Séptimo capítulo Novela Negra

VII

 

¡Mira que había quedado veces con Jorge y nunca le había pedido el móvil! Eric se lamentó una y otra vez esa mañana de sábado. Rascándose la cabeza una y otra vez, con la sensación de relajado aunque con las piernas pesadas, apenas pudo desayunar tranquilo. La cabeza le dio vueltas y más vueltas alrededor de ese lunes. Ya prácticamente se había olvidado de que debía cumplir con una misión muy desagradable y mucho más trascendental que descubrir con quién había quedado ese lunes. Más que nada, se trataba de un reto personal. De aquellos que a un tozudo y cazurro no podía dejar escapar.

Se hallaba solo. El reloj, que marcaba casi las doce de la mañana, era lo único que lo acompañaba en ese “cementerio”. Pero había empezado a enervarlo algo, hasta el punto de que la leche calentada le estaba revolviendo el estómago. Cerca de donde se encontraba bebiendo yacía una nota de su madre. <<Hoy también trabajo. Lo siento>>, ponía. Se alegraba por ella: se lo merecía. Si bien le hubiese gustado que no hubiese ido a trabajar. La necesitaba al lado, para que le levantara los ánimos y le aclarara las ideas. Se sentía tan solo al callarse algo tan doloroso… Era una presión máxima.

Empero, los pensamientos se interrumpieron cuando irrumpió en el silencio del comedor el móvil. De golpe y porrazo se echó a vibrar y “explotar”.

–                           ¿Sí?

–                           Eric, eres un puto cabronazo. ¡Vaya bomba de relojería que me has traído!

–                           ¿Ah sí? Ya sabía yo que no podía confiar mucho…

–                           Pero nene, que… , después te lo chivo. ¿qué hora te acercas?

–                           Buf, lo tengo algo justillo todo hoy… – De repente le había vuelto a la memoria que por la tarde tocaba acompañar a una chica –.  Dios, he quedado con una tía y no sé. Espérate, espérate. La llamo y te digo.

–                           Chachi. Pero no tardes.

–                           Oye, ¿han visto el coche tus viejos?

–                           Sí, ¡pero no preguntan! No… Están muy chocheados.

–                           Ja, ja, ja – se carcajeó.

–                           Nene, ahora me pegas, ¿eh?

–                           Sí, dame nada, cinco minutos.

–                           Chachi.

Colgó.

En vez de lo que “había prometido”, dejó el móvil sobre la mesa y se levantó. Necesitaba aire. En consecuencia, se encaminó hacia el balcón y salió. Estaba en pijama y con las pintas poco decentes, pero le importaba un comino. Desde la posición de su piso uno tenía que ser muy puñetero para levantar tanto la vista.

El sol apenas se notaba sobre la temperatura ese día. Hacía fresco, mucho fresco. Su pijama superior, una camiseta manga corta, le desprotegía los brazos y percibió cómo ese fresco se adentraba en sus carnes y le hacía estremecerse. Como quien se estremece de miedo. Le entró también algo así como un escalofrío. Se sintió observado de repente. El coche azul. Lo buscó pero no dio con él.

<<Quizá aún se encuentra cerca de la casa de Marcos. Quizá se piensa que me he quedado a dormir ahí.>>

Dichoso coche azul. ¿Quién lo conduciría? Eric ya se había formado su propio conductor: un matón muy profesional, calvo, con gafas de sol, de complexión robusta, algo gordito, muy musculoso. Independientemente de eso, algo estaba muy claro: sería muy terco y muy paciente. ¡Dios Santo! ¿Qué estaba? ¿Continuamente vigilándole? Se asemejaba a convertirse de repente en un famoso seguido por todos los paparazzis. Se trataba de algo en lo que, afortunadamente, no pensaba mucho, pero que cada vez que identificaba el coche le recordaba lo que había que cumplir. Porque sería un compinche de el Hombre de Negro, ¿cierto?

<<¿Y si no lo es? ¿Y si trabaja aparte? Quizá sabe toda la historia esta y está vigilando de que no mate a mi hermana.>> Pero inmediatamente reflexionó: <<No, no puede ser. Vigilará que no me salte las normas.>>

Odiaba pensar. Y más sobre algo nada bueno. Meneó la cabeza y entró al comedor. Sonó el móvil. Sería Marcos, siempre puntual en “sus cinco minutos”. No obstante, cuando por la pantalla constató que llamaba Carla, emitió un ¡ups! y abrió los ojos como platos.

–                           Pizzería Marco, dígame – pronunció, agravando la voz.

–                           Ay, perdone, parece que me he equivocado de número.

Eric se tapó la boca y se rió intermitentemente.

–                           Llamaba a un amigo y parece que no me ha dado el número correcto… – continuó.

–                           Espera, que le digo que se ponga. Se llama Eric si no me equivoco, ¿verdad?

–                           ¡Tú! ¡Serás…!

A la sazón Eric no lo aguantó más y explotó a carcajadas. Rugieron estruendosamente y se esparcieron por todo el comedor. Al otro lado de la línea ella se quejó cual una niña pequeña.

–                           Has picado – dijo cuando se calmó, con lágrimas en los ojos y dolor en la barriga.

–                           Oh, jope… ¡Qué vergüenza! Maldito, qué vergüenza me has hecho pasar.

–                           Se siente.

–                           ¿Eres actor o algo? Que me lo he tragado…

–                           No pasa nada, te acostumbrarás.

–                           ¡Bah!

A Eric le dio por reír de nuevo.

–                           Eh, ¡chist! Déjame decirte lo que quería decirte, que al final se me irá el santo al cielo. A ver… joder, ya se me ha ido el santo al cielo. ¡Lo ves! Buf, es que los tíos me ponéis de los nervios.

–                           No pasa nada. Cierra los ojos y relaja la mente.

–                           ¡Calla, tonto! – Eric se rió –. ¡Ah, sí, ya! Que a ver, mi padre hoy ha cogido un vuelo y que no volverá hasta dentro de unos tres días. Me ha dicho que me lo des a mí y que ya se lo mirará.

–                           ¿Tres días? – se desinfló.

–                           No es mucho. Se pasan enseguida.

<<Cuando se entere mi madre, lanzará bombas hacia su padre. Fijo.>>

–                           Seguro que le gustas, no te preocupes. De hecho le causaste una buena impresión.

–                           Eso es bueno.

–                           Sí. Entonces… ¿Quedamos para esta tarde?

–                           Sí, claro.

–                           ¿Has avisado a tu amigo?

Se golpeó a la frente con la palma de la mano.

–                           Se me ha pasado… Perdona.

–                           ¡Eric!

–                           Luego le llamo. Seguro que estará disponible.

–                           Más le vale, porque le he dicho a una amiga que se venga y me he dicho que sí.

–                           ¿Me lo vas a quitar buscándole una churri?

–                           Tonto. – Sonó un bostezo –. Ay, qué sueño. Bueno, ¿para qué hora? Venga, rápido.

–                           Cuando tú quieras. Si total, tardarás horas en arreglarte.

–                           No tantas – dijo con voz despectiva –. ¿Qué tal las cinco y media?

–                           De coña.

–                           Pues eso. Estaré esperando en tu portal. No me tardes.

–                           Descuida.

Y se despidió.

Se le había olvidado por completo comentarle a David lo de la salida con chicas. Últimamente estaba muy olvidadizo, en especial desde aquella fatídica mañana en que se había despertado dentro de un almacén abandonado. ¿Sería que habría tomado alguna pastilla el día anterior a ese? A lo mejor. A lo mejor había quedado con alguien cuyo nombre le era imposible de recordar y había ingerido alguna sustancia que le habría adormecido y que le había creado algo de amnesia. O a lo mejor le habían pegado con una porra o algo peor y el golpe le había tornado pelele. O a lo mejor…

Le llamó. Tal como se había imaginado, se lo encontró lacónico y muy disgustado, por mucho que pretendió disimularlo. Eric temió que no aceptase, pero para su sorpresa sí que aceptó.

–                           Ella pasará por mi casa con su coche a las cinco y media. Vendrá con una amiga.

Ni siquiera eso le subió el ánimo. Muy parco en palabras, aseguró que estaría para esa hora. Consiguientemente, le dijo adiós y colgó. ¡Cuánto le amargaba tener que hablar con alguien antipático por momentos! Aunque bueno, su reacción cabía dentro de lo normal…

Le faltaba una llamada. Una sola llamada. Mientras buscaba el número de Marcos, un pálpito “le cantó” que su sociabilidad había cambiado muchísimo. Al menos, se sentía más ocupado. ¿Más importante quizá también? Quizá.

–                           Marcos – le indicó –, a las tres estoy para allá.

 

 

 

 

Ataviado con chaqueta y con ropa menos ligera, cargando con una bolsa pequeña, se presentó ante la puerta de Marcos y picó hasta cuatro veces a la puerta. Mientras aguardaba a que le abriera la puerta, comprobó que el coche azul no merodeara cerca. Al haber venido andando, le había dado tiempo de sobra para cerciorarse de su presencia, aunque no lo localizó en absoluto. Se dijo que ya no estaría ahí, que habría regresado a su casa. Sin embargo, se había arriesgado mucho presentándose por la puerta principal, pues podía haberle ocasionado problemas a Marcos en el caso de que le pillaran. Si bien había considerado la posibilidad de llamar por la puerta trasera, al final había declinado la opción por innecesaria.

Marcos abrió con diligencia. Presentaba un aspecto deplorable, de aquellos descuidados y muy dejados. De más pequeño ya había presentado tal aspecto, pero jamás Eric habría jurado que su imagen se deterioraría tanto. La ropa que llevaba ese día tendría más años que Matusalén. Y además, sus pantalones mostraban agujeros y se habían desteñido algo, con el color original más que perdido.

–                           Entra, vamos – le urgió con la mano. Presto le asió de la mano y le tiró hacia sí.

–                           ¿A qué vienen tantas prisas ahora?

–                           ¡Está el puto coche azul de los cojones! ¡No se ha ido desde que te fuiste ayer!

–                           Pues ahora no estaba.

–                           Mentira, ven.

Subieron por las escaleras a la segunda planta. Se metieron en una habitación y a través de la ventana le señaló con el dedo una esquina opuesta a la que Eric había doblado para ir a su casa. Estaba estacionado, reposando tranquilamente. Como siempre, las ventanillas eran tan oscuras que no se identificaba absolutamente nada de su interior.

–                           ¿Qué coño has hecho, Eric? ¿Es la pasma?

–                           No, no es la pasma. Es la Mafia, o eso supongo.

–                           ¡LA MAFIA! Oh, por todos mis muertos… ¡¿Cómo puedes dejarme al lado de un mafioso! ¡Estás chalado! ¡CHALADO!

–                           Te dije que si no hacías nada estarías a salvo. ¿Has hecho algo malo?

–                           No.

–                           Buen chico.

Alzó los brazos y se apartó de la ventana. Comenzó a dar vueltas en la habitación. Entretanto sacó una bolsa del bolsillo con maría dentro y cogió papel de un escritorio.

–                           Me van a matar, me van a matar, me van a matar. ¿No lo ves? ¡Ahora irán a por mí!

–                           No digas gilipolleces. Te aseguro que a ti no te quieren. Me quieren a mí.

–                           Hijo de puta. ¿A quién le has metido ahora?

–                           Oye, tengo mucha hambre… Traigo un bocata en esta bolsa. Mientras como, te lo explico, ¿sí?

–                           No sé. No sé…

Bajaron abajo, al comedor. Eric se sentó y sacó de la bolsa un bocata envuelto con papel de aluminio. Marcos fue hasta la cocina, desde donde le preguntó a Eric si le apetecía una bebida a gritos. Pues no vendría nada mal, le contestó, con lo que Marcos regresó con un refresco en la mano. Se lo tendió a Eric.

–                           ¿Ya has comido?

–                           Sí.

–                           Y por cierto, ¿dónde están tus viejos?

–                           Aún no han vuelto.

Con los labios y un movimiento de la cabeza Eric expresó un “vaya”.

–                           ¿Tú ya has comido?

–                           Hace un puñao.

Eric arrancó papel de aluminio y principió a jalar. Luego abrió el refresco y echó un sorbo. Una vez pegado el sorbo, mordió el bocata, expresando “un bravo” por la exquisitez en el sabor. Cuando tragó, le pidió a Marcos que se sentase, puesto que le llevaría algo de tiempo contarlo y que, si permanecía de pie, se iba a cansar en un momento u otro. Marcos le hizo caso, mirándolo con mucha atención. Acto seguido, Eric comenzó a relatar todo lo sucedido desde aquel martes por la mañana en que no se había despertado precisamente en su casa hasta el día anterior, el viernes, cuando le había hecho una visita al mismo Marcos para lo del coche. A cada frase que Eric soltó el rostro de Marcos se distorsionó más y más, abriéndosele la boca, los ojos, y alargándose el mentón. Eric no pudo discernir si se distorsionó por incredulidad o por absurdidad. En cualquier caso, Eric mencionó lo más relevante, sin aportar puntos de vista ni relatar su día con la familia Fellini. Cuando terminó, se descubrió sediento, y casi se acabó el refresco de un trago. Apenas le quedaban dos bocados al que había sido un largo bocata.

–                           ¡Me cago en todos los hijos de Dios! ¡Pero jodido, esto es para huir!

–                           Ya. Pero si huyese, a mi hermana, ¡pum!

–                           Que le den por culo, chaval. ¡Ché! Aquí puro egoísmo. Al menos tú no la pringas. 

–                           No, no, no. Mi hermana aquí no va a pringar nada.

–                           ¡Pues ya me dirás tú cómo les darás por culo!

–                           Tiene que haber alguna forma. Ya daré con ella. Ahora tengo que ser muy precavido. ¿Crees que debería hablar con la pasma?

–                           ¡Qué va! Te chivas a ellos y estos pelajos vendrán a por todo aquel que conozcas.

–                           ¡Dios! ¡Estoy jodidamente arrinconado! – bramó tapándose la cara con las manos.

–                           No llores, nenaza.

–                           No estoy llorando.

–                           Tú tienes coco. Piensa. Fijo que algún tipo puede echarte un cable.

–                           ¡Ya lo intento! Pero cada día parece como si esté más arrinconado aún. Y encima el tiempo va acabándose poco a poco… – Suspiró muy largamente –. Bueno, no sé. ¿Me enseñas el coche?

–                           Ah, sí. Vamos abajo. – Marcos se incorporó –. Por cierto, ¿llevas aquí la pipa? ¿Puedo verla?

–                           No la llevo, lo siento. Hasta que no me vea muy apurado no la sacaré de casa.

–                           ¡Pero si ahora los tienes detrás de culo!

–                           Bueno. – Encogiéndose de hombros y luego incorporándose –. Paso de que la pasma me chequee y me pille con una pipa. Aparte, no me van a tocar por el momento. No hasta el viernes, que es cuando tengo que matar a mi hermana.

–                           Que lo harás, me imagino.

–                           ¿Te falta un tornillo? Jamás en mi vida.

–                           Tú mismo. Sé estúpido y morirás.

–                           Y luego tú me llorarás en el entierro. Vamos abajo, anda.

Con la mano Eric tocó suavemente la espalda de Marcos con ademán de conminarle a moverse. Éste se puso en movimiento, y Eric le siguió, no sin antes pasarse por la cocina para tirar el papel de aluminio y el refresco. Bajaron.

Miró el reloj. Las cuatro.

–                           A ver, tu coche – pronunció tras encender la luz del garaje –. Es una auténtica bomba de relojería.

–                           Sorpréndeme.

Marcos abrió la portezuela del conductor y metió media parte del cuerpo dentro del automóvil.

–                           Jamás había visto cosa igual. Había oído de este tipo de aparatos que detectaban a los maderos y tal, pero me lo había cogido con pinzas. Ayer flipé viéndolo tío. Recuerdo que le dio por pitar (pi, pi, pi, pi, pi, pi), volviéndome tarado, y luego escuché el ruido de los maderos pasando rápido por la calle. Flipé, tío, ¡flipé! Colega, vaya mierda te han puesto.

–                           ¿Qué es?

–                           Este aparato te mantiene controlado. Allá donde vayas con el coche sabrán por dónde andas.

–                           Me lo imaginaba…

–                           ¡Y eso no es todo!

A Eric se le encogió el corazón.

–                           Tiene un altavoz bastante escondido que les permite oír todo lo que se diga dentro del coche mientras esté encendido.

–                           Jodidos hijos de… Pero tú, pero tú… ¿cómo has descubierto eso?

–                           Chaval, chaval. ¿Con quién te piensas que estás hablando? Yo transformo todos los coches, nene.  

Eric hizo acopio de memoria y trató de recordar si había dicho algo dentro del coche que pudiese desfavorecerle. Creyó que había dicho que algún día le engañaría al del coche azul. Bueno, no era nada grave, aunque podía costarle caro.

–                           Bueno, no pasa nada. Mientras no me instalen algo dentro de mi cuerpo para seguirme, puedo estar tranquilo. Si huyese, no usaría este coche para nada.

–                           Mejor. Porque aquí te tienen bien pillado.

–                           Seguramente el del coche azul verá los movimientos del coche – reflexionó Eric en voz alta –. Por eso está ahí fuera.

–                           El jefe le habrá pedido que siga sólo a este coche. Está claro que no se fía de ti.

–                           Ya me avisó. Es un gato muy, muy viejo. Pero oye – susurró de golpe a la oreja de Marcos –, ¿seguro que sólo oyen cuando está apagado?

–                           Segurísimo.

Eric se alivió. Marcos le observó aliviarse y no reprimió una sonrisa. Posó una mano sobre su hombro, para luego repetirle:

–                           Tú tienes coco. Seguro que lograrás salir de esta.

–                           Eso espero.

–                           Y oye, ¿hasta qué punto has hecho algo ilegal?

–                           He usado dinero que no es mío básicamente, mucho del cual he gastado para este coche. El aparato electrónico ese, la pistola, documentación falsa,… yo no le he pedido. Lo tengo guardado como quien acumula pruebas.

–                           Pues mucha suerte, amigo.

Se abrazaron.

–                           Gracias por todo esto, de verdad. Ten, anda.

Algo nervioso y tocado, Eric sacó un fajo de billetes del bolsillo y se los entregó a Marcos.

–                           Esto es mucha pasta…

–                           No la quiero.

–                           De verdad, Eric, te falta un tornillo. ¿No te acuerdas de cuando robábamos cosas y te me quejabas con que querías ser rico una y otra vez?

–                           Uy, eso fue hace mucho tiempo.

–                           Este coche, esto que me das, lo de ayer… ¿cuánto coño te han dado?

–                           Mucho, y muchísimo más si mato a mi hermana.

–                           Te falta un tornillo. ¿Te oyes hablar? No te reconozco, tío. Durante todos estos años no hacías más que cagarte en tu hermana mayor, en desear ganar la lotería o ser podidamente rico y abandonar a toda tu familia. ¿Ahora quieres a tu mami? Nunca has sido cruel, pero nunca has hecho cosas santas en tu juventud.

–                           Bueno, pocos han sido santos de bien jovencitos.

–                           ¿Quieres que Dios te perdone? – Y estalló a carcajadas.

Con un movimiento de muñeca Eric le hizo saber que la conversación finalizaba ahí. Marcos rió un poquito más, con la cara roja y los ojos brillantes. Eric se adentró en el coche y se sentó. Alargó la mano hacia él, para despedirse.

–                           Bueno, tío, déjate de tantas preguntas y despídete como  los hombres – le picó.

–                           Cuídate, cabronazo. Quién me lo iba a decir a mí: Eric el mafioso. – Y tornó a estallar a carcajadas mientras apretujaban manos.

–                           Vete a cagar en la vía, mamón.

Arrancó el motor. Marcos, aún entre risas, pulsó el botón para la abrir la puerta del garaje. Se dijeron adiós con la mano. Y tan rápido como el rayo el coche salió disparado.

Eric casi se halló de frente al coche azul. Estaba aparcado nada más doblar la esquina, junto a un paso de cebra. Inútilmente agudizó la vista: los cristales eran demasiado opacos. Continuó. Cuando se vio obligado a parar por un semáforo en rojo, miró por el retrovisor central. ¡Qué sorpresa cuando avistó que el coche azul había sido puesto en marcha!

Eric tamborileó con los dedos sobre el claxon al ritmo de la música de la radio mientras lentamente el coche efectuaba su salida. El muy hijo de su madre no se escondía para nada. ¿Le tomaría por tonto?

<<Mejor que no. Porque a la que te pases de listo te vas a enterar.>>

 

 

 

 

El ladrón piensa que todos son de su condición, o por ese dicho se le había dado a Eric cuando había visto a Carla y a la que gente que pagaba a los Fellini para una sesión de solárium. Cada una con sus particularidades propias, pero todas compartiendo una obsesión por una buena figura y por un tronco que no abultase mucho por los costados. Incluso la madre había parecido apuntarse a esa moda, a pesar de su edad. Sin embargo, la amiga que trajo no se asemejaba en nada a ella, al menos físicamente, porque de cabeza eran casi clavadas, con el mismo mal humor y con una lentitud para procesar comprensión de ironía y pillería. No estaba gorda, pero iba algo entrada en carnes, con unos jamones dignos de medir y con una delantera a punto de explotar. Además, tenía el pelo rizado y pecas se esparcían por sus mofletes rubicundos y abultados. Sus ojos, pequeños, eran quizá lo más atractivo de ella, de un verde oliva que relucía un tanto cuando la mirabas.

Se llamaba Adelia y contaba veintidós primaveras.

Tanto Eric como David la conocieron dentro del coche, y aunque a ellos les apeteció saludarla con dos besos ella no movió ni un sola parte de su cuerpo, tan sólo los labios, para abrirlos y sacar un escueto <<hola>>. A raíz de esa acción, Eric infirió que la tarde se alargaría interminablemente. Por fortuna, se equivocó, de cabo a rabo. Aparentemente, Carla no se mostró tan arisca como el día anterior, e incluso parecía haberlo perdonado por lo de la llamada engañosa. Eso permitió que, debido a su gran conexión con Adelia, la salida fuese amena, si bien esta chica expresó muy poco, y muchas veces forzadamente.

El humor dicharachero de David, en cambio, ayudó a que Carla y él mismo conectasen al poco tiempo. Cuando ella se metió en el parking del único gran centro comercial de la ciudad de Lartos y abandonaron el coche, algunas de sus bromas encontraron su recompensa en Carla, a quien le cayeron en gracia. Eric los observó con algo de estupefacción, pues David no se soltaba tan fácilmente. También observó a Adelia, quien, bien pegada a su amiga, no dijo ni mu, ahí, con su rostro serio y mirada al frente, cual un toro que se dispone a embestir a todo aquel que se cruce en su camino.

Ese silencio le chocó bastante, hasta el punto de sentirse molesto o de dudar si ella guardaba algo contra él. Pero luego reflexionó y se aseguró que sería arisca y huraña por naturaleza, ya que con David actuó exactamente de la misma forma. Intentó evitarla lo máximo posible. No obstante, Carla apenas le prestó atención, y casi que notó cómo la soledad entre sus carnes le roía. Habló poco, intervino muy poco. De hecho, a David y Carla poco pareció importarles. Entristecido, se limitó a escucharles, a acompañarles y a contestar lo que le preguntaban, sin enrollarse.

Hubo un momento, empero, que todo cambió un poco. David y Carla necesitaban imperiosamente ir al lavabo, y aunque en un primer momento Eric se planteó acompañar a David, recordó cómo casi le había apartado durante todo ese sábado bromeando con Carla y se quedó fuera. Adelia, por su parte, respondió a una llamada, aunque conversó poco rato, y cuando ya cortó no tenía sentido pasarse por el lavabo para acompañar a Carla. Así que, en consecuencia, ambos permanecieron uno cerca del otro mirando a todos partes menos a ellos mismos. Mas para Eric siempre le resultaba un momento muy difícil.

–                           ¿De qué conoces a Carla? – rompió el hielo.

Ella esbozó una cara de <<no me creo que me estés hablando>>.

–                           Vamos a la misma universidad.

–                           ¿Qué estudias? Porque ella no me lo ha dicho.

–                           Relaciones Internacionales. ¿Y tú?

–                           Yo ya acabé la carrera. Arquitectura.

–                           Ah. Guapo, ¿no?

–                           Sí si trabajase.

–                           Los inicios son difíciles – le consoló con una mirada cándida, aunque exenta de dulzura.

–                           Vaya que si lo son.

Carla y David regresaron prácticamente a la vez. Ahora a Eric ya no pareció molestarles su presencia. Se colocó al lado de Adelia. Esperó hasta entrar a alguna tienda para entablar una conversación, ya que ella no mostraba mucho interés en la ropa ni en comprarse nada. A cada cosa que él le comentó ella se mostró un pelín más receptiva, aunque en ningún momento fue para tirar cohetes. En prácticamente la totalidad de las conversaciones hablaron sobre trivialidades, hasta que arribaron a un momento crucial.

–                           ¿Sabes qué? – le confesó –. Conozco a tu hermana.

–                           ¿A mi hermana? Pues os lleváis bastantes años para que la conozcas…

–                           Bueno, he coincidido con ella en alguna ocasión. Mira, hace unas tres semanas si no me equivoco coincidimos.

–                           A través del hermano de Carla, ¿no?

–                           No, qué va. De una amiga en común. Creo que esta amiga conoce a tu amiga por una fiesta. Pero ya te digo: se ven cada dos tres.

–                           Quizá me suene su nombre. ¿Cómo se llama?

–                           Martina.

–                           Ah, pues no me suena. ¿Y qué vais, de compras juntas o a cenar?

–                           A cenar, sí. Alguna vez a la disco.

–                           Pero habrás visto entonces a su novio, ¿no? A Filipo.

Meneó la cabeza.

–                           Sé quién es Filipo porque he estado varias veces en su casa, pero jamás le he visto con mi hermana.

–                           Bueno, llevan poco saliendo. ¿Pero sabías al menos que estaban saliendo?

Una voz les gritó desde no muy lejos:

–                           ¡Eh, que nos vamos! – Era Carla. Alzaba dos bolsas grandes.

Se dirigieron a otra tienda, esta vez de zapatos. Carla puntualizó que necesitaba unos para las próximas noches de fiesta.

–                           No se cansa de comprar zapatos – le susurró Adelia a Eric al oído.

Pero a Eric los zapatos de Carla ni le iban ni le venían. Consiguió escaparse de la parejita y llevarse a Adelia aparte.

–                           Me has dicho antes que viste a mi hermana hace tres semanas. ¿No iba acompañada de Filipo?

–                           Ese día no.

–                           Mi madre me comentó que llevaba algo más de un mes saliendo con él, pero es que mi hermana es muy reservada y jamás cuenta sus relaciones.

–                           A ver, ya te digo: ese día vino ella con una tal Andrea.

–                           Sí, sé quién es.

–                           Pero ya está.

–                           ¿Y en las anteriores ocasiones tampoco?

–                           Ehm, sí, pero..,

De sopetón ella se vio como apurada. Sus ojos apuntaron a todas direcciones y su piel se ruborizó.

–                           No tengas miedo a contármelo. Necesito saberlo.

–                           Espera un segundo.

Ella se acercó a Carla y le soltó algo. Luego se giró y fue hasta Eric. Con la mano le pidió que le acompañase a la salida.

–                           Esto es difícil – empezó, una vez abandonaron la tienda –, espera… En las anteriores veces a ésta última, ya la había visto con otro chico. Sí, sí, no me pongas esa cara de incomprensión… Con otro chico, he dicho. Y eso no resultaría  un problema si no fuese por la persona con la que yo la había visto.

–                           ¿Y esa persona es…?

–                           ¿Conoces a la familia Brawn? ¿No? Pues deberías, porque se llevan a matar con la familia Fellini.

–                           Espera, espera, espera. Ayer me contaron que el padre de Carla y Filipo montó una cadena de restaurantes con un tal Robert y…

–                           Ése es Robert Brawn. Tiene un hijo que se llama igual: Robert.

Los ojos de Eric a punto estuvieron de explotar o de caerse al suelo. Desorientado, buscó algo con lo que aguantarse, y al final no se cayó porque Adelia actuó con rapidez y le asió por el brazo.

–                           Sentémonos en ese banco – sugirió.

Lentamente caminaron hasta un banco recién pintado en el que había dos viejos sentados observando el panorama. Ambos contemplaron a los dos jóvenes sin apartar la curiosidad. Éstos se sentaron en la otra punta del banco.

–                           Mi hermana… – Suspiró –. Y oye: ¿eso lo sabe Filipo?

–                           Pues no lo sé, pero supongo, porque el círculo de amigas de tu hermana no es pequeño y la gente sabía de sobra que estaba con Robert.

–                           ¿Pero estaban juntos?

–                           No, pero como si lo estuviesen. Se les veía muy juntos a todos los sitios. De hecho quedaban juntos para venirse con mi amiga, la que tenemos en común, Martina. Luego, bueno, dejaron de verse, y entonces apareció de repente eso de lo de Filipo. Aunque yo, aún, no los he visto juntos.

–                           Hombre, esta semana mismo fue a un hotel muy caro con él y el otro día cenó en su casa. Quizá no llegan ni al mes. Pero a ver: ¿por qué tanto secretismo? ¿Por qué me has llevado fuera?

–                           Por Carla. Todos los miembros de la familia Fellini rechinan los dientes casa vez que resuena el nombre de Brawn.

–                           Eso está muy bien, pero en la familia deben saber que salió con ese Robert.

–                           Me imagino que sí. Pero te aconsejo algo: no menciones su nombre delante de ningún Fellini.

–                           Especialmente el padre, ¿cierto?.

Carla y David salieron. Él cargaba con una bolsa. Ambos salieron sonrientes, riendo. Eric se los dibujó mentalmente juntos en una relación, y el dibujo pintaba muy bien. Podían conectar muchísimo, de hecho. No obstante, no visualizaba una relación muy larga, y más conociendo a David.

–                           Si lo llego a saber, os dejo que quedéis para un cine – expresó Carla.

–                           Nos hemos descubierto una conocida en común.

–                           ¿Ah sí? ¿Quién?

–                           Andrea – respondió Adelia –. No la conoces; no la has visto nunca.

–                           Ah.

Por lo visto, David se había contagiado del espíritu derrochador de Carla, y comentó que antes le había echado el ojo unos tejanos a los que ahora le apetecía mucho comprar. Eric procuró convencerle de que no, temiendo lo peor, pero Carla le motivó a ello, y ese día había quedado tan claro como el agua que Carla sería su psicóloga, por lo que Eric ni intentó insistir.

–                           ¿Y tú no vas a comprarte nada? – le inquirió Carla a Eric.

–                           Pues no, la verdad. Ya tengo muchas cosas en casa.

–                           ¡Pero si siempre hay que renovarse!

–                           Y me renuevo. Pero poco a poco.

Ella meneó la cabeza y desvió la mirada. A continuación se centró en David.

Eric se sumió en el silencio y así permaneció hasta que se adentraron en una tienda juvenil. El bullicio caldeaba el ambiente, y pese al espacio del local él se sintió asfixiado y apretado. Multitud de voces y gritos se entrecruzaban entre los maniquís y las prendas de ropa que campaban a sus anchas sobre mesitas bajas. Eric no soportaba días como ésos, cuando uno sólo tenía la intención de comprar una simple prenda de ropa y apenas se podía estar tranquilo y sin agobios. Comenzó a arrepentirse de haber quedado.

Alguien le tiró por detrás.

–                           Eh, una cosa – le comentó Adelia –. No se lo digas a Carla ni a tu hermana. A mí no me lo ha dicho nadie; sólo le he deducido.

–                           O sea que ni siquiera Carla te ha dicho que está saliendo con su hermano.

–                           No. Tampoco, bueno, habla de su hermano mayor ni de hermana mayor. Prefiere hablar de sus cosas y ya está.

–                           Sí, pero al menos un comentario. ¿No?

–                           No sé. Pero que quede entre tú y yo. Que aunque el odio que siente el padre por Robert no es nada comparable con el de Carla por esa familia, el padre se ha encargado todos estos años  de que sus hijos no sientan ningún aprecio por los Brawn.

–                           Dímelo a mí. Montar un cuadro enorme de una foto en la que salía ese tipo y recortarla descaradamente porque la foto le ponía cacho…

Ese último comentario extrajo una sonrisa de ella.

–                           Pareces un tío muy legal – opinó, entre profundos pensamientos –. Sí, tú eres de los que te callas.

–                           Lo intento – apuntilló sonriendo.

La conversación le dejó con muchas preguntas, mas vio inviable aclararlas avasallando a más preguntas a Adelia. Básicamente, se echaría a repetir lo ya dicho, y no tenía sentido repetirlo. Por consiguiente, no se hizo más pesado.

–                           Que Eric no compre nada, se entiende. Poco, pero se entiende: es un tío. ¡Pero tú Adelia! No has comprado absolutamente nada.

–                           Pues no – encogiéndose de hombros –. Si traigo algo más a casa mi madre literalmente me mata.

–                           ¡Bah!

Casi tocaban las ocho. Los distintos paseos del centro comercial – porque estaba distribuido por plantas y se hallaba al descubierto, sin techo, con madera como suelo como en muchos puertos para cruzar un pequeño canal de agua – se encontraban atestados de gente. Todos con bolsas, toqueteando sus móviles nuevos de trinca (móviles caros, caros), andando a paso de tortuga, vistiendo con ropas extravagantes o vistiendo ligeramente. Eric y los demás sólo se dedicaron a sortear las decenas de personas que merodeaban, hasta que prácticamente se hartaron y se sentaron en unos bancos (seis en total) colocados de forma que formaban un círculo entre ellos.

Se pusieron a dialogar, pero al cabo de poco la conversación fue apagándose y todos se concienciaron de que necesitaban una nueva actividad para que ninguno de ellos declarase querer regresar a casa. Carla y David propusieron cenar, que ya que estaban allí no iban a volver, cuando además era sábado. A Eric no le apeteció, pues su cabeza era un hervidero de ideas y enigmas; a Adelia tampoco. Ninguno de ellos dos, sin embargo, tuvo el valor y las narices para oponerse, así que un cuarto de hora más tarde se alzaban en el centro de una plaza que en pocos meses se convertiría en una no muy grande pista de hielo, eligiendo dónde comer. Como Eric y Adelia opinaron que les daba igual, Carla tomó el timón y escogió un local de pasta.

Ésa fue la primera vez que Eric pisaba un restaurante sin la sensación de que debería reservarse por los precios altos y pedir lo justo. Si bien sus ánimos colgaban algo decaídos, de golpe los bolsillos le pesaron al entrar. Inmediatamente se culpabilizó por sentir algo así. Ese dinero no era más que basura, ese dinero regalado que no quería pero que había gastado y que seguía gastando. Cada vez que lo tocaba, el tacto grasiento y frío de los billetes le provocaba nauseas. Esa noche llevaría como unos diez billetes. ¡Como para no faltarle!

Una vez sentados y ordenados los platos, platicaron. Cuando en un momento dado el silencio se instauró en la mesa, Eric lo quebró preguntando con aparente inocencia:

–                           Una pregunta, Carla. ¿Acaso sabes cuánto llevan saliendo mi hermana y tu hermano?

Ella levantó las cejas y apuntó los ojos hacia el techo, en claro indicio de estar dándole al coco.

–                           ¿Tres semanas? ¿Un mes? No creo que mucho más. ¿Por?

–                           No, por nada en especial. – Un camarero se les acercó para servirlos los platos –. Simplemente le estaba dando vueltas al asunto y, bueno, mi hermana es muy reservada.

–                           Bueno, no te creas que mi hermano habla mucho. Él ha hablado de ella lo justo. Ha hablado de ti, de sus estudios, y de cómo vive. Pero nada más. Ni antiguos novios, ni rolletes, ni aventuras,… Nada que tenga que ver con ella más allá de lo puramente necesario saber.

–                           Y tú te has puesto a indagar, ¿verdad? – intervino David, con comida en la boca.

–                           No te creas – dijo ella masticando –. Me importa bien poco con quién haya salido.

En un momento de disimulo Eric y Adelia se miraron, un poco estupefactos.

–                           Eso está bien – opinó David, entre risas.

No tardaron mucho en comer. David y Eric jalaron con más hambre que el que se perdió en una isla, mientras que las chicas no se terminaron el plato, Adelia ingiriendo un poco más que su amiga. No se demoraron mucho y pagaron. Al pisar fuera el frío les azotó con cierta fuerza. Carla principió a tiritar y se agarró bien fuerte a Adelia, quien también tiritó. David aprovechó el momento para hacerse el fortachón y sacar pecho; Eric, por el contrario, pasó de tantas tonterías y observó a todos.

–                           ¿Y ahora qué? – soltó Carla. Movía los pies de un lado a otro.

–                           Ahora fiesta – dijo David muy en plan fiestero.

–                           Yo paso – terció Adelia.

Carla protestó. Adelia, de todos modos, se mantuvo firme en su decisión y no cedió ni un ápice. Carla se quejó cual una niña pequeña y buscó apoyo en David, quien más bien parecía interesado en quedar a solas con Carla.

–                           Oye, ¿y por qué no salís vosotros dos? – propuso Eric.

–                           ¿Nosotros dos? – se señalaron y se sorprendieron al unísono.

–                           ¿Por qué no? – dijeron también al unísono Eric y Adelia.

–                           Ah, claro – dedujo Carla –. Lo que vosotros queréis es estar los dos solitos.

–                           Hombre, a mi me gustaría ir a casa. Estoy bastante cansada y hoy me he despertado muy pronto

–                           Aburrida.

Adelia se encogió de hombros, sin fuerzas para contestar.

–                           ¿Tú tampoco? – le inquirió Carla a Eric.

–                           No – esbozando una cara de disgusto.

David le estaba observando. No se pronunció, pero su gesto para Eric lo transmitía todo. La preocupación en las facciones de su rostro se hacía notar.

–                           Tú qué dices, David. ¿Para casa?

–                           Puedo hacer unas llamadas.

–                           Hazlas mientras vamos para el coche.

Sacó el móvil y se puso manos a la obra. Ninguno de ellos le esperó a que efectuase la primera llamada, sino que caminaron hacia el parking. Ya bajando por las escaleras mecánicas, el móvil de Eric anunció la llegada de un mensaje con un estruendoso sonido roquero. Todos menos David le dirigieron la mirada. ¿Quién podía ser?, se extrañó. Sacó el móvil y leyó…

La poca gente que ya merodeaba por ahí – puesto que o bien la gente se había marchado por falta de tiendas abiertas o bien porque la gente estaba sentada en unos de los restaurantes, bares o servicios de comida rápida que se ofrecían en toda esa vasta área comercial – exageró el sonido leve de aspiración de aire de Eric cuando terminó  de leer el mensaje. Atónito, lo leyó como otras dos veces. Se quedó mudo.

–                           Eric, ¡qué cara! ¿Alguna mala noticia?

Él no abrió la boca. Carla, quien le había formulado la pregunta, lo contempló, expectante. Esperó a que llegaran abajo de las escaleras mecánicas para insistir.

–                           Nada, nada. Cosas muy personales.

–                           Últimamente tienes cosas muy personales – chinchó David.

–                           Como todos – replicó molesto.

Eric se fijó en David. Tenía los ojos pegados en el móvil, buscando números en la agenda. <<Son casi las únicas palabras que me has dirigido en toda la noche. Bravo…>>

Las chicas le contemplaron con cierta curiosidad, mas la falta de confianza y de conocimiento de la personalidad provocaron en ellas que no indagaran con más  preguntas.

–                           Cosas estúpidas de mi madre – se inventó.

–                           ¿Tú también tienes una madre gilipollas?

–                           Hombre, la tuya ayer me cayó muy bien.

–                           Pues vente a vivir con nosotros y ya verás.

Caminaron hasta el coche, que prácticamente descansaba sin ningún coche alrededor. La voz de David resonaba por todo el aparcamiento subterráneo mientras hablaba con el móvil en la oreja.

–                           ¿Alguna vez te han intentado robar el coche? – se interesó Eric.

–                           Afortunadamente, no. A ver: yo procuro aparcarlo en sitios donde hay muchos coches. Casi nunca le he dejado solo, y menos en plena ciudad y a cielo abierto. Cuando salgo a sitios donde sé que habrán muchos coches como hoy, llevo esto tipo de coches, los que molan un montón. En días que paso por la ciudad me traigo otro más sencillito y simplón.

–                           Bien hecho.

–                           ¡Es que esta Carla es tan inteligente! – exclamó Adelia puerilmente.

–                           Ya sé que todos me queréis. Gracias, gracias. – Y su rostro enrojeció.

Con el mando tocó un botón del mando y el coche se encendió con un doble ruidito – ¡pim! ¡pim! -, y con un doble alumbramiento de los faros. Se metieron dentro. David aún seguía hablando.

–                           Vámonos, chicos y chicas – anunció Carla.

Puso el coche en marcha, con un runrún que rugió con mucha potencia.

Cuando David terminó de hablar, comentó a Carla que dos de los cuatro a los que había llamado aún no habían quedado y que tenían ganas de salir. Le comentó también que en un cuarto de hora les confirmaría si se quedaba o si no. Él la miró, a la espera de una respuesta o de una propuesta. Ella ni propuso ni respondió nada. Se limitó a decir que cuando dejasen a Eric y Adelia en casa, que ya lo debatirían. Él estuvo de acuerdo.

Transcurrieron un par de minutos en silencio. Ella pareció hartarse de tanta quietud y subió el volumen de la música hasta límites inaguantables. ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom! Ninguno de ellos se tapó las orejas; todos estaban más que acostumbrados a soportar la música a toda pastilla, especialmente en días de disco y fiesta. Eric agradeció muchísimo tanto volumen, puesto que eso le aliviaba, y aliviaba significaba callarse y no revelar secretos. Le pesaba el alma, y la mente… Le punzaba como cuando uno paseaba por el bosque y, subiendo una cuesta, se aferraba a lo primero que veía y se topaba con pinchos. Estaba algo deprimido en verdad. Con la mejilla izquierda apoyada en el puño izquierdo, probó de apreciar el paisaje tras la ventanilla pero Carla conducía a la velocidad de rayo, circunstancia que casi le mareó. Su cabeza le daba vueltas. El mensaje del móvil rondaba su cabeza, una y otra vez, como una noria. Necesitaba una pastilla.

Desbloqueó el móvil y volvió a echar un vistazo al mensaje. ¿Cuántas veces lo había leído ya? ¿Veinte? Por el rabillo del ojo le dio el pálpito de que Adelia le observaba. ¡Cuánto le apeteció pegar un grito al aire y explicárselo a ella, y a David! Mas no podía ser…

<<Mañana a las 3 preséntate a la calle Marqués, al lado de un tienda de chucherías. Está muy cerca de la disco Riviera. Tenemos que hablar muy seriamente. No llegues tarde.>>

Tenemos que hablar muy seriamente. Esa frase se la había dicho su madre de pequeño muchas veces, y cuando se la había dicho le había señalado con el dedo, moviéndolo arriba y abajo, como cuando se le regaña a un perro con un <<¡eso no se hace, perro malo!>>. Posteriormente, en efecto, a solas su madre le había enviado a su cuarto regañándole con más ferocidad que una tormenta intensa de verano. Ahora se lo decían los malos, los mafiosos. No podía tratarse de nada bueno si había que hablar muy seriamente. Es que no sólo seriamente, sino ¡muy seriamente!

Todas las agallas que él había creído haber acopiado en los últimos días se habían desintegrado y prácticamente “fundido”. Se sentía cual un niño pequeño por la noche cuando se pegaba a la pared con el temor de que el monstruo de debajo de la cama apareciese para llevárselo al mundo de los monstruos. No se había meado en los pantalones, pero no le cogería por sorpresa si cuando se desvistiese se descubría una mancha amarilla y apestosa en los calzoncillos.

Primero dejaron a Adelia, quien resultó que vivía relativamente cerca de Eric. Éste, aprovechando la afinidad y la distensión del momento, se coló por la puerta de salida argumentando que ya les dejaba en paz para que se montasen sus planes. Carla dijo una vez que ya lo llevaba, pero él se negó. David no dijo nada. Eric se despidió de Carla y chocó manos con David, muy fríamente. Y antes de que David cerrase la portezuela, le recordó a Carla que detrás tenía el esbozo para su padre.

–                           A Carla le revienta no dejar la gente a su puerta – le confesó Adelia una vez el coche avanzó y se alejó.

–                           Pues ha insistido mucho, ¿eh?

–                           Aún no te tiene confianza.

Ella sacó las llaves, las cuales tintinearon con el movimiento. Había un anillo que juntaba muchas llaves. Al menos allí habría como más de siete llaves juntas.

–                           Oye, pues un placer conocerte.

Ya su rostro no estaba tan sombrío como antes. Al menos ahora trasparentaba más alegría, aunque no demasiada. No obstante, a él ya le bastaba.

–                           Igualmente. A ver si nos vemos la semana que viene.

Se besaron dos veces, una vez en cada mejilla. Eric olió un perfume muy dulce y atrayente.

–                           Pues ya nos veremos – finalizó él, dándose la vuelta.

–                           Una cosa.

Eric se quedó a un cuarto de vuelta.

–                           Ese mensaje no era de tu madre, ¿verdad?

–                           Claro que era mi madre.

–                           No. Si no hubieras puesto otra cara.

–                           ¿Y qué cara he puesto?

–                           No sé. De miedo. Y no creo que tu madre te dé miedo.

–                           Podrías llevarte una sorpresa, chica. Gracias por preocuparte, pero no es nada. ¡Adiós!

–                           Eh… adiós, adiós…

Él cortó cualquier opción de que le sonsacara información. Inició la caminata al trote prácticamente, sin volver la vista atrás.

Al final casi corrió hasta abrir su portal. Jadeando, corrió también por las escaleras, como si se le estuviese persiguiendo. Cuando se halló frente a la puerta de su casa, le temblaban las piernas. Sudaba… Ahora, cuando se metiese en la cama, soltaría todos sus miedos y sus peores temores y le ocurriría de todo menos bueno. No estaba preparado, no estaba nada preparado. Pero vaya, abrió la puerta y se adentró al comedor.

Allí, sin que se lo esperase, se encontró a su madre recostada en el sofá. La distinguió por pura suerte, ya que no había ninguna luz encendida.

–                           ¿Mamá?

La silueta con forma humana se movió. Lo que pareció ser una cabeza se separó del brazo del sofá y se alzó. Una respiración poderosa pero entrecortada se oyó a continuación.

–                           Hola, Eric. Estaba dormitando.

–                           Ay, perdona.

–                           No pasa nada. – Se irguió. Presto, a Eric le pareció que se rascaba la cabeza mientras emitía ruidos de sueño y cansancio –. Esta tarde me ha pasado una cosa rarísima.

–                           ¿Qué?

–                           Un coche azul me ha estado como siguiendo todo el día. ¿No vimos desde el balcón un coche del mismo color cuando tu hermana vino a cenar?

La oscuridad del piso le ocultó a la madre de Eric el rostro desfigurado y asustado de éste.

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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