Tercer capítulo Novela negra

III

Los rayos de sol por fin regalaron a los ciudadanos de Lartos un día más alegre y sonriente. El frío no castigaba con tanta fuerza como al día anterior y algún valiente había salido a la calle en manga corta. La mayoría de la gente, sin embargo, no vestía tan a la ligera y se precavían con ropas más alargadas y gruesas.
Las calles estaban sucias, por lo contrario. La lluvia intermitente del día anterior había dejado bastantes charcos tanto por la acera como por la carretera. Andar, definitivamente, no resultaba un placer, en absoluto. Aún así, se podían localizar muchas personas paseando a sus perros, quienes, con su inestimable ayuda, contribuían a una mayor suciedad con sus meadas y sus “adornos”.
A las diez de la mañana la actividad ya era frenética. Las tiendas habían escasamente abierto sus puertas; los transportistas corrían de un lado a otro con sus paquetes y sus pedidos; muchos se iban a la universidad, otros a trabajar; muchos también vagabundeaban en búsqueda de trabajo, ya que los malos tiempos azotaban el bienestar general. En general, no había calle donde no transitase transeúnte alguno, sólo alguna de aquellas calles oscuras en las que nadie se atrevía a pasar por miedo a ser atacado.
Eric caminaba por una de las avenidas principales de Lartos. Él también se había contagiado del buen día y llevaba puestas unas gafas de sol. Cualquiera que le viese en ese momento musitaría que el chulo de barrio ya se había levantado. Pero él no era ningún chulo, y uno se percataba de ello en cuanto tenía un primer contacto con él. La razón por la cual Eric se estaba protegiendo los ojos yacía en el simple hecho de que había dormido muy pocas horas. Efectivamente, había conocido a una chica y se había permitido el lujo de acompañarla a casa, aprovechando que él no tenía vehículo con qué regresar a casa. Como mínimo hasta las cuatro y media no se había tumbado. Y pocas horas después, ¡levantado de nuevo! Uno a lo mejor se preguntaba cómo lo habría conseguido con un maletín repleto de billetes cerca de su lecho. Veamos.
Entró en una cafetería y se tomó algo. Leyó el diario, entre tanto. Fue testigo de las mismas desgracias que azotaban al mundo día tras día: paro, desconfianza, falta de soluciones, desesperación, casos extremos,… y nada resultaba nuevo ni diferente. De hecho, le daba a uno la sensación de que se vivía estancado en el tiempo. Eric, algo furioso por lo que estaba leyendo, ronroneó entre leves bramidos por qué demonios se molestaba en leer esa basura. Luego, cuando el reloj le indicó que debía ponerse en marcha, pagó y se dirigió hacia un local dos puertas más allá de la cafetería. Allí descubrió que ya habían abierto el sitio, por lo que entró.
Se trataba de un local con dos personas trabajando dentro, tras ordenadores. Además de ellas había sentado un viejo que se estaba quejando. La rubia que lo atendía, con el pelo rizado y embarazada, lo controlaba como podía. La otra chica, una tiarrona robusta, observaba la situación con diversión y regocijo, con una revista de viajes entre sus manos. A Eric le costó hacerse presente en ese alboroto. Tuvo que carraspear en varias ocasiones para que la tiarrona se cerciorase. Ella pegó un ligero respingo cuando se cercioró. Y automáticamente se le dibujó una sonrisa más falsa que la concepción de que la Tierra tenía forma de pizza.
– ¿Qué deseas?
Deseaba cosas pornográficas con ella.
– Buscaba al señor Rodrigo.
– Está ahí dentro, pero ahora mismo está ocupado.
– Me puedo esperar; no hay ningún problema.
La tiarrona le había señalado una puerta que se hallaba al final de todo y que daba a una pequeña oficina que a primera vista parecía más caótica que la habitación de un bohemio. Adentro el hombre por el que había preguntado estaba sentado, con el teléfono pegado a su oreja. Estaba gesticulando mucho con la mano, como si probase de comunicarse así, estúpidamente. Eric, arrastrando los pies, se sentó en unas de las sillas azules que había junto a la pared.
En los diez minutos que se vio obligado a esperar le dio tiempo de sobra para enterarse de que el viejo se estaba quejando por un mal servicio en sus últimas vacaciones. Durante todo ese tiempo, Eric anheló tapones para los oídos, pues el hombre ese sólo estaba escupiendo bobadas. Pero al fin y al cabo se dijo que no era más que una persona mayor al que ya la cabeza no le bailaba muy bien.
Posteriormente, en cuanto vio que Rodrigo colgaba, se incorporó y no perdió más tiempo, sobre todo porque había otra persona esperando sentado al lado, quien seguramente había venido con el mismo propósito que él. Llamó educadamente a la puerta y le dejaron pasar. Rodrigo se levantó – un hombre trajeado, elegante, atlético, con el pelo excesivamente engominado y que apestaba a colonia –, tendiéndole la mano. Eric saludó.
– Tú debes de ser Eric.
– En efecto.
– Bien. Toma asiento, por favor.
Rodrigo, a continuación, usó el ordenador para imprimir una hoja, la de un CV.
– Veamos… Vaya. Eres licenciado en arquitectura. Una carrera difícil, según me han dicho.
– Bueno, más o menos. Cuesta, pero con esfuerzo todo se consigue.
– Eso dicen. – Prosiguió con la lectura –. Veo que no has trabajado mucho tiempo en ninguna empresa.
– Tiene una explicación. Como puede comprobar, sólo he trabajado en veranos. El estudio de la carrera me ocupaba mucho tiempo y me era inviable compaginar los estudios con el trabajo. Gracias a mi madre pude dedicarme íntegramente a la carrera.
– Y no has tenido suerte por lo visto.
Eric no contestó con ninguna palabra, sino que movió la cabeza de izquierda a derecha. Cada vez que le preguntaban eso se ensombrecía su rostro y su espíritu se apagaba. Rodrigo pareció fijarse y no ahondó más en el tema.
– ¿Cómo tienes tu disponibilidad? Aquí pone que en cualquier hora del día. ¿Sigue siendo así?
– Sí.
– De acuerdo. – Apuntó algo en la hoja –. Bueno, te explico. En aproximadamente dos semanas Jennifer, la chica rubia de ahí, se dará de baja por maternidad. Estamos ahora buscando una persona que pueda suplirla mientras ella esté de baja, lo que significa que la persona que contratemos tendrá un contrato temporal y no indefinido. Remarco esto porque si no después la gente lo malinterpreta y me montan un escándalo sin tener razón. Contrato temporal. ¿De acuerdo? Jennifer estará alrededor de ocho meses de baja, así que calculo que ése sería el tiempo laboral. ¿Algún problema con eso?
– Ya lo vi en el anuncio.
Rodrigo asintió con la cabeza. Algo en sus ojos transmitía simpatía y se sinceraba abiertamente con ese chico apesadumbrado.
Actos seguido, él procedió a explicarle detalles del trabajo en particular de lo que Eric ya era consciente y también cualidades imprescindibles: conocimientos de ordenador (no muy experimentados) y don de gentes. Le aseguró que no debía preocuparse en relación a ese programa que usaban para buscar vuelos y para hacer reservas, con todos esos simbolitos tan extraños, puesto que, sabiendo de ordenadores y poseyendo una carrera, en teoría no deberían presentarse problemas para aprender su funcionamiento en poco más de dos jornadas laborales. Además, añadió, cuando se empezase a trabajar no vendría mucha clientela, con lo que habría mucho tiempo para aprender. Eric escuchó con mucha atención, sintiéndose como emocionado, ya que llevaba algunas semanas sin personarse en una entrevista. Añadido a esto, tenía el fuerte pálpito de que sus cualidades correspondían con las exigidas, así que por primera vez se imaginaba en el lugar de Jennifer y trabajando.
Al cabo de poco estrecharon manos y se despidieron. Eric irradiaba felicidad por todo su rostro. Rodrigo le aseguró que en pocos días recibiría una llamada de él tanto si era un sí como si era un no. Después, ya cuando Eric se dirigía a la salida, oyó cómo Rodrigo llamaba al que había estado sentado a su lado, un tal Miguel.
Al salir hubiera estallado de alegría si no hubiese sido por algo que le llamó mucho la atención. Se trataba de un coche que había aparcado al otro lado de la calle. Un coche azul, largo, bastante caro a simple vista. Todas las ventanillas se hallaban cerradas, pero a pesar de su tono oscuro le pareció distinguir a un hombre en el asiento del conductor, y además le pareció distinguir que él era el centro de las miradas de ese supuesto hombre. Toda aquella alegría que quería estallar quedó en nada y fue rápidamente suplantada por el miedo.
<> Pero aún así no logró quitárselo de la cabeza, y cuando principió a irse en dirección a casa, notó como que le seguían. Sin embargo, al cruzar la esquina, se volvió, para encontrar que sus sospechas habían ido mal encaminadas. En cambio, se sorprendió al descubrir que la portezuela del coche que le había llamado la atención se cerraba de golpe.
¿Y lo mejor de todo? Que nadie había salido del coche. ¿Quizá iba a salir pero no quería ser visto por Eric?
Quizá. Mas no ardió en deseos de saberlo. Salió pitando.

– Esta noche vendrá tu hermana. Espera. Ya te lo dije ayer, ¿no?
– Sí.
– Estoy algo olvidadiza últimamente.
Eric se pasó por el comedor para poner la mesa y colocar los platos, vasos y cubiertos necesarios. Los últimos coletazos del sol matutino abandonaban ya parte del comedor, sólo iluminando el balcón. La ventana estaba abierta: la temperatura había subido un tanto y en casa tenían calor. Eric, a la espera de que su madre terminase de preparar la comida, se asomó.
Mientras esperaba, contempló una escena que posteriormente le hizo reflexionar. Junto a la entrada de un portal, una abuela y su nieta, ya crecidita, discutían. Nadie reñía a nadie ni nadie estaba enfadado con nadie, pero Eric entendió que la abuela buscaba convencer a su nieta de que aceptase algo. ¿Dinero? Cabía la posibilidad. Pusiéramos que el tema central era el dinero. La abuela daba constantes golpecitos a la palma de la nieta, mas ésta se negaba a aceptar lo que fuese. La abuela, no obstante, era de armas tomar, insistiendo hasta la muerte. Al cabo de un par de minutos, y probablemente algo presionada por estar a la vista de muchos, cedió, con lo que la abuela pudo ponerle (y esta vez Eric pudo divisarlo con perfecta claridad) una especie de medallón. La abuela, muy satisfecha, dejó a su nieta en las escaleritas de la entrada con cara de pocos amigos, sulfurando. Tras esto, Eric no vio más, debido a que su madre le informó de que la cena ya estaba preparada.
– Estaba pensando en ir a visitar a mis abuelos uno de estos días – anunció a su madre después de sentarse y servirse la bebida.
– ¿Ah sí? ¡Qué sorpresa! ¿Y qué te lleva a hacerlo?
– Bueno, nada en particular. Aunque quizá les pregunte algo.
– ¿No lo puedo saber?
– No es importante.
A la sazón, se dispusieron a comer. No comieron de hecho: devoraron. Ambos tenían un hambre canina, especialmente Eric, quien aún parecía sufrir los efectos de la droga del día anterior y de todo el ajetreo. Su madre, aún así, no se quedó corta. Devoraron en silencio, como solía ser costumbre entre ellos. Por la noche sería absolutamente diferente, ya que la presencia de “la niña de la casa” cambiaría las cosas. A ella le chiflaba hablar, comentar y rumorear, aparte de que no soportaba el silencio. A ellos, en cambio, no les molestaba. De hecho, se comunicaban más gestualmente, e incluso se entendían mejor de esa manera.
Sin embargo, Eric no pudo terminarse la comida.
– ¡El móvil! – profirió su madre – ¿No es tu móvil lo que está sonando?
– Sí.
Salió disparado. Cuando contestó, a punto estuvo de que le saltase el contestador automático. Saludó y preguntó <> jaleando. Una voz grave que al principio no reconoció pero que luego le vino a la memoria respondió al otro lado del celular:
– ¿Eric?
– Sí, soy yo.
– Hola, soy Rodrigo. El de…
– … el de la agencia de viajes.
– Sí, ése. Perdona que te llame a estas horas. ¿Molesto?
– Estaba comiendo, aunque da igual.
– Seré breve. Escucha, que ya tengo decidido quién ocupará el cargo de Jennifer.
– ¿Tan rápido?
– Sí, bueno. No había muchos pretendientes, extrañamente. – Su voz temblaba; le costaba sudor y sangre expresarse –. Sólo erais… tres. Bueno, a lo que iba, no lo alarguemos. Que lo siento, pero que no vas a trabajar con nosotros. A pesar de que cumplías parte de los requisitos y de que habrías hecho el trabajo muy bien sin lugar a dudas, uno de los entrevistados coincidía con lo que buscábamos. Así que… bueno… lo siento… Te deseo suerte y espero que encuentres algo de aquí poco. ¿Sí? Adiós
Y colgó. Eric, a continuación, se miró el móvil con cara de bobo. ¿Qué demonios? Ni siquiera le había dejado contestar o despedirse… Y, además, se le había trabado la lengua en más de una ocasión y se había acelerado al hablar. Algo no le olió bien a Eric, y sospechó de que Rodrigo le había mentido. ¿Pero por qué?
No supo qué pensar. Se dijo de llamar y pedir explicaciones, pero en vez de eso dejó el móvil sobre la cama, echó un vistazo a la maleta (que seguía donde siempre) y se reincorporó al comedor.
– Hijo, ¿quién…? ¡Pero bueno! ¡Estás más pálido que un muerto! ¿Qué ha pasado?
Silenciosamente, Eric se sentó, arrepintiéndose de no haberse pasado antes por el lavabo. Su cabeza era todo un hervidero de ideas y conjeturas. Entrecruzándose, todas asestaban golpes demoledores sobre él.
– Me acaban de llamar de la agencia de viajes.
– ¿Qué agencia de viajes?
– ¡A ver! – se medio desesperó –. ¿Por qué diablos me he levantado pronto esta mañana?
– Ah, sí, sí. Perdona, tengo la memoria algo mal. – Se disculpó con una sonrisa supuestamente dulce, mas no produjo ningún efecto sobre él –. ¿Y qué te han dicho?
– Que no me escojen, que hay alguien mejor que yo para el puesto…
– Ay, vaya. – Se incorporó, se acercó y le abrazó.
– No pasa nada. Ya encontraré algo como sea.
Su madre ya había acabado la comida y estaba con el postre. Por consiguiente, al cabo de nada ella ya se retiró cuando a él aún le faltaba un poquito. Fue a la sazón cuando se echó a rumiar al respecto, sin sonsacar conclusión alguna, sólo experimentando rabia y frustración. Luego, cuando ya lo quitó todo de la mesa y se descubrió con que no tenía ni idea de cómo ocupar su tiempo, el nerviosismo y la desesperación le obligaron a echarse un paseo. Salió a que le diese el aire. Al principio no le sentó bien, pero con el tiempo una sensación fresca y agradable empezó a expandirse en su interior.
No obstante, pensamientos deambularon por su cabeza, inevitablemente. Absorbieron tanto su atención, que en una ocasión casi se estampó contra una farola y en otra su ojo cazó el mismo coche azul que había visto por la mañana. Cuando eso ocurrió echó un paso para atrás y abrió los ojos como platos. Le tentó el girarse y correr, pero algo le susurró que eso sería una mala idea. Fingió no haberse enterado y siguió hacia adelante. El coche se encontraba aparcado a unos pasos más allá, al otro lado de la cera. Se encontraba igual que antes, con las ventanillas cerradas pero con alguien ahí dentro. O a Eric le pareció que allí había alguien. Se estremeció más y más a cada paso que efectuó. Probó de mantener la cabeza bien alta, aunque le costó. A veces el ojo se le desvió hacia la derecha, ligeramente. Empero, le ayudó en cierta medida el que a la izquierda hubiese un mostrador por el que interesarse. Actuando algo mal, le dedicó algo de atención a los maniquíes y a la ropa que en realidad no le gustó nada. Rápidamente, por el vidrio vio el coche azul y por mucho que se esforzó no logró atravesar el cristal de la portezuela. Sin embargo, notar que alguien pudiera estar observándote sin saberlo a ciencia cierta le molestó en gran medida, hasta el punto de querer gritar.
Se apresuró para salir de ahí. Hasta que no dobló la esquina no se percató realmente de dónde estaba exactamente. Para sorpresa desagradable para él, se descubrió a pocos pasos de su portal. Los pensamientos no habían hecho más que llevarlo a efectuar una vuelta a la manzana. Eso no le inquietó, pero sí la presencia de ese coche a la vuelta de la esquina. ¿Era coincidencia que estuviese aparcado cerca de su coche? ¿O tras la visita a Rodrigo…?
Entonces ató cabos. Asustado, corrió hasta su casa.

No le extrañó que en el local de antigüedades el Manitas no estuviese presente. Sin molestarse en curiosear los objetos, se encaminó directamente hacia el mostrador, el cual, por mucho que se escudase el Manitas, estaba colocado en muy mala posición (por muchas cámaras que hubiese). Eric echaba fuego por todas partes, y a pesar de su poco pelo, ya involuntariamente apuntando hacia todas sus direcciones, uno podía imaginarse qué ardor se había apoderado de él.
Abrió el lavabo. Pegó tres fuertes golpes a la pared con los nudillos.
La espera se demoró más de los pocos segundos que él había esperado. De brazos cruzados, respirando agitadamente, le vinieron ganas de destrozar. Incluso cuando el Manitas giró la pared, entre expectación y asombro, éste retiró algo la cabeza por miedo a cualquier locura.
– ¡Hey, tío! ¡Qué pasa con esa cara que me llevas! ¿Pasa algo?
– Vamos abajo.
El Manitas se quitó un guante lleno de grasa y le ofreció la mano. Eric se la estrechó con desgana, pero con mucho vigor. El Manitas esbozó un gesto de dolor, aunque intentó disfrazarlo con una mueca. Buscó algo entre los ojos de Eric. Presto desistió y le condujo al taller.
Al igual que el día anterior, en todo el medio yacía un coche en parte desmontado, sin ruedas ni una puerta, además del capó y maletero abiertos. ¿Planeaba una huída? ¿O quizá para el Hombre de Negro? Ya encontraría tiempo más tarde para preguntárselo.
Se quitó el otro guante y, cual desganado, los lanzó hacia la mesa empotrada, larga e interminable. A continuación se dio media vuelta y se sentó sobre la mesa, apartando cuchillos y chatarra. La mirada que le dedicó le indicó a Eric que realmente no era muy bien recibido. Si bien la sonrisa aún seguía en la cara de ese gordito y bajito con pelos a lo científico loco, entre las manchas de grasa en su rostro y su ropa hecha algo jirones uno podía arriesgarse a comentar que le habían cogido en un momento inoportuno.
– Tú dirás – pronunció.
A la sazón Eric desprendió toda la rabia. Tal como a él le gustaba hacer cuando estaba muy inquieto, principió a caminar en círculos, con las manos extendiéndose hacia muchas direcciones. Entretanto, le dio al pico.
– ¡¿Por qué yo?! ¡¿Y por qué mi hermana?! No puedo soportarlo, no puedo. Tengo que decirle al Hombre de Negro que no puedo hacer algo así.
– ¿Y qué tienes que hacer?
– ¡Matar a mi hermana!
El Manitas emitió un sonido parecido al de alguien que se ha hecho daño.
– ¿Has visto tu reacción? ¿Quién podría matar a su hermana? Que no, que está chiflado ese tío. ¿Que tenga que matar a mi hermana? Me joderá, pero al menos no yo no lo habré hecho. Yo… yo… yo quiero una vida normal, con trabajo y familia. Sólo eso. ¿Por qué cojones tenía que aparecer ese chalado?
Se encogió de hombros.
– ¿Y a ti te da igual todo esto? ¿Que le des la arma a un tipo para matar a su hermana? ¡No hay moralidad!
– La moralidad no existe aquí, Eric. ¿Eric era? – Él asintió muy agitado –. Mira, respecto a lo de las hermanas. Yo sé de una vez que el Hombre de Negro le pidió a uno matar a su hermano. Y el tío, ni corto ni perezoso, lo mató al cabo de poco.
– ¿Le pillaron?
– Cualquier hombre que trabaja para el Hombre de Negro jamás es cazado. En ese aspecto trabajamos de puta madre. – Se puso en pie con un pequeño salto –. Escucha, tu destino ha sido sellado. Podrás odiarlo, podrás detestarlo, pero es lo que hay. Recuerda que dijiste que sí. ¡Haber dicho que no! Pero es lo que tiene el dinero.
– ¿Entonces por qué me están siguiendo? Hay un tipo con un coche azul que me sigue a todas partes. Lo he visto dos veces hoy, y ahora que lo sé lo veré aún más.
– Tómatelo como tu ángel de la guarda.
– ¿Mi ángel de la guarda? Si el muy cabrón me ha quitado un trabajo.
– Claro. Ya tienes uno.
Quiso decir algo, pero giró la cabeza hacia un lado y apretó los puños. También apretó los dientes.
– ¿No se le puede devolver el dinero y que él busque a otro?
– No. Si te ha escogido a tú, es que tú eres el más adecuado. Además, sabiendo de nuestra existencia, ¿acaso te callarías? No me seas iluso.
Como aburriéndose, se alejó, no sin ponerse los guantos de nuevo. Cogió unas herramientas y se puso a trabajar de nuevo.
– ¡Pues se ha equivocado conmigo!
– Él nunca se equivoca.
– Pues voy a demostrárselo.
El Manitas se detuvo.
– Oye, que te quede este consejo bien metido en tu bonita cabecita: nadie se mete con el Hombre de Negro. Te metes con él y te estás metiendo con todos, incluyendo a mí. Es más, él es lo suficientemente listo para arruinarte cuando quiera. Así que hazte un favor: no seas tonto y afronta el destino.
– ¿Y mi madre? ¿También la mato o qué?
– Si el Hombre de Negro no te lo pide, no hace falta.
– ¡Pero tendré que esconderme!
– Ya.
– Pero ella se enterará…
Rió groseramente, y su risa se oyó en todos los rincones del taller.
– Jajajaja… No te preocupes. Ya te he dicho que no serás cazado.
– No la mataréis, ¿verdad?
– ¿Es una amenaza eso? – Dejó las herramientas y se levantó. Presto se colocó a escasos centímetros de Eric –. Deja de ser una niñita y de preocuparte por la vida de los demás. Preocúpate por la tuya si no quieres morir.
El Manitas regresó a su lugar de trabajo, desapareciendo debajo del coche. Eric resopló, mirando su derredor. Muchas armas yacían allí, reposando, y le tentaron a que asiese alguna de ellas. Casi lo llevó a cabo, pero dijo para sus adentros que el Manitas llevaría una cuenta de “todo su stock”.
Sin quedarle otra opción que la de marcharse, lo hizo sin despedirse. Tampoco a el Manitas pareció importarle.
Una fría corriente le saludó a la salida. Se abrazó a sí mismo, y al hacerlo sintió que debería acostumbrarse a ello a partir de ese momento.

Cada vez que ella se pasaba por casa, su madre preparaba un gran banquete, como si en vez de una simple ciudadana arribase toda una princesa. A Eric le entretenía mucho observar a su madre en las horas previas a la llegada de su hermana. Le recordaba a ésta misma cuando se arreglaba para salir, recorriendo la casa entera como veinte veces, siempre teniendo como destino el lavabo y, más concretamente, su querido espejo. Su madre, ahora en ausencia de la otra, la imitaba cuando hacía los preparativos: de la cocina al comedor, del comedor a la habitación, de la habitación al móvil y del móvil a la cocina otra vez. Y lo más increíble de todo yacía en que no se cansaba por muy mayor que se hiciese.
Existía un problema, empero. A Eric todo ese entretenimiento le terminaba por desesperar, y cuando ya se hartaba de su madre yendo y viniendo, se escondía en su habitación o se aireaba en el balcón. Ese día, a diferencia de muchos otros, su madre le había pedido que le ayudase en la cocina, por lo que él, pobre, se encontraba cerca del fregadero con todo el cuerpo hirviéndolo. Intentaba cortar hortalizas con la máxima tranquilidad posible, pero su madre, algo alterada, estaba preocupada por pequeñas niñerías y trivialidades. Que si esto está poco hecho, que si a esto le falta sal, que a ver si la niña viene con hambre… Y si Eric no había reventado ya, había sido gracias al Señor.
Quizá unos días atrás, en la misma situación, él no estaría subiéndose por las paredes. Ese día era muy diferente. Venía la persona a quien debía matar, y cual aquellas películas acerca de un destino irremediable, algo menos de veinticuatro horas después de su segundo encuentro con el Hombre de Negro le habían contado su cruda realidad. No había escapatoria. Pudiera ser que esa vez fuese la última vez que su madre la viese. Un cuadro sumamente melancólico y apagado… Sólo eso, un cuadro con lágrimas como ríos por las manos de un pintor atado y amenazado.
<>
Al menos prepararon la cena una buena hora y media. Con las siempre colaboraciones del horno y del microondas, cocinaron desde ensalada hasta carne, pasando por trocitos de pasta parecidos a los tortelinis mezclados entre hojas de lechuza y mini tomates. Vino no faltó, ni como cualquier otro líquido como la Coca-Cola, la Fanta o el agua. La mesa, sobre la cual solían yacer alrededor de 6 platos a lo sumo, se hallaba abarrotada de mesas. Cuando Eric pudo escaparse de la cocina y se pasó por el comedor para dejar una botella, se asombró de que la llegada de su hermana armara tanto revuelo. Incluso se puso algo celoso.
– Tu hermana vendrá enseguida – le aseguró minutos más tarde de sentarse al sofá. Era ya la cuarta vez que se lo decía, Eric contó.
Esta vez ocurrió tal y como había asegurado su madre y en cuestión de minutos llamaron desde abajo. Su madre abrió.
– Viene con Lupe – informó emocionada.
– Oh, vaya…
Su madre nunca esperaba a que alguien subiese hasta la planta para abrir la puerta. Cuando abría desde el interfono, también abría la puerta. Normalmente, no esperaba en el recibidor, sino en el comedor o en la cocina mientras ultimaba algo, pero en esa ocasión aguardó con mucha impaciencia en el recibidor. Eric llevaba mucho tiempo sin ver a su madre actuar así, y le pesó mucho en el corazón tener que pasar por eso. Pero pronto se le pasó, ya que una flecha cruzó el recibidor.
– ¡Lupe! – exclamó su madre, con voz quebrada.
Lupe, un perro canijo pero extremadamente nervioso, comenzó a correr por todo el comedor, a una velocidad endiablada. Madre fue tras él, sin lograr cogerlo en ningún momento. Se subió al sofá, pasó por debajo de las sillas, rozó las piernas de Eric, y todo como si escapase de algo maléfico.
– Sigue siendo el mismo bicho de siempre.
– ¡No seas bruto, hijo!
Y a la sazón apareció ella, en el zócalo, tras la puerta, con cara de <> y <>. Vestía como siempre, ajustadita y elegante, calzando unos zapatos con unos tacones que no se acababan nunca. Iba de negro y blanco. A pesar de su aún preocupante delgadez, había engordado un poco, constató Eric, habiéndose fijado en sus mofletes. Éstos, por supuesto, iban algo coloreados de un rojo flojo tirando a rosa, que contrastaban con una especie de marrón-lila en los labios. Llevaba el pelo rizado y muy largo, que se le caía de forma ondulada y entrecruzada.
– ¡Hola, familia!
Su efusividad contrastó con el saludo lacónico y escueto de su hermano.
– ¡Mamá! ¡Eric no se alegra de verme!
– Déjalo. Está tonto.
Además de su inseparable bolso, aparatoso y con multicolores brillantes que a uno le cegaban, en la palma de su mano izquierda sostenía un pastel, tapado por cartón. O eso o pastas, aunque a ella le gustaba más traer pasteles y comérselos.
– ¿Dónde te dejo esto? – inquirió, señalando el pastel.
– Déjalo en la nevera. – Pero inmediatamente después se lo arrebató y lo llevó ella misma hasta la cocina. Reapareció y comenzó a exclamar –: ¡¿Pero cómo estás cariño?! ¡Oh, ven aquí, abrázame! ¡Dios, cuánto echo de menos que no vivas en casa! ¡¿Cómo estás?! ¡Huy, tienes que ponerme al día!
– Sí, mamá – contestó, desganada. Eric soltó una risita –. ¡Mamá! ¿Has visto cómo está ya el tonto de mi hermano?
– Quítate el bolso, anda. Hermanita.
Se acomodó, entre exclamaciones de su madre y aullidos de Lupe. El perrito, incesante, quiso hacerse notar, ladrando a madre. Ya había dejado de correr, y quería cariño. Eric aprovechó un despiste para alzarlo y retenerlos en sus brazos, a lo que el chucho comenzó a gruñir sonoramente. A Eric eso le divirtió.
– No seas malo con el perro.
Cuando todo se calmó, madre acabó de preparar la mesa y todos se sentaron. Como no podía ser menos, Lupe comió su trozo de carne en menos que canta un gallo y se colocó en el embrollo de piernas bajo la mesa, aunque, debido a su inexhaustible nerviosismo, se tumbó entre piernas diferentes. Eric y su hermana se sentaron uno junto al otro, mientras la madre de ambos hizo lo propio al otro lado de la mesa, creando un marco que inusualmente ocurría y que se extrañaba más que nunca. A Eric eso no le importó mucho, aunque sí que es verdad que sentarse al lado de ella provocó en él un viaje hacia el pasado, hacia las interminables semanas en las que tenía que soportarla.
Acaeció algo diferente esa noche, algo que hasta entonces Eric no había llevado a cabo. Y eso fue que aguzó el oído y que prestó mucha atención. A lo largo de los años a Eric le habían dado igual los novios de su hermana, las peleas en que se metían sus amigos con derecho a roce, los insultos que le había lanzado una ex-amiga o las anécdotas que le habían ocurrido a lo largo del día. En multitud de noches él se había limitado a centrarse en su plato y en satisfacer cualquier pregunta de su madre; cualquier otra cosa más allá de su propia vida no había sido de su incumbencia. Mas ese día, inevitablemente, no pudo ser así. Casi por primera vez se fijó bien en la cara de su hermana (anda, pues no es tan fea, ¿no?), en todos sus gestos faciales, y descubrió que ella tenía la manía de tocar algo de la mesa en todo momento. También descubrió que respetaba aún a madre, por la forma cómo la miraba y por lo poco que despegaba los ojos de ella. Sin embargo, no podía ser de otra forma, puesto que madre sólo tenía ojos para ella, absolutamente encantada y enjaulada en una celda de alegría producto del extrañamiento. Eso quizá le hizo escuchar aún más, porque, acostumbrado a cenar a solas con ella cada noche, ser ignorado no gustaba a nadie.
Tuvo que aguardar más de un cuarto de hora para escuchar algo que le interesase. Habiendo deseado en su interior que ella fuese al grano con sus relaciones, sólo había hecho que aguantar bobadas acerca de reformas en el piso y de la universidad. Y claro, como él ni formuló pregunta ni participó, pues se esperó hasta que a madre se le ocurrió mostrar interés por el rumor aquel de que si estaba saliendo en serio con alguien. Ella confirmó el rumor, explicando cómo lo conoció (en una discoteca, para variar) y describiendo su familia.
– Se llama Filipo. Oala, es muy rico, mamá. Si vieras tú la pasta que tiene… Dios Santo, cuando le vi por primera vez por la ropa ya se le vio que tenía mucha pasta, ¿pero tanta? Joder, una chica me había avisado de que sus padres poseían una fortuna inmensa, pero no me lo creí hasta que no pisé su casa por primera vez. ¿Casa? ¡Mansión, que diga! Dios, mamá – poniéndose las manos a la frente –, deberías ver cómo es de grande. No, grande no, ¡inmenso! ¡No se acaba nunca! Es un pueblo entero.
– ¿Ah sí? Pues dile que nos deje unos cuantos millones, que no creo que les pase nada.
– Son muy agarrados. Sólo se gastan para ellos.
– ¿Y para las novias no?
– Supongo que sí, pero sólo llevamos dos meses.
– Bueno. Tú háblale de tu madre y convéncele de que nos dé una pequeña ayudita.
– O podemos vivir con ellos directamente – terció Eric. Ninguna de las dos comentó al respecto.
El padre de ese chico regentaba toda una cadena de restaurantes de primera fila y la madre era peluquera de los artistas más famosos del planeta. Por lo visto, tanto uno como el otro habían nacido en la más pura miseria y habían sido ellos mismos quienes habían levantado un imperio con el tiempo. Si bien aún ella no había coincidido mucho con los suegros, había tenido ya un primer contacto.
– ¿Y les has caído bien?
– No sé. Tiene la pinta de que no se fían de que salga con una chica del montón y no rica.
– Si vienen de familias humildes, no pondrán ninguna pega.
– De momento no, o al menos eso deduzco de lo que me dice él. La verdad es que sólo he estado una vez en su caserón. Básicamente quedamos por la ciudad.
– ¿Le persiguen las chicas?
– Hay muchas furcias sueltas por ahí. Y normal. Con la pasta que me lleva el tío…
– ¡Pues que no me entere yo que te lo roban! – profirió madre con mucho brío y júbilo.
Ya lo que vino después de eso no le interesó a Eric para nada. Desconectó por completo y se acabó sus platos. Presto esperó a que las chicas se acabasen los suyos, para el postre, el cual, al respecto, estuvo de muerte. Mira que Eric no era de ir comiendo pasteles por ahí, pero ese que trajo su hermana, de nata y fresas, le derritió los labios y le hizo desear más. Pero su estómago lo rechazó, asestándole un dolor muy fuerte que le obligó a retorcerse.
Durante la primera media hora no había tenido, interiormente, ningún problema consigo mismo. A partir de entonces, su cabeza comenzó a gestar lo que implicaba la misión que le habían encomendado y a quién tenía hoy cerca. Un calor muy sofocante brotó de súbito por cada uno de los rincones de su cuerpo que le llevaron a asomarse al balcón. Al principio nadie preguntó nada; diez minutos después su hermana se acercó. Las manos comenzaron a bailarle solas entre la barandilla.
– ¿Ya se te ha olvidado cómo hablar? – inquirió.
– ¿Eh?
Ella negó con la cabeza, lentamente.
– No has hablado durante toda la cena.
– Lo siento. Estaba en otras cosas.
– Bueno, no pasa nada. – Y pasó su mano por detrás del cuello de su hermano, hasta tocar su hombro izquierdo –. ¿Y qué te acucia?
– Mi momento… No sé. ¿Te acuerdas cuando de pequeños nos dijimos qué seríamos de grandes y nos aseguramos de que obteniendo la carrera encontraríamos trabajo? Pues me siento como un puñetero mentiroso que sólo ha vivido de ilusiones. Soy arquitecto, ¿y qué? Ahora mismo no soy nada.
Iba a continuar, pero de sopetón divisó un coche azul. Estaba aparcado a la vuelta de la esquina, casi imperceptible para el ojo humano desde el balcón donde los dos hermanos se alzaban. Su hermana le siguió la mirada.
– ¿Hay alguien haciendo el payaso?
– Oh no. Sólo un coche muy chulo.
– ¿Ese azul? – Eric asintió –. Menudo deportivo. Pero el coche de Filipo mola más.
Eric se inquietó más y más. Empezó a tamborilear sobre la barandilla.
– Oye, ahora que pienso… El otro día, mientras me llevaba al cine, me comentó que su padre necesitaba a alguien para algo de una construcción, y que quizá necesitase la ayuda de un arquitecto novato. Recuerdo que pensé en ti pero entonces me empezó a hablar de otras cosas y se me fue de la cabeza. Mañana se lo comentaré. ¿Te parece?
– No estaría mal… Oye, quisiera preguntarte algo.
Ella le dedicó una mirada cándida, con sonrisa incluida. Contemplarla le partió el corazón. ¿Pudiera ser que por primera vez su corazón sintiese por ella?
– ¿Te portas bien últimamente?
Primero puso cara de <>, después se partió de risa. Mientras rió le pegó unos cuantos golpes a la barandilla. Lupe ladró desde el comedor.
– ¿Tú te encuentras bien?
– Perfectamente.
– ¿A qué viene eso?
– No sé – haciendo un gesto raro con la boca –. Para tenerte controlada. Quizá un día me entero de que te has metido en un buen lío y no hay forma de salvarte.
– ¡Serás tonto! ¿Pero por quién me has tomado? Yo no he hecho nada malo. Además, ¿me estás siguiendo o algo?
– Mientes. Lo leo en tu cara. Has hecho algo y no quieres que lo sepamos, ni mamá ni yo. ¿Se lo has dicho a papá?
– ¿Pero por qué mencionas ahora su nombre? De verdad, Eric, a ver si encuentras curro y se te cuadra la cabeza.
Ya lo tengo, pero esas palabras no brotaron de su boca.
Cual asqueada y molesta, observándole con cara de desagrado, rebufó y entró al comedor. El retorno de la soledad le sentó bien, puesto que por fin pudo esbozar una cara de entre rabia, frustración, pena y desesperación mientras le lanzaba una mirada asesina al coche azul. Ya lo odiaba. ¡Lo aberraba! ¿No habría ningún momento en que lo dejase tranquilo? ¿No se iría a descansar durante una noche? ¿Por qué estaba constantemente espiándole? Bueno, no le espiaba, pero sí que se mantenía cerca de su casa por si apreciaba cualquier movimiento extraño.
– No soy ningún famoso…
La presión le había probado y él fracasaría en superarla. Hastiado, se dirigió a su habitación y cogió la pistola, metiéndosela entre los pantalones y tapándola con la sudadera. A continuación salió de casa.
– ¡¿Adónde vas?!
No contestó.
En ningún momento tuvo tiempo para decirse qué estupidez iba a hacer. Simplemente se dejó llevar por su estado de ánimo, el cual, caldeado y acelerado, controlaba toda la situación. Bajó y viró a la derecha. Caminó con paso firme hasta la esquina. El coche seguía ahí, inmóvil, con las ventanas cerradas, todo muerto. Estaba aparcado justo en el viro, y estaba algo disimulado por un árbol. ¿Qué estúpido habría mandado plantar ese árbol sin sentido?
Hizo el gesto de sacarse la pistola, mas recordó que estaba en plena calle, y, aun siendo ya de noche y con casi ni un alma, podía ser pillado y detenido. Así que se moderó y no sacó nada. Acabó de acercarse al coche y se colocó justo al lado de la portezuela que daba al asiento del conductor. A continuación gritó ¡Sal del coche! Aguardó un par de minutos, pero nadie salió. Agudizó los ojos, entrecerrándolos, y tornó a sufrir la paranoia esa de que había alguien dentro. Desesperándose, dio golpecitos al vidrio.
– ¡Sal!
Pero nadie salió.
Rebufó y rebufó. Como último acto, asió de la manija y tiró de ella. En el primero intento lo hizo flojito; en el segundo aumentó la fuerza. En consecuencia, la alarma sonó. Un sonido estruendoso, unido a una luz amarilla intermitente, apareció de súbito y sumió la calle en un momento de fragor. Eric se echó para atrás, asustado, y por fin controló de nuevo su raciocinio. Arrepintiéndose, lentamente fue retirándose, sin molestarse en localizar curiosos, quienes seguramente ya habrían iniciado su proceso habitual de chismorreo por el balcón. Sin embargo, sus ojos no pudieron despegarse del coche, esforzándose en encontrar a alguien ahí dentro. No supo si decir sí o si no. Eso le volvió loco.
Regresó a casa. Su madre se puso en pie nada más verlo entrar al comedor.
– ¿Pero adónde has ido?
– Yo lo sé, mamá. Hay un coche ahí chulo. Al que le ha saltado la alarma.
– ¿Lo has hecho tú?
– Ha sido sin querer – empequeñeciéndose, pensativo –. Lo he tocado un poquitín y ya ha saltado.
Su hermana se irguió y salió al balcón.
– ¡Ya no está! – profirió.
Con cara de incredulidad Eric se asomó. En efecto, allí donde había estado aparcado el coche azul ya estaba desocupado. ¡Entonces sí que había habido alguien dentro! Dios, qué miedo… Eric tremoló inconscientemente. Había acercado su cara al vidrio y efectivamente alguien le había estado mirando desde dentro. Cuando lo había hecho, en el fondo había creído que sólo estaba tonteando…
– Habrá venido el dueño en cuando ha oído la alarma.
– Como la lías, Eric – “punzó” su hermana.
– Ay, dejadme.
Volvieron adentro. Lupe no se movió del balcón. Estaba gruñendo, muy flojamente, con la mirada fija en la calle. Eso llamó la atención de Eric, quien retrocedió y miró en la misma dirección que la perrita. Al principio no avistó nada; luego le pareció divisar una sombra. Una forma negra. Y parecía mirarle a él. Eric respingó. ¿El Hombre de Negro? Parecía estar fumando.
Muy asustado, entró al comedor. Pretendió olvidarse de todo lo que había vivido y de todo lo que se le pasaba con la cabeza, a base de molestar a su hermana y de participar más en la conversación. No obstante, fue misión imposible. A quien molestó era a quien tenía que matar y le quedaban escasamente siete días.
Siete días.
Al final deseó con toda su alma que ella se marchase ya y que le dejase solo para poderse ir a dormir. Estaba que se caía. De hecho, en más de una ocasión su madre señaló que apenas mantenía los ojos abiertos, algo que, a la tercera vez que lo soltó, obligó prácticamente a la hermana a excusarse en que ya debía regresar a casa. En realidad se excusó como dos o tres veces, hasta que al final una llamada la salvó. Una llamada de Federico. Mamá se puso coqueta e intentó buscarle las cosquillas a su hija en plan broma; Eric apenas estuvo atento. Ella se zafó de su madre como pudo, especialmente con la mano, hasta que una pequeña riña en broma provocó en Lupe que merodease cerca y se echase a ladrar, lo que no dio a ella otra opción que la de marcharse. Casi al final con prisas se despidió (tras pasarse como un par de horas o más con la sensación de <>).
– Intentaré venir de aquí poco. Ahora tengo que hacer unas cositas.
Eso último estimuló la atención de Eric.
– ¿Unas cositas? – preguntó, involuntariamente, escapándosele de la boca.
– Sí, cositas – refunfuñó. No estaba dispuesta a satisfacer a nadie, pero una mirada inquisitiva de madre la forzó a hablar –: Os lo iba a contar otro día, pero da igual. Estamos planeando hacer un pequeño viaje, de unos cuatro o cinco días.
– ¡Mira qué bien! ¿Y te lo reservas para decírnoslo a última hora?
– No…
– ¿Cuándo vas?
– El sábado de la semana que viene.
Una campana resonó en la cabeza de Eric. Viernes… sábado…
Nadie añadió nada más, lo que dio pie a que la hermana les disculpase y les dijese que se pasaría para explicar más a fondo lo del viaje. Madre la abrazó con mucha candidez y Eric sólo le dio un beso a la mejilla, como les era costumbre hacer. Ella se despidió con la mano y cogió a Lupe, llevándosela a la altura de sus pechos. Luego desapareció cuando madre cerró la puerta.
– Se acabó la función – musitó, dirigiéndose a Eric. Presto fue hacia el sofá.
– ¿Pero qué dices? – soltó en voz muy baja –. Si la función acaba de comenzar…

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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