Capítulo 1 novela amorosa

Aún te llevo clavado en mi corazón, y cuando miro hacia la calle me parece que toda la gente tiene el mismo rostro que tú.

 

–           Llámala.

<<Llámala>>, propuso. El chico hizo un chasquido con los labios como respuesta. Llámala… Algo en su interior se removió, al fantasearse a sí mismo cogiendo el móvil y recibiendo su voz particular. Incluso sus orejas cosquillearon, como si adoptaran esa fantasía y la metieran en la realidad.

–           ¿Para qué? Si la tengo aquí por el whatssap…

El otro chico, que se sentaba justo delante del que había hablado, apartó la mirada con claro gesto de desaprobación. Por su cabeza rondaron las múltiples ocasiones en que sus consejos habían sido tirados por el váter. Entonces abrió la boca, para repensárselo y emplearla para consumir algo de su cocktail rojo oscuro.

–           Tío, no le molo.

–           ¿Y eso cómo lo sabes? – Su tono se elevó como se eleva un globo en el aire -. Me has dicho que habláis mucho.

–           Por la forma en cómo me habla.

–           ¿Y cómo te habla? – Enarcó una ceja. El otro chico, medio enrojecido aún por sus fantasías con la chica, no supo cómo encajarlo.

–           Pues no sé. Como una amiga. Le caigo bien y tal pero no le intereso.

–           Menuda imbecilada. Como dice mi vieja, el <<no>> ya lo tienes. Llámala. ¡Va, llámala! – Y le chinchó con ligeras patadas por debajo de la mesa.

El chico se sintió incómodo y hundió sus manos en los bolsillos de su anorak. Hacía ya frío en esa noche de Noviembre. Habían ido a la cockteleria de siempre con la esperanza de encontrársela vacía y habían tenido que conformarse con tomarse la bebida fuera. Aparte de ellos había un par de chicas riendo mucho y una pareja en cuyo mundo sólo existían ellos. Afuera, en la calle nada angosta, sólo pululaba el viento, entre las paredes de industrias y talleres.

–           Hoy me ha escrito mi ex – soltó de sopetón, con la clara intención de dejar de hablar de esa chica.

–           ¡Tío!, que son más de la una. ¿Qué cojones importa aquí tu ex? Hablemos de la chica. Llámala.

–           ¡Llámala tú!

A continuación se desanudó una tonta y juguetona discusión sobre el tema. Uno estaba embarazado y el otro rubicundo en las mejillas por efecto del alcohol. Al final ninguno de los dos la llamó y todo se quedó atrapado en el pasado. El chico rubicundo entendió que lo de la ex enturbiaba el corazón de su amigo.

–           ¿Y qué te ha dicho tu queridísima ex?

–           No lo sé, aún. Me ha dicho que quería decírmelo en persona. Me tiene intrigado…

–           ¿Pero por qué os seguís hablando? Eres todo un gilipollas. – Acto seguido, sonrió, con su habitual sonrisa de <<Aquí no pasa nada>> y <<Te jodes, capullo>>. En el fondo, se divertía con su amigo y sus problemas amorosos.

Se levantaron para pagar. Se encaminaron hacia el coche.

–           ¿Hace cuánto que no trincas? – preguntó el cachondo antes de encender su Polo blanco recientemente adquirido.

–           Que te den, cabrón. ¿Y tú? Ya no eres tan putero como antes.

Alargó el cuello, alzando la mirada hacia el techo, y liberó una risotada que se amortiguó con el sonido del coche al encenderse.

–           Cuánto te quiero, Edgar. Hijoputa que eres. – Y su risa inundó el vehículo a la vez que el coche tronaba por las calles casi desiertas, bajo el velo de una noche poco estrellada.

 

El amigo de Edgar se llamaba David. David vivía a cinco minutos a pie de casa de Edgar. Siempre que quedaban y salían, David aparcaba el coche en su casa y luego Edgar regresaba a casa andando. Esa noche no fue excepción. Tras despedirse, Edgar se dirigió hacia su casa con las manos en los bolsillos y con el cuello encogido. Sus ojos apenas se despegaron de las baldosas cuadradas y sucias del suelo. Para qué alzar la vista, si no había ni un alma. Pero eso provocó que no se percatara de la presencia de alguien hasta que sus ojos no taparon con unas botas negras.

–           ¡Carla! ¿Qué haces aquí?

Carla no llevaba buena cara. Su rostro atractivo había perdido brillo, entre la tristeza y  la pesadumbre, supuso Edgar. Ella la miró a él y luego miró a la distancia.

–           Ya te he dicho que quería hablar contigo.

–           ¿Pero a estas horas? Además, ¿llevas aquí mucho? Vamos a entrar y a quedarnos en la entradita, que hace frío…

Ella apenas se movió del sitio – tenía su brazo izquierdo contra la pared -, conque él se vio obligado a prácticamente empujarla.

–           ¿Y bien? – Sin quererlo, su cuerpo se convirtió en un hervidero de sentimientos. Se puso más que nervioso, y sus piernas temblaron sin que él pudiese hacer algo al respecto.

A ella se le atragantaron las palabras. Sin dirigirle la mirada en ningún momento, soltó:

–           Hoy he quedado con Javi. Hemos dado una vuelta por ahí y tal… y hemos acabado en mi casa. – Ahí se detuvo. ¿Y?, expresó Edgar con la mirada, abriendo los ojos como platos -. Y, hostia, hemos acabado en la cama.

Ella le dio prácticamente la espalda y él lo encontró la mar de absurdo. Sin embargo, restó patidifuso y anonanado. Hemos acabado en la cama… Intentó darle un sentido y un significado a aquello, mas su mente se había emblanquecido.

Pocos segundos después, sin decir adiós, ella cogió la puerta, la abrió y se marchó a toda mecha. A Edgar no le dio tiempo a reaccionar. De hecho, se quedó petrificado cual una estatua. Simplemente sus ojos contemplaron todo eso aún inmerso en esas palabras acerca de una cama y un nosotros.

Hasta cinco minutos más tarde no fue capaz de asimilarlo todo. De súbito le anegó un sentimiento de odio y celos. Respirando con ahínco, subió por las escaleras (a cada peldaño su paso resonó en el bloque) y se adentró en su piso. Quiso gritar y vociferar, pero sus padres estaban durmiendo. Tras lavarse los dientes, se metió en la cama. Allí dio vueltas y más vueltas, sin poder cerrar los ojos en ningún momento. Le vinieron a la cabeza muchas imágenes variopintas: la de él con Carla en la cama, la de él con Carla en el coche, la de él con Carla en un hotel; y en todas ellas había besos y caricias, momentos tiernos, sensuales y también sexuales. Entre ellas se mezcló la de Javi, un tipo al que había visto pero con el que nunca había entablado conversación, haciendo todo eso que ella había hecho con él. Pese a que todo había terminado entre ellos (aparentemente), esa noticia estaba provocando en su cuerpo que hirviese y caldease. En un momento dado incluso temió haber cogido fiebre.

Visto que no podía dormir, se echó a escribir. A veces, en momentos de tensión o de alegría, daba rienda suelta a sus sentimientos con palabras, ora inconexas, ora eternas. Habiendo asido lápiz y libreta, su mano garabateó muchas letras a una velocidad vertiginosa, sin detenerse en ningún momento, como quien ha encontrado la inspiración de su vida y debe dejarse llevar. Puso: <<Te odio te odio te odio te odio muchísimo! Ahora mismo sería capaz de… No sé de qué sería capaz. Debería llamar a Marta, llamarla y desahogarme. Quedar con ella. Tirármela. Ella me habla ella me trata bien ella me quiere a mí. Qué pretendes? Quieres destrozarme? Por qué tienes que contarme estas cosas, guarra? Claro, como eres chica te es fácil trincarte a este o al otro. Somos como putos lobos con la baba que se nos cae. Debería llamar a Marta y vengarme y… Pero para qué? No puedo rebajarme a alguien que me deja y luego me atosiga con sus guarradas. No pienso llorar delante de ella y suplicarle volver y entrar en su juego. Si tanto se arrepiente, que se lo hubiese pensado mejor. O que sea un poco monja! Tirarse a uno y contármelo… Guarra guarra guarra guarra! Te deseo lo peor. LO PEOR.>>

Después de esto, se sintió algo más aliviado. Guardó la libreta en un cajón y se volvió a acostar. Minutos más tarde el alcohol actuó en su cabeza y le sumió en un sueño incómodo.

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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