SEGUNDO CAPÍTULO NOVELA NEGRA

Salió con el maletín bien aferrado a su mano derecha. Era plena mañana, con el viento soplando con fuerza. No se molestó en cerrar los ojos a pesar de que el sol pegaba; ya había tenido bastante. La camiseta de manga larga y los tejanos no le impidieron que le recorriese el frío por sus carnes, sin poder evitar tiritar.
Se hallaba en una calle estrecha y sucia. Había llovido, y mucho, puesto que había charcos y el suelo estaba fangoso. No obstante, la memoria le fallaba y no sabía a ciencia cierta si cuando le habían adormecido ya había estado lloviendo. No importaba. Con el tiempo ya se acordaría de cuándo y dónde más o menos había perdido el conocimiento.
Cuando sólo le faltaba la mitad del recorrido para llegar a una calle más ancha y, aparentemente, transitada, giró sobre sí mismo y contempló el sitio de donde había salido. Efectivamente, se trataba de un almacén abandonado, aunque no del todo. Lo bien que estaban cuidadas las salas por las que tuvo que pasar le había indicado lo contrario. Quizá no se faenara allí dentro, pero el tipo de la máscara y sus compinches la usarían alguna que otra vez para llevar maletines y gente desorientada. Aprovecharían su aspecto “desaliñado” y descuidado, con las ventanas completamente rotas o las paredes cascadas o pintadas por ejemplo, para efectuar sus operaciones y reunirse. A saber. Pululaban tantas preguntas por su cabeza, que a punto estaba de estallar.
Memorizó el aspecto de ese lugar y la calle. Regresaría allí, seguro.
Buscó la placa que indicaba el nombre de la calle cuando llegó al final de ésta, pero no la halló. Lástima. Como consuelo (y como ayuda, por supuesto), se quedó con el de la calle ancha: Calle de Rosalita. Al no disponer de bolígrafo ni lápiz, sacó el móvil para apuntárselo. Tanto este utensilio como sus llaves de casa, monedero (con todo intacto) y crucifijo (uno pequeño de madera) los había encontrado sobre una mesa en una oficina que supuso había sido antiguamente del jefe del almacén. No es que se hubiese puesto a buscar sus pertenencias, sino que había dado con ellas porque le había pillado de camino. Con toda seguridad, los que le habían traído hasta ahí se lo habían dejado adrede, sin ninguna intención de robarle. De alguna forma, se habían convencido de que lograría desesposarse y salir del lugar.
Eric podía apostar con total tranquilidad que esos tipos eran absolutos profesionales y que no dejaban rostro alguno en sus pisadas. Unos tipos con los que, en definitiva, no se podría jugar.
Subiendo la calle de Rosalita, se sintió muy incómodo. Portar un maletín que contenía tanto dinero suponía un peligro, y más en la calle, donde a alguien se le podía dar por robar. Subió la calle con ojo avizor, con la cabeza altiva. Le tentaba girarse para comprobar si alguien le seguía, mas siempre supo mantener la compostura. A pesar de que nadie realmente le prestó atención, pronto lo haría, ya que con la ropa que llevaba portar un maletín no era muy habitual.
Buscó un taxi. Ni conocía la calle ni le sonaban los distintos locales y portales que desfilaban tras sus ojos. Quizá ni se encontraba en su ciudad natal: Lartos. Al menos, de todo lo que oteó, dedujo que si había sido movido a otra ciudad, no se hallaba lejos de Lartos. Sin embargo, lo que le apremió a buscar un taxi fue el hecho de que empezó a ver inmigrantes, algunos sentados en bancos, otros apoyados contra la puerta de un local, otros rebuscando entre la basura. Si perdía ese dinero, ya podía considerarse hombre muerto.
Tardó en encontrarlo. Tuvo que avanzar hasta cuatro bloques y preguntar recelosamente hasta alcanzar a ver todo un carril con taxis blancos aparcados, con sus pilotos fumando de pie y charlando entre sí. Antes de subirse en uno, se escondió en un callejón estrecho, donde sólo cabía una persona, para abrir el maletín y meterse en el bolsillo un billete de cien. Quería ocultar toda esa burrada de dinero cuanto más posible.
– Hola – saludó al primer taxista con el que se encontró. Era un hombre calvo y con gafas de sol, con un aspecto de huraño.
El taxista le miró a través del retrovisor, esperando la dirección sin pronunciar palabra. Eric casi se imaginó al taxista infiriendo que llevaba un maletín cargado de billetes y robándole cerca de un bosque, con paliza incluida.
– A la calle Henry Ford, número 8.
Absolutamente mudo, el taxista planeó la ruta con el GPS y encendió el motor.
Eric aprovechó el viaje para relajarse. Con el maletín en su regazo, se abrió de piernas y tiró la cabeza para atrás, apoyándose con el reposacabezas. Se entretuvo mirando por la ventanilla. Qué bien que le vino. Ignoraba cuánto hacía que se había despertado (probablemente una hora y media), pero se le antojaba que no había dormido en toda la noche. Inevitablemente se echó a rumiar, en todas las posibilidades, en todas las probabilidades, en todas las preguntas. Como la lógica imperaba, no pudo satisfacerse y continuó dentro de una neblina confusa, aun chequeando su móvil por milésima vez en busca de mensajes reveladores.
Pero, extrañamente, nadie había preguntado por él. <>
Tal como había previsto, no se había despertado en Lartos. Se había despertado en Eros, ciudad que rendía homenaje al gran personaje mitológico. Jamás había estado en esta ciudad, a pesar de rozarse con Lartos. No había habido ningún evento, disco, conocido o recado que le hubiese obligado a pisar esa ciudad. De todos modos, se alegró de no haberlo hecho, puesto que le desagradó en demasía. Se trataba de una ciudad sucia, pobre, con poca actividad, muy apretujada, además de repleta de semáforos innecesarios y rotondas que le revolvieron el estómago.
Al cabo de veinte minutos arribó a casa. El taxista le indicó el precio, que subió hasta cuarenta y cinco. Qué pasada, dijo para sus adentros. Será muy mudo, pero anda que no chupa pasta ni nada el muy hijo de su madre. Le pagó, sin ningún dolor de corazón. Ahora disponía de mucho dinero en su haber.
Suspiró. De repente se puso nervioso. Miró a izquierda y derecha y vio pocos transeúntes. Se sentía un extraño en ese lugar, como si no perteneciera a él. Además de esto, pensó en su madre y en si estaría en casa. No recordaba si ese día le tocaba o no trabajar, pero le resultaría muy desagradable presentarse arriba y dar explicaciones cuando apenas él se concienciaba de lo que había sucedido. Y, añadido a esto, explicarle que tenía unos asuntillos que cumplir y que, si no los cumplía, de aquí poco su madre estaría llamando a las asistencias funerarias no era, para nada, una tarea fácil.
Subió por las escaleras, a paso lento, para darse tiempo para pensar en alguna puñetera excusa. No se cruzó con nadie, afortunadamente. Cuando entró en casa, esperó por unos gritos que al final no acaecieron. No había nadie en casa. Sin perder tiempo, se apresuró por guardar el maletín. Antes de ponerse a ello lo abrió y sacó el trozo de papel con “las instrucciones para sobrevivir”. Lo dejó sobre la cama.
– Si fuese mi madre, ¿qué sitios miraría para hurgar? – pensó en voz alta.
Se le ocurrió que no estaría mal dejarlo en un sitio que saltase bastante a la vista, ya que a veces eso provocaba un efecto curioso en aquella gente que espiaba y curioseaba: no lo veían. Decidió dejarlo por el momento junto a una mochila que usaba para la universidad.
A continuación se sentó en el lecho. Aunque tentado a tumbarse, una especie de agitación le mantuvo energético y deseoso por moverse. Miró de soslayo al trozo de papel, que descansaba a su lado. Le infería mucho terror ese trozo de papel. Contenía algo así para él como un poder destructor, un poder muy contrario al que otorgaba el maletín. Mas, como muchas otras cosas destructivas en la vida, guardaba una responsabilidad enorme. Y a él le encantaba asumir responsabilidades.
Cogió el trozo de papel y se lo llevó hasta escasos centímetros de su nariz. Leyó su contenido de nuevo, aunque se lo sabía ya de memoria. Más que nada, temía olvidarse de algún detalle.
Decía lo siguiente:
Primero mencionaba el nombre de la supuesta operación. “Operación cañada”. Por mucho que intentaba encontrarle un significado, nada le satisfacía. Después venía una lista de objetos que debía comprar, entre los que destacaba una pistola. Aparte de esto, necesitaba munición, un nuevo móvil, un nuevo carné de identidad y un coche. Los muy jodidos estaban enterados de que Eric no poseía coche. ¡Y vaya lío en que le metían a Eric! ¿Qué se suponía? ¿Que tenía que decirle de repente a su madre que se iba a comprar un coche, así, porque sí? Esos tipos de verdad le iban a hacer devanarse los sesos con planes, estratagemas, excusas, etcétera.
Más abajo, se especificaba que podía conseguir la pistola, la munición y el nuevo carné si acudía a un tal Manitas. Menudo nombre, qué alivio. El Manitas. <> Al lado de su nombre salía la dirección en la que podía encontrarlo. No le sonaba, aunque podía figurarse que no trabajaría a la vista de mucha gente. Seguro que trabajaba en el sótano de algún taller, prácticamente a oscuras.
Finalmente, en la parte más baja de la hoja, aparecía el nombre de la persona con la que debía contactar. Se llamaba Feredico Paltino. Un pálpito desconocido en él “resonó en sus carnes” y le susurró que ese Federico no se llamaba Federico en realidad.
De sopetón, se abrió y se cerró una puerta. Una voz femenina. Su madre. Sumido en un pequeño letargo provocado por el trozo de papel y su contenido, se levantó como convulsionado y guardó el papel en el bolsillo. Algo le cosquilleó en su interior.
– ¿Eric?
– Hola, mamá – saludó a la vez que salía de su cuarto.
– Ah, sí que estás aquí. Hola. – Se dieron un beso –. ¿Qué tal la cena con Jennifer?
Ella fue a dejar las llaves sobre una vasija de colección y a quitarse el bolso, entre suspiros. Él aprovechó este corto intervalo para pensar. ¿Cena con Jennifer? Algo no olía bien…
– Ehm… Bien, bien.
– ¿No la habrás dejado embarazada?
– ¡Mamá, por favor!
Desconcertado, deseó irse muy lejos.
– ¿Cuándo has llegado?
– Hará como media hora. ¿Qué tal el trabajo?
Su madre se dirigió al sofá y se dejó caer, espachurrándose de espaldas. Resopló cual un toro enfurecido.
– Agotador. Uf, estoy muerta. Te lo juro, hijo mío: un día de estos pido la marcha voluntaria.
– ¿Ahora que por fin tienes suerte en el trabajo? No hagas burradas ahora. Ojalá yo tuviese tu suerte.
– ¿No te ha llamado nadie?
– Nadie – contestó él, y el simple pensamiento de que nadie le hubiese llamado le sumió en un estado de miseria y pesadumbre.
– ¿Has probado de dejar un currículum en el Vetae?
– Sí, mamá, lo hice hace una semana.
– Ok, ok. No te pongas así de triste. A ver, sonríe. Enséñale a mami tu estupenda sonrisa.
– Mamá, por favor.
Ella rió, complacida con la muestra de timidez de su hijo. Él, acostumbrado a ello, aunque intolerante a tal actitud, se volvió para regresar a su habitación.
– ¿Sabes qué? – terció ella –. Hoy no tengo ganas de hacer la comida. Comamos fuera.
Él no dio su respuesta. Ella ya la sabía. A fin de cuentas, tenía veinticuatro primaveras y le faltaba mucho para una posible independencia, con lo que aún vivía bajo su tutela.
– Recojo un par de cosas y vamos para el centro.
Sin embargo, hasta pasados cinco minutos ella no se levantó del sofá. Eric la contempló levantarse y gesticular de dolor, llevándose la mano a la cintura. Meses atrás Eric había preguntado si era grave y si había llamado al médico, pero esta vez sólo se molestó en pronunciar un muy leve ¡pst! y efectuar una mueca. Ella entonces salió del salón y desapareció. Él, que hasta ese momento no había planeado llevarlo a cabo, asió el móvil de ella con un movimiento ágil. Se sintió sucio haciendo algo así como espiar unos mensajes a escondidas. No le tembló el pulso, sin embargo.
De los mensajes que ella había recibido entre el día que estaban y el anterior, sólo destacó uno, enviado por un número que no estaba registrado. Ponía: <> Tras leerlo se quedó atónito. ¿De verdad él había quedado con Jennifer para cenar? Empezó a creer que el supuesto narcótico le había afectado más de la cuenta y que quizá sí que se había producido esa cena. No obstante, lo peor de todo residía en que la memoria le fallaba hasta tal punto que no recordaba nada de los últimos días. Esto le preocupaba muchísimo, pues tenía la convicción de que en el futuro debería acudir a lo que le había ocurrido antes de ser llevado hasta el almacén abandonado con el fin de aclarar el misterio que se le presentaría.
<>
Escuchó unos pasos que se acercaban y puso el móvil de vuelta a donde lo había sacado, es decir, del bolso de su madre. Se colocó las manos tras la espalda y aguardó.
– ¿Qué es esto? – inquirió ella en cuanto reapareció –. ¿Un desfile militar? Vamos, anda.
Eric fue el último en salir. Mientras bajaban en silencio por el ascensor, él se preguntó si realmente había cenado con Jennifer o si alguien le había enviado ese mensaje engañando a su madre.

Esperando dentro de una tienda de ropa, fue observando fijamente ropa, especialmente chaquetas. El frío ya se había prácticamente asentado y él no era hombre de sudores. Por la mañana ya había podido comprobar cómo había rascado el viento y no quería sufrir de la misma manera.
Le tentaba comprarse unas de esas chaquetas que subían hasta los ciento cincuenta euros. Empero, sabía que no podía gastárselos, porque la gente empezaría a preguntar (en especial su madre) y sus mentiras no colarían. Usaría el dinero del maletín sólo en caso de urgencia, como lo del taxista. Luego, con el tiempo, ya daría con una excusa, con algo así como que había encontrado un trabajo que le proporcionaba una gran remuneración. Pero por el momento aún debía vivir tal como había vivido en los últimos meses, como un puñetero pobre.
Su mente se había esforzado en cómo solucionar el tema del coche. Se imaginaba que con el dinero que había dentro del maletín podía pagar perfectamente uno que simplemente le llevara a los sitios, mas eso no era realmente lo que le preocupaba. Había estado dándole vueltas a dónde demonios guardaba el coche para que ni sus familiares ni sus amigos o conocidos llegaran a su conocimiento. Quizá hallaba un lugar perfecto para su escondite que no se distanciase mucho de su casa; sin embargo, corría el riesgo de que alguien le pillase conduciendo y empezase la ronda de preguntas.
Inseguro como estaba con todo, había resuelto no mover ni un dedo hasta que no hablase con el Manitas y con ese Feredico. Entonces ya tomaría decisiones.
Salió de la tienda. Saber que podía pagarse ropa tan cara era una sensación nueva y muy placentera, pero muy mala a la vez. Saber que lo tenía tan fácil y verse envuelto bajo una espada de Damocles le mareaba. Fue por eso que salió de la tienda, para evitar posibles arrepentimientos. Se acercó a un asiento recién pintado y allí se sentó.
Había poco movimiento. Pocos clientes merodeaban por el centro comercial esa tarde de lunes. Pasaban diez minutos de las cinco, con lo que las escuelas ya cerraban y las jovencitas podían acercarse para comprarse las primeras chaquetas, pero ninguna de ellas parecía dispuesta a comprar nada, ni siquiera a darse un paseo. Eric vio pasar a alguna que otra pareja mayor y poco más. Un paisaje así de muerto y vacío de alma le aburrió hasta no más poder. Bostezó, bostezó y bostezó…
El tedio provocó que se tirara para delante de cintura para arriba y casi metiese la cabeza entre las dos piernas, en busca de algún entretenimiento. Poco le duró ya que alguien le propinó una colleja en el cogote.
– ¡Pero hombre! ¡Tú por aquí!
– Hey, Jennifer.
Se levantó y se dieron dos besos. Ella solía vestir bastante informalmente, y ese día no podía ser diferente. Iba ataviada con una camiseta de manga larga que se apoyaba en su hombro izquierdo pero que por el lado izquierdo dejaba el hombro y mitad del brazo al descubierto y que, además, no le llegaba hasta la cintura. Más abajo llevaba unos vaqueros anchos y holgados. Ah, y unas bambas más viejas que la puerta de Alcalá.
– ¿Qué pasa? ¿Qué te cuentas?
Sus preguntas le indujeron a sacar una conclusión, la cual había sido su pretensión desde el momento en que había entrado en la tienda. Y no le gustaba nada esa conclusión.
– Venía a verte un rato. Hacía ya días que no nos veíamos, y bueno, tenía ganas de verte – se aventuró.
– ¡Qué mono! – y le abrazó –. Hombre… ya hace unos buenos días que no nos vemos, ¿eh?
– ¿Tomamos algo o tienes prisa?
– ¿Por qué no? Vamos a ese bar ahí al lado de la tienda de videojuegos.

Llovía. Afortunadamente, Eric estaba cobijado dentro de un autobús, el cual se había estancado en una cola diabólicamente larga, ya que había un coche mal aparcado y un autocar no podía virar. Algo fastidiado, rumiaba mientras observaba cómo las gotas caían lentamente.
Aún no le apremiaba el tiempo. Pasaban de las seis y media, pero no esperaba que ese Manitas cerrase antes de las ocho. Tampoco le quedaba mucho trayecto. En verdad, se ubicaba relativamente cerca a su casa.
Sacó una hoja en la que había anotado el sitio del Manitas. Antes de ir a ver a Jennifer, se había molestado en apuntar la dirección y hacerse un pequeño croquis. Le había salido a la perfección, ya que él en la universidad había cursado Arquitectura. Aparte del dibujo, también había anotado cuatro o cinco cosas variopintas, básicamente las dudas que se le habían planteado y lo que había descubierto hasta el momento.
Sabía que realmente no había cenado con Jennifer y que a su madre le habían enviado el mensaje mintiéndola. La última vez que Eric la había visto había sido en el cumpleaños de una amiga en común, y eso se remontaba a dos semanas atrás. ¿Entonces? ¿Qué había estado haciendo antes de ser atacado (o drogado)? ¿Con quién había quedado? Porque obligatoriamente había salido de casa, eso seguro. ¿Quizá con esos tipos? Imposible…
<> <>
Había maldecido a su memoria tantas veces, que ya no lo volvió a acometer. El autobús aguardó hasta que por fin el tipo que estorbaba se fue y el autocar pudo por fin girar. Al cabo de cinco minutos aproximadamente llegó a la parada donde debía apearse. Aún llovía. Tuvo que correr hasta cobijarse, aunque en vez de llover lloviznaba en realidad. Miró a su alrededor y atisbó el número del sitio que buscaba. Subiéndose la chaqueta hasta la cabeza, para tapársela, corrió hasta allí al trote.
La fachada del local le desagradó, tanto, que a punto estuvo de dar media vuelta y marcharse. Estaba algo destartalada, con el cartel – Antigüedades Jaro – al borde de saltársele los tornillos y de estamparse contra el suelo, y también estaba roída, con una única puerta de madera, cuyo color marrón rozaba prácticamente el negro. A Eric no le quedó claro si dentro habría antigüedades o si sería esa puerta la que estaba en venta. Ese sitio jamás había pasado por reforma alguna, y a juzgar por la puerta, el tipo que llevaba el negocio no parecía muy interesado en captar clientes. Eric lo comprendió enseguida.
Intentó mirar a través del vidrio que había en la puerta. No obstante, no la habían limpiado en tantísimo tiempo, que el polvo impedía la visión del interior. Consiguientemente, le vinieron escalofríos.
Envuelto en dudas y aquejado por el miedo, agarró el picaporte pero no abrió la puerta. Permaneció unos segundos convenciéndose de que estaba haciendo lo correcto. Pero por más ventajas que se pusiese sobre la mesa, no vio nada bueno en todo ese asunto. Saldría perdiendo a partir del momento en que pusiese un pie dentro de ese sitio añejo. Mas… ¿qué otra opción le quedaba? Al fin y al cabo, ya había decidido en aquella sala oscura frente al Hombre de Negro.
– Vamos allá.
Y entró.
La primera sensación que le embargó fue de nauseas. Un extraño olor afloró de súbito, y aunque no apestaba, resultó difícil de inhalar. El tono sombrío del lugar, en donde no entraba rayo de luz alguno, le trajo a la memoria la experiencia vivida esa misma mañana, y en un tris estuvo de cerrar los ojos, cual un acto impulsivo. No lo realizó, empero. Probó con dificultad de divisar y distinguir los objetos que se le presentaron. Al principio no pudo, luego sí, con la ayuda de la puerta, que mantuvo abierta. En realidad, la había dejado abierta por si tenía que salir por patas. Estaba acongojado. Miró su derredor y no percibió a ninguna figura humana, sólo muebles, libros, retratos, perchas, vestuario, disfraces,… En más de una ocasión tuvo la sensación de que uno de esos objetos no era realmente lo que sus ojos percibían y escondía un monstruo feroz. Se notó como un niño creyente en todo tipo de seres terroríficos.
Cuando ya se acostumbró al lugar, cerró la puerta, sin evitar que chirriase y provocase un fuerte sonido. A continuación ese olor agrio y asfixiante le embargó con más fuerza, y se preguntó quién demonios podía soportar semejante hedor. Se vio incluso obligado a taparse la nariz unos segundos.
Nadie apareció. Eso le obligó a ponerse en movimiento y a comenzar a andar entre aquella tira de objetos casi prehistóricos, los cuales se hallaban escampados sin orden aparente alguno. Anduvo con cautela, mirando bien donde pisaba. El suelo rechinó a cada paso que efectuó.
Tal como había entrado se había encontrado con una especie de rectángulo no muy grande y que no se cerraba, puesto que al margen derecho se alargaba un pasillo poco ancho. Hacia allí se dirigió, con el corazón latiéndole a mil por hora. Si bien no era chico que se asustase fácilmente, un lugar así, con todo silencioso, ponía realmente la carne de gallina a cualquiera.
– ¿Hola? – gritó.
No recibió respuesta, así que continuó. Metió algo la cabeza al alcanzar el pasillo, temiendo que fuese atacado. Nada, tan sólo un simple pasillo libre de cualquiera de las antigüedades de la entradita.
– ¿Hola?
Muy poco a poco, se movió hacia delante. Extrañamente, una ligera neblina se comenzó a formar. Se le antojó que venía de alguna hoguera, ya que olía como a humo. Eso le asustó, y decidió pararse ahí y esperar a ver si alguien aparecía. Quiso darse la vuelta, pero no se atrevió. Entonces oyó unos pasos que se acercaban, unos pasos que venían de lejos.
Le pareció una eternidad hasta que apareció el tipo de los pasos. Era un hombre. Bajito y regordete, principalmente. Era el tipo de hombre que él detestaba, uno de aquellos que comía cebonamente y jugaba a la consola o veía muchas películas. Tenía el pelo bastante enmarañado, entre rizado y liso, aunque a Eric le pareció que hacía bastante que no se lo lavaba. Estaba ataviado con una camisa de cuadros, arremangada, unos jeans azules y unas bambas blancas. Todo su atavío lo recubría el color negro, el cual se había gestado en forma de manchas.
– Ah, hola – pronunció mientras se limpiaba las manos con un trapo. Eric le miró fijamente, descubriendo que llevaba gafas, muy feas y ridículas –. Perdona que no te haya contestado antes, es que estaba con algo que me estaba dando mucha guerra. Pero acércate, por favor. Ven al mostrador.
Obedeció no demasiado convencido. El tipo gordito lo vio acercarse y seguramente se dijo que había entrado un estúpido cliente. Y cobarde.
El pasillo conducía a otro rectángulo con un mostrador azul al final. Detrás de éste había más artículos de antigüedad, éstos más frágiles y entrañables: barquitos, platos, fotografías,… Aparte de eso, al costado opuesto al mostrador había hasta 4 sillas junto a la pared, las cuales dejaban mucho que desear.
– Sí que tienes el mostrador lejos, ¿no? Quiero decir, tienes esa entradita y hay que pasar por este estrecho pasillo.
– Que es raro, ¿no? Bueno, manías mías. Aunque bueno, me has pillado haciendo una cosita. Normalmente estoy por aquí.
– ¿Y no te da miedo que te roben?
– Pobre del que lo intente. Mira – y con el dedo señaló a una cámara colgando en una esquina del techo.
Se colocó tras el mostrador. Al final de éste había una puerta, que Eric supuso que era el lavabo. Se trataba de la única puerta.
– No suelen venir clientes a esta hora. – Cuando hablaba, le salía una voz ronca, como si hubiese estado bebiendo o estuviese con resaca –. Es por eso que no estaba atento. Bueno, dime, ¿qué buscabas? ¿Qué te gustaría comprar?
– Estaba buscando al Manitas.
– Un servidor – alzando y estirando los brazos, en forma cómica. A Eric se le escapó una risilla.
– A mí esto no se me da muy bien. – Carraspeó –. Ehm… Operación Cañada.
La cara del regordete se transformó. De su mona e ingenua sonrisa pasó a una seriedad sepulcral. Sus ojos se achicaron y sus dientes desaparecieron. Cual nervioso, dio tres golpes al mostrador con los nudillos de las dos manos.
– ¿Has venido solo?
– Por supuesto.
– Sígueme.
Abrió la única puerta que había, que efectivamente era un lavabo, con una pica, un retrete y un limpiador. El Manitas tocó una baldosa de la pared y algo se empezó a mover. Eric creyó que ese ruido ya lo había oído antes, cuando había oído los pasos del Manitas. La pared comenzó a girar, hacia la derecha, y se paró justo a la mitad.
– Vamos, entra.
Pasó de costado y se descubrió en otro pasillo con un suelo de hierro y paredes de metal. El sitio se asemejaba a esos sótanos donde se guardaban calderas y productos químicos, sitios donde material como el plástico o la madera peligraban. El ambiente era bastante frío, y Eric se notó como dentro de un congelador. El Manitas se movió, conduciéndole por unas escaleras estrechas pero firmes. Tras unos veinte peldaños accedieron a otro pasillo que comunicaba con un patio hecho de baldosas blancas, limpiadas años ha. A primera vista Eric distinguió armas y chalecos, además de coches y motos. El sitio se parecía mucho al de un taller, pero clandestino. A una pared divisó una puerta de garaje precedida por una ligera rampa. Cerca de ella, una mesa adosada a la pared que mediría más de treinta metros.
– Acércate.
Como un niño al que le regalan su primer juguete, Eric admiró todo lo que se escondía en ese antro. Se le puso la piel de gallina al sentirse como en las películas de thriller, con persecuciones, disparos y demás. Luego se imaginó que maldeciría este sitio al no se verse preparado. Mas eso ya vendría por su curso normal. Por el momento, disfrutó de lo que contemplaron sus ojos. Habiéndose acercado a la mesa y habiendo bordeado los coches, algunos desmenuzados y otros en estado de reparación, se abrió ante él un alud de armas: pistolas, metralletas, escopetas, navajas,… Algunas le sonaron, por los videojuegos y películas y esas cosas, pero otras le hicieron sentirse un ignorante. Tocó una arma con la yema de los dedos, cual embelesado.
– ¡No toques! – Él inmediatamente retiró la mano, asustado –. Jajajaja. No pretendía asustarte de esa manera, chavalín.
Se acercó al arma y lo limpió con un trapo que tenía allí sobre la mesa.
– ¿Ahora qué? Se lo entregamos a la policía y ven tus huellas.
– Perdón…
El Manitas se carcajeó, estridentemente. Su carcajada resonó por todo el lugar, reverberándose en forma de eco. A Eric le entró un escalofrío.
– Puedo deducir que es la primera vez que ves un arma, ¿cierto? Sólo hay que mirarte a la cara para darse cuenta. Eres como la mayoría de los que han venido aquí, novatos y pardillos. ¿Y sabes cómo han acabado?
– ¿Cómo…?
– ¡Muertos! – y se volvió a carcajear, tras ver el rostro de pavor en Eric –. Madre mía. Cada día vienen tipos mejores.
Se encaminó hacia un filo de la mesa, la de la parte derecha. De súbito Eric recordó que en su bolsillo guardaba la lista. Lo extrajo.
– Ehm… Tengo cosas que comprar.
– Sí. Todos vienen para comprar, o para morir. ¡Jajajajajaja!
Si bien sus comentarios rebasaban el sarcasmo, ese tipo empezó a gustarle. Quizá se hicieran amigos en un futuro. Aproximándose a él para tenderle la lista, lo miró detenidamente y reflexionó que ese tipo, a pesar de trabajar con un negocio ilegal, era buena gente. Inspiraba confianza al menos.
– Ten.
– ¿El qué? ¿La lista? No me hace falta. Sé de sobra lo que te tienes que llevar.
– Entonces, ¿por qué me la ha puesto?
El Manitas se meció el pelo y suspiró.
– Mira que le he dicho miles de veces que se ahorre el ponerlo. ¡Pero anda que no le gusta escribir!
– ¿Es escritor?
– ¡Debería serlo! Escribe unos poemas… que te cagas. Un día tuve la oportunidad de escuchar uno y casi se me cae una lágrima.
– ¿Y quién es este… este tal Hombre de Negro?
– Nadie lo sabe.
– ¿Nadie lo sabe?
Hizo que no con la cabeza y se alejó. Eric se sintió como si le diesen plante. Le observó alejarse hacia una oficina en la que no se había fijado al pisar el patio por primera vez. Era pequeña pero atractiva. Estaba rodeada de madera, la única que extrañamente asolaba por esos páramos. El Manitas entró en ella.
– Pero no puede ser – flipaba Eric, quien se había acercado a la oficina. Echó un vistazo al pequeño rectángulo mientras volvió a hablar –: Alguien tiene que saber quién es. Le habrás visto la cara al menos.
– Regla número uno, ehm…
– Eric, me llamo Eric.
El Manitas asintió con la cabeza.
– Regla número uno, Eric: no hagas preguntas sobre el Hombre de Negro. Es inútil, no vale la pena calentarse la cabeza porque jamás lo descubrirás. Es el tío más astuto, pillo, listo, cabrón que puede haber en la faz de la Tierra. Nadie de los que trabaja con él sabe quién es.
– No me lo creo. Alguien tiene que saberlo.
– En sueños.
– No, en serio. ¿No me estarás diciendo que siempre sale con esa espantosa máscara y esa capa?
– Yo sólo lo he visto así.
El Manitas abrió un cajón y principió a revolver papeles y objetos. Sobre el escritorio, el único que había en esa oficina, se apilaban multitud de hojas. Además de este escritorio, se alzaba un archivador en el que ningún cajón se hallaba debidamente cerrado, ya que sobresalían trozos de hojas. Incluso la papelera que descansaba en un rincón estaba a reventar de papeles.
– Me estás tomando el pelo.
– Que no. – Sacó un dossier con archivos, documentos y tarjetas dentro. Posteriormente se puso unas gafas –. Al principio, cuando lo conocí, me rajé delante de él por las pintas que me llevaba. Pero me pegó una santa hostia y desde entonces que se me acabaron las risas. Ese tío sabe lo que se hace y lo hace muy bien.
– Pues no sé.
– Lo único que realmente sé es que posee mucho dinero. Opino que esa es la clave de su éxito. Él me trae mucha gente como tú a las que le ha dado un maletín con mucha pasta gansa. ¿A que te ha dado mucho a ti?
– No me puedo quejar.
– Todos venís por el dinero, y no es ningún pecado. De hecho es Nuestro Dios y es bueno que sea así.
– Pues yo lo no comparto.
– ¿Y quién eres tú para no compartirlo? – atacó súbitamente, de una manera que a Eric le pilló en bragas –. Tú has venido con un maletín bajo el brazo. Bueno, tú has sido más listo que todos los anteriores y no lo has traído contigo, pero eso no quita que lo has aceptado.
– Pues no he tenido elección.
– Sí la has tenido. Seguro. El Hombre de Negro nunca fuerza a nada cuando negocia. Recuerda bien y no te equivoques.
– Se estará haciendo viejo.
– ¿Te apuntó con una pistola?
– Puede.
– No lo sabes, y no, no te apuntó.
– ¿Cómo lo sabes? – De repente Eric percibió que ese Manitas sabía mucho del Hombre de Negro pero que a él no se le revelaría. Por el momento.
– Pues porque todos los que, como tú, vienen para cumplir una misión cuentan lo mismo: se despiertan medio lelos en un sitio cerrado, luego pasan a una habitación donde son esposados, todo prácticamente a ciegas excepto por una lámpara que muestra la máscara del Hombre de Negro. Le encanta hacer eso. Se deleita enseñando esa máscara. Entonces negocia. La respuesta que exige es muy fácil: o sí o no. No hay más. Pero no hay pistola de por medio.
– Ya, pero a mí no me ha dicho que iba a necesitar una pistola.
– Bueno, tipo listo. Y has picado.
Padeció entonces de algo así como vergüenza. Parecía como si le hubiesen tomado el pelo. Se figuró que todas esas películas que había visto no le servirían para nada de experiencia y se figuró también que la realidad le aporrearía con un buen golpe. <>
El Manitas abrió el dossier.
– Bueno, aquí tienes lo que vas a necesitar. – Le tendió el dossier y Eric se lo miró por encima. Acto seguido, prosiguió –: Ahora escúchame atentamente. En este mundo no existen los héroes. Todo eso que sale en las películas no es más que una chorrada. Aquí los que van de listos acaban pudriéndose bajo la tierra. Así que cumple con lo que te pidan y no intentes investigar más de la cuenta.
El Manitas se levantó y se acercó a donde estaba él, tras la mesa. Posó una mano sobre su hombro.
– Pareces un tipo majo. Créeme: han pasado muchos como tú y sus destinos han sido fatales. Ojalá no corras la misma suerte. Ya descubrirás de qué va todo esto.
– No, si ya empiezo a sentirlo. – Por un momento se echó a reflexionar, con los ojos vacíos –. Me noto diferente, como si mi vida haya cambiado por completo.
– ¿Por el dinero? – inquirió con una sonrisa.
– No, porque voy a usar una pistola y voy a pasar a ser un criminal. Mi vida no podrá ser igual. Convertirte en otro, abandonar a mi familia. Joder, ahora lo digo a la ligera pero a medida que pase el tiempo me daré cuenta de lo que realmente significa.
– Bueno, no te preocupes. Nosotros te encubriremos para que no te metan en chirona. Ven, que te enseñaré el arma que vas a usar.
Le siguió y regresaron allá donde reposaban todas las armas. Retornó en él esa delicia y maravilla por esos objetos tan peligrosos. El Manitas las examinó minuciosamente con la vista y escogió una sencilla que Eric había visto en multitud de películas. Cogiéndola con un trapo, se la pasó a Eric.
– Cógela, no temas. Ahora es tuya y sólo tuya.
Cayó sobre sus manos como si cayese un saco de cemento de más de treinta kilos. A pesar de que pesaba poco, su carga simbólica casi pudo con él. Jamás antes había tocado una pistola real, y ahora que lo estaba haciendo, estaba delirando.
– Bueno, es una de las pistolas más básicas que hay en el mundo. Es una Colt. Como debes saber, es una pistola semiautomática. Abres el cargador y pones aquí las balas. Cierras así. ¿Has notado el clic? Siempre espera a que suene; si no, no está bien cargada. Ah, por cierto, me faltan las balas…
Cuando encontró balas y se las entregó, le enseñó cuatro cosas esenciales que todo pistolero debía saber. Eric escuchó con atención, pero también con mucha aprehensión. Cada vez se formaba más claramente en su cabeza la imagen de algún acto altamente delictivo. Anhelaba echarse para atrás, pero no sabía cómo…
Pretendió comentárselo al Manitas, pero se avergonzaría al instante de formularle alguna pregunta. Esperaría hasta reencontrase con el Hombre de Negro. Le diría que lo sentía mucho pero que no se veía capaz de llevarlo a cabo. Que mejor que contratase a otro.
Una vez que el Manitas acabó de explicarle todo, le acompañó hasta la salida, excusándose con que debía cerrar la tienda para hacer un recado. Durante el camino hasta la salida la cabeza de Eric giró en torno a miles de preguntas, pero tan sólo se reservó una.
– Oye, tengo una pregunta. ¿Por qué cosa se rige el Hombre de Negro para elegir a la persona que tiene que… bueno… cumplir “una misión”?
Se encogió de hombros.
– A mí particularmente me da la sensación de que le va mucho el rollo psicológico. Estudia mucho a sus víctimas y cuida al mínimo detalle cualquier parte del plan. Supongo que també os estudiará a vosotros.
Eric se reservó el derecho a corroborar esto último. Ese hombre le había estudiado al detalle. Le habría seguido incluso. Si no, ¿cómo se entendía que pasadas unas pocas horas ya tuviese en un dossier un carné falso con su foto? Se estremeció al percatarse de que le habían espiado y de que seguramente habían entrado en su casa.
– Y oye – finalizó, poniendo un pie en la calle –, ¿cuándo te mandaron hacer todo este material?
– Hará unas dos semanas por lo menos. Piense que estas cosas no se hacen de un día para el otro.
Eric restó patidifuso.
– El muy cabrón sabía que aceptaría…
El Manitas esbozó una sonrisa y se limitó a enarcar las cejas, a la vez que cerraba la tienda con llave. Por más que se esforzó, no vio ni pizca del interior del sitio. Rebufó, cual desesperado.
Ya no llovía. Con las manos en los bolsillos, empezó a caminar tranquilamente hasta la parada de autobús. Pataleó todo aquello que se le puso por medio. Estaba algo furioso. El Manitas sabía más de lo que le había contado y se lo había ocultado. ¡Era tan intrigante ese tal Hombre de Negro! Sin apenas conocerlo, desprendía una fuerza atrayente fruto de gran misterio. ¿Quién sería ese Hombre de Negro? ¿Por qué le había escogido a él?
Y especialmente, ¿qué debía hacer?

A pesar de su hambre voraz, estaba dibujando círculos en el plato de sopa con la cuchara. Por mucho que intentase frenar toda esa estampida de pensamientos, le resultó imposible y muchos de ellos ya se habían colado en su cabeza. A veces se acordaba de que tenía hambre y se acercaba a la boca una buena cucharada de sopa, muy rica por cierto, pero entre cucharada y cucharada mediaba como más de un minuto. El vaso, en cambio, estaba completamente vacío, y eso que se lo había llenado de Coca-Cola hasta en dos ocasiones. El pensar siempre le provocaba mucha sed, y era entonces cuando sí que inconscientemente su cuerpo se acordaba de sus necesidades.
Su madre, obviamente, se cercioró sin tener que inferir demasiado.
– ¿No tienes hambre? Llevas como diez minutos pensándote la jugada. – Se rió, pero lo hizo sola –. ¿Te preocupa algo?
– Bueno, sí, muchas cosas, pero principalmente una.
– Déjame adivinarlo. ¿El trabajo?
– Sí. Es tan difícil encontrar algo decente hoy en día… Estamos tirando para atrás en vez de evolucionando.
– ¿Has tenido una entrevista esta tarde?
– Sí. ¿Y sabes cuánto me han ofrecido? Menos de 5 euros la hora. Un tío con carrera, trabajar esa pila de horas y por menos de 5 horas. ¿Pero dónde se ha visto tal cosa? Desde que hay tanta inmigración ahora el sueldo ha bajado porque todos estos que vienen aceptan cualquier miseria y nos están quitando el trabajo. Maldita pobreza.
Habiéndose acabado el plato, asintió con la cabeza, lentamente.
– Vaya que sí. Desgraciadamente. – A continuación, se irguió –. Pero bueno, no te preocupes. Ya saldrá algo. De momento podemos ir tirando.
– No desistiré, no te preocupes.
Ella se retiró a la cocina. Fue a partir de entonces cuando Eric pegó cucharada tras cucharada con una cierta regularidad. De hecho, terminó el plato en cuestión de muy poco tiempo. Su respiración era más tranquila y no se apretujaban tantos pensamientos en su cabeza.
Su madre apareció y encendió la televisión. Se arrojó al sofá como solía hacer siempre: aparentar prácticamente que se encontraba ante una piscina y desear que Dios le protegiese de darse un buen testarazo. Aunque no le ocurrió nada (como siempre), un día de esos se llevaría una sorpresa. Y cuando acaeciese, Eric se troncharía hasta reventarle la barriga.
– Ha llamado tu hermana – señaló.
– ¿Ah sí? ¿Y qué se cuenta?
– Me ha llamado para avisarme de que mañana se pasará en casa para cenar.
– ¿Ya con un novio?
– No te mofes, malo. Ya sabes que ella es muy especial en todo ese asunto.
– Y que lo digas.
– Aunque está haciendo progresos, mi niña. Se ve que ha empezado a salir con un chico y que va en serio.
– Algo me ha dicho David. No sé. Pero me ha parecido entender que llevan semanas de rollo.
– Esta hermana tuya… Desde que se independizó no quiere saber nada de su madre. Qué cruel. ¿Serás tú tan cruel cuando te vayas?
Eric enrojeció, puesto que se acordó de algo repentinamente. Principió a titubear.
– Quizá…
– ¡Oh! Estos hijos… ¡Yo nunca he abandonado a mi madre! ¡No, señor!
Eric, sabedor de lo que vendría acto seguido, se levantó de la mesa y se dirigió hacia la cocina. Oyó, en la lejanía, a la voz de su madre, quejándose y comparándose a sí misma de joven con su hija y con él, pero él ya se sabía el cuento de pe a pa. De hecho, repitió por lo bajini alguna de las palabras que le llegaron a los oídos, inclinando la cabeza a izquierda y a derecha. Mojó algo los platos y los dejó en la pica. Posteriormente, fue hasta su cuarto.
– Voy a hacer una llamada – informó a su madre –. En seguida estoy contigo.
Se cerró en el cuarto y sigilosamente sacó el papel de “Operación cañada”. Algo le cosquilleó en su interior: verse envuelto en un momento de secretismo provocaba en él una subida de la adrenalina y un colapso de emociones por todas partes. Pronto arribó también el nerviosismo, especialmente cuando cogió el móvil y marcó el número de teléfono que se indicaba en la hoja del Hombre de Negro. Buscó el maletín con la mirada, preocupado de que su madre se hubiese topado con él, distinguiéndolo al lado del armario, junto a una mochila. Creyéndose que el tipo al que estaba llamando tardaría en contestar, fue hasta el maletín, pero a medio camino tuvo que pararse.
– ¿Sí?
– Ehm, hola. ¿Con Federico Paltino?
– Yo mismo.
A la sazón se creó un silencio embarazoso. Eric buscó en su archivo memorístico aquellos diálogos que había visto en las películas. Ninguno de ellos le sirvió y a punto se encontró de desesperarse. Mas reaccionó como pudo.
– Ehm… Seguramente no me conoce.
– Seguramente no.
¡Vava, otro tipo gracioso! No, si al final resultaría que se las iba a ver con todo un equipo de payasos mafiosos.
– Llamo de parte del Hombre de Negro.
Y al igual que había ocurrido con el Manitas, la voz de Feredico se ensombreció, agravándose:
– ¿Hablas de su parte? Eso es nuevo.
– Bueno, no. En realidad llamaba porque me había dicho que tenía que hablar contigo.
– Mucha gente tiene que hablar conmigo, y no tengo mucho tiempo. ¿Qué quieres?
– Operación Cañada – se resignó a decir al final. Por lo visto, la gente sólo reaccionaba ante ese nombre.
– Bien. ¿Eric? ¿Te llamas Eric? Podrías haber empezado por ahí. A ver. ¿Podrías pasarte esta noche?
– ¿Esta noche?
– No hay tiempo.
– Entonces si hubiese llamado mañana me hubieseis pegado un tiro.
– Quizá. Aunque esperaba tu llamada.
– El Hombre de Negro te lo ha dicho, ¿cierto?
– Por supuesto. Él siempre se anticipa a todos los movimientos.
Eric se llevó las manos a la frente y se sentó en la cama, para tumbarse, pero luego se lo pensó mejor y se quedó junto a una de las patas. Un pálpito le cuchicheó que el límite estaba delante de sus narices y que nada le salvaría de sobrepasarlo.
– Está bien. ¿Dónde quedamos?
– ¿Conoces la disco Riviera? Regento el lugar. Pásate alrededor de la una y pregunta a cualquier camarero por mí. Él te indicará el camino para encontrarme.
– ¿Necesito llevar algo?
– Cojones y unas buenas tripas.
Si bien Eric se dispuso a replicar, quizá en tono sarcástico, quizá en tono quejicoso, Feredico colgó sin pronunciar ninguna palabra más. Eric restó patidifuso, como si le hubiesen gastado la broma más estúpida. Comprobó que de verdad había colgado y, una vez cerciorado, lanzó el móvil sobre la cama, casi enviándolo a la pared. Que se rompiese. Total, con el dinero que ahora poseía.
Prácticamente abatido y desconcertado, asió el maletín. Echando un vistazo al pasillo por si su madre rondaba cerca, cerró la puerta de nuevo y puso el maletín sobre el lecho. Lo abrió. Ante él volvió a aparecer toda esa salvajada de billetes, los cuales prácticamente brillaban. Eric los contempló embelesado, cautivo de un poder desconocido para él hasta entonces. Los rozó con la yema de los dedos; experimentó el tacto eléctrico que descargaba. No se atrevió a cogerlos. Le pesarían mucho en sus manos. ¡No estaba acostumbrado a tanta cantidad!
Pocos minutos más tarde se duchó. El día había sido agitado, y cuando se le presentaba un día así se olvidaba de sí mismo y de su higiene. Aunque había tenido algo de tiempo después de comer para ducharse, ni se lo había planteado porque ni se había molestado en olerse las axilas. Ahora, por la noche, era otra historia. Además del cansancio, se sentía asqueroso, y básicamente necesitaba que el agua fluyese sobre su cuerpo. Luego cayó en la cuenta de que salía a una disco y que, en consecuencia, debía asearse.
Le sentó muy bien. Le reconfortó, sobre todo. Al descorrer la mampara y colocar un pie fuera, cada una de las partes de su cuerpo le indicó que se habían revitalizado. Buena señal. Sin embargo, luego se vio en el espejo, sin poderlo evitar, y algo así como un gran peso psicológico se le subió encima. Extrañamente se miró larga y tendidamente, cuando su imagen normalmente poco le importaba. Primero se miró “cara a cara”, sin creerse lo que sus ojos distinguían, luego de perfil, aún con mayor incredulidad. Se descubrió mucho más delgado. Afortunadamente aún no estaba raquítico ni en los huesos, pero ya sí que parecía un tipo enjuto. Había perdido peso y masa muscular. Si bien jamás había sido ni robusto ni esbelto, cuando se le había visto, se le había visto “bien”, con carne y con unos brazos y piernas algo gruesos. Ahora su cuerpo guardaba un cierto parecido con una tabla de planchar. Incluso allí donde se le solía encorvar el cuerpo, es decir, a la altura de la cadera, ahora “se había alineado”. Todo esto le preocupó, pues le confería una imagen algo patética, pues podía alimentar malos comentarios, cínicos y viperinos. Él quería evitarlos a toda costa, puesto que despreciaba llamar la atención. <>
Después de acicalarse, descubrió que su madre se había dormido en el sofá. Como siempre, la luz del comedor no había sido apagada ni tampoco el televisor. Ella tenía los pies estirados, colocada de costado, con la cabeza colgándole. Su boca, como de costumbre, se mostraba con todo su esplendor, y era muy raro que jamás ella se hubiese tragado alguna mosca. Eric la observó mientras se ponía una chaquetita y todo lo que necesitaba para salir. Suspiró hasta dos veces, y no precisamente de alivio. Algo de compasión le conmovió.
Cogió algo de dinero del maletín y recolocó éste allí donde lo había dejado y donde más saltaba a la vista. Sonrió pícaramente al pensar que su madre no hallaría algo tan valioso estando ante sus ojos.
No besó a su madre al irse. Eso la despertaría, y él pretendía ahorrarse la excusa con la que salir por la noche en un día de entre semana. Antes, con trabajo, había sido totalmente diferente, y más fácil, ya que su madre no había sido invadida por tanto agobio. Ahora un cinturón les apretaba a los dos. Así que se limitó a apagar la televisión y la luz del comedor.
Tardó más en dar con un taxi que en llegar a la discoteca. Al no haberse buscado un número de teléfono para taxis a domicilio, había rondado muchas manzanas hasta divisar a un par. Curiosamente, volvió a equivocarse con el taxista que eligió, ya que éste tornó a no dirigirle la palabra durante todo el trayecto. Incluso se enojó con Eric cuando éste le dijo adónde se dirigía pero no la dirección concreta. Con el GPS tuvo que clicar la opción de “Entretenimientos” y probar suerte. La tuvieron, pues les salió la dirección, mas eso le costó a Eric algo más de la cuenta y unos cuantos bramidos de toro. No le importó lo más mínimo. Le sobraba algo de pasta.
Tal como esperaba, no había ninguna larga cola en la entrada del local. De hecho, dos porteros charlaban entre bostezos, con los brazos cruzados y moviéndose para entrar en calor. Eric pasó entre ellos sin tener que mostrar ninguna identificación.
Le gustó la entrada, una especie de arco negro con dos puertas de vidrio por las que acceder. Arriba se veía en colores verdes chillones el nombre de la discoteca. Entró y se sorprendió al ver a algo de gente dejando ropa en el guardarropa. Chicas muy guapas y tremendas además. No se molestó en dejar la chaqueta (en el guardarropa había la típica mujer rubia ya entrada en años) y pasó directamente a la pista de baile, una especie de círculo con ningún podium en particular y sí con una barra y unas escaleras negras por las que nadie podía subir. Era pequeño el sitio. Muy familiar, de hecho.
Cuando había entrado, le habían dado una tarjetita. Eso significaba que la consumición era obligatoria y que hasta que no bebiese algo no podría salir. Antes de tener que vérselas con el tipejo ese (¿quizá sería el Hombre de Negro verdadero?), decidió animarse el cuerpo con algo fuerte, pidiendo Jack Daniels. La cosa esa le entró no muy bien, y encima se la bebió antes que canta un gallo. Algo así como náuseas ascendió hasta su garganta y sus ojos.
Aguardó, sin embargo, poco más de diez minutos a que le bajase todo ese líquido al estómago y le “domase” la mente. Hasta que eso no sucedía normalmente no aupaba valor; cuando el alcohol circulaba por su cabeza, él ya no se hacía responsable de sus actos. Era entonces cuando poco le importaban las palabras que había que decir.
Cuando preguntó por Federico, le indicaron que debía subir e ir a una puerta de la izquierda. Le dijeron que él mismo podía subir y que llamase a la puerta. A Eric eso no le convenció mucho, pero sólo pudo resignarse consigo mismo.
Mientras subía por unas escaleras negras de metal, poco anchas y algo viejas, echó un vistazo a las chicas que estaban bailando por ahí. Había una morena en especial que le llamó la atención. Ella no se percató en ningún momento de su mirada, así que él se demoró en mirarla tanto como quiso. Quizá luego, cuando bajase, intentase conocerla, aunque algo le repetía en su cabeza que se iba a arrepentir de su visita a ese sitio.
Tras las escaleras venía un pasillo del mismo color y material que llevaban a dos puertas distintas. Una Eric dedujo que se trataba de la salida de emergencia, y la otra la de las oficinas. Fue hasta allí. El beber alcohol no había producido ningún efecto benigno en él: las manos le temblaban y las piernas deseaban huir. Pero el destino había sido sellado, para mala fortuna para él.
Llamó a la puerta, tímidamente. Luego se dio cuenta de que seguramente no se habría oído y repitió la acción pero con más brío y fuerza. Alguien contestó al otro lado de la puerta, algo que Eric presumió como un adelante. Dubitativo, empujó la puerta hacia adelante.
Estúpidamente, creyó que el interior se hallaría totalmente invadido por la oscuridad y que allí, sobre alguna mesa, reposaría una lámpara y unas esposas. No obstante, nada de eso ocurrió. En el interior la luz radiaba y casi cegaba. Descubrió una oficina sencilla y que había visto en tantos sitios, como en los bancos. Sofá, escritorio, sillas, estantería, ventana y televisor. No se molestó en pasear la vista por toda la sala ya que su falta de anormalidad pronto le aburrió. Tan sólo buscó a Federico y pronto lo localizó. Era un hombre calvo y con la cara algo chupada. Levantó la mirada en cuanto Eric empujó la puerta.
– ¿Sí?
– Soy Eric.
La cara de Feredico se iluminó y sonrió.
– Ah, adelante – y se levantó. Tras una camisa a rallas de manga larga y unos tejanos azules oscuros de marca, Eric distinguió un hombre que asistiría al gimnasio con regularidad y a alguien que no le tendría miedo a nada ni nadie. Su forma de andar, con la cabeza y el paso firme, le confirmaron tal cosa. Eric se preguntó hasta qué punto sería de fiar. Tenía pinta de mafioso, para qué negarlo, con unos ojos negros oscuros que no permitían vislumbrar hasta qué punto la sonrisa sería sincera. Eric se pidió a sí mismo vigilar con ese tipo, pues podía jugarle una muy mala pasada.
– Hola – saludó Eric, estrechándole la mano. La fuerza del tipo ese era monumental, puesto que casi le partió los huesos de los dedos. Eric reprimió el dolor, aunque tuvo que disimular muchísimo.
– Hola. ¿Has venido con alguien?
¿¡La misma primera pregunta que con el Manitas?! Sin duda alguna, yendo solo ganaba muchos puntos. En un principio…
– No. He venido sólo.
– Muy bien. ¿Has estado aquí alguna vez? Aquí se liga mucho viniendo solo.
– Bueno, luego tendré un tiempo para estar por aquí y observar el panorama.
– Muy bien. – Sonrió, de mejilla a mejilla. Eric se estremeció, aunque supo cómo maquillarlo. Esa sonrisa con esos ojos negros que le recordaban a los de un gato de una bruja hipnotizaban… – Sígueme.
Federico le llevó hasta la otra puerta, la de la salida de emergencia. Se abrió ante sus ojos un patio, que no dejaba de ser más que un mero rectángulo sin techo alguno protegido por un muro que llegaba a la altura de las rodillas y que cuyo muro sólo se veía interrumpido por unas escaleras muy similares a las del interior del local. Entre las sombras le pareció distinguir una forma humana.
La puerta se cerró tras él. Feredico, de brazos cruzados, se colocó justo detrás de él, aún con la sonrisa puesta, aunque la forma en cómo estaba de pie le indicó que le pegaría una paliza si intentaba algún truco. Eric comenzó a tener miedo. Por primera vez se formó en su cabeza que se había metido en un buen lío, que debería haber rechazado ese dinero y que debería también haberse negado a hacer lo que estaba por ver. Ya le faltaba aire, y un cosquilleo nada agradable le había abandonado.
– Hola de nuevo.
De nuevo aquella voz que lo había cambiado todo. Eric buscó con la mirada al Hombre de Negro, aunque apenas pudo distinguirlo. El miedo le estaba pasando factura y apenas racionalizaba. Federico avanzó hacia él, lo que le obligó a efectuar un paso al frente. Además de estremecerse, tiritó, por culpa del frío. Al parecer, el cubata no había producido ningún efecto en él.
– Tranquilo, que no muerdo. ¿Fumas?
– No, no – balbuceó, con dificultad.
– Pues yo sí – terció Federico. A continuación, se encendió un cigarrillo –. Yo no puedo dejar de fumar. Un día me pudriré.
Nadie supo qué replicar. Sólo el viento, que susurró muy sinuosamente.
– Bueno, Eric. Has venido. Pensaba que te llevarías el maletín y huirías.
Eric recordaba que sólo debía contestar a las preguntas que el Hombre de Negro le formulase, aunque en este caso, tras esperar, se encontró con que el Hombre de Negro esperaba que Eric pronunciase algo.
– Supongo que eso habría sido una mala idea.
– Una muy mala idea – corroboró Federico.
– Federico, por favor. No le agobiemos. Que es nuestro nuevo trabajador.
Y, finalmente, se dejó ver. Avanzó unos pasos hacia Eric y se plantó prácticamente delante. Éste tornó a ser testigo de la estrambótica y extraña apariencia del tipo ese, aunque en esta ocasión la máscara le infundió más pavor y respeto, puesto que pudo contemplarla con más detenimiento y con más claridad. Las bombillas que colgaban de la pared (hasta tres) permitían algo así. Y no sólo eso, sino que éstas le revelaron que se trataba de un hombre asombrosamente alto y corpulento ocultado tras una capa que le llegaba hasta unos zapatos que (¡adivinen!) también eran negros.
Eric se vio tentado con echarse para atrás, mas Federico le barraba el paso. Le temblaban las piernas y el corazón le palpitaba muy rápidamente. Necesitaba otra copa. O dos. O más…
– Bueno, te preguntarás por qué coño te he traído hasta aquí. No tiene mucho misterio, la verdad. Federico es un gran amigo mío y me proporciona… digamos… información muy útil para mí. Este local nos sirve de punto de reunión porque, como podrás imaginar, es un sitio en el que se pueden contar muchas cosas.
– Y hacer muchas guarradas – añadió Federico.
– Calla, Federico.
Eric giró el cuello y miró a Feredico. Esa sonrisa – estúpida, arrogante, prepotente, interminable – estaba como pegada a su cara. Iría de guay o algo así, pero no le transmitía nada positivo, a diferencia del Manitas. Éste, aparentemente, transmitía confianza, amistad, trato. Federico definitivamente era el último hombre al que acudiría para un favor.
– Bueno, a lo que iba. Aquí es donde se gestan muchas de mis operaciones. Obviamente aquí no las hago todas porque hago demasiadas y son demasiado gordas. Has oído, gordas. ¿Sabes lo que significa eso?
– Sí, que son un marrón bien grande si la cagas.
– Más que eso, amigo, más que eso. Significa que si la cagas eres hombre muerto. Tú, yo, o tu madre. Porque claro, aquí es todo como una familia. Si la palmas la acabarán palmando todos tus más cercanos.
– ¿Por qué? – se le escapó a Eric. Inmediatamente se llevó una mano a la boca. Percibió cómo, tras la máscara, sonaba un bramido muy desagradable y aterrador. No le veía los ojos, pero pudo imaginárselos repletos de sangre.
– Bueno, te has tapado la boca. Te acuerdas de lo que te he dicho esta mañana, ¿no? Sí, esta mañana, no pongas esa cara. ¿A que te parece como que ha pasado mucho tiempo? Es normal. Ya te acostumbrarás. Bueno, lo que decía… La palmas tú, automáticamente la palman los que tienen el gusto de conocerte. Así que ya sabes. Hazlo MUY BIEN.
– Sí. Entendido.
Entonces llamó a Feredico y le hizo un movimiento con la cabeza. Eric no le comprendió, pero en cuestión de segundos Feredico se retiró y comprendió que le había mandado retirarse.
– Te preguntarás por qué nos hemos quedado solos – prosiguió –. A ver… mira que yo no soy de corazón tierno, pero esto me resultará difícil de explicar. Vayamos por parte. – Se metió por entre la capa y sacó un papel algo grande. Era una fotografía. Se la tendió a Eric. Éste, en apenas segundos, efectuó un grito de desesperación y presto flipó –. Tranquilo, tranquilo.
– ¡Es mi hermana! ¡Que es mi hermana!
– Lo sé.
Eric se alteró y principió a resoplar y a dar vueltas en círculos cortos. La fotografía volaba en su mano derecha. La otra se tocaba el poco pelo que tenía.
– ¿Te estarás quieto?
– ¿Pero estáis todos locos? ¿Qué haces con una fotografía de mi hermana?
– Aquí yo hago las preguntas.
– ¡Que te jodan! ¡Qué preguntas ni qué preguntas!
Cuando quiso reflexionarlo, no tuvo tiempo. Más rápido que el viento, el Hombre de Negro le cogió por el cuello y con una fuerza sobrehumana le arrastró hasta la pared. Eric gimió y se asustó como un gatito indefenso. El choque contra la pared sonó bruscamente, y su espalda se resintió terriblemente. De golpe y porrazo, toda esa furia desvaneció y regresó el miedo.
La fotografía se había caído al suelo.
– Mira. Que sea la última vez que me metes un moco. Te has comprometido a obedecerme y vas a hacer lo que pida. Aunque sea tu hermana.
– No puedes hacerme esto…
– Claro que puedo. Yo pago.
Le soltó. Estampándose contra el suelo, sintió que le faltaba el aire. Tosió.
– Recoge la fotografía.
Trastabillándose, se incorporó y la recogió.
– La próxima vez que me reacciones así será mucho peor. Y no creo que te convenga perder alguna parte del cuerpo. – Se dio una pausa. Luego continuó –: Bueno, tu misión será la siguiente: la mujer que aparece en la fotografía debe estar muerta como máximo el viernes de la semana que viene. Hoy ya es miércoles, una y media de la madrugada. Así que tienes 9 días para llevar a cabo tu misión. Tú quieres el dinero, tú dijiste que te comprometerías a cualquier cosa, pues aquí lo tienes. ¿Entendido?
Cada una de esas palabras fueron como lanzas que atravesaron su cuerpo. Abiertos los ojos hasta no más poder, su vista se perdía más allá de cualquier pensamiento lógico. La fotografía, que colgaba en su brazo izquierdo, pesaba más que su vida propia, y su imagen revelaba una persona muy cercana a él. Muy cercana. Las piernas acabaron por fallarle y cayó de rodillas. Quiso llorar, mas el miedo se lo impidió. En vez de eso, gimió y jadeó. De repente el frío había desaparecido; le apetecía quitarse la ropa y arrancarse parte de su piel.
– No puedo hacerlo – balbució.
– ¿Qué has dicho? – Eric lo repitió, alzando la voz –. Repítelo.
Eric alzó la mirada, hacia él, con cara de miseria y desdicha.
– ¿Y no deberé hacerlo?
– Repítelo.
– No puedo hacerlo.
Acto seguido, el Hombre de Negro se metió la mano dentro de la capa de nuevo y sacó una pistola. La apuntó directamente a la cabeza de Eric. Éste se llevó una sorpresa horrible y quiso pedir auxilio, mas ningún sonido emergió de su boca. ¡Le estaban apuntando con una pistola! ¡Con una pistola de verdad! Y podía morir si apretaba el gatillo… Su corazón aceleró su latido a ritmo de infarto.
– Esto no es un juego de niños, Eric. Esto es la vida real. Y la vida real es una mierda. Dijiste que sí, apechúgate con ella. ¿Que es tu jodida hermana? Cargátela. Si al fin y al cabo nunca te has llevado bien con ella.
Dejó de apuntarle. Se la guardó.
– Recuerda. Nueve días. Y no intentes jugármela, porque te tengo controlado. Te he tenido controlado desde hace muchos días. Sé quién eres, sé cómo eres. Como me juegues una mala pasada, eres hombre muerto.
– ¿Por qué yo?
Extrañamente, no se molestó por ser preguntado.
– Estos días te darán mucho que pensar. Piensa bien, Eric. Si lo haces, hallarás la respuesta. Sé listo. Aquí los listos son los que sobreviven. Seguramente los primeros dos o tres días no harás nada, porque dudarás y te saldrá la vena romántica. Luego la cosa se pondrá interesante. – Se volvió y se encaminó hacia las escaleras de emergencia que llevaban hasta la parte lateral del local. Cuando parecía que comenzaría a bajarlas, se medio giró y se despidió con estas palabras –: Ya sabrás de mí. De todas maneras, tienes a Federico y el Manitas para contactar conmigo. Aunque te aviso de una cosa: no me gusta que me molesten si no es nada muy urgente y gordo. Así que deja que sean ellos quienes te ayuden. ¡No me falles!
Y le hizo adiós con la mano.
Eric apenas daba crédito a lo que había escuchado. ¡Matar a su hermana! ¿Pero cómo podía ser eso posible? Estaba temblando, estremeciéndose. El frío había vuelto a adentrarse en sus carnes, sintiéndose como a un paso de congelarse. Sus ojos definitivamente se habían perdido en un espacio lejano y recóndito. No pensaba, no se hablaba a sí mismo. Pasaron cinco minutos en que nada existió en esa terraza hasta que se abrió la puerta de emergencia y reapareció Federico. No constató su presencia hasta que no notó su mano posarse sobre uno de sus hombros.
– Vamos, tío, levanta – ofreciéndole la mano –. Es un tipo duro, ¿eh?
– Demasiado.
– Vaya, vaya, así que no tenemos ganas de hablar. Ni siquiera me estás mirando.
– Déjame.
– Eso no te va a ayudar.
– Déjame, he dicho.
– Tipo duro tú también, ¿eh? A ver los huevos que tienes.
Esta vez sí que le dirigió la mirada, una fulminante. Federico no se inmutó. Sonreía, y sonreía, y sonreía…
– ¡Queréis que mate a mi hermana! ¿Cómo se come eso? ¿Qué ha hecho ella? ¡¿Eh?! ¿Por qué querrían matarla?
– Algo malo habrá hecho seguro.
– ¿Algo malo? Estáis todos locos.
Federico rió. Eso echó para atrás a Eric y le dejó atónito, pues no se había esperado una reacción así. Su cara se enrojeció.
– Me las vais a pagar. – Y se prestó a marcharse.
Cuando llegó hasta la puerta de emergencia, oyó cómo le vociferaba:
– ¡No seas tonto! ¡Estás sólo y no vas a dejar de estarlo!
No replicó. Enfurecido, pensó en largarse, pero en cuanto divisó el lavabo no se pudo resistir y hacia allí se dirigió. Entró en uno de los váters y se echó a llorar. No lo hizo estridentemente, sino más bien en silencio. Le avergonzaba la posibilidad de que entrase algún chico u hombre y oyese los llantos de un tipo de más de veinte años y que casi rozaba el cuarto de siglo. ¡Los hombres no lloraban! Seguramente no, mas él se limitó a liberarlo ya que sus empujones eran más de lo que podía uno contener. Permaneció allí algo más de diez minutos, puesto que fueron entrando y saliendo chicos y tuvo que pasar un buen rato para que el sitio se vaciase por completo. Se miró en el espejo y se dio asco.
– Maricona. Cuándo has llorado por tu hermana. ¿Eh, maricona?
Se mojó mucho la cara, hasta que la rojez en sus ojos desapareció y pudo ponerse decente. Se ajustó bien la camisa, algo arrugada ya, y salió. La fotografía ya no seguía en su mano, sino que se la había guardado en el bolsillo. Estando al lado de la barra, la tocó y el áspero tacto del papel le electrocutó. A pesar de que sus ojos estaban posados en la gente que bailaba en la pista de baile y en la que no bailaba, su cabeza giraba y giraba. No sólo por los pensamientos, sino por la música, que sonaba muy fuerte. Su “ausencia” se trataba de algo no muy difícil de deducir: apenas se movía, sólo el pie izquierdo, que seguía patosamente el ritmo marchoso y frenético.
Se pidió una copa, la segunda. Mientras se la bebía, observó el panorama. Alguien por detrás repentinamente le dijo:
– Dan ganas de no marcharse, ¿verdad?
– Ehm… sí. De hecho estaba a punto de irme pero creo que me quedaré un rato.
– ¡Claro que sí, hombre! La noche es larga, ¡y joven! ¿Un chupito?
– Venga – accedió sin pensárselo.
Mientras el camarero preparaba los chupitos, se miró en un espejo que había en el mostrador donde reposaban las botellas. A pesar de que sus ojos mostraban cansancio, se vio guapo y atractivo. Quizá todo ese adelgazamiento no le hubiese venido tan mal. <>
– ¿Y ya le has echado el ojo a alguna? – preguntó el camarero en cuanto tuvo los chupitos preparados.
– A unas cuantas.
– El camarero se rió. Se quejó a continuación –: Si sólo pudiera meterme ahí a la pista de baile… ¡Pero hay que trabajar! Venga, vamos allá. ¡A la una… a las dos y… a las tres! Diosssssss, ¡qué fuerte, sí señor!
Eric se olvidó del camarero; éste tenía mucha faena que hacer y su relación se terminaba ahí. O quizá no… Bueno, podía servirle como fuente de información en un futuro… no muy lejano. Porque algo tenía muy claro (por el momento): no guardaba intención alguna de matar a su hermana. No la soportaría, siempre ella le estaría chinchando, pero jamás se atrevería a realizar semejante aberración.
Volvió a centrarse en la pista de baile. El líquido dentro del cubata se balanceaba ligeramente. Quería acción. Cuando a un corazón lo machacaban con tanta desconsideración, hacía falta algo que lo arreglase. Y alguna de esas chicas no vendría nada mal. Así que, aún sin beberse el cubata del todo, se metió entre el gentío, a la aventura.
El fiera a la aventura.

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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