«No me olvides»

Prácticamente al final del trayecto a Carla le entró una especie de arrebato que a mí al principio me descolocó y que luego me encantó. Con el autobús algo vacío, ella miró adelante y atrás y, cuando, supongo, se percató de que no la veía nadie, condujo la mano a mi entrepierna y durante unos segundos me masajeó ahí. Yo me alarmé y miré mi derredor, sin descubrir que nadie se hubiese percatado. La atisbé, atónito y pudoroso. Me sonrojé de sopetón.

  • Carla – musité, casi sin voz. Sus manos habían prendido fuego en mi interior, y notaba, con una fuerza sublime, cómo se me había calentado todo. <<Madre mía, necesito que alguien sofoque el incendio. ¡Inmediatamente!>>
  • ¿Qué pasa? Uy, perdona. Es que es como un imán – bromeó, entre sonrisas. Tornó a mirar adelante y atrás y acercó sus labios a mi oreja, para comunicarme –: Quiere hacerlo.
  • ¿Hoy? – Ella hizo que sí con la cabeza, con sonrisa de pillina y de viciada sexual –. Bueno…
  • Es mi cumpleaños.

Surgió el morbo y me gustó la idea. A pesar de que enseguida se me planteó la problemática de dónde hacerlo, el calentón y su mano, que se deslizaba suavemente por mi pantorrilla, me indujeron rápidamente a olvidarme de ello. Anhelé hacerlo. Y desesperadamente. Aguardé con impaciencia a que el trayecto llegará a su fin y pudiéramos escapar por ahí. El cansancio, repentinamente, se había desvanecido, por arte de magia. ¡Había recuperado la energía perdida! Cuando nos apeamos del autobús me sentí lleno de vitalidad y vigor. Carla se sorprendió.

  • Uy, uy, uy – expresó con morbo, endulzando la voz y sonriendo con pillería.
  • Bueno, ¿y dónde…?

Sin contestar, pero con la misma sonrisa, la cual avivó el fuego interior, me indicó con un dedo que me acercase y que la cogiese de la mano. Obedecí. Intrigado, me dejé llevar mientras me pensaba que no lo soportaría más y que acabaría desnudándome en medio de la calle. Afortunadamente, no me llevó muy lejos. Bajamos por la Rambla y nos colamos por un callejón estrecho y sucio por el que nunca me gustaba pasar. De ahí pasamos a un pequeño parque y lo atravesamos. Doblamos a la derecha y pasamos por otro callejón, éste más decente. A la mitad más o menos se abría a la izquierda un callejón sin salida.

  • ¿Ahí? – pregunté, como asustado. Su respuesta afirmativa me dejó estupefacto –. Pero si nos verá alguien.
  • ¿No te da morbo? Hay detrás de ese cubo de basura no se nos verá. Y tranquila: seré tan ruidosa como una araña.

Me quemaba por dentro. Podéis adivinar a través de esto lo ansioso que estaba por hacerlo y lo poco que iba a rechazar copular exponiéndome a la luz tenue del sol. La agarré bien fuerte del brazo (algo que a ella le pilló de sorpresa y le gustó) y la conduje hasta donde decía. Allí, junto al cubo de basura, repleto casi hasta arriba de bolsas de basura. A vosotros quizá os repugna la descripción; yo ni siquiera reparé en lo asqueroso que podía ser copular cerca del tufo y de las moscas. Estaba ardiendo. Ahora sólo tenía en mente ponerla contra la pared, desnudarla, desnudarme, y venga, dale que te pego.

  • Saca el condón – pidió, mientras se escondía y se quitaba los pantalones. Saqué el condón; ella se bajó las bragas. Dios. Ardí aún más: sus piernas y su entrepierna me perdieron, por completo. Me llamaron, clamorosamente, a grito pelado.

No tuve que esperar a que “nada se activase”; el condón casi se puso él solito y hala, dale que te pego.

Y poco ruido provocó, pero me arañó… Vaya si me arañó. Madre mía, luego, cuando regresara a casa y me desvistiera en el lavabo, comprobaría el destrozo en mi espalda. Comprobaría decenas de líneas rojas que atravesarían parte de la espalda y que más bien darían a entender a cualquiera que me había cruzado con gatos atacados por la rabia.

Tuvo dos orgasmos antes de que yo descargara. Al vestirse dijo estar muy satisfecha.

  • Ahora sí que ha sido un cumpleaños insuperable.
  • Vaya que sí. Que yo recuerde en el mío no lo hicimos.

Se encogió de hombros.

  • Yo siempre desearé tu cuerpo.

Sus palabras terminaron con las mías. Enmudecí y me sonrojé.

Salimos del callejón sin salida, con algo de sonrojo en mis mejillas y con desasosiego. Hasta que no me había puesto a vestir no había recordado que aún era de día y que estábamos en la calle y que, por ende, alguien nos podría haber visto. Y cuando lo había recuerdazo, había brotado en mí un rompedor nerviosismo. ¡A mí que me gustaba la intimidad y que era introvertido! Me había perdido esa chica que tanto amaba. Al doblar la esquina la inspeccioné de arriba abajo, especialmente al nivel de las caderas. Sólo con inspeccionarla me excité. De repente quise hacerlo otra vez.

Un escalofrío me recorrió. Miré al frente.

Cada uno regresó a su respectiva casa. Primero pasamos por su portal, ya que se  hallaba más cerca. Se produjo un momento crítico para mí al despedirla: teniéndola de cara la torné a inspeccionar y me reactivó. Aligerando, le planté un beso de despedida, algo efusivo pero muy reservado. Debí controlarme. Que era capaz de subirme a su piso y echar de casa a su abuela. Apenas le dirigí la mirada, con mucho temor. Ella pareció no percatarse, aunque también pareció guardárselo para sí.

  • Te amo mucho, Dani, ¿me oyes? Nada nos separará.
  • Intentaremos que no – dije entre dientes, asintiendo con la cabeza.

Esperé a que ella subiese por las escaleras para marcharme. Siempre procuraba quedarme observándola hasta que ya no me restase nada más que observar de ella. Acto seguido regresé a casa como habitualmente, es decir, pensativo y encerrado en mí mismo, aislándome prácticamente de mi circunstancia. Arrastré este estado hasta casa, durante la hora de la cena y horas posteriores. Tampoco no afectó a nadie (mis padres vivían como en otro mundo, ya lo sabéis), salvo a Pablo, quien me llamó de parte de él y de Francisco – quien se hallaba, “para variar”, en una cita con alguna chica nueva –  para preguntarme qué tal había ido. Creo que cuando finalizó la llamada le dejé insatisfecho y algo descolocado. Vacilé en si devolverle la llamada y pedir disculpas y hablar más claramente, mas al final me tumbé en la cama y me dormí, con la ropa puesta y sin pasarme por el lavabo. Qué forma de acabar un día tan agotador, ¿verdad?

Sí, apenas me sentía las piernas.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Capítulo 2 Novela Amorosa

A pesar de todos los golpes que recibes sigues entera y con los brazos abiertos.

 

–           ¿Queralt?

Queralt se hallaba encerrada en su cuarto. Su rostro estaba ahogado en una almohada blanca y no muy larga. Lloraba desconsoladamente, con sollozos sonoros y con muchos mocos en la nariz. Sus puños, bien cerrados, golpeaban una y otra vez la cama, con signos claros de frustración e impotencia. Llevaba ropa de fiesta, aunque la blusa azul oscuro que se había puesto estaba más que arrugada.

–           Déjame entrar, cariño.

Su madre estaba de pie frente a la puerta del cuarto de Queralt. Su oreja estaba bien pegada a la madera, presta a no perderse detalle de lo que acaecía en su interior. Era una mujer alta y con el cuerpo bien conservado para su edad. Su pelo, rubio, caía en ondulaciones y abundancia hasta sus hombros.

Al final Queralt dejó que su madre entrase. Cuando ésta apareció, ella, muerta de vergüenza, se ovilló y se encaró a la pared.

–           Cariño, ¿qué ha pasado? – inquirió al mismo tiempo que se sentaba cuidadosamente en la cama -. ¿Has visto qué hora es? Son casi las cinco y media de la mañana. ¿Te ha pasado algo?

Ella pasó la mano por el pelo de su hija, negro y liso, que caía más allá de los hombros. Queralt gimió y se quejó, ovillándose aún más. Conociéndola de sobra, dejó que se quejase sin soltar su mano, el cual se puso a masajear el pelo de su hija. Con el paso del tiempo eso pareció tranquilizar a la joven, que paró de llorar. Sus mocos se habían multiplicado.

–           Carles es un cabrón malnacido.

–           ¿Llorando por un chico otra vez? – preguntó con algo de sorna, como muchas madres hacen con sus hijas después de tantos años de confianza -. La semana pasada me dijiste que los chicos podían irse a la porra.

–           ¡Pero eso fue la semana pasada!

–           Oh, vaya, y en una semana tu vida ha cambiado tu visión de las cosas.

–           ¡Pues sí! Tú misma dices siempre que  el Amor puede aparecer en cualquier momento y en cualquier sitio.

Ahí tuvo que callarse. Reflexionó.

–           Cierto. Aún así, no creo que una semana te haya dado tanto como para llorar así. Y además saliendo de fiesta.

–           ¡Los tiempos han cambiado! En tus tiempos no pasaría pero ahora pasa mucho.

<<Todo va muy rápido ahora>>, pensó, pero se reservó ese pensamiento para sí.

–           Bueno, cariño, ven, abrázame. – A Queralt le dio cierta vergüenza voltearse y encarar su rostro demacrado y lloroso ante su madre. Sí, había llorado delante de ella en multitud de ocasiones, pero cuando uno se hacía adulto la cosa cambiaba -. Ya con más tranquilidad mañana me lo cuentas.

Se abrazaron. El tacto de Queralt fue suave y tierno, como quien ha batallado en una guerra cruel y férrea y apenas conserva fuerzas en su cuerpo. Lloró un poco en el hombro de su madre. Ésta cerró los ojos mientras pasaba su mano por la espalda.

–           Va, descansa, cariño. – Presto, le plantó un beso la mejilla.

Acto seguido cerró la puerta y la luz tras de sí.

En la oscuridad Queralt prosiguió su llanto, esta vez con voz queda, conteniendo mucho dolor. Su cuerpo tenía forma de erizo protegiéndose. No paró de llorar hasta que la garganta dijo basta. Muy reseca, fue a beber agua. No se molestó en encender las luces: si se daba con algo, se lo merecía, por tonta. Su cuerpo casi flotaba, fruto de las pocas ganas de vivir que de repente la habían acometido. Al regresar  a su cuarto, constató que había recibido un whatssap. Su querídisima amiga, Judit, la mejor de todas las que tenía pero también la más cabr…

Judit dice: «¿Sigues despierta?»

<<Claro que sigo despierta, tonta>>, se dijo, pero luego se acordó de que había eliminado esa opción de «Última vez en línea».

Queralt dice: «Sí»

Judit dice: «No me digas k aún sigues llorando?»

Queralt dice: «Nah. Aora ya me iba a acostar»

Judit dice: «Ls hombres son unos cabronazos. Ríete dellos»

Queralt dice: «Ya…»

Judit dice: «Fijate tu cuanto hacía k hablavais?»

Queralt dice: «Suda, Judit»

Judit dice: «Solo saben vender putas palabras»

«Duerme tranquila»

Queralt dice: «Sí. Bona nit :)»

Judit dice: «Nanit <3»

Pese a que sus pies estaban muy cansados, al igual que sus gemelos, no logró dormirse hasta transcurrido largo rato. Y cuando se durmió, Carles se le apareció en sus sueños. Y en sus sueños actuó de forma más cruel de lo que había hecho en la cena y en la disco.

No le reventaba cosa más fea que vender palabras y luego pasar olímpicamente en persona. A uno le incita a perder la fe en el Amor.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Capítulo 1 novela amorosa

Aún te llevo clavado en mi corazón, y cuando miro hacia la calle me parece que toda la gente tiene el mismo rostro que tú.

 

–           Llámala.

<<Llámala>>, propuso. El chico hizo un chasquido con los labios como respuesta. Llámala… Algo en su interior se removió, al fantasearse a sí mismo cogiendo el móvil y recibiendo su voz particular. Incluso sus orejas cosquillearon, como si adoptaran esa fantasía y la metieran en la realidad.

–           ¿Para qué? Si la tengo aquí por el whatssap…

El otro chico, que se sentaba justo delante del que había hablado, apartó la mirada con claro gesto de desaprobación. Por su cabeza rondaron las múltiples ocasiones en que sus consejos habían sido tirados por el váter. Entonces abrió la boca, para repensárselo y emplearla para consumir algo de su cocktail rojo oscuro.

–           Tío, no le molo.

–           ¿Y eso cómo lo sabes? – Su tono se elevó como se eleva un globo en el aire -. Me has dicho que habláis mucho.

–           Por la forma en cómo me habla.

–           ¿Y cómo te habla? – Enarcó una ceja. El otro chico, medio enrojecido aún por sus fantasías con la chica, no supo cómo encajarlo.

–           Pues no sé. Como una amiga. Le caigo bien y tal pero no le intereso.

–           Menuda imbecilada. Como dice mi vieja, el <<no>> ya lo tienes. Llámala. ¡Va, llámala! – Y le chinchó con ligeras patadas por debajo de la mesa.

El chico se sintió incómodo y hundió sus manos en los bolsillos de su anorak. Hacía ya frío en esa noche de Noviembre. Habían ido a la cockteleria de siempre con la esperanza de encontrársela vacía y habían tenido que conformarse con tomarse la bebida fuera. Aparte de ellos había un par de chicas riendo mucho y una pareja en cuyo mundo sólo existían ellos. Afuera, en la calle nada angosta, sólo pululaba el viento, entre las paredes de industrias y talleres.

–           Hoy me ha escrito mi ex – soltó de sopetón, con la clara intención de dejar de hablar de esa chica.

–           ¡Tío!, que son más de la una. ¿Qué cojones importa aquí tu ex? Hablemos de la chica. Llámala.

–           ¡Llámala tú!

A continuación se desanudó una tonta y juguetona discusión sobre el tema. Uno estaba embarazado y el otro rubicundo en las mejillas por efecto del alcohol. Al final ninguno de los dos la llamó y todo se quedó atrapado en el pasado. El chico rubicundo entendió que lo de la ex enturbiaba el corazón de su amigo.

–           ¿Y qué te ha dicho tu queridísima ex?

–           No lo sé, aún. Me ha dicho que quería decírmelo en persona. Me tiene intrigado…

–           ¿Pero por qué os seguís hablando? Eres todo un gilipollas. – Acto seguido, sonrió, con su habitual sonrisa de <<Aquí no pasa nada>> y <<Te jodes, capullo>>. En el fondo, se divertía con su amigo y sus problemas amorosos.

Se levantaron para pagar. Se encaminaron hacia el coche.

–           ¿Hace cuánto que no trincas? – preguntó el cachondo antes de encender su Polo blanco recientemente adquirido.

–           Que te den, cabrón. ¿Y tú? Ya no eres tan putero como antes.

Alargó el cuello, alzando la mirada hacia el techo, y liberó una risotada que se amortiguó con el sonido del coche al encenderse.

–           Cuánto te quiero, Edgar. Hijoputa que eres. – Y su risa inundó el vehículo a la vez que el coche tronaba por las calles casi desiertas, bajo el velo de una noche poco estrellada.

 

El amigo de Edgar se llamaba David. David vivía a cinco minutos a pie de casa de Edgar. Siempre que quedaban y salían, David aparcaba el coche en su casa y luego Edgar regresaba a casa andando. Esa noche no fue excepción. Tras despedirse, Edgar se dirigió hacia su casa con las manos en los bolsillos y con el cuello encogido. Sus ojos apenas se despegaron de las baldosas cuadradas y sucias del suelo. Para qué alzar la vista, si no había ni un alma. Pero eso provocó que no se percatara de la presencia de alguien hasta que sus ojos no taparon con unas botas negras.

–           ¡Carla! ¿Qué haces aquí?

Carla no llevaba buena cara. Su rostro atractivo había perdido brillo, entre la tristeza y  la pesadumbre, supuso Edgar. Ella la miró a él y luego miró a la distancia.

–           Ya te he dicho que quería hablar contigo.

–           ¿Pero a estas horas? Además, ¿llevas aquí mucho? Vamos a entrar y a quedarnos en la entradita, que hace frío…

Ella apenas se movió del sitio – tenía su brazo izquierdo contra la pared -, conque él se vio obligado a prácticamente empujarla.

–           ¿Y bien? – Sin quererlo, su cuerpo se convirtió en un hervidero de sentimientos. Se puso más que nervioso, y sus piernas temblaron sin que él pudiese hacer algo al respecto.

A ella se le atragantaron las palabras. Sin dirigirle la mirada en ningún momento, soltó:

–           Hoy he quedado con Javi. Hemos dado una vuelta por ahí y tal… y hemos acabado en mi casa. – Ahí se detuvo. ¿Y?, expresó Edgar con la mirada, abriendo los ojos como platos -. Y, hostia, hemos acabado en la cama.

Ella le dio prácticamente la espalda y él lo encontró la mar de absurdo. Sin embargo, restó patidifuso y anonanado. Hemos acabado en la cama… Intentó darle un sentido y un significado a aquello, mas su mente se había emblanquecido.

Pocos segundos después, sin decir adiós, ella cogió la puerta, la abrió y se marchó a toda mecha. A Edgar no le dio tiempo a reaccionar. De hecho, se quedó petrificado cual una estatua. Simplemente sus ojos contemplaron todo eso aún inmerso en esas palabras acerca de una cama y un nosotros.

Hasta cinco minutos más tarde no fue capaz de asimilarlo todo. De súbito le anegó un sentimiento de odio y celos. Respirando con ahínco, subió por las escaleras (a cada peldaño su paso resonó en el bloque) y se adentró en su piso. Quiso gritar y vociferar, pero sus padres estaban durmiendo. Tras lavarse los dientes, se metió en la cama. Allí dio vueltas y más vueltas, sin poder cerrar los ojos en ningún momento. Le vinieron a la cabeza muchas imágenes variopintas: la de él con Carla en la cama, la de él con Carla en el coche, la de él con Carla en un hotel; y en todas ellas había besos y caricias, momentos tiernos, sensuales y también sexuales. Entre ellas se mezcló la de Javi, un tipo al que había visto pero con el que nunca había entablado conversación, haciendo todo eso que ella había hecho con él. Pese a que todo había terminado entre ellos (aparentemente), esa noticia estaba provocando en su cuerpo que hirviese y caldease. En un momento dado incluso temió haber cogido fiebre.

Visto que no podía dormir, se echó a escribir. A veces, en momentos de tensión o de alegría, daba rienda suelta a sus sentimientos con palabras, ora inconexas, ora eternas. Habiendo asido lápiz y libreta, su mano garabateó muchas letras a una velocidad vertiginosa, sin detenerse en ningún momento, como quien ha encontrado la inspiración de su vida y debe dejarse llevar. Puso: <<Te odio te odio te odio te odio muchísimo! Ahora mismo sería capaz de… No sé de qué sería capaz. Debería llamar a Marta, llamarla y desahogarme. Quedar con ella. Tirármela. Ella me habla ella me trata bien ella me quiere a mí. Qué pretendes? Quieres destrozarme? Por qué tienes que contarme estas cosas, guarra? Claro, como eres chica te es fácil trincarte a este o al otro. Somos como putos lobos con la baba que se nos cae. Debería llamar a Marta y vengarme y… Pero para qué? No puedo rebajarme a alguien que me deja y luego me atosiga con sus guarradas. No pienso llorar delante de ella y suplicarle volver y entrar en su juego. Si tanto se arrepiente, que se lo hubiese pensado mejor. O que sea un poco monja! Tirarse a uno y contármelo… Guarra guarra guarra guarra! Te deseo lo peor. LO PEOR.>>

Después de esto, se sintió algo más aliviado. Guardó la libreta en un cajón y se volvió a acostar. Minutos más tarde el alcohol actuó en su cabeza y le sumió en un sueño incómodo.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

¿Influye la suerte en nuestro destino?

http://murraymag.com/cajon-desastre/influye-suerte-nuestro-destino/

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Octavo capitulo Novela Negra

VIII

 

Cuando abrió los ojos, lo hizo lentamente. Pese a que la ventana estaba cerrada, sabía que no era pronto, por lo que un nerviosismo muy inquietante le recorrió el cuerpo entero. Sin apenas ver nada, tanteó la mesita de noche en busca de un reloj. Al final no dio con él y optó por el móvil. Al desbloquearlo la luz del aparato electrónico prácticamente le cegó y le dañó en los ojos.

–                           Joder…

Notaba como si hubiese bebido un kilo de alcohol. La cabeza le dolía a golpes de martillo, taladrándole. Pero no había bebido. No. Había sido otra cosa.

Según el móvil ya pasaban de la una. Una sensación de prisa le oprimió el corazón. Intentó levantarse mas el cuerpo apenas reaccionó. Se irguió de cintura para arriba pero tal cual lo subió su cuerpo cayó a la cama. ¡Qué cansancio…! Se meció la frente.

Decidió esperar unos cinco minutos, ahí, tumbado, a ver si se le pasaba el dolor “de todo”. Había pensado demasiado durante la noche, temiendo por su madre y por sí mismo. Se habían juntado dos factores de golpe: el mensaje y el seguimiento del coche azul a su madre. Había dado como veinte mil vueltas en el lecho durante horas interminables en una noche horrorosa e irrepetible. La imagen de la mascareta blanca y negra de el Hombre de Negro había pululado por su mente atosigándole y amenazándole con alzamientos de puño. La imagen de su madre chillando y pidiendo auxilio también había acudido mucho a su mente. Demasiado en verdad. Sin embargo, en algún momento de la noche el sueño se había colado entre sus venas y se había dormido, cuando quizá restarían un par de horas para el amanecer.

Y ahí estaba, sin poderse mover apenas, con un encuentro a menos de dos horas vista.

Oyó a su madre pasar cerca de la puerta de su cuarto. De repente reverberó el sonido siempre portentoso de la aspiradora, un aparato que en vez de succionar parecía que devoraba. Eric quiso taparse los oídos pero los brazos no respondieron.

–                           Maldita sea – murmuró con una voz casi ni susurrante.

“Puso toda la carne en el asador” para ponerse en pie. Tras un esfuerzo hercúleo consiguió sentarse al borde del lecho. Qué dolor de cabeza. Dios, necesitaba una ducha más que imperiosamente.

Su madre abrió la puerta bruscamente y encendió la luz. De nuevo él se vio obligado a taparse los ojos, emitiendo un gruñido y un leve dolor.

–                           Mamá, joder…

–                           ¡¿Pero tú has visto qué hora es?! ¡Levanta ese culazo que tienes, dormilón! ¡Va, que tengo que limpiar este suelo, que está que da pena!

–                           Sí…

Se puso en pie. Arrastrando los pies, salió de su cuarto, rozando un poquitín con su madre por el hombro.

–                           Y pégate una ducha – casi le gritó a la oreja –, que apestas.

No abrió la boca. Fue restregándose los ojos mientras arrastraba los pies hasta el lavabo.

–                           ¡Y rápido que pongo la comida en poco! – se la oyó de fondo –. ¡Pero por favor, qué peste! ¡Van a criarse pollos en esta sauna!

Muy lentamente, él se aseó. Luego, cuando ya los primeros chorros de agua algo fría cayeron sobre todo su cuerpo, su mente se activó cada vez a mayor velocidad. Eso le permitió actuar con más prontitud y arreglarse bien arreglado para poder estar al encuentro.

Comieron. Su madre no estaba enfadada porque se hubiese levantado tarde. Él lo solía hacer mucho; lo único que, en tiempos difíciles y sin él trabajar, pues como que ella se portaba con más irascibilidad. Él la entendía, hasta cierto punto. Pero obviamente le molestaba que nada más despertarse ya ella le sonase como una campana que le repiquetease justo al lado de su oreja. Él básicamente la única opción que le quedaba consistía en aguantar el suplicio y bajar la cabeza, quejándose tímidamente.

De todos modos, a ella le quedaba pocos días para seguir viéndolo. El viernes su vida cambiaría. Por completo.

No se dio descanso tras la comida. Se lavó los dientes y se vistió con ropa más bien ligera, por si tenía que correr o huir. Más que nada, había que contemplar todo tipo de posibilidades, y que le matasen era una de ellas. Mientras se acicalaba, los nervios afloraron con más fuerza que nunca. En varias ocasiones el peine se le cayó al suelo.

–                           ¿Tienes ahora manos de mantequilla? – le espetó su madre cuando él apareció en el comedor para recoger las llaves y algo de pasta.

–                           A veces.

Como solía ser habitual, su madre quiso informarse de adónde iba. Eric, como también solía ser habitual,  no concretizó nada, sino que básicamente explicó que necesitaba verse con alguien.

–                           Durante esta semana has salido mucho. ¿Se puede saber qué estás tramando?

–                           No estoy tramando nada, mamá.

–                           Pues a mí me lo parece. ¿Pasa algo, hijo? ¿No te seguirá a ti también el coche ese?

–                           ¿A mí? A mí no me sigue nadie. Ya te dije que sería mucha coincidencia lo de ese coche. No le des más vueltas.

–                           Ten cuidado, ¿quieres? – le pidió, acercándose a él y quitándole algo de la camiseta de manga larga.

–                           Sí – dijo con voz cansada y harta.

Se marchó.

Lloviznaba. Eric no se había molestado en mirar el tiempo por la ventana y le pilló por sorpresa. Corrió al trote hasta el coche. La zona por donde lo había aparcado estaba atestada de tierra fangosa y de charcos. A pesar de que buscó sortearlos, no evitó que sus bambas se encharcasen, de modo que se metió en el vehículo y ensució algo la tapicería. ¡Qué poco le duraba a uno un coche poluto y limpísimo!

En apenas cinco minutos se presentó al lugar indicado, encontrándolo con suma facilidad. En especial le había favorecido mucho el aparato que le había instalado el Manitas, un aparato trampa a la vez. Le entraba un cosquilleo en forma de descarga eléctrica cada vez que lo pensaba. Le venían a la mente aquellas películas de espías y de guerras entre servicios inteligentes. ¡Y él se ubicaba en medio de toda esa batalla de conspiraciones y planes de astucia!

Los diez minutos que faltaban para las tres los dedicó a recapitular todo lo que le había acaecido en esa semana, que ya prácticamente llegaba a su fin. Aún quedando dudas por resolver, tenía una ligera sospecha de a qué venía todo ese embrollo y por qué el Hombre de Negro se había interesado tanto en él. Tenía principalmente una gran parte de puzzle. Tenía el marco, por así decirlo. Había, sin embargo, unas piezas no muy grandes que dificultaban la unión de todo ese cuadro, principalmente el porqué querían matar a su hermana.

Podía tener una sospecha. Debía existir alguna relación entre la familia Fellini y la familia Brawn por su enemistad. La afirmación de Adelia de que antes de salir con Filipo había mantenido una estrecha relación con Roberto, de los Brawn, podía tener mucho que ver.

O podía no tener nada que ver.

Algo estaba claro, empero: su hermana les había estado ocultando algo a él y a su madre que no traía nada bueno.

Desde el coche comprobó que un coche se le acercaba. Paró justo detrás de él. Tras la ventanilla del piloto surgió una mano que le instaba a que saliese del coche y a que se metiese en el recién llegado. Carraspeó un par de veces, algo azorado, y salió. La lluvia ya no caía, pero aún las nubes se resistían a dispersarse, colgando en el cielo con el negro más opaco que se pudiese recordar. ¿Le estaría avisando Dios Todopoderoso? Quizá hoy afrontaba el día del Apocalipsis final.

O el del Purgatorio.

Jamás antes había visto ese coche. Bueno, había visto modelos similares, pero ninguno igual durante aquella semana. Era un coche largo y ancho, un coche familiar. De tapicería azul oscuro metalizado y con los vidrios opacos. Eric calculó que costaría un huevo y parte del otro. Ese coche sería tan potente como en el que se había subido en el coche de Carla el día anterior. Ese coche era el típico que llevaban o mafiosos con mucha cuenta corriente o políticos.

Una puerta trasera se abrió, mas nadie puso un pie en la acera. Alguien desde dentro le invitaba a entrar. Asomó el cuerpo con cierto recelo, y con temor también. En su interior, a la otra punta, se sentaba el Hombre de Negro. En la parte de atrás había dos asientos, uno perpendicular al otro, conformando una especie de rectángulo. Eran asientos de cuero blanco tirando a marrón muy clarito. El Hombre de Negro no le estaba mirando. Dubitativo, entró y cerró la portezuela tras de sí.

El coche fue arrancado. Giró noventa grados, cometiendo el conductor una infracción, y bajó la calle en dirección a las carreteras salientes de Lartos. El coche se desplazó a gran velocidad. Dio la sensación de que huyesen o saliesen a la persecución de alguien.

En ningún momento el Hombre de Negro movió el cuello para echarle una mirada. Sus ojos (o lo que Eric creía que serían los ojos) apuntaban a la ventanilla. ¡Qué miedo que pasó! Desplazándose en un coche con un tipo disfrazado con una capa de pies a cabeza y con una mascareta que sólo podía ocurrírsele a un maniático enfermo por matar y por sembrar el terror… Imaginaos al lado un tipo al que no podíais verle la cara, absolutamente en silencio, sin saber ni quién era ni qué aspecto presentaba realmente. De verdad que erizaba los pelos hasta límites inalcanzables. Con la sangre helada, temías que te dedicase la mirada de repente y te acercase su máscara a tu cara en menos que canta un gallo y te pegase el mayor susto de tu vida. Podías esperar cualquier cosa estrambótica y rocambolesca de ese tipo. Y Eric, bueno, había aprendido la lección de no formular preguntas, por lo que, a punto de sufrir una crisis nerviosa, se agarró a las pantorrillas y se rascó los jeans mientras el coche avanzaba rápidamente. 

Cuando ya abandonaron cualquier rastro de civilización el Hombre de Negro se pronunció. Lo hizo sin mover el cuello.

–                           Ya me habían dicho que a veces te pasabas de listo, pero jamás creí que te pasarías tanto.

Hubo un momento en que Eric se dijo que en verdad no se estaba dirigiendo a él, que, en cambio, estaba ensoñando y reflexionando en voz alta. Sin embargo, luego tuvo claro que el Hombre de Negro se había referido a él, ya que la mascareta se movió hacia su derecha y ese negro opaco y aparentemente vacío (junto con esa sonrisa blanca y maléfica) apuntó directamente hacia él. Notó como si le estuviesen apuntando con un arma. Paralizado, respiró entrecortadamente, aunque quedamente.

–                           Tienes una misión concreta: acabar con tu hermana. Nada más. A veces creo que contrato gente muy estúpida. O quizá soy yo que reluzco de inteligencia y hablo de una forma ininteligible. Acabar con tu hermana. A-ca-bar-con-tu-her-ma-na. ¿No queda eso demasiado claro? ¿Eh?

Ni contestó ni apartó la mirada. Una parte de él ardió en deseos de replicar y objetar que no había hecho nada malo, que no había sobrepasado la línea. Mas estábamos con lo mismo de antes: a el Hombre de Negro le reventaba que le preguntasen y que la gente hablase sin su permiso. Le amedrentaba que le estampase algún cuchillo o alguna arma de guerra simplemente por replicar.

–                           Habla – le ordenó.

–                           No he hecho nada de malo. No sé realmente qué he podido hacer para que te enfades conmigo.

–                           ¿Enfadado yo? A estas alturas de mi vida yo no me enfado.  Tan sólo siento decepción por alguien cuando no se limita a lo que yo le marco.

–                           Pues me deberás repetir qué me has marcado.

–                           Te lo repetiré: no te pases de listo.

–                           Uy, esa frase es muy amplia y puede achacarse a muchas acciones diferentes.

–                           Cierto – se mostró de acuerdo tamborileando sobre la tapicería de la portezuela –. Bueno, matizaremos. Pero espero no tener que repetirme. – Levantó el culo y se sentó un poco más cerca de Eric. Éste pudo sentir el roce de la capa con sus tejanos –. Ayer estuviste en casa de los Fellini. Y como me digas que no te rajo aquí mismo y llamo a otro para que haga tu trabajo. ¿Qué hacías en casa de los Fellini? ¡Responde!

–                           Sabes lo que estudié, ¿verdad?

–                           No juegues conmigo…

–                           Sabes lo que estudié, ¿verdad?  

–                           Claro. Yo siempre sé.

–                           Pues mi hermana me proporcionó. Le habló de mí al padre de la familia y le pidió que viniese sí o sí. No tenía ninguna opción.

–                           No necesitas su dinero. El mío es más valioso.

–                           No fui por dinero. Mi hermana me convenció para que viese al padre, quien quería que le echase un vistazo a una construcción y lo corrigiese como quisiera. Si a eso lo consideras pasarse de la raya…

El coche había abandonado la carretera y se había adentrado en un camino de tierra y de piedras circunstanciales. Los árboles escaseaban en ese parte. Era un páramo bastante árido y baldío.

Eric tragó aire en vez de saliva.

El coche frenó. Alguien ahí delante (estaba tapado por una pared que imposibilitaba la visión del conductor) puso el freno de mano. Eric se mostró muy expectante, por lo que se avecinaba, aunque también muy temeroso. Sus piernas apenas respondían, y sus pensamientos se entrecruzaban tanto que según en qué momentos se le antojó arrancarse la cabeza para acallarlas. Era para recibir un ticket de regalo para un manicomio.

–                           Sal. – E inmediatamente después abrió la portezuela y salió.

El miedo se había apoderado de él por completo y intentó como tres veces abrir la portezuela. ¡Qué estúpido! Le fallaron las fuerzas en las tres veces. Al final tuvo que ser alguien el que le abriese alguien. Se trató de un tipo trajeado, como el Número 2, pero más viguroso, ancho y robusto. Una mole. Eric estuvo en un tris de agradecérselo pero en menos de un periquete le agarró por el cuello de la camisa y le tiró hacia afuera. Eric salió rodando, llenándose de polvo y de pequeñas rascaduras. Cuando intentó ponerse de rodillas le patalearon por el costado. Se revolvió en el suelo y lloriqueó como un bebé. Tocándose la costilla izquierda, sufrió un acceso de tos. Buscó entonces algo a lo que aferrarse, sólo dando con el aire o el suelo arenoso. Se retorció y se retorció…

Unos pasos potentes y ruidosos se acercaron.

–                           Te presento a Número 3. Si no me equivoco a Número2 ya tuviste el placer de conocerlo en el taller de el Manitas.

Eric no abrió los ojos. Sabía que si los abría le entrarían polvo y arena y le picarían en cantidad. Buscó en la memoria a Número 3. Dibujó el cuerpo grande y ancho del cuerpo con el que acababa de toparse, pero sólo el cuerpo. La cara no la había visto, así que no podía trazarla.

Recibió otra patada en el costado, con lo volvió a revolverse en el suelo. Estaba sucio, muy sucio.

–                           Escúchame atentamente, listillo – espetó el Hombre de Negro, muy cabreado –. La próxima vez que te vea cerca de alguno de los miembros Fellini mando que te eliminen.

A diferencia de otras ocasiones, no anheló preguntarse por qué. Tan sólo anheló que se marchasen. ¡Cuánto le dolía el cuerpo!

–                           ¿Ha quedado clarito? No quiero ni que pienses en esa familia ni siquiera. Como lo hagas, no sólo te mato, sino que descuartizaré a tu amiga y a tu queridito amigo David.

A Eric se le encogió el corazón. Le habían tocado la fibra sensible. David, su madre,… Si antes se había concienciado de que trabajaba bajo la espada de Damocles, ahora ya notaba que esa misma espada estaba atravesando su carne. De repente se los imaginó descuartizados, hechos a trizas, con sus carnes escampadas por el suelo. Sus venas se helaron.

–                           ¿Ha quedado clarito?

Eric consiguió ponerse a cuatro patas, con las manos doliéndose por la arena y las piedrecitas. Tosió. Numero tres y el Hombre de Negro restaban en silencio, esperando una respuesta. A Eric no le salían las palabras; ni siquiera se acordaba de cómo pronunciarlas. Tosió de nuevo. Aún con los ojos cerrados, palpó con los labios que él escupía sangre y polvo. Qué asco… Pero no tenía tiempo para hacer ascos. Buscó en su más profundo interior la lección aquella en que había aprendido a efectuar sonidos articulados.

–                           Muy claro, sí,… – balbuceó.

Alguien le tiró del pelo. Dio un alarido. Al final de éste le salió un gallo.

–                           Eso espero –  le susurró el Hombre de Negro a la oreja.

Y, como quien ha disfrutado, repitió la acción de tirarle del pelo. Eric dio otro alarido, uno más largo y ululante.

Le soltó, e inmediatamente después los pasos provocados por las botas de el Hombre de Negro convencieron a Eric que definitivamente le dejaba en paz. El alivio le duró poco, ya que Número 3 le golpeó en la cintura. ¡Dios! ¡Qué dolor! Intentó llevarse la mano a allí donde el cuerpo ardía pero rodando lateralmente no encontró el punto. Entonces un brazo forzudo le asió por su brazo y le subió a media altura. Sintió a continuación una mezcla de sensaciones: la de volar y la de ser estirado, con el brazo a punto de ser arrancado.

Número 3 puso la mano sobre el cuello de Eric y apretó bien fuerte. Eric probó de insultar a grito pelado, pero apenas pudo emitir sonidos ya que se sintió asfixiado. A la sazón, notó la respiración de Número 3 muy cerca de su mejilla izquierda.

–                           Esta noche preséntate al mismo sitio donde hemos quedado hoy. A las doce en punto. Puedo ayudarte – le susurró muy bajito.

Le soltó y por consiguiente chocó contra el suelo con un explosivo ¡pum!. Oyó que Número 3 se alejaba de él y que abría la portezuela, para después cerrarla. Tardó segundos en enterarse de que iban a abandonarlo ahí, en medio de ese bosque con pocos árboles que se encontraría a varios kilómetros de la ciudad. En verdad no cayó en la cuenta hasta que el motor del coche rugió como si despegase una nave espacial.

En condiciones normales se hubiera puesto a golpear al suelo con el puño, pero en esas condiciones, magullado y debilitado, le pesaba todo. Yació unos cuantos minutos, mientras el aire se levantaba y formaba una capa de polvo. Presto, cuando el silencio era más que escalofriante y el frío más que amenazante, se puso en pie, aunque con dificultades. Cuidadosamente, se quitó parte de arena de la cara; luego se sacudió un poco. Una neblina de polvo se formó en consecuencia y eso le forzó a toser.

–                           Hostia puta.

Analizó la situación. Solo y sin vehículo, a mucha distancia de la ciudad y de su coche. Por el frío que hacía no se quitó la ropa, pero imaginó que tendría algo de sangre en el cuerpo, sobre todo por las costillas. Mas no tendría nada escandaloso en el cuerpo. Número 3 se trataba de gente profesional que sabía muy bien lo que se llevaba entre manos. Seguramente el Hombre de Negro le habría mandado que lo “calentara” bien calentado sin que físicamente se apreciase a simple vista. Y aunque al día siguiente le aparecerían moratones o alguna que otra costra pequeña, no parecería que le habían propinado una paliza. De hecho parecería más que se había caído.

Permaneció poco ahí parado. Soplaba mucho tiempo y estaba refrescando. Más que nada, en un par de horas refrescaría aún con más intensidad, y anochecería. Y como había una caminata muy larga…

Así que se puso en marcha tras unos cuantos minutos para relajarse y situarse. Al principio cojeó y desfiguró la cara cada vez que pisó el suelo, más tarde se acostumbró al dolor y prácticamente se convirtió en parte de él. El dolor disminuyó también gracias a que el suelo se fue aplanando y apenas tuvo que pisar por ninguna roca o piedra resaltante. Eric, a medida que fue avanzando en la caminata, fue reconociendo el lugar. Allí mucha gente se pasaba para hacer barbacoas o para pasear sus perros, aparte de que raramente crecían setas y la gente se acercaba como loca para llevárselas. Calculó que en algo menos de media hora daría con la carretera principal que le conduciría hasta Lartos.

Mientras andaba (algunas veces arrastrando los pies y otras veces esmerándose en no destrozar el calzado), inevitablemente pensó en su situación momentánea y se sintió el tipo más desgraciado del mundo. Maldita oferta. Maldita aceptación. Maldita trampa. Eric recordó todo aquello que le había acaecido durante la semana hasta lo que la memoria le permitía. Recordó con mucho odio la mañana en que se despertó en la oscuridad y en la que se le ofreció una maleta envenenada. Se sintió podrido por dentro, envenenado. Podía haber rechazado el maletín y la oferta. Debería haber sido lo suficientemente listo para haberse percatado de que no podía haberle esperado nada bueno de una oferta en un almacén abandonado, prácticamente a oscuras, con un tipo disfrazado. Mas había aceptado. Y había herido en el orgullo a el Hombre de Negro acercándose a los Fellini.

También mientras andaba se preguntó en qué podía ayudarle Número 3. Con el paso de los minutos su mente se le había ido aclarando y las palabras de ese tipo duro fueron cobrando forma. Qué palabras más intrigantes… No supo cómo cogerlas, si con pinzas o como algo verdaderamente sincero y real. Recelaba de ese tipo. ¿Y si le atizaba de nuevo? ¿Soportar otra vez esos golpes o aún más duros? ¡Dios, no! ¿Pero qué opción le quedaba? Ninguna desgraciadamente…

Cuando arribó a la ciudad, el sol prácticamente se despedía. Antes de adentrarse en las calles de Lartos, entró en un parque en el que no solía haber nadie a esas horas. Fue hasta una fuente, donde se mojó bien la cara y un poco el pelo. Se prometió que se pegaría una ducha cuando llegara a casa.

Comprobó que estuviese decente con el coche más cercano. No presentaba un aspecto para tirar cohetes, pero al menos había eliminado la suciedad de su cara y la maraña de pelos. A partir de entonces, ya con las lámparas encendidas, caminó allí donde menos se alumbraban las calles, evitando siempre el encuentro directo con alguna persona. Las calles no estaban absolutamente desoladas, mas pasó bastante desapercibido. Alrededor de veinte minutos avistó el coche, intacto y solitario. Cuando se sentó se quejó de dolor: los costados ardieron y la espalda le rascó. Luego las piernas se entumecieron algo.

Tras aparcar, se echó un vistazo con el espejo central del coche. Se asemejaba a un gitano. A un gitano sucio y apestoso. Se descubrió algo de sangre en una de las sienes y en las orejas. No era nada grave, pero le tocaría mentir bastante.

Y por lo que le había preguntado su madre al marcharse al encuentro de esa tarde, a lo mejor ella ya no le creía para nada y le sonsacaba información a base de interminables preguntas.

Salió del coche.

No le apetecía regresar a casa. Quería sortear el hecho de tener que enfrentarse a su madre y explicarse. Reflexionando, se le ocurrió demorar su regreso. Estaba muy abatido, además, aparte de exhausto. Redujo la velocidad. Se detuvo ante las vitrinas. Curioseó un poco, pese a que muchos de los locales estaban cerrados. Se sentó en algún que otro banco. Observó a la gente. Transcurrió como una hora, con la tontería.

Vagabundeó hasta que el estómago rechistó. Le entró todo un ataque allí abajo que le obligó a enroscarse. Dio la sensación como que vomitaría allí, en plena calle, ante ojos de extraños y de curiosos. Inmediatamente enfiló hacia su casa.

Para su sorpresa, no había nadie. Mezclándose entre la oscuridad y los espíritus, rememoró que en lo que llevaba de semana, su madre, siempre que él lo había necesitado, se había ausentado. ¿Telepatía? Ya casi que se le antojaba un cachondeo todo eso.

No obstante, le aguardaba una sorpresa aún mayor. Todo se aclaró cuando encendió las luces y se fijó en el móvil que reposaba sobre la mesa del comedor. Pertenecía a su madre. ¿Qué pintaba ahí el…? El miedo le invadió. Cabía de todo menos positivo. Con los pies menos consistentes que una ramita, se aproximó a la mesa. Tocó un botón cualquiera, con lo que el móvil se iluminó y le reveló un mensaje. Ponía lo siguiente:

<<Mamá, ¡te llamo desde otro móvil! Necesito que vengas inmediatamente. Me ha ocurrido algo terrible. Estoy en casa de Jennifer. Vive en la calle Francisco de Corchos, número 11, 3º 2ª>>

Eric dejó caer el móvil, y suerte tuvo de que cayera a la mesa y no al suelo. ¡Habían cogido a su madre! ¡La habían engañado otra vez! Eric no se lo pudo creer. Quiso releer el mensaje, mas no se atrevió. El cuerpo le tiritó entero. Buscó algo con lo que apoyarse, hallando el sofá. Se tumbó. Cerró los ojos. Todo giraba, giraba y giraba, peor que una noria o una atracción con mala leche. Se tocó la frente. Qué mareo…

<<Han cogido a mi madre. Oh, por Dios y todos los Santos, qué he hecho para merecerme esto… Cuando pille a mi hermana, juro que la mato. Juro que la mato y la descuartizo…>>

 

 

 

–                           El móvil al que llama no se encuentra disponible o está fuera de servicio – anunció la voz metálica.

Rechistó y rebufó. Estaba harto de esa voz, de ese robot que hablaba tan pausada y lentamente. Y especialmente le irritaba cuando quería hablar con la persona a la que llamaba. Eric se guardó el móvil, decepcionado y frustrado.

Era la quinta vez que probaba de llamar, y todas ellas habían resultado en vano, apareciendo la misma voz con el mismo mensaje. A la cuarta y quinta vez, a base de rabia y enojo, se había encontrado repitiendo el mensaje con tono despectivo. En una de ellas casi lanzó el aparato a la pared.

Ni rastro de su madre. Tras serenarse ligeramente, se había duchado para aclararse las ideas y se le había ocurrido llamar a ese número que ya antes había mandado un mensaje a su madre el día en que le habían raptado. Nadie había contestado, ni llamando con el de su madre ni con el suyo mismo. Eric estaba muy convencido de que realmente existía alguien al otro lado de la línea, pero con toda seguridad nadie quería contestarle. ¿Sería el Hombre de Negro? No lograba metérselo en la cabeza. ¿No le había bastado con pegarle en el bosque, amenazándole? ¿O habría cambiado de opinión de camino a Lartos y se había dicho, de golpe y porrazo, coger a su madre y llevársela? Como mínimo, sabía que había ocurrido después de “los mamporros”: el mensaje concretizaba su envío a las cinco de la tarde. Por entonces él había estado retornando a casa.

–                           El DNI, por favor.

Eric le tendió al portero su documento de identidad. A pesar de que ya era muy de noche, el portero llevaba gafas de sol. Para aparentar un aspecto de guay, supuso él. No le sonrió, el muy amargado. Básicamente echó un vistazo al documento y a su cara sin expresar emoción alguna, tan sólo moviendo la mandíbula de arriba abajo por un chicle que estaba masticando.

Le aceptaron la entrada. Cómo iban a rechazársela: jamás le habían denegado la entrada a una discoteca. Penetró en el local sin dejar la chaqueta en el guardarropía. La música zumbó en sus oídos, pero no le molestó. Ignoró todas las chicas guapas y sexys que había ahí bailando y meneando el trasero y se dirigió directamente a las escaleras.

Ligeramente se tocó la cintura. El arma seguía ahí.

Al final de las escaleras se topó con una pareja que se morreaba intensamente, sentados en una butaca, con la chica colocada de lado y sobre el regazo del chico. Ninguno de los dos le prestó atención. Él aún menos. Besarse era lo último que podía cruzar su mente.

La puerta del despacho de Feredico se hallaba cerrada. Eric no se esperaba menos. Cuando llamase y le dejasen entrar, todo allí dentro concurriría con normalidad. No obstante, en cuanto desapareciese, se llevarían a cabo los chanchullos y las conspiraciones menos imaginables. Actos tenebrosos y rebosantes de malicia.

Picó tres veces. Una voz tenue contestó un <<adelante>>. Eric no dudó en entrar. Al principio sólo la calva le saludó; luego, cuando cerró la puerta, levantó la vista. Expresó un gesto de sorpresa, abriendo los ojos y arrellanándose en el asiento de cuero con ruedas.

–                           Hombre, tú por aquí.

Sin pedir permiso, Eric se acercó a su mesa y se sentó en la silla que había justo enfrente de él.

–                           Nada, nada. Como Pedro por su casa.

Eric ignoró el comentario. No estaba para bromas.

–                           ¿Dónde está mi madre? – espetó.

Federico se acomodó en el sofá, mirándole con calma y con una media sonrisa irónica.

–                           Aquí seguro que no. Hace tiempo que las madres no se acercan a esta disco, sobre todo un domingo.

–                           ¿Tengo cara de estar para bromas? ¿Dónde está mi madre?

–                           Y yo qué sé. Hoy sólo he salido de casa para venir aquí.

–                           Pero conoces a el Hombre de Negro. Te hablas con él y os mantenéis mucho en contacto. ¿Qué habéis hecho con ella?

–                           Te equivocas de persona. Yo no me inmiscuyo en los asuntos del Jefe. Habla con él directamente.

–                           Sabes que hoy ya ha estado conmigo.

–                           Vuelves a equivocarte. Yo sólo soy un contacto para él. Me llama, me pida que ejecute algunos movimientos, y ya está. Él da órdenes y nosotros cumplimos.

–                           No me lo trago. Él no es ningún Dios. Le tratáis como si fuera intocable. ¡Qué asco!

–                           Tendremos nuestros motivos.

–                           Soy todos unos mentirosos y unos falsos. Hacéis como él y os ponéis una máscara. Pero voy a dejar de hacerme el tonto. ¿Dónde está mi madre?

–                           Otra vez… Vaya, no sé hasta dónde me alcanza la paciencia.

–                           Yo tampoco lo sé. Espera, que te lo diré de otra forma. – Estiró las piernas y metió la mano por dentro de la chaqueta. Sacó la pistola y la apuntó directamente a la cara de Fernando –. ¿Dónde está mi madre?

Federico no se estresó. Al contrario, colocó las manos sobre la mesa y observó a Eric. 

–                           ¿Sabes qué? Déjame que te saque una bebida y lo hablamos tranquilamente.

Hizo ademán de levantarse, pero reaccionando muy pronto Eric acercó el cañón de la pistola a Federico.

–                           Ni se te ocurra. No me fío de ti ni un pelo, cabrón.

Tornó a sentarse.

–                           Está bien, está bien. No nos pongamos nerviosos, anda. – Pestañeó unas cuantas veces, rápidamente, una tras otra. Colocó de nuevo las manos sobre la mesa, en posición de calma –. Dime: ¿qué esperas conseguir con apuntarme con una pistola? Estoy ya con más mierda en mi currículum que no me molestaría morir. ¿Te piensas que me asusta el morir? ¡Adelante, dispara! ¡Aprieta el gatillo y demuestra tus cojones! ¿A qué esperas? ¡Aprieta el gatillo, joder! Deja que sea yo el privilegiado al que te cargues primero. ¡Venga! Yo también me acojoné la primera vez que tuve que pegar un tiro.

La convicción en las palabras de Feredico, la calma de éste y la inexperiencia en el mundillo oscuro provocaron en Eric un grave momento de <<¿Sirve para algo lo que estoy haciendo o no sirve para nada?>>. Había sido básicamente instintivo eso de sacar la pistola, como quien saca las garras como autodefensa. Le había encañonado la pistola porque lo había visto en miles de películas, donde presuntamente el arma siempre intimidaba a la gente. Pero no había corrido ni rastro de sudor en la calva. Quizá estaba más que acostumbrado a que lo apuntasen.

O quizá mentía.

Pese a que vaciló, no soltó la pistola.

–                           Esa sonrisa que siempre llevas creo que más bien me hace indicar que es un puto recurso para esconder tus miedos. No puedo creerte porque ni te convences a ti mismo con tus propias mentiras. Sabes que han secuestrado a mi madre y seguramente el Hombre de Negro te ha ordenado que te lo tengas bien callado. Y te muestras calmado porque no me ves capaz de pegarte un tiro. Pensarás seguramente que no me atreveré a matarte porque luego irán a por mí. Me importa una mierda que vayan a por mí. No me importa que al final me vayan a matar. Encontraré a mi madre y avisaré a mi hermana. Y me importa también una mierda que me preguntéis si sé qué ha hecho mi hermana. Es mi hermana y no pienso que me contaminéis.

A Eric prácticamente le faltó el aliento cuando paró. Federico, que le había estado escuchando con esa sonrisa irónica suya característica y sin mover ni un dedo, levantó las manos y se echó a aplaudir. Aplaudió lentamente, separándose las palmas de la mano bastante. Sus ojos, tan oscuros e imposibles como en la anterior ocasión, parecía jactarse de toda esa parrafada. A Eric no le dio tiempo a sentirse ofendido.

–                           Bravo, Eric, bravo. Digno de un discurso de un gran político. Pero déjame que te lo repita otra vez: te equivocas conmigo. Si el Jefe se ha llevado a tu madre, sólo él y el que ha encargado para hacerlo lo sabrán. No comparte secretos con nadie. Apenas conmigo me ha hablado de ti. Tan sólo me comentó que te iba a contratar para una misión y que necesitaba mi terraza para hablar contigo. Mátame. Con mucha suerte te escapes hoy, pero te perseguirán y te localizarán. Detrás de ti en una esquina hay una cámara. Grabará tu imagen y mañana o pasado te pillarán, porque deberás buscar a tu madre y avisar a tu hermana. No seas estúpido. Vas a arruinarlo todo con un solo disparo. ¿Qué conseguirás matándome? Piénsatelo bien, Eric. Estoy convencido de que hace poco te has enterado de que se han llevado a tu madre y eso te ha sacado de quicio. Piensas en caliente, tío.

Eric reflexionó acerca de todo eso. Se había equivocado, por completo. Sus recuerdos de las películas no le estaban ayudando en nada. No se ruborizó pero poco le faltó, deseando que la tierra se lo tragase. Se había comportado como un niño pequeño movido por la cólera y la rabia. ¡Si él mismo ya se había dicho que estaba completamente solo! Y sin ayuda… poco avanzaría…

–                           Guárdate la pistola. Te irás de aquí y todo quedará como si aquí no hubiese ocurrido nada.

–                           Putos todos… – blasfemó, guardándose la pistola –. Primero me metéis en una mierda bien grande y luego amargáis a los que están conmigo. No me merezco yo esto.

–                           Todo tiene un motivo. ¿Estaba muy enfadado hoy el Jefe?

–                           ¿Conmigo? Joder si lo estaba. Me han atizado bien en el bosque.

Eso le resultó gracioso a Federico. Se tronchó tirando la cabeza y el cuerpo hacia atrás. La silla rechinó “terroríficamente”.

–                           Entonces está muy cabreado. Sólo hace eso cuando le tocan los cojones. ¿Y cómo estás convencido de que no han sido otros?

–                           ¡Huy! No es muy difícil saberlo – espetó Eric, alzándose. Se giró, seguro de que Federico no le clavaría ningún objeto afilado en la espalda, y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla, terminó de la siguiente manera –: Y repito que no soy tonto. Me engañas detrás de esa sonrisa y de esa calma. Sabes mucho de mí y te hablas con el Hombre de Negro. Se guardará los secretos, pero necesita rodearse de otros para mover sus piezas de ajedrez. Si algo tengo cada vez más claro, es que querrá a mi hermana muerta, pero no es su principal objetivo. Me está utilizando para distraer la atención y llevar a cabo algo más gordo.

–                           Entonces, tío listo, ¿de qué distracción estás hablando si aún no has efectuado ningún movimiento contra tu hermana?

–                           Ves cómo sabes más de lo que dices. Estaba esperando que picases.

No aguardó a descubrir alguna expresión de sorpresa en Federico. Eric se figuró que su cara apenas se habría desfigurado, quizá ni un ápice. Sin embargo, él se satisfizo con haberle vencido una pequeña batalla. Había cantado. Apenas nada, pero había cantado.

Ningún miembro de seguridad le barrió el paso pocos minutos después, una vez que se hubo bebido un cubata que le sentó muy amargo. Quedaba nada para las doce en punto.

 

 

 

 

–                           Aquí – soltó una voz en voz baja pero a distancia. Luego le siguieron dos ¡pst!.

Eric se dio la vuelta. Tenía los sentidos muy activos. Como ya se había percatado en días anteriores, había desarrollado una especie de alerta especial en todos sus sentidos.

Alguien entre las sombras se escondía en un callejón. Eric sólo distinguió una mano que le hacía señas para que se acercase. Se imaginó que era Número 3. Antes de aproximarse, comprobó que nadie le vigilase.

–                           Vamos – le alentó la voz en voz queda.

Extraño en él fue hasta el callejón. Ya el miedo parecía haberse esfumado; parecía haberse adueñado de otro ser humano. Se aproximó a paso firme, pero cauteloso. Se colocó de mientras la mano para rozar la culata, por si había que emplear los reflejos.

–                           Llegas tarde, Número 3.

–                           Sí, bueno. Perdona. El Jefe no me ha dejado marchar hasta ahora.

–                           Ah. ¿Qué quieres?

–                           No tan rápido. De lo que voy a hablar requiere tiempo. Iremos a un bar al que no nos reconocerá nadie y podremos charlar tranquilamente. Espera aquí un segundo: voy a por el coche.

Número 3 desapareció a la velocidad de la luz. Eric supuso que gente que trabajaba en ese mundillo estaba acostumbrada a emplear los reflejos muy a fondo y a moverse entre las sombras.

Aguardó con cierta impaciencia. Apoyado a la pared con un pie flexionado y con la espalda, se le antojó que iban a tenderle una trampa. Quizá la cólera de el Hombre de Negro no se había terminado con lo del bosque, sino que además lo habría completado con el secuestro de su madre y ahora con algo que tramaban contra él.

Un coche se paró a la altura de él, en doble fila. Eric miró a izquierda y derecha y salió pitando hacia el coche. Su cabeza notó unas cuantas gotas de lluvia. Mientras abría la portezuela, se fijó en que el cielo se había encapotado y revelaba un aspecto amenazador. Se metió en el vehículo antes de que la lluvia conquistase el tiempo.

El coche se desplazó. Viraron unas cuantas veces, hasta el punto de que Eric tuvo el pálpito de que sólo daban vueltas a la manzana. Pero no preguntó. Tampoco le preguntaron nada. Se trató en verdad de un viaje corto y callado (pero intenso para él por el silencio). Número 3 aparcó en una zona donde no habitaban bares ni locales. Cuando se apearon, Eric se tomó el tiempo para escrutar al tipo que unas horas antes le había asestado unos cuantos golpes. A diferencia de Número 2, era grande y ancho de espaldas. Muy robusto también. También una piel de la cara fina pero de aquellas que te recordaban a tipos duros de pelar. Sobresalían músculos por encima de la camisa de manga larga. Vestía muy elegantemente, como Número 2, con traje prácticamente. No llevaba gafas de sol. Destacaban dos ojos como canicas más opacos que los de Federico. No apreció sonrisa alguna en su rostro, por lo que dedujo que no sonreiría mucho o no sonreiría directamente. Apenas le abundaba pelo, sino que lo llevaba bastante corto, en forma de rectángulo tridimensional que se alargaba hacia la nuca.

No intercambiaron palabra alguna. Los pasos fuertes y seguros de Números 3 se expandían más allá del metro cuadrado en que se movían, alcanzando hasta el otro lado de la acera. Eric fue mirándolo de refilón, con la mano preparada para disparar ahí en plena calle si hacía falta. Sin embargo, algo le palpitaba en su interior. Ese pálpito le aseguraba que no había nada que temer.

Con el dedo señaló un pub.

–                           Ahí – indicó.

Penetraron en el pub. Música sensual sonaba con fuerza. Había esparcidos sofás de cuero de color rojo en forma de ce que daban a un podium en el que chicas casi desnudas inclinaban sus cuerpos con posturas más que sugerentes y giraban en torno a una barra de metal. Se sentaron en el sofá más cercano a la barra para beber y en el más alejada del podium.

–                           ¿Qué quieres para beber? – se ofreció Número 3, mirándole con mirada seria y fría.

–                           Cerveza.

Se alejó. En los cinco minutos de espera Eric contempló a una chica morena y de pelo corto bailar alrededor de la barra, alzando las patas sin romperse los huesos. Contemplarla le relajó los nervios un poco. Incluso se puso a tono. Madre mía, necesitaba un revolcón con alguna…

Regresó con dos bebidas. Las puso cuidadosamente sobre la mesa.

–                           Antes debería haberte preguntado algo – habló en voz alta. La música zumbaba un montón –. ¿Has mirado bien que Número 1 no te estuviese siguiendo?

–                           Sí. Tampoco hace falta. Ha secuestrado a mi madre.

–                           ¿En serio?

–                           No estaba su coche. ¡El puto coche azul!

Número 3 pegó un trago, encorvándose y tirándose para adelante. Al tragar no gesticuló.

–                           ¿Quieres probar?

Eric lo probó, y de poco le vino que no lo escupió al suelo. ¡Qué fuerte, Dios mío! Eric esbozó una cara de amargura y de asco. Inmediatamente después se preguntó cómo demonios Número 3 no había gesticulado al beber. ¿Sería un robot por dentro? Madre mía…

–                           Vaya, está fuerte… Perdona. – Y se echó a reír. La risa le recordó a Número 2 y Federico. A el Hombre de Negro no, porque la risa de éste sonaba más oscura y tenebrosa –. ¿Y tú cómo sabes que la ha secuestrado Número 1?

–                           No hay que ser muy listo.

Número 3 esperaba que Eric añadiese más.

–                           ¿Pero cómo lo has sabido?

Eric se cercioró del tipo ante el que se encaraba.

–                           El cómo da igual. Pequeños detalles.

–                           Pero a ver… Yo ni siquiera sé que se han llevado a tu madre. Me sorprende que digas eso porque yo ni siquiera lo sé. Que yo sepa, el Jefe no ha ordenado llevársela.

–                           ¿Alguna vez has actuado?

Increíblemente, las facciones de su rostro cambiaron y Número 3 expresó sorpresa y desorientación.

–                           ¿Cómo? No entiendo.

–                           Pues que eres un mal actor. ¡No sabes mentir!

–                           No estoy mintiendo. Si Número 1 se la ha llevado, no le ha dicho nada a nadie.

–                           No mientas. Trabando para el, como llamáis, el Jefe, trabajáis para él. No podéis tenerle secretos.

–                           Mira, te prometo de verdad que no sé nada, ni creo que Número 1 haya actuado a espaldas de el Jefe. Y si el Jefe hubiese querido secuestrar a tu madre, nos lo hubiera comunicado. Y no lo ha comunicado en ningún momento.

A Eric empezaba a salirle aire por la nariz a ritmo de vapor. Qué hartura. Buscó en el bolsillo el móvil y lo sacó.

–                           Este número. ¿De quién es?

Número 3 le arrebató el móvil, sin que Eric pretendiera dejárselo. Se pegó la pantalla casi a su nariz. Entrecerró los ojos entretanto. Un minuto más tarde se lo devolvió.

–                           No es un móvil nuestro.

–                           ¿Ah no? – se prácticamente desesperó, enfadándose –. ¿Entonces cómo puñetas engañasteis a mi madre para decirle que no se preocupase por mí, que me quedaba a dormir a casa de una amiga? En los dos putos mensajes aparece que es Jennifer quien manda el mensaje, una amiga mía, pero en ambos mensajes es una puta mentira. El número de Jennifer es otro. Y he llamado muchas veces sin que nadie me conteste al puto teléfono.

Número 3 se puso meditabundo. Ridículamente apretó los labios y se meció el mentón.

–                           ¿Quién coño envió un mensaje el día que me secuestrasteis y me llevasteis al almacén abandonado?

–                           Sólo el Hombre de Negro lo sabe.

–                           ¿Sólo él? Venga, hombre,… ¡Que sois un equipo!

–                           No, estamos a su merced. Y por eso he venido a verte.

Tras lo de su madre a él ya no le interesaba mucho en qué medida podía ayudarle y en qué concretamente podía ayudarle. Sin embargo, escuchar no podía irle mal, pese a que su mente se hallaba algo ausente.

–                           A ver, qué.

–                           Esto sólo puede quedar entre tú yo, primero de todo. Nadie puede enterarse de lo que saldrá hoy de aquí.

–                           Sí, sí. No te preocupes. ¿A quién se lo voy a decir? Estoy solo.

Eso le convenció, aparentemente. Movió el culo un poco hacia la izquierda y tiró el cuerpo hacia adelante. Su cara estaba muy pegada a la de Eric.

–                           El Hombre de Negro planea algo muy gordo. Nos ha dicho algo, pero no nos lo ha explicado todo. Como siempre hace. Créeme: él planea muchas cosas, pero no confía en nadie, ni siquiera en él mismo. Aprovecha que tiene mucho poder sobre nosotros y sobre otra gente para llevar a cabo sus planes. Pero nadie sabe dónde vive, ni qué aspecto tiene realmente. Ahora estos días planea algo gordo y está en activo, pero en cuanto acabe la misión, desaparecerá. Desaparecerá muchos meses. Siempre hace igual. Lo hace para que la gente se olvide de él y no sepa ni que ha existido, además de para evitar la justicia. Cierra todas las líneas y no las abre hasta unos meses más tarde. Es entonces cuando le vuelven a llamar para otro encargo. Se ha ganado “tantos amigos” que ahora sólo vive de encargos. Algunos son pequeños, otros son muy gordos. Lo que planea para la semana que viene es muy gordo.

–                           ¿Y de qué se trata? Me imagino que quiere que mate a mi hermana para atrapar a Filipo y tocarle los cojones a la familia Fellini.

–                           ¿Qué sabes? – se sorprendió Número 3.

–                           Nada y mucho. No sé nada porque nadie me ha explicado nada, pero deduzco. Me gusta deducir y se me da muy bien. Es imposible que quieran matar a mi hermana. Es un simple peón. No hay más que pensar un poco para darse cuenta que realmente no ha hecho nada más allá del otro mundo. Está en medio porque es la excusa. Salió primero con Robert Brawn y ahora con Filipo Fellini. Y las familias Brawn y Fellini se llevan a matar. Lo que no me queda claro es a cuál de las dos familias se quiere cargar.

–                           A las dos. Quiere que se acusen el uno al otro. Una vez tu hermana esté muerta, los Fellini pensarán que sólo los Brawn pueden haberlo hecho. Y se iniciará una guerra entre ellos.

–                           ¿Y qué gana el Hombre de Negro en todo esto?

–                           La ciudad entera y sus alrededores. Piensa que lleva la tira de años trabajando para gente y por encargos. En un momento u otro se ha ganado el afecto y el respeto de muchos peces gordos y ahora nadie se atreve a toserle. Nadie se pregunta por qué aspecto tiene, nadie se pregunta dónde vive ni cómo ocupa su tiempo libre. Tiene alguna especie de magia que hace que la gente esté pillada por él.

–                           ¿Tan difícil es cargárselo?

–                           Tiene demasiados admiradores. Y todos piensan que si alguien atenta contra su vida es hombre muerto.

–                           Ah – se interesó Eric. A la memoria le vino Federico y su encuentro con él hacía escasamente poco más de media hora.

–                           Todos matan pero nadie quiere morir en este mundo. El Jefe tiene la llave de todos. Él elige quién muere y quién no. Él es Dios.

–                           ¿Pero y la policia? ¿Nunca le han querido dar caza?

–                           Es muy inteligente. Todos le encubrirían, porque todos están más que metidos en esto. Es más, hay policías que trabajan para él.

–                           ¿Policías? ¿Pero cómo puede uno solo dominar tanto?

–                           Poniéndoles en situaciones complicadas. De un modo u otro ha conseguido que le debamos algo. Yo por ejemplo le debo la vida. Gracias a él consiguió convencer a unos de que no fueran a por mí. A cambio, yo tenía que protegerle y obedecerle siempre que me necesitase.

–                           ¿Y ahora? ¿Aún le debes la vida?

–                           No tanto. Ya me estoy hartando de trabajar para él y de ensuciarme tanto las manos. Y creo que ya he cumplido con mi deber y que me podría ir a casa a vivir decentemente.

–                           ¿Qué pretendes? Hoy me habías dicho que me podías ayudar. ¿Cómo puedes ayudarme? ¿Qué buscas?

–                           Voy al lavabo y te lo cuento.

Echó un sorbo a su cubata y, habiéndose puesto en pie, se alejó.

Eric lo observó alejarse y sortear a la gente. El pub principiaba a llenarse de hombres básicamente. Sobre el podium ahora había tres chicas, una bastante mayorcita. Eric las contempló, y otra vez surgió una especie de fuego muy ardiente. Tan ardiente, que incluso le tentó la idea de contratar a una de esas mujeres para que le sirviera bien servido.

Mientras aguardaba bebió en un par de ocasiones. Le picaba mucho la curiosidad, y cuando le picaba la curiosidad se le secaba la garganta. Él había pensado que no, que no le intrigarían para nada sus palabras. Pero había resultado todo lo contrario. Ahora lo aguardaba con impaciencia. Algo así como un halo de luz esperanzadora brillaba en su interior. ¿Habría salido al final del túnel? Tenía que confesar que él prácticamente se había visto sin salida, ni siquiera con posibilidad alguna de andar.

Regresó tras una espera interminable. A Eric él le pilló babeando con las bailarinas en ropa muy ligera.

–                           Están tremendas, ¿verdad?

–                           Para que vengan aquí y te la coman un rato.

–                           Tú y yo nos entenderemos – opinó, ves a saber si en broma o en serio.

Bebió. Bebió mucho, hasta el punto de dar la impresión de que el lavabo le había resecado la garganta. Eric apenas había tocado la cerveza. Pero repentinamente, tras ver a Número 3 beber tanto, le entraron muchas ganas, hasta casi le entró envidia, y pegó un trago largo.

–                           Quiero acabar con él. Estos diez años me han servido para ganarme mucho su confianza. Al principio empecé con muchas ganas y muy devoto a él, más que nada porque le debía la vida; ahora pero ya ha pasado mucho tiempo y creo más que me utiliza más que otra cosa.

–                           ¿Te utiliza sólo a ti dices?

–                           Ésa es la sensación… Número 1 es su favorito, y es un puto cabrón más loco que el más enfermo. Y Número 2 casi que también. Los dos quieren trabajar para él y se lo hacen saber cada día. Yo alguna que otra vez le he planteado la posibilidad de marcharme. Pero no me deja marcharme. Por lo visto pensará que me chivaré o que acabaré con él. Encima jamás me ha dado un jodido motivo. Estoy harto, muy harto.

–                           ¿Y yo qué juego en todo esto?

–                           Está muy centrado en todo esto de las dos familias y apenas se fija en lo que haces. Está totalmente convencido de que acabarás matando a tu hermana, porque te ve sin escapatoria e incapaz de luchar contra nosotros estando tú solo. En cierto modo es lógico que piense eso. Número 1 te sigue, estás completamente vigilado electrónicamente, no puedes decirle a nadie el secreto porque todos le protegen… ¿Sabías que tienes mucha mierda en el coche?

–                           Sí. El Manitas es el mayor cabrón que pueda haber en este mundo.

–                           ¡Si en él se puede confiar! Es el Jefe. Él es el culpable. Él le ordenó montarse esa vigilancia.

–                           ¡Cómo se fía vuestro Jefe!

–                           De nadie.

–                           No, ya veo ya. Pero déjame decirte que el Manitas es un cabrón.

–                           Pues he hablado con él sobre esto.

–                           ¿Con él? Ya la has cagado.

–                           Él también está hasta los cojones de el Jefe. Vamos a ir a por él.

Eric no estaba convencido. ¿El Manitas harto? Le vino a la memoria una conversación en su taller acerca de la moralidad.

–                           Por cierto, Eric. Lo de hoy ha sido extraordinario. Menudo cabreo llevaba… Cuando el sábado Número 1 le contó que estabas con una de los Fellini, la máscara casi se le partió en dos cuando puso las manos sobre ella. Y perdona por los golpes de hoy. ¿Te he hecho mucho daño?

–                           Un poco sí – y se le escapó una mueca, por la situación tan ridícula –. Y a ver que me quede una cosa clara: si quieres cargártelo, ¿por qué no lo has hecho hoy en el bosque? Estabas tú sólo con él. En un momento de despiste podías haber sacado la pistola y ¡pum!

–                           No es tan fácil. Número 2 estaba cerca.

–                           ¿Cerca?

–                           Claro. No se fía. Siempre que se mueve lo hace acompañado. Ahora lo acompaña Número 2 porque Número 1 está contigo siguiéndote.

–                           ¿No será que tendrás envidia por ser el Número 3?

–                           Los números no significan nada. Nada.

–                           Ah.

–                           Hay que matar a sus dos guardaespaldas. Y hay que llevarlo con absoluta discreción. El Manitas nos echará un cable.

<<O una maldición>>, reflexionó Eric.

–                           No sé.

–                           No te queda otra opción. Tu hermana no tiene por qué morir.

Eric apartó la mirada y miró el suelo. Con la espalda tirada hacia adelante, movió los pies arriba y abajo. Meditaba. Ojos vacíos, mirada perdida.

–                           Está bien. Aunque sea un clavo ardiendo es lo único a lo que puedo agarrarme.

–                           Bien que haces.

Con la palma de la mano le indicó a Eric que acercase su cara. Muy discretamente Número 3 paseó la vista por el sitio. Presto, explicó los pasos a seguir.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Séptimo capítulo Novela Negra

VII

 

¡Mira que había quedado veces con Jorge y nunca le había pedido el móvil! Eric se lamentó una y otra vez esa mañana de sábado. Rascándose la cabeza una y otra vez, con la sensación de relajado aunque con las piernas pesadas, apenas pudo desayunar tranquilo. La cabeza le dio vueltas y más vueltas alrededor de ese lunes. Ya prácticamente se había olvidado de que debía cumplir con una misión muy desagradable y mucho más trascendental que descubrir con quién había quedado ese lunes. Más que nada, se trataba de un reto personal. De aquellos que a un tozudo y cazurro no podía dejar escapar.

Se hallaba solo. El reloj, que marcaba casi las doce de la mañana, era lo único que lo acompañaba en ese “cementerio”. Pero había empezado a enervarlo algo, hasta el punto de que la leche calentada le estaba revolviendo el estómago. Cerca de donde se encontraba bebiendo yacía una nota de su madre. <<Hoy también trabajo. Lo siento>>, ponía. Se alegraba por ella: se lo merecía. Si bien le hubiese gustado que no hubiese ido a trabajar. La necesitaba al lado, para que le levantara los ánimos y le aclarara las ideas. Se sentía tan solo al callarse algo tan doloroso… Era una presión máxima.

Empero, los pensamientos se interrumpieron cuando irrumpió en el silencio del comedor el móvil. De golpe y porrazo se echó a vibrar y “explotar”.

–                           ¿Sí?

–                           Eric, eres un puto cabronazo. ¡Vaya bomba de relojería que me has traído!

–                           ¿Ah sí? Ya sabía yo que no podía confiar mucho…

–                           Pero nene, que… , después te lo chivo. ¿qué hora te acercas?

–                           Buf, lo tengo algo justillo todo hoy… – De repente le había vuelto a la memoria que por la tarde tocaba acompañar a una chica –.  Dios, he quedado con una tía y no sé. Espérate, espérate. La llamo y te digo.

–                           Chachi. Pero no tardes.

–                           Oye, ¿han visto el coche tus viejos?

–                           Sí, ¡pero no preguntan! No… Están muy chocheados.

–                           Ja, ja, ja – se carcajeó.

–                           Nene, ahora me pegas, ¿eh?

–                           Sí, dame nada, cinco minutos.

–                           Chachi.

Colgó.

En vez de lo que “había prometido”, dejó el móvil sobre la mesa y se levantó. Necesitaba aire. En consecuencia, se encaminó hacia el balcón y salió. Estaba en pijama y con las pintas poco decentes, pero le importaba un comino. Desde la posición de su piso uno tenía que ser muy puñetero para levantar tanto la vista.

El sol apenas se notaba sobre la temperatura ese día. Hacía fresco, mucho fresco. Su pijama superior, una camiseta manga corta, le desprotegía los brazos y percibió cómo ese fresco se adentraba en sus carnes y le hacía estremecerse. Como quien se estremece de miedo. Le entró también algo así como un escalofrío. Se sintió observado de repente. El coche azul. Lo buscó pero no dio con él.

<<Quizá aún se encuentra cerca de la casa de Marcos. Quizá se piensa que me he quedado a dormir ahí.>>

Dichoso coche azul. ¿Quién lo conduciría? Eric ya se había formado su propio conductor: un matón muy profesional, calvo, con gafas de sol, de complexión robusta, algo gordito, muy musculoso. Independientemente de eso, algo estaba muy claro: sería muy terco y muy paciente. ¡Dios Santo! ¿Qué estaba? ¿Continuamente vigilándole? Se asemejaba a convertirse de repente en un famoso seguido por todos los paparazzis. Se trataba de algo en lo que, afortunadamente, no pensaba mucho, pero que cada vez que identificaba el coche le recordaba lo que había que cumplir. Porque sería un compinche de el Hombre de Negro, ¿cierto?

<<¿Y si no lo es? ¿Y si trabaja aparte? Quizá sabe toda la historia esta y está vigilando de que no mate a mi hermana.>> Pero inmediatamente reflexionó: <<No, no puede ser. Vigilará que no me salte las normas.>>

Odiaba pensar. Y más sobre algo nada bueno. Meneó la cabeza y entró al comedor. Sonó el móvil. Sería Marcos, siempre puntual en “sus cinco minutos”. No obstante, cuando por la pantalla constató que llamaba Carla, emitió un ¡ups! y abrió los ojos como platos.

–                           Pizzería Marco, dígame – pronunció, agravando la voz.

–                           Ay, perdone, parece que me he equivocado de número.

Eric se tapó la boca y se rió intermitentemente.

–                           Llamaba a un amigo y parece que no me ha dado el número correcto… – continuó.

–                           Espera, que le digo que se ponga. Se llama Eric si no me equivoco, ¿verdad?

–                           ¡Tú! ¡Serás…!

A la sazón Eric no lo aguantó más y explotó a carcajadas. Rugieron estruendosamente y se esparcieron por todo el comedor. Al otro lado de la línea ella se quejó cual una niña pequeña.

–                           Has picado – dijo cuando se calmó, con lágrimas en los ojos y dolor en la barriga.

–                           Oh, jope… ¡Qué vergüenza! Maldito, qué vergüenza me has hecho pasar.

–                           Se siente.

–                           ¿Eres actor o algo? Que me lo he tragado…

–                           No pasa nada, te acostumbrarás.

–                           ¡Bah!

A Eric le dio por reír de nuevo.

–                           Eh, ¡chist! Déjame decirte lo que quería decirte, que al final se me irá el santo al cielo. A ver… joder, ya se me ha ido el santo al cielo. ¡Lo ves! Buf, es que los tíos me ponéis de los nervios.

–                           No pasa nada. Cierra los ojos y relaja la mente.

–                           ¡Calla, tonto! – Eric se rió –. ¡Ah, sí, ya! Que a ver, mi padre hoy ha cogido un vuelo y que no volverá hasta dentro de unos tres días. Me ha dicho que me lo des a mí y que ya se lo mirará.

–                           ¿Tres días? – se desinfló.

–                           No es mucho. Se pasan enseguida.

<<Cuando se entere mi madre, lanzará bombas hacia su padre. Fijo.>>

–                           Seguro que le gustas, no te preocupes. De hecho le causaste una buena impresión.

–                           Eso es bueno.

–                           Sí. Entonces… ¿Quedamos para esta tarde?

–                           Sí, claro.

–                           ¿Has avisado a tu amigo?

Se golpeó a la frente con la palma de la mano.

–                           Se me ha pasado… Perdona.

–                           ¡Eric!

–                           Luego le llamo. Seguro que estará disponible.

–                           Más le vale, porque le he dicho a una amiga que se venga y me he dicho que sí.

–                           ¿Me lo vas a quitar buscándole una churri?

–                           Tonto. – Sonó un bostezo –. Ay, qué sueño. Bueno, ¿para qué hora? Venga, rápido.

–                           Cuando tú quieras. Si total, tardarás horas en arreglarte.

–                           No tantas – dijo con voz despectiva –. ¿Qué tal las cinco y media?

–                           De coña.

–                           Pues eso. Estaré esperando en tu portal. No me tardes.

–                           Descuida.

Y se despidió.

Se le había olvidado por completo comentarle a David lo de la salida con chicas. Últimamente estaba muy olvidadizo, en especial desde aquella fatídica mañana en que se había despertado dentro de un almacén abandonado. ¿Sería que habría tomado alguna pastilla el día anterior a ese? A lo mejor. A lo mejor había quedado con alguien cuyo nombre le era imposible de recordar y había ingerido alguna sustancia que le habría adormecido y que le había creado algo de amnesia. O a lo mejor le habían pegado con una porra o algo peor y el golpe le había tornado pelele. O a lo mejor…

Le llamó. Tal como se había imaginado, se lo encontró lacónico y muy disgustado, por mucho que pretendió disimularlo. Eric temió que no aceptase, pero para su sorpresa sí que aceptó.

–                           Ella pasará por mi casa con su coche a las cinco y media. Vendrá con una amiga.

Ni siquiera eso le subió el ánimo. Muy parco en palabras, aseguró que estaría para esa hora. Consiguientemente, le dijo adiós y colgó. ¡Cuánto le amargaba tener que hablar con alguien antipático por momentos! Aunque bueno, su reacción cabía dentro de lo normal…

Le faltaba una llamada. Una sola llamada. Mientras buscaba el número de Marcos, un pálpito “le cantó” que su sociabilidad había cambiado muchísimo. Al menos, se sentía más ocupado. ¿Más importante quizá también? Quizá.

–                           Marcos – le indicó –, a las tres estoy para allá.

 

 

 

 

Ataviado con chaqueta y con ropa menos ligera, cargando con una bolsa pequeña, se presentó ante la puerta de Marcos y picó hasta cuatro veces a la puerta. Mientras aguardaba a que le abriera la puerta, comprobó que el coche azul no merodeara cerca. Al haber venido andando, le había dado tiempo de sobra para cerciorarse de su presencia, aunque no lo localizó en absoluto. Se dijo que ya no estaría ahí, que habría regresado a su casa. Sin embargo, se había arriesgado mucho presentándose por la puerta principal, pues podía haberle ocasionado problemas a Marcos en el caso de que le pillaran. Si bien había considerado la posibilidad de llamar por la puerta trasera, al final había declinado la opción por innecesaria.

Marcos abrió con diligencia. Presentaba un aspecto deplorable, de aquellos descuidados y muy dejados. De más pequeño ya había presentado tal aspecto, pero jamás Eric habría jurado que su imagen se deterioraría tanto. La ropa que llevaba ese día tendría más años que Matusalén. Y además, sus pantalones mostraban agujeros y se habían desteñido algo, con el color original más que perdido.

–                           Entra, vamos – le urgió con la mano. Presto le asió de la mano y le tiró hacia sí.

–                           ¿A qué vienen tantas prisas ahora?

–                           ¡Está el puto coche azul de los cojones! ¡No se ha ido desde que te fuiste ayer!

–                           Pues ahora no estaba.

–                           Mentira, ven.

Subieron por las escaleras a la segunda planta. Se metieron en una habitación y a través de la ventana le señaló con el dedo una esquina opuesta a la que Eric había doblado para ir a su casa. Estaba estacionado, reposando tranquilamente. Como siempre, las ventanillas eran tan oscuras que no se identificaba absolutamente nada de su interior.

–                           ¿Qué coño has hecho, Eric? ¿Es la pasma?

–                           No, no es la pasma. Es la Mafia, o eso supongo.

–                           ¡LA MAFIA! Oh, por todos mis muertos… ¡¿Cómo puedes dejarme al lado de un mafioso! ¡Estás chalado! ¡CHALADO!

–                           Te dije que si no hacías nada estarías a salvo. ¿Has hecho algo malo?

–                           No.

–                           Buen chico.

Alzó los brazos y se apartó de la ventana. Comenzó a dar vueltas en la habitación. Entretanto sacó una bolsa del bolsillo con maría dentro y cogió papel de un escritorio.

–                           Me van a matar, me van a matar, me van a matar. ¿No lo ves? ¡Ahora irán a por mí!

–                           No digas gilipolleces. Te aseguro que a ti no te quieren. Me quieren a mí.

–                           Hijo de puta. ¿A quién le has metido ahora?

–                           Oye, tengo mucha hambre… Traigo un bocata en esta bolsa. Mientras como, te lo explico, ¿sí?

–                           No sé. No sé…

Bajaron abajo, al comedor. Eric se sentó y sacó de la bolsa un bocata envuelto con papel de aluminio. Marcos fue hasta la cocina, desde donde le preguntó a Eric si le apetecía una bebida a gritos. Pues no vendría nada mal, le contestó, con lo que Marcos regresó con un refresco en la mano. Se lo tendió a Eric.

–                           ¿Ya has comido?

–                           Sí.

–                           Y por cierto, ¿dónde están tus viejos?

–                           Aún no han vuelto.

Con los labios y un movimiento de la cabeza Eric expresó un “vaya”.

–                           ¿Tú ya has comido?

–                           Hace un puñao.

Eric arrancó papel de aluminio y principió a jalar. Luego abrió el refresco y echó un sorbo. Una vez pegado el sorbo, mordió el bocata, expresando “un bravo” por la exquisitez en el sabor. Cuando tragó, le pidió a Marcos que se sentase, puesto que le llevaría algo de tiempo contarlo y que, si permanecía de pie, se iba a cansar en un momento u otro. Marcos le hizo caso, mirándolo con mucha atención. Acto seguido, Eric comenzó a relatar todo lo sucedido desde aquel martes por la mañana en que no se había despertado precisamente en su casa hasta el día anterior, el viernes, cuando le había hecho una visita al mismo Marcos para lo del coche. A cada frase que Eric soltó el rostro de Marcos se distorsionó más y más, abriéndosele la boca, los ojos, y alargándose el mentón. Eric no pudo discernir si se distorsionó por incredulidad o por absurdidad. En cualquier caso, Eric mencionó lo más relevante, sin aportar puntos de vista ni relatar su día con la familia Fellini. Cuando terminó, se descubrió sediento, y casi se acabó el refresco de un trago. Apenas le quedaban dos bocados al que había sido un largo bocata.

–                           ¡Me cago en todos los hijos de Dios! ¡Pero jodido, esto es para huir!

–                           Ya. Pero si huyese, a mi hermana, ¡pum!

–                           Que le den por culo, chaval. ¡Ché! Aquí puro egoísmo. Al menos tú no la pringas. 

–                           No, no, no. Mi hermana aquí no va a pringar nada.

–                           ¡Pues ya me dirás tú cómo les darás por culo!

–                           Tiene que haber alguna forma. Ya daré con ella. Ahora tengo que ser muy precavido. ¿Crees que debería hablar con la pasma?

–                           ¡Qué va! Te chivas a ellos y estos pelajos vendrán a por todo aquel que conozcas.

–                           ¡Dios! ¡Estoy jodidamente arrinconado! – bramó tapándose la cara con las manos.

–                           No llores, nenaza.

–                           No estoy llorando.

–                           Tú tienes coco. Piensa. Fijo que algún tipo puede echarte un cable.

–                           ¡Ya lo intento! Pero cada día parece como si esté más arrinconado aún. Y encima el tiempo va acabándose poco a poco… – Suspiró muy largamente –. Bueno, no sé. ¿Me enseñas el coche?

–                           Ah, sí. Vamos abajo. – Marcos se incorporó –. Por cierto, ¿llevas aquí la pipa? ¿Puedo verla?

–                           No la llevo, lo siento. Hasta que no me vea muy apurado no la sacaré de casa.

–                           ¡Pero si ahora los tienes detrás de culo!

–                           Bueno. – Encogiéndose de hombros y luego incorporándose –. Paso de que la pasma me chequee y me pille con una pipa. Aparte, no me van a tocar por el momento. No hasta el viernes, que es cuando tengo que matar a mi hermana.

–                           Que lo harás, me imagino.

–                           ¿Te falta un tornillo? Jamás en mi vida.

–                           Tú mismo. Sé estúpido y morirás.

–                           Y luego tú me llorarás en el entierro. Vamos abajo, anda.

Con la mano Eric tocó suavemente la espalda de Marcos con ademán de conminarle a moverse. Éste se puso en movimiento, y Eric le siguió, no sin antes pasarse por la cocina para tirar el papel de aluminio y el refresco. Bajaron.

Miró el reloj. Las cuatro.

–                           A ver, tu coche – pronunció tras encender la luz del garaje –. Es una auténtica bomba de relojería.

–                           Sorpréndeme.

Marcos abrió la portezuela del conductor y metió media parte del cuerpo dentro del automóvil.

–                           Jamás había visto cosa igual. Había oído de este tipo de aparatos que detectaban a los maderos y tal, pero me lo había cogido con pinzas. Ayer flipé viéndolo tío. Recuerdo que le dio por pitar (pi, pi, pi, pi, pi, pi), volviéndome tarado, y luego escuché el ruido de los maderos pasando rápido por la calle. Flipé, tío, ¡flipé! Colega, vaya mierda te han puesto.

–                           ¿Qué es?

–                           Este aparato te mantiene controlado. Allá donde vayas con el coche sabrán por dónde andas.

–                           Me lo imaginaba…

–                           ¡Y eso no es todo!

A Eric se le encogió el corazón.

–                           Tiene un altavoz bastante escondido que les permite oír todo lo que se diga dentro del coche mientras esté encendido.

–                           Jodidos hijos de… Pero tú, pero tú… ¿cómo has descubierto eso?

–                           Chaval, chaval. ¿Con quién te piensas que estás hablando? Yo transformo todos los coches, nene.  

Eric hizo acopio de memoria y trató de recordar si había dicho algo dentro del coche que pudiese desfavorecerle. Creyó que había dicho que algún día le engañaría al del coche azul. Bueno, no era nada grave, aunque podía costarle caro.

–                           Bueno, no pasa nada. Mientras no me instalen algo dentro de mi cuerpo para seguirme, puedo estar tranquilo. Si huyese, no usaría este coche para nada.

–                           Mejor. Porque aquí te tienen bien pillado.

–                           Seguramente el del coche azul verá los movimientos del coche – reflexionó Eric en voz alta –. Por eso está ahí fuera.

–                           El jefe le habrá pedido que siga sólo a este coche. Está claro que no se fía de ti.

–                           Ya me avisó. Es un gato muy, muy viejo. Pero oye – susurró de golpe a la oreja de Marcos –, ¿seguro que sólo oyen cuando está apagado?

–                           Segurísimo.

Eric se alivió. Marcos le observó aliviarse y no reprimió una sonrisa. Posó una mano sobre su hombro, para luego repetirle:

–                           Tú tienes coco. Seguro que lograrás salir de esta.

–                           Eso espero.

–                           Y oye, ¿hasta qué punto has hecho algo ilegal?

–                           He usado dinero que no es mío básicamente, mucho del cual he gastado para este coche. El aparato electrónico ese, la pistola, documentación falsa,… yo no le he pedido. Lo tengo guardado como quien acumula pruebas.

–                           Pues mucha suerte, amigo.

Se abrazaron.

–                           Gracias por todo esto, de verdad. Ten, anda.

Algo nervioso y tocado, Eric sacó un fajo de billetes del bolsillo y se los entregó a Marcos.

–                           Esto es mucha pasta…

–                           No la quiero.

–                           De verdad, Eric, te falta un tornillo. ¿No te acuerdas de cuando robábamos cosas y te me quejabas con que querías ser rico una y otra vez?

–                           Uy, eso fue hace mucho tiempo.

–                           Este coche, esto que me das, lo de ayer… ¿cuánto coño te han dado?

–                           Mucho, y muchísimo más si mato a mi hermana.

–                           Te falta un tornillo. ¿Te oyes hablar? No te reconozco, tío. Durante todos estos años no hacías más que cagarte en tu hermana mayor, en desear ganar la lotería o ser podidamente rico y abandonar a toda tu familia. ¿Ahora quieres a tu mami? Nunca has sido cruel, pero nunca has hecho cosas santas en tu juventud.

–                           Bueno, pocos han sido santos de bien jovencitos.

–                           ¿Quieres que Dios te perdone? – Y estalló a carcajadas.

Con un movimiento de muñeca Eric le hizo saber que la conversación finalizaba ahí. Marcos rió un poquito más, con la cara roja y los ojos brillantes. Eric se adentró en el coche y se sentó. Alargó la mano hacia él, para despedirse.

–                           Bueno, tío, déjate de tantas preguntas y despídete como  los hombres – le picó.

–                           Cuídate, cabronazo. Quién me lo iba a decir a mí: Eric el mafioso. – Y tornó a estallar a carcajadas mientras apretujaban manos.

–                           Vete a cagar en la vía, mamón.

Arrancó el motor. Marcos, aún entre risas, pulsó el botón para la abrir la puerta del garaje. Se dijeron adiós con la mano. Y tan rápido como el rayo el coche salió disparado.

Eric casi se halló de frente al coche azul. Estaba aparcado nada más doblar la esquina, junto a un paso de cebra. Inútilmente agudizó la vista: los cristales eran demasiado opacos. Continuó. Cuando se vio obligado a parar por un semáforo en rojo, miró por el retrovisor central. ¡Qué sorpresa cuando avistó que el coche azul había sido puesto en marcha!

Eric tamborileó con los dedos sobre el claxon al ritmo de la música de la radio mientras lentamente el coche efectuaba su salida. El muy hijo de su madre no se escondía para nada. ¿Le tomaría por tonto?

<<Mejor que no. Porque a la que te pases de listo te vas a enterar.>>

 

 

 

 

El ladrón piensa que todos son de su condición, o por ese dicho se le había dado a Eric cuando había visto a Carla y a la que gente que pagaba a los Fellini para una sesión de solárium. Cada una con sus particularidades propias, pero todas compartiendo una obsesión por una buena figura y por un tronco que no abultase mucho por los costados. Incluso la madre había parecido apuntarse a esa moda, a pesar de su edad. Sin embargo, la amiga que trajo no se asemejaba en nada a ella, al menos físicamente, porque de cabeza eran casi clavadas, con el mismo mal humor y con una lentitud para procesar comprensión de ironía y pillería. No estaba gorda, pero iba algo entrada en carnes, con unos jamones dignos de medir y con una delantera a punto de explotar. Además, tenía el pelo rizado y pecas se esparcían por sus mofletes rubicundos y abultados. Sus ojos, pequeños, eran quizá lo más atractivo de ella, de un verde oliva que relucía un tanto cuando la mirabas.

Se llamaba Adelia y contaba veintidós primaveras.

Tanto Eric como David la conocieron dentro del coche, y aunque a ellos les apeteció saludarla con dos besos ella no movió ni un sola parte de su cuerpo, tan sólo los labios, para abrirlos y sacar un escueto <<hola>>. A raíz de esa acción, Eric infirió que la tarde se alargaría interminablemente. Por fortuna, se equivocó, de cabo a rabo. Aparentemente, Carla no se mostró tan arisca como el día anterior, e incluso parecía haberlo perdonado por lo de la llamada engañosa. Eso permitió que, debido a su gran conexión con Adelia, la salida fuese amena, si bien esta chica expresó muy poco, y muchas veces forzadamente.

El humor dicharachero de David, en cambio, ayudó a que Carla y él mismo conectasen al poco tiempo. Cuando ella se metió en el parking del único gran centro comercial de la ciudad de Lartos y abandonaron el coche, algunas de sus bromas encontraron su recompensa en Carla, a quien le cayeron en gracia. Eric los observó con algo de estupefacción, pues David no se soltaba tan fácilmente. También observó a Adelia, quien, bien pegada a su amiga, no dijo ni mu, ahí, con su rostro serio y mirada al frente, cual un toro que se dispone a embestir a todo aquel que se cruce en su camino.

Ese silencio le chocó bastante, hasta el punto de sentirse molesto o de dudar si ella guardaba algo contra él. Pero luego reflexionó y se aseguró que sería arisca y huraña por naturaleza, ya que con David actuó exactamente de la misma forma. Intentó evitarla lo máximo posible. No obstante, Carla apenas le prestó atención, y casi que notó cómo la soledad entre sus carnes le roía. Habló poco, intervino muy poco. De hecho, a David y Carla poco pareció importarles. Entristecido, se limitó a escucharles, a acompañarles y a contestar lo que le preguntaban, sin enrollarse.

Hubo un momento, empero, que todo cambió un poco. David y Carla necesitaban imperiosamente ir al lavabo, y aunque en un primer momento Eric se planteó acompañar a David, recordó cómo casi le había apartado durante todo ese sábado bromeando con Carla y se quedó fuera. Adelia, por su parte, respondió a una llamada, aunque conversó poco rato, y cuando ya cortó no tenía sentido pasarse por el lavabo para acompañar a Carla. Así que, en consecuencia, ambos permanecieron uno cerca del otro mirando a todos partes menos a ellos mismos. Mas para Eric siempre le resultaba un momento muy difícil.

–                           ¿De qué conoces a Carla? – rompió el hielo.

Ella esbozó una cara de <<no me creo que me estés hablando>>.

–                           Vamos a la misma universidad.

–                           ¿Qué estudias? Porque ella no me lo ha dicho.

–                           Relaciones Internacionales. ¿Y tú?

–                           Yo ya acabé la carrera. Arquitectura.

–                           Ah. Guapo, ¿no?

–                           Sí si trabajase.

–                           Los inicios son difíciles – le consoló con una mirada cándida, aunque exenta de dulzura.

–                           Vaya que si lo son.

Carla y David regresaron prácticamente a la vez. Ahora a Eric ya no pareció molestarles su presencia. Se colocó al lado de Adelia. Esperó hasta entrar a alguna tienda para entablar una conversación, ya que ella no mostraba mucho interés en la ropa ni en comprarse nada. A cada cosa que él le comentó ella se mostró un pelín más receptiva, aunque en ningún momento fue para tirar cohetes. En prácticamente la totalidad de las conversaciones hablaron sobre trivialidades, hasta que arribaron a un momento crucial.

–                           ¿Sabes qué? – le confesó –. Conozco a tu hermana.

–                           ¿A mi hermana? Pues os lleváis bastantes años para que la conozcas…

–                           Bueno, he coincidido con ella en alguna ocasión. Mira, hace unas tres semanas si no me equivoco coincidimos.

–                           A través del hermano de Carla, ¿no?

–                           No, qué va. De una amiga en común. Creo que esta amiga conoce a tu amiga por una fiesta. Pero ya te digo: se ven cada dos tres.

–                           Quizá me suene su nombre. ¿Cómo se llama?

–                           Martina.

–                           Ah, pues no me suena. ¿Y qué vais, de compras juntas o a cenar?

–                           A cenar, sí. Alguna vez a la disco.

–                           Pero habrás visto entonces a su novio, ¿no? A Filipo.

Meneó la cabeza.

–                           Sé quién es Filipo porque he estado varias veces en su casa, pero jamás le he visto con mi hermana.

–                           Bueno, llevan poco saliendo. ¿Pero sabías al menos que estaban saliendo?

Una voz les gritó desde no muy lejos:

–                           ¡Eh, que nos vamos! – Era Carla. Alzaba dos bolsas grandes.

Se dirigieron a otra tienda, esta vez de zapatos. Carla puntualizó que necesitaba unos para las próximas noches de fiesta.

–                           No se cansa de comprar zapatos – le susurró Adelia a Eric al oído.

Pero a Eric los zapatos de Carla ni le iban ni le venían. Consiguió escaparse de la parejita y llevarse a Adelia aparte.

–                           Me has dicho antes que viste a mi hermana hace tres semanas. ¿No iba acompañada de Filipo?

–                           Ese día no.

–                           Mi madre me comentó que llevaba algo más de un mes saliendo con él, pero es que mi hermana es muy reservada y jamás cuenta sus relaciones.

–                           A ver, ya te digo: ese día vino ella con una tal Andrea.

–                           Sí, sé quién es.

–                           Pero ya está.

–                           ¿Y en las anteriores ocasiones tampoco?

–                           Ehm, sí, pero..,

De sopetón ella se vio como apurada. Sus ojos apuntaron a todas direcciones y su piel se ruborizó.

–                           No tengas miedo a contármelo. Necesito saberlo.

–                           Espera un segundo.

Ella se acercó a Carla y le soltó algo. Luego se giró y fue hasta Eric. Con la mano le pidió que le acompañase a la salida.

–                           Esto es difícil – empezó, una vez abandonaron la tienda –, espera… En las anteriores veces a ésta última, ya la había visto con otro chico. Sí, sí, no me pongas esa cara de incomprensión… Con otro chico, he dicho. Y eso no resultaría  un problema si no fuese por la persona con la que yo la había visto.

–                           ¿Y esa persona es…?

–                           ¿Conoces a la familia Brawn? ¿No? Pues deberías, porque se llevan a matar con la familia Fellini.

–                           Espera, espera, espera. Ayer me contaron que el padre de Carla y Filipo montó una cadena de restaurantes con un tal Robert y…

–                           Ése es Robert Brawn. Tiene un hijo que se llama igual: Robert.

Los ojos de Eric a punto estuvieron de explotar o de caerse al suelo. Desorientado, buscó algo con lo que aguantarse, y al final no se cayó porque Adelia actuó con rapidez y le asió por el brazo.

–                           Sentémonos en ese banco – sugirió.

Lentamente caminaron hasta un banco recién pintado en el que había dos viejos sentados observando el panorama. Ambos contemplaron a los dos jóvenes sin apartar la curiosidad. Éstos se sentaron en la otra punta del banco.

–                           Mi hermana… – Suspiró –. Y oye: ¿eso lo sabe Filipo?

–                           Pues no lo sé, pero supongo, porque el círculo de amigas de tu hermana no es pequeño y la gente sabía de sobra que estaba con Robert.

–                           ¿Pero estaban juntos?

–                           No, pero como si lo estuviesen. Se les veía muy juntos a todos los sitios. De hecho quedaban juntos para venirse con mi amiga, la que tenemos en común, Martina. Luego, bueno, dejaron de verse, y entonces apareció de repente eso de lo de Filipo. Aunque yo, aún, no los he visto juntos.

–                           Hombre, esta semana mismo fue a un hotel muy caro con él y el otro día cenó en su casa. Quizá no llegan ni al mes. Pero a ver: ¿por qué tanto secretismo? ¿Por qué me has llevado fuera?

–                           Por Carla. Todos los miembros de la familia Fellini rechinan los dientes casa vez que resuena el nombre de Brawn.

–                           Eso está muy bien, pero en la familia deben saber que salió con ese Robert.

–                           Me imagino que sí. Pero te aconsejo algo: no menciones su nombre delante de ningún Fellini.

–                           Especialmente el padre, ¿cierto?.

Carla y David salieron. Él cargaba con una bolsa. Ambos salieron sonrientes, riendo. Eric se los dibujó mentalmente juntos en una relación, y el dibujo pintaba muy bien. Podían conectar muchísimo, de hecho. No obstante, no visualizaba una relación muy larga, y más conociendo a David.

–                           Si lo llego a saber, os dejo que quedéis para un cine – expresó Carla.

–                           Nos hemos descubierto una conocida en común.

–                           ¿Ah sí? ¿Quién?

–                           Andrea – respondió Adelia –. No la conoces; no la has visto nunca.

–                           Ah.

Por lo visto, David se había contagiado del espíritu derrochador de Carla, y comentó que antes le había echado el ojo unos tejanos a los que ahora le apetecía mucho comprar. Eric procuró convencerle de que no, temiendo lo peor, pero Carla le motivó a ello, y ese día había quedado tan claro como el agua que Carla sería su psicóloga, por lo que Eric ni intentó insistir.

–                           ¿Y tú no vas a comprarte nada? – le inquirió Carla a Eric.

–                           Pues no, la verdad. Ya tengo muchas cosas en casa.

–                           ¡Pero si siempre hay que renovarse!

–                           Y me renuevo. Pero poco a poco.

Ella meneó la cabeza y desvió la mirada. A continuación se centró en David.

Eric se sumió en el silencio y así permaneció hasta que se adentraron en una tienda juvenil. El bullicio caldeaba el ambiente, y pese al espacio del local él se sintió asfixiado y apretado. Multitud de voces y gritos se entrecruzaban entre los maniquís y las prendas de ropa que campaban a sus anchas sobre mesitas bajas. Eric no soportaba días como ésos, cuando uno sólo tenía la intención de comprar una simple prenda de ropa y apenas se podía estar tranquilo y sin agobios. Comenzó a arrepentirse de haber quedado.

Alguien le tiró por detrás.

–                           Eh, una cosa – le comentó Adelia –. No se lo digas a Carla ni a tu hermana. A mí no me lo ha dicho nadie; sólo le he deducido.

–                           O sea que ni siquiera Carla te ha dicho que está saliendo con su hermano.

–                           No. Tampoco, bueno, habla de su hermano mayor ni de hermana mayor. Prefiere hablar de sus cosas y ya está.

–                           Sí, pero al menos un comentario. ¿No?

–                           No sé. Pero que quede entre tú y yo. Que aunque el odio que siente el padre por Robert no es nada comparable con el de Carla por esa familia, el padre se ha encargado todos estos años  de que sus hijos no sientan ningún aprecio por los Brawn.

–                           Dímelo a mí. Montar un cuadro enorme de una foto en la que salía ese tipo y recortarla descaradamente porque la foto le ponía cacho…

Ese último comentario extrajo una sonrisa de ella.

–                           Pareces un tío muy legal – opinó, entre profundos pensamientos –. Sí, tú eres de los que te callas.

–                           Lo intento – apuntilló sonriendo.

La conversación le dejó con muchas preguntas, mas vio inviable aclararlas avasallando a más preguntas a Adelia. Básicamente, se echaría a repetir lo ya dicho, y no tenía sentido repetirlo. Por consiguiente, no se hizo más pesado.

–                           Que Eric no compre nada, se entiende. Poco, pero se entiende: es un tío. ¡Pero tú Adelia! No has comprado absolutamente nada.

–                           Pues no – encogiéndose de hombros –. Si traigo algo más a casa mi madre literalmente me mata.

–                           ¡Bah!

Casi tocaban las ocho. Los distintos paseos del centro comercial – porque estaba distribuido por plantas y se hallaba al descubierto, sin techo, con madera como suelo como en muchos puertos para cruzar un pequeño canal de agua – se encontraban atestados de gente. Todos con bolsas, toqueteando sus móviles nuevos de trinca (móviles caros, caros), andando a paso de tortuga, vistiendo con ropas extravagantes o vistiendo ligeramente. Eric y los demás sólo se dedicaron a sortear las decenas de personas que merodeaban, hasta que prácticamente se hartaron y se sentaron en unos bancos (seis en total) colocados de forma que formaban un círculo entre ellos.

Se pusieron a dialogar, pero al cabo de poco la conversación fue apagándose y todos se concienciaron de que necesitaban una nueva actividad para que ninguno de ellos declarase querer regresar a casa. Carla y David propusieron cenar, que ya que estaban allí no iban a volver, cuando además era sábado. A Eric no le apeteció, pues su cabeza era un hervidero de ideas y enigmas; a Adelia tampoco. Ninguno de ellos dos, sin embargo, tuvo el valor y las narices para oponerse, así que un cuarto de hora más tarde se alzaban en el centro de una plaza que en pocos meses se convertiría en una no muy grande pista de hielo, eligiendo dónde comer. Como Eric y Adelia opinaron que les daba igual, Carla tomó el timón y escogió un local de pasta.

Ésa fue la primera vez que Eric pisaba un restaurante sin la sensación de que debería reservarse por los precios altos y pedir lo justo. Si bien sus ánimos colgaban algo decaídos, de golpe los bolsillos le pesaron al entrar. Inmediatamente se culpabilizó por sentir algo así. Ese dinero no era más que basura, ese dinero regalado que no quería pero que había gastado y que seguía gastando. Cada vez que lo tocaba, el tacto grasiento y frío de los billetes le provocaba nauseas. Esa noche llevaría como unos diez billetes. ¡Como para no faltarle!

Una vez sentados y ordenados los platos, platicaron. Cuando en un momento dado el silencio se instauró en la mesa, Eric lo quebró preguntando con aparente inocencia:

–                           Una pregunta, Carla. ¿Acaso sabes cuánto llevan saliendo mi hermana y tu hermano?

Ella levantó las cejas y apuntó los ojos hacia el techo, en claro indicio de estar dándole al coco.

–                           ¿Tres semanas? ¿Un mes? No creo que mucho más. ¿Por?

–                           No, por nada en especial. – Un camarero se les acercó para servirlos los platos –. Simplemente le estaba dando vueltas al asunto y, bueno, mi hermana es muy reservada.

–                           Bueno, no te creas que mi hermano habla mucho. Él ha hablado de ella lo justo. Ha hablado de ti, de sus estudios, y de cómo vive. Pero nada más. Ni antiguos novios, ni rolletes, ni aventuras,… Nada que tenga que ver con ella más allá de lo puramente necesario saber.

–                           Y tú te has puesto a indagar, ¿verdad? – intervino David, con comida en la boca.

–                           No te creas – dijo ella masticando –. Me importa bien poco con quién haya salido.

En un momento de disimulo Eric y Adelia se miraron, un poco estupefactos.

–                           Eso está bien – opinó David, entre risas.

No tardaron mucho en comer. David y Eric jalaron con más hambre que el que se perdió en una isla, mientras que las chicas no se terminaron el plato, Adelia ingiriendo un poco más que su amiga. No se demoraron mucho y pagaron. Al pisar fuera el frío les azotó con cierta fuerza. Carla principió a tiritar y se agarró bien fuerte a Adelia, quien también tiritó. David aprovechó el momento para hacerse el fortachón y sacar pecho; Eric, por el contrario, pasó de tantas tonterías y observó a todos.

–                           ¿Y ahora qué? – soltó Carla. Movía los pies de un lado a otro.

–                           Ahora fiesta – dijo David muy en plan fiestero.

–                           Yo paso – terció Adelia.

Carla protestó. Adelia, de todos modos, se mantuvo firme en su decisión y no cedió ni un ápice. Carla se quejó cual una niña pequeña y buscó apoyo en David, quien más bien parecía interesado en quedar a solas con Carla.

–                           Oye, ¿y por qué no salís vosotros dos? – propuso Eric.

–                           ¿Nosotros dos? – se señalaron y se sorprendieron al unísono.

–                           ¿Por qué no? – dijeron también al unísono Eric y Adelia.

–                           Ah, claro – dedujo Carla –. Lo que vosotros queréis es estar los dos solitos.

–                           Hombre, a mi me gustaría ir a casa. Estoy bastante cansada y hoy me he despertado muy pronto

–                           Aburrida.

Adelia se encogió de hombros, sin fuerzas para contestar.

–                           ¿Tú tampoco? – le inquirió Carla a Eric.

–                           No – esbozando una cara de disgusto.

David le estaba observando. No se pronunció, pero su gesto para Eric lo transmitía todo. La preocupación en las facciones de su rostro se hacía notar.

–                           Tú qué dices, David. ¿Para casa?

–                           Puedo hacer unas llamadas.

–                           Hazlas mientras vamos para el coche.

Sacó el móvil y se puso manos a la obra. Ninguno de ellos le esperó a que efectuase la primera llamada, sino que caminaron hacia el parking. Ya bajando por las escaleras mecánicas, el móvil de Eric anunció la llegada de un mensaje con un estruendoso sonido roquero. Todos menos David le dirigieron la mirada. ¿Quién podía ser?, se extrañó. Sacó el móvil y leyó…

La poca gente que ya merodeaba por ahí – puesto que o bien la gente se había marchado por falta de tiendas abiertas o bien porque la gente estaba sentada en unos de los restaurantes, bares o servicios de comida rápida que se ofrecían en toda esa vasta área comercial – exageró el sonido leve de aspiración de aire de Eric cuando terminó  de leer el mensaje. Atónito, lo leyó como otras dos veces. Se quedó mudo.

–                           Eric, ¡qué cara! ¿Alguna mala noticia?

Él no abrió la boca. Carla, quien le había formulado la pregunta, lo contempló, expectante. Esperó a que llegaran abajo de las escaleras mecánicas para insistir.

–                           Nada, nada. Cosas muy personales.

–                           Últimamente tienes cosas muy personales – chinchó David.

–                           Como todos – replicó molesto.

Eric se fijó en David. Tenía los ojos pegados en el móvil, buscando números en la agenda. <<Son casi las únicas palabras que me has dirigido en toda la noche. Bravo…>>

Las chicas le contemplaron con cierta curiosidad, mas la falta de confianza y de conocimiento de la personalidad provocaron en ellas que no indagaran con más  preguntas.

–                           Cosas estúpidas de mi madre – se inventó.

–                           ¿Tú también tienes una madre gilipollas?

–                           Hombre, la tuya ayer me cayó muy bien.

–                           Pues vente a vivir con nosotros y ya verás.

Caminaron hasta el coche, que prácticamente descansaba sin ningún coche alrededor. La voz de David resonaba por todo el aparcamiento subterráneo mientras hablaba con el móvil en la oreja.

–                           ¿Alguna vez te han intentado robar el coche? – se interesó Eric.

–                           Afortunadamente, no. A ver: yo procuro aparcarlo en sitios donde hay muchos coches. Casi nunca le he dejado solo, y menos en plena ciudad y a cielo abierto. Cuando salgo a sitios donde sé que habrán muchos coches como hoy, llevo esto tipo de coches, los que molan un montón. En días que paso por la ciudad me traigo otro más sencillito y simplón.

–                           Bien hecho.

–                           ¡Es que esta Carla es tan inteligente! – exclamó Adelia puerilmente.

–                           Ya sé que todos me queréis. Gracias, gracias. – Y su rostro enrojeció.

Con el mando tocó un botón del mando y el coche se encendió con un doble ruidito – ¡pim! ¡pim! -, y con un doble alumbramiento de los faros. Se metieron dentro. David aún seguía hablando.

–                           Vámonos, chicos y chicas – anunció Carla.

Puso el coche en marcha, con un runrún que rugió con mucha potencia.

Cuando David terminó de hablar, comentó a Carla que dos de los cuatro a los que había llamado aún no habían quedado y que tenían ganas de salir. Le comentó también que en un cuarto de hora les confirmaría si se quedaba o si no. Él la miró, a la espera de una respuesta o de una propuesta. Ella ni propuso ni respondió nada. Se limitó a decir que cuando dejasen a Eric y Adelia en casa, que ya lo debatirían. Él estuvo de acuerdo.

Transcurrieron un par de minutos en silencio. Ella pareció hartarse de tanta quietud y subió el volumen de la música hasta límites inaguantables. ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom! Ninguno de ellos se tapó las orejas; todos estaban más que acostumbrados a soportar la música a toda pastilla, especialmente en días de disco y fiesta. Eric agradeció muchísimo tanto volumen, puesto que eso le aliviaba, y aliviaba significaba callarse y no revelar secretos. Le pesaba el alma, y la mente… Le punzaba como cuando uno paseaba por el bosque y, subiendo una cuesta, se aferraba a lo primero que veía y se topaba con pinchos. Estaba algo deprimido en verdad. Con la mejilla izquierda apoyada en el puño izquierdo, probó de apreciar el paisaje tras la ventanilla pero Carla conducía a la velocidad de rayo, circunstancia que casi le mareó. Su cabeza le daba vueltas. El mensaje del móvil rondaba su cabeza, una y otra vez, como una noria. Necesitaba una pastilla.

Desbloqueó el móvil y volvió a echar un vistazo al mensaje. ¿Cuántas veces lo había leído ya? ¿Veinte? Por el rabillo del ojo le dio el pálpito de que Adelia le observaba. ¡Cuánto le apeteció pegar un grito al aire y explicárselo a ella, y a David! Mas no podía ser…

<<Mañana a las 3 preséntate a la calle Marqués, al lado de un tienda de chucherías. Está muy cerca de la disco Riviera. Tenemos que hablar muy seriamente. No llegues tarde.>>

Tenemos que hablar muy seriamente. Esa frase se la había dicho su madre de pequeño muchas veces, y cuando se la había dicho le había señalado con el dedo, moviéndolo arriba y abajo, como cuando se le regaña a un perro con un <<¡eso no se hace, perro malo!>>. Posteriormente, en efecto, a solas su madre le había enviado a su cuarto regañándole con más ferocidad que una tormenta intensa de verano. Ahora se lo decían los malos, los mafiosos. No podía tratarse de nada bueno si había que hablar muy seriamente. Es que no sólo seriamente, sino ¡muy seriamente!

Todas las agallas que él había creído haber acopiado en los últimos días se habían desintegrado y prácticamente «fundido». Se sentía cual un niño pequeño por la noche cuando se pegaba a la pared con el temor de que el monstruo de debajo de la cama apareciese para llevárselo al mundo de los monstruos. No se había meado en los pantalones, pero no le cogería por sorpresa si cuando se desvistiese se descubría una mancha amarilla y apestosa en los calzoncillos.

Primero dejaron a Adelia, quien resultó que vivía relativamente cerca de Eric. Éste, aprovechando la afinidad y la distensión del momento, se coló por la puerta de salida argumentando que ya les dejaba en paz para que se montasen sus planes. Carla dijo una vez que ya lo llevaba, pero él se negó. David no dijo nada. Eric se despidió de Carla y chocó manos con David, muy fríamente. Y antes de que David cerrase la portezuela, le recordó a Carla que detrás tenía el esbozo para su padre.

–                           A Carla le revienta no dejar la gente a su puerta – le confesó Adelia una vez el coche avanzó y se alejó.

–                           Pues ha insistido mucho, ¿eh?

–                           Aún no te tiene confianza.

Ella sacó las llaves, las cuales tintinearon con el movimiento. Había un anillo que juntaba muchas llaves. Al menos allí habría como más de siete llaves juntas.

–                           Oye, pues un placer conocerte.

Ya su rostro no estaba tan sombrío como antes. Al menos ahora trasparentaba más alegría, aunque no demasiada. No obstante, a él ya le bastaba.

–                           Igualmente. A ver si nos vemos la semana que viene.

Se besaron dos veces, una vez en cada mejilla. Eric olió un perfume muy dulce y atrayente.

–                           Pues ya nos veremos – finalizó él, dándose la vuelta.

–                           Una cosa.

Eric se quedó a un cuarto de vuelta.

–                           Ese mensaje no era de tu madre, ¿verdad?

–                           Claro que era mi madre.

–                           No. Si no hubieras puesto otra cara.

–                           ¿Y qué cara he puesto?

–                           No sé. De miedo. Y no creo que tu madre te dé miedo.

–                           Podrías llevarte una sorpresa, chica. Gracias por preocuparte, pero no es nada. ¡Adiós!

–                           Eh… adiós, adiós…

Él cortó cualquier opción de que le sonsacara información. Inició la caminata al trote prácticamente, sin volver la vista atrás.

Al final casi corrió hasta abrir su portal. Jadeando, corrió también por las escaleras, como si se le estuviese persiguiendo. Cuando se halló frente a la puerta de su casa, le temblaban las piernas. Sudaba… Ahora, cuando se metiese en la cama, soltaría todos sus miedos y sus peores temores y le ocurriría de todo menos bueno. No estaba preparado, no estaba nada preparado. Pero vaya, abrió la puerta y se adentró al comedor.

Allí, sin que se lo esperase, se encontró a su madre recostada en el sofá. La distinguió por pura suerte, ya que no había ninguna luz encendida.

–                           ¿Mamá?

La silueta con forma humana se movió. Lo que pareció ser una cabeza se separó del brazo del sofá y se alzó. Una respiración poderosa pero entrecortada se oyó a continuación.

–                           Hola, Eric. Estaba dormitando.

–                           Ay, perdona.

–                           No pasa nada. – Se irguió. Presto, a Eric le pareció que se rascaba la cabeza mientras emitía ruidos de sueño y cansancio –. Esta tarde me ha pasado una cosa rarísima.

–                           ¿Qué?

–                           Un coche azul me ha estado como siguiendo todo el día. ¿No vimos desde el balcón un coche del mismo color cuando tu hermana vino a cenar?

La oscuridad del piso le ocultó a la madre de Eric el rostro desfigurado y asustado de éste.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Sexto capítulo Novela Negra

VI

 

–                           Mamá, me voy a dar una vuelta.

–                           ¿A estas horas? ¡Si son casi las once! Además, hace ya un frío tan tarde…

–                           No hace aún frío, exagerada. Necesito ideas.

–                           ¿Has hecho ya lo que te han pedido los ricachones?

–                           Sí, pero voy a ver si se me ocurre algo más.

–                           Tú ráscate la cabeza y que te vengan muy buenas ideas. ¡Que necesitamos el dinero!

–                           Sí, mamá – dijo, cansado –. Ahora vuelvo.

Su madre le despidió y añadió algo más, pero apenas pudo entenderlo, puesto que ella lo pronunció justo cuando él cerraba la puerta. A punto estuvo de pedirle que repitiese pero se dijo que daba igual. Así, igualmente, no se arriesgaba a fallarla.

Gracias a Dios que había cogido una chaqueta. Cuando pisó la calle una fría brisa le azotó por todas partes, de pies a cabeza, e inmediatamente se puso la chaqueta. Curiosamente, se echó a andar y a las pocas personas con las que se cruzó se las encontró de la misma forma: cabeza gacha, abrazados a sí mismos, en manga corta y moviéndose casi al trote. Eric se sonrió cada vez que se cruzó con alguien así. ¡Le recordaban cuán afortunado había sido!

Poco más de cinco minutos andando llegó a su coche, aparcado junto a un solar, algo abandonado. Allí normalmente aparcaban pocos coches, por miedo a que se los reventaran, pero Eric era consciente de que normalmente esperaban a la medianoche para salir y probar suerte. Comprobó de todos modos si el coche había sufrido algún daño o si habían intentado abrirlo. Estaba intacto.

Entró. Encendió el coche y todo de luces se encendieron. A él le daba muy mala espina que el Manitas hubiera manoseado su coche. ¡Fijo que lo había trastocado hasta límites inalcanzables! Pero eso no resultaría un problema. Lo descubriría.

Condujo. De camino a allí hacia donde se dirigía echó algún que otro vistazo al detector de maderos. Mostraba las calles por las que pasaba, pero también salían puntos rojos. Él suponía que esos puntos rojos indicaban la presencia de policías. Cuando esos puntos rojos estaban a poco más de cien metros de distancia el aparato rompía a emitir un pi-pi-pi leve que podía llegar a desesperar a cualquiera. Por más que había probado apagarlo no había encontrado la forma, tan sólo apagando el motor.

Al cabo de pocos minutos se percató de que le seguían. Era el dichoso coche azul del día anterior y del anterior a éste. ¡Se le había pasado por completo que le seguían! Enervándose un poco, probó de despistarlo, aunque le resultó en vano. Después de recorrer calles porque sí y de probar suerte con los semáforos, tomó la resolución de dejarse seguir.

–                           Un día te engañaré, hijo de puta – se prometió, mirando por el retrovisor central.

<<El muy hijo de su madre ya no se esconde. Ahora descaradamente se pone detrás de mí. El Manitas le habrá dicho algo al Hombre de Negro y éste habrá mandado sus órdenes para que me vigilen de más cerca. Así que eso es lo que quieren, ¿no? Jugaremos entonces. Jugaremos.>>

Aparentando normalidad, aparcó frente a una casa vieja situada prácticamente a las afueras de la ciudad, en aquellas calles donde se podía aparcar por doquier y en el que si ocurrían robos uno casi ni se enteraba. Eran zonas tranquilas, zonas donde escuchaba voces de niños jugando y corriendo por la tarde pero que por la noche el sitio restaba desierto. Eric siempre había deseado vivir ahí, mas a medida que había crecido se había dado cuenta de lo peligroso que podía ser vivir ahí. Aun así, cada vez que merodeaba por esos páramos su corazón se hinchaba de calma y paz.

El coche azul pasó de largo y dobló la esquina. Eric supo que no era más que una treta. En cuestión de un par de minutos reaparecería por ahí y se situaría relativamente cerca, aprovechando la falta de luz para observar. Sin embargo, esos minutos le bastarían para esconderlo. Sacó el móvil y efectuó una llamada.

–                           ¿Sí?

–                           Hola Marcos, soy Eric. Necesito que me ayudes, y es urgente.

–                           Dime, dime.

–                           Estoy frente a la puerta de tu casa. Ábreme rápido el garaje, porfa.

–                           Voy.

–                           Y cierra todas las luces de la casa también.

Esta vez sí salió del coche y fue hasta la verja junto a la puerta de entrada de esa casa vieja de dos plantas. Tanteando con la mano, dio con el mango y abrió la verja. Ay, ¡cuántas veces había hecho eso! En fracciones de segundo miles de imágenes le asediaron, todas ellas mostrando momentos en que junto a Marcos habían entrado de incógnito a la casa de éste, a altas horas de la noche. Pero meneó la cabeza rápidamente: no había tiempo que perder.

Una vez abierta la verja, se metió en el coche. Justo cuando lo puso en marcha el garaje se abrió. Tras él surgió un chico espigado y alto con muy poco pelo, vestido con ropa de deportista de baloncesto. Sin causar mucho ruido metió el coche dentro del garaje y, a través de la ventanilla abierta, le indicó que cerrase la verja y el garaje, pero que tuviese cuidado de que ningún coche azul le pillase. Marcos obedeció. Y lo hizo a la maravilla, tal como le había tenido acostumbrado durante todas aquellos años de profunda amistad.

–                           ¡Pero tío! ¿ qué tantas prisas? ¿Te persigue un fantasma o qué?

–                           Mejor no preguntes – le aconsejó cerrando la portezuela del coche y apagando las luces del garaje.

–                           ¡Eh!

–                           ¡Sh! Silencio, porfa. Oye, están tus viejos en casa.

Marcos se rió.

–                           Pues vayamos arriba, pero que apenas haya alguna luz encendida.

–                           A la orden, mi capitán.

Abandonaron el garaje y se encaminaron hacia el comedor. Eric había pasado por su casa a oscuras en multitud de ocasiones, por lo que no fue de extrañar que en ningún momento hicieran uso de ningún interruptor de luz. Eric se paró en el centro del comedor pero Marcos le susurró que fueran hasta la cocina. Allí él encendió una lámpara. Ambos se sentaron en taburetes.

–                           ¿Me dirás de una puta vez por qué tanto secretismo?

–                           Eh, tranqui. Todo a su tiempo. ¿Te acuerdas que me debías una?

Marcos aparentó reflexionar, pero Eric sabía que le debía una.

–                           Deja de pensar, anda. Necesito que me hagas un gran favor.

–                           A ver, ¿qué pasa ahora?

–                           Ese coche, el que te he metido.

–                           Sí.

–                           Necesito que te lo quedes y  que le eches un vistazo.

–                           ¿Enfermo? – se mofó.

–                           Digamos que intoxicado. Mira, ahora mismo no tengo tiempo de explicarte nada. Sólo hazme este favor, por todos nuestros muertos. Estoy en un gran apuro y creo que le han metido mucha mierda en el coche.

–                           ¿Plantas?

–                           No, no. Mira, unos tipos quieren que haga algo y me han obligado a comprar un coche y un gilipollas me lo ha estado tocando. Verás que tiene como un GPS junto a la guantera, justo donde la música. Pero me parece que le ha metido algo para seguirme. Confírmamelo, porfa.

–                           No me matarán en chirona, ¿no?

–                           No ha sido robado ni nada por el estilo. Pero estaría bien que actuaras con discreción y no hicieses ninguna locura.

–                           ¿En qué mierda te has metido?

–                           En una muy gorda, y no tengo la culpa. Pero saldré de esta. Oye, sólo te pido que mañana me lo mires y que me cuentes a ver qué. Luego me lo llevo. No es demasiado pedir. Además, a ti te chiflan los coches.

–                           Sí, pero… No quiero que nadie me enchufle una pistola en la boca.

Eric rió por lo bajini.

–                           Nadie te hará nada, te lo garantizo.

–                           Palabra de porreta.

–                           Palabra de porreta.

Y cariñosamente se golpearon con los nudillos de las manos.

–                           Voy a hacer una llamada. Perdona que vaya con tanta prisa y tal pero el tipo del coche azul merodea cerca.

–                           ¿Alguien se te quiere cargar?

–                           No, sólo me sigue. Pero he logrado despistarle.

Eric no distinguió las fracciones del rostro menudito y ovalado de Marcos, mas se lo imaginó observándolo con cara de <<este se ha fumado algo>>. No podía culparle de tal pensamiento.

–                           Llamo un segundo.

–                           Chachi.

Eric se puso en pie y abandonó la cocina. Marcos permaneció en el taburete, persiguiéndolo con la mirada, alumbrado sólo por una lámpara que le confería una imagen siniestra.

–                           ¿Eric?

–                           Ey, David. ¿Cómo vamos?

–                           ¿Yo bien? ¿Y tú? Me tienes preocupado  con lo que me contaste el otro día. – Entonces susurró –: Tío, ahora ando acojonado por la calle.

–                           Si no haces más que lo que te pido, no te pasará nada. Oye, necesito tu ayuda.

–                           Vaya, ahora sí que estoy muerto.

–                           ¡Sh!

–                           Ahora me dirás que sólo será este favor y ya está, pero más tarde vendrán más favores… Joder, ¿qué es?

–                           Venme a buscar y llévame a casa.

–                           ¡¿Sólo eso?!

–                           Sí, claro. En ningún momento he asegurado que se trataba de algo chungo. ¡Eso sí! Deberás moverte con sigilo.

–                           ¡Si ya sabía yo, me cago en la puta! Creo que el que te mataré seré yo. ¡Vaya si te reventaré los sesos! Joder, ¿dónde estás?

–                           En casa de Marcos.

–                           ¿En casa de ese drogado? Tío, ya sabes cuánta mierda lleva en sus venas. ¿Qué haces en su casa? Tío, que cuentan ahora que mata animales y los quema en su propia casa cuando no están sus viejos.

–                           Chorradas. Bueno, escúchame atentamente: no quiero que me vengas a buscar a su misma calle, sino dos calles más para allá. ¿Sabes la gran avenida esa donde solemos comprar los crusanitos? Pues espérame en el cruce  de la calle de al lado.

–                           Seguro que no me lo dirás, ¿pero por qué coño no en la misma calle?

–                           No te lo diré.

Y apenas le dejó tiempo para quejidos y lamentos. Colgó con un leve y rápido adiós. Acto seguido regresó a la cocina.

–                           Ten – y lanzó unos cuantos billetes sobre el mármol con forma rectangular en el cual se ajuntaba la familia para almorzar.

–                           ¿Y esto?

–                           Por todas las molestias y por el tiempo que te vas a tomar. Si mañana me pillas en gracia caerá algo más.

–                           Chachi.

De nuevo levantó el brazo y cerró el puño, buscando que Eric le imitase y sus nudillos chocasen. Años atrás lo habían usado una gran cantidad de veces cuando habían hecho trastadas o cuando un secreto no podía ser desvelado. Eric le contempló unos segundos, sin levantar el puño. Luego le entró una añoranza en los ojos y puso los nudillos.

–                           Mañana con la calma me lo chivas.

–                           Sí. ¿Me mirarás el coche?

–                           De arriba abajo. – Hurgó la mano en el bolsillo y extrajo una bolsa con chocolate en su interior –. ¿Te fumas un poco?

–                           Paso. Ya esa mierda no va conmigo. Oye, debo irme. ¿Puedes asomarte a la ventana y chivarme si hay un puto azul ahí aparcado?

–                           Arreando. – Se aproximó a la ventana del comedor, que daba a un balcón que mostraba la calle deshabitada de coches aparcados –. Pues no veo nada. Ehm… Sí, ahí en la esquina. Me parece que está ahí. ¿Lo asusto?

–                           ¡No! ¡No!  Sería lo último que harías en tu vida.

Marcos se rió, como quien se ríe despreocupadamente. Se alejó del ventanal.

–                           Mañana nos vemos.

–                           Sí, mañana.

Sin encender ningún interruptor, se abrió camino hacia una puerta trasera. Madre mía, ¡cuántas veces había salido de ahí a hurtadillas por esa puerta! Salió de la cocina y del comedor y cruzó el pasillo que conectaba con un baño y con dicha puerta. Abrió enturbiando el silencio en lo más mínimo. Cerró con mucha precaución.

Miró a un lado y a otro con el corazón en vilo. Cruzó el pequeño jardín trasero que tenían y sobrepasó la verja de madera trepando. Volvió a mirar a ambos lados. Jaleando, saltó a la acera y cruzó la calle como alma que lleva el diablo. Se acuclilló, aprovechando la presencia de coches. Nada. Ni un solo movimiento, sólo el de un borracho entonando una canción desafinadamente a la distancia. Sin jamás erguirse caminó cual un pato hasta la esquina. Al alcanzarla, tornó a inspeccionar la calle y salió con un petardo en el culo.

Nadie se cruzó en su camino. Nadie gritó su nombre. Nadie constató en su presencia allí en esas calles silenciosas donde muchos, encerrados en casa, veían los últimos coletazos de la televisión del día o bien se iban a dormir ya. La escasez de farolas le ayudó a pasar prácticamente desapercibido. Tras tres minutos o así, arribó a su destino. El coche de Eric aún no estaba ahí. Se irguió y se colocó junto a la persiana del local donde vendían bollería.

Comenzó a lloviznar. Las primeras gotas le golpearon en la cabeza, en la frente y en los brazos. Comenzó a refrescar también. Si bien su cuerpo estaba caliente por la tensión del momento, notó un frío que le incomodó. Se puso a balancearse ligeramente de lado a lado mientras esperaba.

–                           Si lo llego a saber, salgo más tarde.

El cálculo le había salido tan mal, que llegó a esperar hasta cerca de un cuarto de hora. Durante todo ese tiempo se puso muy nervioso y se asustó mucho. En cualquier momento esperó la aparición del intrigante conductor del coche azul con pistola en mano. Afortunadamente no acaeció. Sin embargo, no pudo evitar exhalar un largo e interminable suspiro de alivio cuando vio el coche de Eric aparecer.

Miró a todas direcciones antes de meterse en el coche.

–                           Tío, tú y yo tenemos que hablar muy seriamente. ¿A qué viene tanto secretismo?

Eric se puso el cinturón de seguridad y miró al frente.

–                           Así que no vas a soltarme nada, ¿verdad? Genial.

Se adentró a la avenida y la recorrió. Pasó una rotonda y luego viró a la derecha. Apenas había tráfico, con lo que pudo conducir sin problemas ni atascos. Un semáforo, no obstante, le obligó a detenerse.

–                           Eres un cabrón. ¡Creo que me merezco una explicación! ¿O no lo crees? Te he venido a buscar. ¡Oye, quieres mirarme! Bueno, escúchame al menos.

–                           Te estoy escuchando.

–                           ¡Pues contesta!

–                           El semáforo está verde.

David miró al frente e hizo que no con la cabeza. Refunfuñó algunas palabras malsonantes y se maldijo a sí mismo.

–                           Esto no es justo. Seguro que me estoy arriesgando mi vida y aún no sé por qué estoy aquí.

Eric sacó aire.

–                           Ten un poquito de paciencia, por favor. Sólo eso. Podría contártelo, pero estoy segurísimo de que no te callarías y de que se lo chivarías a alguien. Es que es muy fuerte, David.

–                           ¿Y no soy tu amigo? ¡¿Para qué están los amigos si no?!

Eric percibió que la conducción plácida y tranquila de Marcos se había transformado radicalmente y ahora se había vuelto en una conducción más agresiva.

–                           Pero no es como siempre. No es que me haya peleado con alguien o haya robado a alguien. Se trata de algo muy serio, David, de algo que saldría en todos los periódicos y en todas las noticias.

–                           ¿Qué coño has hecho…?

–                           ¡Yo nada! Eso es lo bueno de todo, que yo no he hecho nada. Pero me ha caído como quien le cae a alguien una desgracia del cielo y tengo que apechugarme con ella.

–                           No me mientas.

–                           ¡No te miento! ¡De verdad que no te miento! Yo el martes me levanté en un sitio desconocido… ¡Me han tendido una trampa!

Otro semáforo en rojo. David frenó, entre resoplidos. Luego se llevó la mano a la frente y se tiró el pelo hacia atrás.

–                           He estado investigando eso que me preguntaste el otro día. No he podido averiguarlo, pero puedo darte una información que quizá te sirva. Bólido.

–                           ¿Bólido?

–                           Sí, Bólido. Jorge me ha dicho que el lunes tenías el pensamiento de ir a un tal Bólido.

–                           Bólido, Bólido, Bólido,… ¡Ah, claro! Es un bar. Tú nunca has estado.

–                           Pues eso. No puedo decirte más. La verdad es que nadie de los que te conozca más o menos tiene ni idea de lo que hiciste el lunes. Quizá no se lo dijiste a nadie.

–                           ¿Y cómo es que Jorge te ha mencionado el nombre de ese bar?

–                           Porque se lo mencionaste en una conversación. Ese mismo lunes. Se ve que coincidiste con él en el Messenger, nada, unos minutos, y que se lo dijiste.

–                           Ah.

–                           ¿De veras no te acuerdas de nada? ¡Finges muy bien!

Pensativo, Eric no abrió la boca. No valía la pena. Miró a través de la ventanilla, ya repleta de gotas que fluían rápidamente hacia un lado debido a la rapidez de la conducción. No se veía ni un alma, y ya los bares bajaban sus persianas. En los días entre semana no acostumbraba a estar a esas horas por la calle, pero ya era la segunda vez que lo hacía esa semana. Bostezó. Bostezó de cansancio, y no de aburrimiento, ya que su cabeza giró en torno a ese bar y a Jorge.

En medio de un leve sopor, se descubrió delante de su casa cuando David detuvo el coche. Puso el freno de mano. Eric deseó que no hubiese hecho eso, ya que implicaba una nueva charla.

–                           Tío, no puedes dejarme así… Dímelo. ¡Me harás que llame a un policía para que te siga!

–                           Que me siga. Pero luego que se atenga a la consecuencias.

–                           Ay… – suspiró –. Dime que no te pasará nada.

–                           Tranquilo, lo estoy llevando muy bien. Si para el viernes ya no me ves, entonces sí que puedes empezar a preocuparte.

Entonces abrió la portezuela, expresamente. No había sido casual esa última frase, al igual que la última frase en la otra ocasión que se habían visto. Anhelaba con mucha vehemencia contarle el problema, mas se concienciaba de que contárselo conllevaría una oleada de conflictos y quizá de asesinatos.

–                           Eh, tío, ¡espera!

Pero su sonido se truncó cuando Eric cerró la portezuela tras de sí. David estuvo en un tris de salir también, pero algo así como una estupefacción le mantuvo clavado en el asiento. Eric no se giró sino que siguió adelante y abrió el portal muy rápidamente. Presto cogió las escaleras.

Sin saberlo a ciencia cierta, le pareció que oía el sonido de un claxon.

Dentro de casa las luces estaban todas apagadas. Provocando el menor ruido posible, caminó de puntillas por el piso. Primero se quitó las zapatillas para evitar cualquier ruido y luego se puso el pijama. La cama le entonó una canción dulce de seducción, pero logró esquivarla y se pasó un momento por el balcón. David ya se había esfumado. Escrutó la calle entonces en busca del coche azul. Ni rastro.

–                           Bólido, bólido,… Bueno, ya preguntaré Jorge en cuanto pueda pillarlo.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Quinto capítulo Novela Negra

V

 

Su madre siempre le había implorado que estudiase duro para así obtener unas nóminas mensuales con unas cifras estratosféricas o, como mínimo, felizmente sorprendentes. Siempre se le quedaron grabadas en la cabeza aquellas palabras que su madre había pronunciado ante él y ante su hermana poco después del desastroso divorcio, haría como alrededor de quince años. Eran muy pequeños, y en un día en que la comida no les brindó un banquete muy tupido, ella les había hecho prometer que harían lo posible y más para brillar en la vida y para ganar lo que no estaba escrito. Eric siempre había pensado que el momento en que ella había pronunciado las palabras le había venido de perlas: hambre, sed, ahorro, soledad, silencio, privaciones,… Tanto en él como en su hermana se había marcado una cruz ardiente, además de una espada de Damocles que les había amenazado día tras día. Y ahora, quince años más tarde, parecía que ambos podían dar con el clavo, sin tener en cuenta la moralidad.

No obstante, su hermana le había ganado ventaja, y aparentemente sin tener que recurrir a tratos con macabros mafiosos.

Ya en plena mañana, algo avanzada, con el sol apuntando bien alto en el cielo, Eric estaba en el extensísimo terreno de la familia del novio de su hermana. Estaba completamente asombrado y patidifuso, admirando con deleite cada parcela. Giraba sobre sí mismo, intentando abarcarlo todo con la mirada. Boca abierta, pulsaciones a mil. Su mente no podía dar crédito. ¿De verdad alguien podía albergar tan exagerada e incontable suma de dinero?

Se había despertado con cierto titubeo a propósito de la visita a ese familia multimillonaria, pero a medida que se había ido despabilando se había ido convenciendo de que podía ser una gran oportunidad para él. Ignoraba si hacía bien o mal, de si el Hombre de Negro le castigaría si se enteraba (que se enteraría, segurísimo), pero quizá el riesgo valía la pena. Aun cargándose a su hermana, quizá pudiese mantener vínculos con los miembros de la familia de una forma u otra.

¿Aún cargándose a su hermana? A lo mejor se estaba excediendo un poco. No se cargaría a su hermana. ¡Ni siquiera siendo apuntado por el Hombre de Negro!

Pero ahora que estaba ahí, restregándose los ojos, una puñetera sensación le aseguró de que había hecho lo correcto.

Al final ni su hermana se había acordado de enviarle el mensaje ni le había ido a buscar el novio de ella. Lo mejor de todo es que él se había despertado pensando que todo había sido concretado ya con aquella llamada, habiéndolo olvidado por completo. Así que no le había sorprendido, tras desayunar y asearse bien, cuando habían picado alrededor de las diez de la mañana. Recogió las cosas con cierto nerviosismo y tiró a la basura una nota que su madre le había escrito, pidiéndole sentido común y deseándole toda la suerte del mundo en la visita. Al bajar descubrió un coche deportivo que debía costar un riñón con un hombre elegantemente vestido esperando junto a la portezuela del conductor. Sin tiempo de empacharse de la belleza del carro, ese hombre le ayudó a entrar y le llevó hasta el palacio. Hasta el más que impresionante palacio.

El hombre, seguramente algo así como un mayordomo, se había mostrado bastante lacónico y parco en palabras. Separado por un vidrio, en ningún momento se giró para mirarle, echarle un vistazo o simplemente comprobar que nada fuese mal. Alguna vez le comentó ciertos aspectos del caserón. Normas y tal. Eric tan sólo se quedó con el nombre de la familia: Fellini. A él el nombre le causó buenas sensaciones, y por un momento se imaginó formando parte de la familia. Eric Fellini. No sonaba mal…

Y así se había quedado hasta antes de llegar al sitio: hundido entre la tela suave y muy cómoda del asiento, ensoñando, con una sonrisa imborrable,…

A pesar de la ensoñación, se había fijado muy detalladamente en el camino que había tomado el mayordomo. Le vendría bien por si debía regresar en el futuro. Tras salir de la ciudad, habían recorrido una carretera falta de atractivo y con ciertos desperfectos. Una muy larga carretera. A los cinco minutos más o menos tomaron un desvío hacia la derecha y se adentraron a otro carretera, esta vez más estrecha y que prácticamente sólo permitía el paso de un coche. Luego el asfalto desapareció y todo se volvió guijarros, unos junto a los otros, todos bien conectados y formados, para permitir un viaje plácido. Este nuevo camino no pareció acabarse nunca, y casi se le cayeron los ojos. Pero tras varios robles y arbustos distinguió una verja que bien podía ser la entrada de un cine con multisalas. Eso le despertó de golpe, sin necesidad de desperezarse o pellizcarse. Principió a alucinar y desde ese momento sus ojos no descansaron.

Se apearon.

Bosque al principio y luego civilización. Así se había presentado “el terreno Fellini”. Traspasando la verja, más pulcra que un mueble recién pintado, uno “se enfrentaba” a toda una vasta extensión de terreno con flores, árboles, arbustos y animales. Eric se había cruzado con un perro, tan enorme como un oso, pero creyéndose que sería el único que pulularía por ahí luego se había topado con otro igual de grande, lo que le había hecho comprender que el lugar estaría atiborrado de perros. También había avistado algún que otro gato, tan huraños y solitarios como muchos otros gatos en el mundo. Pero los gatos a él ni le iban ni le venían.

–                           Detesto todo esto – le había confesado el mayordomo mientras recorrían el bosque –. Un día meterán un bicho más grande que tú y yo y acabaremos todos enterrados.

La verdad era que el mayordomo destacaba por su altura.

Finalmente, tras haber andado como cinco minutos, habían arribado a la civilización. En varias ocasiones, durante el trayecto, le había querido preguntar por qué habían detenido el coche y por qué tenían que cruzar la parte del bosque andando. Sin embargo, algo le cohibió. Básicamente porque estaba impresionado y sobreexcitado. Cuando ya se calmase, las preguntas saldrían por sí solas.

Así que tras dejar el bosque atrás Eric había contemplado otra grande verja, electrónica y atrapada entre dos muros altísimos con ladrillos de color granate. Una vez superada, desfilaron ante sus ojos multitud de objetos, de formas, de dibujos, de dinero,… Le asombró todo tanto que apenas percibió la cantidad de perros que se congregaron junto a sus piernas, con los rabos alzados y con miradas cándidas, ávidos por conocerle.

¿De verdad alguien podía albergar tan exagerada e incontable suma de dinero?

–                           Por favor, no se entretenga – le rogó el mayordomo, algo asustado de que tantos perros se hubiesen acercado al joven –. Al señor no le gusta que le hagan esperar.

–                           Sí, disculpe.

El mayordomo tomó la delantera y Eric se colocó detrás. A pesar de que le siguió, a cada paso que Eric dio el mayordomo dio doble. Inevitablemente Eric no pudo hacer caso de las palabras del mayordomo y, embelesado, se dejó cautivar por esa extensión de terreno repleta de excentricidades, diversiones y muestras de poderío económico: una piscina casi del tamaño de una casa, varios jacuzzis, un centro de cosmética, una pista de golf, estatuas,… Eric apenas dio crédito a lo que sus ojos apreciaron antes de pisar la propia mansión. De hecho, sólo se percató de la multitud de perros cuando pisó la pata de uno por accidente y se asustó al oír un ligero aullido. Quiso explorar todas y cada una de las parcelas del terreno, porque estuvo convencido de que tras todo lo que veía se escondían más cosas. Mas el mayordomo se lo impidió. Habiéndose retrasado, lo descubrió a lo alto de una escalinata, esperándolo con cierta impaciencia, con un rostro de disgusto. Corrió al trote hasta su posición y se disculpó de nuevo.

–                           Es normal – le exculpó –. Sólo un ciego no se entretendría.

Le acompañó hasta la entrada. El primer salón que se le presentó ante sí resultó anonadante. Seguramente permitiéndole que se empapase de toda esa belleza, el mayordomo se disculpó argumentando que iba en busca del dueño, y desapareció. Eric apenas le prestó atención: sus ojos se lanzaron de esquina a esquina, escrutando cada milímetro. Alfombra roja y muy suave escampada no sólo por ese salón de entrada sino seguramente por los salones colindantes; sillones, divanes y mesas de lujo que relucían con el sonido de un pequeño toque a un vidrio muy frágil; dos marcos de color oro y hiedras pegadas a las esquinas de los techos; una escalera de color gris/plata que se encorvaba hacia afuera. Todo le impresionó, pero hubo algo del que, una vez cazado con el ojo, no pudo abstenerse a mirar, y eso fue un cuadro gigante que prácticamente ocupaba un buen cuarto de la pared opuesta a la entrada principal. Se acercó y lo tocó con la yema de los dedos. Tal como había esperado, la textura le produjo una sensación placentera, que incluso le instó a sonreír. Le encantaba tocar la pintura; siempre le embriagaba con muy buenas sensaciones. La tocó varios minutos, y retiró la mano sin desearlo. El motivo de tal acción  la tuvo un chico que apareció junto a las escaleras. Él había retirado la mano justo en el momento en que ese chico, al que no había oído aproximarse, había pronunciado:

–                           Vaya, vaya.

Cuando alzó la vista y le pilló con la mirada, distinguió un chico medianamente alto (sería de su misma estatura), rubio, de tez bastante blanca. Tras pronunciar esas palabras procedió a bajar las escaleras, y fue entonces cuando además descubrió que estaba muy bien mudado (con camisa, pantalones y zapatos) y que su pelo estaba engominado (tirado hacia su lado izquierdo).

–                           Tú debes de ser Eric.

–                           Sí.

Le tendió la mano. Con una fuerza sobrenatural el chico ricachón le apretó la mano, y casi se la dejó inútil. Echó una mirada a sus brazos y lo vio fortachón. Un tipo de gimnasio, vaya. Aparte de eso, apreció que tenía algunas pecas pequeñas escampadas por los mofletes y que sus ojos eran tan azules como el cielo. Es atractivo, pensó, y entendió a la perfección por qué su hermana estaría saliendo con él. Más allá del dinero, el chico aparentemente se cuidaba muy bien.

–                           ¿Hace mucho que esperas? – preguntó. Hablaba pausadamente y su rostro desprendía calma y relajación.

–                           Qué va.

–                           Muy bien.

Eric perdió todo el interés en él y se centró en el cuadro. Lo tenía absorbido. Mostraba hasta seis miembros, además de una estatua pequeña en forma de oso que uno de los miembros – el mayor de todos, del que destacaba un bigote tupido – sostenía. Había dos hombres, una mujer, una chica, un niño y una niña. Todos se hallaban bien apretujados, como si les fueran a hacer una fotografía. Aunque el cuadro en sí le cautivaba, había algo que no le cuadraba y no sabía el qué…

El chico (¿Filipo era?) miró en la misma dirección que Eric.

–                           Mola, ¿eh? Tu hermana también se lo miró un buen rato. Ese de ahí soy yo – señaló. Su dedo apuntó al niño, quien estaba sentado entre la niña, a su izquierda, y el hombre del bigote, a su derecha –. Ahí estamos todos los de la familia.

–                           Los de la familia Fellini – terció un hombre mientras traspasaba una de la dos puertas laterales del salón, la opuesta a las escaleras, la que se hallaba a la izquierda  viniendo desde la puerta principal –. Una familia estupenda.

Dio dos palmadas, como aplaudiendo. Era calcado al que salía en el cuadro. Estatura mediana,  extremadamente delgado, con bigote, con la cabeza bien alta, con muy buen porte y con un bastón en la mano izquierda, de la que se ayudaba para andar. Iba más mudado que Filipo, con traje de arriba abajo y con una rosa pegada a la camisa blanca. Cuando lo observó andar, constató que andaba majestuosamente, cual un rey o una eminencia de un país muy importante. También constató que ese hombre habría pasado por muchas penurias y por mucho sufrimiento, y especialmente lo constató en su rostro, muy surcado por las arrugas pero que revelaba alguien que había vivido la infelicidad y la crueldad. Eric intuyó que no había vivido entre algodones desde que había nacido.

–                           Perdona que no haya dicho hola – se disculpó. Su voz era grave y muy pausada, como si se esmerase en escoger las palabras adecuadas –. Hola.

Le tendió la mano. Si el chico se había mostrado fuerte, su padre no se quedó corto. Eric gesticuló una mueca que ellos dos (más el mayordomo, que se había quedado parado a cierta distancia) atestiguaron pero a la que no hicieron comentario alguno. Cuando le soltó Eric quiso darse la vuelta y tocarse la mano, pero ni se movió.

–                           Este retrato es lo más bonito que he podido ver en mi vida. Nada de bobadas acerca de los cuadros esos en los museos más emblemáticos. Aquí se encuentra la belleza del arte. – Ejerció unos pasos hacia el cuadro –. La foto que nos hicieron es irrepetible. En cuanto la vi supe que debía inmortalizarla. Fue tras el bautizo de Carla. ¿Ves esta chiquilla? – señaló la que se hallaba a la esquina derecha, junto al Filipo de niño –. Esta niña tan guapa y maravillosa, que aún lo es por supuesto, celebraba su bautizo. Cuatro añitos tenía. Sí, cuatro añitos. Ay, padre, cómo pasa el tiempo.

Con un rápido vistazo distinguió una ligera coronilla en el cabello del padre de Filipo. Pero fue sólo un rápido vistazo: el cuadro le hipnotizó. Se fijó en cada uno de los miembros, sin dedicarles más tiempo a unos que otros. Algo no cuadraba, algo no cuadraba,… <<A ver: desde la derecha tenemos a la niña, luego a Filipo, su padre, una chica, de la que me supongo que será otra hermana de Filipo, una mujer y un hombre…>> Y cuando se detuvo en este último hombre, descubrió el motivo por el cual no le cuadraba. ¡Estaba recortado por la izquierda! Distinguió un dedo y un trozo de zapato, justo cuando ya se acababa el cuadro. Había otro tipo pegado al último hombre, un tipo al que habían eliminado. ¿Accidentalmente?

–                           La niña de la que te habla mi padre es mi hermana – detalló Filipo, aunque Eric ya había podido adivinarlo antes –. Ella estaba arriba hace nada. Si te quedas un rato luego, te enseño a la familia, o parte de ella.

–                           No hay mucho tiempo – expresó el padre lacónicamente, con enojo en la voz.

–                           Perdón.

–                           Un segundo – terció Eric –. ¿Me permite una pregunta?

El padre enarcó una ceja. Le echó una mirada desafiante mientras se atusaba el bigote. El hombre se asemejó más que nunca a un dictador.

–                           Una pregunta.

–                           ¿Falta una persona en ese cuadro? Lo digo porque por aquí – señalando el margen izquierdo – se ve parte de una mano y de un pié. Más que nada es por curiosidad…

Empero, ahí se frenó. El rostro del padre se endureció de una manera muy alarmante, y “transfigurándose” la rabia y el odio se mostraron en su máximo esplendor. Sin dignarse contestar, mató a Eric con la mirada y se marchó del salón, dejando a cada paso un sonido estruendoso y atronador. Esto heló a Eric, quien, desconcertado, enmudeció, siguiendo con la mirada el camino que tomó el padre. El mayordomo esbozó una cara de espanto y de alarma y corrió tras él, indicándole a Filipo que ya iba él.

Eric oteó de soslayo a Filipo, quien también parecía asustado, aunque aparentaba tranquilidad con su aparentemente habitual seriedad. Sólo le había visto sonreír cuando le había tendido la mano.

–                           Debería haberme callado, ¿verdad?

–                           ¿Cómo? – le rogó que repitiese, con la mirada perdida tras la puerta por la que se había desvanecido su padre.

–                           Que la he cagado.

–                           Un poquito. Pero no te preocupes. Se le pasará.

–                           ¿Es muy grave lo que he dicho?

–                           Para él sí. – Suspiró –. Jamás podrá superarlo, el pobre. En fin. No te preocupes. Cuando no se sabe el contexto es normal tener deslices así.

–                           Pero, pero…

–                           Luego te explico el problema. Acompáñame.

–                           ¿Seguro que no habrá ningún problema con tu padre? Yo no pretendía…

–                           Va. Se le pasan los cabreos en un santiamén. Al menos vamos a la sala de dibujos. Así se enojará menos cuando nos vea ya ahí.

Se pusieron en marcha. Tomando la puerta contraria por la que había salido sacando humo el padre de Filipo, éste y Eric cruzaron muchos pasillos, tantos, que Eric se creyó dentro de un laberinto. En ningún momento pasaron por ningún salón, sino que dejaron atrás muchas puertas, la mayoría de ellas cerradas. En las que vio abiertas no avistó a nadie, a excepción de una señora de la limpieza, que lo miró con curiosidad y con cierto desdén, además de un gato más gordo que una pelota de baloncesto. Por lo demás, vio muchos jarrones y muchos cuadros, especialmente éstos dedicados al padre de Filipo, revelando en todos ellos una imagen de grandeza. Mas llegó un punto en que le cansó ver tantos pasillos, con el mismo rojo/granate que se repetía en la interminable alfombra.

–                           Dios Santo. ¿Estoy en un nuevo planeta?

Filipo se rió levemente, alzando la cabeza.

–                           Es algo grande la casa, sí.

Eric se percató de que Filipo andaba, a diferencia de su padre, mirando al suelo. 

–                           Perdona que sea indiscreto, ¿pero de dónde sacáis tanta pasta? Esto es peor que un laberinto.

–                           No te creas. A la tercera vez que vengas ya te sabrás el camino.

<<Pero no las habitaciones>>, se dijo para sí. Reflexionó en todas esas puertas que iban dejando atrás y se imaginó abriéndolas unas tras otra intentando indagar en su contenido. Para volverse loco.

Finalmente, dieron con una puerta sobre cuya madera colgaba un cartel que ponía <<Sala de dibujos>>. Se hallaba entreabierta. Filipo la empujó ligeramente y irrumpieron en la sala. Como no podía ser menos, la sala presentaba unas dimensiones muy considerables. Se trataba de un cuadrado de por lo menos treinta por treinta con muchos objetos metidos ahí dentro. Había dos mesas, una grande y cuadrada colocada justo en el centro de la sala y la otra haciendo esquina, formando una pequeña ele. En la más grande se apilaban de una forma desordenada papeles, esbozos y dibujos, con una maqueta chula a medio construir encima, como para evitar que los papeles saliesen volando. En la otra mesa había decenas de instrumentos para los esbozos: cartabones, escuadras, transportadores, reglas,… Como buen estudiante en arquitectura, reconoció todas y cada una de las plantillas. Fue verlos y regresar a las múltiples tardes en la universidad de arquitectura.

–                           Voy a buscar a mi padre – le comunicó Filipo –. Enseguida vuelvo.

–                           De acuerdo.

Filipo se retiró y Eric se quedó solo ante esa sala terroríficamente silenciosa con dos mesas más objetos y papeles. Filipo, al salir, había dejado la puerta entornada, pero Eric cogió algo de miedo y la abrió bastante, lo suficiente para que nadie le pegase un susto. Acto seguido se puso a pasear por la sala, dedicando especial atención a la maqueta y a los esbozos. Todos ellos estaban directamente relacionados con la maqueta, y a pesar de que entre ellos existían ciertas diferencias, estas eran prácticamente inapreciables, con pocos cambios pero manteniendo siempre la misma base.

Se cercioró de que no había sillas. Luego reparó en que las mesas eran más altas de lo normal, por lo que el uso de sillas no parecía muy conveniente. Se figuró que allí se realizarían los dibujos a pie. Él siempre había detestado dibujar líneas de pie. Quizá esta vez debería hacer una excepción.

Al poco rato llegó la gente. Primero entró el padre, seguido por Filipo. El mayordomo, en cambio, no hizo acto de presencia.

El padre le dedicó una mirada subrepticia y rápida, la suficiente para saber su posición. Luego se colocó al lado contrario de la mesa donde se alzaba Eric. Le miró directamente a los ojos y, con la cabeza de nuevo erguida, atinó a decir:

–                           Pido disculpas por mi comportamiento. No es digno comportarme como un niño.

–                           La culpa es mía, señor – se apresuró a disculparse Eric –. A veces me inmiscuyo demasiado en cosas que no son de mi interés.

–                           Nada. Hacías bien en preguntar.

Eric miró a Filipo, quien, disimuladamente, le indicaba con la mano que no hablase más al respecto.

–                           Sí.

Le intimidaron los ojos feroces y fijos del padre, lo que le obligó a bajar la mirada y aparentar estar interesado en los dibujos. Comenzó a temblar. Apoyó las manos en la mesa y principió a tamborilear.

–                           ¿Guapos los dibujos? – espetó el padre.

–                           La maqueta está bien lograda. Aún le falta una parte por construir, pero por lo que veo en el esbozo el trozo que le falta le dará un muy buen toque final. Me gusta sobre todo la forma en cómo está distribuida la casa. ¿Es una casa?

–                           Bueno, no exactamente. Se trataría de un pequeño almacén. Lo que pasa es que pedí expresamente que tuviese forma de casa.

–                           Ah. Pues me gusta. Sí.

–                           Perfecto. Entonces nos entenderemos. – Y sonrió, aunque la sonrisa no traslució alegría ni de asomo –. Espera, que te saco una cosa y te enseño… A ver… Déjame que lo encuentre. Pam, pam, pam… ¡Ah, sí! Lo dejé en este cajón. – Se acercó a la mesa en forma de ele y abrió uno de los tres cajones que tenía –. Pam, pam, pam. ¡Ah, aquí! Échale un vistazo a esto.

Él había sacado un papel enrollado con una goma. Sacó la goma y la desplegó sobre la mesa grande. Eric apreció cómo vibraba Filipo de emoción a medida que el dibujo se iba haciendo más visible.

–                           Mira. Junto a la casa estoy planteándome la posibilidad de construir una cabaña que me servirá como almacenaje de una serie de productos especiales que no me gustaría que se mezclasen con la mercancía que guardaré en el grande. Te he traído hoy hasta aquí para pedirte que le eches un vistazo a este dibujo y que te tomes la libertad de efectuar cualquier cambio que tú creas conveniente. ¿Me explico?

–                           Ehm… Sí, perfectamente.

–                           Obviamente se trata de una prueba. No te contrato ni nada. Sólo quiero probarte, a ver si vales o no. En el caso de que me demostrases, obviamente te tomaría en consideración y me plantearía cosas más serias para ti.

–                           Muchas gracias.

–                           No tardes mucho en traérmelo.

–                           Descuide, descuide. ¿Y realmente cómo quiere que sea esa cabaña?

–                           A eso iba.

 

 

 

 

Pese a que ni había sido contratado ni se le había encargado nada del otro mundo, Eric salió de la sala de dibujo con una de sus mayores satisfacciones. Su sonrisa le delató, tan ancha que iba prácticamente de pared a pared. Mas tuvo que aguantar toda esa alegría cuando, al salir de la sala, el padre anunció que debía marcharse porque le urgía un recado.

–                           Perdón por lo de antes de nuevo.

–                           Nada.

Y se dieron la mano. Esta vez apretó Eric algo más y no sufrió tanto como en la anterior ocasión.

Una vez que el padre se alejó, Eric no aguantó más y se dejó llevar. Filipo fue testigo de su sonrisa ancha y no pudo más que sorprenderse.

–                           ¡Vaya, vaya! – exclamó posando una mano sobre su hombro –. ¡Te veo muy contento! ¿Te ha gustado la cosa o qué?

–                           No sé. Son tiempos difíciles… y acostumbrado a no trabajar pues me siento muy raro.

–                           Si lo haces bien tu padre te dará una oportunidad.

Se echaron a andar. Muchas preguntas rondaron en la cabeza de Eric.

–                           Oye, ¿y por qué yo? Quiero decir: ¿por qué me ha escogido a mí para eso? ¿No tiene ya a un arquitecto y muy bueno seguro además?

–                           Tu hermana.

–                           ¿Mi hermana?

–                           Sí, es por ella que hoy estás aquí. Ayer estuvo por aquí y comió un poco de snack con mis padres. Charlando, charlando, bueno, saliste en la conversación. Y te promocionó.

–                           Vaya… – dijo por decir, ya que se le escapaban las palabras –. ¿Y qué dijo?

–                           Nada. Intentó llegar al corazón de mi padre para que tuviese algo de compasión por ti.

–                           O sea que no es más que un favor.

–                           Considéralo como quieras. Pero te repito: si lo haces bien pasarás mucho por aquí.

Volvieron a superar muchas puertas, algunas que antes habían estado cerradas ahora abiertas o viceversa. Eric se molestó inútilmente en echar un vistazo rápido con el ojo desde lejos. Regresaron al punto de partida, al salón principal.

–                           Siéntate.

–                           ¿Puedo? Es que no sé si al hombre que me ha traído le importará si me quedo un rato más. Quizá tiene cosas que hacer y me debe llevar ya…

–                           No te preocupes. Tito está a tus órdenes.

<<Qué bien suena eso>>, pensó, <<A mis órdenes.>>

–                           Además, ¿no querías saber la historia del cuadro?

Eric tornó a ojearlo, aunque en esta ocasión se le antojó maldito. Le repugnó…

–                           No sé si debería…

–                           Venga, chico, ¡no te cortes! Ya la has cagado. ¿No te satisface ahora saber la verdad tras ese cuadro?

–                           Suena a historia larga.

Filipo enarcó una ceja y medio sonrió. Sentado, con las piernas flexionadas y las manos entrelazadas, le hizo señas con la cabeza para que sentase. Eric suspiró. Qué otro remedio podía quedarle.

–                           Hacía bastante tiempo que nadie se fijaba tan bien en el cuadro como has hecho tú hoy. Ni siquiera tu hermana, la primera vez que entró aquí, se dio cuenta. Lo observó, lo contempló y preguntó por cada uno de los integrantes del cuadro. ¡Pero Dios Santo! No preguntó nada acerca de lo del recorte. Bueno, me imagino que lo has visto porque eres arquitecto, y supongo que tenéis un ojo para esas cosas.

–                           Somos observadores.

–                           Sí… Entonces… pues nada, que sí; está recortado. Falta un buen cacho en verdad. Fíjate bien. ¿Ves que por la parte derecha del marco está muy pegado a las escaleras?

–                           Sí.

–                           Pues la parte izquierda debería prácticamente estar también pegada a la pared.

–                           Pero falta un trozo.

–                           Exacto, del recorte. La idea de mi padre fue que ocupase toda la pared, o parte de ella. No sé si te habrás fijado, pero a mi padre le encantan los retratos. Especialmente los suyos propios. Está día sí y día también encargando retratos. Pues bien, se hizo este cuadro tan maravilloso. Sin embargo, cuando se hizo este cuadro vivíamos otros tiempos. El trozo que falta muestra a los integrantes de otra familia.

–                           ¿Muestra?

–                           ¡Oh! Bueno, mi padre quiso destruir esa parte, quemarla o algo así, pero mi madre se lo impidió. Y mi padre la quiere tanto…

>>Pero bueno, supongo que debo empezar por el principio. Tenemos que remontarnos a muchos años antes de cuando nos hicimos la fotografía en el bautizo de mi hermana. Porque no olvidemos que se hizo este gran cuadro porque mi padre se quedó prendado de una fotografía.

Tu hermana no lo sabe, así que no te lo habrá podido explicar. Aunque ahora alucines con toda esta mansión y con todo lo que la rodea, mis padres son de procedencia muy humilde. Mi padre empezó con el negocio de un pequeño restaurante, y mi madre como peluquera. Cuando se conocieron apenas eran unos muertos de hambre. Pero eso no importa ahora. Lo que importa aquí es mi padre. A él siempre se le han dado muy bien las matemáticas y las cuentas en especial.

Desde bien pequeño le habían obligado a no acudir al colegio y sí a trabajar. Siempre me cuenta cómo con once años ya tenía que madrugar y aguantar de pie multitud de horas sirviendo y cómo diez años más tarde sus padres morían y él tuvo que apechugárselas solo con el restaurante. Pero no lo hizo solo. Por esa época él se había hecho muy buen amigo de un chico que había trabajado con él durante varios veranos, ya que estudiaba el resto del año para una carrera de economía, y le pidió que le ayudase para rodar el restaurante. Si a mi padre nunca le ha faltado algo, eso es astucia, al igual que pillería.

Pues bien, el amigo accedió. Había recién acabado la carrera y consideró que esa oportunidad podía llevarlo bien alto si se esforzaba. Su nombre era Robert. Aunque había vivido en la misma ciudad que mi padre hasta entonces, sus padres eran de procedencia extranjera, e incluso había nacido en el extranjero. Mi padre siempre me cuenta que a punto estuvo de decir que no, porque sus padres estaban pinchándole para que regresasen a su país natal. Pero mi padre le convenció de que podían ganar una fortuna. Mi padre es muy persuasivo. El muy jodido pocas veces no consigue algo, ya que se le da muy bien tener contactos. Es muy abierto. Convenció a Robert integrando en el equipo a diferentas personas muy profesionales. Y nada: mi padre y él dirigieron el restaurante.

Mi padre al parecer fue muy astuto dejando que Robert fuese el número uno. O eso es lo que me asegura mi madre. Ella dice que eso le ayudó a aprender muchísimo de números y a saber cómo vender y cómo atraer a los clientes. En ningún momento se planteó quitarse de encima a Robert o quedarse el restaurante para sí. Pero en lo que sí que pensó constantemente fue en apoderarse de nuevos restaurantes. Y eso hizo. A los cinco años habían ganado toda una fortuna, algo que les permitió adquirir hasta dos restaurantes más. Pero es que a los diez años triplicaron la cifra. Entonces nada les paró: mi padre era ya toda una máquina para las mates y además tenía muy buen ojo para las contrataciones de aquellas personas que debían encargarse de los restaurantes con los que se quedaban.

Llegó un punto que al final levantaron un imperio de restaurantes y de bares. Cuando yo nací ya mis padres habían empezado a construir esta casa. Pero aún así mi padre se le metió entre ceja y ceja tener aún más restaurantes. Actualmente posee hasta sesenta restaurantes diferentes, unos más pequeños que otros. Todos suyos. Y lo más sorprendente de todo es que jamás no le fallan las cuentas. Controla muy severamente el movimiento ese de entradas de mercancías y la relación precio/plato. Apenas le han robado, y si le han robado no tengo ni puñetera idea, porque jamás lo ha dicho. El tío tiene no sé cuántos libros de cuentas y se espabila sin la ayuda de nadie. ¡Es una pasada!

En fin… que me voy por los cerros de Úbeda y no voy al grano. ¿Te he aburrido ya? ¡Ya acabo, ya acabo! ¡Perdona! Je, je, je… Es que a veces se me va la pinza y me enrollo demasiado… Pues eso, que todo iba genial entre mi padre y Robert. Siempre habían ido de vacaciones juntos, siempre se habían invitado el uno al otro, jamás habían tenido una discusión seria,… Pero algo ocurrió entre ellos, y fue hace pocos años. Antes déjame decirte que los que faltan en el cuadro son Robert, su hijo, quien también se llama Robert, y su esposa, Elizabeth. Yo me llevaba muy bien con Robert el hijo, por cierto. Éramos más o menos de la misma edad y éramos aficionados a cosas similares. Pero lamentablemente tuvimos que dejarnos de ver cuando mi padre se peleó con Robert.

No me preguntes por qué se pelearon. No lo sé ni creo que lo sepa nunca. ¡Ahora no te creas que jamás se lo he preguntado! Mi padre me infunde respeto, pero no me asusta. ¡Anda que no he sido pesado! Pero él, entre ceja y ceja. Papá, ¿por qué te peleaste? Y te mira con esa cara seria y se toca el bigote pero se queda callado, mirándote profundamente. Antes me he fijado cómo has bajado la mirada mientras él te observaba profundamente. ¡A que se te caen los cojones cuando te observa bien fijamente! Es como si te desnudase con la mirada, ¿a que sí?

–                           Aps, ¡pero mira quién viene! Mi hermana – interrumpió de golpe, alzando la vista.

Eric descubrió que los ojos de Filipo apuntaban hacia la entrada, hacia la gran entrada, la cual desde que él había entrado se había hallado abierta de par en par. Giró el cuello hacia la izquierda y apuntó sus ojos en la misma dirección. Y alucinó.

A punto de entrar había una mujer alta. Extraordinariamente alta. O al menos esa impresión tuvo a cierta distancia. Pero esa impresión perdió fuerza cuando principió a fijarse en otras partes del cuerpo. Especialmente la superior. Su pelo era rubio platino y cantaba a kilómetros de distancia, aparte de que se rizaba con forma de remolino y eso a Eric le ponía mucho. Aunque no la apreciaba con claridad, intuía que su belleza radiaría por todos los costados. El tiempo lo confirmó, en efecto. Cuando ella traspasó el umbral de la entrada y se plantó a pocos pasos de ellos, intensificando una mirada hacia el nuevo en la mansión, Eric pudo contemplarla con todo su esplendor. Algo ataviada por la fresca que corría ese día, pudo tranquilamente admirar un cuerpo para él celeste y enloquecedor. De complexión delgada y atlética, presentaba unos dos más que decentes melones y no se encorvaba en demasía a la altura de las caderas. Sus piernas eran firmes y esbeltas y se hacía tanto la pedicura como la manicura, tal como pudo comprobar al calzar ella unas sandalias. Se quedó estúpidamente prendado mientras ella también le inspeccionaba con la mirada.

Filipo se levantó.

–                           Mira, te presento a mi hermana, Carla. La del retrato del bautizo. – Y gesticuló con la mano para que Eric avanzase hacia ella y la saludase.

Al principio se mostró algo cohibido y una especie de cosquilleo le hizo helarse en el sofá más grande que la cama de su madre y de él juntas. Luego se sintió un estúpido y se incorporó. ¡Ahora no sería por las chicas que había llegado a conocer! Mas esa chica era impresionante. Dejaba a uno mudo… Le recordaba a una de esas mujeres que aparecían en películas que luego se convertían en mito precisamente por la sensualidad de la actriz principal y que realmente tú no esperabas toparte a la vuelta de la esquina. No, vivían en otro mundo…  Mas ahí estaba esa chica, de su edad más o menos (seguramente menos), delante de él, con una media sonrisa entre esa piel muy morena, ves a saber si por efectos del sol o por naturaleza (su hermano tenía una tez casi tan blanca como la leche). Sus ojos verdes oliva y su pequeña nariz aumentaban ese aliciente de la belleza. No así sus labios, muy finos y estrechos.

–             Hola.

Y la besó una vez en cada mejilla. Él siempre tenía la manía de rozar algo los labios con las mejillas de las chicas (cuando ellas sólo ponían la mejilla) y en esa ocasión no fue para menos. Ella, en cambio, sólo puso las mejillas. Al haberse acercado apreció que su cabello desprendía un olor a menta suave que le tornó loco. Luego descubrió otro olor, a naranja, aunque desconoció su procedencia.

–                           ¿Eres el hermano de Lara?

–                           Vaya… – pronunció –. ¿Se ha colgado un cartel o algo así indicando mi salida?

A Filipo pareció gustarle el comentario y soltó una risita. Carla se lo quedó mirando con cierta altanería.

–                           Hombre – dijo ella –. Aquí el señorito se ha encargado bien de que lo sepamos todos.

–                           ¡No exageres! Tan sólo lo comenté mientras cenábamos. ¿Todos tenéis orejas? Pues ya está.

–                           ¿Y qué? ¿Te gusta nuestra casa?

–                           Me encanta.

–                           Y el retrato le ha encantado aún más – dijo Filipo –. Le estaba explicando la historia.

–                           ¡Pero tonto del culo…!

–                           Nada, nada.  – Lanzó  una mirada al reloj –. ¡Oh! Debo hacer una llamada urgente. Carla, ¿puedes enseñarle un poquito la mansión? Se lo he prometido antes…

Ella le miró antes de responder. Respiraba con suma tranquilidad, sin mover las facciones de su cara.

–                           ¿Por qué será que siempre me toca a mí hacer excursiones con los que nos visitan? – se quejó.

Filipo se encogió de hombros. Acto seguido se volvió hacia Eric y le tendió la mano.

–                           Encantado de conocerte. Ya nos iremos viendo.

Se dieron la mano y se alejó.

Cara a cara. Eric se sintió muy incómodo con esa belleza delante. Pero se incomodó aún más cuando el rostro se ensombreció y se endureció.

–                           Venga, va – atinó a decir –. ¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por las habitaciones? ¿Por la sala de los retratos? ¿Por la parte de afuera? ¿Por los perros? A la gente le chifla acercarse y tocar a nuestros perros.

–                           No te molestes, de verdad. No quiero ser un estorbo. Si eso me dices cómo llegar hasta Tito y que me lleve a casa.

–                           Pues serías el primero en no volverse loco por ver la casa.

–                           Seguro que te he pillado yendo para hacer algo.

–                           No.

–                           Para verte con alguien.

–                           No.

–                           Para… entretenerte.

–                           Tampoco. Sólo daba vueltas. Aquí sólo doy vueltas.

–                           ¿En serio? – profirió cual un niño pequeño –. ¡Con lo enorme que es!

–                           A la que llevas tres días ya te cansas de todo esto. Acompáñame.

–                           Si eso…

–                           Acompáñame.

No lo soltó ni con dureza ni con severidad, pero si con hastío. Eric no quería empezar con mal pie en esa mansión, así que enmudeció e hizo ademán de acompañarla. Ya su presencia no le causó tantos cosquilleos en el cuerpo.

–                           Te has visto con mi padre, ¿no?

–                           Sí.

–                           ¿Sabes a qué sala has ido?

–                           A la sala del dibujo.

–                           ¡Aps! Entonces ya habrás pasado por este pasillo.

Y señaló a su derecha, hacia un pasillo sin puerta para acceder por la que habían pasado Filipo y él para ir a la sala de dibujo y de la que habían vuelto tres de cuartos de hora más tarde. Eric asintió con la cabeza. Ella se llevó un dedo a los labios, echándose a reflexionar.

–                           No te creas que he visto mucha cosa. La mayoría de cuartos estaban cerrados o con la puerta casi entornada, por lo que no he visto nada.

–                           A ver, ¿acaso pensabas que te iba a enseñar todo? Estás loco si piensas eso.

–                           Bueno, no sé – encogiéndose de hombros.

–                           ¿Sabes qué? Vayamos arriba.

Se acercaron a las escaleras. Estas se encontraban tocando la pared y el pasillo derecho, y tenían forma de una ligera “c”. Ambos las subieron. A continuación se toparon con un rectángulo que básicamente servía de conducto hacia dos caminos diferentes, hacia dos pasillos laterales, como en la planta de abajo. Allí sólo había otro retrato, un pequeño banco rojo de la altura de un niño de tres o cuatros años y la alfombra que parecía perseguir a cualquiera.

–                           ¿Eres tú? – inquirió Eric, oteando el retrato.

–                           Sí.

–                           Pues no has cambiado mucho. ¿Cuántos años tendrías ahí?

–                           Unos ocho años. ¿Por?

–                           Ah, por curiosidad básicamente. Pues… no has cambiado mucho.

–                           O sea, igual de fea.

–                           Al contrario. – Ella le dedicó una cara de incredulidad –. A muchas les gustaría tener esa sonrisa.

Ella no le dedicó ninguna sonrisa, pero sí que le miró larga y tendidamente. Su rostro seguía serio, como cuando había traspasado la entrada. Qué lástima. Una chica tan bella y esplendorosa pero con cara de muermo. Lo que se desaprovechaba en esta vida.

–                           No te enfades. La próxima vez te dirá que eres fea.

Puso morros. Eric sonrió.

–                           ¿Y con tantos retratos no… no os molesta?

–                           Te acostumbras. Como a todo, ¿no?

–                           Supongo.

Ella apartó la mirada y se pensó qué camino tomar. Eric aprovechó el momento para contemplarla. Era como un imán; su cara le atraía con unas vibraciones irrebatibles. Mas era consciente de que jamás estaría con una chica así.

–                           Ven. Te gustará lo que voy a enseñarte.

Eric echó un vistazo rápido al reloj. Las doce.

Su estómago le indicó que estaba algo vacío. <<Uy, creo que hoy comeremos tarde, mi amiga barriga…>>

 

 

 

 

Una visita al museo. De eso se trató, de una visita al museo, tanto por sus dimensiones como por su falta de entretenimiento. No se aburrió ni bostezó, pero poco le faltó para tener que taparse la boca. Al menos en el interior de la mansión. Vio habitaciones lujosas, eso sí, pero nada se escapó de la realidad a la que veía no sólo en su casa sino también en la de otros. Obviamente los objetos eran el triple de grandes de lo normal y no faltaba de nada, mas esperó encontrar algo extraordinario.

Quizá lo que más le impresionó fue la biblioteca que poseían. Aunque eran “de dominio público” para cualquiera de los integrantes, tan sólo la utilizaba con asiduidad la madre, quien, literalmente expresado por Carla, enfermaba si no leía cada día. A pesar de que aún no la había visto, se imaginó a una madre disciplinada, con gafas, rostro serio y muy a la antigua. Tan sólo le bastó con mirar los títulos de muchos libros y vio que muchos tenían un cáliz religioso.

–                           Le chifla la religión – le había confesado Carla acerca de su madre.

Eric enseguida se cansó de todo. Si bien en ciertos momentos musitó <<Virgen Santa>>, lo hizo más que nada por el dinero que se acumulaba en cada una de las parcelas y en cada uno de los objetos y muebles. Quizá, inocentemente, esperó piezas antiguas, piezas únicas, firmas y dedicatorias de gente famosa, colecciones. Nada de eso. Tan sólo cosas ordinarias pero a precios desorbitados.

En el exterior, en cambio, disfrutó un poco más. Se tornó casi un niño, y tan sólo Carla frenó esa euforia que por momentos le invadió. Piscinas, jacuzzis, una pista de golf, otra de tenis, un campo de tiro, un salón de estética,… ¡Y los perros! En esta ocasión sí que se percató de ellos y se puso a acariciarlos, uno por uno, sin terminar nunca. Carla, por su parte, los ignoró, esperando de pie a que Eric acabase. Los perros en cambio estaban más que contentos, meneando la cola con frenesí, congregándose alrededor de ella, como 10 perros, dos grandes, dos medianos y el resto pequeños. Eric contó por lo menos dieciocho en total.

–                           ¿A ti no te gustan los perros?

–                           A veces.

–                           ¿Ah sí? ¿Cuándo?

–                           Cuando estoy triste y necesito algo suave a lo que agarrarme.

–                           ¿Tú triste? ¡Con todo lo que hay aquí!

Ella enarcó las cejas y luego puso morros. Se cruzó de brazos, algo que le confirió una imagen de dureza. Eric la contempló, de cuclillas, mientras acariciaba a los perros. Ella aparentó no mirarle, pero se le escaparon algunas miradas.

–                           ¿No has oído nunca el tópico del dinero? – espetó ella.

–                           Quizá. Pero yo no uso tópicos; prefiero mi propio pensamiento.

Con muecas incluidas, ella repitió lo que él había dicho mirando hacia todas partes y con tono despectivo.

–                           Bueno, deja los perros. Que quiero enseñarte una última cosa.

–                           ¿Ahora te corre prisa? – se burló Eric cariñosamente –. ¿No habíamos quedado en que estabas aburrida?

No contestó. Apretando los puños y sacando humo por la cabeza, se volvió y echó a andar. Muy flojito se rió Eric, mirando a los perros.

–                           ¡Espera, espera! – sin aguantarse la risa.

Dejaron atrás pequeños monumentos y un parque con toboganes y columpios. Los perros les seguían, bien pegados a sus pies. A Eric eso le enturbió un poco, ya que se tropezaba con ellos. Carla no, probablemente porque estaría más que acostumbrada a verse rodeada de tantas patas. Tras unos cuantos minutos andando lentamente llegaron a un invernadero, no excesivamente grande. En verdad no fue ningún invernadero, aunque por fuera tenía forma como tal, con muchos vidrios pegados unos juntos a los otros los cuales ascendían como con forma de cúpula. Y no era ningún invernadero porque en su interior Eric no se encontró ni resto de flora. Adentro el suelo estaba recubierto de baldosas grises y recientemente puestas, con multitud de hamacas. También había esparcidas pequeñas máquinas que se abrían y que se cerraban y en los que cabía una persona. De estas máquinas existían de verticales u horizontales. Eric comprendió al instante que se había metido en un enorme solárium. Allí descubrió bastantes chicas, muchas de las cuales seguramente se tratarían de familiares o amigos.

–                           Os mola tomar el sol, ¿no?

–                           Bastante. Pero eso es lo de menos. Aquí hacemos contactos, especialmente mi madre. Invita a gente.

–                           A tomar el sol – y se rió ligeramente.

–                           ¡Sh! Que mi madre está ahí.

–                           ¿Has venido a presentármela?

–                           ¿Algún problema? – se enfadó.

Él se apresuró a negarlo con la cabeza. Con el rabillo del ojo vio cómo se le marcaban a ella las facciones de su cara y se asustó un poquito. ¡Qué belleza más fea! Dijo de callarse. Sin embargo, no se contuvo.

–                           ¿Puedo preguntar algo antes de que me muerdas? 

–                           Pregunta – gruñó.

–                           Antes he visto un centro de estética. ¿Tenéis ahí peluqueras trabajando?

–                           No.

Eric “abrió” los ojos. Extrañamente eso le sacó una ligera sonrisa a ella.

–                           ¿Entonces? ¿Lo tenéis de bonito?

–                           Para nada. En ese centro sólo trabaja una peluquera, y es la persona a la que te voy a presentar.

–                           ¿Tu madre?

–                           En efecto.

<<Así que peluquera… Anda que no. Un dueño de restaurantes, una peluquera y… una montaña de fortuna.>>

Carla le tocó ligeramente el brazo para instarle a que se moviese. Mientras se acercaron a una muñón de mujeres y chicas – algunas tumbadas, otras de pie, conversando –, Eric fue admirando la estructura del lugar. Empezó por arriba, donde la forma cómo se unían los vidrios de uno y otro costado le resultó curiosa, y acabó por los lados. Pero pronto su interés en la estructura acabó perdiendo fuerza y se volvió hacia las chicas, muchas de las cuales derretirían a cualquier ser masculino. Vestidas todas con bikinis, la vista de un hombre ahí se perdía entre piernas y estómagos planos o tonificados. ¡Y qué caras! A pesar de que obviamente pululaba la narizotas, a pesar de que alguna destacaba por su fealdad, muchas caras brillaban más que el sol, y esto combinado con una variedad de cabellos suntuosos y muy bien cuidados. Si a Eric le diesen la oportunidad de poder pedir una cita a una de aquellas diosas sin que se le rechazase la petición, seguramente se tiraría de los pelos y lo echaría a suertes. Muchas de ellas seguramente no coincidirían ni con su personalidad ni con su forma de vivir, pero una noche se alargaba durante muchas horas.

Estaba acostumbrado a ver diosas en la discoteca, mas podía contarlas con los dedos de la mano. Siempre uno avistaba la típica diosa junto con buenas bellezas y una gordita. ¡Pero tantas diosas juntas! Se asemejaba a soñar, o a viajar a un paraíso muy masculino. A Eric enseguida su corazón le fastidió y éste comenzó a latir precipitadamente. Peor fue cuando, ya casi a tocar de ellas, muchas giraron el cuello para verle llegar. Rápidamente se sintió muy observado, algo que siempre le desquiciaba. No obstante, se cohibió tanto que no tuvo fuerza ni para despegar los labios y respirar por la boca. Él se limitó a seguir a Carla, cual un perrito faldero.

Abriéndose paso entre esas musas, Carla se detuvo al lado de un hamaca diferente a las demás (por el color, ya que todas eran blancas excepto ésa, de color azul). En ella se sentaba una mujer rubia en bikini y con gafas de sol. Había al lado dos chicas de pie, que charlaban tranquilamente. Al percatarse de las presencias de Carla y Eric las dos chicas callaron de golpe y la madre de Carla, sentada de espaldas, se giró. Inmediatamente, sin mediar palabra, se levantó y se puso el bikini bien por detrás.

–                           ¿Pero qué guapetón me traes hoy? – inquirió, sonriendo.

Disimuladamente, Eric miró a su alrededor. Toda la algarabía y el picoteo de gallinas se había prácticamente desvanecido. O al menos entre las chicas más cercanas a ellos.

–                           Traigo al hermano de Lara. ¿No te acuerdas lo de la nueva cabaña?

–                           Vaya sí me acuerdo.

Pese a las gafas de sol, Eric percibió que ella le estaba observando. En cuestión de segundos, ella le respondió a la duda quitándoselas. Ojos verdes, como su hija Carla. Y con un bronceado más colorido que el de su hija; una obsesa del sol. Pero a él los bronceados no le decían nada. Le hipnotizaron sus ojos verdes, y no se atrevió a pasarle una inspección de pies a cabeza. Apenas ni siquiera vio su pelo rizado y no demasiado largo ni tampoco lo bien que se cuidaba su cara. Sólo sus ojos.

Carla se indignó. Pero se contuvo.

–                           Mamá, te presento a Eric. Eric, mi madre María.

–                           Uhm. Siempre he querido que mi yerno se llame Eric.

–                           ¡Dios, mamá, qué burra!

Cerca se oyeron unas pequeñas risas femeninas. Ji, ji, ji, ji. Los ojos de Carla se lanzaron con ferocidad a localizar su procedencia. Puso morros al no identificarlas.

–                           Qué hija más vergonzosa que tengo – pronunció juntando las manos y provocando un sonoro ¡pam! –. Quién tuviera tus veinte y tres… Discúlpala, Eric. Siempre está de mal humor.

–                           Es que creo que la he molestado mucho hoy – la defendió hablando con mucho esfuerzo.

–                           ¡Vaya! Además de guapo, modesto. ¡Ven, que no te he saludado con un besito!

Ella le dio dos besos. El tacto suave de su piel le electrificó, y cuando se separaron por cuestión de dos pasos no pudo más que mirarla a los ojos. Ella le ahorró el sufrimiento sentándose. Eso le hizo romper el hechizo, con lo que pudo inspeccionarla de arriba abajo. No se parecía mucho a Carla. No estaba tan delgada como ésta ni tampoco era igual de alta. De todos modos tenía un buen tipo y se conservaba muy bien, aunque ya sus tetas obviamente habían pasado por las manos de bebés. Sus pies estaban increíblemente tersos y tonificados. A diferencia de su hija, no se cuidaba las uñas: básicamente no tenía.

Con una junto a la otra, aunque una de pie y la otra sentada, Eric no pudo evitar comparar sus rostros. Las dos irradiaban esplendor, aunque, por su gusto, él se quedaría con Carla, y no por su edad, sino porque las partes de la cara de su madre eran más grandes: la nariz, los labios, la boca, las cejas… Carla, de la cabeza a los pies, mantenía una estructura muy delgada que no rozaba la anorexia pero que tampoco no mostraba grasa alguna, aunque quizá la ropa de Carla le engañase y fuese peor de lo que él se estaba imaginando. <<Esa ropa es chiquitita y aún así le sobra.>>

–                           Carla, cariño – pidió María –. Sé amable y acerca esa hamaca, porfa.

Rezongando entre murmullos fue hasta la hamaca que su madre le había señalado y la acercó arrastrándola.

–                           Anda que tienes tacto con las cosas, hija mía. Vaya elemento que estás hecho.

Enfurruñada, no abrió la boca, sino que optó por alejarse. Se aproximó a un grupito de tres chicas y con ellas se quedó.

–                           Siéntate – le rogó María.

Acto seguido, platicaron, sobre temas muy variados. Básicamente se trató de una especie de cuestionario, en el cual ella le preguntó sobre varios temas de interés como los estudios o la familia – colándose inevitablemente la terrible pregunta de si estaba saliendo con alguna chica –, y en el cual él no se atrevió a preguntar nada, limitándose a contestar lo justo. En algunos momentos deseó soltarse y hablar más, si bien siempre se mostró muy parco en palabras por culpa de esos ojos que le hipnotizaron continuamente. Afortunadamente para él, las dos mujeres con las que había ella estado hablando antes se habían ido a hablar con otras nada más él sentarse. Aún así, notó que algunas chicas le miraban. ¿Acaso de verdad era tan guapo? ¿Atractivo y sugerente? ¡Qué cegatas!

El padre no le había caído mucho en gracia, la madre en cambio sí. Era dulce y divertida. Muy optimista también, sonriéndole mientras él le respondió a las preguntas. Él sintió muy buenas vibraciones mientras la tuvo ahí enfrente, ya que le transmitió mucha seguridad. Además habló con mucho sentido común. Eso fue algo que realmente distinguió tanto en ella como en su marido y que, naturalmente, sus dos hijos carecían. Si no le habían mentido, tanto el padre como la madre habían vivido en la miseria de muy jóvenes, y eso, inevitablemente, afecta en el comportamiento de uno. Los hijos, por lo contrario, habían nacido ya bajo un dineral en cada brazo, y por mucho que se lo hubiesen inculcado, dentro de sus venas no corría la experiencia de la miseria.

Si bien no preguntó apenas nada, hizo acopio del suficiente valor para formular sólo una pregunta: cómo era que trabajaba de peluquera. Ella se sorprendió al escuchar la pregunta, tirando la cabeza hacia atrás y abriendo los ojos como platos (tal cual había hecho su propia hija Carla bastantes minutos atrás), y le entró una risa que a Eric le asustó. Presto respondió que ella siempre había sido peluquera y que le encantaba; desde que su marido había comenzado a hacerse con restaurantes ella había ganado mucha fama como peluquera y empezó a tener clientes potenciales, gente famosa, muy famosa. A ella le bastó mencionar un par de nombres para que Eric abriese la boca, estupefacto. Uno de ellos era un actor muy famoso que a Eric le gustaba mucho. Ella no pudo evitar reírse un poco por la forma cómo Eric se regocijó al pensar que tenía delante a alguien que había compartido momentos con gente conocidísima.

Le explicó que jamás había dejado el oficio pese a toda la fortuna que reunían (le habló entretanto de la hermana mayor de Carla y de Filipo, Sara, quien trabajaba como agente de actores y actrices y quien también era una máquina de hacer dinero), puesto que, aparte de la lectura, se trataba de un gran pasatiempo para ella, en el cual se le erizaban los pelos y recordaba aquellos momentos en que debía rascarse la cabeza para llegar a pagar el alquiler. Jamás lo dejaría, añadió, justificándolo por el simple hecho de que se había ganado la admiración de muchísimos de sus clientes, por lo que abandonar el oficio supondría una decepción para todos ellos. Eric la escuchó decir eso con mucha atención, pensando en su madre a la vez, deseando que estuviese allí y la escuchase también. Seguramente si ella estuviese ahí se estaría comiendo las uñas y reflexionando que vaya chorrada que farfullaba la mujer. Eric podía entenderla, a ambas. Seguramente una de las razones ocultas, la cual esa mujer no revelaría jamás, era que anhelaba más dinero.

Cuando la conversación perdió su fluidez, Eric encontró un momento para despegarse de los ojos de esa mujer. Para su sorpresa advirtió que muchas de las chicas dentro de esa sala ya no estaban. Buscó a Carla y la localizó, no muy lejos, con la camiseta quitada y la falda vaquera también, tumbada sobre una hamaca. No la observó detenidamente, ya que su madre se cercioraría, pero sí que le echó un vistazo muy rápido ahora que le faltaba ropa. Estaba delgada, mostrando muy poca panza, y seguramente si se aproximase le encontraría costillas y algún hueso más. La apartó de su vista (de su mente también) y se concentró en su madre de nuevo.

–                           ¿Te vas a quedar a comer?

¡Comer! Se le había olvidado por completo.

–                           ¿Qué hora es? – Y buscó el móvil.

–                           Casi las dos.

–                           ¡Casi las dos!

Ella le señaló con el índice una reloj enorme que colgaba en una pared, justo debajo de donde empezaban los vidrios. No lo había visto, o al menos con profundidad, a pesar de que al entrar había paseado la mirada por toda la estructura. ¡Las chicas habían centrado toda su atención! Comprobó que ese reloj indicaba que apenas faltaban cinco minutos para las dos y luego se puso a mirar la de cosas que había pegadas. Imágenes de playas con soles relucientes y mares envidiables, fotografías de piscinas en gran tamaño, grandes pancartas con el nombre de las marcas de esos aparatos de bronceado,… Se distrajo mucho contemplándolas.

–                           ¿Entonces qué? – terció la madre. Formuló la pregunta con la voz bastante alta, y a Eric le provocó un respingo.

–                           Ehm… Creo que llamaré a mi madre. A ver, no lo he dicho si venía o no. Ella tampoco no me ha pedido que estuviese en casa para esta hora. Y bueno, como tardaría un buen rato en llegar a casa… bueno, si no les importa…

–                           ¡Qué nos va a importar! Carla seguro que se pone contenta. – Miró hacia atrás, por si Carla la había oído –. Y tutéame, por favor. Que no estoy tan vieja.

Él sonrió, muriéndose de la vergüenza. Miró hacia el suelo.

–                           Tendré que ir pidiéndole a las chicas que se vayan yendo.

–                           ¿No se quedan a comer?

–                           No – contestó con una sonrisa dulce –. Ellas pagan para estar aquí un rato. Y ya se les ha acabado el tiempo.

–                           Pues si eso… me espero fuera mientras las echas.

–                           No las echo. Sólo les digo que su tiempo se les ha acabado.

Eric se incorporó y se dirigió hacia la salida. A partir de ese momento se relajó, más o menos, y al relajarse recuperó sensaciones normales y se descubrió muy sudado por las axilas y con los brazos un poco tostados. Se pasó una mano por la frente y se asustó por la cantidad de sudor que se descubrió allí.

Salió.

El aire refrescante le golpeó con una suave brisa. Eso incrementó la sensación de sentirse sucio. No se atolondró, si bien pudo tranquilamente hacerlo, convenciéndose de que no había posibilidad alguna de cambiarse de ropa. Sacó el móvil y marcó el número de su madre. Llamó, y mientras esperaba a recibir una contestación observó su derredor.

–                           Hola hijo. ¡¿Qué tal?! ¡¿Ya te has ligado a alguna?! ¡Dime que alguna te ha echado el ojo!

Se puso a lanzar la mano libre al aire y anduvo en círculos. Chasqueó los labios.

–                           No, mamá, no. Hoy no traigo una cara muy mona.

–                           Que no traes una cara muy mona… ¡Será tontín mi niño! ¿Hay chicas o no hay chicas en ese palacio?

–                           Sí, y muchas, pero ahora no estoy para ligarme a nadie.

–                           Vale, vale, tontín. ¿Qué? ¿Ya tenemos trabajo?

–                           Puede – y se coló una sonrisa entre sus labios –. Aunque ya veremos. Simplemente me ha pedido que verifique un dibujo y que lo adapte según crea conveniente. Pero yo creo que lo ha hecho más por pena, ya que mi hermana les habló de mí como… mi hermano, el pobre, que se muere del asco sin encontrar nada.

–                           Nada, hijo, nada. Por ahí se empieza. Por la mierda. Luego ya tendrás tiempo para contratar las mierdas.

–                           Ojalá – soltó muy lentamente, y sus ojos acabaron posándose sobre algo en lo que no había reparado antes de entrar a la gran sala de solarium. Entonces perdió cualquier contacto con la conversación.

–                           ¿Eric? ¿Hijo? ¿Estás ahí? Parece que se ha cortado.

Eric parpadeó dos veces muy rápidamente y reaccionó.

–                           Estoy  aquí, estoy aquí. Perdona. Me he despistado. ¿Decías?

–                           No, sólo que qué querías.

–                           Ah, sí – y le entró un ataque de risa. ¡Qué absurdo! –. Que me voy a quedar comer. ¿No te importa?

–                           ¿Saldrás con alguna novia rica de ahí?

–                           Puede.

–                           Entonces puedes quedarte una semana o más en ese sitio.

–                           Je, je, je. Pues eso. ¿Ha llamado Lara?

–                           No. ¿Debería?

–                           No, sólo preguntaba.

–                           Ah.

–                           Bueno, pues corto. ¿Todo bien?

–                           Sí, chungos estamos. Ten cuidado con lo que dices y saca pecho.

–                           Sí, mamá, adiós…

Colgó. <<Si no ha llamado aún, llamará. Seguro que le preguntará a mamá qué tal ha ido. A mí no me llamará. No. Tengo una extraña sensación alrededor de ella… ¿Qué demonios habrá hecho ella para que quieran matarla?>>

Más concretamente: ¿para qué quería el Hombre de Negro matarla?

Lo averiguaría. Sí o sí. Y aún tenía una semana por delante.

Guardó el móvil al bolsillo y se dirigió hacia donde sus ojos habían posado. Se trataba de un terreno en el cual yacían herramientas para la construcción, bloques de madera, andamios, sacos de arena, cemento y todo lo necesario para construir. A él le gustaba observar a los paletas cómo construían, y en muchas ocasiones lo había hecho, ya que su tío era paleta y de pequeño se lo había llevado algunos fines de semana para que se entretuviera. Viendo todo ese material regresó a muchos años atrás y se vio de nuevo sentado sobre una viga y contemplando cómo realizaban acciones tales como hacer cemento o colocar los andamios. Se regocijó mucho mientras se recordaba a sí mismo. Vagó alrededor de todo ese material, pegando patadas a las pequeñas piedras que se iban cruzando en su camino, y oteándolo, con la cabeza gacha. Alguna que otra vez se acuclilló también para mirar la marca de los productos.

Aún no habían construido nada. Seguramente se trataba del almacén aquel del que le había hablado el padre. Faltaba material, Eric calculó, ya que con lo que había ahí guardado no daba ni para un cuarto si el padre pretendía un almacén grande. Quizá el almacén era pequeño… <<No, falta para el tejado. Y vigas también faltan.>>

Pero la ensoñación duró poco. A lo lejos sonó una voz femenina que le llamó. Se giró, para descubrir que era Carla. Echó un último vistazo a toda esa construcción.

Ella le esperaba enfrente de la entrada del solarium. Esperaba con impaciencia, moviendo las caderas, de brazos cruzados. Tenía el rostro muy serio, y Eric casi prefirió irse solo. Pero fue hasta ella, y mientras se acercaba avistó a la madre de ella a unos metros más hacia adelante, con el pequeño grupo de chicas, que aún no se había marchado. Junto a ellas les acompañaban los perros, más contentos que las castañuelas, con unos rabos que tocaban el mismísimo cielo.

–                           ¿Por qué tu madre acompaña a estas chicas y las tantas otras que había antes se han ido solas? – preguntó al alcanzarla.

–                           Porque son las nuevas. Las nuevas siempre se quedan al final. Éstas están un poco cagaditas.

Eso último se lo dijo a la oreja. Extrañamente un sonido suave y melódico surgió de su garganta. El cuerpo de Eric vibró.

–                           Pero es extraño – reflexionó él, echándose a andar en pos de las chicas –. Las otras no han venido a despedirse de tu madre.

–                           ¡Ni lo harán! – profirió –. No tienen educación. Entran y salen sin apenas decir hola ni adiós. Sólo pagan por estar tostándose y ya está.

–                           Tú no me has saludado – anunció él, y jocosamente miró hacia otro lado, silbando.

–                           ¿No lo he hecho? ¡Mentiroso!

–                           Debería llevar siempre una grabadora conmigo.

–                           Tonto – y cariñosamente ella le empujó.

Anduvieron lentamente. Eric solía andar a un buen ritmo, pero en esa ocasión siguió el ritmo de ella, quien, por lo visto, no quería pillar a su madre y las chicas.

Cruzaron entre árboles y fuentes maravillosas y luego pasaron por el lado de los parques, toboganes, jacuzzis, piscinas,… por un camino de guijarros que serpenteaba ligeramente. Eric aprovechó el trayecto para deleitarse otra vez con ese amasijo de lujos que no estaban distribuidos con ningún orden aparente.

Apenas se intercambiaron palabras hasta llegar a la casa propiamente. Allí Carla y él entraron mientras su madre despedía a las chicas, quienes habían echado una última mirada a Eric con desprecio y aparentemente envidia. Allí Carla le informó de adonde tenía que dirigirse y en donde esperar.

–                           Yo debo subir a mi cuarto – explicó ella –. ¿Seguro que sabrás ir?

–                           Espero aquí.

–                           No pasaré por aquí. Bajaré por otro sitio.

–                           ¿Hay otras escaleras?

–                           Sí. No te las he enseñado antes.

–                           Bueno, da igual. Espero a tu madre.

–                           Como quieras. De todas formas, si te pierdes, Tito te encontrará.

Subió por las escaleras y desapareció.

Antes de sentarse, Eric comprobó que la madre no se había marchado por otro sitio. ¡Era todo un castillo ese sitio! Se había quedado hecho polvo con que había otras escaleras en alguna otra parte de esa mansión. ¿Una salida de emergencia? Allí existía lo innombrable. Increíble. Asomó la cabeza a la entrada principal, completamente abierta como cuando él había arribado, como dando la bienvenida a los ladrones. Se asomó sin que se notase su presencia mucho. Continuaba la madre allí, charlando con las chicas-modelos y echándose unas risas. Aliviado (¡cualquiera se quedaba ahí solo!), se sentó en el sofá, del cual dudaba si era blanco o gris.

No tuvo que levantarse cada dos por tres para verificar que su madre estuviese en lo alto de la escalinata. Desde su posición podía oírla perfectamente exaltarse y carcajearse con una traca estruendosa y particular. A las otras chicas también, hablando como gallinas y partiéndose con risitas que Eric repulsó. Se arrellanó muy cómodamente en el sofá, aún sin creerse donde se encontraba, y aguardó.

Aguardó más de diez minutos, y lo curioso es que nadie apareció. A Eric, de todos modos, se le pasaron volando, ya que volvió a toparse con el grandioso retrato de la familia Fellini. De nuevo quedó extrañamente hipnotizado. Ésta vez prestó mucha atención al padre de la familia y al tipo que estaba en una esquina, al lado de la madre. El padre mostraba todo su poderío y toda su grandeza con la mirada y con la cabeza altiva, como diciendo <<Mirad lo que he levantado yo solito.>> Su rostro serio y casi antipático difería mucho del de todos los demás, quienes sonreían. Por eso mismo se quedó observando al padre, por su porte. No llevaba el bastón con el que ahora se ayudaba para andar pero era casi como si lo portase.

Se estremeció.

Cuando la madre reapareció, se mostró sorprendida.

–                           ¿Pero qué haces aquí solito?

Eric se encogió de hombros, como quitándose las culpas de encima.

–                           ¡Qué desfachatez tiene mi hija! ¿Se ha atrevido a dejarte solo?

Su pelo rizado brilló por efectos del sol y sus pendientes relucieron. Éstos no se los había visto antes, por lo que se los habría puesto mientras él había contemplado el material de obra. Llevaba una blusa verde y una faldilla vaquera muy similar al que llevaba su hija Carla. Esa ropa le favorecía mucho. <<Porque sé que es madre, sino me pensaría que tiene mi edad.>>

–                           Me ha dicho que tenía que pasarse por su habitación y que bajaría por otro sitio. Y yo, bueno, me he dicho que te esperaba para no perderme.

–                           Pobre… Sígueme.

Por primera vez en ese día Eric accedió por la puerta izquierda del salón de entrada. Esperándose encontrarse cosas diferentes al pasillo derecho, se desilusionó al pasar al lado de puertas y más puertas cerradas o entornadas. Acabó cansándose y caminó mirando al suelo, a la alfombra roja interminable. Vio cómo la suela de las sandalias que calzaba la madre se chocaba con la planta de su pie cada vez que alzaba el pie. Ella no habló durante el camino, ni apenas se le oyó respirar. Qué extraño.

El pasillo, todo recto, terminó y giraron a la izquierda. Allí volvieron a girar a la derecha y dieron a un comedor esplendoroso. Adentro sólo se hallaba Tito, poniendo los cubiertos, vestido de mayordomo. Éste, en cuanto vio a la madre, se apresuró en bajar la cabeza para saludarla, en señal de deferencia. A Eric lo miró subiendo las cejas.

–                           ¿Voy poniendo las platos, señora?

–                           Sí. Ahora les voy llamando ya para que bajen a comer.

Tita hizo una reverencia con la cabeza y se marchó. Al llegar al umbral, sin embargo, frenó en seco.

–                           Casi se me olvida – dijo –. El señor me ha dicho que no bajará a comer. Ha salido a reunirse con alguien.

–                           Este hombre no aprenderá nunca – se resignó la madre.

Tito no habló y se retiró a la cocina.

<<Si tienen coches aparte del que Tito ha usado para traerme, ¿dónde los esconden? No los he visto ¡Dios Santo!>>, pensó Eric.

Ella suspiró y se volvió. Encarando Eric, le sonrió.

–                           Siéntate donde quieras. Ahora bajan los demás.

–                           Sí.

–                           ¿Tienes problemas con alguna comida en especial?

–                           Me gusta todo; no tengo ningún problema.

–                           ¡Anda que apañado! Así me gusta.

Se frotó las manos. Luego cogió y se fue por otra puerta. En ese comedor había hasta 3 puertas en total: una a la que podía llamársela trasera, pues se encontraba a espaldas de Eric y era por la que él y la madre habían entrado, una puerta a la derecha, que supuestamente daría a la cocina y por la que había desaparecido Tito, y una a la izquierda, por donde había desaparecido la madre.

Eric se sentó sin apartar los ojos de los muchos retratos que había en las cuatro paredes. Todos enmarcados con un color semejante al del oro y todos muy bien elaborados. No había ni un solo retrato de la naturaleza, ni de la ciudad, ni de nada que no tuviese relación con los Fellini. A Eric tanto egocentrismo le iba a hacer vomitar. En su casa su madre le había educado de la forma contraria.

Tito entró con una bandeja enorme. Eric le ayudó a crear espacio para colocar esa bandeja. De la bandeja le llegó un olorcillo a carne.

–                           ¿Te gusta comer? – le inquirió Tito.

–                           ¿Que si me gusta comer? – no entendió Eric –. Pues sí. Como a cualquiera, ¿no?

–                           Pues hoy descubrirás una comida riquísima.

Eric le sonrió. Le caía en gracia ese mayordomo-manitas. ¡Qué ironía!

Tito se llevó dos dedos pegados a los labios. A continuación aparentó hacer ademán de chuparse los dedos.

–                           Te aseguro que volverás. Sólo por la comida.

–                           ¿Antes que el dinero? – Y Eric rió.

–                           Hombre, siempre tienes a Carla. Muchísimos lo han intentado.

Tito no le dejó tiempo para contestar. Se volvió y regresó a la cocina. Un minuto más tarde apareció Filipo.

–                           ¡Ey! ¿Te quedas a comer?

–                           Más o menos. No me han dado otra opción casi.

–                           Te va a encantar la comida.

Tito reapareció, pero esta vez acompañado. Era una mujer a la que ya había visto antes, limpiando. Era extranjera, de tez morena y de carácter muy fuerte. Ambas traían bandejas y salsas. La mujer le dedicó una mirada que rozó la aversión, una mirada que a Eric heló y que casi le asustó. Filipo se percató, y cuando esa mujer, ataviada con un delantal azul y con una cofia blanca, se marchó, él le susurró a la oreja:

–                           Odia a todo el mundo. No te preocupes.

Pero Eric se había quedado tan impresionado por la mirada que la tuvo bien metida en su cabeza unos minutos más. Afortunadamente para él, ella no volvió a asomarse; sólo Tito, que iba y venía como alma que lleva el diablo. Ese pensamiento terminó por difuminarse cuando entraron los otros miembros de la casa. Primero Carla, luego María, y finalmente una mujer desconocida para él. Como no podía ser menos, estaba bien bronceada y se cuidaba mucho el vestir y la figura. Era algo más alta que Carla (quien llegaría al metro setenta) y no tenía el pelo largo, sino más bien cortito, de color pelirrojo. Iba con vaqueros que le llegaban hasta los tobillos, y andaba con zapatos sin tacones.

Si Carla se mostraba poco simpática, esta mujer aún menos. Además de que ya le pesaban un poco los años a diferencia de Carla y Filipo, sus ojos de rana y sus labios de pato eran lo más destacado de una mujer que seguramente había heredado el carácter de altivez de su padre y también su seriedad. Cuando Eric se puso en pie para saludarla, ella le miró de muy mala manera, tanta que se le quitaron de golpe las ganas de acercarse a ella. Sin embargo, la madre, con su sonrisa imposible de despegar, la empujó para que se acercase.

–                           Te presento al hermano de Lara, Eric.

–                           Encantado.

Dos besos. Ella, ni mu. Momentáneamente recordó las palabras de Carla, cuando había comentado acerca de la educación de las chicas que las visitaban para el solarium.

–                           Ella es mi hija mayor, Sara.

Y pasó una mano sobre el hombro de ella, como arropándola o enorgulleciéndose.

Sara lo tuvo frente a frente hasta que su madre quitó la mano. Entonces se volvió, sin perder ni un segundo, habiendo dejado en evidencia que él no era bienvenido por esa mujer. Eric se sentó, diciéndose que esa mujer no debía importarle, que total, ella ya era una treintañera que no tenía que a él ni irle ni venirle.

Se sentaron los demás, Carla a su izquierda y Filipo a la derecha. La madre se puso justo enfrente de él; Sara, a la izquierda de ella.

–                           Ñam ñam – pronunció la madre, destapando la bandeja.

Había cordero y patatas hechas al horno.

Carla y Filipo abrieron las otras bandejas. Ensaladas, espárragos, olivas,…

–                           ¿Qué quieres? – preguntó la madre a Eric.

–                           Un poco de esto y un poco de aquello.

A la sazón Tito hizo acto de aparición y le pidió a la señora que le dejase a él servir. Ella se lo negó aduciendo que él ya había hecho mucho trabajo y que podía retirarse a comer. Él asintió con una reverencia y, callado, se llevó las bandejas.

Principiaron a comer. El comedor se tornó un espacio casi de oración: el ruido prácticamente se desvaneció, sólo interrumpido por el corte del cordero y por el masticar. Eric al principio se incomodó un poco por tanto silencio, mas con el tiempo se acostumbró. Jamás antes había comido con otra gente en silencio, fuera de su casa. No entendió bien, bien, el porqué de no hablar. Quizá se trataba de un ritual, o de una norma de la casa. La verdad era que él miró a todos, uno tras otro, y a todos los vio iguales: sin ánimos de hablar.

–                           ¿Te ha gustado? – le inquirió la madre al terminarse la comida.

–                           Para chuparse los dedos.

Ella a continuación se puso en pie.

–                           Voy a por los postres. ¿Cafés, Eric?

–                           No. No me van mucho.

Ella se fue.

Eric puso sus cubiertos sobre el plato usado y juntó las manos. Los demás optaron por posturas más cómodas, suspirando y aliviándose.

–                           Qué raro, no has preguntado – le dijo Filipo.

Eric esbozó una cara de incomprensión.

–                           ¿Qué debería haber preguntado?

–                           ¿Siempre comes así en casa? ¿Sin hablar?

–                           Ah. En casa a veces, cuando sólo como con mi madre. Pero fuera la verdad que no.

–                           ¿Y no te revienta? – preguntó Carla.

–                           Te acostumbras supongo.

Sara hizo “pst”, sin dedicarle la mirada. Sus ojos se posaban en la pared, como quien evita a alguien. Filipo y Carla no parecieron prestarle mucha atención a ella. Ni lo parecieron en ese momento, ni lo habían parecido desde el principio: no se tratarían mucho.

La madre retornó con una bandeja de plata que contenía galletas y buñuelos recubiertos con un poco de azúcar. Filipo se relamió los labios y se lanzó hacia ella en cuanto la madre las dejó sobre la mesa. Las otras dos chicas, en cambio, no tenían la pinta de apetecerles mucho. La madre las miró a ambos y ellas entendieron que debían coger al menos un par.

–                           Coge, Eric, coge.

¡Qué bien que le sentaron esas palabras! Sentía el estómago a punto de reventar pero esas palabras resonaron cual una bocanada de ánimo. Se echó a comer galletas y buñuelos por igual.

–                           Así que cuándo volveremos a verte por aquí – pronunció la madre.

A Eric la pregunta le pilló con un buñuelo en la boca. Se lo tragó y se limpió con una servilleta. Luego bebió un poco de agua. En ese momento, antes de que pudiese hablar, entró Tito, con una taza de café. La dejó justo delante de la madre.

–                           Espera un segundo, Eric – le rogó con la mano. Luego se dirigió a Tito: – ¿Has acabado de comer?

–                           Sí, señora.

–                           Hazme de favor de sentarte por aquí. Así charlamos todos juntos.

Tito se desconcertó, aunque nadie lo percibió excepto Eric. Quizá la madre también lo había percibido. La cuestión fue que parpadeó dos veces muy rápidamente y fijó sus ojos sobre ella.

–                           No sé si un hombre como yo podrá mantener una conversación tan culta como la que suele tener usted con sus clientes.

–                           Tus ocurrencias podrán con cualquier cosa.

Tito no pudo disimular una sonrisa. Reverenció con la cabeza y presto se sentó. Eric observó cada uno de sus movimientos. En cuanto Tito se dio cuenta de que le estaba observando, le guiñó el ojo picaronamente.

–                           Bueno, ahora Eric nos iba a explicar algo.

–                           Ah, muy bien – contestó Tito, y pegó la mirada al rostro de Eric.

–                           Perdona que te haya interrumpido. ¿Qué ibas a decir?

–                           No, nada; sólo iba a contestar a tu pregunta. La verdad es que con el tiempo libre que tengo… me pasaré lo más rápido posible. Mañana quizá.

–                           ¿Tan rápido? – se extrañó Filipo, tocándose el pelo.

–                           Hacer un esbozo no conlleva mucho tiempo. Además, a mí se me da muy bien trazar líneas y las ideas van que me vuelan.

La madre se rió ligeramente.

–                           Pues ya le pediré a Tito que te venga a buscar. ¿A que sí, Tito?

–                           Encantado. Ya sabe que me gusta mucho visitar la ciudad.

–                           ¡Oh, no hace falta! No os molestéis, de verdad. Ya podré apañármelas solo.

–                           Tu hermana nos contó hace nada que no tenías coche – terció Carla.

Eric se bloqueó dentro de su mente. Se le había ido el santo al cielo.

–                           Ni lo tengo.

“Pst”, emitió Sara, muy por lo bajini. Eric, sin embargo, llegó a oírla.

–                           Pero tengo un amigo que estará encantado de acercarme.

–                           ¡Vaya tontería! – profirió la madre –. Para eso que se acerque Tito a tu casa y te traiga. ¿Vas a hacer que tu amigo se vaya?

–                           Vivir aquí es una mierda…

–                           ¡Carla, esa boca!

–                           Sí, mamá, perdón…

–                           No, para nada – dijo Eric –. Siempre me lleva a todos los sitios, y se espera cuanto haga falta o se espabila para matar el tiempo.

–                           Hombre, podríais venir los dos.

–                           ¡Bah! – expresó Sara, disgustada –. Venga, esto es jauja, todos invitados, ¡venga!

–                           ¡Será porque tú no has traído gente! – se indignó Filipo.

–                           ¡Vale, vale! ¡Ya basta, hijos míos! No os peleéis, que ya tenéis una edad…

La madre se llevó las manos a la cabeza y fue aplastando el cabello con las manos en dirección hacia la nuca. Resopló. Eric comprobó que Sara y Filipo se estaban matando con la mirada.

En una fracción de segundo Sara se puso un dedo sobre los labios, con ademán de instar a Filipo a callar. Eric notó cómo Filipo se ponía rígido.

–                           ¿Te lo puedes creer? – espetó la madre –. Con treinta años y aún dando guerra como un niña.

Acto seguido resonó un móvil. Nadie se movió a excepción de Sara. Seguramente agradecida por esa llamada, aprovechó la ocasión para ponerse en pie y salir del comedor.

–                           Hala, sí, vete, hija, vete. Un día de estos su móvil arderá…

–                           Yo quiero ver ese día – se regocijó Carla.

–                           ¡Y vosotros…! Callaos un poco la boca.

–                           ¡Pero si yo no he dicho nada! – protestó la hija.

–                           Me matarán, me matarán… ¡Señor, dame fuerzas!

Eric no pudo disimular una sonrisa. Tito se la vio, y le guiñó un ojo. En respuesta a ello, Eric le asintió con la cabeza, lentamente.

–                           Usted a veces también se pelea con su hermana – comentó Tito a la madre, guiñando otra vez un ojo a Eric.

–                           Pero no es lo mismo, Tito. Dónde me vas a ir a parar. Estos parecen críos.

–                           Ya espabilarán señora cuando se vayan.

–                           ¡Eso espero!

Eric miró a lado y lado y se sintió que ahí pintaba muy poco. Anheló marcharse. Se tocó el bolsillo y allí notó el esbozo doblado que le había tendido el padre Fellini. Entonces olvidó que quería marcharse.

–                           María, de verdad – dijo –. No quiero molestar a nadie. No quiero que Tito esté pendiente de a qué hora tiene que venir o no. Prefiero poder acercarme a una hora en que esté alguien y dejar el esbozo.

–                           ¡Preocuparse por mí! – exclamó de sopetón Tito –. Estoy muchas horas disponible, señor Eric.

–                           Seguro que aquí tendrás cosas más importantes. De verdad que no…

–                           Mamá, déjalo – intervino Carla –. Qué manía con siempre hacer lo contrario que diga la gente. 

–                           ¡Sh! Aquí mando yo. Y Tito no tiene nada que hacer. Eric, en serio, déjame hacer este favor.

Eric suspiró. El arrinconamiento le terminó por tirar la toalla.

–                           Está bien. ¿Para qué hora sería?

–                           Usted manda, señor.

–                           Pero usted aquí hace tareas…

–                           Tenemos muchos criados – explicó Filipo –. Él controla que todo esté en orden.

–                           Hum. Pues si me facilitáis un teléfono.

–                           Cuando te vayas Tito te lo dará, ¿cierto?

–                           Sí, señora.

Ella se acabó el café. Oteándola, se la veía más calmada.

–                           Esta tarde tengo dos visitas – informó a Tito –. Son Jake y Anthony. Necesitaré que me ayudes. Vendrán alrededor de las cinco.

Tito asintió, con una reverencia de la cabeza.

–                           ¿Alguno de vosotros dos  va a salir hoy a Lartos?

–                           Yo tengo que estudiar – contestó Filipo –. Mañana tengo un examen en la universidad.

Carla, en silencio, dijo que no con la cabeza. 

–                           Pues podrías hacer el favor de llevarlo. ¿No tienes nada que comprarte en la ciudad?

–                           Ropa – contestó sin energía, indiferente, alzando las cejas.

–                           De ropa no que ya tienes para parar un tren.

–                           ¿Por qué debería llevarlo? ¿No dice él que no quiere molestar a nadie?

–                           No ha venido con coche, señorita Carla – se entrometió Tito –. No se molesten, señoras. Ya lo llevo.

–                           No. Lo llevará mi hija.

–                           Sí te gusta conducir hermanita.

–                           ¡Calla estúpido!

–                           ¡Esa boca! ¿Pero qué son esos modales? Lo llevas y punto. Así te entretienes, que no haces nada en casa.

–                           Estoy estudiando en la uni – se quejó cual una niña pequeñita, entonando un tono despectivo.

–                           ¡Huy sí! ¡Déjame que te quite el sudor de la frente!

Enfurruñada, se cruzó de brazos y no replicó. Miró hacia otra parte, respirando con fuerza.

–                           ¿Voy recogiendo, señora? – se apresuró a preguntar Tito, adelantándose a un silencio que parecía a punto de asentarse.

–                           No, no. Antes quería consultar algo contigo y con Eric.

–                           Muy bien – y se colocó bien en la silla.

–                           Eric. Hoy he tenido una clienta que me ha hecho reflexionar, y tanto tú como Tito habéis vivido en un ambiente de… de no tanta riqueza, digamos.

–                           Y usted también señora, por lo que me contó hace mucho.

–                           Sí, pero hace tanto que ya no me acuerdo de cuando vivía mal… – Se tocó el pelo. Luego buscó palabras en su mente y continuó –: La cosa es que una que ha venido hoy ha entrado y ha pasado completamente de que alguien la llevase al sitio. Se ha dado un paseo y con todo el morro se ha metido en la sala del solárium. ¡Menuda sorpresa cuando me la he encontrada allí tumbada! Era pronto; serían como las nueve de la mañana. Aún el grupo gordo no había llegado, y claro, sólo me pasaba para preparar las butacas y ordenar un poquito el desorden de ayer.

–                           ¿Y quién le ha abierto la puerta? – interrumpió Filipo, extrañado.

–                           Alguna de las criadas, fijo – supuso Carla, hablando despectivamente –. Siempre hacen lo que les da la real gana.

–                           Bueno, eso no importa. Alguien la habrá abierto y le habrá indicado el camino hasta el solárium. La cuestión es que entro, me la encuentro ya ahí bien puestecita, y eso que me acerco. Así, sin más, como para preguntar, sin ninguna mala intención. Me acerco y… ¡me trata como si fuese la mismísima criada! ¿Os lo podéis creer? Me ha hablado como si fuera un chucho y me ha pedido groseramente que trajera a la dueña del solárium, que tenía que hablar con ella por algo que no le había gustado. Ahora yo os pregunto, Tito y Eric,  ¿visto como una criada? ¿Tengo pinta de criada?

Eric y Tito coincidieron en negar con la cabeza rotundamente, sin perder tiempo. Segundos después Carla se partió de la risa y Filipo se puso a dar golpes a la mesa con la palma de la mano derecha.

–                           Ya te lo digo siempre, mamá. No vistes bien – y Carla prosiguió con su risa.

–                           ¡No digas bobadas! Tito, dime, ¿parezco una criada?

–                           En absoluto. Viste como una reina.

–                           Estaría ciega esa tía – añadió Eric.

Ella pareció quedarse satisfecha con la respuesta. Pero aún había más.

–                           Vaya cara se me ha quedado cuando me ha llamado chacha… Porque era una cliente potencial, que si no… ¡Le hubiera arrancado todos los pelos de su delicada cabeza! Pero en fin… Le he explicado de buenas maneras que yo era la dueña. ¿Y sabéis qué? ¡Ni se ha inmutado! Se ha puesto unas gafas de sol más feas que su cara de pato y casi me ha ignorado.

–                           Con todo el respeto, señora – interrumpió Tito, alzando una mano –, yo la hubiese echado. No se merece ese mal trato.

–                           Ya… Su marido vino ayer y dejó una grandiosa caja en la peluquería.

–                           ¿El de la gala esa de premios? – inquirió Filipo.

–                           Sí. Ése.

Se creó un silencio a continuación. Eric pensaba con mucha precaución, pero ese silencio le precipitó. ¡Qué cerda!, profirió, y todos fijaron la mirada sobre él, tan fijamente que casi le avergonzó haber proferido semejante cosa. Tuvo que buscarse una corrección.

–                           Quiero decir… que eso no se hace. No sé. Aún siendo alguien una criada, se merece un respeto.

Miró a Tito. Éste le dedicó una sonrisa sincera.

–                           ¿Y qué era que no te había gustado? – se interesó Filipo.

–                           Ah, sí. ¡Que la deberíamos haber recibido como una reina! ¡Lo que hay que oír, por favor! Entra toda sola, se apaña para llegar hasta el solárium, ¡y encima que soy una desconsiderada! ¿Cuál ha sido la palabra que ha usado exactamente? Ah, sí. Dueña de tres al cuarto.

–                           ¡Oala, mamá! – gritó Carla –. Yo la hubiese echado a patadas.

–                           Sí, eso ha sido lo primero que he querido hacer. Luego me he congelado un poco la mente y le he comentado que antes debería haberme avisado de que ya estaba ahí.

–                           ¿Cómo se llama la tía esa?

–                           Mónica.

–                           Lástima que no haya ninguna rima para la burla.

–                           Es una “tocaharmónicas”.

Y a la madre se le dio por reír. Los demás ni reaccionaron.

–                           Ay… qué estupidilla. Bueno, será mejor que vayamos saliendo de aquí. Tito, ya puedes ir retirando los postres y los platos.

–                           Enseguida, señora.

Más rápido que el viento, comenzó a retirar platos. Cuando cruzaba el umbral hacia la cocina llamó a alguien. Tras desaparecer, la madre le dijo a Eric en tono bajo.

–                           Yo siempre intento hacerles entender a mis hijos que no pueden burlarse de alguien simplemente porque sea un criado o alguien que limpia. Que les paguemos no nos da derecho a nada. ¿Por qué hijos?

–                           Porque alguien nos paga a nosotros – respondieron mecánicamente al unísono.

A Eric le gustó eso, y lo expresó con una media sonrisa. Se lo contaría por la noche a su madre.

–                           ¿Los postres, entonces, bien?

–                           ¡Riquísimos!

Tito reapareció, y no solo. Le acompañaba una mujer que no había visto antes, de tez blanca y ojos preciosos. Ella le saludó al verle.

–                           A cambio, seguramente te devolverán una sonrisa – finalizó la madre.

A continuación Filipo se marchó hacia su habitación allí por donde había venido y la madre salió por otra puerta.

–                           Vaya, me queréis dar todo un desafío.

–                           ¿Cómo? – se dio la vuelta Carla.

–                           Que os vais todos y me dejáis aquí, para arriesgarme a perderme entre multitud de pasillos.

–                           Eres un exagerado. – Y se rió un poco –. Acompáñame un segundo, y te llevo a casa.

Ascendieron por unas escaleras con forma de caracol, estrechas y algo angustiantes. Eran las mismas escaleras por las que había ascendido Filipo. Conducían hacia un pasillo que no había visto antes, pero conducían hacia el típico pasillo de esa casa, poco ancho e interminable. Ella le llevó hasta su habitación.

–                           Tu habitación es casi tan grande como el piso donde vivo – ironizó.

Apenas perdió tiempo en escrutar el lugar. Más que nada, temió que le subieran las vísceras a la garganta y se echara a vomitar. Tan sólo dedicó lo justo para descubrir que ella tampoco no le faltaba de nada. Ordenadores, televisión, aparatos de música, colecciones de coches en miniatura,…

–                           Te molan los coches por lo que veo.

–                           Son mi vida.

Recogió unas cuantas cosas de un cajón y se las metió en el bolsillo. La última cosa que cogió fueron unas llaves, que repiquetearon al ser cogidas. Antes de salir, comprobó que no se dejase nada.

–                           ¿Vamos?

–                           Vamos.

Mientras se encaminaban hacia el salón principal (¿o debería llamarse el retrato principal?), ella le explicó de dónde había nacido su gran afición por los coches. Por lo visto, cuando apenas se aguantaba en pie le regalaron coches de juguete y ella no dejó de jugar con ellos. Luego vinieron coches eléctricos y, aprovechando el vasto terreno que se expandía alrededor de su casa, salió cada dos por tres para, literalmente, “batir la carretera”. También condujo muchos karts y fue a miles de exposiciones de coches.

–                           No me preguntes qué me gusta de ellos. No lo sé.

Él la escuchó con cierto interés pero su mente se centró más en otros temas. Le apeteció mucho despedirse de la gente de ahí, especialmente de Tito, pero de camino  a la salida no se cruzó con ninguno de ellos y no quiso enturbiar a Carla haciéndola perder tiempo. No sonreía, pero es que tampoco no se había mostrado risueña antes. Aún así, a uno le resultaba imposible discernir si estaba enfadada o si simplemente era seria por naturaleza. De todos modos, no se iba a arriesgar.

Salieron y él no logró evitar un vistazo de reojo al cuadro. El rostro despótico e imponente del bigotudo padre de familia le miró con honor y dignidad, pero también le infundió pavor y muchísimo respeto. En fracciones de segundo rememoró su encuentro con él y su posterior estancia en la sala de dibujo y tiritó.

Bajaron la escalinata y dieron la vuelta a la mansión. Pisando la grava y las piedrecitas, él vio cómo detrás se formaba un jardín muy poco cuidado en comparación al parque y a la senda hacia el solárium. La hierba estaba lo suficientemente cortada como para que uno no bramase que esa parte del terreno era una mi…, pero apenas había adorno alguno y parecía más bien destinado para los perros, para que éstos correteasen y se entretuviesen allí. Siguieron adelante y él fue testigo de un garaje (enorme, cómo no) adosado al “culo” de la mansión. Se trataba de un sitio descomunal, en el que cabían como veinte coches y veinte furgonetas. Dentro descubrió el coche de Tito y otros más. A raíz del objeto recordó una pregunta.

–                           Hostia, ahora que veo el coche con el que me ha venido a buscar Tito… – balbuceó –. ¿Por qué hemos parado a como cinco minutos de aquí? ¿Y por qué ahora se encuentra ahí aparcado?

Al parecer le gustó la pregunta, abriendo la boca y luego mordiéndose los labios con una ligera sonrisa. Reflexionó la respuesta.

–                           Manías de mi madre. Cuando tenemos clientas para el solárium no quiere exhibirse en coches.

–                           ¡¿Pero si tenéis muchas cosas en constante exhibición?!

–                           Ya – encogiéndose de hombros –. El coche sólo se mete cuando ya no hay clientes. Órdenes de la ama de la casa.

Su rostro expresó incomprensión y falta de sentido común.

–                           Vuestra madre os marca una educación muy estricta, ¿verdad?

–                           Muyyyyyyy estricta. Jamás podrás hacerte a la idea. Y mejor que no te la hagas. ¡Entremos!

Ella abrió a distancia el coche más elegante de allí, un descapotable gris metalizado del tamaño de dos metros y diez centímetros de largo. A pesar de que la excentricidad y el excesivo lujo no coincidían con su espíritu, tuvo que admitir que ese coche era toda una delicia. Se acercó y su interior le volvió prácticamente loco, con un volante repleto de botones pequeños, tal como a él le gustaba, y con un navegador que por lo menos funcionaría cual un ordenador. Aunque principalmente el coche iba destinado para dos personas, detrás también había asientos, mas la forma en cómo quedaban conformados los asientos hacían algo inviable la presencia de gente en los asientos traseros, si bien apretujándose las piernas uno podía estar allí (incómodamente). Los asientos eran de cuero, con una mezcla entre el rojo y el negro. Cuando se sentó comprobó su tacto y… ¡menuda gloria!

–                           Hace un poco de frío, ¿no? – atinó a decir, y se frotó las manos con brío.

Antes de que encendiera el coche tocó un botón. Un sonido metálico rugió y el coche empezó a sacudirse. Eric se agarró al asiento, asustado, mientras ella ni se inmutó. A través del retrovisor, entonces, vio que salía algo por la parte de atrás y enseguida descubrió que emergía un techo que conectó directamente con el vidrio delantero. Eric alucinó, incluso cuando el coche dejó de sacudirse y se subieron solas las ventanillas laterales.

–                           ¿Qué pasa? ¿Nunca has visto algo así?

Lo negó con la cabeza, mudo. En consecuencia ella rió.

–                           Salgamos.

Encendió el coche y música a toda pastilla “explotó” de los cuarenta mil altavoces que habría ahí metidos. Dio un pequeño respingo, sin haberse esperado algo semejante de ella. Salieron del garaje y ella no bajó el volumen. De todas formas, a él no le importó. Estaba acostumbrado a que David no permitiese palabra alguna dentro del coche reventando el coche a base de música cada vez que salían de fiesta o cada vez que daban una vuelta por Lartos.

En el caso de David él ponía la música así por dos motivos: o para animarse antes de irse a una disco o para atraer la atención y así las chicas mirasen en dirección al coche. Con Carla él pensó más bien que no deseaba hablar. A él no le importó.

Llegaron a la primera verja, la electrónica. Carla metió la mano por dentro de un reposabrazos y sacó un aparato con un único botón. Lo apretó

Recorrieron a continuación toda la parte aquella de tierra y piedrecitas y bosque. Carla pareció remugar entretanto, y no fue para menos: el coche fue balanceándose a causa de la falta de rectitud del camino. ¡Qué tramo más poco placentero! Casi que prefirió apearse y recorrer ese tramo a pie… Pero en menos de tres minutos reconoció la verja de entrada, “atrapada” entre dos muros muy altos y muy gruesos, tan altos y tan seguros como los de la anterior verja electrónica. En esta ocasión tuvo que bajarse y abrir con una llave la verja.

Una vez traspasado el coche y cerrada la verja, vinieron los guijarros, un pequeño tramo de tierra y ya la carretera, desolada y vacía de almas y de metales. Se inició a la sazón un período de éxtasis en Carla. Ya en terreno sólido y estable, aceleró el coche y satisfizo a un coche que con toda seguridad necesitaba rugir a la velocidad de la luz. Condujo agresivamente, y poco pareció importarle que hubiese rotondas o curvas. Inexplicablemente, Eric no percibió que el coche se saliese mucho de la carretera ni que diese síntomas de volcarse o derrapar. Si bien se agarró al asiento, los giros no llamaron a la inercia ni a la desestabilización. Temió más que nada por su vida, ligeramente. Al cabo de cinco minutos entendió que manejaba el coche como nadie y que no conducía alocadamente. Cuando ya llegaron a Lartos y ya se avistaron semáforos y coches, se controló, moviéndose a una velocidad pausada y sensata. No bajó el volumen, sin embargo.

No se toparon con mucho tráfico. Casi eran las cuatro y media y aún a esa hora la gran masa no había regresado a sus casas, sino que se hallaban en sus puestos de trabajo. El sol todavía se alzaba en el aire, aunque estaba acompañada por pequeñas nubes inofensivas. Pese a que llevaba la camisa arremangada, no tenía realmente calor, y eso que las ventanillas no estaban bajadas. Dulce final de septiembre…

Arribaron en muy poco tiempo a la calle Henry Ford, su calle, y pudo apartarse a un lado de la cera, justo enfrente de su portal. Ella paró el motor. Presto bajó la ventanilla del copiloto.

–                           ¿En qué planta vives?

–                           En ésa – señaló con el dedo –. En la quinta planta.

–                           Ahm. Parece chulo.

–                           Sí, bueno. Afortunadamente acabamos de pagarla hace unos meses. No nos ha costado ni nada…

–                           ¿Cuántos años?

–                           ¿Cuántos años qué?

–                           Cuántos años habéis estado pagando el piso.

–                           Buf… unos veinte creo. Era muy pequeñito cuando vinimos aquí.

Ella apartó la mirada y, apoyando la nuca al reposacabeza, miró a la distancia.

–                           Pues yo no sé qué es eso de pagar en tanto tiempo. Mis padres lo pagan todo de golpe.

–                           ¿Y no te gusta?

–                           Sí. No sé. A ver, tengo todo lo que quiero. No puedo quejarme…

–                           …pero… – la alentó a seguir.

–                           …pero quizá sí que es una mierda…

–                           ¿El qué es una mierda?

–                           No sé. Yo estoy muy bien. ¡Ay, no sé! Mira, Eric… Mi madre me habla mucho de cuando ella tenía mi edad y luchaba por pagarse un alquiler. Te habla siempre de una forma que te pone en situación.

–                           Pero si no lo vives no lo puedes entender – sentenció él tajantemente –. Bueno, muchas gracias por llevarme.

Abrió la portezuela y puso un pie fuera.

–                           Oye, una pregunta – le frenó ella –. ¿Mañana tienes la tarde ocupada?

–                           No mucho. ¿Por qué?

–                           Pensaba comprarme algo por aquí. ¿Me acompañarás?

–                           Mmmmm… Quizá quedo con un amigo…

–                           Tráetelo. Puedo decirle a una amiga mía que nos acompañe.

–                           Se lo comentaré – le aseguró sonriendo –. Dime tú número de móvil y te hago una perdi.

Se la hizo en cuanto ella le indicó su número. Acto seguido ambos se grabaron los números.

–                           Te tengo – dijo él, entonando una voz malvada, y luego rió cual un malvado.

–                           Je, je, je… Pues ya nos veremos.

–                           Sí. Bueno, mañana ya quedamos. Seguramente pasaré antes por tu casa para dejarte lo de tu padre y podemos aprovechar para irnos todos juntos.

–                           ¿Vendrías entonces con tu amigo en coche?

–                           Seguramente sí. No sé. A ver, podríamos quedar y darte el papel con ideas y demás, pero prefiero hablar directamente con tu padre.

–                           Pues… creo que mañana tiene un viaje.

–                           Aps… Bueno, mañana te llamo. De todos modos, si por casualidad tu padre se va, avísame por favor.

–                           Vale. ¡Adiós!

–                           Adiós. ¡Ten cuidado! – Y Eric cerró la portezuela y dio dos golpecitos al techo del coche.

El motor de su coche rugió como un toro y se alejó a la velocidad de una flecha. Eric se esperó hasta que el chulo coche gris metalizado dobló la esquina. A continuación se dirigió al portal y entró. Mientras subía por las escaleras, tuvo la sensación de que llevaba días fuera de casa. Notó también cómo le pesaban las piernas. Bueno, ahora descansaría tumbándose un rato.

En el piso no estaba su madre. Pasó primero por su habitación y comprobó que la maleta se encontraba en su sitio. Efectivamente. Luego vio el lecho y no resistió la tentación.

–                           Un par de horitas y nos vamos.

 

 

 

 

Como en la anterior ocasión la tienda de antigüedades estaba vacía de gente, y como en la anterior ocasión él mismo se sirvió para acceder a su taller a través del lavabo. Mientras escudriñaba los objetos de colección, se preguntó por qué estaba tan descuidado el local, por muchas cámaras que hubiesen instaladas. Se figuró que no entrarían clientes. Aun así, lo creyó muy arriesgado.

Pero sin duda alguna ese local era una tapadera. ¡A saber qué cosas se habían cocido abajo durante todos estos años! Conspiraciones, armas, documentos ilegales, planes maléficos. Sólo pensarlo le ponía a uno la piel como escarpias.

Estaba faenando con un coche, como siempre. Tenías las manos grasientas, como siempre. La única diferencia en ese día yacía en que los botones de su camisa vieja de trabajo estaban desabrochados, revelando una buena panza. Si su cabello ya de por sí se ondulaba, ese día sus pelos apuntaban a direcciones opuestas. Apenas aguantaban sus ojos abiertos. Eric constató unas grandes ojeras.

–                           ¡Vaya cara, chato! – profirió –. ¿Cuánto hace que no duermes?

–                           Yo nunca duermo – y le tendió una mano. Eric se la miró y el Manitas se percató del descuido –: Ups, tengo las manos un poco sucias.

–                           Sí…

Seguramente involuntariamente se pasó las manos por el trasero y se las fregó contra el pantalón de chándal. Se las volvió a mirar. Ni un solo cambio.

–                           Da igual – remugó.

Dio media vuelta y comenzó a andar.

–                           Vienes a por tu coche, supongo.

–                           Sí. ¿Lo tienes listo?

–                           Sí – alzó la voz, ya que comenzaba a alejarse –. ¡Y modernizado!

En primera instancia se emocionó, dibujándose en su mente un coche asombrosamente nuevo con cosas muy chulas, un coche a lo va más. En segunda instancia recordó ante quien se encontraba y frenó toda esa agitación. Debía actuar con cautela con semejante tipo.

–                           Funcionará, ¿no?

–                           ¿Dudas eso de el Manitas? ¡No hay nada que mis manos no puedan mejorar!

<<En especial la rectitud y la honestidad>>, pensó.

Eric le siguió. El Manitas le condujo hasta una esquina del taller, allí donde reposaba su coche. Las puertas se hallaban completamente abiertas, incluido el maletero.

–                           Vaya, me has puesto un GPS – se sorprendió.

–                           En realidad… no lo es. Bueno, en apariencia sí: se te aparecen las calles y las rutas y demás, pero básicamente es un detector de maderos. Cualquier coche suyo que se te acerca, te avisará. También te chivará cuando haya una de esas mierdas de radares.

–                           Guau… ¿Y cómo has conseguido algo así?

–                           Chaval, chaval. ¡Trucos del oficio! – y enseñó los dientes y se llevó las manos a la cintura –. Ven, que te enseño más.

Le indicó que se aproximase al maletero.

–                           Me he tomado la libertad de crearte un poco de espacio en el maletero. Mira. – Alargó la mano y metió medio cuerpo en el maletero. Tocó el final del maletero, ya justo cuando tocaba con el asiento trasero, y reveló un agujero prácticamente imperceptible. – ¿Ves? Si no se toca por accidente uno no lo ve. Esto te ayudará a guardar cosas guays.

–                           Vaya.

–                           Qué más… Ah, sí. Debajo de este asiento, enganchado y sin que se vea, te he metido un cuchillo. Éste.

De debajo del asiento sacó un cuchillo de combate, de aquellos que había visto en tantas películas sobre ataques militares. Era bastante alargado y el filo algo grueso. Parecía algo usado ya.

–                           Dime que ese cuchillo ya ha matado personas.

El Manitas la escudriñó.

–                           Mancharse de sangre, eso seguro. Hombre, algo viejo sí que es.

Se la entregó.

–                           Vaya… Voy de arma en arma. ¡Qué días que llevo!

–                           Vete acostumbrando – dijo lacónicamente.

Le devolvió el cuchillo y tornó a pegarlo al asiento.

–                           No te he tocado motor ni nada. Sólo estas tres cositas. – Hurgó las manos en los bolsillos y sacó la llave del coche. Se la puso en la palma de la mano –. Cuida bien del coche.

–                           Descuida.

El Manitas le dio una palmada en el pecho. Presto se distanció un poco.

–                           Me imagino que te pillo un poco ocupado. Será mejor que me vaya.

Sólo obtuvo el silencio como respuesta. El Manitas se hallaba de espaldas, de cara a la larga mesa con multitud de armas. A su lado había un bidón verde con los guantes allí reposando. Mientras esperaba a que deshiciera ese silencio, asió los guantes y se los puso.

–                           ¿Al final dónde has pensado en meter el coche? – preguntó, sin volverse.

–                           Tengo un colega que calla más que un muerto. Me debe una muy gorda, y ni siquiera preguntará.

–                           Más le vale. Si se entera el Hombre de Negro de que se chiva a los maderos o algo parecido, es hombre muerto. Y quizá tú también.

–                           ¡Pues que se busquen a otro asesino! – explotó Eric. A continuación principió a cerrar todas las puertas del coche y la del maletero. El Manitas estaba mudo –.  ¡Yo no soy un asesino joder!

Se metió en el coche. Lo arrancó y sonó una serie de sonidos electrónicos desconocidos para él (y que en ese momento le importaban lo más mínimo). Giró el volante a la izquierda y se movió hacia la trampilla de la salida. Cabreado, esperó unos segundos, hasta que, para su desgracia, se acordó de que se debía abrir con un botón. Se apeó. Efectuó unos pasos hacia el final de la puerta, allí donde acababa y empezaba una pared poca fina y muy rasposa. Cuando se disponía a tocar el botón, el Manitas atinó a decir:

–                           Todos nacemos asesinos, ¿no lo sabías? – y sonrió como jamás antes le había visto. ¡Díos mío, qué sonrisa presenció! Era malvada, muy maléfica, diabólica… – Oye, será mejor que tú y yo seamos amigos. A mí me puedes confiar todos tus secretos. Venga, dime – efectuando unos pasos hacia él, pasos agigantados –, ¿a qué has hecho cosas malas? Sí, lo percibo. Has hecho cosas malas. Por eso te ha escogido Nuestro Jefe. Porque la matarás.

–                           Mañana será otro día. Te he pillado con faena, ¿verdad? Pues me voy.

–                           Además, si quieren ver muerta a tu hermana, será por algo.

El cuerpo de Eric se heló.

–                           ¿Qué?

–                           Hombre, es lógico. El Hombre de Negro trabaja por encargos. Alguien la quiere ver muerta y ha recurrido a él.

–                           Y tú sabes quién la quiere muerta, ¿no?

–                           No lo sé.

–                           ¡Tú sabes para quien trabaja, cabrón!

–                           No. Es información confidencial. Él es una tumba. No cuenta secretos a nadie.

Eric entornó los ojos y miró muy profundamente a el Manitas.

–                           Y tú también. Todos tenéis secretos.

–                           ¿Y tú no?

Eric rebufó y no supo qué contestar. Asqueado, apretó el botón que abría el garaje. Le dedicó una última mirada a el Manitas, una mirada de repugnancia y aberración. Éste sólo se limitó a sonreírle ingenuamente, como quien no se entera del caso. Eso provocó más repugnancia y aberración en el corazón de Eric y le apartó de su vista. Sin perder nada de tiempo se metió en el coche.

–                           ¡TEN CUIDADO QUE NO TE PILLE NADA AHÍ FUERA EN LA CALLE, MOSQUITA MUERTA! – oyó que le gritaba.

Eric musitó unas cuantas palabras indescifrables para el ser humano y volvió a apearse. Entre quejido y quejido subió la rampa y comprobó que no hubiese nadie en esa calle estrecha, donde apenas la luz de las farolas llegaba a alumbrar. Distinguió los contenedores y los apartó. Regresó al coche.

De nuevo en el coche, buscó a el Manitas por los retrovisores y no logró localizarlo. Le pareció vislumbrar una sombra en su pequeña oficina…

–                           Este sitio es de locos – concluyó.

A continuación salió del sitio, recolocó los contenedores y se marchó, sin molestarse en bajar el garaje.  

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Cuarto capítulo Novela negra

IV

 

Levantarse fue cosa de valientes más o menos para Eric. Habiendo sonado el despertador y habiéndolo parado sin ni siquiera abrir los ojos, siguieron un par de horas en los que luchó por quererse levantar y por no moverse. Cuando al final se decidió a levantarse, los ojos ya abiertos, aunque no del todo, entre bostezo y bostezo se desperezó y experimentó un punzante dolor de cabeza que casi le desestabilizó. Él estuvo seguro de que le vino por una sobrecarga de pensamientos y de preocupaciones. Y no sólo porque en las dos horas en las que se había esforzado en levantarse había rumiado en cosas y más cosas, sino porque ya le había costado conciliar el sueño al día siguiente.

La cabeza se le calmó un poco a medida que se sucedieron los minutos. Tras asearse, cambiarse, encender el televisor y coger lo primero que vio en la nevera, se sintió mucho mejor. Vaciló en si tomarse algo, pero al final creyó que el paso de las horas  ya haría su efecto.

Expresar aquí en qué había pensado no valía la pena, pues demoraría mucho la historia y sin duda alguna aburriría en demasía. Sin embargo, podemos aquí transmitir que el pensamiento que rodeó a Eric no era ya si debía matar a su hermana o no. Si bien había rumiado al respecto, en un momento de la noche su cabeza se había dirigido a algo a lo que extrañamente no había prestado atención antes: cómo había llegado hasta la fábrica abandonada. Bueno, esa pregunta no resultaba difícil de contestar, mas lo que le había desconcertado durante toda la noche había sido cómo le habían cazado el Hombre de Negro y sus secuaces, además de qué había estado haciendo él en ese momento, dónde y con quién había quedado. Enigmáticamente, había una especie de agujero negro en la memoria reciente de Eric a la que no lograba acceder. Y pareció dolerse cada vez que lo intentó.

Debía haber alguien que supiese algo en torno a ello. Lo único que sabía era que supuestamente había quedado con Jennifer, algo absolutamente falso y que había servido para que su madre no pudiese sospechar ni para que tampoco se preocupase. Sin lugar a dudas, lo habían maquinado de forma que nada resultase sospechoso, de forma que todo transcurriese en su curso normal. Eric se dijo eso más de una vez y cada vez que se lo dijo se estremeció. De hecho, a cada pensamiento algo así como un martillo golpeó a su esperanza de poder salvarse o de poder engañarlos. Se asemejaba a aquel momento dentro de una partida de ajedrez donde el jaque mate era más que evidente.

Tan sólo se le ocurrió, una vez almorzado y despierto, que podía acudir a su amigo David. Con él siempre solía quedar, y no resultaría nada extraño que hubiese quedado con él en ese fatídico día. Aunque… a decir verdad, tampoco le sonaba que hubiesen quedado. No obstante, como cualquier horizonte en su memoria estaba difuminado, cualquier sugerencia, propuesta o intento valdría. Así que cogió el móvil y le llamó. O no le dio tiempo a contestar o estaba trabajando. Eric nunca recordaba su horario, puesto que variaba semana sí semana también y jamás se aclaraba. Miró la hora: las once y diez.

–                           Le enviaré un mensaje.

Una vez enviado, y como tampoco no le urgía ningún recado, se puso a limpiar y a ordenar un poquito la casa a nivel general. <<Así se alegrará mi madre cuando vuelva.>> Empezó por la cocina, donde los platos del día anterior aún no habían pasado por agua, y pasó posteriormente al comedor y a las tres habitaciones, aunque una ya había sido vaciada por su hermana hacía meses. Se dejó su habitación para la última, consciente de que se entretendría mucho con la dichosa maleta. Y efectivamente, así fue. A pesar de que su cuerpo comenzaba a dar signos de fatiga y de que pensamientos le seducían a que lo dejase ya, cuando apiló todo lo del suelo sobre la mesa no pudo evitar echar un vistazo a la maleta y abrirla. Toda aquella bestialidad de billetes relució ante sus ojos.

–                           No lo entiendo, de verdad. Llevo meses pregonando por un cambio en mi vida, por tener suerte y poder sacar esto hacia adelante, y ahora resulta que ante este amasijo de dinero soy más infeliz. ¿Cuántas veces no he deseado yo algo trágico para mi hermana? ¿Por qué su muerte me espanta? ¿Por qué? Cargármela es muy fácil. Me despido cómo sea de mi madre y me espabilo fuera del país. Y ya está.

Sacó el trozo de papel aquel con escritura del Hombre de Negro en el que se especificaba lo que debía conseguir y a quién debía acudir. En él había también garabatos provocados por Eric mismo, en un momento de locura y desesperación. Había además hecho cruces y subrayado la palabra “coche”. Maldita sea, lo del coche, se maldijo a sí mismo. Definitivamente se convenció de que tenía que adquirir uno. Si podía, que seguramente que sí, se acercaría esa misma tarde a un concesionario para coches de segunda mano pero relativamente nuevos y ya saldría con uno de ellos. ¿Pero seguro que podría ya conducirlo el mismo día? Él ya poseía permiso de conducir (tanto propio como falso) y uno de esos coches ya dispondría de permiso de circulación. El problema yacía en lo del seguro, que tardaría un tiempo para formalizar el contrato.

–                           Eric, no me jodas ahora. Vas a matar a alguien y te preocupas por un puto seguro.

No quería matar a su hermana, sin embargo. Aún estaba dándole vueltas al plan que iba a llevar a cabo, pero no se veía capaz de acometer una atrocidad que dependía de una mente devastadora y enferma. Él no estaba enfermo, por mucho dinero que necesitase. Pero estaba siendo observado, o al menos de eso él podía deducir por ese coche azul del día anterior. Ese tipo seguramente observaría cada uno de sus movimientos y luego se los trasladaría al Hombre de Negro, para tenerlo controlado y para que no se le fuese la olla y se centrase en su misión. Al menos compraría el coche para hacer ver que acataría todas las órdenes. Luego, según pasase el fin de semana, ya trazaría un plan. Pero por el momento, sólo estaba centrado en saber cómo había llegado a las manos de esos criminales.

Recibió la contestación de David poco antes de que su madre arribase. En ella se mostraba tan gracioso como siempre y le informaba de que sólo estaba libre entre las tres y las cinco, ya que luego su novia y él debían presenciar un acto al que habían sido invitados. Eric le devolvió el mensaje indicando que a las tres y media en el bar de siempre.

Su madre arribó mientras él estaba limpiando el suelo del lavabo con una aspiradora. Cuando él fue a recibirla, se la encontró triste y cabizbaja.

–                           ¡Pero mamá! ¡Menuda cara que me llevas! ¿Qué pasa?

Ella suspiró y dejó caer el bolso al suelo. En ningún momento miró a Eric. Pasó por su lado y se desplomó en el sofá. Luego se quejó.

–                           Buf… ¿Me enciendes la tele?

Eric obedeció.

–                           Reventada como siempre, ¿no?

–                           ¿Qué?

Sus ojos estaban enganchados a la pantalla. Eric desistió y se retiró.

Abrió la nevera. Su madre aún no había efectuado la compra, con lo que escaseaba la comida. Eric escogió algo de pasta y verdura entre la escasez. Cuando encendió el fogón, esperó un grito de su madre que no llegó. Normalmente, si él no hacía ninguna tarea de la casa, su madre se quejaba, pero lo bueno residía en que también se quejaba si él se echaba a hacer una de esas tareas, apartándolo y diciéndole que ya lo haría ella, que él siempre lo hacía mal. Él solía espetarle algo, medio en broma medio en serio, y se largaba. Ese día, sin embargo, no gritó nadie. Transcurrieron alrededor de diez minutos hasta que su madre no se dignó acercarse y sólo entonces descubrió que su hijo estaba cocinando.

–                           No hace falta que lo hagas – dijo con un tono de voz muy bajo. Parecía a punto de desplomarse.

–                           ¿Por qué no vuelves al sofá y descansas un poco?

–                           Sólo tengo sueño… No estoy cansada para nada. ¡Me paso todo el día sentada!

–                           Pero te despiertas súper pronto.

–                           También.

A su madre no le apeteció regresar al sofá y preparó la mesa. Ayudó a su hijo a que no se pasase con el tiempo a fuego lento y también a sacar las cosas. Diez minutos más tarde comieron.

–                           ¿Y qué tal la mañana?

–                           Puf… Hoy nos ha llegado una mala noticia. La empresa ha tenido pérdidas y quizá despidan a gente.

–                           ¡¿Cómo?! ¡Pero si hace escasamente tres semanas el director os dijo todo orgulloso que la empresa iba viento en popa!

–                           Tú mismo lo has dicho: hace tres semanas.

Ahí prácticamente se terminó la plática. Hablar de dinero y de despidos puso a Eric furioso, y ya no quiso saber más. Compartieron alguna que otra trivialidad sin importancia que no hace falta transcribir aquí. Se cepillaron sus platos en un periquete y se separaron.

 

 

 

 

Ahora se le daba por observar muy atentamente a las personas que se cruzaban en su camino o que, simplemente, paseaban cerca de él. Jamás habiéndose preocupado de que alguien pudiese seguirle la senda, sus ojos ahora bailaban hacia todas direcciones, sospechando de los más insospechables. Al principio todo comenzó conscientemente, esmerándose en observar su derredor y ser capaz de discernir de quién podía fiarse o de quién podía sospechar; pero luego todo cambió al día siguiente (o sea, ese mismo día): sus ojos volaban solos, sin necesidad de su mente. Era como ese instante de dolor que el cuerpo recibía y que en cuestión de segundos el cuerpo se protegía retirando aquella parte del cuerpo dolida. Sin lugar a dudas, a Eric le sorprendió echarse a “descodificar” a todos los transeúntes que sus ojos interceptaron sin que su mente interviniese.

No le molestó mucho. Sí le molestó, en cambio, que tras saludar a David los ojos se le saltasen incontrolablemente y que leyese tras la cara de todos los que había cerca. Más que nada, fue una sensación muy incómoda que, más allá de si David lo percibió o no, no le permitió respirar tranquilo ni mantener una tranquila charla. Y lo peor fue el presentimiento de que eso sólo era el principio de un sinfín de nuevas calidades que, al menos para él, añadían miseria a su ya paupérrima vida.

–                           ¿Qué pasa tío? – le había saludado David con efusividad, explayando los brazos para saludarlo. Para sorpresa de Eric, iba algo desaliñado y descuidado.

–                           Pues nada – tras abrazarse –. Aquí estamos, neng.

–                           Pues tú dirás, tío. ¿Entramos?

Entonces habían entrado a un bar llamado “Los pirados”, un lugar que para ellos resultaba simbólico, puesto que habían pasado multitud de tardes allí en momentos de hastío, depresión o sencillamente tedio. Al respecto ambos siempre se mostrarían eternamente agradecidos de que hubiese existido un bar así, con un ambiente muy juerguista, dicharachero y distendido. Lo habían descubierto por pura curiosidad (como muchos de los hallazgos de los seres humanos no científicos) y desde entonces jamás habían cambiado de bar, creándose a partir de ese momento un vínculo de unión semejante al de un matrimonio. Habían abierto una estrecha relación con el dueño del local e incluso se habían hecho amigos con algunos de los que se habían pasado habitualmente.

Se habían sentado en la mesa que tantos buenos recuerdos les traía. Siempre procuraban sentarse en esa mesa y no otra. Estaba ubicada en una esquina, y desde ahí podían cotillear y ver a la gente entrar y salir, algo que les entretenía muchísimo. Normalmente se la encontraban siempre deshabitada: o bien los chicos del lugar se la reservaban porque sabían que ahí solían sentarse o bien el dueño intentaba que nadie la ocupase.

–                           ¡Hey! ¡¿Qué pasa, nenes?! – les había saludo el dueño del bar en cuanto los había visto.

–                           Vamos a echar el rato – había respondido David.

–                           Claro que sí.

Había sido en ese momento cuando, ya habiéndose sentado los dos, sus ojos se desplazaron hacia cara tras cara. No estaba atiborrado el sitio, así que no hubo mucho que demorarse. No obstante, de todos los presentes no le sonó la cara de un calvo sentado a la otra esquina, prácticamente tapada por la barra. No le miró largo rato. Aún así, mantuvo el ojo avizor.

Ninguno de los dos no habló hasta que el del bar no trajo las bebidas. Dos cervezas sin alcohol. Solían tener la costumbre de no principiar a charlar hasta que no eran servidos.

–                           ¿Cómo vas? ¿Ha pasado algo?

–                           No… Quiero decir sí. Pero no es nada muy serio.

Entraron dos clientes. Eric no pudo zafarse de observarles detenidamente. Uno le sonaba, el otro no.

–                           Pues tienes cara de estar preocupado. ¿Ya te has metido en líos?

–                           No, no, para nada. Es más bien… una duda que tengo desde hace un par de días.

–                           ¿Qué días no tienes dudas? – se burló, riéndose a carcajada limpia –. Bueno, está bien. Perdona.

–                           Me gustaría que hicieses un trabajo de memoria.

–                           ¿Un trabajo de memoria? ¿Se te ha ido la chaveta o qué?

–                           ¿Me vas a ayudar o no? – graznó, sacando algunos destellos de angustia y desesperación.

–                           Vale, vale. Trabajo de memoria. Guay.

–                           Remóntate… a tres días atrás.

–                           Lunes, ¿no?

–                           Sí, porque hoy estamos a jueves. Creo.

–                           Vale, lunes. ¿Y ahora qué?

–                           ¿Te comenté ese día o antes si iba a hacer algo?

Ahí David se quedó pillado y miró hacia el techo. Estaba recordando, o aparentándolo. Eric esperó con impaciencia. Quizá la intuición le había servido y David podía serle de ayuda.

–                           Pues ahora que lo dices… No me acuerdo. ¿Qué hiciste?

–                           ¡Serás gilipollas! ¡¿Para qué te lo pregunto si no?!

–                           Ah, bueno. Perdona.

Eric suspiró y miró hacia la ventana. De golpe las venas se le enfriaron… y se arrepintió de haber realizado esa acción.

–                           Oh no… – musitó.

–                           ¿Qué? – e inconscientemente miró hacia donde había Eric mirado.

–                           No mires para afuera, anda.

–                           ¿Por qué? Lo has hecho y te has puesto a gimotear.

–                           No he gimoteado.

–                           ¡Anda que no, marica! A ver, qué hay – instó pegando los morros al vidrio.

–                           ¡Pero te quieres estar quieto! – espetó agarrándolo por el cuello de la camiseta y arrastrándolo hacia el lado opuesto a la ventana.

–                           ¿Te has vuelto loco? ¿Pero qué te pasa?

A Eric la situación le incomodó, por cómo agachó la cabeza y por cómo no supo hacia dónde mirar. David en cambio se había enfurecido, prácticamente fuera de sus cabales. Sacando humo por la nariz, se acercó a Eric, y, asegurándose de que nadie les estaba prestando atención, le musitó:

–                           Esta camiseta me la compré hace unos días. No me toques los cojones, ¿de acuerdo? – Pausa. Momentánea –: Oye, déjate de gilipolles. ¿Quién hay ahí fuera?

–                           Aquí no te lo puedo contar. En otro momento. Ahora contéstame a la pregunta en serio: ¿no te comenté nada sobre el lunes?

–                           Nada. Y si comentaste algo, ahora mismo no me acuerdo. Quizá luego con el tiempo recuerde algo. Pero tío, ¿qué te pasa? ¿Es algo gordo?

–                           En otro momento.

A la sazón David eliminó cualquier rastro de voz y habló con los labios. Por los movimientos Eric creyó apreciar que decía: <<¿Te están siguiendo?>> Eric asintió con la cabeza y luego sonrió, estúpidamente. Con una mueca David buscó explicaciones a tal sonrisa, pero Eric hizo que no con la mano.

–                           No te preocupes – le alivió –. Cuando pueda ya te haré saberlo.

–                           ¿Puedo ayudarte en algo?

–                           Averíguame si alguien sabe qué hice el lunes por la noche.

–                           En qué lío te habrás metido…

–                           En uno muy gordo.

Acto seguido, intentó apaciguarse y olvidar que allí estaba de nuevo el coche azul. Porque sí, lo que había visto tras el vidrio había sido el maldito coche azul del día anterior. Definitivamente le estaban siguiendo. Esa idea le acució sobremanera, torturándole. ¿Y si el tipo se hallaba dentro del bar, tomando una copa tranquilamente? El tipo más cercano estaba a tres mesas de distancia.

Lo único que se le cruzó por la cabeza para relajarse fue buscar vías de conversación muy alejadas de la mantenida. No obstante, David no ayudó mucho en la tarea, porque estaba completamente interesado en su problema y no logró centrarse en otra cosa que no anduviese relacionada con el espionaje. Tras tres intentos fallidos, Eric se vio obligado a tirar la toalla y dar un golpe sobre la mesa. Al principio la gente le miró, pero luego consideraron que sería otra de las bromas suyas de siempre y le olvidaron.

–                           No me llames, David. Ya lo haré yo.

–                           ¿Y qué pasa si lo hago? – le desafió, sonriente.  

–                           Que puedes ser hombre muerto. – Le pegó el último sorbo a la cerveza y se despidió –. Ya pago yo. No salgas hasta de aquí un par de minutos.

Se quedó hecho polvo. Apenas parpadeó, ni siquiera habló o replicó. Afortunadamente para él, había resonado con fuerza en su cabeza y había comprendido la situación a la perfección. Acató la orden y no se movió. Eric, por su parte, pagó y se largó.

No pudo esquivar una mirada furtiva al coche azul, allí aparcado, pacíficamente. Reexperimentó la dichosa sensación de que adentro había alguien, pero se convenció de que eso era un bulo. El tipo había entrado al bar y se había tomado una copa. <<Ya le pillaré. Sólo es cuestión de tiempo.>>

Sí, porque… bueno, el que le seguía sabía que Eric sabía de su existencia, pero lo que ignoraba radicaba en que Eric no era tan tonto  como se podría imaginar.

Ni tan previsible como el Hombre de Negro podría creer.

 

 

 

 

–                           ¿Entonces se lo queda? – preguntó el hombre a cuadros. Inconscientemente, se estaba fregando las manos, incrédulo a una posible venta.

–                           Pues sí. Me va a venir de perlas – contestó haciendo que sí con la cabeza, satisfecho.

–                           Pues acompáñame.

Eric se había acercado al primer concesionario de coches de segunda mano que había visto, y, impulsado por una sensación nueva y extraña, se había convencido de que ahí dentro daría con el coche que buscaba. Y así había sido. Tan sólo había necesitado unos pocos minutos para quedarse impresionado por un coche, del que, si bien no era lujoso ni del otro mundo, le había encantado el diseño. Sin tener que pensárselo, había corrido hacia su interior y se había sentido ya dueño y señor mientras probaba las marchas y se imaginaba por las carreteras de Lartos. Ni siquiera había necesitado el asesoramiento de un tipo a cuadros que apestaba a colonia barata y desodorante.

¿Y cuál había sido esa sensación? La desconocía. Tampoco le importaba. Había sido flechazo a primera vista y punto.

Lo mejor de todo fue que su precio no se elevaba demasiado. Para su sorpresa, se había mostrado reacio a creer que algo tan bonito y lujoso pudiese resultar tan barato. No le dio muchas vueltas al asunto, tampoco. De hecho, se congratuló.

El tipo a cuadros, el típico estúpido sin dos dedos de frente, cuya única meta consistía en vender desesperadamente algo sin alma, le llevó a una mesa muy desorganizada y le pidió que se sentase. Una vez hecho eso, procedió a mostrarle toda la información perteneciente al coche y luego detalló el precio y todo el papeleo. Una gran sorpresa se llevó (o una gran alegría, más bien) cuando Eric le informó de que pagaba al contado. El vendedor no abrió la boca mucho, pero poco le faltó para tragarse una mosca. Se le subieron los colores a la cara, y si ya le habían tratado con amabilidad, a partir de entonces le trataron como si fuese el propio rey. Eric ni se sintió halagado ni entró en el juego; simplemente se limitó a contestar lacónicamente todas las preguntas y a llevarse el coche cuanto antes. El vendedor quiso rechazar el que ese mismo día ya se llevase el coche, pero Eric presionó excusándose en que le urgía tenerlo y en que le era imposible esperar.

Así que así fue como consiguió el coche: una tarea muy fácil si tus bolsillos están cargados de billetes. Una vez que salió del lugar con el coche en su poder, experimentó lo que significaba adquirir un producto de alto coste con el movimiento de una mano. Esa simple acción le otorgó algo así como poder, no sólo sobre simples objetos sin corazón, sino también sobre humanos desesperados por vender. Por primera vez fue capaz de entender porqué a tanta gente le tentaba estafar a la gente. Al salir, había tenido ganas de volverse y de engañar a ese pobre frívolo, pero se hizo que no con la cabeza y se alejó con el coche.

Al principio comenzó a dar vueltas por la ciudad como quien no tiene otra cosa que hacer, como quien posee mucho dinero y tiene que gastarlo de alguna manera. Más tarde se dio cuenta de su estupidez y se echó a reflexionar en dónde guardaría el trato. Además, existía algo muy simple: no tenía seguro, por lo que exponerse a las calles por mucho tiempo conllevaba su riesgo. Salió de la ciudad, se paró en una explanada a la que siempre le gustaba acudir en momentos de reflexión o necesidad y meditó.

–                           ¿Adónde? – se inquirió más de diez veces, sin responderse en ninguna de ellas. 

Al final sólo apareció en su cabeza la única persona que parecía haberle ganado confianza en los últimos días. Sin estar muy convencido, se dijo de ir a ver al Manitas, con la esperanza de que al menos le pudiese esconder el coche por una noche. ¿Aún estaría en su taller? Echó un vistazo al reloj: no pasaban de las ocho. Un poco justito.

No obstante le sonó el móvil. Acostumbrado a que en los últimos días se moviese de un lado para otro no le sorprendió que le llamasen. Sin embargo, cuando descubrió quien le llamaba, abrió los ojos como platos y cogió aire.

–                           ¿Hermanito? – balbuceó una voz suave y cansina al otro lado de la línea.

–                           Hola, querida hermanita. ¿Qué hay? – Instantes después se quedó pensando desde cuándo la saludaba tan efusivamente y desde cuándo se molestaba en preguntar por sus cosas.

–                           Pues nada. Esperando a que venga mi novio, que me va a llevar a un restaurante de cinco estrellas. ¿Te lo puedes creer? ¡Voy a entrar en El five! ¿Te lo puedes creer?

–                           Sí, me lo puedo creer. Qué menos se puede esperar de un ricachón. ¡Pues hala, a disfrutar!

–                           Ya ves. – Se paró y pareció quedarse pensativa. Mas en realidad se había puesto a beber un trago –. Oye, ¿te acuerdas de que el otro día te hablé de que necesitaban a un arquitecto?

–                           Sí, me acuerdo. De hecho me lo dijiste ayer.

–                           Qué gracioso – se quejó emitiendo sonidos muy extraños –. Bueno, pues esta mañana he tenido la oportunidad de hablar con su padre y me ha pedido que te preguntase si podías pasarte mañana por la mañana o, a más tardar, a la mañana del día siguiente. ¡Ves como te lo dije! ¡Vas a trabajar para ricachones!  Porque vas a aceptar, ¿verdad? Si no lo haces, dejas de ser mi hermano.

<<Pues no estaría mal. Así me libraría de tener que matarte… >>

Eric restó patidifuso. Rumiando acerca de todo lo que eso implicaba, divisó dos partes muy opuestas. La primera, y la más clara, yacía en que se le brindaba la posibilidad de ahondar en esa familia y quizá descubría detalles que le ayudarían a desembrollar el misterio alrededor del planeado asesinato a su hermana. La otra parte, sin embargo, yacía en que no podía perder el tiempo en visitar a gente. Pensándolo fríamente, apenas le quedaban siete días para satisfacer los deseos del Hombre de Negro. ¡Qué lío! La sensación esa de que el tiempo corría en tu contra le ahogaba a uno.

–                           ¿Hola? ¿Hermanito?

–                           Sí, sí. Estoy aquí. Es que estaba mirándome qué obligaciones tenía para mañana.

–                           Mentiroso. Tú nunca has usado una agenda en tu vida.

–                           Ay, calla, que te lo digo en serio. A ver, en principio mañana podía pasarme. ¿Está muy lejos?

–                           Está algo retirado de la ciudad, pero no te preocupes: le puedo pedir a mi novio que te pase a buscar.

–                           ¡Oh, no! No hace falta, yo mismo me espabilo.

–                           ¡No seas tonto! Por una vez aprovéchate. Además, tú no tienes coche.

Eric paseó la mirada a su alrededor. A punto estuvo de decirle entre carcajadas que sí que tenía uno, pero se lo guardó. En vez de eso contestó:

–                           Está bien… Por una vez me aprovecharé. ¿Así mejor?

–                           ¡Sí! – profirió con esa voz de niña y con esa voz de pito que él siempre había detestado.

–                           Está bien. ¿A qué hora quedamos?

–                           ¿Entonces irás mañana por la mañana? Déjame que lo comente con Filipo y te envío un mensaje. ¿Sí?

–                           De acuerdo.

Ella de despidió, muy contenta. Cuando él colgó, le ardieron unas ganas enormes de lanzar el móvil por la ventana y partirlo en mil pedazos. Afortunadamente, lo soltó y el aparato se cayó al asiento copiloto. Resopló.

Salió para mear. El aire le refrescó mucho. Le calmó además. También le ayudó a meditar concienzudamente. Se preguntó si era buena idea acudir a el Manitas. No se le ocurrió ninguna opción más para su coche. Podía aparcarlo a unas cuantas calles de su casa, pero a él le costaba mucho pensar de buenas a primeras. Siempre necesitaba tiempo para reflexionar. Si el Manitas le hacía el favor, tendría toda la noche y el día siguiente para abordar el asunto y encontrar un sitio adecuado para que pasase desapercibido y del que no le requiriese andar mucho.

Retornó al coche y condujo hasta el taller/tienda de antigüedades de el Manitas. Condujo lentamente, aunque en muchos momentos le tentó pisar el acelerador. Pero recordó que aún no tenía el seguro en su haber. ¡Ay si le paraba la policía! Mientras esperaba que un semáforo se pusiese verde, se figuró una escapada emocionante pero perjudicial al final para él, siendo detenido y arrestado y enjuiciado.

Se encontró el sitio abierto. Se alivió al poder empujar la puerta hacia adentro, habiéndose puesto muy nervioso. Sobrepasó todas las antigüedades, el pasillo y el mostrador, oliendo un extraño tufo que le hizo preguntarse qué demonios se cocería ahí y que le hizo recibir varios escalofríos. Sobrepasó también el lavabo y bajó hasta el taller. No le halló por ningún sitio.

–                           ¿Hola?

Silencio escalofriante. Empezó a girarse sobre sí mismo y aguzó el oído. Más silencio. Fue hasta el coche, oteó por debajo de éste, metió la cabeza en la oficina,… pero ni rastro. Quizá había salido, o quizá… Se imaginó a un Manitas muerto, escondido tras un armario, habiendo dejado tras de sí todo un charco de sangre que su asesino se había olvidado de limpiar.

Sin embargo, en vez de eso, se topó contra algo inesperado y desconcertante. Habiéndose relajado, creyendo que se encontraba solo, una voz desde la espalda le gritó:

–                           ¡No te muevas!

Acto seguido sonó un clic.

Involuntariamente procedió a volverse.

–                           ¡Como te muevas te vuelo los sesos, cabrón! ¡Arriba las manos, donde las pueda ver!

Acató la orden. Muy lentamente alzó los brazos. Las piernas le temblaban, cual a un niño amenazado por niños más grandes. De súbito le urgió hacer pipi. Se sintió ridículo e inexperto. Recordó que la pistola se hallaba escondida en su habitación y se arrepintió de no habérsela llevado. ¡Qué estúpido! Le faltaba tanto por aprender…

–                           Dame una razón por la que no deba pegarte un tiro.

Se le escaparon los argumentos y se le bloqueó el pensamiento. Cerró los ojos. Notaba cómo se le habían formado grandes gotas de sudor y cómo se acumulaban alrededor de sus ojos. Apretó los dientes.

–                           ¡Número 2! – profirió una voz.

Esa voz se asemejó a la voz de un ángel salvador. Mas no abrió los ojos, aguardando.

A lo lejos sonaron unos pasos que bajaban las escaleras. A Eric le pareció reconocer esos pasos, pero, de nuevo, no se aventuró a abrir los ojos. Podía encontrarse con una sorpresa muy desagradable. Prefirió esperar y rezar en lo más hondo de él. Jamás había creído en Dios (y menos ahora que se codeaba con matones y gente sin alma), pero de golpe se había ido al traste toda su filosofía religiosa y necesitaba de un ser superior. Tan sólo le faltó juntarse las manos…

–                           Baja la pistola. Es uno de los nuestros. – Entonces reconoció la voz. Era el Manitas. Seguía bajando las escaleras. 

–                           Date la vuelta. Lentamente.

–                           Número 2, por favor…

–                           Calla. Date la vuelta. ¡Ya!

Se giró sobre sí mismo. Muy lentamente. Abrió los ojos y todo se le antojó que daba vueltas. Buscó unos segundos para relajarse pero no encontró el tiempo para efectuarlo. Se giró… y por poco no volvió a cerrar los ojos. No respingó, no pegó ningún grito, no retrocedió. Restó petrificado. Delante de sí, a no mucha distancia, vio a un hombre que vestía un traje y llevaba gafas de sol. Le estaba encañonando con una pistola grande e imponente. Sonreía, muy anchamente. Disfrutaba apuntándolo, y seguramente disfrutaría matándolo a tiros. Eric no fue capaz de tragar imaginándose muerto. De hecho no hizo nada, aparte de temblar y sudar. Oyó a el Manitas acabar de bajar las escaleras y acercarse.

A pesar de las gafas de sol, pudo distinguir que le estaban observando muy fijamente. Tuvo miedo, mucho miedo. Ese tipo le infundió una sensación asfixiante, y por primera vez la realidad cayó sobre él y le dejó bien claro que, si quería salir adelante y engañar a el Hombre de Negro, debería enfrentarse a tipos como esos. Recordó que cuando, atado a la silla frente a el Hombre de Negro, éste había mencionado los nombres de Número 2 y Número 3, Eric se había dibujado unos “números” con cuerpos de culturista, de aquellos cuyos músculos rompían camisetas y cuyos cuerpos ocupaban media calle. Empero, este Número 2, el Número 2 en carne y hueso, no presentaba un aspecto tan musculoso ni era muy ancho. Ni siquiera era robusto. Básicamente destacaba por su altura. Pero Eric entrevió que su agilidad y su astucia suplantaban con excelencia esa aparente deficiencia de fuerza.

Segundos parecieron minutos. Aguantó como pudo (le pesaban los brazos), hasta que de sopetón Número 2 se partió de la risa. Su carcajada reverberó por todo el taller, y a Eric se le puso la piel de gallina. Se carcajeó largo rato, doblándose y apoyándose a un pilar de hierro. A Eric le aturdió tal actitud. También le desconcertó. Bajó los brazos y se calmó un poco, si bien los nervios no desaparecieron y se hicieron evidentes en movimientos inconscientes. 

–                           ¡QUÉ BUENO! ¡DIOSSSSSSSSSSSSSSSS! ¡CÓMO MOLA!
Se guardó la pistola y se puso a aplaudir. 

–                           ¿Ya estás contento? ¿Satisfecho?

–                           ¡MUCHO! ¡JAJAJAJA!

El Manitas se acercó hasta la posición de los dos (cargaba con un refresco en la mano y su toalla reposaba en su hombro). Cuando estuvo al lado de Eric, posó una de sus dos manos sobre el hombro de éste último. Eric advirtió que el Manitas tenía las manos de grasa, pero el miedo y el desconcierto le impidieron reaccionar. De todos modos, tampoco le hizo falta quejarse: el Manitas mismo retiró la mano.

–                           No le hagas caso – le aconsejó –. Está un poco chalado.

–                           ¿Y tú no? Todos nos acabamos volviendo locos en este mundo.

Número 2 se guardó la pistola, risueño. Marcaba la misma sonrisa que Federico, allí, en la terraza, tras aquel encuentro con el Hombre de Negro. Por lo visto, resultaría todo un ritual en ese mundo del Hombre de Negro. Eric se preguntó si él también se bajaría del burro y caería en esa moda. No quiso averiguarlo.

–                           ¿Estás bien? – se preocupó el Manitas.

–                           Claro que está bien – terció Número 2, burlándose –. Si es uno de los nuestros que le apunten con una pistola no significa nada. ¿Verdad Eric?

Así que, después de todo, el tipo ese había sabido desde el principio quién era. Eric se sintió estúpido e inútil. Ese burlón se había reído de su cara.

–                           ¿Tú eres el que me sigues a todas partes? – desafió Eric inesperadamente.

Sin apartar la sonrisa, contestó:

–                           ¿Seguirte yo? Tengo cosas más importantes que hacer.

–                           ¿Alguien te está espiando? – preguntó el Manitas.

–                           Eso parece.

–                           En este mundo es normal – explicó Número 2 –. Se trata de acostumbrarse. A ver, yo sí que te seguí y observé, pero hace meses. ¡Qué vida más asquerosa y aburrida que tienes, por cierto! No me aburrí ni nada siguiéndote.

–                           No tengo muchos secretos.

–                           Y aunque los tuvieras, a nosotros no se nos escaparía ninguno.

Ambos se miraron, con desdén y desafío. Como los ojos de Número 2 no se apreciaban, supusimos que éste replicó en silencio a la mirada prácticamente visceral de Eric. El Manitas observó todo eso.

–                           Bueno, ¡qué más da el pasado! Brindemos que ahora todos estamos en el mismo barco. ¿Alguien quiere un trago?

La escena de dos pistoleros observándose (aunque a uno le faltaba el arma) trajo silencio al ofrecimiento de el Manitas. Seguramente acostumbrado a númeritos como esos, dejó que el río fluyera.

–                           Bueno, debo irme – anunció Número 2 –. ¿De momento todo bien Eric?

–                           Claro. ¿Qué podría pasar?

–                           Que te pasases de listo. He tratado con tipos como tú y os creéis los mejores. No me caes bien, ¿me oyes? Ya se lo hizo saber al Jefe y se lo seguiré diciendo, hasta que te pudras en el infierno. Y ya me encargaré de triturarte yo mismo.

–                           No hará falta. Cuando cumpla la misión desaparecerá del mapa.

Otra vez Número 2 se carcajeó, y esta vez tuvo que cogerse las gafas para prevenir que se fuesen al suelo. Eric distinguió unos ojos verdes oscuros, los cuales, junto a su rostro “de robot”, se asemejaban a los de un ser no humano. Pero Eric apenas prestó atención a los ojos. Tenía clavadas en la cabeza las últimas palabras de ese chalado. Prácticamente había dicho lo mismo que el Hombre de Negro en la terraza de la discoteca. ¿Quizá ya habían previsto…?

–                           ¿Desaparecer tú? Al contrario. El Jefe te usará más.

Con un gesto se despidió de el Manitas y le susurró algo a la oreja. Presto le guiñó el ojo a Eric y se marchó. Eric apenas reaccionó.  

Por la forma cómo salió quedó evidente que Número 2 provocaba menos ruido que un gato al andar. Sin girarse, Eric intentó escuchar sus pasos en la medida que pudo, si bien su cabeza era un hervidero de pensamientos y preocupaciones. Apenas advirtió nada. 

Eso le acabó por congelar.

Al final desapareció, o a Eric eso le pareció, ya que no hubo justificación alguna. 

–                           ¿Estás bien? 
            Eric reaccionó cual quien se ha recién despertado. Dedicó a el Manitas una mirada inocente y carente de perversidad. Éste le sonrió, mientras se rascaba la barriga y las partes bajas.

–                           Eric…

–                           Sí, sí. No pasa nada.
            Buscó una silla. Localizó una cerca del coche destartalado. Se encaminó hacia allí y se sentó. El Manitas, previendo de qué iba todo, fue a por una silla también.

–                           Un tipo duro Número 2, ¿verdad?

–                           Buf…

–                           Bueno, es lo que hay. En este mundo asqueroso este tipo de gente es la que vale. 

Eric no escuchaba y el Manitas se percató. Lanzó sus guantes grasientos al coche, e increíblemente acertó en colarlos por una ventanilla. Eufórico, exclamó un ¡sí! que buscó la complicidad de Eric, quien no reaccionó. Tan sólo le contempló con ojos cansados.

–                           Le das demasiado tú al coco. Madre mía, creo que eres el primero que piensa más que dice. Mira que llevo años manchándome las manos con tipos que derraman sangre, pero tú… Tú tienes pinta de ser un tío muy listo. ¿No estarás pensando en jugarle una mala pasada al Jefe?

–                           No. Pero no puedo matar a mi hermana.

–                           Entonces ya le estás jugando una mala pasada. 

–                           ¿La matas tú?

–                           A mí no me han mandado matarla. ¿Quieres que volvamos a lo de ayer?

–                           No, gracias.

–                           Necesitas aclararte, despejarte las ideas. No luches contra la marea: te arrastrará y te devorará. Hazme caso.

Eric asintió, aunque no aparentemente convencido. El Manitas no insistió más. Pero plegó las manos, esperando. 

–                           ¿Aquí la gente no tiene nombre? – inquirió tras unos segundos de silencio.

–                           Por supuesto que no. En este mundillo no puedes tener nombre. Eres un don nadie. Te ves con alguien, lo tratas, obedeces, cumples con el deber y te vas a dormir. Tienes una doble vida. ¡Como los superhéroes! Pero nosotros no llevamos mascaretas. 

–                           A excepción de el Hombre de Jefe. ¿Por qué se molesta en…?

–                           ¿…en llevar todo ese disfraz? Porque le aporta protección. 

–                           ¿Protección de qué? 

–                           De la justicia. 

–                           Un día lo pillarán.

–                           Lo dudo. Si no lo han hecho ya, lo más probable es que no lo consigan nunca.

–                           Me imagino que sería una putada para ti si lo pillasen.

Caviló al respecto. Se alborotó su poco pelo rizado, oteando al techo.

–                           Me la suda, sinceramente. Cuando ya te has manchado de sangre y te has librado, no te importa mancharte otra vez. 

–                           ¿Has matado alguna vez? – El Manitas dijo que no con la cabeza –. ¿Y no te molesta saber que proporcionas material para matar?

–                           Regresas al tema de la moralidad. Siempre regresas a eso. Creo que la próxima vez que lo menciones te pegaré una descarga.

–                           Perdón…

–                           En fin. A ver, que se hace tarde. ¿Para qué has venido?

Extrañamente el Manitas borró cualquier rastro de alegría de su rostro, endureciéndose. Eric apreció que la seriedad le otorgaba un aspecto tenebroso. Además, también le hacían asemejarse más a un indigente. Su poca asiduidad a afeitarse y su aspecto desaliñado y grasiento alentaban a ese sensación. Él le observó muy cuidadosamente.

–                           Vivir en una isla. – Pero el Manitas no sonrió –. No, en serio. Hoy me he comprado el coche y no sé dónde meterlo. No es plan de aparcarlo en mi casa y que mi madre me vea y me empiece a preguntar.

–                           ¡Qué detallista! ¡Sólo se te ha ocurrido la casita de Papito Manitas!

–                           Jeje. Te prometo que sólo será hoy. Es tarde y no se me ocurre ningún sitio. Esta noche lo consultaré con la almohada.

–                           No sé, no sé,… Déjame ver. – Paseó la mirada por todo su taller. – Quito unas cositas. Un segundo.

Se dirigió a una esquina en la que el polvo anidaba. Allí yacían escampadas herramientas de trabajo, la mayoría de ellas oxidadas o con mucha necesidad de un trapo. El Manitas se agachó y comenzó a recogerlas. Eric no prestó ayuda, ni siquiera se ofreció o preguntó. A el Manitas no pareció importarle. Éste apartó todas las herramientas y las dejó junto a un pilar que se hallaba cerca. Por un momento desapareció de la vista de Eric y éste temió que se hubiese marchado o que fuese a por una pistola. Afortunadamente, volvió a avistar sus pelos rizados y grasientos.

–                           Tráemelo – dijo al fin.

–                           ¿Cómo llego hasta la puerta? – inquirió señalando la única por la que podían acceder los coches.

–                           Ah, sí. Tienes que dar la vuelta a la calle. Allí verás unos cubos de basura. Apártalos. Luego ve hasta la pared y pica.

–                           De acuerdo.

Sin demorarse, salió del sitio y se metió en el coche. Al sentarse le invadió una sensación placentera.

–                           Yo con coche ya. Quién me lo iba a decir hace una semana.

Acarició un poco el volante antes de ponerlo en marcha. Luego procedió a dar la vuelta al bloque. Conduciendo muy despacio, descubrió que el Manitas se había olvidado de mencionar que la calle de atrás casi no era una calle, por su estrechez. Se figuró que esa calle básicamente serviría para que furgonetas se pasasen para repartir sus mercancías. Pero casi ni las furgonetas cabían apenas. Con mucho miedo, recorrió muy lentamente hasta ver un par de cubos de basura, de los que imaginó que el camión de basura no pasaría a recoger en esa misma calle sino que lo haría en la calle que se le cruzaba. Se apeó y los apartó, no sin antes comprobar que no merodeaban curiosos cerca. Al pasear la mirada entendió por qué el Manitas no se había molestado en pedirle precaución; no hacía falta, ya que estaba muerta la zona, especialmente anocheciendo.

Lo que vino a continuación le desconcertó un poco. Tras los cubos de basura vino la pared, embellecido por un graffiti tan grande como extraordinario. No le convenció eso de que tuviese que picar tres veces. Habría gato encerrado. ¿O…?

Le habían ocurrido cosas tan increíbles y pasmosas que ya se podía creer cualquier cosa. Se acercó a la pared y se echó a tocarla. Le dio la sensación de sólo estar tocando pared. ¿Cómo iba a picar? Flipando, se sintió un estúpido cuando cerró el puño y se dispuso a picar. Picó tres veces, perjurándose que no serviría de nada. Y efectivamente, no ocurrió nada. Pero no ocurrió nada en los primeros segundos. Al minuto o así Eric oyó que algo se movía. Increíblemente, Eric comprobó cómo ese graffiti que mostraba una mujer fumando en pose sugerente fue deformándose hasta empezar a aparecer el taller de el Manitas por debajo la rampa. Asombroso.

–                           ¿Has visto un fantasma? – le preguntó el Manitas –. ¡Mueve el culo, anda, y mete el coche!

–                           Ehm… Sí, sí, perdona.

Se había dormido en los laureles.

Cruzó la rampa. El Manitas, entre tanto, colocó los cubos de basura a su sitio original y bajó la puerta-pared estirando de una cuerda que colgaba. Acto seguido con la mano le indicó que frenase y que le dejase meterse y aparcarlo en una esquina.

–                           Chulo el carro. ¿Cuánto te han pedido?

–                           Ocho mil. 100 caballos, cuatro años, diesel. Me ha gustado mucho.

–                           Buena elección – le felicitó –. No llamarás la atención. Me extrañaría que algún madero te hiciese parar.

Se metió en el coche y lo dejó a un lado. Luego con la mano le pidió que se acercase.

–                           ¿Lo necesitas mañana por la mañana?

A Eric la pregunta le pilló la sorpresa y no pudo evitar abrir los ojos como platos.

–                           ¿Por?

–                           Me gustaría trucártelo un poquito. Ponerte unas cositas que te harán muy bien.

–                           ¿Como qué?

–                           Como un detector de coches de maderos.

–                           ¿Existen?

–                           Para el Manitas muchas cosas impensables existen.

–                           Todo tuyo. Me pasaré por la tarde.

El Manitas afirmó con la cabeza, con un semblante serio y recto. Eric recordó a el Manitas que le había preguntado a qué había venido, a el Manitas que había endurecido su rostro, y entendió que tocaba desaparecer. Tendiéndole la mano, se despidió de él.

Ya prácticamente las farolas alumbraban las calles, tan solitarias en esa zona como cualquier día de agosto en una ciudad pequeña.  Eric tuvo la suerte de que tal cual llegó a la parada de autobús el vehículo de transporte, el basto y largo vehículo de trasporte, hizo su aparición. Unas pequeñas gotas le cayeron sobre la cabeza justo cuando subía.

Esa tarde él llevaba unos pantalones de pana con unos bolsillos enormes. Hurgó la mano en ellos y notó muchos billetes en su bolsillo. Rememoró entonces el momento en que había efectuado el pago del coche, tendiéndole al estúpido vendedor un gran fajo de billetes. El muy estúpido no le había preguntado por qué demonios llevaba tantos billetes en el bolsillo. Otro quizá hubiese iniciado un cuestionario y, quizá, hubiese dudado en si llamar a la policía o no. Pero a ese no le había importado ni un comino. Tan sólo había babeado en cuanto los billetes le habían brillado en toda la cara. Eric sonrió por detrás de la ventana, viniéndole una auténtica descarga de vibraciones placenteras en sus carnes. Otra vez ese poder…

Mas instantáneamente después pensó en el Manitas y en el trucar del coche. ¿Qué le pretendía meter? Eric se juró que en cuanto se llevase el coche a un escondite en el que aún debía pensar llamaría a un colega que conocía de hacía mucho tiempo para que le chequease el coche de arriba abajo. No podía olvidar que el Manitas trabajaba para el Hombre de Negro y que éste quería ver a la chica muerta. Esto podía implicar que en su coche mañana hubiese todo tipo de cables y máquinas que le hiciesen localizable.

Se arrepintió enormemente de habérselo llevado.

–                           ¿Por qué yo…? – susurró.

¿No podía haber previsto el Hombre de Negro que él estaba incapacitado moralmente?

Faltaban piezas en el puzzle. Muchas piezas. 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Tercer capítulo Novela negra

III

Los rayos de sol por fin regalaron a los ciudadanos de Lartos un día más alegre y sonriente. El frío no castigaba con tanta fuerza como al día anterior y algún valiente había salido a la calle en manga corta. La mayoría de la gente, sin embargo, no vestía tan a la ligera y se precavían con ropas más alargadas y gruesas.
Las calles estaban sucias, por lo contrario. La lluvia intermitente del día anterior había dejado bastantes charcos tanto por la acera como por la carretera. Andar, definitivamente, no resultaba un placer, en absoluto. Aún así, se podían localizar muchas personas paseando a sus perros, quienes, con su inestimable ayuda, contribuían a una mayor suciedad con sus meadas y sus “adornos”.
A las diez de la mañana la actividad ya era frenética. Las tiendas habían escasamente abierto sus puertas; los transportistas corrían de un lado a otro con sus paquetes y sus pedidos; muchos se iban a la universidad, otros a trabajar; muchos también vagabundeaban en búsqueda de trabajo, ya que los malos tiempos azotaban el bienestar general. En general, no había calle donde no transitase transeúnte alguno, sólo alguna de aquellas calles oscuras en las que nadie se atrevía a pasar por miedo a ser atacado.
Eric caminaba por una de las avenidas principales de Lartos. Él también se había contagiado del buen día y llevaba puestas unas gafas de sol. Cualquiera que le viese en ese momento musitaría que el chulo de barrio ya se había levantado. Pero él no era ningún chulo, y uno se percataba de ello en cuanto tenía un primer contacto con él. La razón por la cual Eric se estaba protegiendo los ojos yacía en el simple hecho de que había dormido muy pocas horas. Efectivamente, había conocido a una chica y se había permitido el lujo de acompañarla a casa, aprovechando que él no tenía vehículo con qué regresar a casa. Como mínimo hasta las cuatro y media no se había tumbado. Y pocas horas después, ¡levantado de nuevo! Uno a lo mejor se preguntaba cómo lo habría conseguido con un maletín repleto de billetes cerca de su lecho. Veamos.
Entró en una cafetería y se tomó algo. Leyó el diario, entre tanto. Fue testigo de las mismas desgracias que azotaban al mundo día tras día: paro, desconfianza, falta de soluciones, desesperación, casos extremos,… y nada resultaba nuevo ni diferente. De hecho, le daba a uno la sensación de que se vivía estancado en el tiempo. Eric, algo furioso por lo que estaba leyendo, ronroneó entre leves bramidos por qué demonios se molestaba en leer esa basura. Luego, cuando el reloj le indicó que debía ponerse en marcha, pagó y se dirigió hacia un local dos puertas más allá de la cafetería. Allí descubrió que ya habían abierto el sitio, por lo que entró.
Se trataba de un local con dos personas trabajando dentro, tras ordenadores. Además de ellas había sentado un viejo que se estaba quejando. La rubia que lo atendía, con el pelo rizado y embarazada, lo controlaba como podía. La otra chica, una tiarrona robusta, observaba la situación con diversión y regocijo, con una revista de viajes entre sus manos. A Eric le costó hacerse presente en ese alboroto. Tuvo que carraspear en varias ocasiones para que la tiarrona se cerciorase. Ella pegó un ligero respingo cuando se cercioró. Y automáticamente se le dibujó una sonrisa más falsa que la concepción de que la Tierra tenía forma de pizza.
– ¿Qué deseas?
Deseaba cosas pornográficas con ella.
– Buscaba al señor Rodrigo.
– Está ahí dentro, pero ahora mismo está ocupado.
– Me puedo esperar; no hay ningún problema.
La tiarrona le había señalado una puerta que se hallaba al final de todo y que daba a una pequeña oficina que a primera vista parecía más caótica que la habitación de un bohemio. Adentro el hombre por el que había preguntado estaba sentado, con el teléfono pegado a su oreja. Estaba gesticulando mucho con la mano, como si probase de comunicarse así, estúpidamente. Eric, arrastrando los pies, se sentó en unas de las sillas azules que había junto a la pared.
En los diez minutos que se vio obligado a esperar le dio tiempo de sobra para enterarse de que el viejo se estaba quejando por un mal servicio en sus últimas vacaciones. Durante todo ese tiempo, Eric anheló tapones para los oídos, pues el hombre ese sólo estaba escupiendo bobadas. Pero al fin y al cabo se dijo que no era más que una persona mayor al que ya la cabeza no le bailaba muy bien.
Posteriormente, en cuanto vio que Rodrigo colgaba, se incorporó y no perdió más tiempo, sobre todo porque había otra persona esperando sentado al lado, quien seguramente había venido con el mismo propósito que él. Llamó educadamente a la puerta y le dejaron pasar. Rodrigo se levantó – un hombre trajeado, elegante, atlético, con el pelo excesivamente engominado y que apestaba a colonia –, tendiéndole la mano. Eric saludó.
– Tú debes de ser Eric.
– En efecto.
– Bien. Toma asiento, por favor.
Rodrigo, a continuación, usó el ordenador para imprimir una hoja, la de un CV.
– Veamos… Vaya. Eres licenciado en arquitectura. Una carrera difícil, según me han dicho.
– Bueno, más o menos. Cuesta, pero con esfuerzo todo se consigue.
– Eso dicen. – Prosiguió con la lectura –. Veo que no has trabajado mucho tiempo en ninguna empresa.
– Tiene una explicación. Como puede comprobar, sólo he trabajado en veranos. El estudio de la carrera me ocupaba mucho tiempo y me era inviable compaginar los estudios con el trabajo. Gracias a mi madre pude dedicarme íntegramente a la carrera.
– Y no has tenido suerte por lo visto.
Eric no contestó con ninguna palabra, sino que movió la cabeza de izquierda a derecha. Cada vez que le preguntaban eso se ensombrecía su rostro y su espíritu se apagaba. Rodrigo pareció fijarse y no ahondó más en el tema.
– ¿Cómo tienes tu disponibilidad? Aquí pone que en cualquier hora del día. ¿Sigue siendo así?
– Sí.
– De acuerdo. – Apuntó algo en la hoja –. Bueno, te explico. En aproximadamente dos semanas Jennifer, la chica rubia de ahí, se dará de baja por maternidad. Estamos ahora buscando una persona que pueda suplirla mientras ella esté de baja, lo que significa que la persona que contratemos tendrá un contrato temporal y no indefinido. Remarco esto porque si no después la gente lo malinterpreta y me montan un escándalo sin tener razón. Contrato temporal. ¿De acuerdo? Jennifer estará alrededor de ocho meses de baja, así que calculo que ése sería el tiempo laboral. ¿Algún problema con eso?
– Ya lo vi en el anuncio.
Rodrigo asintió con la cabeza. Algo en sus ojos transmitía simpatía y se sinceraba abiertamente con ese chico apesadumbrado.
Actos seguido, él procedió a explicarle detalles del trabajo en particular de lo que Eric ya era consciente y también cualidades imprescindibles: conocimientos de ordenador (no muy experimentados) y don de gentes. Le aseguró que no debía preocuparse en relación a ese programa que usaban para buscar vuelos y para hacer reservas, con todos esos simbolitos tan extraños, puesto que, sabiendo de ordenadores y poseyendo una carrera, en teoría no deberían presentarse problemas para aprender su funcionamiento en poco más de dos jornadas laborales. Además, añadió, cuando se empezase a trabajar no vendría mucha clientela, con lo que habría mucho tiempo para aprender. Eric escuchó con mucha atención, sintiéndose como emocionado, ya que llevaba algunas semanas sin personarse en una entrevista. Añadido a esto, tenía el fuerte pálpito de que sus cualidades correspondían con las exigidas, así que por primera vez se imaginaba en el lugar de Jennifer y trabajando.
Al cabo de poco estrecharon manos y se despidieron. Eric irradiaba felicidad por todo su rostro. Rodrigo le aseguró que en pocos días recibiría una llamada de él tanto si era un sí como si era un no. Después, ya cuando Eric se dirigía a la salida, oyó cómo Rodrigo llamaba al que había estado sentado a su lado, un tal Miguel.
Al salir hubiera estallado de alegría si no hubiese sido por algo que le llamó mucho la atención. Se trataba de un coche que había aparcado al otro lado de la calle. Un coche azul, largo, bastante caro a simple vista. Todas las ventanillas se hallaban cerradas, pero a pesar de su tono oscuro le pareció distinguir a un hombre en el asiento del conductor, y además le pareció distinguir que él era el centro de las miradas de ese supuesto hombre. Toda aquella alegría que quería estallar quedó en nada y fue rápidamente suplantada por el miedo.
<> Pero aún así no logró quitárselo de la cabeza, y cuando principió a irse en dirección a casa, notó como que le seguían. Sin embargo, al cruzar la esquina, se volvió, para encontrar que sus sospechas habían ido mal encaminadas. En cambio, se sorprendió al descubrir que la portezuela del coche que le había llamado la atención se cerraba de golpe.
¿Y lo mejor de todo? Que nadie había salido del coche. ¿Quizá iba a salir pero no quería ser visto por Eric?
Quizá. Mas no ardió en deseos de saberlo. Salió pitando.

– Esta noche vendrá tu hermana. Espera. Ya te lo dije ayer, ¿no?
– Sí.
– Estoy algo olvidadiza últimamente.
Eric se pasó por el comedor para poner la mesa y colocar los platos, vasos y cubiertos necesarios. Los últimos coletazos del sol matutino abandonaban ya parte del comedor, sólo iluminando el balcón. La ventana estaba abierta: la temperatura había subido un tanto y en casa tenían calor. Eric, a la espera de que su madre terminase de preparar la comida, se asomó.
Mientras esperaba, contempló una escena que posteriormente le hizo reflexionar. Junto a la entrada de un portal, una abuela y su nieta, ya crecidita, discutían. Nadie reñía a nadie ni nadie estaba enfadado con nadie, pero Eric entendió que la abuela buscaba convencer a su nieta de que aceptase algo. ¿Dinero? Cabía la posibilidad. Pusiéramos que el tema central era el dinero. La abuela daba constantes golpecitos a la palma de la nieta, mas ésta se negaba a aceptar lo que fuese. La abuela, no obstante, era de armas tomar, insistiendo hasta la muerte. Al cabo de un par de minutos, y probablemente algo presionada por estar a la vista de muchos, cedió, con lo que la abuela pudo ponerle (y esta vez Eric pudo divisarlo con perfecta claridad) una especie de medallón. La abuela, muy satisfecha, dejó a su nieta en las escaleritas de la entrada con cara de pocos amigos, sulfurando. Tras esto, Eric no vio más, debido a que su madre le informó de que la cena ya estaba preparada.
– Estaba pensando en ir a visitar a mis abuelos uno de estos días – anunció a su madre después de sentarse y servirse la bebida.
– ¿Ah sí? ¡Qué sorpresa! ¿Y qué te lleva a hacerlo?
– Bueno, nada en particular. Aunque quizá les pregunte algo.
– ¿No lo puedo saber?
– No es importante.
A la sazón, se dispusieron a comer. No comieron de hecho: devoraron. Ambos tenían un hambre canina, especialmente Eric, quien aún parecía sufrir los efectos de la droga del día anterior y de todo el ajetreo. Su madre, aún así, no se quedó corta. Devoraron en silencio, como solía ser costumbre entre ellos. Por la noche sería absolutamente diferente, ya que la presencia de “la niña de la casa” cambiaría las cosas. A ella le chiflaba hablar, comentar y rumorear, aparte de que no soportaba el silencio. A ellos, en cambio, no les molestaba. De hecho, se comunicaban más gestualmente, e incluso se entendían mejor de esa manera.
Sin embargo, Eric no pudo terminarse la comida.
– ¡El móvil! – profirió su madre – ¿No es tu móvil lo que está sonando?
– Sí.
Salió disparado. Cuando contestó, a punto estuvo de que le saltase el contestador automático. Saludó y preguntó <> jaleando. Una voz grave que al principio no reconoció pero que luego le vino a la memoria respondió al otro lado del celular:
– ¿Eric?
– Sí, soy yo.
– Hola, soy Rodrigo. El de…
– … el de la agencia de viajes.
– Sí, ése. Perdona que te llame a estas horas. ¿Molesto?
– Estaba comiendo, aunque da igual.
– Seré breve. Escucha, que ya tengo decidido quién ocupará el cargo de Jennifer.
– ¿Tan rápido?
– Sí, bueno. No había muchos pretendientes, extrañamente. – Su voz temblaba; le costaba sudor y sangre expresarse –. Sólo erais… tres. Bueno, a lo que iba, no lo alarguemos. Que lo siento, pero que no vas a trabajar con nosotros. A pesar de que cumplías parte de los requisitos y de que habrías hecho el trabajo muy bien sin lugar a dudas, uno de los entrevistados coincidía con lo que buscábamos. Así que… bueno… lo siento… Te deseo suerte y espero que encuentres algo de aquí poco. ¿Sí? Adiós
Y colgó. Eric, a continuación, se miró el móvil con cara de bobo. ¿Qué demonios? Ni siquiera le había dejado contestar o despedirse… Y, además, se le había trabado la lengua en más de una ocasión y se había acelerado al hablar. Algo no le olió bien a Eric, y sospechó de que Rodrigo le había mentido. ¿Pero por qué?
No supo qué pensar. Se dijo de llamar y pedir explicaciones, pero en vez de eso dejó el móvil sobre la cama, echó un vistazo a la maleta (que seguía donde siempre) y se reincorporó al comedor.
– Hijo, ¿quién…? ¡Pero bueno! ¡Estás más pálido que un muerto! ¿Qué ha pasado?
Silenciosamente, Eric se sentó, arrepintiéndose de no haberse pasado antes por el lavabo. Su cabeza era todo un hervidero de ideas y conjeturas. Entrecruzándose, todas asestaban golpes demoledores sobre él.
– Me acaban de llamar de la agencia de viajes.
– ¿Qué agencia de viajes?
– ¡A ver! – se medio desesperó –. ¿Por qué diablos me he levantado pronto esta mañana?
– Ah, sí, sí. Perdona, tengo la memoria algo mal. – Se disculpó con una sonrisa supuestamente dulce, mas no produjo ningún efecto sobre él –. ¿Y qué te han dicho?
– Que no me escojen, que hay alguien mejor que yo para el puesto…
– Ay, vaya. – Se incorporó, se acercó y le abrazó.
– No pasa nada. Ya encontraré algo como sea.
Su madre ya había acabado la comida y estaba con el postre. Por consiguiente, al cabo de nada ella ya se retiró cuando a él aún le faltaba un poquito. Fue a la sazón cuando se echó a rumiar al respecto, sin sonsacar conclusión alguna, sólo experimentando rabia y frustración. Luego, cuando ya lo quitó todo de la mesa y se descubrió con que no tenía ni idea de cómo ocupar su tiempo, el nerviosismo y la desesperación le obligaron a echarse un paseo. Salió a que le diese el aire. Al principio no le sentó bien, pero con el tiempo una sensación fresca y agradable empezó a expandirse en su interior.
No obstante, pensamientos deambularon por su cabeza, inevitablemente. Absorbieron tanto su atención, que en una ocasión casi se estampó contra una farola y en otra su ojo cazó el mismo coche azul que había visto por la mañana. Cuando eso ocurrió echó un paso para atrás y abrió los ojos como platos. Le tentó el girarse y correr, pero algo le susurró que eso sería una mala idea. Fingió no haberse enterado y siguió hacia adelante. El coche se encontraba aparcado a unos pasos más allá, al otro lado de la cera. Se encontraba igual que antes, con las ventanillas cerradas pero con alguien ahí dentro. O a Eric le pareció que allí había alguien. Se estremeció más y más a cada paso que efectuó. Probó de mantener la cabeza bien alta, aunque le costó. A veces el ojo se le desvió hacia la derecha, ligeramente. Empero, le ayudó en cierta medida el que a la izquierda hubiese un mostrador por el que interesarse. Actuando algo mal, le dedicó algo de atención a los maniquíes y a la ropa que en realidad no le gustó nada. Rápidamente, por el vidrio vio el coche azul y por mucho que se esforzó no logró atravesar el cristal de la portezuela. Sin embargo, notar que alguien pudiera estar observándote sin saberlo a ciencia cierta le molestó en gran medida, hasta el punto de querer gritar.
Se apresuró para salir de ahí. Hasta que no dobló la esquina no se percató realmente de dónde estaba exactamente. Para sorpresa desagradable para él, se descubrió a pocos pasos de su portal. Los pensamientos no habían hecho más que llevarlo a efectuar una vuelta a la manzana. Eso no le inquietó, pero sí la presencia de ese coche a la vuelta de la esquina. ¿Era coincidencia que estuviese aparcado cerca de su coche? ¿O tras la visita a Rodrigo…?
Entonces ató cabos. Asustado, corrió hasta su casa.

No le extrañó que en el local de antigüedades el Manitas no estuviese presente. Sin molestarse en curiosear los objetos, se encaminó directamente hacia el mostrador, el cual, por mucho que se escudase el Manitas, estaba colocado en muy mala posición (por muchas cámaras que hubiese). Eric echaba fuego por todas partes, y a pesar de su poco pelo, ya involuntariamente apuntando hacia todas sus direcciones, uno podía imaginarse qué ardor se había apoderado de él.
Abrió el lavabo. Pegó tres fuertes golpes a la pared con los nudillos.
La espera se demoró más de los pocos segundos que él había esperado. De brazos cruzados, respirando agitadamente, le vinieron ganas de destrozar. Incluso cuando el Manitas giró la pared, entre expectación y asombro, éste retiró algo la cabeza por miedo a cualquier locura.
– ¡Hey, tío! ¡Qué pasa con esa cara que me llevas! ¿Pasa algo?
– Vamos abajo.
El Manitas se quitó un guante lleno de grasa y le ofreció la mano. Eric se la estrechó con desgana, pero con mucho vigor. El Manitas esbozó un gesto de dolor, aunque intentó disfrazarlo con una mueca. Buscó algo entre los ojos de Eric. Presto desistió y le condujo al taller.
Al igual que el día anterior, en todo el medio yacía un coche en parte desmontado, sin ruedas ni una puerta, además del capó y maletero abiertos. ¿Planeaba una huída? ¿O quizá para el Hombre de Negro? Ya encontraría tiempo más tarde para preguntárselo.
Se quitó el otro guante y, cual desganado, los lanzó hacia la mesa empotrada, larga e interminable. A continuación se dio media vuelta y se sentó sobre la mesa, apartando cuchillos y chatarra. La mirada que le dedicó le indicó a Eric que realmente no era muy bien recibido. Si bien la sonrisa aún seguía en la cara de ese gordito y bajito con pelos a lo científico loco, entre las manchas de grasa en su rostro y su ropa hecha algo jirones uno podía arriesgarse a comentar que le habían cogido en un momento inoportuno.
– Tú dirás – pronunció.
A la sazón Eric desprendió toda la rabia. Tal como a él le gustaba hacer cuando estaba muy inquieto, principió a caminar en círculos, con las manos extendiéndose hacia muchas direcciones. Entretanto, le dio al pico.
– ¡¿Por qué yo?! ¡¿Y por qué mi hermana?! No puedo soportarlo, no puedo. Tengo que decirle al Hombre de Negro que no puedo hacer algo así.
– ¿Y qué tienes que hacer?
– ¡Matar a mi hermana!
El Manitas emitió un sonido parecido al de alguien que se ha hecho daño.
– ¿Has visto tu reacción? ¿Quién podría matar a su hermana? Que no, que está chiflado ese tío. ¿Que tenga que matar a mi hermana? Me joderá, pero al menos no yo no lo habré hecho. Yo… yo… yo quiero una vida normal, con trabajo y familia. Sólo eso. ¿Por qué cojones tenía que aparecer ese chalado?
Se encogió de hombros.
– ¿Y a ti te da igual todo esto? ¿Que le des la arma a un tipo para matar a su hermana? ¡No hay moralidad!
– La moralidad no existe aquí, Eric. ¿Eric era? – Él asintió muy agitado –. Mira, respecto a lo de las hermanas. Yo sé de una vez que el Hombre de Negro le pidió a uno matar a su hermano. Y el tío, ni corto ni perezoso, lo mató al cabo de poco.
– ¿Le pillaron?
– Cualquier hombre que trabaja para el Hombre de Negro jamás es cazado. En ese aspecto trabajamos de puta madre. – Se puso en pie con un pequeño salto –. Escucha, tu destino ha sido sellado. Podrás odiarlo, podrás detestarlo, pero es lo que hay. Recuerda que dijiste que sí. ¡Haber dicho que no! Pero es lo que tiene el dinero.
– ¿Entonces por qué me están siguiendo? Hay un tipo con un coche azul que me sigue a todas partes. Lo he visto dos veces hoy, y ahora que lo sé lo veré aún más.
– Tómatelo como tu ángel de la guarda.
– ¿Mi ángel de la guarda? Si el muy cabrón me ha quitado un trabajo.
– Claro. Ya tienes uno.
Quiso decir algo, pero giró la cabeza hacia un lado y apretó los puños. También apretó los dientes.
– ¿No se le puede devolver el dinero y que él busque a otro?
– No. Si te ha escogido a tú, es que tú eres el más adecuado. Además, sabiendo de nuestra existencia, ¿acaso te callarías? No me seas iluso.
Como aburriéndose, se alejó, no sin ponerse los guantos de nuevo. Cogió unas herramientas y se puso a trabajar de nuevo.
– ¡Pues se ha equivocado conmigo!
– Él nunca se equivoca.
– Pues voy a demostrárselo.
El Manitas se detuvo.
– Oye, que te quede este consejo bien metido en tu bonita cabecita: nadie se mete con el Hombre de Negro. Te metes con él y te estás metiendo con todos, incluyendo a mí. Es más, él es lo suficientemente listo para arruinarte cuando quiera. Así que hazte un favor: no seas tonto y afronta el destino.
– ¿Y mi madre? ¿También la mato o qué?
– Si el Hombre de Negro no te lo pide, no hace falta.
– ¡Pero tendré que esconderme!
– Ya.
– Pero ella se enterará…
Rió groseramente, y su risa se oyó en todos los rincones del taller.
– Jajajaja… No te preocupes. Ya te he dicho que no serás cazado.
– No la mataréis, ¿verdad?
– ¿Es una amenaza eso? – Dejó las herramientas y se levantó. Presto se colocó a escasos centímetros de Eric –. Deja de ser una niñita y de preocuparte por la vida de los demás. Preocúpate por la tuya si no quieres morir.
El Manitas regresó a su lugar de trabajo, desapareciendo debajo del coche. Eric resopló, mirando su derredor. Muchas armas yacían allí, reposando, y le tentaron a que asiese alguna de ellas. Casi lo llevó a cabo, pero dijo para sus adentros que el Manitas llevaría una cuenta de “todo su stock”.
Sin quedarle otra opción que la de marcharse, lo hizo sin despedirse. Tampoco a el Manitas pareció importarle.
Una fría corriente le saludó a la salida. Se abrazó a sí mismo, y al hacerlo sintió que debería acostumbrarse a ello a partir de ese momento.

Cada vez que ella se pasaba por casa, su madre preparaba un gran banquete, como si en vez de una simple ciudadana arribase toda una princesa. A Eric le entretenía mucho observar a su madre en las horas previas a la llegada de su hermana. Le recordaba a ésta misma cuando se arreglaba para salir, recorriendo la casa entera como veinte veces, siempre teniendo como destino el lavabo y, más concretamente, su querido espejo. Su madre, ahora en ausencia de la otra, la imitaba cuando hacía los preparativos: de la cocina al comedor, del comedor a la habitación, de la habitación al móvil y del móvil a la cocina otra vez. Y lo más increíble de todo yacía en que no se cansaba por muy mayor que se hiciese.
Existía un problema, empero. A Eric todo ese entretenimiento le terminaba por desesperar, y cuando ya se hartaba de su madre yendo y viniendo, se escondía en su habitación o se aireaba en el balcón. Ese día, a diferencia de muchos otros, su madre le había pedido que le ayudase en la cocina, por lo que él, pobre, se encontraba cerca del fregadero con todo el cuerpo hirviéndolo. Intentaba cortar hortalizas con la máxima tranquilidad posible, pero su madre, algo alterada, estaba preocupada por pequeñas niñerías y trivialidades. Que si esto está poco hecho, que si a esto le falta sal, que a ver si la niña viene con hambre… Y si Eric no había reventado ya, había sido gracias al Señor.
Quizá unos días atrás, en la misma situación, él no estaría subiéndose por las paredes. Ese día era muy diferente. Venía la persona a quien debía matar, y cual aquellas películas acerca de un destino irremediable, algo menos de veinticuatro horas después de su segundo encuentro con el Hombre de Negro le habían contado su cruda realidad. No había escapatoria. Pudiera ser que esa vez fuese la última vez que su madre la viese. Un cuadro sumamente melancólico y apagado… Sólo eso, un cuadro con lágrimas como ríos por las manos de un pintor atado y amenazado.
<>
Al menos prepararon la cena una buena hora y media. Con las siempre colaboraciones del horno y del microondas, cocinaron desde ensalada hasta carne, pasando por trocitos de pasta parecidos a los tortelinis mezclados entre hojas de lechuza y mini tomates. Vino no faltó, ni como cualquier otro líquido como la Coca-Cola, la Fanta o el agua. La mesa, sobre la cual solían yacer alrededor de 6 platos a lo sumo, se hallaba abarrotada de mesas. Cuando Eric pudo escaparse de la cocina y se pasó por el comedor para dejar una botella, se asombró de que la llegada de su hermana armara tanto revuelo. Incluso se puso algo celoso.
– Tu hermana vendrá enseguida – le aseguró minutos más tarde de sentarse al sofá. Era ya la cuarta vez que se lo decía, Eric contó.
Esta vez ocurrió tal y como había asegurado su madre y en cuestión de minutos llamaron desde abajo. Su madre abrió.
– Viene con Lupe – informó emocionada.
– Oh, vaya…
Su madre nunca esperaba a que alguien subiese hasta la planta para abrir la puerta. Cuando abría desde el interfono, también abría la puerta. Normalmente, no esperaba en el recibidor, sino en el comedor o en la cocina mientras ultimaba algo, pero en esa ocasión aguardó con mucha impaciencia en el recibidor. Eric llevaba mucho tiempo sin ver a su madre actuar así, y le pesó mucho en el corazón tener que pasar por eso. Pero pronto se le pasó, ya que una flecha cruzó el recibidor.
– ¡Lupe! – exclamó su madre, con voz quebrada.
Lupe, un perro canijo pero extremadamente nervioso, comenzó a correr por todo el comedor, a una velocidad endiablada. Madre fue tras él, sin lograr cogerlo en ningún momento. Se subió al sofá, pasó por debajo de las sillas, rozó las piernas de Eric, y todo como si escapase de algo maléfico.
– Sigue siendo el mismo bicho de siempre.
– ¡No seas bruto, hijo!
Y a la sazón apareció ella, en el zócalo, tras la puerta, con cara de <> y <>. Vestía como siempre, ajustadita y elegante, calzando unos zapatos con unos tacones que no se acababan nunca. Iba de negro y blanco. A pesar de su aún preocupante delgadez, había engordado un poco, constató Eric, habiéndose fijado en sus mofletes. Éstos, por supuesto, iban algo coloreados de un rojo flojo tirando a rosa, que contrastaban con una especie de marrón-lila en los labios. Llevaba el pelo rizado y muy largo, que se le caía de forma ondulada y entrecruzada.
– ¡Hola, familia!
Su efusividad contrastó con el saludo lacónico y escueto de su hermano.
– ¡Mamá! ¡Eric no se alegra de verme!
– Déjalo. Está tonto.
Además de su inseparable bolso, aparatoso y con multicolores brillantes que a uno le cegaban, en la palma de su mano izquierda sostenía un pastel, tapado por cartón. O eso o pastas, aunque a ella le gustaba más traer pasteles y comérselos.
– ¿Dónde te dejo esto? – inquirió, señalando el pastel.
– Déjalo en la nevera. – Pero inmediatamente después se lo arrebató y lo llevó ella misma hasta la cocina. Reapareció y comenzó a exclamar –: ¡¿Pero cómo estás cariño?! ¡Oh, ven aquí, abrázame! ¡Dios, cuánto echo de menos que no vivas en casa! ¡¿Cómo estás?! ¡Huy, tienes que ponerme al día!
– Sí, mamá – contestó, desganada. Eric soltó una risita –. ¡Mamá! ¿Has visto cómo está ya el tonto de mi hermano?
– Quítate el bolso, anda. Hermanita.
Se acomodó, entre exclamaciones de su madre y aullidos de Lupe. El perrito, incesante, quiso hacerse notar, ladrando a madre. Ya había dejado de correr, y quería cariño. Eric aprovechó un despiste para alzarlo y retenerlos en sus brazos, a lo que el chucho comenzó a gruñir sonoramente. A Eric eso le divirtió.
– No seas malo con el perro.
Cuando todo se calmó, madre acabó de preparar la mesa y todos se sentaron. Como no podía ser menos, Lupe comió su trozo de carne en menos que canta un gallo y se colocó en el embrollo de piernas bajo la mesa, aunque, debido a su inexhaustible nerviosismo, se tumbó entre piernas diferentes. Eric y su hermana se sentaron uno junto al otro, mientras la madre de ambos hizo lo propio al otro lado de la mesa, creando un marco que inusualmente ocurría y que se extrañaba más que nunca. A Eric eso no le importó mucho, aunque sí que es verdad que sentarse al lado de ella provocó en él un viaje hacia el pasado, hacia las interminables semanas en las que tenía que soportarla.
Acaeció algo diferente esa noche, algo que hasta entonces Eric no había llevado a cabo. Y eso fue que aguzó el oído y que prestó mucha atención. A lo largo de los años a Eric le habían dado igual los novios de su hermana, las peleas en que se metían sus amigos con derecho a roce, los insultos que le había lanzado una ex-amiga o las anécdotas que le habían ocurrido a lo largo del día. En multitud de noches él se había limitado a centrarse en su plato y en satisfacer cualquier pregunta de su madre; cualquier otra cosa más allá de su propia vida no había sido de su incumbencia. Mas ese día, inevitablemente, no pudo ser así. Casi por primera vez se fijó bien en la cara de su hermana (anda, pues no es tan fea, ¿no?), en todos sus gestos faciales, y descubrió que ella tenía la manía de tocar algo de la mesa en todo momento. También descubrió que respetaba aún a madre, por la forma cómo la miraba y por lo poco que despegaba los ojos de ella. Sin embargo, no podía ser de otra forma, puesto que madre sólo tenía ojos para ella, absolutamente encantada y enjaulada en una celda de alegría producto del extrañamiento. Eso quizá le hizo escuchar aún más, porque, acostumbrado a cenar a solas con ella cada noche, ser ignorado no gustaba a nadie.
Tuvo que aguardar más de un cuarto de hora para escuchar algo que le interesase. Habiendo deseado en su interior que ella fuese al grano con sus relaciones, sólo había hecho que aguantar bobadas acerca de reformas en el piso y de la universidad. Y claro, como él ni formuló pregunta ni participó, pues se esperó hasta que a madre se le ocurrió mostrar interés por el rumor aquel de que si estaba saliendo en serio con alguien. Ella confirmó el rumor, explicando cómo lo conoció (en una discoteca, para variar) y describiendo su familia.
– Se llama Filipo. Oala, es muy rico, mamá. Si vieras tú la pasta que tiene… Dios Santo, cuando le vi por primera vez por la ropa ya se le vio que tenía mucha pasta, ¿pero tanta? Joder, una chica me había avisado de que sus padres poseían una fortuna inmensa, pero no me lo creí hasta que no pisé su casa por primera vez. ¿Casa? ¡Mansión, que diga! Dios, mamá – poniéndose las manos a la frente –, deberías ver cómo es de grande. No, grande no, ¡inmenso! ¡No se acaba nunca! Es un pueblo entero.
– ¿Ah sí? Pues dile que nos deje unos cuantos millones, que no creo que les pase nada.
– Son muy agarrados. Sólo se gastan para ellos.
– ¿Y para las novias no?
– Supongo que sí, pero sólo llevamos dos meses.
– Bueno. Tú háblale de tu madre y convéncele de que nos dé una pequeña ayudita.
– O podemos vivir con ellos directamente – terció Eric. Ninguna de las dos comentó al respecto.
El padre de ese chico regentaba toda una cadena de restaurantes de primera fila y la madre era peluquera de los artistas más famosos del planeta. Por lo visto, tanto uno como el otro habían nacido en la más pura miseria y habían sido ellos mismos quienes habían levantado un imperio con el tiempo. Si bien aún ella no había coincidido mucho con los suegros, había tenido ya un primer contacto.
– ¿Y les has caído bien?
– No sé. Tiene la pinta de que no se fían de que salga con una chica del montón y no rica.
– Si vienen de familias humildes, no pondrán ninguna pega.
– De momento no, o al menos eso deduzco de lo que me dice él. La verdad es que sólo he estado una vez en su caserón. Básicamente quedamos por la ciudad.
– ¿Le persiguen las chicas?
– Hay muchas furcias sueltas por ahí. Y normal. Con la pasta que me lleva el tío…
– ¡Pues que no me entere yo que te lo roban! – profirió madre con mucho brío y júbilo.
Ya lo que vino después de eso no le interesó a Eric para nada. Desconectó por completo y se acabó sus platos. Presto esperó a que las chicas se acabasen los suyos, para el postre, el cual, al respecto, estuvo de muerte. Mira que Eric no era de ir comiendo pasteles por ahí, pero ese que trajo su hermana, de nata y fresas, le derritió los labios y le hizo desear más. Pero su estómago lo rechazó, asestándole un dolor muy fuerte que le obligó a retorcerse.
Durante la primera media hora no había tenido, interiormente, ningún problema consigo mismo. A partir de entonces, su cabeza comenzó a gestar lo que implicaba la misión que le habían encomendado y a quién tenía hoy cerca. Un calor muy sofocante brotó de súbito por cada uno de los rincones de su cuerpo que le llevaron a asomarse al balcón. Al principio nadie preguntó nada; diez minutos después su hermana se acercó. Las manos comenzaron a bailarle solas entre la barandilla.
– ¿Ya se te ha olvidado cómo hablar? – inquirió.
– ¿Eh?
Ella negó con la cabeza, lentamente.
– No has hablado durante toda la cena.
– Lo siento. Estaba en otras cosas.
– Bueno, no pasa nada. – Y pasó su mano por detrás del cuello de su hermano, hasta tocar su hombro izquierdo –. ¿Y qué te acucia?
– Mi momento… No sé. ¿Te acuerdas cuando de pequeños nos dijimos qué seríamos de grandes y nos aseguramos de que obteniendo la carrera encontraríamos trabajo? Pues me siento como un puñetero mentiroso que sólo ha vivido de ilusiones. Soy arquitecto, ¿y qué? Ahora mismo no soy nada.
Iba a continuar, pero de sopetón divisó un coche azul. Estaba aparcado a la vuelta de la esquina, casi imperceptible para el ojo humano desde el balcón donde los dos hermanos se alzaban. Su hermana le siguió la mirada.
– ¿Hay alguien haciendo el payaso?
– Oh no. Sólo un coche muy chulo.
– ¿Ese azul? – Eric asintió –. Menudo deportivo. Pero el coche de Filipo mola más.
Eric se inquietó más y más. Empezó a tamborilear sobre la barandilla.
– Oye, ahora que pienso… El otro día, mientras me llevaba al cine, me comentó que su padre necesitaba a alguien para algo de una construcción, y que quizá necesitase la ayuda de un arquitecto novato. Recuerdo que pensé en ti pero entonces me empezó a hablar de otras cosas y se me fue de la cabeza. Mañana se lo comentaré. ¿Te parece?
– No estaría mal… Oye, quisiera preguntarte algo.
Ella le dedicó una mirada cándida, con sonrisa incluida. Contemplarla le partió el corazón. ¿Pudiera ser que por primera vez su corazón sintiese por ella?
– ¿Te portas bien últimamente?
Primero puso cara de <>, después se partió de risa. Mientras rió le pegó unos cuantos golpes a la barandilla. Lupe ladró desde el comedor.
– ¿Tú te encuentras bien?
– Perfectamente.
– ¿A qué viene eso?
– No sé – haciendo un gesto raro con la boca –. Para tenerte controlada. Quizá un día me entero de que te has metido en un buen lío y no hay forma de salvarte.
– ¡Serás tonto! ¿Pero por quién me has tomado? Yo no he hecho nada malo. Además, ¿me estás siguiendo o algo?
– Mientes. Lo leo en tu cara. Has hecho algo y no quieres que lo sepamos, ni mamá ni yo. ¿Se lo has dicho a papá?
– ¿Pero por qué mencionas ahora su nombre? De verdad, Eric, a ver si encuentras curro y se te cuadra la cabeza.
Ya lo tengo, pero esas palabras no brotaron de su boca.
Cual asqueada y molesta, observándole con cara de desagrado, rebufó y entró al comedor. El retorno de la soledad le sentó bien, puesto que por fin pudo esbozar una cara de entre rabia, frustración, pena y desesperación mientras le lanzaba una mirada asesina al coche azul. Ya lo odiaba. ¡Lo aberraba! ¿No habría ningún momento en que lo dejase tranquilo? ¿No se iría a descansar durante una noche? ¿Por qué estaba constantemente espiándole? Bueno, no le espiaba, pero sí que se mantenía cerca de su casa por si apreciaba cualquier movimiento extraño.
– No soy ningún famoso…
La presión le había probado y él fracasaría en superarla. Hastiado, se dirigió a su habitación y cogió la pistola, metiéndosela entre los pantalones y tapándola con la sudadera. A continuación salió de casa.
– ¡¿Adónde vas?!
No contestó.
En ningún momento tuvo tiempo para decirse qué estupidez iba a hacer. Simplemente se dejó llevar por su estado de ánimo, el cual, caldeado y acelerado, controlaba toda la situación. Bajó y viró a la derecha. Caminó con paso firme hasta la esquina. El coche seguía ahí, inmóvil, con las ventanas cerradas, todo muerto. Estaba aparcado justo en el viro, y estaba algo disimulado por un árbol. ¿Qué estúpido habría mandado plantar ese árbol sin sentido?
Hizo el gesto de sacarse la pistola, mas recordó que estaba en plena calle, y, aun siendo ya de noche y con casi ni un alma, podía ser pillado y detenido. Así que se moderó y no sacó nada. Acabó de acercarse al coche y se colocó justo al lado de la portezuela que daba al asiento del conductor. A continuación gritó ¡Sal del coche! Aguardó un par de minutos, pero nadie salió. Agudizó los ojos, entrecerrándolos, y tornó a sufrir la paranoia esa de que había alguien dentro. Desesperándose, dio golpecitos al vidrio.
– ¡Sal!
Pero nadie salió.
Rebufó y rebufó. Como último acto, asió de la manija y tiró de ella. En el primero intento lo hizo flojito; en el segundo aumentó la fuerza. En consecuencia, la alarma sonó. Un sonido estruendoso, unido a una luz amarilla intermitente, apareció de súbito y sumió la calle en un momento de fragor. Eric se echó para atrás, asustado, y por fin controló de nuevo su raciocinio. Arrepintiéndose, lentamente fue retirándose, sin molestarse en localizar curiosos, quienes seguramente ya habrían iniciado su proceso habitual de chismorreo por el balcón. Sin embargo, sus ojos no pudieron despegarse del coche, esforzándose en encontrar a alguien ahí dentro. No supo si decir sí o si no. Eso le volvió loco.
Regresó a casa. Su madre se puso en pie nada más verlo entrar al comedor.
– ¿Pero adónde has ido?
– Yo lo sé, mamá. Hay un coche ahí chulo. Al que le ha saltado la alarma.
– ¿Lo has hecho tú?
– Ha sido sin querer – empequeñeciéndose, pensativo –. Lo he tocado un poquitín y ya ha saltado.
Su hermana se irguió y salió al balcón.
– ¡Ya no está! – profirió.
Con cara de incredulidad Eric se asomó. En efecto, allí donde había estado aparcado el coche azul ya estaba desocupado. ¡Entonces sí que había habido alguien dentro! Dios, qué miedo… Eric tremoló inconscientemente. Había acercado su cara al vidrio y efectivamente alguien le había estado mirando desde dentro. Cuando lo había hecho, en el fondo había creído que sólo estaba tonteando…
– Habrá venido el dueño en cuando ha oído la alarma.
– Como la lías, Eric – “punzó” su hermana.
– Ay, dejadme.
Volvieron adentro. Lupe no se movió del balcón. Estaba gruñendo, muy flojamente, con la mirada fija en la calle. Eso llamó la atención de Eric, quien retrocedió y miró en la misma dirección que la perrita. Al principio no avistó nada; luego le pareció divisar una sombra. Una forma negra. Y parecía mirarle a él. Eric respingó. ¿El Hombre de Negro? Parecía estar fumando.
Muy asustado, entró al comedor. Pretendió olvidarse de todo lo que había vivido y de todo lo que se le pasaba con la cabeza, a base de molestar a su hermana y de participar más en la conversación. No obstante, fue misión imposible. A quien molestó era a quien tenía que matar y le quedaban escasamente siete días.
Siete días.
Al final deseó con toda su alma que ella se marchase ya y que le dejase solo para poderse ir a dormir. Estaba que se caía. De hecho, en más de una ocasión su madre señaló que apenas mantenía los ojos abiertos, algo que, a la tercera vez que lo soltó, obligó prácticamente a la hermana a excusarse en que ya debía regresar a casa. En realidad se excusó como dos o tres veces, hasta que al final una llamada la salvó. Una llamada de Federico. Mamá se puso coqueta e intentó buscarle las cosquillas a su hija en plan broma; Eric apenas estuvo atento. Ella se zafó de su madre como pudo, especialmente con la mano, hasta que una pequeña riña en broma provocó en Lupe que merodease cerca y se echase a ladrar, lo que no dio a ella otra opción que la de marcharse. Casi al final con prisas se despidió (tras pasarse como un par de horas o más con la sensación de <>).
– Intentaré venir de aquí poco. Ahora tengo que hacer unas cositas.
Eso último estimuló la atención de Eric.
– ¿Unas cositas? – preguntó, involuntariamente, escapándosele de la boca.
– Sí, cositas – refunfuñó. No estaba dispuesta a satisfacer a nadie, pero una mirada inquisitiva de madre la forzó a hablar –: Os lo iba a contar otro día, pero da igual. Estamos planeando hacer un pequeño viaje, de unos cuatro o cinco días.
– ¡Mira qué bien! ¿Y te lo reservas para decírnoslo a última hora?
– No…
– ¿Cuándo vas?
– El sábado de la semana que viene.
Una campana resonó en la cabeza de Eric. Viernes… sábado…
Nadie añadió nada más, lo que dio pie a que la hermana les disculpase y les dijese que se pasaría para explicar más a fondo lo del viaje. Madre la abrazó con mucha candidez y Eric sólo le dio un beso a la mejilla, como les era costumbre hacer. Ella se despidió con la mano y cogió a Lupe, llevándosela a la altura de sus pechos. Luego desapareció cuando madre cerró la puerta.
– Se acabó la función – musitó, dirigiéndose a Eric. Presto fue hacia el sofá.
– ¿Pero qué dices? – soltó en voz muy baja –. Si la función acaba de comenzar…

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario