Octavo capitulo Novela Negra

VIII

 

Cuando abrió los ojos, lo hizo lentamente. Pese a que la ventana estaba cerrada, sabía que no era pronto, por lo que un nerviosismo muy inquietante le recorrió el cuerpo entero. Sin apenas ver nada, tanteó la mesita de noche en busca de un reloj. Al final no dio con él y optó por el móvil. Al desbloquearlo la luz del aparato electrónico prácticamente le cegó y le dañó en los ojos.

–                           Joder…

Notaba como si hubiese bebido un kilo de alcohol. La cabeza le dolía a golpes de martillo, taladrándole. Pero no había bebido. No. Había sido otra cosa.

Según el móvil ya pasaban de la una. Una sensación de prisa le oprimió el corazón. Intentó levantarse mas el cuerpo apenas reaccionó. Se irguió de cintura para arriba pero tal cual lo subió su cuerpo cayó a la cama. ¡Qué cansancio…! Se meció la frente.

Decidió esperar unos cinco minutos, ahí, tumbado, a ver si se le pasaba el dolor “de todo”. Había pensado demasiado durante la noche, temiendo por su madre y por sí mismo. Se habían juntado dos factores de golpe: el mensaje y el seguimiento del coche azul a su madre. Había dado como veinte mil vueltas en el lecho durante horas interminables en una noche horrorosa e irrepetible. La imagen de la mascareta blanca y negra de el Hombre de Negro había pululado por su mente atosigándole y amenazándole con alzamientos de puño. La imagen de su madre chillando y pidiendo auxilio también había acudido mucho a su mente. Demasiado en verdad. Sin embargo, en algún momento de la noche el sueño se había colado entre sus venas y se había dormido, cuando quizá restarían un par de horas para el amanecer.

Y ahí estaba, sin poderse mover apenas, con un encuentro a menos de dos horas vista.

Oyó a su madre pasar cerca de la puerta de su cuarto. De repente reverberó el sonido siempre portentoso de la aspiradora, un aparato que en vez de succionar parecía que devoraba. Eric quiso taparse los oídos pero los brazos no respondieron.

–                           Maldita sea – murmuró con una voz casi ni susurrante.

“Puso toda la carne en el asador” para ponerse en pie. Tras un esfuerzo hercúleo consiguió sentarse al borde del lecho. Qué dolor de cabeza. Dios, necesitaba una ducha más que imperiosamente.

Su madre abrió la puerta bruscamente y encendió la luz. De nuevo él se vio obligado a taparse los ojos, emitiendo un gruñido y un leve dolor.

–                           Mamá, joder…

–                           ¡¿Pero tú has visto qué hora es?! ¡Levanta ese culazo que tienes, dormilón! ¡Va, que tengo que limpiar este suelo, que está que da pena!

–                           Sí…

Se puso en pie. Arrastrando los pies, salió de su cuarto, rozando un poquitín con su madre por el hombro.

–                           Y pégate una ducha – casi le gritó a la oreja –, que apestas.

No abrió la boca. Fue restregándose los ojos mientras arrastraba los pies hasta el lavabo.

–                           ¡Y rápido que pongo la comida en poco! – se la oyó de fondo –. ¡Pero por favor, qué peste! ¡Van a criarse pollos en esta sauna!

Muy lentamente, él se aseó. Luego, cuando ya los primeros chorros de agua algo fría cayeron sobre todo su cuerpo, su mente se activó cada vez a mayor velocidad. Eso le permitió actuar con más prontitud y arreglarse bien arreglado para poder estar al encuentro.

Comieron. Su madre no estaba enfadada porque se hubiese levantado tarde. Él lo solía hacer mucho; lo único que, en tiempos difíciles y sin él trabajar, pues como que ella se portaba con más irascibilidad. Él la entendía, hasta cierto punto. Pero obviamente le molestaba que nada más despertarse ya ella le sonase como una campana que le repiquetease justo al lado de su oreja. Él básicamente la única opción que le quedaba consistía en aguantar el suplicio y bajar la cabeza, quejándose tímidamente.

De todos modos, a ella le quedaba pocos días para seguir viéndolo. El viernes su vida cambiaría. Por completo.

No se dio descanso tras la comida. Se lavó los dientes y se vistió con ropa más bien ligera, por si tenía que correr o huir. Más que nada, había que contemplar todo tipo de posibilidades, y que le matasen era una de ellas. Mientras se acicalaba, los nervios afloraron con más fuerza que nunca. En varias ocasiones el peine se le cayó al suelo.

–                           ¿Tienes ahora manos de mantequilla? – le espetó su madre cuando él apareció en el comedor para recoger las llaves y algo de pasta.

–                           A veces.

Como solía ser habitual, su madre quiso informarse de adónde iba. Eric, como también solía ser habitual,  no concretizó nada, sino que básicamente explicó que necesitaba verse con alguien.

–                           Durante esta semana has salido mucho. ¿Se puede saber qué estás tramando?

–                           No estoy tramando nada, mamá.

–                           Pues a mí me lo parece. ¿Pasa algo, hijo? ¿No te seguirá a ti también el coche ese?

–                           ¿A mí? A mí no me sigue nadie. Ya te dije que sería mucha coincidencia lo de ese coche. No le des más vueltas.

–                           Ten cuidado, ¿quieres? – le pidió, acercándose a él y quitándole algo de la camiseta de manga larga.

–                           Sí – dijo con voz cansada y harta.

Se marchó.

Lloviznaba. Eric no se había molestado en mirar el tiempo por la ventana y le pilló por sorpresa. Corrió al trote hasta el coche. La zona por donde lo había aparcado estaba atestada de tierra fangosa y de charcos. A pesar de que buscó sortearlos, no evitó que sus bambas se encharcasen, de modo que se metió en el vehículo y ensució algo la tapicería. ¡Qué poco le duraba a uno un coche poluto y limpísimo!

En apenas cinco minutos se presentó al lugar indicado, encontrándolo con suma facilidad. En especial le había favorecido mucho el aparato que le había instalado el Manitas, un aparato trampa a la vez. Le entraba un cosquilleo en forma de descarga eléctrica cada vez que lo pensaba. Le venían a la mente aquellas películas de espías y de guerras entre servicios inteligentes. ¡Y él se ubicaba en medio de toda esa batalla de conspiraciones y planes de astucia!

Los diez minutos que faltaban para las tres los dedicó a recapitular todo lo que le había acaecido en esa semana, que ya prácticamente llegaba a su fin. Aún quedando dudas por resolver, tenía una ligera sospecha de a qué venía todo ese embrollo y por qué el Hombre de Negro se había interesado tanto en él. Tenía principalmente una gran parte de puzzle. Tenía el marco, por así decirlo. Había, sin embargo, unas piezas no muy grandes que dificultaban la unión de todo ese cuadro, principalmente el porqué querían matar a su hermana.

Podía tener una sospecha. Debía existir alguna relación entre la familia Fellini y la familia Brawn por su enemistad. La afirmación de Adelia de que antes de salir con Filipo había mantenido una estrecha relación con Roberto, de los Brawn, podía tener mucho que ver.

O podía no tener nada que ver.

Algo estaba claro, empero: su hermana les había estado ocultando algo a él y a su madre que no traía nada bueno.

Desde el coche comprobó que un coche se le acercaba. Paró justo detrás de él. Tras la ventanilla del piloto surgió una mano que le instaba a que saliese del coche y a que se metiese en el recién llegado. Carraspeó un par de veces, algo azorado, y salió. La lluvia ya no caía, pero aún las nubes se resistían a dispersarse, colgando en el cielo con el negro más opaco que se pudiese recordar. ¿Le estaría avisando Dios Todopoderoso? Quizá hoy afrontaba el día del Apocalipsis final.

O el del Purgatorio.

Jamás antes había visto ese coche. Bueno, había visto modelos similares, pero ninguno igual durante aquella semana. Era un coche largo y ancho, un coche familiar. De tapicería azul oscuro metalizado y con los vidrios opacos. Eric calculó que costaría un huevo y parte del otro. Ese coche sería tan potente como en el que se había subido en el coche de Carla el día anterior. Ese coche era el típico que llevaban o mafiosos con mucha cuenta corriente o políticos.

Una puerta trasera se abrió, mas nadie puso un pie en la acera. Alguien desde dentro le invitaba a entrar. Asomó el cuerpo con cierto recelo, y con temor también. En su interior, a la otra punta, se sentaba el Hombre de Negro. En la parte de atrás había dos asientos, uno perpendicular al otro, conformando una especie de rectángulo. Eran asientos de cuero blanco tirando a marrón muy clarito. El Hombre de Negro no le estaba mirando. Dubitativo, entró y cerró la portezuela tras de sí.

El coche fue arrancado. Giró noventa grados, cometiendo el conductor una infracción, y bajó la calle en dirección a las carreteras salientes de Lartos. El coche se desplazó a gran velocidad. Dio la sensación de que huyesen o saliesen a la persecución de alguien.

En ningún momento el Hombre de Negro movió el cuello para echarle una mirada. Sus ojos (o lo que Eric creía que serían los ojos) apuntaban a la ventanilla. ¡Qué miedo que pasó! Desplazándose en un coche con un tipo disfrazado con una capa de pies a cabeza y con una mascareta que sólo podía ocurrírsele a un maniático enfermo por matar y por sembrar el terror… Imaginaos al lado un tipo al que no podíais verle la cara, absolutamente en silencio, sin saber ni quién era ni qué aspecto presentaba realmente. De verdad que erizaba los pelos hasta límites inalcanzables. Con la sangre helada, temías que te dedicase la mirada de repente y te acercase su máscara a tu cara en menos que canta un gallo y te pegase el mayor susto de tu vida. Podías esperar cualquier cosa estrambótica y rocambolesca de ese tipo. Y Eric, bueno, había aprendido la lección de no formular preguntas, por lo que, a punto de sufrir una crisis nerviosa, se agarró a las pantorrillas y se rascó los jeans mientras el coche avanzaba rápidamente. 

Cuando ya abandonaron cualquier rastro de civilización el Hombre de Negro se pronunció. Lo hizo sin mover el cuello.

–                           Ya me habían dicho que a veces te pasabas de listo, pero jamás creí que te pasarías tanto.

Hubo un momento en que Eric se dijo que en verdad no se estaba dirigiendo a él, que, en cambio, estaba ensoñando y reflexionando en voz alta. Sin embargo, luego tuvo claro que el Hombre de Negro se había referido a él, ya que la mascareta se movió hacia su derecha y ese negro opaco y aparentemente vacío (junto con esa sonrisa blanca y maléfica) apuntó directamente hacia él. Notó como si le estuviesen apuntando con un arma. Paralizado, respiró entrecortadamente, aunque quedamente.

–                           Tienes una misión concreta: acabar con tu hermana. Nada más. A veces creo que contrato gente muy estúpida. O quizá soy yo que reluzco de inteligencia y hablo de una forma ininteligible. Acabar con tu hermana. A-ca-bar-con-tu-her-ma-na. ¿No queda eso demasiado claro? ¿Eh?

Ni contestó ni apartó la mirada. Una parte de él ardió en deseos de replicar y objetar que no había hecho nada malo, que no había sobrepasado la línea. Mas estábamos con lo mismo de antes: a el Hombre de Negro le reventaba que le preguntasen y que la gente hablase sin su permiso. Le amedrentaba que le estampase algún cuchillo o alguna arma de guerra simplemente por replicar.

–                           Habla – le ordenó.

–                           No he hecho nada de malo. No sé realmente qué he podido hacer para que te enfades conmigo.

–                           ¿Enfadado yo? A estas alturas de mi vida yo no me enfado.  Tan sólo siento decepción por alguien cuando no se limita a lo que yo le marco.

–                           Pues me deberás repetir qué me has marcado.

–                           Te lo repetiré: no te pases de listo.

–                           Uy, esa frase es muy amplia y puede achacarse a muchas acciones diferentes.

–                           Cierto – se mostró de acuerdo tamborileando sobre la tapicería de la portezuela –. Bueno, matizaremos. Pero espero no tener que repetirme. – Levantó el culo y se sentó un poco más cerca de Eric. Éste pudo sentir el roce de la capa con sus tejanos –. Ayer estuviste en casa de los Fellini. Y como me digas que no te rajo aquí mismo y llamo a otro para que haga tu trabajo. ¿Qué hacías en casa de los Fellini? ¡Responde!

–                           Sabes lo que estudié, ¿verdad?

–                           No juegues conmigo…

–                           Sabes lo que estudié, ¿verdad?  

–                           Claro. Yo siempre sé.

–                           Pues mi hermana me proporcionó. Le habló de mí al padre de la familia y le pidió que viniese sí o sí. No tenía ninguna opción.

–                           No necesitas su dinero. El mío es más valioso.

–                           No fui por dinero. Mi hermana me convenció para que viese al padre, quien quería que le echase un vistazo a una construcción y lo corrigiese como quisiera. Si a eso lo consideras pasarse de la raya…

El coche había abandonado la carretera y se había adentrado en un camino de tierra y de piedras circunstanciales. Los árboles escaseaban en ese parte. Era un páramo bastante árido y baldío.

Eric tragó aire en vez de saliva.

El coche frenó. Alguien ahí delante (estaba tapado por una pared que imposibilitaba la visión del conductor) puso el freno de mano. Eric se mostró muy expectante, por lo que se avecinaba, aunque también muy temeroso. Sus piernas apenas respondían, y sus pensamientos se entrecruzaban tanto que según en qué momentos se le antojó arrancarse la cabeza para acallarlas. Era para recibir un ticket de regalo para un manicomio.

–                           Sal. – E inmediatamente después abrió la portezuela y salió.

El miedo se había apoderado de él por completo y intentó como tres veces abrir la portezuela. ¡Qué estúpido! Le fallaron las fuerzas en las tres veces. Al final tuvo que ser alguien el que le abriese alguien. Se trató de un tipo trajeado, como el Número 2, pero más viguroso, ancho y robusto. Una mole. Eric estuvo en un tris de agradecérselo pero en menos de un periquete le agarró por el cuello de la camisa y le tiró hacia afuera. Eric salió rodando, llenándose de polvo y de pequeñas rascaduras. Cuando intentó ponerse de rodillas le patalearon por el costado. Se revolvió en el suelo y lloriqueó como un bebé. Tocándose la costilla izquierda, sufrió un acceso de tos. Buscó entonces algo a lo que aferrarse, sólo dando con el aire o el suelo arenoso. Se retorció y se retorció…

Unos pasos potentes y ruidosos se acercaron.

–                           Te presento a Número 3. Si no me equivoco a Número2 ya tuviste el placer de conocerlo en el taller de el Manitas.

Eric no abrió los ojos. Sabía que si los abría le entrarían polvo y arena y le picarían en cantidad. Buscó en la memoria a Número 3. Dibujó el cuerpo grande y ancho del cuerpo con el que acababa de toparse, pero sólo el cuerpo. La cara no la había visto, así que no podía trazarla.

Recibió otra patada en el costado, con lo volvió a revolverse en el suelo. Estaba sucio, muy sucio.

–                           Escúchame atentamente, listillo – espetó el Hombre de Negro, muy cabreado –. La próxima vez que te vea cerca de alguno de los miembros Fellini mando que te eliminen.

A diferencia de otras ocasiones, no anheló preguntarse por qué. Tan sólo anheló que se marchasen. ¡Cuánto le dolía el cuerpo!

–                           ¿Ha quedado clarito? No quiero ni que pienses en esa familia ni siquiera. Como lo hagas, no sólo te mato, sino que descuartizaré a tu amiga y a tu queridito amigo David.

A Eric se le encogió el corazón. Le habían tocado la fibra sensible. David, su madre,… Si antes se había concienciado de que trabajaba bajo la espada de Damocles, ahora ya notaba que esa misma espada estaba atravesando su carne. De repente se los imaginó descuartizados, hechos a trizas, con sus carnes escampadas por el suelo. Sus venas se helaron.

–                           ¿Ha quedado clarito?

Eric consiguió ponerse a cuatro patas, con las manos doliéndose por la arena y las piedrecitas. Tosió. Numero tres y el Hombre de Negro restaban en silencio, esperando una respuesta. A Eric no le salían las palabras; ni siquiera se acordaba de cómo pronunciarlas. Tosió de nuevo. Aún con los ojos cerrados, palpó con los labios que él escupía sangre y polvo. Qué asco… Pero no tenía tiempo para hacer ascos. Buscó en su más profundo interior la lección aquella en que había aprendido a efectuar sonidos articulados.

–                           Muy claro, sí,… – balbuceó.

Alguien le tiró del pelo. Dio un alarido. Al final de éste le salió un gallo.

–                           Eso espero –  le susurró el Hombre de Negro a la oreja.

Y, como quien ha disfrutado, repitió la acción de tirarle del pelo. Eric dio otro alarido, uno más largo y ululante.

Le soltó, e inmediatamente después los pasos provocados por las botas de el Hombre de Negro convencieron a Eric que definitivamente le dejaba en paz. El alivio le duró poco, ya que Número 3 le golpeó en la cintura. ¡Dios! ¡Qué dolor! Intentó llevarse la mano a allí donde el cuerpo ardía pero rodando lateralmente no encontró el punto. Entonces un brazo forzudo le asió por su brazo y le subió a media altura. Sintió a continuación una mezcla de sensaciones: la de volar y la de ser estirado, con el brazo a punto de ser arrancado.

Número 3 puso la mano sobre el cuello de Eric y apretó bien fuerte. Eric probó de insultar a grito pelado, pero apenas pudo emitir sonidos ya que se sintió asfixiado. A la sazón, notó la respiración de Número 3 muy cerca de su mejilla izquierda.

–                           Esta noche preséntate al mismo sitio donde hemos quedado hoy. A las doce en punto. Puedo ayudarte – le susurró muy bajito.

Le soltó y por consiguiente chocó contra el suelo con un explosivo ¡pum!. Oyó que Número 3 se alejaba de él y que abría la portezuela, para después cerrarla. Tardó segundos en enterarse de que iban a abandonarlo ahí, en medio de ese bosque con pocos árboles que se encontraría a varios kilómetros de la ciudad. En verdad no cayó en la cuenta hasta que el motor del coche rugió como si despegase una nave espacial.

En condiciones normales se hubiera puesto a golpear al suelo con el puño, pero en esas condiciones, magullado y debilitado, le pesaba todo. Yació unos cuantos minutos, mientras el aire se levantaba y formaba una capa de polvo. Presto, cuando el silencio era más que escalofriante y el frío más que amenazante, se puso en pie, aunque con dificultades. Cuidadosamente, se quitó parte de arena de la cara; luego se sacudió un poco. Una neblina de polvo se formó en consecuencia y eso le forzó a toser.

–                           Hostia puta.

Analizó la situación. Solo y sin vehículo, a mucha distancia de la ciudad y de su coche. Por el frío que hacía no se quitó la ropa, pero imaginó que tendría algo de sangre en el cuerpo, sobre todo por las costillas. Mas no tendría nada escandaloso en el cuerpo. Número 3 se trataba de gente profesional que sabía muy bien lo que se llevaba entre manos. Seguramente el Hombre de Negro le habría mandado que lo “calentara” bien calentado sin que físicamente se apreciase a simple vista. Y aunque al día siguiente le aparecerían moratones o alguna que otra costra pequeña, no parecería que le habían propinado una paliza. De hecho parecería más que se había caído.

Permaneció poco ahí parado. Soplaba mucho tiempo y estaba refrescando. Más que nada, en un par de horas refrescaría aún con más intensidad, y anochecería. Y como había una caminata muy larga…

Así que se puso en marcha tras unos cuantos minutos para relajarse y situarse. Al principio cojeó y desfiguró la cara cada vez que pisó el suelo, más tarde se acostumbró al dolor y prácticamente se convirtió en parte de él. El dolor disminuyó también gracias a que el suelo se fue aplanando y apenas tuvo que pisar por ninguna roca o piedra resaltante. Eric, a medida que fue avanzando en la caminata, fue reconociendo el lugar. Allí mucha gente se pasaba para hacer barbacoas o para pasear sus perros, aparte de que raramente crecían setas y la gente se acercaba como loca para llevárselas. Calculó que en algo menos de media hora daría con la carretera principal que le conduciría hasta Lartos.

Mientras andaba (algunas veces arrastrando los pies y otras veces esmerándose en no destrozar el calzado), inevitablemente pensó en su situación momentánea y se sintió el tipo más desgraciado del mundo. Maldita oferta. Maldita aceptación. Maldita trampa. Eric recordó todo aquello que le había acaecido durante la semana hasta lo que la memoria le permitía. Recordó con mucho odio la mañana en que se despertó en la oscuridad y en la que se le ofreció una maleta envenenada. Se sintió podrido por dentro, envenenado. Podía haber rechazado el maletín y la oferta. Debería haber sido lo suficientemente listo para haberse percatado de que no podía haberle esperado nada bueno de una oferta en un almacén abandonado, prácticamente a oscuras, con un tipo disfrazado. Mas había aceptado. Y había herido en el orgullo a el Hombre de Negro acercándose a los Fellini.

También mientras andaba se preguntó en qué podía ayudarle Número 3. Con el paso de los minutos su mente se le había ido aclarando y las palabras de ese tipo duro fueron cobrando forma. Qué palabras más intrigantes… No supo cómo cogerlas, si con pinzas o como algo verdaderamente sincero y real. Recelaba de ese tipo. ¿Y si le atizaba de nuevo? ¿Soportar otra vez esos golpes o aún más duros? ¡Dios, no! ¿Pero qué opción le quedaba? Ninguna desgraciadamente…

Cuando arribó a la ciudad, el sol prácticamente se despedía. Antes de adentrarse en las calles de Lartos, entró en un parque en el que no solía haber nadie a esas horas. Fue hasta una fuente, donde se mojó bien la cara y un poco el pelo. Se prometió que se pegaría una ducha cuando llegara a casa.

Comprobó que estuviese decente con el coche más cercano. No presentaba un aspecto para tirar cohetes, pero al menos había eliminado la suciedad de su cara y la maraña de pelos. A partir de entonces, ya con las lámparas encendidas, caminó allí donde menos se alumbraban las calles, evitando siempre el encuentro directo con alguna persona. Las calles no estaban absolutamente desoladas, mas pasó bastante desapercibido. Alrededor de veinte minutos avistó el coche, intacto y solitario. Cuando se sentó se quejó de dolor: los costados ardieron y la espalda le rascó. Luego las piernas se entumecieron algo.

Tras aparcar, se echó un vistazo con el espejo central del coche. Se asemejaba a un gitano. A un gitano sucio y apestoso. Se descubrió algo de sangre en una de las sienes y en las orejas. No era nada grave, pero le tocaría mentir bastante.

Y por lo que le había preguntado su madre al marcharse al encuentro de esa tarde, a lo mejor ella ya no le creía para nada y le sonsacaba información a base de interminables preguntas.

Salió del coche.

No le apetecía regresar a casa. Quería sortear el hecho de tener que enfrentarse a su madre y explicarse. Reflexionando, se le ocurrió demorar su regreso. Estaba muy abatido, además, aparte de exhausto. Redujo la velocidad. Se detuvo ante las vitrinas. Curioseó un poco, pese a que muchos de los locales estaban cerrados. Se sentó en algún que otro banco. Observó a la gente. Transcurrió como una hora, con la tontería.

Vagabundeó hasta que el estómago rechistó. Le entró todo un ataque allí abajo que le obligó a enroscarse. Dio la sensación como que vomitaría allí, en plena calle, ante ojos de extraños y de curiosos. Inmediatamente enfiló hacia su casa.

Para su sorpresa, no había nadie. Mezclándose entre la oscuridad y los espíritus, rememoró que en lo que llevaba de semana, su madre, siempre que él lo había necesitado, se había ausentado. ¿Telepatía? Ya casi que se le antojaba un cachondeo todo eso.

No obstante, le aguardaba una sorpresa aún mayor. Todo se aclaró cuando encendió las luces y se fijó en el móvil que reposaba sobre la mesa del comedor. Pertenecía a su madre. ¿Qué pintaba ahí el…? El miedo le invadió. Cabía de todo menos positivo. Con los pies menos consistentes que una ramita, se aproximó a la mesa. Tocó un botón cualquiera, con lo que el móvil se iluminó y le reveló un mensaje. Ponía lo siguiente:

<<Mamá, ¡te llamo desde otro móvil! Necesito que vengas inmediatamente. Me ha ocurrido algo terrible. Estoy en casa de Jennifer. Vive en la calle Francisco de Corchos, número 11, 3º 2ª>>

Eric dejó caer el móvil, y suerte tuvo de que cayera a la mesa y no al suelo. ¡Habían cogido a su madre! ¡La habían engañado otra vez! Eric no se lo pudo creer. Quiso releer el mensaje, mas no se atrevió. El cuerpo le tiritó entero. Buscó algo con lo que apoyarse, hallando el sofá. Se tumbó. Cerró los ojos. Todo giraba, giraba y giraba, peor que una noria o una atracción con mala leche. Se tocó la frente. Qué mareo…

<<Han cogido a mi madre. Oh, por Dios y todos los Santos, qué he hecho para merecerme esto… Cuando pille a mi hermana, juro que la mato. Juro que la mato y la descuartizo…>>

 

 

 

–                           El móvil al que llama no se encuentra disponible o está fuera de servicio – anunció la voz metálica.

Rechistó y rebufó. Estaba harto de esa voz, de ese robot que hablaba tan pausada y lentamente. Y especialmente le irritaba cuando quería hablar con la persona a la que llamaba. Eric se guardó el móvil, decepcionado y frustrado.

Era la quinta vez que probaba de llamar, y todas ellas habían resultado en vano, apareciendo la misma voz con el mismo mensaje. A la cuarta y quinta vez, a base de rabia y enojo, se había encontrado repitiendo el mensaje con tono despectivo. En una de ellas casi lanzó el aparato a la pared.

Ni rastro de su madre. Tras serenarse ligeramente, se había duchado para aclararse las ideas y se le había ocurrido llamar a ese número que ya antes había mandado un mensaje a su madre el día en que le habían raptado. Nadie había contestado, ni llamando con el de su madre ni con el suyo mismo. Eric estaba muy convencido de que realmente existía alguien al otro lado de la línea, pero con toda seguridad nadie quería contestarle. ¿Sería el Hombre de Negro? No lograba metérselo en la cabeza. ¿No le había bastado con pegarle en el bosque, amenazándole? ¿O habría cambiado de opinión de camino a Lartos y se había dicho, de golpe y porrazo, coger a su madre y llevársela? Como mínimo, sabía que había ocurrido después de “los mamporros”: el mensaje concretizaba su envío a las cinco de la tarde. Por entonces él había estado retornando a casa.

–                           El DNI, por favor.

Eric le tendió al portero su documento de identidad. A pesar de que ya era muy de noche, el portero llevaba gafas de sol. Para aparentar un aspecto de guay, supuso él. No le sonrió, el muy amargado. Básicamente echó un vistazo al documento y a su cara sin expresar emoción alguna, tan sólo moviendo la mandíbula de arriba abajo por un chicle que estaba masticando.

Le aceptaron la entrada. Cómo iban a rechazársela: jamás le habían denegado la entrada a una discoteca. Penetró en el local sin dejar la chaqueta en el guardarropía. La música zumbó en sus oídos, pero no le molestó. Ignoró todas las chicas guapas y sexys que había ahí bailando y meneando el trasero y se dirigió directamente a las escaleras.

Ligeramente se tocó la cintura. El arma seguía ahí.

Al final de las escaleras se topó con una pareja que se morreaba intensamente, sentados en una butaca, con la chica colocada de lado y sobre el regazo del chico. Ninguno de los dos le prestó atención. Él aún menos. Besarse era lo último que podía cruzar su mente.

La puerta del despacho de Feredico se hallaba cerrada. Eric no se esperaba menos. Cuando llamase y le dejasen entrar, todo allí dentro concurriría con normalidad. No obstante, en cuanto desapareciese, se llevarían a cabo los chanchullos y las conspiraciones menos imaginables. Actos tenebrosos y rebosantes de malicia.

Picó tres veces. Una voz tenue contestó un <<adelante>>. Eric no dudó en entrar. Al principio sólo la calva le saludó; luego, cuando cerró la puerta, levantó la vista. Expresó un gesto de sorpresa, abriendo los ojos y arrellanándose en el asiento de cuero con ruedas.

–                           Hombre, tú por aquí.

Sin pedir permiso, Eric se acercó a su mesa y se sentó en la silla que había justo enfrente de él.

–                           Nada, nada. Como Pedro por su casa.

Eric ignoró el comentario. No estaba para bromas.

–                           ¿Dónde está mi madre? – espetó.

Federico se acomodó en el sofá, mirándole con calma y con una media sonrisa irónica.

–                           Aquí seguro que no. Hace tiempo que las madres no se acercan a esta disco, sobre todo un domingo.

–                           ¿Tengo cara de estar para bromas? ¿Dónde está mi madre?

–                           Y yo qué sé. Hoy sólo he salido de casa para venir aquí.

–                           Pero conoces a el Hombre de Negro. Te hablas con él y os mantenéis mucho en contacto. ¿Qué habéis hecho con ella?

–                           Te equivocas de persona. Yo no me inmiscuyo en los asuntos del Jefe. Habla con él directamente.

–                           Sabes que hoy ya ha estado conmigo.

–                           Vuelves a equivocarte. Yo sólo soy un contacto para él. Me llama, me pida que ejecute algunos movimientos, y ya está. Él da órdenes y nosotros cumplimos.

–                           No me lo trago. Él no es ningún Dios. Le tratáis como si fuera intocable. ¡Qué asco!

–                           Tendremos nuestros motivos.

–                           Soy todos unos mentirosos y unos falsos. Hacéis como él y os ponéis una máscara. Pero voy a dejar de hacerme el tonto. ¿Dónde está mi madre?

–                           Otra vez… Vaya, no sé hasta dónde me alcanza la paciencia.

–                           Yo tampoco lo sé. Espera, que te lo diré de otra forma. – Estiró las piernas y metió la mano por dentro de la chaqueta. Sacó la pistola y la apuntó directamente a la cara de Fernando –. ¿Dónde está mi madre?

Federico no se estresó. Al contrario, colocó las manos sobre la mesa y observó a Eric. 

–                           ¿Sabes qué? Déjame que te saque una bebida y lo hablamos tranquilamente.

Hizo ademán de levantarse, pero reaccionando muy pronto Eric acercó el cañón de la pistola a Federico.

–                           Ni se te ocurra. No me fío de ti ni un pelo, cabrón.

Tornó a sentarse.

–                           Está bien, está bien. No nos pongamos nerviosos, anda. – Pestañeó unas cuantas veces, rápidamente, una tras otra. Colocó de nuevo las manos sobre la mesa, en posición de calma –. Dime: ¿qué esperas conseguir con apuntarme con una pistola? Estoy ya con más mierda en mi currículum que no me molestaría morir. ¿Te piensas que me asusta el morir? ¡Adelante, dispara! ¡Aprieta el gatillo y demuestra tus cojones! ¿A qué esperas? ¡Aprieta el gatillo, joder! Deja que sea yo el privilegiado al que te cargues primero. ¡Venga! Yo también me acojoné la primera vez que tuve que pegar un tiro.

La convicción en las palabras de Feredico, la calma de éste y la inexperiencia en el mundillo oscuro provocaron en Eric un grave momento de <<¿Sirve para algo lo que estoy haciendo o no sirve para nada?>>. Había sido básicamente instintivo eso de sacar la pistola, como quien saca las garras como autodefensa. Le había encañonado la pistola porque lo había visto en miles de películas, donde presuntamente el arma siempre intimidaba a la gente. Pero no había corrido ni rastro de sudor en la calva. Quizá estaba más que acostumbrado a que lo apuntasen.

O quizá mentía.

Pese a que vaciló, no soltó la pistola.

–                           Esa sonrisa que siempre llevas creo que más bien me hace indicar que es un puto recurso para esconder tus miedos. No puedo creerte porque ni te convences a ti mismo con tus propias mentiras. Sabes que han secuestrado a mi madre y seguramente el Hombre de Negro te ha ordenado que te lo tengas bien callado. Y te muestras calmado porque no me ves capaz de pegarte un tiro. Pensarás seguramente que no me atreveré a matarte porque luego irán a por mí. Me importa una mierda que vayan a por mí. No me importa que al final me vayan a matar. Encontraré a mi madre y avisaré a mi hermana. Y me importa también una mierda que me preguntéis si sé qué ha hecho mi hermana. Es mi hermana y no pienso que me contaminéis.

A Eric prácticamente le faltó el aliento cuando paró. Federico, que le había estado escuchando con esa sonrisa irónica suya característica y sin mover ni un dedo, levantó las manos y se echó a aplaudir. Aplaudió lentamente, separándose las palmas de la mano bastante. Sus ojos, tan oscuros e imposibles como en la anterior ocasión, parecía jactarse de toda esa parrafada. A Eric no le dio tiempo a sentirse ofendido.

–                           Bravo, Eric, bravo. Digno de un discurso de un gran político. Pero déjame que te lo repita otra vez: te equivocas conmigo. Si el Jefe se ha llevado a tu madre, sólo él y el que ha encargado para hacerlo lo sabrán. No comparte secretos con nadie. Apenas conmigo me ha hablado de ti. Tan sólo me comentó que te iba a contratar para una misión y que necesitaba mi terraza para hablar contigo. Mátame. Con mucha suerte te escapes hoy, pero te perseguirán y te localizarán. Detrás de ti en una esquina hay una cámara. Grabará tu imagen y mañana o pasado te pillarán, porque deberás buscar a tu madre y avisar a tu hermana. No seas estúpido. Vas a arruinarlo todo con un solo disparo. ¿Qué conseguirás matándome? Piénsatelo bien, Eric. Estoy convencido de que hace poco te has enterado de que se han llevado a tu madre y eso te ha sacado de quicio. Piensas en caliente, tío.

Eric reflexionó acerca de todo eso. Se había equivocado, por completo. Sus recuerdos de las películas no le estaban ayudando en nada. No se ruborizó pero poco le faltó, deseando que la tierra se lo tragase. Se había comportado como un niño pequeño movido por la cólera y la rabia. ¡Si él mismo ya se había dicho que estaba completamente solo! Y sin ayuda… poco avanzaría…

–                           Guárdate la pistola. Te irás de aquí y todo quedará como si aquí no hubiese ocurrido nada.

–                           Putos todos… – blasfemó, guardándose la pistola –. Primero me metéis en una mierda bien grande y luego amargáis a los que están conmigo. No me merezco yo esto.

–                           Todo tiene un motivo. ¿Estaba muy enfadado hoy el Jefe?

–                           ¿Conmigo? Joder si lo estaba. Me han atizado bien en el bosque.

Eso le resultó gracioso a Federico. Se tronchó tirando la cabeza y el cuerpo hacia atrás. La silla rechinó “terroríficamente”.

–                           Entonces está muy cabreado. Sólo hace eso cuando le tocan los cojones. ¿Y cómo estás convencido de que no han sido otros?

–                           ¡Huy! No es muy difícil saberlo – espetó Eric, alzándose. Se giró, seguro de que Federico no le clavaría ningún objeto afilado en la espalda, y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla, terminó de la siguiente manera –: Y repito que no soy tonto. Me engañas detrás de esa sonrisa y de esa calma. Sabes mucho de mí y te hablas con el Hombre de Negro. Se guardará los secretos, pero necesita rodearse de otros para mover sus piezas de ajedrez. Si algo tengo cada vez más claro, es que querrá a mi hermana muerta, pero no es su principal objetivo. Me está utilizando para distraer la atención y llevar a cabo algo más gordo.

–                           Entonces, tío listo, ¿de qué distracción estás hablando si aún no has efectuado ningún movimiento contra tu hermana?

–                           Ves cómo sabes más de lo que dices. Estaba esperando que picases.

No aguardó a descubrir alguna expresión de sorpresa en Federico. Eric se figuró que su cara apenas se habría desfigurado, quizá ni un ápice. Sin embargo, él se satisfizo con haberle vencido una pequeña batalla. Había cantado. Apenas nada, pero había cantado.

Ningún miembro de seguridad le barrió el paso pocos minutos después, una vez que se hubo bebido un cubata que le sentó muy amargo. Quedaba nada para las doce en punto.

 

 

 

 

–                           Aquí – soltó una voz en voz baja pero a distancia. Luego le siguieron dos ¡pst!.

Eric se dio la vuelta. Tenía los sentidos muy activos. Como ya se había percatado en días anteriores, había desarrollado una especie de alerta especial en todos sus sentidos.

Alguien entre las sombras se escondía en un callejón. Eric sólo distinguió una mano que le hacía señas para que se acercase. Se imaginó que era Número 3. Antes de aproximarse, comprobó que nadie le vigilase.

–                           Vamos – le alentó la voz en voz queda.

Extraño en él fue hasta el callejón. Ya el miedo parecía haberse esfumado; parecía haberse adueñado de otro ser humano. Se aproximó a paso firme, pero cauteloso. Se colocó de mientras la mano para rozar la culata, por si había que emplear los reflejos.

–                           Llegas tarde, Número 3.

–                           Sí, bueno. Perdona. El Jefe no me ha dejado marchar hasta ahora.

–                           Ah. ¿Qué quieres?

–                           No tan rápido. De lo que voy a hablar requiere tiempo. Iremos a un bar al que no nos reconocerá nadie y podremos charlar tranquilamente. Espera aquí un segundo: voy a por el coche.

Número 3 desapareció a la velocidad de la luz. Eric supuso que gente que trabajaba en ese mundillo estaba acostumbrada a emplear los reflejos muy a fondo y a moverse entre las sombras.

Aguardó con cierta impaciencia. Apoyado a la pared con un pie flexionado y con la espalda, se le antojó que iban a tenderle una trampa. Quizá la cólera de el Hombre de Negro no se había terminado con lo del bosque, sino que además lo habría completado con el secuestro de su madre y ahora con algo que tramaban contra él.

Un coche se paró a la altura de él, en doble fila. Eric miró a izquierda y derecha y salió pitando hacia el coche. Su cabeza notó unas cuantas gotas de lluvia. Mientras abría la portezuela, se fijó en que el cielo se había encapotado y revelaba un aspecto amenazador. Se metió en el vehículo antes de que la lluvia conquistase el tiempo.

El coche se desplazó. Viraron unas cuantas veces, hasta el punto de que Eric tuvo el pálpito de que sólo daban vueltas a la manzana. Pero no preguntó. Tampoco le preguntaron nada. Se trató en verdad de un viaje corto y callado (pero intenso para él por el silencio). Número 3 aparcó en una zona donde no habitaban bares ni locales. Cuando se apearon, Eric se tomó el tiempo para escrutar al tipo que unas horas antes le había asestado unos cuantos golpes. A diferencia de Número 2, era grande y ancho de espaldas. Muy robusto también. También una piel de la cara fina pero de aquellas que te recordaban a tipos duros de pelar. Sobresalían músculos por encima de la camisa de manga larga. Vestía muy elegantemente, como Número 2, con traje prácticamente. No llevaba gafas de sol. Destacaban dos ojos como canicas más opacos que los de Federico. No apreció sonrisa alguna en su rostro, por lo que dedujo que no sonreiría mucho o no sonreiría directamente. Apenas le abundaba pelo, sino que lo llevaba bastante corto, en forma de rectángulo tridimensional que se alargaba hacia la nuca.

No intercambiaron palabra alguna. Los pasos fuertes y seguros de Números 3 se expandían más allá del metro cuadrado en que se movían, alcanzando hasta el otro lado de la acera. Eric fue mirándolo de refilón, con la mano preparada para disparar ahí en plena calle si hacía falta. Sin embargo, algo le palpitaba en su interior. Ese pálpito le aseguraba que no había nada que temer.

Con el dedo señaló un pub.

–                           Ahí – indicó.

Penetraron en el pub. Música sensual sonaba con fuerza. Había esparcidos sofás de cuero de color rojo en forma de ce que daban a un podium en el que chicas casi desnudas inclinaban sus cuerpos con posturas más que sugerentes y giraban en torno a una barra de metal. Se sentaron en el sofá más cercano a la barra para beber y en el más alejada del podium.

–                           ¿Qué quieres para beber? – se ofreció Número 3, mirándole con mirada seria y fría.

–                           Cerveza.

Se alejó. En los cinco minutos de espera Eric contempló a una chica morena y de pelo corto bailar alrededor de la barra, alzando las patas sin romperse los huesos. Contemplarla le relajó los nervios un poco. Incluso se puso a tono. Madre mía, necesitaba un revolcón con alguna…

Regresó con dos bebidas. Las puso cuidadosamente sobre la mesa.

–                           Antes debería haberte preguntado algo – habló en voz alta. La música zumbaba un montón –. ¿Has mirado bien que Número 1 no te estuviese siguiendo?

–                           Sí. Tampoco hace falta. Ha secuestrado a mi madre.

–                           ¿En serio?

–                           No estaba su coche. ¡El puto coche azul!

Número 3 pegó un trago, encorvándose y tirándose para adelante. Al tragar no gesticuló.

–                           ¿Quieres probar?

Eric lo probó, y de poco le vino que no lo escupió al suelo. ¡Qué fuerte, Dios mío! Eric esbozó una cara de amargura y de asco. Inmediatamente después se preguntó cómo demonios Número 3 no había gesticulado al beber. ¿Sería un robot por dentro? Madre mía…

–                           Vaya, está fuerte… Perdona. – Y se echó a reír. La risa le recordó a Número 2 y Federico. A el Hombre de Negro no, porque la risa de éste sonaba más oscura y tenebrosa –. ¿Y tú cómo sabes que la ha secuestrado Número 1?

–                           No hay que ser muy listo.

Número 3 esperaba que Eric añadiese más.

–                           ¿Pero cómo lo has sabido?

Eric se cercioró del tipo ante el que se encaraba.

–                           El cómo da igual. Pequeños detalles.

–                           Pero a ver… Yo ni siquiera sé que se han llevado a tu madre. Me sorprende que digas eso porque yo ni siquiera lo sé. Que yo sepa, el Jefe no ha ordenado llevársela.

–                           ¿Alguna vez has actuado?

Increíblemente, las facciones de su rostro cambiaron y Número 3 expresó sorpresa y desorientación.

–                           ¿Cómo? No entiendo.

–                           Pues que eres un mal actor. ¡No sabes mentir!

–                           No estoy mintiendo. Si Número 1 se la ha llevado, no le ha dicho nada a nadie.

–                           No mientas. Trabando para el, como llamáis, el Jefe, trabajáis para él. No podéis tenerle secretos.

–                           Mira, te prometo de verdad que no sé nada, ni creo que Número 1 haya actuado a espaldas de el Jefe. Y si el Jefe hubiese querido secuestrar a tu madre, nos lo hubiera comunicado. Y no lo ha comunicado en ningún momento.

A Eric empezaba a salirle aire por la nariz a ritmo de vapor. Qué hartura. Buscó en el bolsillo el móvil y lo sacó.

–                           Este número. ¿De quién es?

Número 3 le arrebató el móvil, sin que Eric pretendiera dejárselo. Se pegó la pantalla casi a su nariz. Entrecerró los ojos entretanto. Un minuto más tarde se lo devolvió.

–                           No es un móvil nuestro.

–                           ¿Ah no? – se prácticamente desesperó, enfadándose –. ¿Entonces cómo puñetas engañasteis a mi madre para decirle que no se preocupase por mí, que me quedaba a dormir a casa de una amiga? En los dos putos mensajes aparece que es Jennifer quien manda el mensaje, una amiga mía, pero en ambos mensajes es una puta mentira. El número de Jennifer es otro. Y he llamado muchas veces sin que nadie me conteste al puto teléfono.

Número 3 se puso meditabundo. Ridículamente apretó los labios y se meció el mentón.

–                           ¿Quién coño envió un mensaje el día que me secuestrasteis y me llevasteis al almacén abandonado?

–                           Sólo el Hombre de Negro lo sabe.

–                           ¿Sólo él? Venga, hombre,… ¡Que sois un equipo!

–                           No, estamos a su merced. Y por eso he venido a verte.

Tras lo de su madre a él ya no le interesaba mucho en qué medida podía ayudarle y en qué concretamente podía ayudarle. Sin embargo, escuchar no podía irle mal, pese a que su mente se hallaba algo ausente.

–                           A ver, qué.

–                           Esto sólo puede quedar entre tú yo, primero de todo. Nadie puede enterarse de lo que saldrá hoy de aquí.

–                           Sí, sí. No te preocupes. ¿A quién se lo voy a decir? Estoy solo.

Eso le convenció, aparentemente. Movió el culo un poco hacia la izquierda y tiró el cuerpo hacia adelante. Su cara estaba muy pegada a la de Eric.

–                           El Hombre de Negro planea algo muy gordo. Nos ha dicho algo, pero no nos lo ha explicado todo. Como siempre hace. Créeme: él planea muchas cosas, pero no confía en nadie, ni siquiera en él mismo. Aprovecha que tiene mucho poder sobre nosotros y sobre otra gente para llevar a cabo sus planes. Pero nadie sabe dónde vive, ni qué aspecto tiene realmente. Ahora estos días planea algo gordo y está en activo, pero en cuanto acabe la misión, desaparecerá. Desaparecerá muchos meses. Siempre hace igual. Lo hace para que la gente se olvide de él y no sepa ni que ha existido, además de para evitar la justicia. Cierra todas las líneas y no las abre hasta unos meses más tarde. Es entonces cuando le vuelven a llamar para otro encargo. Se ha ganado “tantos amigos” que ahora sólo vive de encargos. Algunos son pequeños, otros son muy gordos. Lo que planea para la semana que viene es muy gordo.

–                           ¿Y de qué se trata? Me imagino que quiere que mate a mi hermana para atrapar a Filipo y tocarle los cojones a la familia Fellini.

–                           ¿Qué sabes? – se sorprendió Número 3.

–                           Nada y mucho. No sé nada porque nadie me ha explicado nada, pero deduzco. Me gusta deducir y se me da muy bien. Es imposible que quieran matar a mi hermana. Es un simple peón. No hay más que pensar un poco para darse cuenta que realmente no ha hecho nada más allá del otro mundo. Está en medio porque es la excusa. Salió primero con Robert Brawn y ahora con Filipo Fellini. Y las familias Brawn y Fellini se llevan a matar. Lo que no me queda claro es a cuál de las dos familias se quiere cargar.

–                           A las dos. Quiere que se acusen el uno al otro. Una vez tu hermana esté muerta, los Fellini pensarán que sólo los Brawn pueden haberlo hecho. Y se iniciará una guerra entre ellos.

–                           ¿Y qué gana el Hombre de Negro en todo esto?

–                           La ciudad entera y sus alrededores. Piensa que lleva la tira de años trabajando para gente y por encargos. En un momento u otro se ha ganado el afecto y el respeto de muchos peces gordos y ahora nadie se atreve a toserle. Nadie se pregunta por qué aspecto tiene, nadie se pregunta dónde vive ni cómo ocupa su tiempo libre. Tiene alguna especie de magia que hace que la gente esté pillada por él.

–                           ¿Tan difícil es cargárselo?

–                           Tiene demasiados admiradores. Y todos piensan que si alguien atenta contra su vida es hombre muerto.

–                           Ah – se interesó Eric. A la memoria le vino Federico y su encuentro con él hacía escasamente poco más de media hora.

–                           Todos matan pero nadie quiere morir en este mundo. El Jefe tiene la llave de todos. Él elige quién muere y quién no. Él es Dios.

–                           ¿Pero y la policia? ¿Nunca le han querido dar caza?

–                           Es muy inteligente. Todos le encubrirían, porque todos están más que metidos en esto. Es más, hay policías que trabajan para él.

–                           ¿Policías? ¿Pero cómo puede uno solo dominar tanto?

–                           Poniéndoles en situaciones complicadas. De un modo u otro ha conseguido que le debamos algo. Yo por ejemplo le debo la vida. Gracias a él consiguió convencer a unos de que no fueran a por mí. A cambio, yo tenía que protegerle y obedecerle siempre que me necesitase.

–                           ¿Y ahora? ¿Aún le debes la vida?

–                           No tanto. Ya me estoy hartando de trabajar para él y de ensuciarme tanto las manos. Y creo que ya he cumplido con mi deber y que me podría ir a casa a vivir decentemente.

–                           ¿Qué pretendes? Hoy me habías dicho que me podías ayudar. ¿Cómo puedes ayudarme? ¿Qué buscas?

–                           Voy al lavabo y te lo cuento.

Echó un sorbo a su cubata y, habiéndose puesto en pie, se alejó.

Eric lo observó alejarse y sortear a la gente. El pub principiaba a llenarse de hombres básicamente. Sobre el podium ahora había tres chicas, una bastante mayorcita. Eric las contempló, y otra vez surgió una especie de fuego muy ardiente. Tan ardiente, que incluso le tentó la idea de contratar a una de esas mujeres para que le sirviera bien servido.

Mientras aguardaba bebió en un par de ocasiones. Le picaba mucho la curiosidad, y cuando le picaba la curiosidad se le secaba la garganta. Él había pensado que no, que no le intrigarían para nada sus palabras. Pero había resultado todo lo contrario. Ahora lo aguardaba con impaciencia. Algo así como un halo de luz esperanzadora brillaba en su interior. ¿Habría salido al final del túnel? Tenía que confesar que él prácticamente se había visto sin salida, ni siquiera con posibilidad alguna de andar.

Regresó tras una espera interminable. A Eric él le pilló babeando con las bailarinas en ropa muy ligera.

–                           Están tremendas, ¿verdad?

–                           Para que vengan aquí y te la coman un rato.

–                           Tú y yo nos entenderemos – opinó, ves a saber si en broma o en serio.

Bebió. Bebió mucho, hasta el punto de dar la impresión de que el lavabo le había resecado la garganta. Eric apenas había tocado la cerveza. Pero repentinamente, tras ver a Número 3 beber tanto, le entraron muchas ganas, hasta casi le entró envidia, y pegó un trago largo.

–                           Quiero acabar con él. Estos diez años me han servido para ganarme mucho su confianza. Al principio empecé con muchas ganas y muy devoto a él, más que nada porque le debía la vida; ahora pero ya ha pasado mucho tiempo y creo más que me utiliza más que otra cosa.

–                           ¿Te utiliza sólo a ti dices?

–                           Ésa es la sensación… Número 1 es su favorito, y es un puto cabrón más loco que el más enfermo. Y Número 2 casi que también. Los dos quieren trabajar para él y se lo hacen saber cada día. Yo alguna que otra vez le he planteado la posibilidad de marcharme. Pero no me deja marcharme. Por lo visto pensará que me chivaré o que acabaré con él. Encima jamás me ha dado un jodido motivo. Estoy harto, muy harto.

–                           ¿Y yo qué juego en todo esto?

–                           Está muy centrado en todo esto de las dos familias y apenas se fija en lo que haces. Está totalmente convencido de que acabarás matando a tu hermana, porque te ve sin escapatoria e incapaz de luchar contra nosotros estando tú solo. En cierto modo es lógico que piense eso. Número 1 te sigue, estás completamente vigilado electrónicamente, no puedes decirle a nadie el secreto porque todos le protegen… ¿Sabías que tienes mucha mierda en el coche?

–                           Sí. El Manitas es el mayor cabrón que pueda haber en este mundo.

–                           ¡Si en él se puede confiar! Es el Jefe. Él es el culpable. Él le ordenó montarse esa vigilancia.

–                           ¡Cómo se fía vuestro Jefe!

–                           De nadie.

–                           No, ya veo ya. Pero déjame decirte que el Manitas es un cabrón.

–                           Pues he hablado con él sobre esto.

–                           ¿Con él? Ya la has cagado.

–                           Él también está hasta los cojones de el Jefe. Vamos a ir a por él.

Eric no estaba convencido. ¿El Manitas harto? Le vino a la memoria una conversación en su taller acerca de la moralidad.

–                           Por cierto, Eric. Lo de hoy ha sido extraordinario. Menudo cabreo llevaba… Cuando el sábado Número 1 le contó que estabas con una de los Fellini, la máscara casi se le partió en dos cuando puso las manos sobre ella. Y perdona por los golpes de hoy. ¿Te he hecho mucho daño?

–                           Un poco sí – y se le escapó una mueca, por la situación tan ridícula –. Y a ver que me quede una cosa clara: si quieres cargártelo, ¿por qué no lo has hecho hoy en el bosque? Estabas tú sólo con él. En un momento de despiste podías haber sacado la pistola y ¡pum!

–                           No es tan fácil. Número 2 estaba cerca.

–                           ¿Cerca?

–                           Claro. No se fía. Siempre que se mueve lo hace acompañado. Ahora lo acompaña Número 2 porque Número 1 está contigo siguiéndote.

–                           ¿No será que tendrás envidia por ser el Número 3?

–                           Los números no significan nada. Nada.

–                           Ah.

–                           Hay que matar a sus dos guardaespaldas. Y hay que llevarlo con absoluta discreción. El Manitas nos echará un cable.

<<O una maldición>>, reflexionó Eric.

–                           No sé.

–                           No te queda otra opción. Tu hermana no tiene por qué morir.

Eric apartó la mirada y miró el suelo. Con la espalda tirada hacia adelante, movió los pies arriba y abajo. Meditaba. Ojos vacíos, mirada perdida.

–                           Está bien. Aunque sea un clavo ardiendo es lo único a lo que puedo agarrarme.

–                           Bien que haces.

Con la palma de la mano le indicó a Eric que acercase su cara. Muy discretamente Número 3 paseó la vista por el sitio. Presto, explicó los pasos a seguir.

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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