Sexto capítulo Novela Negra

VI

 

–                           Mamá, me voy a dar una vuelta.

–                           ¿A estas horas? ¡Si son casi las once! Además, hace ya un frío tan tarde…

–                           No hace aún frío, exagerada. Necesito ideas.

–                           ¿Has hecho ya lo que te han pedido los ricachones?

–                           Sí, pero voy a ver si se me ocurre algo más.

–                           Tú ráscate la cabeza y que te vengan muy buenas ideas. ¡Que necesitamos el dinero!

–                           Sí, mamá – dijo, cansado –. Ahora vuelvo.

Su madre le despidió y añadió algo más, pero apenas pudo entenderlo, puesto que ella lo pronunció justo cuando él cerraba la puerta. A punto estuvo de pedirle que repitiese pero se dijo que daba igual. Así, igualmente, no se arriesgaba a fallarla.

Gracias a Dios que había cogido una chaqueta. Cuando pisó la calle una fría brisa le azotó por todas partes, de pies a cabeza, e inmediatamente se puso la chaqueta. Curiosamente, se echó a andar y a las pocas personas con las que se cruzó se las encontró de la misma forma: cabeza gacha, abrazados a sí mismos, en manga corta y moviéndose casi al trote. Eric se sonrió cada vez que se cruzó con alguien así. ¡Le recordaban cuán afortunado había sido!

Poco más de cinco minutos andando llegó a su coche, aparcado junto a un solar, algo abandonado. Allí normalmente aparcaban pocos coches, por miedo a que se los reventaran, pero Eric era consciente de que normalmente esperaban a la medianoche para salir y probar suerte. Comprobó de todos modos si el coche había sufrido algún daño o si habían intentado abrirlo. Estaba intacto.

Entró. Encendió el coche y todo de luces se encendieron. A él le daba muy mala espina que el Manitas hubiera manoseado su coche. ¡Fijo que lo había trastocado hasta límites inalcanzables! Pero eso no resultaría un problema. Lo descubriría.

Condujo. De camino a allí hacia donde se dirigía echó algún que otro vistazo al detector de maderos. Mostraba las calles por las que pasaba, pero también salían puntos rojos. Él suponía que esos puntos rojos indicaban la presencia de policías. Cuando esos puntos rojos estaban a poco más de cien metros de distancia el aparato rompía a emitir un pi-pi-pi leve que podía llegar a desesperar a cualquiera. Por más que había probado apagarlo no había encontrado la forma, tan sólo apagando el motor.

Al cabo de pocos minutos se percató de que le seguían. Era el dichoso coche azul del día anterior y del anterior a éste. ¡Se le había pasado por completo que le seguían! Enervándose un poco, probó de despistarlo, aunque le resultó en vano. Después de recorrer calles porque sí y de probar suerte con los semáforos, tomó la resolución de dejarse seguir.

–                           Un día te engañaré, hijo de puta – se prometió, mirando por el retrovisor central.

<<El muy hijo de su madre ya no se esconde. Ahora descaradamente se pone detrás de mí. El Manitas le habrá dicho algo al Hombre de Negro y éste habrá mandado sus órdenes para que me vigilen de más cerca. Así que eso es lo que quieren, ¿no? Jugaremos entonces. Jugaremos.>>

Aparentando normalidad, aparcó frente a una casa vieja situada prácticamente a las afueras de la ciudad, en aquellas calles donde se podía aparcar por doquier y en el que si ocurrían robos uno casi ni se enteraba. Eran zonas tranquilas, zonas donde escuchaba voces de niños jugando y corriendo por la tarde pero que por la noche el sitio restaba desierto. Eric siempre había deseado vivir ahí, mas a medida que había crecido se había dado cuenta de lo peligroso que podía ser vivir ahí. Aun así, cada vez que merodeaba por esos páramos su corazón se hinchaba de calma y paz.

El coche azul pasó de largo y dobló la esquina. Eric supo que no era más que una treta. En cuestión de un par de minutos reaparecería por ahí y se situaría relativamente cerca, aprovechando la falta de luz para observar. Sin embargo, esos minutos le bastarían para esconderlo. Sacó el móvil y efectuó una llamada.

–                           ¿Sí?

–                           Hola Marcos, soy Eric. Necesito que me ayudes, y es urgente.

–                           Dime, dime.

–                           Estoy frente a la puerta de tu casa. Ábreme rápido el garaje, porfa.

–                           Voy.

–                           Y cierra todas las luces de la casa también.

Esta vez sí salió del coche y fue hasta la verja junto a la puerta de entrada de esa casa vieja de dos plantas. Tanteando con la mano, dio con el mango y abrió la verja. Ay, ¡cuántas veces había hecho eso! En fracciones de segundo miles de imágenes le asediaron, todas ellas mostrando momentos en que junto a Marcos habían entrado de incógnito a la casa de éste, a altas horas de la noche. Pero meneó la cabeza rápidamente: no había tiempo que perder.

Una vez abierta la verja, se metió en el coche. Justo cuando lo puso en marcha el garaje se abrió. Tras él surgió un chico espigado y alto con muy poco pelo, vestido con ropa de deportista de baloncesto. Sin causar mucho ruido metió el coche dentro del garaje y, a través de la ventanilla abierta, le indicó que cerrase la verja y el garaje, pero que tuviese cuidado de que ningún coche azul le pillase. Marcos obedeció. Y lo hizo a la maravilla, tal como le había tenido acostumbrado durante todas aquellos años de profunda amistad.

–                           ¡Pero tío! ¿ qué tantas prisas? ¿Te persigue un fantasma o qué?

–                           Mejor no preguntes – le aconsejó cerrando la portezuela del coche y apagando las luces del garaje.

–                           ¡Eh!

–                           ¡Sh! Silencio, porfa. Oye, están tus viejos en casa.

Marcos se rió.

–                           Pues vayamos arriba, pero que apenas haya alguna luz encendida.

–                           A la orden, mi capitán.

Abandonaron el garaje y se encaminaron hacia el comedor. Eric había pasado por su casa a oscuras en multitud de ocasiones, por lo que no fue de extrañar que en ningún momento hicieran uso de ningún interruptor de luz. Eric se paró en el centro del comedor pero Marcos le susurró que fueran hasta la cocina. Allí él encendió una lámpara. Ambos se sentaron en taburetes.

–                           ¿Me dirás de una puta vez por qué tanto secretismo?

–                           Eh, tranqui. Todo a su tiempo. ¿Te acuerdas que me debías una?

Marcos aparentó reflexionar, pero Eric sabía que le debía una.

–                           Deja de pensar, anda. Necesito que me hagas un gran favor.

–                           A ver, ¿qué pasa ahora?

–                           Ese coche, el que te he metido.

–                           Sí.

–                           Necesito que te lo quedes y  que le eches un vistazo.

–                           ¿Enfermo? – se mofó.

–                           Digamos que intoxicado. Mira, ahora mismo no tengo tiempo de explicarte nada. Sólo hazme este favor, por todos nuestros muertos. Estoy en un gran apuro y creo que le han metido mucha mierda en el coche.

–                           ¿Plantas?

–                           No, no. Mira, unos tipos quieren que haga algo y me han obligado a comprar un coche y un gilipollas me lo ha estado tocando. Verás que tiene como un GPS junto a la guantera, justo donde la música. Pero me parece que le ha metido algo para seguirme. Confírmamelo, porfa.

–                           No me matarán en chirona, ¿no?

–                           No ha sido robado ni nada por el estilo. Pero estaría bien que actuaras con discreción y no hicieses ninguna locura.

–                           ¿En qué mierda te has metido?

–                           En una muy gorda, y no tengo la culpa. Pero saldré de esta. Oye, sólo te pido que mañana me lo mires y que me cuentes a ver qué. Luego me lo llevo. No es demasiado pedir. Además, a ti te chiflan los coches.

–                           Sí, pero… No quiero que nadie me enchufle una pistola en la boca.

Eric rió por lo bajini.

–                           Nadie te hará nada, te lo garantizo.

–                           Palabra de porreta.

–                           Palabra de porreta.

Y cariñosamente se golpearon con los nudillos de las manos.

–                           Voy a hacer una llamada. Perdona que vaya con tanta prisa y tal pero el tipo del coche azul merodea cerca.

–                           ¿Alguien se te quiere cargar?

–                           No, sólo me sigue. Pero he logrado despistarle.

Eric no distinguió las fracciones del rostro menudito y ovalado de Marcos, mas se lo imaginó observándolo con cara de <<este se ha fumado algo>>. No podía culparle de tal pensamiento.

–                           Llamo un segundo.

–                           Chachi.

Eric se puso en pie y abandonó la cocina. Marcos permaneció en el taburete, persiguiéndolo con la mirada, alumbrado sólo por una lámpara que le confería una imagen siniestra.

–                           ¿Eric?

–                           Ey, David. ¿Cómo vamos?

–                           ¿Yo bien? ¿Y tú? Me tienes preocupado  con lo que me contaste el otro día. – Entonces susurró –: Tío, ahora ando acojonado por la calle.

–                           Si no haces más que lo que te pido, no te pasará nada. Oye, necesito tu ayuda.

–                           Vaya, ahora sí que estoy muerto.

–                           ¡Sh!

–                           Ahora me dirás que sólo será este favor y ya está, pero más tarde vendrán más favores… Joder, ¿qué es?

–                           Venme a buscar y llévame a casa.

–                           ¡¿Sólo eso?!

–                           Sí, claro. En ningún momento he asegurado que se trataba de algo chungo. ¡Eso sí! Deberás moverte con sigilo.

–                           ¡Si ya sabía yo, me cago en la puta! Creo que el que te mataré seré yo. ¡Vaya si te reventaré los sesos! Joder, ¿dónde estás?

–                           En casa de Marcos.

–                           ¿En casa de ese drogado? Tío, ya sabes cuánta mierda lleva en sus venas. ¿Qué haces en su casa? Tío, que cuentan ahora que mata animales y los quema en su propia casa cuando no están sus viejos.

–                           Chorradas. Bueno, escúchame atentamente: no quiero que me vengas a buscar a su misma calle, sino dos calles más para allá. ¿Sabes la gran avenida esa donde solemos comprar los crusanitos? Pues espérame en el cruce  de la calle de al lado.

–                           Seguro que no me lo dirás, ¿pero por qué coño no en la misma calle?

–                           No te lo diré.

Y apenas le dejó tiempo para quejidos y lamentos. Colgó con un leve y rápido adiós. Acto seguido regresó a la cocina.

–                           Ten – y lanzó unos cuantos billetes sobre el mármol con forma rectangular en el cual se ajuntaba la familia para almorzar.

–                           ¿Y esto?

–                           Por todas las molestias y por el tiempo que te vas a tomar. Si mañana me pillas en gracia caerá algo más.

–                           Chachi.

De nuevo levantó el brazo y cerró el puño, buscando que Eric le imitase y sus nudillos chocasen. Años atrás lo habían usado una gran cantidad de veces cuando habían hecho trastadas o cuando un secreto no podía ser desvelado. Eric le contempló unos segundos, sin levantar el puño. Luego le entró una añoranza en los ojos y puso los nudillos.

–                           Mañana con la calma me lo chivas.

–                           Sí. ¿Me mirarás el coche?

–                           De arriba abajo. – Hurgó la mano en el bolsillo y extrajo una bolsa con chocolate en su interior –. ¿Te fumas un poco?

–                           Paso. Ya esa mierda no va conmigo. Oye, debo irme. ¿Puedes asomarte a la ventana y chivarme si hay un puto azul ahí aparcado?

–                           Arreando. – Se aproximó a la ventana del comedor, que daba a un balcón que mostraba la calle deshabitada de coches aparcados –. Pues no veo nada. Ehm… Sí, ahí en la esquina. Me parece que está ahí. ¿Lo asusto?

–                           ¡No! ¡No!  Sería lo último que harías en tu vida.

Marcos se rió, como quien se ríe despreocupadamente. Se alejó del ventanal.

–                           Mañana nos vemos.

–                           Sí, mañana.

Sin encender ningún interruptor, se abrió camino hacia una puerta trasera. Madre mía, ¡cuántas veces había salido de ahí a hurtadillas por esa puerta! Salió de la cocina y del comedor y cruzó el pasillo que conectaba con un baño y con dicha puerta. Abrió enturbiando el silencio en lo más mínimo. Cerró con mucha precaución.

Miró a un lado y a otro con el corazón en vilo. Cruzó el pequeño jardín trasero que tenían y sobrepasó la verja de madera trepando. Volvió a mirar a ambos lados. Jaleando, saltó a la acera y cruzó la calle como alma que lleva el diablo. Se acuclilló, aprovechando la presencia de coches. Nada. Ni un solo movimiento, sólo el de un borracho entonando una canción desafinadamente a la distancia. Sin jamás erguirse caminó cual un pato hasta la esquina. Al alcanzarla, tornó a inspeccionar la calle y salió con un petardo en el culo.

Nadie se cruzó en su camino. Nadie gritó su nombre. Nadie constató en su presencia allí en esas calles silenciosas donde muchos, encerrados en casa, veían los últimos coletazos de la televisión del día o bien se iban a dormir ya. La escasez de farolas le ayudó a pasar prácticamente desapercibido. Tras tres minutos o así, arribó a su destino. El coche de Eric aún no estaba ahí. Se irguió y se colocó junto a la persiana del local donde vendían bollería.

Comenzó a lloviznar. Las primeras gotas le golpearon en la cabeza, en la frente y en los brazos. Comenzó a refrescar también. Si bien su cuerpo estaba caliente por la tensión del momento, notó un frío que le incomodó. Se puso a balancearse ligeramente de lado a lado mientras esperaba.

–                           Si lo llego a saber, salgo más tarde.

El cálculo le había salido tan mal, que llegó a esperar hasta cerca de un cuarto de hora. Durante todo ese tiempo se puso muy nervioso y se asustó mucho. En cualquier momento esperó la aparición del intrigante conductor del coche azul con pistola en mano. Afortunadamente no acaeció. Sin embargo, no pudo evitar exhalar un largo e interminable suspiro de alivio cuando vio el coche de Eric aparecer.

Miró a todas direcciones antes de meterse en el coche.

–                           Tío, tú y yo tenemos que hablar muy seriamente. ¿A qué viene tanto secretismo?

Eric se puso el cinturón de seguridad y miró al frente.

–                           Así que no vas a soltarme nada, ¿verdad? Genial.

Se adentró a la avenida y la recorrió. Pasó una rotonda y luego viró a la derecha. Apenas había tráfico, con lo que pudo conducir sin problemas ni atascos. Un semáforo, no obstante, le obligó a detenerse.

–                           Eres un cabrón. ¡Creo que me merezco una explicación! ¿O no lo crees? Te he venido a buscar. ¡Oye, quieres mirarme! Bueno, escúchame al menos.

–                           Te estoy escuchando.

–                           ¡Pues contesta!

–                           El semáforo está verde.

David miró al frente e hizo que no con la cabeza. Refunfuñó algunas palabras malsonantes y se maldijo a sí mismo.

–                           Esto no es justo. Seguro que me estoy arriesgando mi vida y aún no sé por qué estoy aquí.

Eric sacó aire.

–                           Ten un poquito de paciencia, por favor. Sólo eso. Podría contártelo, pero estoy segurísimo de que no te callarías y de que se lo chivarías a alguien. Es que es muy fuerte, David.

–                           ¿Y no soy tu amigo? ¡¿Para qué están los amigos si no?!

Eric percibió que la conducción plácida y tranquila de Marcos se había transformado radicalmente y ahora se había vuelto en una conducción más agresiva.

–                           Pero no es como siempre. No es que me haya peleado con alguien o haya robado a alguien. Se trata de algo muy serio, David, de algo que saldría en todos los periódicos y en todas las noticias.

–                           ¿Qué coño has hecho…?

–                           ¡Yo nada! Eso es lo bueno de todo, que yo no he hecho nada. Pero me ha caído como quien le cae a alguien una desgracia del cielo y tengo que apechugarme con ella.

–                           No me mientas.

–                           ¡No te miento! ¡De verdad que no te miento! Yo el martes me levanté en un sitio desconocido… ¡Me han tendido una trampa!

Otro semáforo en rojo. David frenó, entre resoplidos. Luego se llevó la mano a la frente y se tiró el pelo hacia atrás.

–                           He estado investigando eso que me preguntaste el otro día. No he podido averiguarlo, pero puedo darte una información que quizá te sirva. Bólido.

–                           ¿Bólido?

–                           Sí, Bólido. Jorge me ha dicho que el lunes tenías el pensamiento de ir a un tal Bólido.

–                           Bólido, Bólido, Bólido,… ¡Ah, claro! Es un bar. Tú nunca has estado.

–                           Pues eso. No puedo decirte más. La verdad es que nadie de los que te conozca más o menos tiene ni idea de lo que hiciste el lunes. Quizá no se lo dijiste a nadie.

–                           ¿Y cómo es que Jorge te ha mencionado el nombre de ese bar?

–                           Porque se lo mencionaste en una conversación. Ese mismo lunes. Se ve que coincidiste con él en el Messenger, nada, unos minutos, y que se lo dijiste.

–                           Ah.

–                           ¿De veras no te acuerdas de nada? ¡Finges muy bien!

Pensativo, Eric no abrió la boca. No valía la pena. Miró a través de la ventanilla, ya repleta de gotas que fluían rápidamente hacia un lado debido a la rapidez de la conducción. No se veía ni un alma, y ya los bares bajaban sus persianas. En los días entre semana no acostumbraba a estar a esas horas por la calle, pero ya era la segunda vez que lo hacía esa semana. Bostezó. Bostezó de cansancio, y no de aburrimiento, ya que su cabeza giró en torno a ese bar y a Jorge.

En medio de un leve sopor, se descubrió delante de su casa cuando David detuvo el coche. Puso el freno de mano. Eric deseó que no hubiese hecho eso, ya que implicaba una nueva charla.

–                           Tío, no puedes dejarme así… Dímelo. ¡Me harás que llame a un policía para que te siga!

–                           Que me siga. Pero luego que se atenga a la consecuencias.

–                           Ay… – suspiró –. Dime que no te pasará nada.

–                           Tranquilo, lo estoy llevando muy bien. Si para el viernes ya no me ves, entonces sí que puedes empezar a preocuparte.

Entonces abrió la portezuela, expresamente. No había sido casual esa última frase, al igual que la última frase en la otra ocasión que se habían visto. Anhelaba con mucha vehemencia contarle el problema, mas se concienciaba de que contárselo conllevaría una oleada de conflictos y quizá de asesinatos.

–                           Eh, tío, ¡espera!

Pero su sonido se truncó cuando Eric cerró la portezuela tras de sí. David estuvo en un tris de salir también, pero algo así como una estupefacción le mantuvo clavado en el asiento. Eric no se giró sino que siguió adelante y abrió el portal muy rápidamente. Presto cogió las escaleras.

Sin saberlo a ciencia cierta, le pareció que oía el sonido de un claxon.

Dentro de casa las luces estaban todas apagadas. Provocando el menor ruido posible, caminó de puntillas por el piso. Primero se quitó las zapatillas para evitar cualquier ruido y luego se puso el pijama. La cama le entonó una canción dulce de seducción, pero logró esquivarla y se pasó un momento por el balcón. David ya se había esfumado. Escrutó la calle entonces en busca del coche azul. Ni rastro.

–                           Bólido, bólido,… Bueno, ya preguntaré Jorge en cuanto pueda pillarlo.

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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