Quinto capítulo Novela Negra

V

 

Su madre siempre le había implorado que estudiase duro para así obtener unas nóminas mensuales con unas cifras estratosféricas o, como mínimo, felizmente sorprendentes. Siempre se le quedaron grabadas en la cabeza aquellas palabras que su madre había pronunciado ante él y ante su hermana poco después del desastroso divorcio, haría como alrededor de quince años. Eran muy pequeños, y en un día en que la comida no les brindó un banquete muy tupido, ella les había hecho prometer que harían lo posible y más para brillar en la vida y para ganar lo que no estaba escrito. Eric siempre había pensado que el momento en que ella había pronunciado las palabras le había venido de perlas: hambre, sed, ahorro, soledad, silencio, privaciones,… Tanto en él como en su hermana se había marcado una cruz ardiente, además de una espada de Damocles que les había amenazado día tras día. Y ahora, quince años más tarde, parecía que ambos podían dar con el clavo, sin tener en cuenta la moralidad.

No obstante, su hermana le había ganado ventaja, y aparentemente sin tener que recurrir a tratos con macabros mafiosos.

Ya en plena mañana, algo avanzada, con el sol apuntando bien alto en el cielo, Eric estaba en el extensísimo terreno de la familia del novio de su hermana. Estaba completamente asombrado y patidifuso, admirando con deleite cada parcela. Giraba sobre sí mismo, intentando abarcarlo todo con la mirada. Boca abierta, pulsaciones a mil. Su mente no podía dar crédito. ¿De verdad alguien podía albergar tan exagerada e incontable suma de dinero?

Se había despertado con cierto titubeo a propósito de la visita a ese familia multimillonaria, pero a medida que se había ido despabilando se había ido convenciendo de que podía ser una gran oportunidad para él. Ignoraba si hacía bien o mal, de si el Hombre de Negro le castigaría si se enteraba (que se enteraría, segurísimo), pero quizá el riesgo valía la pena. Aun cargándose a su hermana, quizá pudiese mantener vínculos con los miembros de la familia de una forma u otra.

¿Aún cargándose a su hermana? A lo mejor se estaba excediendo un poco. No se cargaría a su hermana. ¡Ni siquiera siendo apuntado por el Hombre de Negro!

Pero ahora que estaba ahí, restregándose los ojos, una puñetera sensación le aseguró de que había hecho lo correcto.

Al final ni su hermana se había acordado de enviarle el mensaje ni le había ido a buscar el novio de ella. Lo mejor de todo es que él se había despertado pensando que todo había sido concretado ya con aquella llamada, habiéndolo olvidado por completo. Así que no le había sorprendido, tras desayunar y asearse bien, cuando habían picado alrededor de las diez de la mañana. Recogió las cosas con cierto nerviosismo y tiró a la basura una nota que su madre le había escrito, pidiéndole sentido común y deseándole toda la suerte del mundo en la visita. Al bajar descubrió un coche deportivo que debía costar un riñón con un hombre elegantemente vestido esperando junto a la portezuela del conductor. Sin tiempo de empacharse de la belleza del carro, ese hombre le ayudó a entrar y le llevó hasta el palacio. Hasta el más que impresionante palacio.

El hombre, seguramente algo así como un mayordomo, se había mostrado bastante lacónico y parco en palabras. Separado por un vidrio, en ningún momento se giró para mirarle, echarle un vistazo o simplemente comprobar que nada fuese mal. Alguna vez le comentó ciertos aspectos del caserón. Normas y tal. Eric tan sólo se quedó con el nombre de la familia: Fellini. A él el nombre le causó buenas sensaciones, y por un momento se imaginó formando parte de la familia. Eric Fellini. No sonaba mal…

Y así se había quedado hasta antes de llegar al sitio: hundido entre la tela suave y muy cómoda del asiento, ensoñando, con una sonrisa imborrable,…

A pesar de la ensoñación, se había fijado muy detalladamente en el camino que había tomado el mayordomo. Le vendría bien por si debía regresar en el futuro. Tras salir de la ciudad, habían recorrido una carretera falta de atractivo y con ciertos desperfectos. Una muy larga carretera. A los cinco minutos más o menos tomaron un desvío hacia la derecha y se adentraron a otro carretera, esta vez más estrecha y que prácticamente sólo permitía el paso de un coche. Luego el asfalto desapareció y todo se volvió guijarros, unos junto a los otros, todos bien conectados y formados, para permitir un viaje plácido. Este nuevo camino no pareció acabarse nunca, y casi se le cayeron los ojos. Pero tras varios robles y arbustos distinguió una verja que bien podía ser la entrada de un cine con multisalas. Eso le despertó de golpe, sin necesidad de desperezarse o pellizcarse. Principió a alucinar y desde ese momento sus ojos no descansaron.

Se apearon.

Bosque al principio y luego civilización. Así se había presentado “el terreno Fellini”. Traspasando la verja, más pulcra que un mueble recién pintado, uno “se enfrentaba” a toda una vasta extensión de terreno con flores, árboles, arbustos y animales. Eric se había cruzado con un perro, tan enorme como un oso, pero creyéndose que sería el único que pulularía por ahí luego se había topado con otro igual de grande, lo que le había hecho comprender que el lugar estaría atiborrado de perros. También había avistado algún que otro gato, tan huraños y solitarios como muchos otros gatos en el mundo. Pero los gatos a él ni le iban ni le venían.

–                           Detesto todo esto – le había confesado el mayordomo mientras recorrían el bosque –. Un día meterán un bicho más grande que tú y yo y acabaremos todos enterrados.

La verdad era que el mayordomo destacaba por su altura.

Finalmente, tras haber andado como cinco minutos, habían arribado a la civilización. En varias ocasiones, durante el trayecto, le había querido preguntar por qué habían detenido el coche y por qué tenían que cruzar la parte del bosque andando. Sin embargo, algo le cohibió. Básicamente porque estaba impresionado y sobreexcitado. Cuando ya se calmase, las preguntas saldrían por sí solas.

Así que tras dejar el bosque atrás Eric había contemplado otra grande verja, electrónica y atrapada entre dos muros altísimos con ladrillos de color granate. Una vez superada, desfilaron ante sus ojos multitud de objetos, de formas, de dibujos, de dinero,… Le asombró todo tanto que apenas percibió la cantidad de perros que se congregaron junto a sus piernas, con los rabos alzados y con miradas cándidas, ávidos por conocerle.

¿De verdad alguien podía albergar tan exagerada e incontable suma de dinero?

–                           Por favor, no se entretenga – le rogó el mayordomo, algo asustado de que tantos perros se hubiesen acercado al joven –. Al señor no le gusta que le hagan esperar.

–                           Sí, disculpe.

El mayordomo tomó la delantera y Eric se colocó detrás. A pesar de que le siguió, a cada paso que Eric dio el mayordomo dio doble. Inevitablemente Eric no pudo hacer caso de las palabras del mayordomo y, embelesado, se dejó cautivar por esa extensión de terreno repleta de excentricidades, diversiones y muestras de poderío económico: una piscina casi del tamaño de una casa, varios jacuzzis, un centro de cosmética, una pista de golf, estatuas,… Eric apenas dio crédito a lo que sus ojos apreciaron antes de pisar la propia mansión. De hecho, sólo se percató de la multitud de perros cuando pisó la pata de uno por accidente y se asustó al oír un ligero aullido. Quiso explorar todas y cada una de las parcelas del terreno, porque estuvo convencido de que tras todo lo que veía se escondían más cosas. Mas el mayordomo se lo impidió. Habiéndose retrasado, lo descubrió a lo alto de una escalinata, esperándolo con cierta impaciencia, con un rostro de disgusto. Corrió al trote hasta su posición y se disculpó de nuevo.

–                           Es normal – le exculpó –. Sólo un ciego no se entretendría.

Le acompañó hasta la entrada. El primer salón que se le presentó ante sí resultó anonadante. Seguramente permitiéndole que se empapase de toda esa belleza, el mayordomo se disculpó argumentando que iba en busca del dueño, y desapareció. Eric apenas le prestó atención: sus ojos se lanzaron de esquina a esquina, escrutando cada milímetro. Alfombra roja y muy suave escampada no sólo por ese salón de entrada sino seguramente por los salones colindantes; sillones, divanes y mesas de lujo que relucían con el sonido de un pequeño toque a un vidrio muy frágil; dos marcos de color oro y hiedras pegadas a las esquinas de los techos; una escalera de color gris/plata que se encorvaba hacia afuera. Todo le impresionó, pero hubo algo del que, una vez cazado con el ojo, no pudo abstenerse a mirar, y eso fue un cuadro gigante que prácticamente ocupaba un buen cuarto de la pared opuesta a la entrada principal. Se acercó y lo tocó con la yema de los dedos. Tal como había esperado, la textura le produjo una sensación placentera, que incluso le instó a sonreír. Le encantaba tocar la pintura; siempre le embriagaba con muy buenas sensaciones. La tocó varios minutos, y retiró la mano sin desearlo. El motivo de tal acción  la tuvo un chico que apareció junto a las escaleras. Él había retirado la mano justo en el momento en que ese chico, al que no había oído aproximarse, había pronunciado:

–                           Vaya, vaya.

Cuando alzó la vista y le pilló con la mirada, distinguió un chico medianamente alto (sería de su misma estatura), rubio, de tez bastante blanca. Tras pronunciar esas palabras procedió a bajar las escaleras, y fue entonces cuando además descubrió que estaba muy bien mudado (con camisa, pantalones y zapatos) y que su pelo estaba engominado (tirado hacia su lado izquierdo).

–                           Tú debes de ser Eric.

–                           Sí.

Le tendió la mano. Con una fuerza sobrenatural el chico ricachón le apretó la mano, y casi se la dejó inútil. Echó una mirada a sus brazos y lo vio fortachón. Un tipo de gimnasio, vaya. Aparte de eso, apreció que tenía algunas pecas pequeñas escampadas por los mofletes y que sus ojos eran tan azules como el cielo. Es atractivo, pensó, y entendió a la perfección por qué su hermana estaría saliendo con él. Más allá del dinero, el chico aparentemente se cuidaba muy bien.

–                           ¿Hace mucho que esperas? – preguntó. Hablaba pausadamente y su rostro desprendía calma y relajación.

–                           Qué va.

–                           Muy bien.

Eric perdió todo el interés en él y se centró en el cuadro. Lo tenía absorbido. Mostraba hasta seis miembros, además de una estatua pequeña en forma de oso que uno de los miembros – el mayor de todos, del que destacaba un bigote tupido – sostenía. Había dos hombres, una mujer, una chica, un niño y una niña. Todos se hallaban bien apretujados, como si les fueran a hacer una fotografía. Aunque el cuadro en sí le cautivaba, había algo que no le cuadraba y no sabía el qué…

El chico (¿Filipo era?) miró en la misma dirección que Eric.

–                           Mola, ¿eh? Tu hermana también se lo miró un buen rato. Ese de ahí soy yo – señaló. Su dedo apuntó al niño, quien estaba sentado entre la niña, a su izquierda, y el hombre del bigote, a su derecha –. Ahí estamos todos los de la familia.

–                           Los de la familia Fellini – terció un hombre mientras traspasaba una de la dos puertas laterales del salón, la opuesta a las escaleras, la que se hallaba a la izquierda  viniendo desde la puerta principal –. Una familia estupenda.

Dio dos palmadas, como aplaudiendo. Era calcado al que salía en el cuadro. Estatura mediana,  extremadamente delgado, con bigote, con la cabeza bien alta, con muy buen porte y con un bastón en la mano izquierda, de la que se ayudaba para andar. Iba más mudado que Filipo, con traje de arriba abajo y con una rosa pegada a la camisa blanca. Cuando lo observó andar, constató que andaba majestuosamente, cual un rey o una eminencia de un país muy importante. También constató que ese hombre habría pasado por muchas penurias y por mucho sufrimiento, y especialmente lo constató en su rostro, muy surcado por las arrugas pero que revelaba alguien que había vivido la infelicidad y la crueldad. Eric intuyó que no había vivido entre algodones desde que había nacido.

–                           Perdona que no haya dicho hola – se disculpó. Su voz era grave y muy pausada, como si se esmerase en escoger las palabras adecuadas –. Hola.

Le tendió la mano. Si el chico se había mostrado fuerte, su padre no se quedó corto. Eric gesticuló una mueca que ellos dos (más el mayordomo, que se había quedado parado a cierta distancia) atestiguaron pero a la que no hicieron comentario alguno. Cuando le soltó Eric quiso darse la vuelta y tocarse la mano, pero ni se movió.

–                           Este retrato es lo más bonito que he podido ver en mi vida. Nada de bobadas acerca de los cuadros esos en los museos más emblemáticos. Aquí se encuentra la belleza del arte. – Ejerció unos pasos hacia el cuadro –. La foto que nos hicieron es irrepetible. En cuanto la vi supe que debía inmortalizarla. Fue tras el bautizo de Carla. ¿Ves esta chiquilla? – señaló la que se hallaba a la esquina derecha, junto al Filipo de niño –. Esta niña tan guapa y maravillosa, que aún lo es por supuesto, celebraba su bautizo. Cuatro añitos tenía. Sí, cuatro añitos. Ay, padre, cómo pasa el tiempo.

Con un rápido vistazo distinguió una ligera coronilla en el cabello del padre de Filipo. Pero fue sólo un rápido vistazo: el cuadro le hipnotizó. Se fijó en cada uno de los miembros, sin dedicarles más tiempo a unos que otros. Algo no cuadraba, algo no cuadraba,… <<A ver: desde la derecha tenemos a la niña, luego a Filipo, su padre, una chica, de la que me supongo que será otra hermana de Filipo, una mujer y un hombre…>> Y cuando se detuvo en este último hombre, descubrió el motivo por el cual no le cuadraba. ¡Estaba recortado por la izquierda! Distinguió un dedo y un trozo de zapato, justo cuando ya se acababa el cuadro. Había otro tipo pegado al último hombre, un tipo al que habían eliminado. ¿Accidentalmente?

–                           La niña de la que te habla mi padre es mi hermana – detalló Filipo, aunque Eric ya había podido adivinarlo antes –. Ella estaba arriba hace nada. Si te quedas un rato luego, te enseño a la familia, o parte de ella.

–                           No hay mucho tiempo – expresó el padre lacónicamente, con enojo en la voz.

–                           Perdón.

–                           Un segundo – terció Eric –. ¿Me permite una pregunta?

El padre enarcó una ceja. Le echó una mirada desafiante mientras se atusaba el bigote. El hombre se asemejó más que nunca a un dictador.

–                           Una pregunta.

–                           ¿Falta una persona en ese cuadro? Lo digo porque por aquí – señalando el margen izquierdo – se ve parte de una mano y de un pié. Más que nada es por curiosidad…

Empero, ahí se frenó. El rostro del padre se endureció de una manera muy alarmante, y “transfigurándose” la rabia y el odio se mostraron en su máximo esplendor. Sin dignarse contestar, mató a Eric con la mirada y se marchó del salón, dejando a cada paso un sonido estruendoso y atronador. Esto heló a Eric, quien, desconcertado, enmudeció, siguiendo con la mirada el camino que tomó el padre. El mayordomo esbozó una cara de espanto y de alarma y corrió tras él, indicándole a Filipo que ya iba él.

Eric oteó de soslayo a Filipo, quien también parecía asustado, aunque aparentaba tranquilidad con su aparentemente habitual seriedad. Sólo le había visto sonreír cuando le había tendido la mano.

–                           Debería haberme callado, ¿verdad?

–                           ¿Cómo? – le rogó que repitiese, con la mirada perdida tras la puerta por la que se había desvanecido su padre.

–                           Que la he cagado.

–                           Un poquito. Pero no te preocupes. Se le pasará.

–                           ¿Es muy grave lo que he dicho?

–                           Para él sí. – Suspiró –. Jamás podrá superarlo, el pobre. En fin. No te preocupes. Cuando no se sabe el contexto es normal tener deslices así.

–                           Pero, pero…

–                           Luego te explico el problema. Acompáñame.

–                           ¿Seguro que no habrá ningún problema con tu padre? Yo no pretendía…

–                           Va. Se le pasan los cabreos en un santiamén. Al menos vamos a la sala de dibujos. Así se enojará menos cuando nos vea ya ahí.

Se pusieron en marcha. Tomando la puerta contraria por la que había salido sacando humo el padre de Filipo, éste y Eric cruzaron muchos pasillos, tantos, que Eric se creyó dentro de un laberinto. En ningún momento pasaron por ningún salón, sino que dejaron atrás muchas puertas, la mayoría de ellas cerradas. En las que vio abiertas no avistó a nadie, a excepción de una señora de la limpieza, que lo miró con curiosidad y con cierto desdén, además de un gato más gordo que una pelota de baloncesto. Por lo demás, vio muchos jarrones y muchos cuadros, especialmente éstos dedicados al padre de Filipo, revelando en todos ellos una imagen de grandeza. Mas llegó un punto en que le cansó ver tantos pasillos, con el mismo rojo/granate que se repetía en la interminable alfombra.

–                           Dios Santo. ¿Estoy en un nuevo planeta?

Filipo se rió levemente, alzando la cabeza.

–                           Es algo grande la casa, sí.

Eric se percató de que Filipo andaba, a diferencia de su padre, mirando al suelo. 

–                           Perdona que sea indiscreto, ¿pero de dónde sacáis tanta pasta? Esto es peor que un laberinto.

–                           No te creas. A la tercera vez que vengas ya te sabrás el camino.

<<Pero no las habitaciones>>, se dijo para sí. Reflexionó en todas esas puertas que iban dejando atrás y se imaginó abriéndolas unas tras otra intentando indagar en su contenido. Para volverse loco.

Finalmente, dieron con una puerta sobre cuya madera colgaba un cartel que ponía <<Sala de dibujos>>. Se hallaba entreabierta. Filipo la empujó ligeramente y irrumpieron en la sala. Como no podía ser menos, la sala presentaba unas dimensiones muy considerables. Se trataba de un cuadrado de por lo menos treinta por treinta con muchos objetos metidos ahí dentro. Había dos mesas, una grande y cuadrada colocada justo en el centro de la sala y la otra haciendo esquina, formando una pequeña ele. En la más grande se apilaban de una forma desordenada papeles, esbozos y dibujos, con una maqueta chula a medio construir encima, como para evitar que los papeles saliesen volando. En la otra mesa había decenas de instrumentos para los esbozos: cartabones, escuadras, transportadores, reglas,… Como buen estudiante en arquitectura, reconoció todas y cada una de las plantillas. Fue verlos y regresar a las múltiples tardes en la universidad de arquitectura.

–                           Voy a buscar a mi padre – le comunicó Filipo –. Enseguida vuelvo.

–                           De acuerdo.

Filipo se retiró y Eric se quedó solo ante esa sala terroríficamente silenciosa con dos mesas más objetos y papeles. Filipo, al salir, había dejado la puerta entornada, pero Eric cogió algo de miedo y la abrió bastante, lo suficiente para que nadie le pegase un susto. Acto seguido se puso a pasear por la sala, dedicando especial atención a la maqueta y a los esbozos. Todos ellos estaban directamente relacionados con la maqueta, y a pesar de que entre ellos existían ciertas diferencias, estas eran prácticamente inapreciables, con pocos cambios pero manteniendo siempre la misma base.

Se cercioró de que no había sillas. Luego reparó en que las mesas eran más altas de lo normal, por lo que el uso de sillas no parecía muy conveniente. Se figuró que allí se realizarían los dibujos a pie. Él siempre había detestado dibujar líneas de pie. Quizá esta vez debería hacer una excepción.

Al poco rato llegó la gente. Primero entró el padre, seguido por Filipo. El mayordomo, en cambio, no hizo acto de presencia.

El padre le dedicó una mirada subrepticia y rápida, la suficiente para saber su posición. Luego se colocó al lado contrario de la mesa donde se alzaba Eric. Le miró directamente a los ojos y, con la cabeza de nuevo erguida, atinó a decir:

–                           Pido disculpas por mi comportamiento. No es digno comportarme como un niño.

–                           La culpa es mía, señor – se apresuró a disculparse Eric –. A veces me inmiscuyo demasiado en cosas que no son de mi interés.

–                           Nada. Hacías bien en preguntar.

Eric miró a Filipo, quien, disimuladamente, le indicaba con la mano que no hablase más al respecto.

–                           Sí.

Le intimidaron los ojos feroces y fijos del padre, lo que le obligó a bajar la mirada y aparentar estar interesado en los dibujos. Comenzó a temblar. Apoyó las manos en la mesa y principió a tamborilear.

–                           ¿Guapos los dibujos? – espetó el padre.

–                           La maqueta está bien lograda. Aún le falta una parte por construir, pero por lo que veo en el esbozo el trozo que le falta le dará un muy buen toque final. Me gusta sobre todo la forma en cómo está distribuida la casa. ¿Es una casa?

–                           Bueno, no exactamente. Se trataría de un pequeño almacén. Lo que pasa es que pedí expresamente que tuviese forma de casa.

–                           Ah. Pues me gusta. Sí.

–                           Perfecto. Entonces nos entenderemos. – Y sonrió, aunque la sonrisa no traslució alegría ni de asomo –. Espera, que te saco una cosa y te enseño… A ver… Déjame que lo encuentre. Pam, pam, pam… ¡Ah, sí! Lo dejé en este cajón. – Se acercó a la mesa en forma de ele y abrió uno de los tres cajones que tenía –. Pam, pam, pam. ¡Ah, aquí! Échale un vistazo a esto.

Él había sacado un papel enrollado con una goma. Sacó la goma y la desplegó sobre la mesa grande. Eric apreció cómo vibraba Filipo de emoción a medida que el dibujo se iba haciendo más visible.

–                           Mira. Junto a la casa estoy planteándome la posibilidad de construir una cabaña que me servirá como almacenaje de una serie de productos especiales que no me gustaría que se mezclasen con la mercancía que guardaré en el grande. Te he traído hoy hasta aquí para pedirte que le eches un vistazo a este dibujo y que te tomes la libertad de efectuar cualquier cambio que tú creas conveniente. ¿Me explico?

–                           Ehm… Sí, perfectamente.

–                           Obviamente se trata de una prueba. No te contrato ni nada. Sólo quiero probarte, a ver si vales o no. En el caso de que me demostrases, obviamente te tomaría en consideración y me plantearía cosas más serias para ti.

–                           Muchas gracias.

–                           No tardes mucho en traérmelo.

–                           Descuide, descuide. ¿Y realmente cómo quiere que sea esa cabaña?

–                           A eso iba.

 

 

 

 

Pese a que ni había sido contratado ni se le había encargado nada del otro mundo, Eric salió de la sala de dibujo con una de sus mayores satisfacciones. Su sonrisa le delató, tan ancha que iba prácticamente de pared a pared. Mas tuvo que aguantar toda esa alegría cuando, al salir de la sala, el padre anunció que debía marcharse porque le urgía un recado.

–                           Perdón por lo de antes de nuevo.

–                           Nada.

Y se dieron la mano. Esta vez apretó Eric algo más y no sufrió tanto como en la anterior ocasión.

Una vez que el padre se alejó, Eric no aguantó más y se dejó llevar. Filipo fue testigo de su sonrisa ancha y no pudo más que sorprenderse.

–                           ¡Vaya, vaya! – exclamó posando una mano sobre su hombro –. ¡Te veo muy contento! ¿Te ha gustado la cosa o qué?

–                           No sé. Son tiempos difíciles… y acostumbrado a no trabajar pues me siento muy raro.

–                           Si lo haces bien tu padre te dará una oportunidad.

Se echaron a andar. Muchas preguntas rondaron en la cabeza de Eric.

–                           Oye, ¿y por qué yo? Quiero decir: ¿por qué me ha escogido a mí para eso? ¿No tiene ya a un arquitecto y muy bueno seguro además?

–                           Tu hermana.

–                           ¿Mi hermana?

–                           Sí, es por ella que hoy estás aquí. Ayer estuvo por aquí y comió un poco de snack con mis padres. Charlando, charlando, bueno, saliste en la conversación. Y te promocionó.

–                           Vaya… – dijo por decir, ya que se le escapaban las palabras –. ¿Y qué dijo?

–                           Nada. Intentó llegar al corazón de mi padre para que tuviese algo de compasión por ti.

–                           O sea que no es más que un favor.

–                           Considéralo como quieras. Pero te repito: si lo haces bien pasarás mucho por aquí.

Volvieron a superar muchas puertas, algunas que antes habían estado cerradas ahora abiertas o viceversa. Eric se molestó inútilmente en echar un vistazo rápido con el ojo desde lejos. Regresaron al punto de partida, al salón principal.

–                           Siéntate.

–                           ¿Puedo? Es que no sé si al hombre que me ha traído le importará si me quedo un rato más. Quizá tiene cosas que hacer y me debe llevar ya…

–                           No te preocupes. Tito está a tus órdenes.

<<Qué bien suena eso>>, pensó, <<A mis órdenes.>>

–                           Además, ¿no querías saber la historia del cuadro?

Eric tornó a ojearlo, aunque en esta ocasión se le antojó maldito. Le repugnó…

–                           No sé si debería…

–                           Venga, chico, ¡no te cortes! Ya la has cagado. ¿No te satisface ahora saber la verdad tras ese cuadro?

–                           Suena a historia larga.

Filipo enarcó una ceja y medio sonrió. Sentado, con las piernas flexionadas y las manos entrelazadas, le hizo señas con la cabeza para que sentase. Eric suspiró. Qué otro remedio podía quedarle.

–                           Hacía bastante tiempo que nadie se fijaba tan bien en el cuadro como has hecho tú hoy. Ni siquiera tu hermana, la primera vez que entró aquí, se dio cuenta. Lo observó, lo contempló y preguntó por cada uno de los integrantes del cuadro. ¡Pero Dios Santo! No preguntó nada acerca de lo del recorte. Bueno, me imagino que lo has visto porque eres arquitecto, y supongo que tenéis un ojo para esas cosas.

–                           Somos observadores.

–                           Sí… Entonces… pues nada, que sí; está recortado. Falta un buen cacho en verdad. Fíjate bien. ¿Ves que por la parte derecha del marco está muy pegado a las escaleras?

–                           Sí.

–                           Pues la parte izquierda debería prácticamente estar también pegada a la pared.

–                           Pero falta un trozo.

–                           Exacto, del recorte. La idea de mi padre fue que ocupase toda la pared, o parte de ella. No sé si te habrás fijado, pero a mi padre le encantan los retratos. Especialmente los suyos propios. Está día sí y día también encargando retratos. Pues bien, se hizo este cuadro tan maravilloso. Sin embargo, cuando se hizo este cuadro vivíamos otros tiempos. El trozo que falta muestra a los integrantes de otra familia.

–                           ¿Muestra?

–                           ¡Oh! Bueno, mi padre quiso destruir esa parte, quemarla o algo así, pero mi madre se lo impidió. Y mi padre la quiere tanto…

>>Pero bueno, supongo que debo empezar por el principio. Tenemos que remontarnos a muchos años antes de cuando nos hicimos la fotografía en el bautizo de mi hermana. Porque no olvidemos que se hizo este gran cuadro porque mi padre se quedó prendado de una fotografía.

Tu hermana no lo sabe, así que no te lo habrá podido explicar. Aunque ahora alucines con toda esta mansión y con todo lo que la rodea, mis padres son de procedencia muy humilde. Mi padre empezó con el negocio de un pequeño restaurante, y mi madre como peluquera. Cuando se conocieron apenas eran unos muertos de hambre. Pero eso no importa ahora. Lo que importa aquí es mi padre. A él siempre se le han dado muy bien las matemáticas y las cuentas en especial.

Desde bien pequeño le habían obligado a no acudir al colegio y sí a trabajar. Siempre me cuenta cómo con once años ya tenía que madrugar y aguantar de pie multitud de horas sirviendo y cómo diez años más tarde sus padres morían y él tuvo que apechugárselas solo con el restaurante. Pero no lo hizo solo. Por esa época él se había hecho muy buen amigo de un chico que había trabajado con él durante varios veranos, ya que estudiaba el resto del año para una carrera de economía, y le pidió que le ayudase para rodar el restaurante. Si a mi padre nunca le ha faltado algo, eso es astucia, al igual que pillería.

Pues bien, el amigo accedió. Había recién acabado la carrera y consideró que esa oportunidad podía llevarlo bien alto si se esforzaba. Su nombre era Robert. Aunque había vivido en la misma ciudad que mi padre hasta entonces, sus padres eran de procedencia extranjera, e incluso había nacido en el extranjero. Mi padre siempre me cuenta que a punto estuvo de decir que no, porque sus padres estaban pinchándole para que regresasen a su país natal. Pero mi padre le convenció de que podían ganar una fortuna. Mi padre es muy persuasivo. El muy jodido pocas veces no consigue algo, ya que se le da muy bien tener contactos. Es muy abierto. Convenció a Robert integrando en el equipo a diferentas personas muy profesionales. Y nada: mi padre y él dirigieron el restaurante.

Mi padre al parecer fue muy astuto dejando que Robert fuese el número uno. O eso es lo que me asegura mi madre. Ella dice que eso le ayudó a aprender muchísimo de números y a saber cómo vender y cómo atraer a los clientes. En ningún momento se planteó quitarse de encima a Robert o quedarse el restaurante para sí. Pero en lo que sí que pensó constantemente fue en apoderarse de nuevos restaurantes. Y eso hizo. A los cinco años habían ganado toda una fortuna, algo que les permitió adquirir hasta dos restaurantes más. Pero es que a los diez años triplicaron la cifra. Entonces nada les paró: mi padre era ya toda una máquina para las mates y además tenía muy buen ojo para las contrataciones de aquellas personas que debían encargarse de los restaurantes con los que se quedaban.

Llegó un punto que al final levantaron un imperio de restaurantes y de bares. Cuando yo nací ya mis padres habían empezado a construir esta casa. Pero aún así mi padre se le metió entre ceja y ceja tener aún más restaurantes. Actualmente posee hasta sesenta restaurantes diferentes, unos más pequeños que otros. Todos suyos. Y lo más sorprendente de todo es que jamás no le fallan las cuentas. Controla muy severamente el movimiento ese de entradas de mercancías y la relación precio/plato. Apenas le han robado, y si le han robado no tengo ni puñetera idea, porque jamás lo ha dicho. El tío tiene no sé cuántos libros de cuentas y se espabila sin la ayuda de nadie. ¡Es una pasada!

En fin… que me voy por los cerros de Úbeda y no voy al grano. ¿Te he aburrido ya? ¡Ya acabo, ya acabo! ¡Perdona! Je, je, je… Es que a veces se me va la pinza y me enrollo demasiado… Pues eso, que todo iba genial entre mi padre y Robert. Siempre habían ido de vacaciones juntos, siempre se habían invitado el uno al otro, jamás habían tenido una discusión seria,… Pero algo ocurrió entre ellos, y fue hace pocos años. Antes déjame decirte que los que faltan en el cuadro son Robert, su hijo, quien también se llama Robert, y su esposa, Elizabeth. Yo me llevaba muy bien con Robert el hijo, por cierto. Éramos más o menos de la misma edad y éramos aficionados a cosas similares. Pero lamentablemente tuvimos que dejarnos de ver cuando mi padre se peleó con Robert.

No me preguntes por qué se pelearon. No lo sé ni creo que lo sepa nunca. ¡Ahora no te creas que jamás se lo he preguntado! Mi padre me infunde respeto, pero no me asusta. ¡Anda que no he sido pesado! Pero él, entre ceja y ceja. Papá, ¿por qué te peleaste? Y te mira con esa cara seria y se toca el bigote pero se queda callado, mirándote profundamente. Antes me he fijado cómo has bajado la mirada mientras él te observaba profundamente. ¡A que se te caen los cojones cuando te observa bien fijamente! Es como si te desnudase con la mirada, ¿a que sí?

–                           Aps, ¡pero mira quién viene! Mi hermana – interrumpió de golpe, alzando la vista.

Eric descubrió que los ojos de Filipo apuntaban hacia la entrada, hacia la gran entrada, la cual desde que él había entrado se había hallado abierta de par en par. Giró el cuello hacia la izquierda y apuntó sus ojos en la misma dirección. Y alucinó.

A punto de entrar había una mujer alta. Extraordinariamente alta. O al menos esa impresión tuvo a cierta distancia. Pero esa impresión perdió fuerza cuando principió a fijarse en otras partes del cuerpo. Especialmente la superior. Su pelo era rubio platino y cantaba a kilómetros de distancia, aparte de que se rizaba con forma de remolino y eso a Eric le ponía mucho. Aunque no la apreciaba con claridad, intuía que su belleza radiaría por todos los costados. El tiempo lo confirmó, en efecto. Cuando ella traspasó el umbral de la entrada y se plantó a pocos pasos de ellos, intensificando una mirada hacia el nuevo en la mansión, Eric pudo contemplarla con todo su esplendor. Algo ataviada por la fresca que corría ese día, pudo tranquilamente admirar un cuerpo para él celeste y enloquecedor. De complexión delgada y atlética, presentaba unos dos más que decentes melones y no se encorvaba en demasía a la altura de las caderas. Sus piernas eran firmes y esbeltas y se hacía tanto la pedicura como la manicura, tal como pudo comprobar al calzar ella unas sandalias. Se quedó estúpidamente prendado mientras ella también le inspeccionaba con la mirada.

Filipo se levantó.

–                           Mira, te presento a mi hermana, Carla. La del retrato del bautizo. – Y gesticuló con la mano para que Eric avanzase hacia ella y la saludase.

Al principio se mostró algo cohibido y una especie de cosquilleo le hizo helarse en el sofá más grande que la cama de su madre y de él juntas. Luego se sintió un estúpido y se incorporó. ¡Ahora no sería por las chicas que había llegado a conocer! Mas esa chica era impresionante. Dejaba a uno mudo… Le recordaba a una de esas mujeres que aparecían en películas que luego se convertían en mito precisamente por la sensualidad de la actriz principal y que realmente tú no esperabas toparte a la vuelta de la esquina. No, vivían en otro mundo…  Mas ahí estaba esa chica, de su edad más o menos (seguramente menos), delante de él, con una media sonrisa entre esa piel muy morena, ves a saber si por efectos del sol o por naturaleza (su hermano tenía una tez casi tan blanca como la leche). Sus ojos verdes oliva y su pequeña nariz aumentaban ese aliciente de la belleza. No así sus labios, muy finos y estrechos.

–             Hola.

Y la besó una vez en cada mejilla. Él siempre tenía la manía de rozar algo los labios con las mejillas de las chicas (cuando ellas sólo ponían la mejilla) y en esa ocasión no fue para menos. Ella, en cambio, sólo puso las mejillas. Al haberse acercado apreció que su cabello desprendía un olor a menta suave que le tornó loco. Luego descubrió otro olor, a naranja, aunque desconoció su procedencia.

–                           ¿Eres el hermano de Lara?

–                           Vaya… – pronunció –. ¿Se ha colgado un cartel o algo así indicando mi salida?

A Filipo pareció gustarle el comentario y soltó una risita. Carla se lo quedó mirando con cierta altanería.

–                           Hombre – dijo ella –. Aquí el señorito se ha encargado bien de que lo sepamos todos.

–                           ¡No exageres! Tan sólo lo comenté mientras cenábamos. ¿Todos tenéis orejas? Pues ya está.

–                           ¿Y qué? ¿Te gusta nuestra casa?

–                           Me encanta.

–                           Y el retrato le ha encantado aún más – dijo Filipo –. Le estaba explicando la historia.

–                           ¡Pero tonto del culo…!

–                           Nada, nada.  – Lanzó  una mirada al reloj –. ¡Oh! Debo hacer una llamada urgente. Carla, ¿puedes enseñarle un poquito la mansión? Se lo he prometido antes…

Ella le miró antes de responder. Respiraba con suma tranquilidad, sin mover las facciones de su cara.

–                           ¿Por qué será que siempre me toca a mí hacer excursiones con los que nos visitan? – se quejó.

Filipo se encogió de hombros. Acto seguido se volvió hacia Eric y le tendió la mano.

–                           Encantado de conocerte. Ya nos iremos viendo.

Se dieron la mano y se alejó.

Cara a cara. Eric se sintió muy incómodo con esa belleza delante. Pero se incomodó aún más cuando el rostro se ensombreció y se endureció.

–                           Venga, va – atinó a decir –. ¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por las habitaciones? ¿Por la sala de los retratos? ¿Por la parte de afuera? ¿Por los perros? A la gente le chifla acercarse y tocar a nuestros perros.

–                           No te molestes, de verdad. No quiero ser un estorbo. Si eso me dices cómo llegar hasta Tito y que me lleve a casa.

–                           Pues serías el primero en no volverse loco por ver la casa.

–                           Seguro que te he pillado yendo para hacer algo.

–                           No.

–                           Para verte con alguien.

–                           No.

–                           Para… entretenerte.

–                           Tampoco. Sólo daba vueltas. Aquí sólo doy vueltas.

–                           ¿En serio? – profirió cual un niño pequeño –. ¡Con lo enorme que es!

–                           A la que llevas tres días ya te cansas de todo esto. Acompáñame.

–                           Si eso…

–                           Acompáñame.

No lo soltó ni con dureza ni con severidad, pero si con hastío. Eric no quería empezar con mal pie en esa mansión, así que enmudeció e hizo ademán de acompañarla. Ya su presencia no le causó tantos cosquilleos en el cuerpo.

–                           Te has visto con mi padre, ¿no?

–                           Sí.

–                           ¿Sabes a qué sala has ido?

–                           A la sala del dibujo.

–                           ¡Aps! Entonces ya habrás pasado por este pasillo.

Y señaló a su derecha, hacia un pasillo sin puerta para acceder por la que habían pasado Filipo y él para ir a la sala de dibujo y de la que habían vuelto tres de cuartos de hora más tarde. Eric asintió con la cabeza. Ella se llevó un dedo a los labios, echándose a reflexionar.

–                           No te creas que he visto mucha cosa. La mayoría de cuartos estaban cerrados o con la puerta casi entornada, por lo que no he visto nada.

–                           A ver, ¿acaso pensabas que te iba a enseñar todo? Estás loco si piensas eso.

–                           Bueno, no sé – encogiéndose de hombros.

–                           ¿Sabes qué? Vayamos arriba.

Se acercaron a las escaleras. Estas se encontraban tocando la pared y el pasillo derecho, y tenían forma de una ligera “c”. Ambos las subieron. A continuación se toparon con un rectángulo que básicamente servía de conducto hacia dos caminos diferentes, hacia dos pasillos laterales, como en la planta de abajo. Allí sólo había otro retrato, un pequeño banco rojo de la altura de un niño de tres o cuatros años y la alfombra que parecía perseguir a cualquiera.

–                           ¿Eres tú? – inquirió Eric, oteando el retrato.

–                           Sí.

–                           Pues no has cambiado mucho. ¿Cuántos años tendrías ahí?

–                           Unos ocho años. ¿Por?

–                           Ah, por curiosidad básicamente. Pues… no has cambiado mucho.

–                           O sea, igual de fea.

–                           Al contrario. – Ella le dedicó una cara de incredulidad –. A muchas les gustaría tener esa sonrisa.

Ella no le dedicó ninguna sonrisa, pero sí que le miró larga y tendidamente. Su rostro seguía serio, como cuando había traspasado la entrada. Qué lástima. Una chica tan bella y esplendorosa pero con cara de muermo. Lo que se desaprovechaba en esta vida.

–                           No te enfades. La próxima vez te dirá que eres fea.

Puso morros. Eric sonrió.

–                           ¿Y con tantos retratos no… no os molesta?

–                           Te acostumbras. Como a todo, ¿no?

–                           Supongo.

Ella apartó la mirada y se pensó qué camino tomar. Eric aprovechó el momento para contemplarla. Era como un imán; su cara le atraía con unas vibraciones irrebatibles. Mas era consciente de que jamás estaría con una chica así.

–                           Ven. Te gustará lo que voy a enseñarte.

Eric echó un vistazo rápido al reloj. Las doce.

Su estómago le indicó que estaba algo vacío. <<Uy, creo que hoy comeremos tarde, mi amiga barriga…>>

 

 

 

 

Una visita al museo. De eso se trató, de una visita al museo, tanto por sus dimensiones como por su falta de entretenimiento. No se aburrió ni bostezó, pero poco le faltó para tener que taparse la boca. Al menos en el interior de la mansión. Vio habitaciones lujosas, eso sí, pero nada se escapó de la realidad a la que veía no sólo en su casa sino también en la de otros. Obviamente los objetos eran el triple de grandes de lo normal y no faltaba de nada, mas esperó encontrar algo extraordinario.

Quizá lo que más le impresionó fue la biblioteca que poseían. Aunque eran “de dominio público” para cualquiera de los integrantes, tan sólo la utilizaba con asiduidad la madre, quien, literalmente expresado por Carla, enfermaba si no leía cada día. A pesar de que aún no la había visto, se imaginó a una madre disciplinada, con gafas, rostro serio y muy a la antigua. Tan sólo le bastó con mirar los títulos de muchos libros y vio que muchos tenían un cáliz religioso.

–                           Le chifla la religión – le había confesado Carla acerca de su madre.

Eric enseguida se cansó de todo. Si bien en ciertos momentos musitó <<Virgen Santa>>, lo hizo más que nada por el dinero que se acumulaba en cada una de las parcelas y en cada uno de los objetos y muebles. Quizá, inocentemente, esperó piezas antiguas, piezas únicas, firmas y dedicatorias de gente famosa, colecciones. Nada de eso. Tan sólo cosas ordinarias pero a precios desorbitados.

En el exterior, en cambio, disfrutó un poco más. Se tornó casi un niño, y tan sólo Carla frenó esa euforia que por momentos le invadió. Piscinas, jacuzzis, una pista de golf, otra de tenis, un campo de tiro, un salón de estética,… ¡Y los perros! En esta ocasión sí que se percató de ellos y se puso a acariciarlos, uno por uno, sin terminar nunca. Carla, por su parte, los ignoró, esperando de pie a que Eric acabase. Los perros en cambio estaban más que contentos, meneando la cola con frenesí, congregándose alrededor de ella, como 10 perros, dos grandes, dos medianos y el resto pequeños. Eric contó por lo menos dieciocho en total.

–                           ¿A ti no te gustan los perros?

–                           A veces.

–                           ¿Ah sí? ¿Cuándo?

–                           Cuando estoy triste y necesito algo suave a lo que agarrarme.

–                           ¿Tú triste? ¡Con todo lo que hay aquí!

Ella enarcó las cejas y luego puso morros. Se cruzó de brazos, algo que le confirió una imagen de dureza. Eric la contempló, de cuclillas, mientras acariciaba a los perros. Ella aparentó no mirarle, pero se le escaparon algunas miradas.

–                           ¿No has oído nunca el tópico del dinero? – espetó ella.

–                           Quizá. Pero yo no uso tópicos; prefiero mi propio pensamiento.

Con muecas incluidas, ella repitió lo que él había dicho mirando hacia todas partes y con tono despectivo.

–                           Bueno, deja los perros. Que quiero enseñarte una última cosa.

–                           ¿Ahora te corre prisa? – se burló Eric cariñosamente –. ¿No habíamos quedado en que estabas aburrida?

No contestó. Apretando los puños y sacando humo por la cabeza, se volvió y echó a andar. Muy flojito se rió Eric, mirando a los perros.

–                           ¡Espera, espera! – sin aguantarse la risa.

Dejaron atrás pequeños monumentos y un parque con toboganes y columpios. Los perros les seguían, bien pegados a sus pies. A Eric eso le enturbió un poco, ya que se tropezaba con ellos. Carla no, probablemente porque estaría más que acostumbrada a verse rodeada de tantas patas. Tras unos cuantos minutos andando lentamente llegaron a un invernadero, no excesivamente grande. En verdad no fue ningún invernadero, aunque por fuera tenía forma como tal, con muchos vidrios pegados unos juntos a los otros los cuales ascendían como con forma de cúpula. Y no era ningún invernadero porque en su interior Eric no se encontró ni resto de flora. Adentro el suelo estaba recubierto de baldosas grises y recientemente puestas, con multitud de hamacas. También había esparcidas pequeñas máquinas que se abrían y que se cerraban y en los que cabía una persona. De estas máquinas existían de verticales u horizontales. Eric comprendió al instante que se había metido en un enorme solárium. Allí descubrió bastantes chicas, muchas de las cuales seguramente se tratarían de familiares o amigos.

–                           Os mola tomar el sol, ¿no?

–                           Bastante. Pero eso es lo de menos. Aquí hacemos contactos, especialmente mi madre. Invita a gente.

–                           A tomar el sol – y se rió ligeramente.

–                           ¡Sh! Que mi madre está ahí.

–                           ¿Has venido a presentármela?

–                           ¿Algún problema? – se enfadó.

Él se apresuró a negarlo con la cabeza. Con el rabillo del ojo vio cómo se le marcaban a ella las facciones de su cara y se asustó un poquito. ¡Qué belleza más fea! Dijo de callarse. Sin embargo, no se contuvo.

–                           ¿Puedo preguntar algo antes de que me muerdas? 

–                           Pregunta – gruñó.

–                           Antes he visto un centro de estética. ¿Tenéis ahí peluqueras trabajando?

–                           No.

Eric “abrió” los ojos. Extrañamente eso le sacó una ligera sonrisa a ella.

–                           ¿Entonces? ¿Lo tenéis de bonito?

–                           Para nada. En ese centro sólo trabaja una peluquera, y es la persona a la que te voy a presentar.

–                           ¿Tu madre?

–                           En efecto.

<<Así que peluquera… Anda que no. Un dueño de restaurantes, una peluquera y… una montaña de fortuna.>>

Carla le tocó ligeramente el brazo para instarle a que se moviese. Mientras se acercaron a una muñón de mujeres y chicas – algunas tumbadas, otras de pie, conversando –, Eric fue admirando la estructura del lugar. Empezó por arriba, donde la forma cómo se unían los vidrios de uno y otro costado le resultó curiosa, y acabó por los lados. Pero pronto su interés en la estructura acabó perdiendo fuerza y se volvió hacia las chicas, muchas de las cuales derretirían a cualquier ser masculino. Vestidas todas con bikinis, la vista de un hombre ahí se perdía entre piernas y estómagos planos o tonificados. ¡Y qué caras! A pesar de que obviamente pululaba la narizotas, a pesar de que alguna destacaba por su fealdad, muchas caras brillaban más que el sol, y esto combinado con una variedad de cabellos suntuosos y muy bien cuidados. Si a Eric le diesen la oportunidad de poder pedir una cita a una de aquellas diosas sin que se le rechazase la petición, seguramente se tiraría de los pelos y lo echaría a suertes. Muchas de ellas seguramente no coincidirían ni con su personalidad ni con su forma de vivir, pero una noche se alargaba durante muchas horas.

Estaba acostumbrado a ver diosas en la discoteca, mas podía contarlas con los dedos de la mano. Siempre uno avistaba la típica diosa junto con buenas bellezas y una gordita. ¡Pero tantas diosas juntas! Se asemejaba a soñar, o a viajar a un paraíso muy masculino. A Eric enseguida su corazón le fastidió y éste comenzó a latir precipitadamente. Peor fue cuando, ya casi a tocar de ellas, muchas giraron el cuello para verle llegar. Rápidamente se sintió muy observado, algo que siempre le desquiciaba. No obstante, se cohibió tanto que no tuvo fuerza ni para despegar los labios y respirar por la boca. Él se limitó a seguir a Carla, cual un perrito faldero.

Abriéndose paso entre esas musas, Carla se detuvo al lado de un hamaca diferente a las demás (por el color, ya que todas eran blancas excepto ésa, de color azul). En ella se sentaba una mujer rubia en bikini y con gafas de sol. Había al lado dos chicas de pie, que charlaban tranquilamente. Al percatarse de las presencias de Carla y Eric las dos chicas callaron de golpe y la madre de Carla, sentada de espaldas, se giró. Inmediatamente, sin mediar palabra, se levantó y se puso el bikini bien por detrás.

–                           ¿Pero qué guapetón me traes hoy? – inquirió, sonriendo.

Disimuladamente, Eric miró a su alrededor. Toda la algarabía y el picoteo de gallinas se había prácticamente desvanecido. O al menos entre las chicas más cercanas a ellos.

–                           Traigo al hermano de Lara. ¿No te acuerdas lo de la nueva cabaña?

–                           Vaya sí me acuerdo.

Pese a las gafas de sol, Eric percibió que ella le estaba observando. En cuestión de segundos, ella le respondió a la duda quitándoselas. Ojos verdes, como su hija Carla. Y con un bronceado más colorido que el de su hija; una obsesa del sol. Pero a él los bronceados no le decían nada. Le hipnotizaron sus ojos verdes, y no se atrevió a pasarle una inspección de pies a cabeza. Apenas ni siquiera vio su pelo rizado y no demasiado largo ni tampoco lo bien que se cuidaba su cara. Sólo sus ojos.

Carla se indignó. Pero se contuvo.

–                           Mamá, te presento a Eric. Eric, mi madre María.

–                           Uhm. Siempre he querido que mi yerno se llame Eric.

–                           ¡Dios, mamá, qué burra!

Cerca se oyeron unas pequeñas risas femeninas. Ji, ji, ji, ji. Los ojos de Carla se lanzaron con ferocidad a localizar su procedencia. Puso morros al no identificarlas.

–                           Qué hija más vergonzosa que tengo – pronunció juntando las manos y provocando un sonoro ¡pam! –. Quién tuviera tus veinte y tres… Discúlpala, Eric. Siempre está de mal humor.

–                           Es que creo que la he molestado mucho hoy – la defendió hablando con mucho esfuerzo.

–                           ¡Vaya! Además de guapo, modesto. ¡Ven, que no te he saludado con un besito!

Ella le dio dos besos. El tacto suave de su piel le electrificó, y cuando se separaron por cuestión de dos pasos no pudo más que mirarla a los ojos. Ella le ahorró el sufrimiento sentándose. Eso le hizo romper el hechizo, con lo que pudo inspeccionarla de arriba abajo. No se parecía mucho a Carla. No estaba tan delgada como ésta ni tampoco era igual de alta. De todos modos tenía un buen tipo y se conservaba muy bien, aunque ya sus tetas obviamente habían pasado por las manos de bebés. Sus pies estaban increíblemente tersos y tonificados. A diferencia de su hija, no se cuidaba las uñas: básicamente no tenía.

Con una junto a la otra, aunque una de pie y la otra sentada, Eric no pudo evitar comparar sus rostros. Las dos irradiaban esplendor, aunque, por su gusto, él se quedaría con Carla, y no por su edad, sino porque las partes de la cara de su madre eran más grandes: la nariz, los labios, la boca, las cejas… Carla, de la cabeza a los pies, mantenía una estructura muy delgada que no rozaba la anorexia pero que tampoco no mostraba grasa alguna, aunque quizá la ropa de Carla le engañase y fuese peor de lo que él se estaba imaginando. <<Esa ropa es chiquitita y aún así le sobra.>>

–                           Carla, cariño – pidió María –. Sé amable y acerca esa hamaca, porfa.

Rezongando entre murmullos fue hasta la hamaca que su madre le había señalado y la acercó arrastrándola.

–                           Anda que tienes tacto con las cosas, hija mía. Vaya elemento que estás hecho.

Enfurruñada, no abrió la boca, sino que optó por alejarse. Se aproximó a un grupito de tres chicas y con ellas se quedó.

–                           Siéntate – le rogó María.

Acto seguido, platicaron, sobre temas muy variados. Básicamente se trató de una especie de cuestionario, en el cual ella le preguntó sobre varios temas de interés como los estudios o la familia – colándose inevitablemente la terrible pregunta de si estaba saliendo con alguna chica –, y en el cual él no se atrevió a preguntar nada, limitándose a contestar lo justo. En algunos momentos deseó soltarse y hablar más, si bien siempre se mostró muy parco en palabras por culpa de esos ojos que le hipnotizaron continuamente. Afortunadamente para él, las dos mujeres con las que había ella estado hablando antes se habían ido a hablar con otras nada más él sentarse. Aún así, notó que algunas chicas le miraban. ¿Acaso de verdad era tan guapo? ¿Atractivo y sugerente? ¡Qué cegatas!

El padre no le había caído mucho en gracia, la madre en cambio sí. Era dulce y divertida. Muy optimista también, sonriéndole mientras él le respondió a las preguntas. Él sintió muy buenas vibraciones mientras la tuvo ahí enfrente, ya que le transmitió mucha seguridad. Además habló con mucho sentido común. Eso fue algo que realmente distinguió tanto en ella como en su marido y que, naturalmente, sus dos hijos carecían. Si no le habían mentido, tanto el padre como la madre habían vivido en la miseria de muy jóvenes, y eso, inevitablemente, afecta en el comportamiento de uno. Los hijos, por lo contrario, habían nacido ya bajo un dineral en cada brazo, y por mucho que se lo hubiesen inculcado, dentro de sus venas no corría la experiencia de la miseria.

Si bien no preguntó apenas nada, hizo acopio del suficiente valor para formular sólo una pregunta: cómo era que trabajaba de peluquera. Ella se sorprendió al escuchar la pregunta, tirando la cabeza hacia atrás y abriendo los ojos como platos (tal cual había hecho su propia hija Carla bastantes minutos atrás), y le entró una risa que a Eric le asustó. Presto respondió que ella siempre había sido peluquera y que le encantaba; desde que su marido había comenzado a hacerse con restaurantes ella había ganado mucha fama como peluquera y empezó a tener clientes potenciales, gente famosa, muy famosa. A ella le bastó mencionar un par de nombres para que Eric abriese la boca, estupefacto. Uno de ellos era un actor muy famoso que a Eric le gustaba mucho. Ella no pudo evitar reírse un poco por la forma cómo Eric se regocijó al pensar que tenía delante a alguien que había compartido momentos con gente conocidísima.

Le explicó que jamás había dejado el oficio pese a toda la fortuna que reunían (le habló entretanto de la hermana mayor de Carla y de Filipo, Sara, quien trabajaba como agente de actores y actrices y quien también era una máquina de hacer dinero), puesto que, aparte de la lectura, se trataba de un gran pasatiempo para ella, en el cual se le erizaban los pelos y recordaba aquellos momentos en que debía rascarse la cabeza para llegar a pagar el alquiler. Jamás lo dejaría, añadió, justificándolo por el simple hecho de que se había ganado la admiración de muchísimos de sus clientes, por lo que abandonar el oficio supondría una decepción para todos ellos. Eric la escuchó decir eso con mucha atención, pensando en su madre a la vez, deseando que estuviese allí y la escuchase también. Seguramente si ella estuviese ahí se estaría comiendo las uñas y reflexionando que vaya chorrada que farfullaba la mujer. Eric podía entenderla, a ambas. Seguramente una de las razones ocultas, la cual esa mujer no revelaría jamás, era que anhelaba más dinero.

Cuando la conversación perdió su fluidez, Eric encontró un momento para despegarse de los ojos de esa mujer. Para su sorpresa advirtió que muchas de las chicas dentro de esa sala ya no estaban. Buscó a Carla y la localizó, no muy lejos, con la camiseta quitada y la falda vaquera también, tumbada sobre una hamaca. No la observó detenidamente, ya que su madre se cercioraría, pero sí que le echó un vistazo muy rápido ahora que le faltaba ropa. Estaba delgada, mostrando muy poca panza, y seguramente si se aproximase le encontraría costillas y algún hueso más. La apartó de su vista (de su mente también) y se concentró en su madre de nuevo.

–                           ¿Te vas a quedar a comer?

¡Comer! Se le había olvidado por completo.

–                           ¿Qué hora es? – Y buscó el móvil.

–                           Casi las dos.

–                           ¡Casi las dos!

Ella le señaló con el índice una reloj enorme que colgaba en una pared, justo debajo de donde empezaban los vidrios. No lo había visto, o al menos con profundidad, a pesar de que al entrar había paseado la mirada por toda la estructura. ¡Las chicas habían centrado toda su atención! Comprobó que ese reloj indicaba que apenas faltaban cinco minutos para las dos y luego se puso a mirar la de cosas que había pegadas. Imágenes de playas con soles relucientes y mares envidiables, fotografías de piscinas en gran tamaño, grandes pancartas con el nombre de las marcas de esos aparatos de bronceado,… Se distrajo mucho contemplándolas.

–                           ¿Entonces qué? – terció la madre. Formuló la pregunta con la voz bastante alta, y a Eric le provocó un respingo.

–                           Ehm… Creo que llamaré a mi madre. A ver, no lo he dicho si venía o no. Ella tampoco no me ha pedido que estuviese en casa para esta hora. Y bueno, como tardaría un buen rato en llegar a casa… bueno, si no les importa…

–                           ¡Qué nos va a importar! Carla seguro que se pone contenta. – Miró hacia atrás, por si Carla la había oído –. Y tutéame, por favor. Que no estoy tan vieja.

Él sonrió, muriéndose de la vergüenza. Miró hacia el suelo.

–                           Tendré que ir pidiéndole a las chicas que se vayan yendo.

–                           ¿No se quedan a comer?

–                           No – contestó con una sonrisa dulce –. Ellas pagan para estar aquí un rato. Y ya se les ha acabado el tiempo.

–                           Pues si eso… me espero fuera mientras las echas.

–                           No las echo. Sólo les digo que su tiempo se les ha acabado.

Eric se incorporó y se dirigió hacia la salida. A partir de ese momento se relajó, más o menos, y al relajarse recuperó sensaciones normales y se descubrió muy sudado por las axilas y con los brazos un poco tostados. Se pasó una mano por la frente y se asustó por la cantidad de sudor que se descubrió allí.

Salió.

El aire refrescante le golpeó con una suave brisa. Eso incrementó la sensación de sentirse sucio. No se atolondró, si bien pudo tranquilamente hacerlo, convenciéndose de que no había posibilidad alguna de cambiarse de ropa. Sacó el móvil y marcó el número de su madre. Llamó, y mientras esperaba a recibir una contestación observó su derredor.

–                           Hola hijo. ¡¿Qué tal?! ¡¿Ya te has ligado a alguna?! ¡Dime que alguna te ha echado el ojo!

Se puso a lanzar la mano libre al aire y anduvo en círculos. Chasqueó los labios.

–                           No, mamá, no. Hoy no traigo una cara muy mona.

–                           Que no traes una cara muy mona… ¡Será tontín mi niño! ¿Hay chicas o no hay chicas en ese palacio?

–                           Sí, y muchas, pero ahora no estoy para ligarme a nadie.

–                           Vale, vale, tontín. ¿Qué? ¿Ya tenemos trabajo?

–                           Puede – y se coló una sonrisa entre sus labios –. Aunque ya veremos. Simplemente me ha pedido que verifique un dibujo y que lo adapte según crea conveniente. Pero yo creo que lo ha hecho más por pena, ya que mi hermana les habló de mí como… mi hermano, el pobre, que se muere del asco sin encontrar nada.

–                           Nada, hijo, nada. Por ahí se empieza. Por la mierda. Luego ya tendrás tiempo para contratar las mierdas.

–                           Ojalá – soltó muy lentamente, y sus ojos acabaron posándose sobre algo en lo que no había reparado antes de entrar a la gran sala de solarium. Entonces perdió cualquier contacto con la conversación.

–                           ¿Eric? ¿Hijo? ¿Estás ahí? Parece que se ha cortado.

Eric parpadeó dos veces muy rápidamente y reaccionó.

–                           Estoy  aquí, estoy aquí. Perdona. Me he despistado. ¿Decías?

–                           No, sólo que qué querías.

–                           Ah, sí – y le entró un ataque de risa. ¡Qué absurdo! –. Que me voy a quedar comer. ¿No te importa?

–                           ¿Saldrás con alguna novia rica de ahí?

–                           Puede.

–                           Entonces puedes quedarte una semana o más en ese sitio.

–                           Je, je, je. Pues eso. ¿Ha llamado Lara?

–                           No. ¿Debería?

–                           No, sólo preguntaba.

–                           Ah.

–                           Bueno, pues corto. ¿Todo bien?

–                           Sí, chungos estamos. Ten cuidado con lo que dices y saca pecho.

–                           Sí, mamá, adiós…

Colgó. <<Si no ha llamado aún, llamará. Seguro que le preguntará a mamá qué tal ha ido. A mí no me llamará. No. Tengo una extraña sensación alrededor de ella… ¿Qué demonios habrá hecho ella para que quieran matarla?>>

Más concretamente: ¿para qué quería el Hombre de Negro matarla?

Lo averiguaría. Sí o sí. Y aún tenía una semana por delante.

Guardó el móvil al bolsillo y se dirigió hacia donde sus ojos habían posado. Se trataba de un terreno en el cual yacían herramientas para la construcción, bloques de madera, andamios, sacos de arena, cemento y todo lo necesario para construir. A él le gustaba observar a los paletas cómo construían, y en muchas ocasiones lo había hecho, ya que su tío era paleta y de pequeño se lo había llevado algunos fines de semana para que se entretuviera. Viendo todo ese material regresó a muchos años atrás y se vio de nuevo sentado sobre una viga y contemplando cómo realizaban acciones tales como hacer cemento o colocar los andamios. Se regocijó mucho mientras se recordaba a sí mismo. Vagó alrededor de todo ese material, pegando patadas a las pequeñas piedras que se iban cruzando en su camino, y oteándolo, con la cabeza gacha. Alguna que otra vez se acuclilló también para mirar la marca de los productos.

Aún no habían construido nada. Seguramente se trataba del almacén aquel del que le había hablado el padre. Faltaba material, Eric calculó, ya que con lo que había ahí guardado no daba ni para un cuarto si el padre pretendía un almacén grande. Quizá el almacén era pequeño… <<No, falta para el tejado. Y vigas también faltan.>>

Pero la ensoñación duró poco. A lo lejos sonó una voz femenina que le llamó. Se giró, para descubrir que era Carla. Echó un último vistazo a toda esa construcción.

Ella le esperaba enfrente de la entrada del solarium. Esperaba con impaciencia, moviendo las caderas, de brazos cruzados. Tenía el rostro muy serio, y Eric casi prefirió irse solo. Pero fue hasta ella, y mientras se acercaba avistó a la madre de ella a unos metros más hacia adelante, con el pequeño grupo de chicas, que aún no se había marchado. Junto a ellas les acompañaban los perros, más contentos que las castañuelas, con unos rabos que tocaban el mismísimo cielo.

–                           ¿Por qué tu madre acompaña a estas chicas y las tantas otras que había antes se han ido solas? – preguntó al alcanzarla.

–                           Porque son las nuevas. Las nuevas siempre se quedan al final. Éstas están un poco cagaditas.

Eso último se lo dijo a la oreja. Extrañamente un sonido suave y melódico surgió de su garganta. El cuerpo de Eric vibró.

–                           Pero es extraño – reflexionó él, echándose a andar en pos de las chicas –. Las otras no han venido a despedirse de tu madre.

–                           ¡Ni lo harán! – profirió –. No tienen educación. Entran y salen sin apenas decir hola ni adiós. Sólo pagan por estar tostándose y ya está.

–                           Tú no me has saludado – anunció él, y jocosamente miró hacia otro lado, silbando.

–                           ¿No lo he hecho? ¡Mentiroso!

–                           Debería llevar siempre una grabadora conmigo.

–                           Tonto – y cariñosamente ella le empujó.

Anduvieron lentamente. Eric solía andar a un buen ritmo, pero en esa ocasión siguió el ritmo de ella, quien, por lo visto, no quería pillar a su madre y las chicas.

Cruzaron entre árboles y fuentes maravillosas y luego pasaron por el lado de los parques, toboganes, jacuzzis, piscinas,… por un camino de guijarros que serpenteaba ligeramente. Eric aprovechó el trayecto para deleitarse otra vez con ese amasijo de lujos que no estaban distribuidos con ningún orden aparente.

Apenas se intercambiaron palabras hasta llegar a la casa propiamente. Allí Carla y él entraron mientras su madre despedía a las chicas, quienes habían echado una última mirada a Eric con desprecio y aparentemente envidia. Allí Carla le informó de adonde tenía que dirigirse y en donde esperar.

–                           Yo debo subir a mi cuarto – explicó ella –. ¿Seguro que sabrás ir?

–                           Espero aquí.

–                           No pasaré por aquí. Bajaré por otro sitio.

–                           ¿Hay otras escaleras?

–                           Sí. No te las he enseñado antes.

–                           Bueno, da igual. Espero a tu madre.

–                           Como quieras. De todas formas, si te pierdes, Tito te encontrará.

Subió por las escaleras y desapareció.

Antes de sentarse, Eric comprobó que la madre no se había marchado por otro sitio. ¡Era todo un castillo ese sitio! Se había quedado hecho polvo con que había otras escaleras en alguna otra parte de esa mansión. ¿Una salida de emergencia? Allí existía lo innombrable. Increíble. Asomó la cabeza a la entrada principal, completamente abierta como cuando él había arribado, como dando la bienvenida a los ladrones. Se asomó sin que se notase su presencia mucho. Continuaba la madre allí, charlando con las chicas-modelos y echándose unas risas. Aliviado (¡cualquiera se quedaba ahí solo!), se sentó en el sofá, del cual dudaba si era blanco o gris.

No tuvo que levantarse cada dos por tres para verificar que su madre estuviese en lo alto de la escalinata. Desde su posición podía oírla perfectamente exaltarse y carcajearse con una traca estruendosa y particular. A las otras chicas también, hablando como gallinas y partiéndose con risitas que Eric repulsó. Se arrellanó muy cómodamente en el sofá, aún sin creerse donde se encontraba, y aguardó.

Aguardó más de diez minutos, y lo curioso es que nadie apareció. A Eric, de todos modos, se le pasaron volando, ya que volvió a toparse con el grandioso retrato de la familia Fellini. De nuevo quedó extrañamente hipnotizado. Ésta vez prestó mucha atención al padre de la familia y al tipo que estaba en una esquina, al lado de la madre. El padre mostraba todo su poderío y toda su grandeza con la mirada y con la cabeza altiva, como diciendo <<Mirad lo que he levantado yo solito.>> Su rostro serio y casi antipático difería mucho del de todos los demás, quienes sonreían. Por eso mismo se quedó observando al padre, por su porte. No llevaba el bastón con el que ahora se ayudaba para andar pero era casi como si lo portase.

Se estremeció.

Cuando la madre reapareció, se mostró sorprendida.

–                           ¿Pero qué haces aquí solito?

Eric se encogió de hombros, como quitándose las culpas de encima.

–                           ¡Qué desfachatez tiene mi hija! ¿Se ha atrevido a dejarte solo?

Su pelo rizado brilló por efectos del sol y sus pendientes relucieron. Éstos no se los había visto antes, por lo que se los habría puesto mientras él había contemplado el material de obra. Llevaba una blusa verde y una faldilla vaquera muy similar al que llevaba su hija Carla. Esa ropa le favorecía mucho. <<Porque sé que es madre, sino me pensaría que tiene mi edad.>>

–                           Me ha dicho que tenía que pasarse por su habitación y que bajaría por otro sitio. Y yo, bueno, me he dicho que te esperaba para no perderme.

–                           Pobre… Sígueme.

Por primera vez en ese día Eric accedió por la puerta izquierda del salón de entrada. Esperándose encontrarse cosas diferentes al pasillo derecho, se desilusionó al pasar al lado de puertas y más puertas cerradas o entornadas. Acabó cansándose y caminó mirando al suelo, a la alfombra roja interminable. Vio cómo la suela de las sandalias que calzaba la madre se chocaba con la planta de su pie cada vez que alzaba el pie. Ella no habló durante el camino, ni apenas se le oyó respirar. Qué extraño.

El pasillo, todo recto, terminó y giraron a la izquierda. Allí volvieron a girar a la derecha y dieron a un comedor esplendoroso. Adentro sólo se hallaba Tito, poniendo los cubiertos, vestido de mayordomo. Éste, en cuanto vio a la madre, se apresuró en bajar la cabeza para saludarla, en señal de deferencia. A Eric lo miró subiendo las cejas.

–                           ¿Voy poniendo las platos, señora?

–                           Sí. Ahora les voy llamando ya para que bajen a comer.

Tita hizo una reverencia con la cabeza y se marchó. Al llegar al umbral, sin embargo, frenó en seco.

–                           Casi se me olvida – dijo –. El señor me ha dicho que no bajará a comer. Ha salido a reunirse con alguien.

–                           Este hombre no aprenderá nunca – se resignó la madre.

Tito no habló y se retiró a la cocina.

<<Si tienen coches aparte del que Tito ha usado para traerme, ¿dónde los esconden? No los he visto ¡Dios Santo!>>, pensó Eric.

Ella suspiró y se volvió. Encarando Eric, le sonrió.

–                           Siéntate donde quieras. Ahora bajan los demás.

–                           Sí.

–                           ¿Tienes problemas con alguna comida en especial?

–                           Me gusta todo; no tengo ningún problema.

–                           ¡Anda que apañado! Así me gusta.

Se frotó las manos. Luego cogió y se fue por otra puerta. En ese comedor había hasta 3 puertas en total: una a la que podía llamársela trasera, pues se encontraba a espaldas de Eric y era por la que él y la madre habían entrado, una puerta a la derecha, que supuestamente daría a la cocina y por la que había desaparecido Tito, y una a la izquierda, por donde había desaparecido la madre.

Eric se sentó sin apartar los ojos de los muchos retratos que había en las cuatro paredes. Todos enmarcados con un color semejante al del oro y todos muy bien elaborados. No había ni un solo retrato de la naturaleza, ni de la ciudad, ni de nada que no tuviese relación con los Fellini. A Eric tanto egocentrismo le iba a hacer vomitar. En su casa su madre le había educado de la forma contraria.

Tito entró con una bandeja enorme. Eric le ayudó a crear espacio para colocar esa bandeja. De la bandeja le llegó un olorcillo a carne.

–                           ¿Te gusta comer? – le inquirió Tito.

–                           ¿Que si me gusta comer? – no entendió Eric –. Pues sí. Como a cualquiera, ¿no?

–                           Pues hoy descubrirás una comida riquísima.

Eric le sonrió. Le caía en gracia ese mayordomo-manitas. ¡Qué ironía!

Tito se llevó dos dedos pegados a los labios. A continuación aparentó hacer ademán de chuparse los dedos.

–                           Te aseguro que volverás. Sólo por la comida.

–                           ¿Antes que el dinero? – Y Eric rió.

–                           Hombre, siempre tienes a Carla. Muchísimos lo han intentado.

Tito no le dejó tiempo para contestar. Se volvió y regresó a la cocina. Un minuto más tarde apareció Filipo.

–                           ¡Ey! ¿Te quedas a comer?

–                           Más o menos. No me han dado otra opción casi.

–                           Te va a encantar la comida.

Tito reapareció, pero esta vez acompañado. Era una mujer a la que ya había visto antes, limpiando. Era extranjera, de tez morena y de carácter muy fuerte. Ambas traían bandejas y salsas. La mujer le dedicó una mirada que rozó la aversión, una mirada que a Eric heló y que casi le asustó. Filipo se percató, y cuando esa mujer, ataviada con un delantal azul y con una cofia blanca, se marchó, él le susurró a la oreja:

–                           Odia a todo el mundo. No te preocupes.

Pero Eric se había quedado tan impresionado por la mirada que la tuvo bien metida en su cabeza unos minutos más. Afortunadamente para él, ella no volvió a asomarse; sólo Tito, que iba y venía como alma que lleva el diablo. Ese pensamiento terminó por difuminarse cuando entraron los otros miembros de la casa. Primero Carla, luego María, y finalmente una mujer desconocida para él. Como no podía ser menos, estaba bien bronceada y se cuidaba mucho el vestir y la figura. Era algo más alta que Carla (quien llegaría al metro setenta) y no tenía el pelo largo, sino más bien cortito, de color pelirrojo. Iba con vaqueros que le llegaban hasta los tobillos, y andaba con zapatos sin tacones.

Si Carla se mostraba poco simpática, esta mujer aún menos. Además de que ya le pesaban un poco los años a diferencia de Carla y Filipo, sus ojos de rana y sus labios de pato eran lo más destacado de una mujer que seguramente había heredado el carácter de altivez de su padre y también su seriedad. Cuando Eric se puso en pie para saludarla, ella le miró de muy mala manera, tanta que se le quitaron de golpe las ganas de acercarse a ella. Sin embargo, la madre, con su sonrisa imposible de despegar, la empujó para que se acercase.

–                           Te presento al hermano de Lara, Eric.

–                           Encantado.

Dos besos. Ella, ni mu. Momentáneamente recordó las palabras de Carla, cuando había comentado acerca de la educación de las chicas que las visitaban para el solarium.

–                           Ella es mi hija mayor, Sara.

Y pasó una mano sobre el hombro de ella, como arropándola o enorgulleciéndose.

Sara lo tuvo frente a frente hasta que su madre quitó la mano. Entonces se volvió, sin perder ni un segundo, habiendo dejado en evidencia que él no era bienvenido por esa mujer. Eric se sentó, diciéndose que esa mujer no debía importarle, que total, ella ya era una treintañera que no tenía que a él ni irle ni venirle.

Se sentaron los demás, Carla a su izquierda y Filipo a la derecha. La madre se puso justo enfrente de él; Sara, a la izquierda de ella.

–                           Ñam ñam – pronunció la madre, destapando la bandeja.

Había cordero y patatas hechas al horno.

Carla y Filipo abrieron las otras bandejas. Ensaladas, espárragos, olivas,…

–                           ¿Qué quieres? – preguntó la madre a Eric.

–                           Un poco de esto y un poco de aquello.

A la sazón Tito hizo acto de aparición y le pidió a la señora que le dejase a él servir. Ella se lo negó aduciendo que él ya había hecho mucho trabajo y que podía retirarse a comer. Él asintió con una reverencia y, callado, se llevó las bandejas.

Principiaron a comer. El comedor se tornó un espacio casi de oración: el ruido prácticamente se desvaneció, sólo interrumpido por el corte del cordero y por el masticar. Eric al principio se incomodó un poco por tanto silencio, mas con el tiempo se acostumbró. Jamás antes había comido con otra gente en silencio, fuera de su casa. No entendió bien, bien, el porqué de no hablar. Quizá se trataba de un ritual, o de una norma de la casa. La verdad era que él miró a todos, uno tras otro, y a todos los vio iguales: sin ánimos de hablar.

–                           ¿Te ha gustado? – le inquirió la madre al terminarse la comida.

–                           Para chuparse los dedos.

Ella a continuación se puso en pie.

–                           Voy a por los postres. ¿Cafés, Eric?

–                           No. No me van mucho.

Ella se fue.

Eric puso sus cubiertos sobre el plato usado y juntó las manos. Los demás optaron por posturas más cómodas, suspirando y aliviándose.

–                           Qué raro, no has preguntado – le dijo Filipo.

Eric esbozó una cara de incomprensión.

–                           ¿Qué debería haber preguntado?

–                           ¿Siempre comes así en casa? ¿Sin hablar?

–                           Ah. En casa a veces, cuando sólo como con mi madre. Pero fuera la verdad que no.

–                           ¿Y no te revienta? – preguntó Carla.

–                           Te acostumbras supongo.

Sara hizo “pst”, sin dedicarle la mirada. Sus ojos se posaban en la pared, como quien evita a alguien. Filipo y Carla no parecieron prestarle mucha atención a ella. Ni lo parecieron en ese momento, ni lo habían parecido desde el principio: no se tratarían mucho.

La madre retornó con una bandeja de plata que contenía galletas y buñuelos recubiertos con un poco de azúcar. Filipo se relamió los labios y se lanzó hacia ella en cuanto la madre las dejó sobre la mesa. Las otras dos chicas, en cambio, no tenían la pinta de apetecerles mucho. La madre las miró a ambos y ellas entendieron que debían coger al menos un par.

–                           Coge, Eric, coge.

¡Qué bien que le sentaron esas palabras! Sentía el estómago a punto de reventar pero esas palabras resonaron cual una bocanada de ánimo. Se echó a comer galletas y buñuelos por igual.

–                           Así que cuándo volveremos a verte por aquí – pronunció la madre.

A Eric la pregunta le pilló con un buñuelo en la boca. Se lo tragó y se limpió con una servilleta. Luego bebió un poco de agua. En ese momento, antes de que pudiese hablar, entró Tito, con una taza de café. La dejó justo delante de la madre.

–                           Espera un segundo, Eric – le rogó con la mano. Luego se dirigió a Tito: – ¿Has acabado de comer?

–                           Sí, señora.

–                           Hazme de favor de sentarte por aquí. Así charlamos todos juntos.

Tito se desconcertó, aunque nadie lo percibió excepto Eric. Quizá la madre también lo había percibido. La cuestión fue que parpadeó dos veces muy rápidamente y fijó sus ojos sobre ella.

–                           No sé si un hombre como yo podrá mantener una conversación tan culta como la que suele tener usted con sus clientes.

–                           Tus ocurrencias podrán con cualquier cosa.

Tito no pudo disimular una sonrisa. Reverenció con la cabeza y presto se sentó. Eric observó cada uno de sus movimientos. En cuanto Tito se dio cuenta de que le estaba observando, le guiñó el ojo picaronamente.

–                           Bueno, ahora Eric nos iba a explicar algo.

–                           Ah, muy bien – contestó Tito, y pegó la mirada al rostro de Eric.

–                           Perdona que te haya interrumpido. ¿Qué ibas a decir?

–                           No, nada; sólo iba a contestar a tu pregunta. La verdad es que con el tiempo libre que tengo… me pasaré lo más rápido posible. Mañana quizá.

–                           ¿Tan rápido? – se extrañó Filipo, tocándose el pelo.

–                           Hacer un esbozo no conlleva mucho tiempo. Además, a mí se me da muy bien trazar líneas y las ideas van que me vuelan.

La madre se rió ligeramente.

–                           Pues ya le pediré a Tito que te venga a buscar. ¿A que sí, Tito?

–                           Encantado. Ya sabe que me gusta mucho visitar la ciudad.

–                           ¡Oh, no hace falta! No os molestéis, de verdad. Ya podré apañármelas solo.

–                           Tu hermana nos contó hace nada que no tenías coche – terció Carla.

Eric se bloqueó dentro de su mente. Se le había ido el santo al cielo.

–                           Ni lo tengo.

“Pst”, emitió Sara, muy por lo bajini. Eric, sin embargo, llegó a oírla.

–                           Pero tengo un amigo que estará encantado de acercarme.

–                           ¡Vaya tontería! – profirió la madre –. Para eso que se acerque Tito a tu casa y te traiga. ¿Vas a hacer que tu amigo se vaya?

–                           Vivir aquí es una mierda…

–                           ¡Carla, esa boca!

–                           Sí, mamá, perdón…

–                           No, para nada – dijo Eric –. Siempre me lleva a todos los sitios, y se espera cuanto haga falta o se espabila para matar el tiempo.

–                           Hombre, podríais venir los dos.

–                           ¡Bah! – expresó Sara, disgustada –. Venga, esto es jauja, todos invitados, ¡venga!

–                           ¡Será porque tú no has traído gente! – se indignó Filipo.

–                           ¡Vale, vale! ¡Ya basta, hijos míos! No os peleéis, que ya tenéis una edad…

La madre se llevó las manos a la cabeza y fue aplastando el cabello con las manos en dirección hacia la nuca. Resopló. Eric comprobó que Sara y Filipo se estaban matando con la mirada.

En una fracción de segundo Sara se puso un dedo sobre los labios, con ademán de instar a Filipo a callar. Eric notó cómo Filipo se ponía rígido.

–                           ¿Te lo puedes creer? – espetó la madre –. Con treinta años y aún dando guerra como un niña.

Acto seguido resonó un móvil. Nadie se movió a excepción de Sara. Seguramente agradecida por esa llamada, aprovechó la ocasión para ponerse en pie y salir del comedor.

–                           Hala, sí, vete, hija, vete. Un día de estos su móvil arderá…

–                           Yo quiero ver ese día – se regocijó Carla.

–                           ¡Y vosotros…! Callaos un poco la boca.

–                           ¡Pero si yo no he dicho nada! – protestó la hija.

–                           Me matarán, me matarán… ¡Señor, dame fuerzas!

Eric no pudo disimular una sonrisa. Tito se la vio, y le guiñó un ojo. En respuesta a ello, Eric le asintió con la cabeza, lentamente.

–                           Usted a veces también se pelea con su hermana – comentó Tito a la madre, guiñando otra vez un ojo a Eric.

–                           Pero no es lo mismo, Tito. Dónde me vas a ir a parar. Estos parecen críos.

–                           Ya espabilarán señora cuando se vayan.

–                           ¡Eso espero!

Eric miró a lado y lado y se sintió que ahí pintaba muy poco. Anheló marcharse. Se tocó el bolsillo y allí notó el esbozo doblado que le había tendido el padre Fellini. Entonces olvidó que quería marcharse.

–                           María, de verdad – dijo –. No quiero molestar a nadie. No quiero que Tito esté pendiente de a qué hora tiene que venir o no. Prefiero poder acercarme a una hora en que esté alguien y dejar el esbozo.

–                           ¡Preocuparse por mí! – exclamó de sopetón Tito –. Estoy muchas horas disponible, señor Eric.

–                           Seguro que aquí tendrás cosas más importantes. De verdad que no…

–                           Mamá, déjalo – intervino Carla –. Qué manía con siempre hacer lo contrario que diga la gente. 

–                           ¡Sh! Aquí mando yo. Y Tito no tiene nada que hacer. Eric, en serio, déjame hacer este favor.

Eric suspiró. El arrinconamiento le terminó por tirar la toalla.

–                           Está bien. ¿Para qué hora sería?

–                           Usted manda, señor.

–                           Pero usted aquí hace tareas…

–                           Tenemos muchos criados – explicó Filipo –. Él controla que todo esté en orden.

–                           Hum. Pues si me facilitáis un teléfono.

–                           Cuando te vayas Tito te lo dará, ¿cierto?

–                           Sí, señora.

Ella se acabó el café. Oteándola, se la veía más calmada.

–                           Esta tarde tengo dos visitas – informó a Tito –. Son Jake y Anthony. Necesitaré que me ayudes. Vendrán alrededor de las cinco.

Tito asintió, con una reverencia de la cabeza.

–                           ¿Alguno de vosotros dos  va a salir hoy a Lartos?

–                           Yo tengo que estudiar – contestó Filipo –. Mañana tengo un examen en la universidad.

Carla, en silencio, dijo que no con la cabeza. 

–                           Pues podrías hacer el favor de llevarlo. ¿No tienes nada que comprarte en la ciudad?

–                           Ropa – contestó sin energía, indiferente, alzando las cejas.

–                           De ropa no que ya tienes para parar un tren.

–                           ¿Por qué debería llevarlo? ¿No dice él que no quiere molestar a nadie?

–                           No ha venido con coche, señorita Carla – se entrometió Tito –. No se molesten, señoras. Ya lo llevo.

–                           No. Lo llevará mi hija.

–                           Sí te gusta conducir hermanita.

–                           ¡Calla estúpido!

–                           ¡Esa boca! ¿Pero qué son esos modales? Lo llevas y punto. Así te entretienes, que no haces nada en casa.

–                           Estoy estudiando en la uni – se quejó cual una niña pequeñita, entonando un tono despectivo.

–                           ¡Huy sí! ¡Déjame que te quite el sudor de la frente!

Enfurruñada, se cruzó de brazos y no replicó. Miró hacia otra parte, respirando con fuerza.

–                           ¿Voy recogiendo, señora? – se apresuró a preguntar Tito, adelantándose a un silencio que parecía a punto de asentarse.

–                           No, no. Antes quería consultar algo contigo y con Eric.

–                           Muy bien – y se colocó bien en la silla.

–                           Eric. Hoy he tenido una clienta que me ha hecho reflexionar, y tanto tú como Tito habéis vivido en un ambiente de… de no tanta riqueza, digamos.

–                           Y usted también señora, por lo que me contó hace mucho.

–                           Sí, pero hace tanto que ya no me acuerdo de cuando vivía mal… – Se tocó el pelo. Luego buscó palabras en su mente y continuó –: La cosa es que una que ha venido hoy ha entrado y ha pasado completamente de que alguien la llevase al sitio. Se ha dado un paseo y con todo el morro se ha metido en la sala del solárium. ¡Menuda sorpresa cuando me la he encontrada allí tumbada! Era pronto; serían como las nueve de la mañana. Aún el grupo gordo no había llegado, y claro, sólo me pasaba para preparar las butacas y ordenar un poquito el desorden de ayer.

–                           ¿Y quién le ha abierto la puerta? – interrumpió Filipo, extrañado.

–                           Alguna de las criadas, fijo – supuso Carla, hablando despectivamente –. Siempre hacen lo que les da la real gana.

–                           Bueno, eso no importa. Alguien la habrá abierto y le habrá indicado el camino hasta el solárium. La cuestión es que entro, me la encuentro ya ahí bien puestecita, y eso que me acerco. Así, sin más, como para preguntar, sin ninguna mala intención. Me acerco y… ¡me trata como si fuese la mismísima criada! ¿Os lo podéis creer? Me ha hablado como si fuera un chucho y me ha pedido groseramente que trajera a la dueña del solárium, que tenía que hablar con ella por algo que no le había gustado. Ahora yo os pregunto, Tito y Eric,  ¿visto como una criada? ¿Tengo pinta de criada?

Eric y Tito coincidieron en negar con la cabeza rotundamente, sin perder tiempo. Segundos después Carla se partió de la risa y Filipo se puso a dar golpes a la mesa con la palma de la mano derecha.

–                           Ya te lo digo siempre, mamá. No vistes bien – y Carla prosiguió con su risa.

–                           ¡No digas bobadas! Tito, dime, ¿parezco una criada?

–                           En absoluto. Viste como una reina.

–                           Estaría ciega esa tía – añadió Eric.

Ella pareció quedarse satisfecha con la respuesta. Pero aún había más.

–                           Vaya cara se me ha quedado cuando me ha llamado chacha… Porque era una cliente potencial, que si no… ¡Le hubiera arrancado todos los pelos de su delicada cabeza! Pero en fin… Le he explicado de buenas maneras que yo era la dueña. ¿Y sabéis qué? ¡Ni se ha inmutado! Se ha puesto unas gafas de sol más feas que su cara de pato y casi me ha ignorado.

–                           Con todo el respeto, señora – interrumpió Tito, alzando una mano –, yo la hubiese echado. No se merece ese mal trato.

–                           Ya… Su marido vino ayer y dejó una grandiosa caja en la peluquería.

–                           ¿El de la gala esa de premios? – inquirió Filipo.

–                           Sí. Ése.

Se creó un silencio a continuación. Eric pensaba con mucha precaución, pero ese silencio le precipitó. ¡Qué cerda!, profirió, y todos fijaron la mirada sobre él, tan fijamente que casi le avergonzó haber proferido semejante cosa. Tuvo que buscarse una corrección.

–                           Quiero decir… que eso no se hace. No sé. Aún siendo alguien una criada, se merece un respeto.

Miró a Tito. Éste le dedicó una sonrisa sincera.

–                           ¿Y qué era que no te había gustado? – se interesó Filipo.

–                           Ah, sí. ¡Que la deberíamos haber recibido como una reina! ¡Lo que hay que oír, por favor! Entra toda sola, se apaña para llegar hasta el solárium, ¡y encima que soy una desconsiderada! ¿Cuál ha sido la palabra que ha usado exactamente? Ah, sí. Dueña de tres al cuarto.

–                           ¡Oala, mamá! – gritó Carla –. Yo la hubiese echado a patadas.

–                           Sí, eso ha sido lo primero que he querido hacer. Luego me he congelado un poco la mente y le he comentado que antes debería haberme avisado de que ya estaba ahí.

–                           ¿Cómo se llama la tía esa?

–                           Mónica.

–                           Lástima que no haya ninguna rima para la burla.

–                           Es una “tocaharmónicas”.

Y a la madre se le dio por reír. Los demás ni reaccionaron.

–                           Ay… qué estupidilla. Bueno, será mejor que vayamos saliendo de aquí. Tito, ya puedes ir retirando los postres y los platos.

–                           Enseguida, señora.

Más rápido que el viento, comenzó a retirar platos. Cuando cruzaba el umbral hacia la cocina llamó a alguien. Tras desaparecer, la madre le dijo a Eric en tono bajo.

–                           Yo siempre intento hacerles entender a mis hijos que no pueden burlarse de alguien simplemente porque sea un criado o alguien que limpia. Que les paguemos no nos da derecho a nada. ¿Por qué hijos?

–                           Porque alguien nos paga a nosotros – respondieron mecánicamente al unísono.

A Eric le gustó eso, y lo expresó con una media sonrisa. Se lo contaría por la noche a su madre.

–                           ¿Los postres, entonces, bien?

–                           ¡Riquísimos!

Tito reapareció, y no solo. Le acompañaba una mujer que no había visto antes, de tez blanca y ojos preciosos. Ella le saludó al verle.

–                           A cambio, seguramente te devolverán una sonrisa – finalizó la madre.

A continuación Filipo se marchó hacia su habitación allí por donde había venido y la madre salió por otra puerta.

–                           Vaya, me queréis dar todo un desafío.

–                           ¿Cómo? – se dio la vuelta Carla.

–                           Que os vais todos y me dejáis aquí, para arriesgarme a perderme entre multitud de pasillos.

–                           Eres un exagerado. – Y se rió un poco –. Acompáñame un segundo, y te llevo a casa.

Ascendieron por unas escaleras con forma de caracol, estrechas y algo angustiantes. Eran las mismas escaleras por las que había ascendido Filipo. Conducían hacia un pasillo que no había visto antes, pero conducían hacia el típico pasillo de esa casa, poco ancho e interminable. Ella le llevó hasta su habitación.

–                           Tu habitación es casi tan grande como el piso donde vivo – ironizó.

Apenas perdió tiempo en escrutar el lugar. Más que nada, temió que le subieran las vísceras a la garganta y se echara a vomitar. Tan sólo dedicó lo justo para descubrir que ella tampoco no le faltaba de nada. Ordenadores, televisión, aparatos de música, colecciones de coches en miniatura,…

–                           Te molan los coches por lo que veo.

–                           Son mi vida.

Recogió unas cuantas cosas de un cajón y se las metió en el bolsillo. La última cosa que cogió fueron unas llaves, que repiquetearon al ser cogidas. Antes de salir, comprobó que no se dejase nada.

–                           ¿Vamos?

–                           Vamos.

Mientras se encaminaban hacia el salón principal (¿o debería llamarse el retrato principal?), ella le explicó de dónde había nacido su gran afición por los coches. Por lo visto, cuando apenas se aguantaba en pie le regalaron coches de juguete y ella no dejó de jugar con ellos. Luego vinieron coches eléctricos y, aprovechando el vasto terreno que se expandía alrededor de su casa, salió cada dos por tres para, literalmente, “batir la carretera”. También condujo muchos karts y fue a miles de exposiciones de coches.

–                           No me preguntes qué me gusta de ellos. No lo sé.

Él la escuchó con cierto interés pero su mente se centró más en otros temas. Le apeteció mucho despedirse de la gente de ahí, especialmente de Tito, pero de camino  a la salida no se cruzó con ninguno de ellos y no quiso enturbiar a Carla haciéndola perder tiempo. No sonreía, pero es que tampoco no se había mostrado risueña antes. Aún así, a uno le resultaba imposible discernir si estaba enfadada o si simplemente era seria por naturaleza. De todos modos, no se iba a arriesgar.

Salieron y él no logró evitar un vistazo de reojo al cuadro. El rostro despótico e imponente del bigotudo padre de familia le miró con honor y dignidad, pero también le infundió pavor y muchísimo respeto. En fracciones de segundo rememoró su encuentro con él y su posterior estancia en la sala de dibujo y tiritó.

Bajaron la escalinata y dieron la vuelta a la mansión. Pisando la grava y las piedrecitas, él vio cómo detrás se formaba un jardín muy poco cuidado en comparación al parque y a la senda hacia el solárium. La hierba estaba lo suficientemente cortada como para que uno no bramase que esa parte del terreno era una mi…, pero apenas había adorno alguno y parecía más bien destinado para los perros, para que éstos correteasen y se entretuviesen allí. Siguieron adelante y él fue testigo de un garaje (enorme, cómo no) adosado al “culo” de la mansión. Se trataba de un sitio descomunal, en el que cabían como veinte coches y veinte furgonetas. Dentro descubrió el coche de Tito y otros más. A raíz del objeto recordó una pregunta.

–                           Hostia, ahora que veo el coche con el que me ha venido a buscar Tito… – balbuceó –. ¿Por qué hemos parado a como cinco minutos de aquí? ¿Y por qué ahora se encuentra ahí aparcado?

Al parecer le gustó la pregunta, abriendo la boca y luego mordiéndose los labios con una ligera sonrisa. Reflexionó la respuesta.

–                           Manías de mi madre. Cuando tenemos clientas para el solárium no quiere exhibirse en coches.

–                           ¡¿Pero si tenéis muchas cosas en constante exhibición?!

–                           Ya – encogiéndose de hombros –. El coche sólo se mete cuando ya no hay clientes. Órdenes de la ama de la casa.

Su rostro expresó incomprensión y falta de sentido común.

–                           Vuestra madre os marca una educación muy estricta, ¿verdad?

–                           Muyyyyyyy estricta. Jamás podrás hacerte a la idea. Y mejor que no te la hagas. ¡Entremos!

Ella abrió a distancia el coche más elegante de allí, un descapotable gris metalizado del tamaño de dos metros y diez centímetros de largo. A pesar de que la excentricidad y el excesivo lujo no coincidían con su espíritu, tuvo que admitir que ese coche era toda una delicia. Se acercó y su interior le volvió prácticamente loco, con un volante repleto de botones pequeños, tal como a él le gustaba, y con un navegador que por lo menos funcionaría cual un ordenador. Aunque principalmente el coche iba destinado para dos personas, detrás también había asientos, mas la forma en cómo quedaban conformados los asientos hacían algo inviable la presencia de gente en los asientos traseros, si bien apretujándose las piernas uno podía estar allí (incómodamente). Los asientos eran de cuero, con una mezcla entre el rojo y el negro. Cuando se sentó comprobó su tacto y… ¡menuda gloria!

–                           Hace un poco de frío, ¿no? – atinó a decir, y se frotó las manos con brío.

Antes de que encendiera el coche tocó un botón. Un sonido metálico rugió y el coche empezó a sacudirse. Eric se agarró al asiento, asustado, mientras ella ni se inmutó. A través del retrovisor, entonces, vio que salía algo por la parte de atrás y enseguida descubrió que emergía un techo que conectó directamente con el vidrio delantero. Eric alucinó, incluso cuando el coche dejó de sacudirse y se subieron solas las ventanillas laterales.

–                           ¿Qué pasa? ¿Nunca has visto algo así?

Lo negó con la cabeza, mudo. En consecuencia ella rió.

–                           Salgamos.

Encendió el coche y música a toda pastilla “explotó” de los cuarenta mil altavoces que habría ahí metidos. Dio un pequeño respingo, sin haberse esperado algo semejante de ella. Salieron del garaje y ella no bajó el volumen. De todas formas, a él no le importó. Estaba acostumbrado a que David no permitiese palabra alguna dentro del coche reventando el coche a base de música cada vez que salían de fiesta o cada vez que daban una vuelta por Lartos.

En el caso de David él ponía la música así por dos motivos: o para animarse antes de irse a una disco o para atraer la atención y así las chicas mirasen en dirección al coche. Con Carla él pensó más bien que no deseaba hablar. A él no le importó.

Llegaron a la primera verja, la electrónica. Carla metió la mano por dentro de un reposabrazos y sacó un aparato con un único botón. Lo apretó

Recorrieron a continuación toda la parte aquella de tierra y piedrecitas y bosque. Carla pareció remugar entretanto, y no fue para menos: el coche fue balanceándose a causa de la falta de rectitud del camino. ¡Qué tramo más poco placentero! Casi que prefirió apearse y recorrer ese tramo a pie… Pero en menos de tres minutos reconoció la verja de entrada, “atrapada” entre dos muros muy altos y muy gruesos, tan altos y tan seguros como los de la anterior verja electrónica. En esta ocasión tuvo que bajarse y abrir con una llave la verja.

Una vez traspasado el coche y cerrada la verja, vinieron los guijarros, un pequeño tramo de tierra y ya la carretera, desolada y vacía de almas y de metales. Se inició a la sazón un período de éxtasis en Carla. Ya en terreno sólido y estable, aceleró el coche y satisfizo a un coche que con toda seguridad necesitaba rugir a la velocidad de la luz. Condujo agresivamente, y poco pareció importarle que hubiese rotondas o curvas. Inexplicablemente, Eric no percibió que el coche se saliese mucho de la carretera ni que diese síntomas de volcarse o derrapar. Si bien se agarró al asiento, los giros no llamaron a la inercia ni a la desestabilización. Temió más que nada por su vida, ligeramente. Al cabo de cinco minutos entendió que manejaba el coche como nadie y que no conducía alocadamente. Cuando ya llegaron a Lartos y ya se avistaron semáforos y coches, se controló, moviéndose a una velocidad pausada y sensata. No bajó el volumen, sin embargo.

No se toparon con mucho tráfico. Casi eran las cuatro y media y aún a esa hora la gran masa no había regresado a sus casas, sino que se hallaban en sus puestos de trabajo. El sol todavía se alzaba en el aire, aunque estaba acompañada por pequeñas nubes inofensivas. Pese a que llevaba la camisa arremangada, no tenía realmente calor, y eso que las ventanillas no estaban bajadas. Dulce final de septiembre…

Arribaron en muy poco tiempo a la calle Henry Ford, su calle, y pudo apartarse a un lado de la cera, justo enfrente de su portal. Ella paró el motor. Presto bajó la ventanilla del copiloto.

–                           ¿En qué planta vives?

–                           En ésa – señaló con el dedo –. En la quinta planta.

–                           Ahm. Parece chulo.

–                           Sí, bueno. Afortunadamente acabamos de pagarla hace unos meses. No nos ha costado ni nada…

–                           ¿Cuántos años?

–                           ¿Cuántos años qué?

–                           Cuántos años habéis estado pagando el piso.

–                           Buf… unos veinte creo. Era muy pequeñito cuando vinimos aquí.

Ella apartó la mirada y, apoyando la nuca al reposacabeza, miró a la distancia.

–                           Pues yo no sé qué es eso de pagar en tanto tiempo. Mis padres lo pagan todo de golpe.

–                           ¿Y no te gusta?

–                           Sí. No sé. A ver, tengo todo lo que quiero. No puedo quejarme…

–                           …pero… – la alentó a seguir.

–                           …pero quizá sí que es una mierda…

–                           ¿El qué es una mierda?

–                           No sé. Yo estoy muy bien. ¡Ay, no sé! Mira, Eric… Mi madre me habla mucho de cuando ella tenía mi edad y luchaba por pagarse un alquiler. Te habla siempre de una forma que te pone en situación.

–                           Pero si no lo vives no lo puedes entender – sentenció él tajantemente –. Bueno, muchas gracias por llevarme.

Abrió la portezuela y puso un pie fuera.

–                           Oye, una pregunta – le frenó ella –. ¿Mañana tienes la tarde ocupada?

–                           No mucho. ¿Por qué?

–                           Pensaba comprarme algo por aquí. ¿Me acompañarás?

–                           Mmmmm… Quizá quedo con un amigo…

–                           Tráetelo. Puedo decirle a una amiga mía que nos acompañe.

–                           Se lo comentaré – le aseguró sonriendo –. Dime tú número de móvil y te hago una perdi.

Se la hizo en cuanto ella le indicó su número. Acto seguido ambos se grabaron los números.

–                           Te tengo – dijo él, entonando una voz malvada, y luego rió cual un malvado.

–                           Je, je, je… Pues ya nos veremos.

–                           Sí. Bueno, mañana ya quedamos. Seguramente pasaré antes por tu casa para dejarte lo de tu padre y podemos aprovechar para irnos todos juntos.

–                           ¿Vendrías entonces con tu amigo en coche?

–                           Seguramente sí. No sé. A ver, podríamos quedar y darte el papel con ideas y demás, pero prefiero hablar directamente con tu padre.

–                           Pues… creo que mañana tiene un viaje.

–                           Aps… Bueno, mañana te llamo. De todos modos, si por casualidad tu padre se va, avísame por favor.

–                           Vale. ¡Adiós!

–                           Adiós. ¡Ten cuidado! – Y Eric cerró la portezuela y dio dos golpecitos al techo del coche.

El motor de su coche rugió como un toro y se alejó a la velocidad de una flecha. Eric se esperó hasta que el chulo coche gris metalizado dobló la esquina. A continuación se dirigió al portal y entró. Mientras subía por las escaleras, tuvo la sensación de que llevaba días fuera de casa. Notó también cómo le pesaban las piernas. Bueno, ahora descansaría tumbándose un rato.

En el piso no estaba su madre. Pasó primero por su habitación y comprobó que la maleta se encontraba en su sitio. Efectivamente. Luego vio el lecho y no resistió la tentación.

–                           Un par de horitas y nos vamos.

 

 

 

 

Como en la anterior ocasión la tienda de antigüedades estaba vacía de gente, y como en la anterior ocasión él mismo se sirvió para acceder a su taller a través del lavabo. Mientras escudriñaba los objetos de colección, se preguntó por qué estaba tan descuidado el local, por muchas cámaras que hubiesen instaladas. Se figuró que no entrarían clientes. Aun así, lo creyó muy arriesgado.

Pero sin duda alguna ese local era una tapadera. ¡A saber qué cosas se habían cocido abajo durante todos estos años! Conspiraciones, armas, documentos ilegales, planes maléficos. Sólo pensarlo le ponía a uno la piel como escarpias.

Estaba faenando con un coche, como siempre. Tenías las manos grasientas, como siempre. La única diferencia en ese día yacía en que los botones de su camisa vieja de trabajo estaban desabrochados, revelando una buena panza. Si su cabello ya de por sí se ondulaba, ese día sus pelos apuntaban a direcciones opuestas. Apenas aguantaban sus ojos abiertos. Eric constató unas grandes ojeras.

–                           ¡Vaya cara, chato! – profirió –. ¿Cuánto hace que no duermes?

–                           Yo nunca duermo – y le tendió una mano. Eric se la miró y el Manitas se percató del descuido –: Ups, tengo las manos un poco sucias.

–                           Sí…

Seguramente involuntariamente se pasó las manos por el trasero y se las fregó contra el pantalón de chándal. Se las volvió a mirar. Ni un solo cambio.

–                           Da igual – remugó.

Dio media vuelta y comenzó a andar.

–                           Vienes a por tu coche, supongo.

–                           Sí. ¿Lo tienes listo?

–                           Sí – alzó la voz, ya que comenzaba a alejarse –. ¡Y modernizado!

En primera instancia se emocionó, dibujándose en su mente un coche asombrosamente nuevo con cosas muy chulas, un coche a lo va más. En segunda instancia recordó ante quien se encontraba y frenó toda esa agitación. Debía actuar con cautela con semejante tipo.

–                           Funcionará, ¿no?

–                           ¿Dudas eso de el Manitas? ¡No hay nada que mis manos no puedan mejorar!

<<En especial la rectitud y la honestidad>>, pensó.

Eric le siguió. El Manitas le condujo hasta una esquina del taller, allí donde reposaba su coche. Las puertas se hallaban completamente abiertas, incluido el maletero.

–                           Vaya, me has puesto un GPS – se sorprendió.

–                           En realidad… no lo es. Bueno, en apariencia sí: se te aparecen las calles y las rutas y demás, pero básicamente es un detector de maderos. Cualquier coche suyo que se te acerca, te avisará. También te chivará cuando haya una de esas mierdas de radares.

–                           Guau… ¿Y cómo has conseguido algo así?

–                           Chaval, chaval. ¡Trucos del oficio! – y enseñó los dientes y se llevó las manos a la cintura –. Ven, que te enseño más.

Le indicó que se aproximase al maletero.

–                           Me he tomado la libertad de crearte un poco de espacio en el maletero. Mira. – Alargó la mano y metió medio cuerpo en el maletero. Tocó el final del maletero, ya justo cuando tocaba con el asiento trasero, y reveló un agujero prácticamente imperceptible. – ¿Ves? Si no se toca por accidente uno no lo ve. Esto te ayudará a guardar cosas guays.

–                           Vaya.

–                           Qué más… Ah, sí. Debajo de este asiento, enganchado y sin que se vea, te he metido un cuchillo. Éste.

De debajo del asiento sacó un cuchillo de combate, de aquellos que había visto en tantas películas sobre ataques militares. Era bastante alargado y el filo algo grueso. Parecía algo usado ya.

–                           Dime que ese cuchillo ya ha matado personas.

El Manitas la escudriñó.

–                           Mancharse de sangre, eso seguro. Hombre, algo viejo sí que es.

Se la entregó.

–                           Vaya… Voy de arma en arma. ¡Qué días que llevo!

–                           Vete acostumbrando – dijo lacónicamente.

Le devolvió el cuchillo y tornó a pegarlo al asiento.

–                           No te he tocado motor ni nada. Sólo estas tres cositas. – Hurgó las manos en los bolsillos y sacó la llave del coche. Se la puso en la palma de la mano –. Cuida bien del coche.

–                           Descuida.

El Manitas le dio una palmada en el pecho. Presto se distanció un poco.

–                           Me imagino que te pillo un poco ocupado. Será mejor que me vaya.

Sólo obtuvo el silencio como respuesta. El Manitas se hallaba de espaldas, de cara a la larga mesa con multitud de armas. A su lado había un bidón verde con los guantes allí reposando. Mientras esperaba a que deshiciera ese silencio, asió los guantes y se los puso.

–                           ¿Al final dónde has pensado en meter el coche? – preguntó, sin volverse.

–                           Tengo un colega que calla más que un muerto. Me debe una muy gorda, y ni siquiera preguntará.

–                           Más le vale. Si se entera el Hombre de Negro de que se chiva a los maderos o algo parecido, es hombre muerto. Y quizá tú también.

–                           ¡Pues que se busquen a otro asesino! – explotó Eric. A continuación principió a cerrar todas las puertas del coche y la del maletero. El Manitas estaba mudo –.  ¡Yo no soy un asesino joder!

Se metió en el coche. Lo arrancó y sonó una serie de sonidos electrónicos desconocidos para él (y que en ese momento le importaban lo más mínimo). Giró el volante a la izquierda y se movió hacia la trampilla de la salida. Cabreado, esperó unos segundos, hasta que, para su desgracia, se acordó de que se debía abrir con un botón. Se apeó. Efectuó unos pasos hacia el final de la puerta, allí donde acababa y empezaba una pared poca fina y muy rasposa. Cuando se disponía a tocar el botón, el Manitas atinó a decir:

–                           Todos nacemos asesinos, ¿no lo sabías? – y sonrió como jamás antes le había visto. ¡Díos mío, qué sonrisa presenció! Era malvada, muy maléfica, diabólica… – Oye, será mejor que tú y yo seamos amigos. A mí me puedes confiar todos tus secretos. Venga, dime – efectuando unos pasos hacia él, pasos agigantados –, ¿a qué has hecho cosas malas? Sí, lo percibo. Has hecho cosas malas. Por eso te ha escogido Nuestro Jefe. Porque la matarás.

–                           Mañana será otro día. Te he pillado con faena, ¿verdad? Pues me voy.

–                           Además, si quieren ver muerta a tu hermana, será por algo.

El cuerpo de Eric se heló.

–                           ¿Qué?

–                           Hombre, es lógico. El Hombre de Negro trabaja por encargos. Alguien la quiere ver muerta y ha recurrido a él.

–                           Y tú sabes quién la quiere muerta, ¿no?

–                           No lo sé.

–                           ¡Tú sabes para quien trabaja, cabrón!

–                           No. Es información confidencial. Él es una tumba. No cuenta secretos a nadie.

Eric entornó los ojos y miró muy profundamente a el Manitas.

–                           Y tú también. Todos tenéis secretos.

–                           ¿Y tú no?

Eric rebufó y no supo qué contestar. Asqueado, apretó el botón que abría el garaje. Le dedicó una última mirada a el Manitas, una mirada de repugnancia y aberración. Éste sólo se limitó a sonreírle ingenuamente, como quien no se entera del caso. Eso provocó más repugnancia y aberración en el corazón de Eric y le apartó de su vista. Sin perder nada de tiempo se metió en el coche.

–                           ¡TEN CUIDADO QUE NO TE PILLE NADA AHÍ FUERA EN LA CALLE, MOSQUITA MUERTA! – oyó que le gritaba.

Eric musitó unas cuantas palabras indescifrables para el ser humano y volvió a apearse. Entre quejido y quejido subió la rampa y comprobó que no hubiese nadie en esa calle estrecha, donde apenas la luz de las farolas llegaba a alumbrar. Distinguió los contenedores y los apartó. Regresó al coche.

De nuevo en el coche, buscó a el Manitas por los retrovisores y no logró localizarlo. Le pareció vislumbrar una sombra en su pequeña oficina…

–                           Este sitio es de locos – concluyó.

A continuación salió del sitio, recolocó los contenedores y se marchó, sin molestarse en bajar el garaje.  

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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