PRIMER CAPÍTULO NOVELA NEGRA

 

Cuando Eric se despertó, apenas pudo abrir los ojos. Lo intentó, pero algo así como un dolor punzante le impidió hacerlo. Sólo pudo entreabrirlos. Y tampoco no le sirvió de mucho: no vio más que el color negro.

Se llevó las manos a la cabeza, muy lentamente. Le pesaban las manos. Mientras intentaba manosearse, un sonido ronco y grave emergió de su boca. Tenía sed, mucha sed. Probó luego mover los pies, mas éstos estaban muy agarrotados. <<Dios, una estatua>>, pensó. Se olvidó de los pies y se centró en su pelo.

–                           Au…  – se quejó, con esa voz ronca de nuevo. El pelo le dolía mogollón. Si bien conservaba la misma cabellera, tuvo la sensación de que le habían quitado pelos a base de arrancadas. 

No podía moverse. Eso le enervó. Probó efectuar algún movimiento y descubrió que el cuerpo en sí no respondía. Quiso maldecir, pero le fallaron las palabras.

<<¿Dónde estoy?>>, pensó, con pesadez. También le costaba pensar.

Cerró los ojos, habiendo visto que era inútil mantenerlos abiertos. Primero porque le pesaban en cantidad, segundo porque la oscuridad que le rodeaba no le ofrecía ninguna respuesta satisfactoria.

Decidió esperar, en cambio. Algo ya pasaría.

No recordaba absolutamente nada. Su mente trabajaba lentamente, y apenas recordaba su propio nombre. Sólo le venían ganas de dormir. Había algo dentro de su cuerpo que le motivaba a ello. Sus brazos, sus piernas, sus ojos, incluso su espalda. Ésta, por cierto, se hallaba contra algo. ¿Sería una habitación? A saber. Sólo sabía que estaba sentado sobre algo duro.

Tuvo que esperar mucho tiempo para poder moverse con más libertad. A él le habían parecido horas, pero en el fondo sabía que no habrían pasado ni diez minutos. Estiró las piernas, poco a poco, luego se desperezó. Al alzar los brazos hacia arriba se dio contra algo. <<Un techo. De hierro, creo>>. Ahora los pensamientos andaban más deprisa, y ya podía pensar con más claridad. Sin embargo, seguía sin recordar absolutamente nada.

Al cabo de poco, asustándolo, se abrió una puerta muy estridentemente. Se abrió justo delante de sus narices, y de poco estuvo que chocara contra su pie derecho. Respingó, sin pegar chillido alguno. Más que nada aún le pesaba el cuerpo y esa cosa que corría por sus venas (un sedante seguramente, se decía él con convicción) aún le limitaba los movimientos y los sonidos.

Cuando se abrió la puerta tan de repente tenía los ojos abiertos. Instantes después los cerró, pensando en todas aquellas películas donde atormentan a la víctima con un “ataque de luz cegadora”. Empero, al abrirlos de nuevo, se cercioró de que ninguna luz cegadora estaba arremetiendo contra él. Tan sólo divisó un haz de luz a una cierta altura. Luego, más adelante, otro haz, a cierta distancia. Luego, a la misma distancia, otro haz. Y así sucesivamente.

–                           ¿Hola? – pronunció con miedo.

Nadie le contestó. Escuchó, sin embargo, unos pasos que se alejaban.

–                           ¡Espera! ¿Quién eres? ¿Qué hago yo aquí?

Absoluto silencio.

–                           ¡Eh! ¡Contéstame!

Suspiró. Al parecer, no lo iba a tener fácil.

A paso de tortuga, procedió a acercarse a la puerta. Gateó, con mucho precaución, tanteando con la mano multitud de porciones del suelo, el cual, por cierto, era de metal. ¿Dónde demonios estaría? Un escalofrío le recorrió. De repente se imaginó en un almacén abandonado, a altas horas de la noche, a punto de vivir toda una pesadilla. Por culpa de estos pensamientos, a punto se encontró de pegarse un porrazo: cuando alcanzó la puerta, su mano se hundió hacia abajo, sin encontrar tierra firme. Consecuentemente, se cayó ligeramente hacia un lado y se dolió en un costado.

–                           Jodido metal…

Se repuso como pudo, aún sintiéndose pesado y lento. Se sentó. Tanteando tanto a derecha como a izquierda, descubrió que se hallaba encerrado en un rectángulo pequeño. La idea le provocó escalofríos. ¿Encerrado en un rectángulo pequeño? A continuación principió a imaginarse todo tipo de perversiones contra él.

Con los pies buscó tierra firme tras la puerta. No tardó en encontrarla. La tocó con mucho miedo: no veía absolutamente nada, y temía por que algo le atacase o por que se diese contra algo. Luego se puso en pie, no sin antes ayudarse con apoyo. Al hacerlo por completo, se sintió mareado y sin fuerzas. Se aguantó un minuto o así, hasta que se convenció de que ya podría andar sin problemas. Pero antes de disponerse a ello, se acordó de súbito que tenía bolsillos. Hurgó las manos en ellos, para sólo encontrarse tela y más tela.

–                           Robado… ¡Cerdos!

Ya podía abrir los ojos con más facilidad y mantenerlos bien abiertos. Eso le permitió, al subir la mirada, descubrir que aquellos haces de luz eran bombillas de pequeñas lámparas colgadas en lo que suponía era el techo. Divisó hasta 10 haces de luz en lo que se marcaba como una senda recta. Se le antojó todo muy lejano. ¿Pero que podía hacer si no ponerse en acción y enterarse de lo que le había ocurrido?

Comenzó a caminar. Se hallaba en un pasillo en el que máximo cabían dos personas, así que le fue fácil tocar tanto una pared como la otra con las manos. Al principio caminó con vacilo, por si tropezaba o algo le cogía por los tobillos; luego fue cogiendo confianza y se movió a una velocidad más acelerada.

No tardó en llegar al último haz de luz. Tras ella, pared. Tocó a su izquierda y se encontró también con la pared, pero su derecha no tocó nada, y al mirar hacia allá vio más haces. Habiéndose olvidado del miedo y del pavor, la curiosidad pudo con él y anduvo sin tanteos. Corrió ligeramente. Llegó hasta el último haz, faltándole el aliento, con su cabeza palpitando cual una taladradora.

–                           Pared… Aquí también… ¡Y aquí!

Por lo que… ¿no había escapatoria? Tragó y la saliva le escoció en la garganta. Qué sed que tenía… Entonces comenzó a desesperarse. Se llevó las manos a la cabeza. No podía ser, no podía ser. Encerrado. ¿Pero y esos pasos? Se dio la vuelta.

Mas, instantes después, una puerta se abrió detrás de él, allí donde él se había figurado que era una pared. Aterrorizado y helado, se giró sobre sí mismo muy lentamente. Temblaba. Apenas tenía los ojos abiertos. Quiso taparse la cara pero le fallaron las fuerzas. ¿Pero de que sirvió? Sólo vio más oscuridad…

–                           Qué pasa aquí…

No le dio tiempo a añadir nada más. Dos manos muy fuertes le asieron de las muñecas y lo arrastraron hacia delante. Intentó chillar pero el miedo le había engullido. Ni tan siquiera opuso resistencia.

En cuestión de segundos se notó viajando bien lejos y obligado a sentarse en una silla. Le forzaron con tanta fuerza bruta que su pie golpeó contra una esquina de lo que podría ser una mesa y se dolió en sobremanera. A continuación, escuchó el claro ¡clinc! de esposas cerrándose. Impulsivamente (aunque sabía que resultaría inútil), intentó mover los brazos. Esposados.

–                           No hagas lo imposible – terció una voz. Eric inmediatamente dejó de mover los brazos, completamente invadido por el pavor. – Así está mejor.

Probó concentrarse. ¿Sería esa voz una de esas manos que tan ferozmente le había lanzado hacia la silla? Sólo sabía que procedía del otro lado de la mesa, a muy corta distancia. Su respiración, muy agitada, le impidió saber si había más gente, aunque con toda seguridad lo habría. Tipos duros además.

En cuestión de segundos la desesperación le dominó:

–                           ¿Quién eres? ¿Qué coño hago aquí? ¡Quitadme estas malditas esposas inmediatamente! ¡Contéstame, so…! 

–                           Insultar no creo que te convenga mucho.

Tragó. Qué sed… ¡Y qué mareo!

–                           ¿Que no insulte? ¡Pero si me habéis puesto en este puto… sitio que apesta y en el que no se ve nada! ¡Cobardes, que sois unos cobardes!

–                           Número 3, creo que deberemos quitarnos del medio a este señor y ofrecer la propuesta a otro.

–                           ¿Una propuesta, dices?

–                           Sí. Una propuesta muy suculenta.

Intentó tranquilizarse. Una propuesta decía, y suculenta. ¿De qué podría tratarse? La cabeza principió a girar y girar, muy rápidamente. Necesitaba tumbarse.

–                           Vaya, te has calmado de golpe. Eso es bueno.

Una luz se encendió de sopetón. Le pilló de sorpresa, y no pudo más que cerrar los ojos y girar la cabeza hacia un lado para no verse cegado. Tardó un cierto tiempo en poder acostumbrase a ella, muy potente. Procedía del centro de la mesa, y no era más que una lámpara de las que se ven en muchos escritorios. Pero no distinguió nada más. De hecho, había tenido la sensación, aún habiendo estado escuchando la voz, de que se había hallado absolutamente sólo, ya que ni tan siquiera había percibido la respiración de los que le acompañaban en… ¿la sala?

De repente, se oyó cómo una silla era arrastrada y ligeras formas difusas aparecieron tras la lámpara. Vio manos, ambas negras. Al principio creyó que era un hombre de color, pero luego, a medida que se aproximó, se percató de que iba ataviado con una capa negra que le cubría parte del cuerpo. A continuación, comprobó cómo una de esas manos (con guantes, sí, los pudo distinguir) cogía la lámpara y se la acercaba hacia sí. Cuando pudo verle la cara, respingó y pegó un ligero alarido.

–                           Pero qué…

–                           No te asustes. Es una simple máscara.

Sí, vio la máscara, pero el rostro que expresaba la máscara le aterró. Le recordó mucho a las máscaras esas de las películas juveniles con un asesino merodeando por ahí y matando. Era una máscara blanca con líneas negras que marcaban sus ojos, su nariz y su boca. Eran dos ojos estrechos pero muy largos y que iban de arriba abajo, con forma de “O” muy alargada. Su nariz apenas era visible, muy pequeña e insignificante. Y su boca, ¡ay su boca! Bueno, no tenía, pero uno podía imaginársela tras esas dos líneas negras gruesas que venían a ser sus labios. Sonreía maléficamente, como aquel gato en Alicia en el país de las maravillas. Y además muy anchamente…

Toda esa desesperación que antes le había embargado desapareció en un periquete y el miedo tomó posesión de él. Enmudeció y sólo dejó que el aire entrase y saliese de él.

–                           A ver, no nos entretengamos mucho, que no tengo mucho tiempo  –. Tamborileó sobre la mesa con los dedos y luego posó las dos manos –. Tendrás muchas preguntas en la cabeza, aunque seguramente estás tan acojonado que ni piensas. No te preocupes: yo te ayudo a pensar. Una propuesta te he dicho. Sí, y muy jugosa. Millones…

–                           Mi… Mi… ¿Millones?

–                           Ni más ni menos. Pero será un trabajo muy difícil. Y si fallas, quizá te arrepientas para toda la vida. ¿Estás dispuesto a aceptar cualquier cosa?

–                           ¿Por qué yo…?

–                           Ya te dicho que tendrás muchas preguntas en la cabeza. No pienso contestar a ninguna. Aquí yo pongo las reglas. ¿De acuerdo?

–                           Ehm… sí.

–                           Muy bien. ¿Número 2?

Alguien a la izquierda de Eric se agachó y a continuación efectuó un paso al frente. Un maletín pasó “volando” por delante de sus ojos. Volando, no, ya flipaba… Ese tal Número 2 se lo había tendido al de la máscara y capa negra.

–                           Gracias. Bueno, veamos –. Puso el maletín sobre la mesa, desplazando la lámpara, y la abrió –. ¿Qué te parece?

Con estupefacción, atestiguó que dentro había miles de billetes. Miles de euros. Algo le punzó en el corazón, muy fuerte. Incluso enloqueció, un poquito. Dinero, dulce dinero.

–                           Te gusta, ¿eh?  Está demostrado.

–                           ¿Qué tengo que hacer? – interrumpió.

–                           Eh, eh, para el carro. ¿Quién hace las preguntas?

La máscara volvió a verse tras la lámpara, y el miedo volvió a inundar a Eric.

–                           Usted, usted.

–                           Así me gusta. Bueno, a lo que iba: esto puede ser tuyo si cumples un propósito que te voy a pedir. Pero repito, no será fácil. Y te lo repito porque de ti pueden depender muchas cosas.

–                           ¿De mí?

–                           Sí, de ti. ¿Tengo que repetirlo? Número 3, ¿me explico mal? ¡Porque siempre me hacen repetir las cosas!

–                           No, señor. Se explica muy bien.

Tras esa máscara algo ronroneó, como complacido.

–                           Bueno, no queda tiempo. Escúchame atentamente. Voy a dejar este maletín aquí, para ti. Es un adelanto. Dentro del maletín encontrarás una lista de lo que necesitarás comprar. También tendrás el nombre de una persona a la que deberás ir a ver. Cuando des con él, pregunta por el Hombre de Negro. ¿Te ha quedado claro?

–                           Sí, pero…

–                           Pues no hay más que hablar. Número 3, la llave.

Unos pasos, apenas perceptibles para el oído, se movieron hacia delante y una mano, que él apenas distinguió (sólo pudo discernir que era gruesa, muy gruesa), dejó una llave pequeña sobre la mesa.

–                           Ah, se me olvidaba – pronunció el de la máscara –. Como no te presentes, te arrepentirás.

Cuando estaba en un tris de preguntar, recordó que no podía formularlas. Y cuando se vio a sí mismo esperando para que esa voz – lenta, pausada y asertiva – se alzase otra vez, una puerta se cerró más allá de la mesa. ¿Pero qué?, se dijo, completamente descolocado y anonadado. Presto, una luz mucho más potente que la de la lámpara se encendió: la luz de la sala. Por tercera vez en no sabía cuántos minutos, cerró los ojos. Impulsivamente, movió las manos, pero se encontraron sin apenas libertad de movimiento. Maldijo, una vez, dos, tres.

–                           Qué bonito…

Lentamente, también cautelosamente, los abrió. Se descubrió en una sala pequeña pero alta, con paredes blancas y baldosas azules en el suelo. La puerta por donde habían salido los extraños tipos se hallaba cerrada. El sitio le recordó mucho a una sala de manicomio. Siguió escrutando la sala, encontrándose sólo con la mesa, la lámpara, el maletín, la llave y dos sillas. Nada más. Todo limpio, pulcro. Supuso que el lugar era habitualmente usado, con toda seguridad por el tipo de la máscara (el Hombre de Negro) y esos dos con nombre de número. Supuso que llevarían a tipos como él, desorientados, sedados. ¿Desesperados quizá? Porque ese maletín le había caído como Santo del cielo. ¿Por qué demonios le habría escogido a él?

Tuvo el pálpito de que habían pasado por esa sala decenas de tipos como él.

–                           ¿Y ahora qué? – inquirió a la sala vacía.

Aún la desesperación no le había llamado a la puerta (¡Cuantos cambios de estado anímico en tan poco tiempo!), pero se concienciaba de que no tardaría mucho en retornar. Fijó, entretanto, sus ojos en la única llave que descansaba sobre la mesa. ¿Cómo demonios llegaría hasta ella si no podía moverse? Tenía que ser una broma, porque si no, no lo entendía. Ningún ser humano era capaz de desesposarse con las manos pegadas. Así que decidió esperar… hasta que se hartó y se hizo a la idea de que realmente tenía que espabilarse por sí solo.

–                           Como me salga de esto, prometo que me pagaré unas vacaciones de puta madre.

De modo que se puso manos a la obra, con muy poca convicción. Seguro de que sentado no lograría nada, se puso en pie. Analizó la situación. Sala prácticamente vacía, una mesa, sillas,… Se miró a sí mismo. Comprobó si era posible bajar las esposas hacia abajo, hasta el suelo, pero resultó imposible. Sólo le quedaba una opción, compleja y complicada, en la que si fallaba podía verse en un gran apuro.

–                           Habrá que arriesgarse – se resignó.

Con sumo cuidado, levantó la silla y se echó para atrás, evitando tocar la mesa. La clave de todo yacía en que la llave no cayese al suelo. Si eso se producía, podía morirse del asco ahí dentro. Cuando más o menos estuvo paralelamente a la altura de la llave, la cual se encontraba a su izquierda, principió a inclinarse hacia esa dirección, muy lentamente. Estaba sudando, respirando agitadamente también. Cuando había algo  mucho en juego, hecho que apenas se había producido en su vida, se ponía muy nervioso, y apenas controlaba sus propios movimientos. A la sazón, le temblaban las manos.

–                           Maldita sea.

Sin embargo, supo mantener la compostura a la perfección. Colocando la mano sobre la mesa como pudo, algo chapuceramente, para su propio bien descubrió que podía coger las llaves bien, sin oposición alguna. Las cogió, mas, cuando intentó ponerse recto, se cayó al suelo. A continuación se oyó un gran estruendo.

–                           Dios…

Se hizo algo de daño, pero su mente no estaba por su cuerpo, sino por la llave. Afortunadamente, aún la conservaba. Apretó su mano izquierda, para que definitivamente no se le escapase.

–                           ¿Y ahora cómo me levanto?

Le fallaron las fuerzas cuando lo intentó. Tras otros dos intentos fallidos, desistió.

Debía existir alguna manera sin necesidad de enderezarse. Miró su mano y miró las esposas. Verificó hasta cuánto podía alargar las manos.   

–                           Espera…

Dio con la solución, y tal como ocurre en multitud de cosas en la vida, se preguntó cómo no había dado antes con ella, pues, aunque no era obvia a primera vista, era visible al menos. <<Supongo que debería conservar una mente más fría a veces.>> Y pensándolo, tuvo otro pálpito, el de que tendría que acordarse de este pensamiento de cara al futuro.

Cuando había probado bajar las esposas por los brazos de la silla, no había probado medir cuánto podía acercarse una esposa a la otra, puesto que no se había cerciorado de que bajando las esposas por “los brazos de metal” la distancia entre un brazo y el otro se acortaba. Lo que venía a decir que, apurando hasta lo más abajo posible, una mano casi podía tocarse con la otra. Si bien se encontraba de costado, situación que dificultaba la operación, consiguió bajar su mano izquierda hasta donde el brazo de metal tocaba con el asiento. Presto bajó la mano derecha. Cuando comprobó que las manos podían dar con un mayor alcance, se alegró muchísimo y por primera vez desde que se había despertado se tranquilizó. Acercó las manos una a la otra y pasó la llave a su mano habitual, la derecha. En cuanto encontró el hueco por donde meter la llave y la metió, se liberó.

Suspiró. Jamás un suspiro le había aliviado tanto.

–                           Qué cosas más raras, de verdad. Me despierto encerrado en una especie de almacén de bar que no es más que el final de todo un pasillo, luego esta sala de locos con un loco que lleva una máscara que da más giñe que la niña del exorcista. ¡Y este puto maletín! – Lo miró con deleite, pero también con mucho respeto. Intuyó que detrás guardaba un auténtico infierno –. Veamos qué hay dentro.

¡Cuánto le temblaron las manos cuando rozó los botones para abrirlo! Se sintió como responsable de una decisión que cambiaría la vida de miles personas. Ese pensamiento le cargó el cuerpo con mucho peso. Tuvo ganas de correr y salir de donde estuviese. Mas no pudo. Necesitaba el dinero. De alguna forma, el tipo de la máscara sabía que iba necesitado. Seguramente le habría seguido, porque los amigos y la gente con la que él se rodeaba no eran gente que se moviese en esferas policiales. Sin embargo, la pregunta seguía siendo por qué él.

–                           Venga – se animó.

Destapó la tapa. Centenares de euros afloraron a continuación delante de sus ojos. No se puso a contarlos, aunque a ojo calculó que habría algo así como seis mil euros, aunque podría ser el doble. Qué más daba la cantidad. Se puso, en cambio, a tocar los billetes, a rozarlos con la yema de los dedos y a alegrarse muchísimo. De repente, se sintió el tío más feliz del mundo. ¡¿Qué podía haber mejor que el dinero para la paz y tranquilidad de una alma atormentada?! Comenzó a pegar saltitos y a dar vueltas, y ya todo lo que le había ocurrido con anterioridad se le fue de la cabeza.

Cuando ya se cansó de celebrarlo (aunque… ¿cómo podía alguien cansarse con semejante regalo?), recordó que había una nota que debía leer. Con los nervios y la explosión de júbilo se le había olvidado por completo. La encontró fácilmente sobre los billetes, en un rincón. Era un trozo de papel blanco típico de DIN 4. Lo cogió y se puso a leerlo. 

Algo de la lista le pungió el corazón de entre las pocas cosas que necesitaba.

–                           Dios Santo, por qué yo…

Lo que le hizo prácticamente desfallecer fue lo siguiente: necesitaba comprar una pistola. 

Anuncios

Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s