Cuarto capítulo Novela negra

IV

 

Levantarse fue cosa de valientes más o menos para Eric. Habiendo sonado el despertador y habiéndolo parado sin ni siquiera abrir los ojos, siguieron un par de horas en los que luchó por quererse levantar y por no moverse. Cuando al final se decidió a levantarse, los ojos ya abiertos, aunque no del todo, entre bostezo y bostezo se desperezó y experimentó un punzante dolor de cabeza que casi le desestabilizó. Él estuvo seguro de que le vino por una sobrecarga de pensamientos y de preocupaciones. Y no sólo porque en las dos horas en las que se había esforzado en levantarse había rumiado en cosas y más cosas, sino porque ya le había costado conciliar el sueño al día siguiente.

La cabeza se le calmó un poco a medida que se sucedieron los minutos. Tras asearse, cambiarse, encender el televisor y coger lo primero que vio en la nevera, se sintió mucho mejor. Vaciló en si tomarse algo, pero al final creyó que el paso de las horas  ya haría su efecto.

Expresar aquí en qué había pensado no valía la pena, pues demoraría mucho la historia y sin duda alguna aburriría en demasía. Sin embargo, podemos aquí transmitir que el pensamiento que rodeó a Eric no era ya si debía matar a su hermana o no. Si bien había rumiado al respecto, en un momento de la noche su cabeza se había dirigido a algo a lo que extrañamente no había prestado atención antes: cómo había llegado hasta la fábrica abandonada. Bueno, esa pregunta no resultaba difícil de contestar, mas lo que le había desconcertado durante toda la noche había sido cómo le habían cazado el Hombre de Negro y sus secuaces, además de qué había estado haciendo él en ese momento, dónde y con quién había quedado. Enigmáticamente, había una especie de agujero negro en la memoria reciente de Eric a la que no lograba acceder. Y pareció dolerse cada vez que lo intentó.

Debía haber alguien que supiese algo en torno a ello. Lo único que sabía era que supuestamente había quedado con Jennifer, algo absolutamente falso y que había servido para que su madre no pudiese sospechar ni para que tampoco se preocupase. Sin lugar a dudas, lo habían maquinado de forma que nada resultase sospechoso, de forma que todo transcurriese en su curso normal. Eric se dijo eso más de una vez y cada vez que se lo dijo se estremeció. De hecho, a cada pensamiento algo así como un martillo golpeó a su esperanza de poder salvarse o de poder engañarlos. Se asemejaba a aquel momento dentro de una partida de ajedrez donde el jaque mate era más que evidente.

Tan sólo se le ocurrió, una vez almorzado y despierto, que podía acudir a su amigo David. Con él siempre solía quedar, y no resultaría nada extraño que hubiese quedado con él en ese fatídico día. Aunque… a decir verdad, tampoco le sonaba que hubiesen quedado. No obstante, como cualquier horizonte en su memoria estaba difuminado, cualquier sugerencia, propuesta o intento valdría. Así que cogió el móvil y le llamó. O no le dio tiempo a contestar o estaba trabajando. Eric nunca recordaba su horario, puesto que variaba semana sí semana también y jamás se aclaraba. Miró la hora: las once y diez.

–                           Le enviaré un mensaje.

Una vez enviado, y como tampoco no le urgía ningún recado, se puso a limpiar y a ordenar un poquito la casa a nivel general. <<Así se alegrará mi madre cuando vuelva.>> Empezó por la cocina, donde los platos del día anterior aún no habían pasado por agua, y pasó posteriormente al comedor y a las tres habitaciones, aunque una ya había sido vaciada por su hermana hacía meses. Se dejó su habitación para la última, consciente de que se entretendría mucho con la dichosa maleta. Y efectivamente, así fue. A pesar de que su cuerpo comenzaba a dar signos de fatiga y de que pensamientos le seducían a que lo dejase ya, cuando apiló todo lo del suelo sobre la mesa no pudo evitar echar un vistazo a la maleta y abrirla. Toda aquella bestialidad de billetes relució ante sus ojos.

–                           No lo entiendo, de verdad. Llevo meses pregonando por un cambio en mi vida, por tener suerte y poder sacar esto hacia adelante, y ahora resulta que ante este amasijo de dinero soy más infeliz. ¿Cuántas veces no he deseado yo algo trágico para mi hermana? ¿Por qué su muerte me espanta? ¿Por qué? Cargármela es muy fácil. Me despido cómo sea de mi madre y me espabilo fuera del país. Y ya está.

Sacó el trozo de papel aquel con escritura del Hombre de Negro en el que se especificaba lo que debía conseguir y a quién debía acudir. En él había también garabatos provocados por Eric mismo, en un momento de locura y desesperación. Había además hecho cruces y subrayado la palabra “coche”. Maldita sea, lo del coche, se maldijo a sí mismo. Definitivamente se convenció de que tenía que adquirir uno. Si podía, que seguramente que sí, se acercaría esa misma tarde a un concesionario para coches de segunda mano pero relativamente nuevos y ya saldría con uno de ellos. ¿Pero seguro que podría ya conducirlo el mismo día? Él ya poseía permiso de conducir (tanto propio como falso) y uno de esos coches ya dispondría de permiso de circulación. El problema yacía en lo del seguro, que tardaría un tiempo para formalizar el contrato.

–                           Eric, no me jodas ahora. Vas a matar a alguien y te preocupas por un puto seguro.

No quería matar a su hermana, sin embargo. Aún estaba dándole vueltas al plan que iba a llevar a cabo, pero no se veía capaz de acometer una atrocidad que dependía de una mente devastadora y enferma. Él no estaba enfermo, por mucho dinero que necesitase. Pero estaba siendo observado, o al menos de eso él podía deducir por ese coche azul del día anterior. Ese tipo seguramente observaría cada uno de sus movimientos y luego se los trasladaría al Hombre de Negro, para tenerlo controlado y para que no se le fuese la olla y se centrase en su misión. Al menos compraría el coche para hacer ver que acataría todas las órdenes. Luego, según pasase el fin de semana, ya trazaría un plan. Pero por el momento, sólo estaba centrado en saber cómo había llegado a las manos de esos criminales.

Recibió la contestación de David poco antes de que su madre arribase. En ella se mostraba tan gracioso como siempre y le informaba de que sólo estaba libre entre las tres y las cinco, ya que luego su novia y él debían presenciar un acto al que habían sido invitados. Eric le devolvió el mensaje indicando que a las tres y media en el bar de siempre.

Su madre arribó mientras él estaba limpiando el suelo del lavabo con una aspiradora. Cuando él fue a recibirla, se la encontró triste y cabizbaja.

–                           ¡Pero mamá! ¡Menuda cara que me llevas! ¿Qué pasa?

Ella suspiró y dejó caer el bolso al suelo. En ningún momento miró a Eric. Pasó por su lado y se desplomó en el sofá. Luego se quejó.

–                           Buf… ¿Me enciendes la tele?

Eric obedeció.

–                           Reventada como siempre, ¿no?

–                           ¿Qué?

Sus ojos estaban enganchados a la pantalla. Eric desistió y se retiró.

Abrió la nevera. Su madre aún no había efectuado la compra, con lo que escaseaba la comida. Eric escogió algo de pasta y verdura entre la escasez. Cuando encendió el fogón, esperó un grito de su madre que no llegó. Normalmente, si él no hacía ninguna tarea de la casa, su madre se quejaba, pero lo bueno residía en que también se quejaba si él se echaba a hacer una de esas tareas, apartándolo y diciéndole que ya lo haría ella, que él siempre lo hacía mal. Él solía espetarle algo, medio en broma medio en serio, y se largaba. Ese día, sin embargo, no gritó nadie. Transcurrieron alrededor de diez minutos hasta que su madre no se dignó acercarse y sólo entonces descubrió que su hijo estaba cocinando.

–                           No hace falta que lo hagas – dijo con un tono de voz muy bajo. Parecía a punto de desplomarse.

–                           ¿Por qué no vuelves al sofá y descansas un poco?

–                           Sólo tengo sueño… No estoy cansada para nada. ¡Me paso todo el día sentada!

–                           Pero te despiertas súper pronto.

–                           También.

A su madre no le apeteció regresar al sofá y preparó la mesa. Ayudó a su hijo a que no se pasase con el tiempo a fuego lento y también a sacar las cosas. Diez minutos más tarde comieron.

–                           ¿Y qué tal la mañana?

–                           Puf… Hoy nos ha llegado una mala noticia. La empresa ha tenido pérdidas y quizá despidan a gente.

–                           ¡¿Cómo?! ¡Pero si hace escasamente tres semanas el director os dijo todo orgulloso que la empresa iba viento en popa!

–                           Tú mismo lo has dicho: hace tres semanas.

Ahí prácticamente se terminó la plática. Hablar de dinero y de despidos puso a Eric furioso, y ya no quiso saber más. Compartieron alguna que otra trivialidad sin importancia que no hace falta transcribir aquí. Se cepillaron sus platos en un periquete y se separaron.

 

 

 

 

Ahora se le daba por observar muy atentamente a las personas que se cruzaban en su camino o que, simplemente, paseaban cerca de él. Jamás habiéndose preocupado de que alguien pudiese seguirle la senda, sus ojos ahora bailaban hacia todas direcciones, sospechando de los más insospechables. Al principio todo comenzó conscientemente, esmerándose en observar su derredor y ser capaz de discernir de quién podía fiarse o de quién podía sospechar; pero luego todo cambió al día siguiente (o sea, ese mismo día): sus ojos volaban solos, sin necesidad de su mente. Era como ese instante de dolor que el cuerpo recibía y que en cuestión de segundos el cuerpo se protegía retirando aquella parte del cuerpo dolida. Sin lugar a dudas, a Eric le sorprendió echarse a “descodificar” a todos los transeúntes que sus ojos interceptaron sin que su mente interviniese.

No le molestó mucho. Sí le molestó, en cambio, que tras saludar a David los ojos se le saltasen incontrolablemente y que leyese tras la cara de todos los que había cerca. Más que nada, fue una sensación muy incómoda que, más allá de si David lo percibió o no, no le permitió respirar tranquilo ni mantener una tranquila charla. Y lo peor fue el presentimiento de que eso sólo era el principio de un sinfín de nuevas calidades que, al menos para él, añadían miseria a su ya paupérrima vida.

–                           ¿Qué pasa tío? – le había saludado David con efusividad, explayando los brazos para saludarlo. Para sorpresa de Eric, iba algo desaliñado y descuidado.

–                           Pues nada – tras abrazarse –. Aquí estamos, neng.

–                           Pues tú dirás, tío. ¿Entramos?

Entonces habían entrado a un bar llamado “Los pirados”, un lugar que para ellos resultaba simbólico, puesto que habían pasado multitud de tardes allí en momentos de hastío, depresión o sencillamente tedio. Al respecto ambos siempre se mostrarían eternamente agradecidos de que hubiese existido un bar así, con un ambiente muy juerguista, dicharachero y distendido. Lo habían descubierto por pura curiosidad (como muchos de los hallazgos de los seres humanos no científicos) y desde entonces jamás habían cambiado de bar, creándose a partir de ese momento un vínculo de unión semejante al de un matrimonio. Habían abierto una estrecha relación con el dueño del local e incluso se habían hecho amigos con algunos de los que se habían pasado habitualmente.

Se habían sentado en la mesa que tantos buenos recuerdos les traía. Siempre procuraban sentarse en esa mesa y no otra. Estaba ubicada en una esquina, y desde ahí podían cotillear y ver a la gente entrar y salir, algo que les entretenía muchísimo. Normalmente se la encontraban siempre deshabitada: o bien los chicos del lugar se la reservaban porque sabían que ahí solían sentarse o bien el dueño intentaba que nadie la ocupase.

–                           ¡Hey! ¡¿Qué pasa, nenes?! – les había saludo el dueño del bar en cuanto los había visto.

–                           Vamos a echar el rato – había respondido David.

–                           Claro que sí.

Había sido en ese momento cuando, ya habiéndose sentado los dos, sus ojos se desplazaron hacia cara tras cara. No estaba atiborrado el sitio, así que no hubo mucho que demorarse. No obstante, de todos los presentes no le sonó la cara de un calvo sentado a la otra esquina, prácticamente tapada por la barra. No le miró largo rato. Aún así, mantuvo el ojo avizor.

Ninguno de los dos no habló hasta que el del bar no trajo las bebidas. Dos cervezas sin alcohol. Solían tener la costumbre de no principiar a charlar hasta que no eran servidos.

–                           ¿Cómo vas? ¿Ha pasado algo?

–                           No… Quiero decir sí. Pero no es nada muy serio.

Entraron dos clientes. Eric no pudo zafarse de observarles detenidamente. Uno le sonaba, el otro no.

–                           Pues tienes cara de estar preocupado. ¿Ya te has metido en líos?

–                           No, no, para nada. Es más bien… una duda que tengo desde hace un par de días.

–                           ¿Qué días no tienes dudas? – se burló, riéndose a carcajada limpia –. Bueno, está bien. Perdona.

–                           Me gustaría que hicieses un trabajo de memoria.

–                           ¿Un trabajo de memoria? ¿Se te ha ido la chaveta o qué?

–                           ¿Me vas a ayudar o no? – graznó, sacando algunos destellos de angustia y desesperación.

–                           Vale, vale. Trabajo de memoria. Guay.

–                           Remóntate… a tres días atrás.

–                           Lunes, ¿no?

–                           Sí, porque hoy estamos a jueves. Creo.

–                           Vale, lunes. ¿Y ahora qué?

–                           ¿Te comenté ese día o antes si iba a hacer algo?

Ahí David se quedó pillado y miró hacia el techo. Estaba recordando, o aparentándolo. Eric esperó con impaciencia. Quizá la intuición le había servido y David podía serle de ayuda.

–                           Pues ahora que lo dices… No me acuerdo. ¿Qué hiciste?

–                           ¡Serás gilipollas! ¡¿Para qué te lo pregunto si no?!

–                           Ah, bueno. Perdona.

Eric suspiró y miró hacia la ventana. De golpe las venas se le enfriaron… y se arrepintió de haber realizado esa acción.

–                           Oh no… – musitó.

–                           ¿Qué? – e inconscientemente miró hacia donde había Eric mirado.

–                           No mires para afuera, anda.

–                           ¿Por qué? Lo has hecho y te has puesto a gimotear.

–                           No he gimoteado.

–                           ¡Anda que no, marica! A ver, qué hay – instó pegando los morros al vidrio.

–                           ¡Pero te quieres estar quieto! – espetó agarrándolo por el cuello de la camiseta y arrastrándolo hacia el lado opuesto a la ventana.

–                           ¿Te has vuelto loco? ¿Pero qué te pasa?

A Eric la situación le incomodó, por cómo agachó la cabeza y por cómo no supo hacia dónde mirar. David en cambio se había enfurecido, prácticamente fuera de sus cabales. Sacando humo por la nariz, se acercó a Eric, y, asegurándose de que nadie les estaba prestando atención, le musitó:

–                           Esta camiseta me la compré hace unos días. No me toques los cojones, ¿de acuerdo? – Pausa. Momentánea –: Oye, déjate de gilipolles. ¿Quién hay ahí fuera?

–                           Aquí no te lo puedo contar. En otro momento. Ahora contéstame a la pregunta en serio: ¿no te comenté nada sobre el lunes?

–                           Nada. Y si comentaste algo, ahora mismo no me acuerdo. Quizá luego con el tiempo recuerde algo. Pero tío, ¿qué te pasa? ¿Es algo gordo?

–                           En otro momento.

A la sazón David eliminó cualquier rastro de voz y habló con los labios. Por los movimientos Eric creyó apreciar que decía: <<¿Te están siguiendo?>> Eric asintió con la cabeza y luego sonrió, estúpidamente. Con una mueca David buscó explicaciones a tal sonrisa, pero Eric hizo que no con la mano.

–                           No te preocupes – le alivió –. Cuando pueda ya te haré saberlo.

–                           ¿Puedo ayudarte en algo?

–                           Averíguame si alguien sabe qué hice el lunes por la noche.

–                           En qué lío te habrás metido…

–                           En uno muy gordo.

Acto seguido, intentó apaciguarse y olvidar que allí estaba de nuevo el coche azul. Porque sí, lo que había visto tras el vidrio había sido el maldito coche azul del día anterior. Definitivamente le estaban siguiendo. Esa idea le acució sobremanera, torturándole. ¿Y si el tipo se hallaba dentro del bar, tomando una copa tranquilamente? El tipo más cercano estaba a tres mesas de distancia.

Lo único que se le cruzó por la cabeza para relajarse fue buscar vías de conversación muy alejadas de la mantenida. No obstante, David no ayudó mucho en la tarea, porque estaba completamente interesado en su problema y no logró centrarse en otra cosa que no anduviese relacionada con el espionaje. Tras tres intentos fallidos, Eric se vio obligado a tirar la toalla y dar un golpe sobre la mesa. Al principio la gente le miró, pero luego consideraron que sería otra de las bromas suyas de siempre y le olvidaron.

–                           No me llames, David. Ya lo haré yo.

–                           ¿Y qué pasa si lo hago? – le desafió, sonriente.  

–                           Que puedes ser hombre muerto. – Le pegó el último sorbo a la cerveza y se despidió –. Ya pago yo. No salgas hasta de aquí un par de minutos.

Se quedó hecho polvo. Apenas parpadeó, ni siquiera habló o replicó. Afortunadamente para él, había resonado con fuerza en su cabeza y había comprendido la situación a la perfección. Acató la orden y no se movió. Eric, por su parte, pagó y se largó.

No pudo esquivar una mirada furtiva al coche azul, allí aparcado, pacíficamente. Reexperimentó la dichosa sensación de que adentro había alguien, pero se convenció de que eso era un bulo. El tipo había entrado al bar y se había tomado una copa. <<Ya le pillaré. Sólo es cuestión de tiempo.>>

Sí, porque… bueno, el que le seguía sabía que Eric sabía de su existencia, pero lo que ignoraba radicaba en que Eric no era tan tonto  como se podría imaginar.

Ni tan previsible como el Hombre de Negro podría creer.

 

 

 

 

–                           ¿Entonces se lo queda? – preguntó el hombre a cuadros. Inconscientemente, se estaba fregando las manos, incrédulo a una posible venta.

–                           Pues sí. Me va a venir de perlas – contestó haciendo que sí con la cabeza, satisfecho.

–                           Pues acompáñame.

Eric se había acercado al primer concesionario de coches de segunda mano que había visto, y, impulsado por una sensación nueva y extraña, se había convencido de que ahí dentro daría con el coche que buscaba. Y así había sido. Tan sólo había necesitado unos pocos minutos para quedarse impresionado por un coche, del que, si bien no era lujoso ni del otro mundo, le había encantado el diseño. Sin tener que pensárselo, había corrido hacia su interior y se había sentido ya dueño y señor mientras probaba las marchas y se imaginaba por las carreteras de Lartos. Ni siquiera había necesitado el asesoramiento de un tipo a cuadros que apestaba a colonia barata y desodorante.

¿Y cuál había sido esa sensación? La desconocía. Tampoco le importaba. Había sido flechazo a primera vista y punto.

Lo mejor de todo fue que su precio no se elevaba demasiado. Para su sorpresa, se había mostrado reacio a creer que algo tan bonito y lujoso pudiese resultar tan barato. No le dio muchas vueltas al asunto, tampoco. De hecho, se congratuló.

El tipo a cuadros, el típico estúpido sin dos dedos de frente, cuya única meta consistía en vender desesperadamente algo sin alma, le llevó a una mesa muy desorganizada y le pidió que se sentase. Una vez hecho eso, procedió a mostrarle toda la información perteneciente al coche y luego detalló el precio y todo el papeleo. Una gran sorpresa se llevó (o una gran alegría, más bien) cuando Eric le informó de que pagaba al contado. El vendedor no abrió la boca mucho, pero poco le faltó para tragarse una mosca. Se le subieron los colores a la cara, y si ya le habían tratado con amabilidad, a partir de entonces le trataron como si fuese el propio rey. Eric ni se sintió halagado ni entró en el juego; simplemente se limitó a contestar lacónicamente todas las preguntas y a llevarse el coche cuanto antes. El vendedor quiso rechazar el que ese mismo día ya se llevase el coche, pero Eric presionó excusándose en que le urgía tenerlo y en que le era imposible esperar.

Así que así fue como consiguió el coche: una tarea muy fácil si tus bolsillos están cargados de billetes. Una vez que salió del lugar con el coche en su poder, experimentó lo que significaba adquirir un producto de alto coste con el movimiento de una mano. Esa simple acción le otorgó algo así como poder, no sólo sobre simples objetos sin corazón, sino también sobre humanos desesperados por vender. Por primera vez fue capaz de entender porqué a tanta gente le tentaba estafar a la gente. Al salir, había tenido ganas de volverse y de engañar a ese pobre frívolo, pero se hizo que no con la cabeza y se alejó con el coche.

Al principio comenzó a dar vueltas por la ciudad como quien no tiene otra cosa que hacer, como quien posee mucho dinero y tiene que gastarlo de alguna manera. Más tarde se dio cuenta de su estupidez y se echó a reflexionar en dónde guardaría el trato. Además, existía algo muy simple: no tenía seguro, por lo que exponerse a las calles por mucho tiempo conllevaba su riesgo. Salió de la ciudad, se paró en una explanada a la que siempre le gustaba acudir en momentos de reflexión o necesidad y meditó.

–                           ¿Adónde? – se inquirió más de diez veces, sin responderse en ninguna de ellas. 

Al final sólo apareció en su cabeza la única persona que parecía haberle ganado confianza en los últimos días. Sin estar muy convencido, se dijo de ir a ver al Manitas, con la esperanza de que al menos le pudiese esconder el coche por una noche. ¿Aún estaría en su taller? Echó un vistazo al reloj: no pasaban de las ocho. Un poco justito.

No obstante le sonó el móvil. Acostumbrado a que en los últimos días se moviese de un lado para otro no le sorprendió que le llamasen. Sin embargo, cuando descubrió quien le llamaba, abrió los ojos como platos y cogió aire.

–                           ¿Hermanito? – balbuceó una voz suave y cansina al otro lado de la línea.

–                           Hola, querida hermanita. ¿Qué hay? – Instantes después se quedó pensando desde cuándo la saludaba tan efusivamente y desde cuándo se molestaba en preguntar por sus cosas.

–                           Pues nada. Esperando a que venga mi novio, que me va a llevar a un restaurante de cinco estrellas. ¿Te lo puedes creer? ¡Voy a entrar en El five! ¿Te lo puedes creer?

–                           Sí, me lo puedo creer. Qué menos se puede esperar de un ricachón. ¡Pues hala, a disfrutar!

–                           Ya ves. – Se paró y pareció quedarse pensativa. Mas en realidad se había puesto a beber un trago –. Oye, ¿te acuerdas de que el otro día te hablé de que necesitaban a un arquitecto?

–                           Sí, me acuerdo. De hecho me lo dijiste ayer.

–                           Qué gracioso – se quejó emitiendo sonidos muy extraños –. Bueno, pues esta mañana he tenido la oportunidad de hablar con su padre y me ha pedido que te preguntase si podías pasarte mañana por la mañana o, a más tardar, a la mañana del día siguiente. ¡Ves como te lo dije! ¡Vas a trabajar para ricachones!  Porque vas a aceptar, ¿verdad? Si no lo haces, dejas de ser mi hermano.

<<Pues no estaría mal. Así me libraría de tener que matarte… >>

Eric restó patidifuso. Rumiando acerca de todo lo que eso implicaba, divisó dos partes muy opuestas. La primera, y la más clara, yacía en que se le brindaba la posibilidad de ahondar en esa familia y quizá descubría detalles que le ayudarían a desembrollar el misterio alrededor del planeado asesinato a su hermana. La otra parte, sin embargo, yacía en que no podía perder el tiempo en visitar a gente. Pensándolo fríamente, apenas le quedaban siete días para satisfacer los deseos del Hombre de Negro. ¡Qué lío! La sensación esa de que el tiempo corría en tu contra le ahogaba a uno.

–                           ¿Hola? ¿Hermanito?

–                           Sí, sí. Estoy aquí. Es que estaba mirándome qué obligaciones tenía para mañana.

–                           Mentiroso. Tú nunca has usado una agenda en tu vida.

–                           Ay, calla, que te lo digo en serio. A ver, en principio mañana podía pasarme. ¿Está muy lejos?

–                           Está algo retirado de la ciudad, pero no te preocupes: le puedo pedir a mi novio que te pase a buscar.

–                           ¡Oh, no! No hace falta, yo mismo me espabilo.

–                           ¡No seas tonto! Por una vez aprovéchate. Además, tú no tienes coche.

Eric paseó la mirada a su alrededor. A punto estuvo de decirle entre carcajadas que sí que tenía uno, pero se lo guardó. En vez de eso contestó:

–                           Está bien… Por una vez me aprovecharé. ¿Así mejor?

–                           ¡Sí! – profirió con esa voz de niña y con esa voz de pito que él siempre había detestado.

–                           Está bien. ¿A qué hora quedamos?

–                           ¿Entonces irás mañana por la mañana? Déjame que lo comente con Filipo y te envío un mensaje. ¿Sí?

–                           De acuerdo.

Ella de despidió, muy contenta. Cuando él colgó, le ardieron unas ganas enormes de lanzar el móvil por la ventana y partirlo en mil pedazos. Afortunadamente, lo soltó y el aparato se cayó al asiento copiloto. Resopló.

Salió para mear. El aire le refrescó mucho. Le calmó además. También le ayudó a meditar concienzudamente. Se preguntó si era buena idea acudir a el Manitas. No se le ocurrió ninguna opción más para su coche. Podía aparcarlo a unas cuantas calles de su casa, pero a él le costaba mucho pensar de buenas a primeras. Siempre necesitaba tiempo para reflexionar. Si el Manitas le hacía el favor, tendría toda la noche y el día siguiente para abordar el asunto y encontrar un sitio adecuado para que pasase desapercibido y del que no le requiriese andar mucho.

Retornó al coche y condujo hasta el taller/tienda de antigüedades de el Manitas. Condujo lentamente, aunque en muchos momentos le tentó pisar el acelerador. Pero recordó que aún no tenía el seguro en su haber. ¡Ay si le paraba la policía! Mientras esperaba que un semáforo se pusiese verde, se figuró una escapada emocionante pero perjudicial al final para él, siendo detenido y arrestado y enjuiciado.

Se encontró el sitio abierto. Se alivió al poder empujar la puerta hacia adentro, habiéndose puesto muy nervioso. Sobrepasó todas las antigüedades, el pasillo y el mostrador, oliendo un extraño tufo que le hizo preguntarse qué demonios se cocería ahí y que le hizo recibir varios escalofríos. Sobrepasó también el lavabo y bajó hasta el taller. No le halló por ningún sitio.

–                           ¿Hola?

Silencio escalofriante. Empezó a girarse sobre sí mismo y aguzó el oído. Más silencio. Fue hasta el coche, oteó por debajo de éste, metió la cabeza en la oficina,… pero ni rastro. Quizá había salido, o quizá… Se imaginó a un Manitas muerto, escondido tras un armario, habiendo dejado tras de sí todo un charco de sangre que su asesino se había olvidado de limpiar.

Sin embargo, en vez de eso, se topó contra algo inesperado y desconcertante. Habiéndose relajado, creyendo que se encontraba solo, una voz desde la espalda le gritó:

–                           ¡No te muevas!

Acto seguido sonó un clic.

Involuntariamente procedió a volverse.

–                           ¡Como te muevas te vuelo los sesos, cabrón! ¡Arriba las manos, donde las pueda ver!

Acató la orden. Muy lentamente alzó los brazos. Las piernas le temblaban, cual a un niño amenazado por niños más grandes. De súbito le urgió hacer pipi. Se sintió ridículo e inexperto. Recordó que la pistola se hallaba escondida en su habitación y se arrepintió de no habérsela llevado. ¡Qué estúpido! Le faltaba tanto por aprender…

–                           Dame una razón por la que no deba pegarte un tiro.

Se le escaparon los argumentos y se le bloqueó el pensamiento. Cerró los ojos. Notaba cómo se le habían formado grandes gotas de sudor y cómo se acumulaban alrededor de sus ojos. Apretó los dientes.

–                           ¡Número 2! – profirió una voz.

Esa voz se asemejó a la voz de un ángel salvador. Mas no abrió los ojos, aguardando.

A lo lejos sonaron unos pasos que bajaban las escaleras. A Eric le pareció reconocer esos pasos, pero, de nuevo, no se aventuró a abrir los ojos. Podía encontrarse con una sorpresa muy desagradable. Prefirió esperar y rezar en lo más hondo de él. Jamás había creído en Dios (y menos ahora que se codeaba con matones y gente sin alma), pero de golpe se había ido al traste toda su filosofía religiosa y necesitaba de un ser superior. Tan sólo le faltó juntarse las manos…

–                           Baja la pistola. Es uno de los nuestros. – Entonces reconoció la voz. Era el Manitas. Seguía bajando las escaleras. 

–                           Date la vuelta. Lentamente.

–                           Número 2, por favor…

–                           Calla. Date la vuelta. ¡Ya!

Se giró sobre sí mismo. Muy lentamente. Abrió los ojos y todo se le antojó que daba vueltas. Buscó unos segundos para relajarse pero no encontró el tiempo para efectuarlo. Se giró… y por poco no volvió a cerrar los ojos. No respingó, no pegó ningún grito, no retrocedió. Restó petrificado. Delante de sí, a no mucha distancia, vio a un hombre que vestía un traje y llevaba gafas de sol. Le estaba encañonando con una pistola grande e imponente. Sonreía, muy anchamente. Disfrutaba apuntándolo, y seguramente disfrutaría matándolo a tiros. Eric no fue capaz de tragar imaginándose muerto. De hecho no hizo nada, aparte de temblar y sudar. Oyó a el Manitas acabar de bajar las escaleras y acercarse.

A pesar de las gafas de sol, pudo distinguir que le estaban observando muy fijamente. Tuvo miedo, mucho miedo. Ese tipo le infundió una sensación asfixiante, y por primera vez la realidad cayó sobre él y le dejó bien claro que, si quería salir adelante y engañar a el Hombre de Negro, debería enfrentarse a tipos como esos. Recordó que cuando, atado a la silla frente a el Hombre de Negro, éste había mencionado los nombres de Número 2 y Número 3, Eric se había dibujado unos “números” con cuerpos de culturista, de aquellos cuyos músculos rompían camisetas y cuyos cuerpos ocupaban media calle. Empero, este Número 2, el Número 2 en carne y hueso, no presentaba un aspecto tan musculoso ni era muy ancho. Ni siquiera era robusto. Básicamente destacaba por su altura. Pero Eric entrevió que su agilidad y su astucia suplantaban con excelencia esa aparente deficiencia de fuerza.

Segundos parecieron minutos. Aguantó como pudo (le pesaban los brazos), hasta que de sopetón Número 2 se partió de la risa. Su carcajada reverberó por todo el taller, y a Eric se le puso la piel de gallina. Se carcajeó largo rato, doblándose y apoyándose a un pilar de hierro. A Eric le aturdió tal actitud. También le desconcertó. Bajó los brazos y se calmó un poco, si bien los nervios no desaparecieron y se hicieron evidentes en movimientos inconscientes. 

–                           ¡QUÉ BUENO! ¡DIOSSSSSSSSSSSSSSSS! ¡CÓMO MOLA!
Se guardó la pistola y se puso a aplaudir. 

–                           ¿Ya estás contento? ¿Satisfecho?

–                           ¡MUCHO! ¡JAJAJAJA!

El Manitas se acercó hasta la posición de los dos (cargaba con un refresco en la mano y su toalla reposaba en su hombro). Cuando estuvo al lado de Eric, posó una de sus dos manos sobre el hombro de éste último. Eric advirtió que el Manitas tenía las manos de grasa, pero el miedo y el desconcierto le impidieron reaccionar. De todos modos, tampoco le hizo falta quejarse: el Manitas mismo retiró la mano.

–                           No le hagas caso – le aconsejó –. Está un poco chalado.

–                           ¿Y tú no? Todos nos acabamos volviendo locos en este mundo.

Número 2 se guardó la pistola, risueño. Marcaba la misma sonrisa que Federico, allí, en la terraza, tras aquel encuentro con el Hombre de Negro. Por lo visto, resultaría todo un ritual en ese mundo del Hombre de Negro. Eric se preguntó si él también se bajaría del burro y caería en esa moda. No quiso averiguarlo.

–                           ¿Estás bien? – se preocupó el Manitas.

–                           Claro que está bien – terció Número 2, burlándose –. Si es uno de los nuestros que le apunten con una pistola no significa nada. ¿Verdad Eric?

Así que, después de todo, el tipo ese había sabido desde el principio quién era. Eric se sintió estúpido e inútil. Ese burlón se había reído de su cara.

–                           ¿Tú eres el que me sigues a todas partes? – desafió Eric inesperadamente.

Sin apartar la sonrisa, contestó:

–                           ¿Seguirte yo? Tengo cosas más importantes que hacer.

–                           ¿Alguien te está espiando? – preguntó el Manitas.

–                           Eso parece.

–                           En este mundo es normal – explicó Número 2 –. Se trata de acostumbrarse. A ver, yo sí que te seguí y observé, pero hace meses. ¡Qué vida más asquerosa y aburrida que tienes, por cierto! No me aburrí ni nada siguiéndote.

–                           No tengo muchos secretos.

–                           Y aunque los tuvieras, a nosotros no se nos escaparía ninguno.

Ambos se miraron, con desdén y desafío. Como los ojos de Número 2 no se apreciaban, supusimos que éste replicó en silencio a la mirada prácticamente visceral de Eric. El Manitas observó todo eso.

–                           Bueno, ¡qué más da el pasado! Brindemos que ahora todos estamos en el mismo barco. ¿Alguien quiere un trago?

La escena de dos pistoleros observándose (aunque a uno le faltaba el arma) trajo silencio al ofrecimiento de el Manitas. Seguramente acostumbrado a númeritos como esos, dejó que el río fluyera.

–                           Bueno, debo irme – anunció Número 2 –. ¿De momento todo bien Eric?

–                           Claro. ¿Qué podría pasar?

–                           Que te pasases de listo. He tratado con tipos como tú y os creéis los mejores. No me caes bien, ¿me oyes? Ya se lo hizo saber al Jefe y se lo seguiré diciendo, hasta que te pudras en el infierno. Y ya me encargaré de triturarte yo mismo.

–                           No hará falta. Cuando cumpla la misión desaparecerá del mapa.

Otra vez Número 2 se carcajeó, y esta vez tuvo que cogerse las gafas para prevenir que se fuesen al suelo. Eric distinguió unos ojos verdes oscuros, los cuales, junto a su rostro “de robot”, se asemejaban a los de un ser no humano. Pero Eric apenas prestó atención a los ojos. Tenía clavadas en la cabeza las últimas palabras de ese chalado. Prácticamente había dicho lo mismo que el Hombre de Negro en la terraza de la discoteca. ¿Quizá ya habían previsto…?

–                           ¿Desaparecer tú? Al contrario. El Jefe te usará más.

Con un gesto se despidió de el Manitas y le susurró algo a la oreja. Presto le guiñó el ojo a Eric y se marchó. Eric apenas reaccionó.  

Por la forma cómo salió quedó evidente que Número 2 provocaba menos ruido que un gato al andar. Sin girarse, Eric intentó escuchar sus pasos en la medida que pudo, si bien su cabeza era un hervidero de pensamientos y preocupaciones. Apenas advirtió nada. 

Eso le acabó por congelar.

Al final desapareció, o a Eric eso le pareció, ya que no hubo justificación alguna. 

–                           ¿Estás bien? 
            Eric reaccionó cual quien se ha recién despertado. Dedicó a el Manitas una mirada inocente y carente de perversidad. Éste le sonrió, mientras se rascaba la barriga y las partes bajas.

–                           Eric…

–                           Sí, sí. No pasa nada.
            Buscó una silla. Localizó una cerca del coche destartalado. Se encaminó hacia allí y se sentó. El Manitas, previendo de qué iba todo, fue a por una silla también.

–                           Un tipo duro Número 2, ¿verdad?

–                           Buf…

–                           Bueno, es lo que hay. En este mundo asqueroso este tipo de gente es la que vale. 

Eric no escuchaba y el Manitas se percató. Lanzó sus guantes grasientos al coche, e increíblemente acertó en colarlos por una ventanilla. Eufórico, exclamó un ¡sí! que buscó la complicidad de Eric, quien no reaccionó. Tan sólo le contempló con ojos cansados.

–                           Le das demasiado tú al coco. Madre mía, creo que eres el primero que piensa más que dice. Mira que llevo años manchándome las manos con tipos que derraman sangre, pero tú… Tú tienes pinta de ser un tío muy listo. ¿No estarás pensando en jugarle una mala pasada al Jefe?

–                           No. Pero no puedo matar a mi hermana.

–                           Entonces ya le estás jugando una mala pasada. 

–                           ¿La matas tú?

–                           A mí no me han mandado matarla. ¿Quieres que volvamos a lo de ayer?

–                           No, gracias.

–                           Necesitas aclararte, despejarte las ideas. No luches contra la marea: te arrastrará y te devorará. Hazme caso.

Eric asintió, aunque no aparentemente convencido. El Manitas no insistió más. Pero plegó las manos, esperando. 

–                           ¿Aquí la gente no tiene nombre? – inquirió tras unos segundos de silencio.

–                           Por supuesto que no. En este mundillo no puedes tener nombre. Eres un don nadie. Te ves con alguien, lo tratas, obedeces, cumples con el deber y te vas a dormir. Tienes una doble vida. ¡Como los superhéroes! Pero nosotros no llevamos mascaretas. 

–                           A excepción de el Hombre de Jefe. ¿Por qué se molesta en…?

–                           ¿…en llevar todo ese disfraz? Porque le aporta protección. 

–                           ¿Protección de qué? 

–                           De la justicia. 

–                           Un día lo pillarán.

–                           Lo dudo. Si no lo han hecho ya, lo más probable es que no lo consigan nunca.

–                           Me imagino que sería una putada para ti si lo pillasen.

Caviló al respecto. Se alborotó su poco pelo rizado, oteando al techo.

–                           Me la suda, sinceramente. Cuando ya te has manchado de sangre y te has librado, no te importa mancharte otra vez. 

–                           ¿Has matado alguna vez? – El Manitas dijo que no con la cabeza –. ¿Y no te molesta saber que proporcionas material para matar?

–                           Regresas al tema de la moralidad. Siempre regresas a eso. Creo que la próxima vez que lo menciones te pegaré una descarga.

–                           Perdón…

–                           En fin. A ver, que se hace tarde. ¿Para qué has venido?

Extrañamente el Manitas borró cualquier rastro de alegría de su rostro, endureciéndose. Eric apreció que la seriedad le otorgaba un aspecto tenebroso. Además, también le hacían asemejarse más a un indigente. Su poca asiduidad a afeitarse y su aspecto desaliñado y grasiento alentaban a ese sensación. Él le observó muy cuidadosamente.

–                           Vivir en una isla. – Pero el Manitas no sonrió –. No, en serio. Hoy me he comprado el coche y no sé dónde meterlo. No es plan de aparcarlo en mi casa y que mi madre me vea y me empiece a preguntar.

–                           ¡Qué detallista! ¡Sólo se te ha ocurrido la casita de Papito Manitas!

–                           Jeje. Te prometo que sólo será hoy. Es tarde y no se me ocurre ningún sitio. Esta noche lo consultaré con la almohada.

–                           No sé, no sé,… Déjame ver. – Paseó la mirada por todo su taller. – Quito unas cositas. Un segundo.

Se dirigió a una esquina en la que el polvo anidaba. Allí yacían escampadas herramientas de trabajo, la mayoría de ellas oxidadas o con mucha necesidad de un trapo. El Manitas se agachó y comenzó a recogerlas. Eric no prestó ayuda, ni siquiera se ofreció o preguntó. A el Manitas no pareció importarle. Éste apartó todas las herramientas y las dejó junto a un pilar que se hallaba cerca. Por un momento desapareció de la vista de Eric y éste temió que se hubiese marchado o que fuese a por una pistola. Afortunadamente, volvió a avistar sus pelos rizados y grasientos.

–                           Tráemelo – dijo al fin.

–                           ¿Cómo llego hasta la puerta? – inquirió señalando la única por la que podían acceder los coches.

–                           Ah, sí. Tienes que dar la vuelta a la calle. Allí verás unos cubos de basura. Apártalos. Luego ve hasta la pared y pica.

–                           De acuerdo.

Sin demorarse, salió del sitio y se metió en el coche. Al sentarse le invadió una sensación placentera.

–                           Yo con coche ya. Quién me lo iba a decir hace una semana.

Acarició un poco el volante antes de ponerlo en marcha. Luego procedió a dar la vuelta al bloque. Conduciendo muy despacio, descubrió que el Manitas se había olvidado de mencionar que la calle de atrás casi no era una calle, por su estrechez. Se figuró que esa calle básicamente serviría para que furgonetas se pasasen para repartir sus mercancías. Pero casi ni las furgonetas cabían apenas. Con mucho miedo, recorrió muy lentamente hasta ver un par de cubos de basura, de los que imaginó que el camión de basura no pasaría a recoger en esa misma calle sino que lo haría en la calle que se le cruzaba. Se apeó y los apartó, no sin antes comprobar que no merodeaban curiosos cerca. Al pasear la mirada entendió por qué el Manitas no se había molestado en pedirle precaución; no hacía falta, ya que estaba muerta la zona, especialmente anocheciendo.

Lo que vino a continuación le desconcertó un poco. Tras los cubos de basura vino la pared, embellecido por un graffiti tan grande como extraordinario. No le convenció eso de que tuviese que picar tres veces. Habría gato encerrado. ¿O…?

Le habían ocurrido cosas tan increíbles y pasmosas que ya se podía creer cualquier cosa. Se acercó a la pared y se echó a tocarla. Le dio la sensación de sólo estar tocando pared. ¿Cómo iba a picar? Flipando, se sintió un estúpido cuando cerró el puño y se dispuso a picar. Picó tres veces, perjurándose que no serviría de nada. Y efectivamente, no ocurrió nada. Pero no ocurrió nada en los primeros segundos. Al minuto o así Eric oyó que algo se movía. Increíblemente, Eric comprobó cómo ese graffiti que mostraba una mujer fumando en pose sugerente fue deformándose hasta empezar a aparecer el taller de el Manitas por debajo la rampa. Asombroso.

–                           ¿Has visto un fantasma? – le preguntó el Manitas –. ¡Mueve el culo, anda, y mete el coche!

–                           Ehm… Sí, sí, perdona.

Se había dormido en los laureles.

Cruzó la rampa. El Manitas, entre tanto, colocó los cubos de basura a su sitio original y bajó la puerta-pared estirando de una cuerda que colgaba. Acto seguido con la mano le indicó que frenase y que le dejase meterse y aparcarlo en una esquina.

–                           Chulo el carro. ¿Cuánto te han pedido?

–                           Ocho mil. 100 caballos, cuatro años, diesel. Me ha gustado mucho.

–                           Buena elección – le felicitó –. No llamarás la atención. Me extrañaría que algún madero te hiciese parar.

Se metió en el coche y lo dejó a un lado. Luego con la mano le pidió que se acercase.

–                           ¿Lo necesitas mañana por la mañana?

A Eric la pregunta le pilló la sorpresa y no pudo evitar abrir los ojos como platos.

–                           ¿Por?

–                           Me gustaría trucártelo un poquito. Ponerte unas cositas que te harán muy bien.

–                           ¿Como qué?

–                           Como un detector de coches de maderos.

–                           ¿Existen?

–                           Para el Manitas muchas cosas impensables existen.

–                           Todo tuyo. Me pasaré por la tarde.

El Manitas afirmó con la cabeza, con un semblante serio y recto. Eric recordó a el Manitas que le había preguntado a qué había venido, a el Manitas que había endurecido su rostro, y entendió que tocaba desaparecer. Tendiéndole la mano, se despidió de él.

Ya prácticamente las farolas alumbraban las calles, tan solitarias en esa zona como cualquier día de agosto en una ciudad pequeña.  Eric tuvo la suerte de que tal cual llegó a la parada de autobús el vehículo de transporte, el basto y largo vehículo de trasporte, hizo su aparición. Unas pequeñas gotas le cayeron sobre la cabeza justo cuando subía.

Esa tarde él llevaba unos pantalones de pana con unos bolsillos enormes. Hurgó la mano en ellos y notó muchos billetes en su bolsillo. Rememoró entonces el momento en que había efectuado el pago del coche, tendiéndole al estúpido vendedor un gran fajo de billetes. El muy estúpido no le había preguntado por qué demonios llevaba tantos billetes en el bolsillo. Otro quizá hubiese iniciado un cuestionario y, quizá, hubiese dudado en si llamar a la policía o no. Pero a ese no le había importado ni un comino. Tan sólo había babeado en cuanto los billetes le habían brillado en toda la cara. Eric sonrió por detrás de la ventana, viniéndole una auténtica descarga de vibraciones placenteras en sus carnes. Otra vez ese poder…

Mas instantáneamente después pensó en el Manitas y en el trucar del coche. ¿Qué le pretendía meter? Eric se juró que en cuanto se llevase el coche a un escondite en el que aún debía pensar llamaría a un colega que conocía de hacía mucho tiempo para que le chequease el coche de arriba abajo. No podía olvidar que el Manitas trabajaba para el Hombre de Negro y que éste quería ver a la chica muerta. Esto podía implicar que en su coche mañana hubiese todo tipo de cables y máquinas que le hiciesen localizable.

Se arrepintió enormemente de habérselo llevado.

–                           ¿Por qué yo…? – susurró.

¿No podía haber previsto el Hombre de Negro que él estaba incapacitado moralmente?

Faltaban piezas en el puzzle. Muchas piezas. 

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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