos de las manos.

–                           Voy a hacer una llamada. Perdona que vaya con tanta prisa y tal pero el tipo del coche azul merodea cerca.

–                           ¿Alguien se te quiere cargar?

–                           No, sólo me sigue. Pero he logrado despistarle.

Eric no distinguió las fracciones del rostro menudito y ovalado de Marcos, mas se lo imaginó observándolo con cara de <<este se ha fumado algo>>. No podía culparle de tal pensamiento.

–                           Llamo un segundo.

–                           Chachi.

Eric se puso en pie y abandonó la cocina. Marcos permaneció en el taburete, persiguiéndolo con la mirada, alumbrado sólo por una lámpara que le confería una imagen siniestra.

–                           ¿Eric?

–                           Ey, David. ¿Cómo vamos?

–                           ¿Yo bien? ¿Y tú? Me tienes preocupado  con lo que me contaste el otro día. – Entonces susurró –: Tío, ahora ando acojonado por la calle.

–                           Si no haces más que lo que te pido, no te pasará nada. Oye, necesito tu ayuda.

–                           Vaya, ahora sí que estoy muerto.

–                           ¡Sh!

–                           Ahora me dirás que sólo será este favor y ya está, pero más tarde vendrán más favores… Joder, ¿qué es?

–                           Venme a buscar y llévame a casa.

–                           ¡¿Sólo eso?!

–                           Sí, claro. En ningún momento he asegurado que se trataba de algo chungo. ¡Eso sí! Deberás moverte con sigilo.

–                           ¡Si ya sabía yo, me cago en la puta! Creo que el que te mataré seré yo. ¡Vaya si te reventaré los sesos! Joder, ¿dónde estás?

–                           En casa de Marcos.

–                           ¿En casa de ese drogado? Tío, ya sabes cuánta mierda lleva en sus venas. ¿Qué haces en su casa? Tío, que cuentan ahora que mata animales y los quema en su propia casa cuando no están sus viejos.

–                           Chorradas. Bueno, escúchame atentamente: no quiero que me vengas a buscar a su misma calle, sino dos calles más para allá. ¿Sabes la gran avenida esa donde solemos comprar los crusanitos? Pues espérame en el cruce  de la calle de al lado.

–                           Seguro que no me lo dirás, ¿pero por qué coño no en la misma calle?

–                           No te lo diré.

Y apenas le dejó tiempo para quejidos y lamentos. Colgó con un leve y rápido adiós. Acto seguido regresó a la cocina.

–                           Ten – y lanzó unos cuantos billetes sobre el mármol con forma rectangular en el cual se ajuntaba la familia para almorzar.

–                           ¿Y esto?

–                           Por todas las molestias y por el tiempo que te vas a tomar. Si mañana me pillas en gracia caerá algo más.

–                           Chachi.

De nuevo levantó el brazo y cerró el puño, buscando que Eric le imitase y sus nudillos chocasen. Años atrás lo habían usado una gran cantidad de veces cuando habían hecho trastadas o cuando un secreto no podía ser desvelado. Eric le contempló unos segundos, sin levantar el puño. Luego le entró una añoranza en los ojos y puso los nudillos.

–                           Mañana con la calma me lo chivas.

–                           Sí. ¿Me mirarás el coche?

–                           De arriba abajo. – Hurgó la mano en el bolsillo y extrajo una bolsa con chocolate en su interior –. ¿Te fumas un poco?

–                           Paso. Ya esa mierda no va conmigo. Oye, debo irme. ¿Puedes asomarte a la ventana y chivarme si hay un puto azul ahí aparcado?

–                           Arreando. – Se aproximó a la ventana del comedor, que daba a un balcón que mostraba la calle deshabitada de coches aparcados –. Pues no veo nada. Ehm… Sí, ahí en la esquina. Me parece que está ahí. ¿Lo asusto?

–                           ¡No! ¡No!  Sería lo último que harías en tu vida.

Marcos se rió, como quien se ríe despreocupadamente. Se alejó del ventanal.

–                           Mañana nos vemos.

–                           Sí, mañana.

Sin encender ningún interruptor, se abrió camino hacia una puerta trasera. Madre mía, ¡cuántas veces había salido de ahí a hurtadillas por esa puerta! Salió de la cocina y del comedor y cruzó el pasillo que conectaba con un baño y con dicha puerta. Abrió enturbiando el silencio en lo más mínimo. Cerró con mucha precaución.

Miró a un lado y a otro con el corazón en vilo. Cruzó el pequeño jardín trasero que tenían y sobrepasó la verja de madera trepando. Volvió a mirar a ambos lados. Jaleando, saltó a la acera y cruzó la calle como alma que lleva el diablo. Se acuclilló, aprovechando la presencia de coches. Nada. Ni un solo movimiento, sólo el de un borracho entonando una canción desafinadamente a la distancia. Sin jamás erguirse caminó cual un pato hasta la esquina. Al alcanzarla, tornó a inspeccionar la calle y salió con un petardo en el culo.

Nadie se cruzó en su camino. Nadie gritó su nombre. Nadie constató en su presencia allí en esas calles silenciosas donde muchos, encerrados en casa, veían los últimos coletazos de la televisión del día o bien se iban a dormir ya. La escasez de farolas le ayudó a pasar prácticamente desapercibido. Tras tres minutos o así, arribó a su destino. El coche de Eric aún no estaba ahí. Se irguió y se colocó junto a la persiana del local donde vendían bollería.

Comenzó a lloviznar. Las primeras gotas le golpearon en la cabeza, en la frente y en los brazos. Comenzó a refrescar también. Si bien su cuerpo estaba caliente por la tensión del momento, notó un frío que le incomodó. Se puso a balancearse ligeramente de lado a lado mientras esperaba.

–                           Si lo llego a saber, salgo más tarde.

El cálculo le había salido tan mal, que llegó a esperar hasta cerca de un cuarto de hora. Durante todo ese tiempo se puso muy nervioso y se asustó mucho. En cualquier momento esperó la aparición del intrigante conductor del coche azul con pistola en mano. Afortunadamente no acaeció. Sin embargo, no pudo evitar exhalar un largo e interminable suspiro de alivio cuando vio el coche de Eric aparecer.

Miró a todas direcciones antes de meterse en el coche.

–                           Tío, tú y yo tenemos que hablar muy seriamente. ¿A qué viene tanto secretismo?

Eric se puso el cinturón de seguridad y miró al frente.

–                           Así que no vas a soltarme nada, ¿verdad? Genial.

Se adentró a la avenida y la recorrió. Pasó una rotonda y luego viró a la derecha. Apenas había tráfico, con lo que pudo conducir sin problemas ni atascos. Un semáforo, no obstante, le obligó a detenerse.

–                           Eres un cabrón. ¡Creo que me merezco una explicación! ¿O no lo crees? Te he venido a buscar. ¡Oye, quieres mirarme! Bueno, escúchame al menos.

–                           Te estoy escuchando.

–                           ¡Pues contesta!

–                           El semáforo está verde.

David miró al frente e hizo que no con la cabeza. Refunfuñó algunas palabras malsonantes y se maldijo a sí mismo.

–                           Esto no es justo. Seguro que me estoy arriesgando mi vida y aún no sé por qué estoy aquí.

Eric sacó aire.

–                           Ten un poquito de paciencia, por favor. Sólo eso. Podría contártelo, pero estoy segurísimo de que no te callarías y de que se lo chivarías a alguien. Es que es muy fuerte, David.

–                           ¿Y no soy tu amigo? ¡¿Para qué están los amigos si no?!

Eric percibió que la conducción plácida y tranquila de Marcos se había transformado radicalmente y ahora se había vuelto en una conducción más agresiva.

–                           Pero no es como siempre. No es que me haya peleado con alguien o haya robado a alguien. Se trata de algo muy serio, David, de algo que saldría en todos los periódicos y en todas las noticias.

–                           ¿Qué coño has hecho…?

–                           ¡Yo nada! Eso es lo bueno de todo, que yo no he hecho nada. Pero me ha caído como quien le cae a alguien una desgracia del cielo y tengo que apechugarme con ella.

–                           No me mientas.

–                           ¡No te miento! ¡De verdad que no te miento! Yo el martes me levanté en un sitio desconocido… ¡Me han tendido una trampa!

Otro semáforo en rojo. David frenó, entre resoplidos. Luego se llevó la mano a la frente y se tiró el pelo hacia atrás.

–                           He estado investigando eso que me preguntaste el otro día. No he podido averiguarlo, pero puedo darte una información que quizá te sirva. Bólido.

–                           ¿Bólido?

–                           Sí, Bólido. Jorge me ha dicho que el lunes tenías el pensamiento de ir a un tal Bólido.

–                           Bólido, Bólido, Bólido,… ¡Ah, claro! Es un bar. Tú nunca has estado.

–                           Pues eso. No puedo decirte más. La verdad es que nadie de los que te conozca más o menos tiene ni idea de lo que hiciste el lunes. Quizá no se lo dijiste a nadie.

–                           ¿Y cómo es que Jorge te ha mencionado el nombre de ese bar?

–                           Porque se lo mencionaste en una conversación. Ese mismo lunes. Se ve que coincidiste con él en el Messenger, nada, unos minutos, y que se lo dijiste.

–                           Ah.

–                           ¿De veras no te acuerdas de nada? ¡Finges muy bien!

Pensativo, Eric no abrió la boca. No valía la pena. Miró a través de la ventanilla, ya repleta de gotas que fluían rápidamente hacia un lado debido a la rapidez de la conducción. No se veía ni un alma, y ya los bares bajaban sus persianas. En los días entre semana no acostumbraba a estar a esas horas por la calle, pero ya era la segunda vez que lo hacía esa semana. Bostezó. Bostezó de cansancio, y no de aburrimiento, ya que su cabeza giró en torno a ese bar y a Jorge.

En medio de un leve sopor, se descubrió delante de su casa cuando David detuvo el coche. Puso el freno de mano. Eric deseó que no hubiese hecho eso, ya que implicaba una nueva charla.

–                           Tío, no puedes dejarme así… Dímelo. ¡Me harás que llame a un policía para que te siga!

–                           Que me siga. Pero luego que se atenga a la consecuencias.

–                           Ay… – suspiró –. Dime que no te pasará nada.

–                           Tranquilo, lo estoy llevando muy bien. Si para el viernes ya no me ves, entonces sí que puedes empezar a preocuparte.

Entonces abrió la portezuela, expresamente. No había sido casual esa última frase, al igual que la última frase en la otra ocasión que se habían visto. Anhelaba con mucha vehemencia contarle el problema, mas se concienciaba de que contárselo conllevaría una oleada de conflictos y quizá de asesinatos.

–                           Eh, tío, ¡espera!

Pero su sonido se truncó cuando Eric cerró la portezuela tras de sí. David estuvo en un tris de salir también, pero algo así como una estupefacción le mantuvo clavado en el asiento. Eric no se giró sino que siguió adelante y abrió el portal muy rápidamente. Presto cogió las escaleras.

Sin saberlo a ciencia cierta, le pareció que oía el sonido de un claxon.

Dentro de casa las luces estaban todas apagadas. Provocando el menor ruido posible, caminó de puntillas por el piso. Primero se quitó las zapatillas para evitar cualquier ruido y luego se puso el pijama. La cama le entonó una canción dulce de seducción, pero logró esquivarla y se pasó un momento por el balcón. David ya se había esfumado. Escrutó la calle entonces en busca del coche azul. Ni rastro.

–                           Bólido, bólido,… Bueno, ya preguntaré Jorge en cuanto pueda pillarlo.

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