“No me olvides”

Prácticamente al final del trayecto a Carla le entró una especie de arrebato que a mí al principio me descolocó y que luego me encantó. Con el autobús algo vacío, ella miró adelante y atrás y, cuando, supongo, se percató de que no la veía nadie, condujo la mano a mi entrepierna y durante unos segundos me masajeó ahí. Yo me alarmé y miré mi derredor, sin descubrir que nadie se hubiese percatado. La atisbé, atónito y pudoroso. Me sonrojé de sopetón.

  • Carla – musité, casi sin voz. Sus manos habían prendido fuego en mi interior, y notaba, con una fuerza sublime, cómo se me había calentado todo. <<Madre mía, necesito que alguien sofoque el incendio. ¡Inmediatamente!>>
  • ¿Qué pasa? Uy, perdona. Es que es como un imán – bromeó, entre sonrisas. Tornó a mirar adelante y atrás y acercó sus labios a mi oreja, para comunicarme –: Quiere hacerlo.
  • ¿Hoy? – Ella hizo que sí con la cabeza, con sonrisa de pillina y de viciada sexual –. Bueno…
  • Es mi cumpleaños.

Surgió el morbo y me gustó la idea. A pesar de que enseguida se me planteó la problemática de dónde hacerlo, el calentón y su mano, que se deslizaba suavemente por mi pantorrilla, me indujeron rápidamente a olvidarme de ello. Anhelé hacerlo. Y desesperadamente. Aguardé con impaciencia a que el trayecto llegará a su fin y pudiéramos escapar por ahí. El cansancio, repentinamente, se había desvanecido, por arte de magia. ¡Había recuperado la energía perdida! Cuando nos apeamos del autobús me sentí lleno de vitalidad y vigor. Carla se sorprendió.

  • Uy, uy, uy – expresó con morbo, endulzando la voz y sonriendo con pillería.
  • Bueno, ¿y dónde…?

Sin contestar, pero con la misma sonrisa, la cual avivó el fuego interior, me indicó con un dedo que me acercase y que la cogiese de la mano. Obedecí. Intrigado, me dejé llevar mientras me pensaba que no lo soportaría más y que acabaría desnudándome en medio de la calle. Afortunadamente, no me llevó muy lejos. Bajamos por la Rambla y nos colamos por un callejón estrecho y sucio por el que nunca me gustaba pasar. De ahí pasamos a un pequeño parque y lo atravesamos. Doblamos a la derecha y pasamos por otro callejón, éste más decente. A la mitad más o menos se abría a la izquierda un callejón sin salida.

  • ¿Ahí? – pregunté, como asustado. Su respuesta afirmativa me dejó estupefacto –. Pero si nos verá alguien.
  • ¿No te da morbo? Hay detrás de ese cubo de basura no se nos verá. Y tranquila: seré tan ruidosa como una araña.

Me quemaba por dentro. Podéis adivinar a través de esto lo ansioso que estaba por hacerlo y lo poco que iba a rechazar copular exponiéndome a la luz tenue del sol. La agarré bien fuerte del brazo (algo que a ella le pilló de sorpresa y le gustó) y la conduje hasta donde decía. Allí, junto al cubo de basura, repleto casi hasta arriba de bolsas de basura. A vosotros quizá os repugna la descripción; yo ni siquiera reparé en lo asqueroso que podía ser copular cerca del tufo y de las moscas. Estaba ardiendo. Ahora sólo tenía en mente ponerla contra la pared, desnudarla, desnudarme, y venga, dale que te pego.

  • Saca el condón – pidió, mientras se escondía y se quitaba los pantalones. Saqué el condón; ella se bajó las bragas. Dios. Ardí aún más: sus piernas y su entrepierna me perdieron, por completo. Me llamaron, clamorosamente, a grito pelado.

No tuve que esperar a que “nada se activase”; el condón casi se puso él solito y hala, dale que te pego.

Y poco ruido provocó, pero me arañó… Vaya si me arañó. Madre mía, luego, cuando regresara a casa y me desvistiera en el lavabo, comprobaría el destrozo en mi espalda. Comprobaría decenas de líneas rojas que atravesarían parte de la espalda y que más bien darían a entender a cualquiera que me había cruzado con gatos atacados por la rabia.

Tuvo dos orgasmos antes de que yo descargara. Al vestirse dijo estar muy satisfecha.

  • Ahora sí que ha sido un cumpleaños insuperable.
  • Vaya que sí. Que yo recuerde en el mío no lo hicimos.

Se encogió de hombros.

  • Yo siempre desearé tu cuerpo.

Sus palabras terminaron con las mías. Enmudecí y me sonrojé.

Salimos del callejón sin salida, con algo de sonrojo en mis mejillas y con desasosiego. Hasta que no me había puesto a vestir no había recordado que aún era de día y que estábamos en la calle y que, por ende, alguien nos podría haber visto. Y cuando lo había recuerdazo, había brotado en mí un rompedor nerviosismo. ¡A mí que me gustaba la intimidad y que era introvertido! Me había perdido esa chica que tanto amaba. Al doblar la esquina la inspeccioné de arriba abajo, especialmente al nivel de las caderas. Sólo con inspeccionarla me excité. De repente quise hacerlo otra vez.

Un escalofrío me recorrió. Miré al frente.

Cada uno regresó a su respectiva casa. Primero pasamos por su portal, ya que se  hallaba más cerca. Se produjo un momento crítico para mí al despedirla: teniéndola de cara la torné a inspeccionar y me reactivó. Aligerando, le planté un beso de despedida, algo efusivo pero muy reservado. Debí controlarme. Que era capaz de subirme a su piso y echar de casa a su abuela. Apenas le dirigí la mirada, con mucho temor. Ella pareció no percatarse, aunque también pareció guardárselo para sí.

  • Te amo mucho, Dani, ¿me oyes? Nada nos separará.
  • Intentaremos que no – dije entre dientes, asintiendo con la cabeza.

Esperé a que ella subiese por las escaleras para marcharme. Siempre procuraba quedarme observándola hasta que ya no me restase nada más que observar de ella. Acto seguido regresé a casa como habitualmente, es decir, pensativo y encerrado en mí mismo, aislándome prácticamente de mi circunstancia. Arrastré este estado hasta casa, durante la hora de la cena y horas posteriores. Tampoco no afectó a nadie (mis padres vivían como en otro mundo, ya lo sabéis), salvo a Pablo, quien me llamó de parte de él y de Francisco – quien se hallaba, “para variar”, en una cita con alguna chica nueva –  para preguntarme qué tal había ido. Creo que cuando finalizó la llamada le dejé insatisfecho y algo descolocado. Vacilé en si devolverle la llamada y pedir disculpas y hablar más claramente, mas al final me tumbé en la cama y me dormí, con la ropa puesta y sin pasarme por el lavabo. Qué forma de acabar un día tan agotador, ¿verdad?

Sí, apenas me sentía las piernas.

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Acerca de cristiaserrano

Escritor de 28 años residente en Terrassa (Barcelona). Actualmente trabajando como profesor de idiomas. He publicado una novela, "No Me Olvides", una novela romántica sobre la juventud y todo lo que le rodea.
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