Quinto capítulo Novela Negra

V

 

Su madre siempre le había implorado que estudiase duro para así obtener unas nóminas mensuales con unas cifras estratosféricas o, como mínimo, felizmente sorprendentes. Siempre se le quedaron grabadas en la cabeza aquellas palabras que su madre había pronunciado ante él y ante su hermana poco después del desastroso divorcio, haría como alrededor de quince años. Eran muy pequeños, y en un día en que la comida no les brindó un banquete muy tupido, ella les había hecho prometer que harían lo posible y más para brillar en la vida y para ganar lo que no estaba escrito. Eric siempre había pensado que el momento en que ella había pronunciado las palabras le había venido de perlas: hambre, sed, ahorro, soledad, silencio, privaciones,… Tanto en él como en su hermana se había marcado una cruz ardiente, además de una espada de Damocles que les había amenazado día tras día. Y ahora, quince años más tarde, parecía que ambos podían dar con el clavo, sin tener en cuenta la moralidad.

No obstante, su hermana le había ganado ventaja, y aparentemente sin tener que recurrir a tratos con macabros mafiosos.

Ya en plena mañana, algo avanzada, con el sol apuntando bien alto en el cielo, Eric estaba en el extensísimo terreno de la familia del novio de su hermana. Estaba completamente asombrado y patidifuso, admirando con deleite cada parcela. Giraba sobre sí mismo, intentando abarcarlo todo con la mirada. Boca abierta, pulsaciones a mil. Su mente no podía dar crédito. ¿De verdad alguien podía albergar tan exagerada e incontable suma de dinero?

Se había despertado con cierto titubeo a propósito de la visita a ese familia multimillonaria, pero a medida que se había ido despabilando se había ido convenciendo de que podía ser una gran oportunidad para él. Ignoraba si hacía bien o mal, de si el Hombre de Negro le castigaría si se enteraba (que se enteraría, segurísimo), pero quizá el riesgo valía la pena. Aun cargándose a su hermana, quizá pudiese mantener vínculos con los miembros de la familia de una forma u otra.

¿Aún cargándose a su hermana? A lo mejor se estaba excediendo un poco. No se cargaría a su hermana. ¡Ni siquiera siendo apuntado por el Hombre de Negro!

Pero ahora que estaba ahí, restregándose los ojos, una puñetera sensación le aseguró de que había hecho lo correcto.

Al final ni su hermana se había acordado de enviarle el mensaje ni le había ido a buscar el novio de ella. Lo mejor de todo es que él se había despertado pensando que todo había sido concretado ya con aquella llamada, habiéndolo olvidado por completo. Así que no le había sorprendido, tras desayunar y asearse bien, cuando habían picado alrededor de las diez de la mañana. Recogió las cosas con cierto nerviosismo y tiró a la basura una nota que su madre le había escrito, pidiéndole sentido común y deseándole toda la suerte del mundo en la visita. Al bajar descubrió un coche deportivo que debía costar un riñón con un hombre elegantemente vestido esperando junto a la portezuela del conductor. Sin tiempo de empacharse de la belleza del carro, ese hombre le ayudó a entrar y le llevó hasta el palacio. Hasta el más que impresionante palacio.

El hombre, seguramente algo así como un mayordomo, se había mostrado bastante lacónico y parco en palabras. Separado por un vidrio, en ningún momento se giró para mirarle, echarle un vistazo o simplemente comprobar que nada fuese mal. Alguna vez le comentó ciertos aspectos del caserón. Normas y tal. Eric tan sólo se quedó con el nombre de la familia: Fellini. A él el nombre le causó buenas sensaciones, y por un momento se imaginó formando parte de la familia. Eric Fellini. No sonaba mal…

Y así se había quedado hasta antes de llegar al sitio: hundido entre la tela suave y muy cómoda del asiento, ensoñando, con una sonrisa imborrable,…

A pesar de la ensoñación, se había fijado muy detalladamente en el camino que había tomado el mayordomo. Le vendría bien por si debía regresar en el futuro. Tras salir de la ciudad, habían recorrido una carretera falta de atractivo y con ciertos desperfectos. Una muy larga carretera. A los cinco minutos más o menos tomaron un desvío hacia la derecha y se adentraron a otro carretera, esta vez más estrecha y que prácticamente sólo permitía el paso de un coche. Luego el asfalto desapareció y todo se volvió guijarros, unos junto a los otros, todos bien conectados y formados, para permitir un viaje plácido. Este nuevo camino no pareció acabarse nunca, y casi se le cayeron los ojos. Pero tras varios robles y arbustos distinguió una verja que bien podía ser la entrada de un cine con multisalas. Eso le despertó de golpe, sin necesidad de desperezarse o pellizcarse. Principió a alucinar y desde ese momento sus ojos no descansaron.

Se apearon.

Bosque al principio y luego civilización. Así se había presentado “el terreno Fellini”. Traspasando la verja, más pulcra que un mueble recién pintado, uno “se enfrentaba” a toda una vasta extensión de terreno con flores, árboles, arbustos y animales. Eric se había cruzado con un perro, tan enorme como un oso, pero creyéndose que sería el único que pulularía por ahí luego se había topado con otro igual de grande, lo que le había hecho comprender que el lugar estaría atiborrado de perros. También había avistado algún que otro gato, tan huraños y solitarios como muchos otros gatos en el mundo. Pero los gatos a él ni le iban ni le venían.

–                           Detesto todo esto – le había confesado el mayordomo mientras recorrían el bosque –. Un día meterán un bicho más grande que tú y yo y acabaremos todos enterrados.

La verdad era que el mayordomo destacaba por su altura.

Finalmente, tras haber andado como cinco minutos, habían arribado a la civilización. En varias ocasiones, durante el trayecto, le había querido preguntar por qué habían detenido el coche y por qué tenían que cruzar la parte del bosque andando. Sin embargo, algo le cohibió. Básicamente porque estaba impresionado y sobreexcitado. Cuando ya se calmase, las preguntas saldrían por sí solas.

Así que tras dejar el bosque atrás Eric había contemplado otra grande verja, electrónica y atrapada entre dos muros altísimos con ladrillos de color granate. Una vez superada, desfilaron ante sus ojos multitud de objetos, de formas, de dibujos, de dinero,… Le asombró todo tanto que apenas percibió la cantidad de perros que se congregaron junto a sus piernas, con los rabos alzados y con miradas cándidas, ávidos por conocerle.

¿De verdad alguien podía albergar tan exagerada e incontable suma de dinero?

–                           Por favor, no se entretenga – le rogó el mayordomo, algo asustado de que tantos perros se hubiesen acercado al joven –. Al señor no le gusta que le hagan esperar.

–                           Sí, disculpe.

El mayordomo tomó la delantera y Eric se colocó detrás. A pesar de que le siguió, a cada paso que Eric dio el mayordomo dio doble. Inevitablemente Eric no pudo hacer caso de las palabras del mayordomo y, embelesado, se dejó cautivar por esa extensión de terreno repleta de excentricidades, diversiones y muestras de poderío económico: una piscina casi del tamaño de una casa, varios jacuzzis, un centro de cosmética, una pista de golf, estatuas,… Eric apenas dio crédito a lo que sus ojos apreciaron antes de pisar la propia mansión. De hecho, sólo se percató de la multitud de perros cuando pisó la pata de uno por accidente y se asustó al oír un ligero aullido. Quiso explorar todas y cada una de las parcelas del terreno, porque estuvo convencido de que tras todo lo que veía se escondían más cosas. Mas el mayordomo se lo impidió. Habiéndose retrasado, lo descubrió a lo alto de una escalinata, esperándolo con cierta impaciencia, con un rostro de disgusto. Corrió al trote hasta su posición y se disculpó de nuevo.

–                           Es normal – le exculpó –. Sólo un ciego no se entretendría.

Le acompañó hasta la entrada. El primer salón que se le presentó ante sí resultó anonadante. Seguramente permitiéndole que se empapase de toda esa belleza, el mayordomo se disculpó argumentando que iba en busca del dueño, y desapareció. Eric apenas le prestó atención: sus ojos se lanzaron de esquina a esquina, escrutando cada milímetro. Alfombra roja y muy suave escampada no sólo por ese salón de entrada sino seguramente por los salones colindantes; sillones, divanes y mesas de lujo que relucían con el sonido de un pequeño toque a un vidrio muy frágil; dos marcos de color oro y hiedras pegadas a las esquinas de los techos; una escalera de color gris/plata que se encorvaba hacia afuera. Todo le impresionó, pero hubo algo del que, una vez cazado con el ojo, no pudo abstenerse a mirar, y eso fue un cuadro gigante que prácticamente ocupaba un buen cuarto de la pared opuesta a la entrada principal. Se acercó y lo tocó con la yema de los dedos. Tal como había esperado, la textura le produjo una sensación placentera, que incluso le instó a sonreír. Le encantaba tocar la pintura; siempre le embriagaba con muy buenas sensaciones. La tocó varios minutos, y retiró la mano sin desearlo. El motivo de tal acción  la tuvo un chico que apareció junto a las escaleras. Él había retirado la mano justo en el momento en que ese chico, al que no había oído aproximarse, había pronunciado:

–                           Vaya, vaya.

Cuando alzó la vista y le pilló con la mirada, distinguió un chico medianamente alto (sería de su misma estatura), rubio, de tez bastante blanca. Tras pronunciar esas palabras procedió a bajar las escaleras, y fue entonces cuando además descubrió que estaba muy bien mudado (con camisa, pantalones y zapatos) y que su pelo estaba engominado (tirado hacia su lado izquierdo).

–                           Tú debes de ser Eric.

–                           Sí.

Le tendió la mano. Con una fuerza sobrenatural el chico ricachón le apretó la mano, y casi se la dejó inútil. Echó una mirada a sus brazos y lo vio fortachón. Un tipo de gimnasio, vaya. Aparte de eso, apreció que tenía algunas pecas pequeñas escampadas por los mofletes y que sus ojos eran tan azules como el cielo. Es atractivo, pensó, y entendió a la perfección por qué su hermana estaría saliendo con él. Más allá del dinero, el chico aparentemente se cuidaba muy bien.

–                           ¿Hace mucho que esperas? – preguntó. Hablaba pausadamente y su rostro desprendía calma y relajación.

–                           Qué va.

–                           Muy bien.

Eric perdió todo el interés en él y se centró en el cuadro. Lo tenía absorbido. Mostraba hasta seis miembros, además de una estatua pequeña en forma de oso que uno de los miembros – el mayor de todos, del que destacaba un bigote tupido – sostenía. Había dos hombres, una mujer, una chica, un niño y una niña. Todos se hallaban bien apretujados, como si les fueran a hacer una fotografía. Aunque el cuadro en sí le cautivaba, había algo que no le cuadraba y no sabía el qué…

El chico (¿Filipo era?) miró en la misma dirección que Eric.

–                           Mola, ¿eh? Tu hermana también se lo miró un buen rato. Ese de ahí soy yo – señaló. Su dedo apuntó al niño, quien estaba sentado entre la niña, a su izquierda, y el hombre del bigote, a su derecha –. Ahí estamos todos los de la familia.

–                           Los de la familia Fellini – terció un hombre mientras traspasaba una de la dos puertas laterales del salón, la opuesta a las escaleras, la que se hallaba a la izquierda  viniendo desde la puerta principal –. Una familia estupenda.

Dio dos palmadas, como aplaudiendo. Era calcado al que salía en el cuadro. Estatura mediana,  extremadamente delgado, con bigote, con la cabeza bien alta, con muy buen porte y con un bastón en la mano izquierda, de la que se ayudaba para andar. Iba más mudado que Filipo, con traje de arriba abajo y con una rosa pegada a la camisa blanca. Cuando lo observó andar, constató que andaba majestuosamente, cual un rey o una eminencia de un país muy importante. También constató que ese hombre habría pasado por muchas penurias y por mucho sufrimiento, y especialmente lo constató en su rostro, muy surcado por las arrugas pero que revelaba alguien que había vivido la infelicidad y la crueldad. Eric intuyó que no había vivido entre algodones desde que había nacido.

–                           Perdona que no haya dicho hola – se disculpó. Su voz era grave y muy pausada, como si se esmerase en escoger las palabras adecuadas –. Hola.

Le tendió la mano. Si el chico se había mostrado fuerte, su padre no se quedó corto. Eric gesticuló una mueca que ellos dos (más el mayordomo, que se había quedado parado a cierta distancia) atestiguaron pero a la que no hicieron comentario alguno. Cuando le soltó Eric quiso darse la vuelta y tocarse la mano, pero ni se movió.

–                           Este retrato es lo más bonito que he podido ver en mi vida. Nada de bobadas acerca de los cuadros esos en los museos más emblemáticos. Aquí se encuentra la belleza del arte. – Ejerció unos pasos hacia el cuadro –. La foto que nos hicieron es irrepetible. En cuanto la vi supe que debía inmortalizarla. Fue tras el bautizo de Carla. ¿Ves esta chiquilla? – señaló la que se hallaba a la esquina derecha, junto al Filipo de niño –. Esta niña tan guapa y maravillosa, que aún lo es por supuesto, celebraba su bautizo. Cuatro añitos tenía. Sí, cuatro añitos. Ay, padre, cómo pasa el tiempo.

Con un rápido vistazo distinguió una ligera coronilla en el cabello del padre de Filipo. Pero fue sólo un rápido vistazo: el cuadro le hipnotizó. Se fijó en cada uno de los miembros, sin dedicarles más tiempo a unos que otros. Algo no cuadraba, algo no cuadraba,… <<A ver: desde la derecha tenemos a la niña, luego a Filipo, su padre, una chica, de la que me supongo que será otra hermana de Filipo, una mujer y un hombre…>> Y cuando se detuvo en este último hombre, descubrió el motivo por el cual no le cuadraba. ¡Estaba recortado por la izquierda! Distinguió un dedo y un trozo de zapato, justo cuando ya se acababa el cuadro. Había otro tipo pegado al último hombre, un tipo al que habían eliminado. ¿Accidentalmente?

–                           La niña de la que te habla mi padre es mi hermana – detalló Filipo, aunque Eric ya había podido adivinarlo antes –. Ella estaba arriba hace nada. Si te quedas un rato luego, te enseño a la familia, o parte de ella.

–                           No hay mucho tiempo – expresó el padre lacónicamente, con enojo en la voz.

–                           Perdón.

–                           Un segundo – terció Eric –. ¿Me permite una pregunta?

El padre enarcó una ceja. Le echó una mirada desafiante mientras se atusaba el bigote. El hombre se asemejó más que nunca a un dictador.

–                           Una pregunta.

–                           ¿Falta una persona en ese cuadro? Lo digo porque por aquí – señalando el margen izquierdo – se ve parte de una mano y de un pié. Más que nada es por curiosidad…

Empero, ahí se frenó. El rostro del padre se endureció de una manera muy alarmante, y “transfigurándose” la rabia y el odio se mostraron en su máximo esplendor. Sin dignarse contestar, mató a Eric con la mirada y se marchó del salón, dejando a cada paso un sonido estruendoso y atronador. Esto heló a Eric, quien, desconcertado, enmudeció, siguiendo con la mirada el camino que tomó el padre. El mayordomo esbozó una cara de espanto y de alarma y corrió tras él, indicándole a Filipo que ya iba él.

Eric oteó de soslayo a Filipo, quien también parecía asustado, aunque aparentaba tranquilidad con su aparentemente habitual seriedad. Sólo le había visto sonreír cuando le había tendido la mano.

–                           Debería haberme callado, ¿verdad?

–                           ¿Cómo? – le rogó que repitiese, con la mirada perdida tras la puerta por la que se había desvanecido su padre.

–                           Que la he cagado.

–                           Un poquito. Pero no te preocupes. Se le pasará.

–                           ¿Es muy grave lo que he dicho?

–                           Para él sí. – Suspiró –. Jamás podrá superarlo, el pobre. En fin. No te preocupes. Cuando no se sabe el contexto es normal tener deslices así.

–                           Pero, pero…

–                           Luego te explico el problema. Acompáñame.

–                           ¿Seguro que no habrá ningún problema con tu padre? Yo no pretendía…

–                           Va. Se le pasan los cabreos en un santiamén. Al menos vamos a la sala de dibujos. Así se enojará menos cuando nos vea ya ahí.

Se pusieron en marcha. Tomando la puerta contraria por la que había salido sacando humo el padre de Filipo, éste y Eric cruzaron muchos pasillos, tantos, que Eric se creyó dentro de un laberinto. En ningún momento pasaron por ningún salón, sino que dejaron atrás muchas puertas, la mayoría de ellas cerradas. En las que vio abiertas no avistó a nadie, a excepción de una señora de la limpieza, que lo miró con curiosidad y con cierto desdén, además de un gato más gordo que una pelota de baloncesto. Por lo demás, vio muchos jarrones y muchos cuadros, especialmente éstos dedicados al padre de Filipo, revelando en todos ellos una imagen de grandeza. Mas llegó un punto en que le cansó ver tantos pasillos, con el mismo rojo/granate que se repetía en la interminable alfombra.

–                           Dios Santo. ¿Estoy en un nuevo planeta?

Filipo se rió levemente, alzando la cabeza.

–                           Es algo grande la casa, sí.

Eric se percató de que Filipo andaba, a diferencia de su padre, mirando al suelo. 

–                           Perdona que sea indiscreto, ¿pero de dónde sacáis tanta pasta? Esto es peor que un laberinto.

–                           No te creas. A la tercera vez que vengas ya te sabrás el camino.

<<Pero no las habitaciones>>, se dijo para sí. Reflexionó en todas esas puertas que iban dejando atrás y se imaginó abriéndolas unas tras otra intentando indagar en su contenido. Para volverse loco.

Finalmente, dieron con una puerta sobre cuya madera colgaba un cartel que ponía <<Sala de dibujos>>. Se hallaba entreabierta. Filipo la empujó ligeramente y irrumpieron en la sala. Como no podía ser menos, la sala presentaba unas dimensiones muy considerables. Se trataba de un cuadrado de por lo menos treinta por treinta con muchos objetos metidos ahí dentro. Había dos mesas, una grande y cuadrada colocada justo en el centro de la sala y la otra haciendo esquina, formando una pequeña ele. En la más grande se apilaban de una forma desordenada papeles, esbozos y dibujos, con una maqueta chula a medio construir encima, como para evitar que los papeles saliesen volando. En la otra mesa había decenas de instrumentos para los esbozos: cartabones, escuadras, transportadores, reglas,… Como buen estudiante en arquitectura, reconoció todas y cada una de las plantillas. Fue verlos y regresar a las múltiples tardes en la universidad de arquitectura.

–                           Voy a buscar a mi padre – le comunicó Filipo –. Enseguida vuelvo.

–                           De acuerdo.

Filipo se retiró y Eric se quedó solo ante esa sala terroríficamente silenciosa con dos mesas más objetos y papeles. Filipo, al salir, había dejado la puerta entornada, pero Eric cogió algo de miedo y la abrió bastante, lo suficiente para que nadie le pegase un susto. Acto seguido se puso a pasear por la sala, dedicando especial atención a la maqueta y a los esbozos. Todos ellos estaban directamente relacionados con la maqueta, y a pesar de que entre ellos existían ciertas diferencias, estas eran prácticamente inapreciables, con pocos cambios pero manteniendo siempre la misma base.

Se cercioró de que no había sillas. Luego reparó en que las mesas eran más altas de lo normal, por lo que el uso de sillas no parecía muy conveniente. Se figuró que allí se realizarían los dibujos a pie. Él siempre había detestado dibujar líneas de pie. Quizá esta vez debería hacer una excepción.

Al poco rato llegó la gente. Primero entró el padre, seguido por Filipo. El mayordomo, en cambio, no hizo acto de presencia.

El padre le dedicó una mirada subrepticia y rápida, la suficiente para saber su posición. Luego se colocó al lado contrario de la mesa donde se alzaba Eric. Le miró directamente a los ojos y, con la cabeza de nuevo erguida, atinó a decir:

–                           Pido disculpas por mi comportamiento. No es digno comportarme como un niño.

–                           La culpa es mía, señor – se apresuró a disculparse Eric –. A veces me inmiscuyo demasiado en cosas que no son de mi interés.

–                           Nada. Hacías bien en preguntar.

Eric miró a Filipo, quien, disimuladamente, le indicaba con la mano que no hablase más al respecto.

–                           Sí.

Le intimidaron los ojos feroces y fijos del padre, lo que le obligó a bajar la mirada y aparentar estar interesado en los dibujos. Comenzó a temblar. Apoyó las manos en la mesa y principió a tamborilear.

–                           ¿Guapos los dibujos? – espetó el padre.

–                           La maqueta está bien lograda. Aún le falta una parte por construir, pero por lo que veo en el esbozo el trozo que le falta le dará un muy buen toque final. Me gusta sobre todo la forma en cómo está distribuida la casa. ¿Es una casa?

–                           Bueno, no exactamente. Se trataría de un pequeño almacén. Lo que pasa es que pedí expresamente que tuviese forma de casa.

–                           Ah. Pues me gusta. Sí.

–                           Perfecto. Entonces nos entenderemos. – Y sonrió, aunque la sonrisa no traslució alegría ni de asomo –. Espera, que te saco una cosa y te enseño… A ver… Déjame que lo encuentre. Pam, pam, pam… ¡Ah, sí! Lo dejé en este cajón. – Se acercó a la mesa en forma de ele y abrió uno de los tres cajones que tenía –. Pam, pam, pam. ¡Ah, aquí! Échale un vistazo a esto.

Él había sacado un papel enrollado con una goma. Sacó la goma y la desplegó sobre la mesa grande. Eric apreció cómo vibraba Filipo de emoción a medida que el dibujo se iba haciendo más visible.

–                           Mira. Junto a la casa estoy planteándome la posibilidad de construir una cabaña que me servirá como almacenaje de una serie de productos especiales que no me gustaría que se mezclasen con la mercancía que guardaré en el grande. Te he traído hoy hasta aquí para pedirte que le eches un vistazo a este dibujo y que te tomes la libertad de efectuar cualquier cambio que tú creas conveniente. ¿Me explico?

–                           Ehm… Sí, perfectamente.

–                           Obviamente se trata de una prueba. No te contrato ni nada. Sólo quiero probarte, a ver si vales o no. En el caso de que me demostrases, obviamente te tomaría en consideración y me plantearía cosas más serias para ti.

–                           Muchas gracias.

–                           No tardes mucho en traérmelo.

–                           Descuide, descuide. ¿Y realmente cómo quiere que sea esa cabaña?

–                           A eso iba.

 

 

 

 

Pese a que ni había sido contratado ni se le había encargado nada del otro mundo, Eric salió de la sala de dibujo con una de sus mayores satisfacciones. Su sonrisa le delató, tan ancha que iba prácticamente de pared a pared. Mas tuvo que aguantar toda esa alegría cuando, al salir de la sala, el padre anunció que debía marcharse porque le urgía un recado.

–                           Perdón por lo de antes de nuevo.

–                           Nada.

Y se dieron la mano. Esta vez apretó Eric algo más y no sufrió tanto como en la anterior ocasión.

Una vez que el padre se alejó, Eric no aguantó más y se dejó llevar. Filipo fue testigo de su sonrisa ancha y no pudo más que sorprenderse.

–                           ¡Vaya, vaya! – exclamó posando una mano sobre su hombro –. ¡Te veo muy contento! ¿Te ha gustado la cosa o qué?

–                           No sé. Son tiempos difíciles… y acostumbrado a no trabajar pues me siento muy raro.

–                           Si lo haces bien tu padre te dará una oportunidad.

Se echaron a andar. Muchas preguntas rondaron en la cabeza de Eric.

–                           Oye, ¿y por qué yo? Quiero decir: ¿por qué me ha escogido a mí para eso? ¿No tiene ya a un arquitecto y muy bueno seguro además?

–                           Tu hermana.

–                           ¿Mi hermana?

–                           Sí, es por ella que hoy estás aquí. Ayer estuvo por aquí y comió un poco de snack con mis padres. Charlando, charlando, bueno, saliste en la conversación. Y te promocionó.

–                           Vaya… – dijo por decir, ya que se le escapaban las palabras –. ¿Y qué dijo?

–                           Nada. Intentó llegar al corazón de mi padre para que tuviese algo de compasión por ti.

–                           O sea que no es más que un favor.

–                           Considéralo como quieras. Pero te repito: si lo haces bien pasarás mucho por aquí.

Volvieron a superar muchas puertas, algunas que antes habían estado cerradas ahora abiertas o viceversa. Eric se molestó inútilmente en echar un vistazo rápido con el ojo desde lejos. Regresaron al punto de partida, al salón principal.

–                           Siéntate.

–                           ¿Puedo? Es que no sé si al hombre que me ha traído le importará si me quedo un rato más. Quizá tiene cosas que hacer y me debe llevar ya…

–                           No te preocupes. Tito está a tus órdenes.

<<Qué bien suena eso>>, pensó, <<A mis órdenes.>>

–                           Además, ¿no querías saber la historia del cuadro?

Eric tornó a ojearlo, aunque en esta ocasión se le antojó maldito. Le repugnó…

–                           No sé si debería…

–                           Venga, chico, ¡no te cortes! Ya la has cagado. ¿No te satisface ahora saber la verdad tras ese cuadro?

–                           Suena a historia larga.

Filipo enarcó una ceja y medio sonrió. Sentado, con las piernas flexionadas y las manos entrelazadas, le hizo señas con la cabeza para que sentase. Eric suspiró. Qué otro remedio podía quedarle.

–                           Hacía bastante tiempo que nadie se fijaba tan bien en el cuadro como has hecho tú hoy. Ni siquiera tu hermana, la primera vez que entró aquí, se dio cuenta. Lo observó, lo contempló y preguntó por cada uno de los integrantes del cuadro. ¡Pero Dios Santo! No preguntó nada acerca de lo del recorte. Bueno, me imagino que lo has visto porque eres arquitecto, y supongo que tenéis un ojo para esas cosas.

–                           Somos observadores.

–                           Sí… Entonces… pues nada, que sí; está recortado. Falta un buen cacho en verdad. Fíjate bien. ¿Ves que por la parte derecha del marco está muy pegado a las escaleras?

–                           Sí.

–                           Pues la parte izquierda debería prácticamente estar también pegada a la pared.

–                           Pero falta un trozo.

–                           Exacto, del recorte. La idea de mi padre fue que ocupase toda la pared, o parte de ella. No sé si te habrás fijado, pero a mi padre le encantan los retratos. Especialmente los suyos propios. Está día sí y día también encargando retratos. Pues bien, se hizo este cuadro tan maravilloso. Sin embargo, cuando se hizo este cuadro vivíamos otros tiempos. El trozo que falta muestra a los integrantes de otra familia.

–                           ¿Muestra?

–                           ¡Oh! Bueno, mi padre quiso destruir esa parte, quemarla o algo así, pero mi madre se lo impidió. Y mi padre la quiere tanto…

>>Pero bueno, supongo que debo empezar por el principio. Tenemos que remontarnos a muchos años antes de cuando nos hicimos la fotografía en el bautizo de mi hermana. Porque no olvidemos que se hizo este gran cuadro porque mi padre se quedó prendado de una fotografía.

Tu hermana no lo sabe, así que no te lo habrá podido explicar. Aunque ahora alucines con toda esta mansión y con todo lo que la rodea, mis padres son de procedencia muy humilde. Mi padre empezó con el negocio de un pequeño restaurante, y mi madre como peluquera. Cuando se conocieron apenas eran unos muertos de hambre. Pero eso no importa ahora. Lo que importa aquí es mi padre. A él siempre se le han dado muy bien las matemáticas y las cuentas en especial.

Desde bien pequeño le habían obligado a no acudir al colegio y sí a trabajar. Siempre me cuenta cómo con once años ya tenía que madrugar y aguantar de pie multitud de horas sirviendo y cómo diez años más tarde sus padres morían y él tuvo que apechugárselas solo con el restaurante. Pero no lo hizo solo. Por esa época él se había hecho muy buen amigo de un chico que había trabajado con él durante varios veranos, ya que estudiaba el resto del año para una carrera de economía, y le pidió que le ayudase para rodar el restaurante. Si a mi padre nunca le ha faltado algo, eso es astucia, al igual que pillería.

Pues bien, el amigo accedió. Había recién acabado la carrera y consideró que esa oportunidad podía llevarlo bien alto si se esforzaba. Su nombre era Robert. Aunque había vivido en la misma ciudad que mi padre hasta entonces, sus padres eran de procedencia extranjera, e incluso había nacido en el extranjero. Mi padre siempre me cuenta que a punto estuvo de decir que no, porque sus padres estaban pinchándole para que regresasen a su país natal. Pero mi padre le convenció de que podían ganar una fortuna. Mi padre es muy persuasivo. El muy jodido pocas veces no consigue algo, ya que se le da muy bien tener contactos. Es muy abierto. Convenció a Robert integrando en el equipo a diferentas personas muy profesionales. Y nada: mi padre y él dirigieron el restaurante.

Mi padre al parecer fue muy astuto dejando que Robert fuese el número uno. O eso es lo que me asegura mi madre. Ella dice que eso le ayudó a aprender muchísimo de números y a saber cómo vender y cómo atraer a los clientes. En ningún momento se planteó quitarse de encima a Robert o quedarse el restaurante para sí. Pero en lo que sí que pensó constantemente fue en apoderarse de nuevos restaurantes. Y eso hizo. A los cinco años habían ganado toda una fortuna, algo que les permitió adquirir hasta dos restaurantes más. Pero es que a los diez años triplicaron la cifra. Entonces nada les paró: mi padre era ya toda una máquina para las mates y además tenía muy buen ojo para las contrataciones de aquellas personas que debían encargarse de los restaurantes con los que se quedaban.

Llegó un punto que al final levantaron un imperio de restaurantes y de bares. Cuando yo nací ya mis padres habían empezado a construir esta casa. Pero aún así mi padre se le metió entre ceja y ceja tener aún más restaurantes. Actualmente posee hasta sesenta restaurantes diferentes, unos más pequeños que otros. Todos suyos. Y lo más sorprendente de todo es que jamás no le fallan las cuentas. Controla muy severamente el movimiento ese de entradas de mercancías y la relación precio/plato. Apenas le han robado, y si le han robado no tengo ni puñetera idea, porque jamás lo ha dicho. El tío tiene no sé cuántos libros de cuentas y se espabila sin la ayuda de nadie. ¡Es una pasada!

En fin… que me voy por los cerros de Úbeda y no voy al grano. ¿Te he aburrido ya? ¡Ya acabo, ya acabo! ¡Perdona! Je, je, je… Es que a veces se me va la pinza y me enrollo demasiado… Pues eso, que todo iba genial entre mi padre y Robert. Siempre habían ido de vacaciones juntos, siempre se habían invitado el uno al otro, jamás habían tenido una discusión seria,… Pero algo ocurrió entre ellos, y fue hace pocos años. Antes déjame decirte que los que faltan en el cuadro son Robert, su hijo, quien también se llama Robert, y su esposa, Elizabeth. Yo me llevaba muy bien con Robert el hijo, por cierto. Éramos más o menos de la misma edad y éramos aficionados a cosas similares. Pero lamentablemente tuvimos que dejarnos de ver cuando mi padre se peleó con Robert.

No me preguntes por qué se pelearon. No lo sé ni creo que lo sepa nunca. ¡Ahora no te creas que jamás se lo he preguntado! Mi padre me infunde respeto, pero no me asusta. ¡Anda que no he sido pesado! Pero él, entre ceja y ceja. Papá, ¿por qué te peleaste? Y te mira con esa cara seria y se toca el bigote pero se queda callado, mirándote profundamente. Antes me he fijado cómo has bajado la mirada mientras él te observaba profundamente. ¡A que se te caen los cojones cuando te observa bien fijamente! Es como si te desnudase con la mirada, ¿a que sí?

–                           Aps, ¡pero mira quién viene! Mi hermana – interrumpió de golpe, alzando la vista.

Eric descubrió que los ojos de Filipo apuntaban hacia la entrada, hacia la gran entrada, la cual desde que él había entrado se había hallado abierta de par en par. Giró el cuello hacia la izquierda y apuntó sus ojos en la misma dirección. Y alucinó.

A punto de entrar había una mujer alta. Extraordinariamente alta. O al menos esa impresión tuvo a cierta distancia. Pero esa impresión perdió fuerza cuando principió a fijarse en otras partes del cuerpo. Especialmente la superior. Su pelo era rubio platino y cantaba a kilómetros de distancia, aparte de que se rizaba con forma de remolino y eso a Eric le ponía mucho. Aunque no la apreciaba con claridad, intuía que su belleza radiaría por todos los costados. El tiempo lo confirmó, en efecto. Cuando ella traspasó el umbral de la entrada y se plantó a pocos pasos de ellos, intensificando una mirada hacia el nuevo en la mansión, Eric pudo contemplarla con todo su esplendor. Algo ataviada por la fresca que corría ese día, pudo tranquilamente admirar un cuerpo para él celeste y enloquecedor. De complexión delgada y atlética, presentaba unos dos más que decentes melones y no se encorvaba en demasía a la altura de las caderas. Sus piernas eran firmes y esbeltas y se hacía tanto la pedicura como la manicura, tal como pudo comprobar al calzar ella unas sandalias. Se quedó estúpidamente prendado mientras ella también le inspeccionaba con la mirada.

Filipo se levantó.

–                           Mira, te presento a mi hermana, Carla. La del retrato del bautizo. – Y gesticuló con la mano para que Eric avanzase hacia ella y la saludase.

Al principio se mostró algo cohibido y una especie de cosquilleo le hizo helarse en el sofá más grande que la cama de su madre y de él juntas. Luego se sintió un estúpido y se incorporó. ¡Ahora no sería por las chicas que había llegado a conocer! Mas esa chica era impresionante. Dejaba a uno mudo… Le recordaba a una de esas mujeres que aparecían en películas que luego se convertían en mito precisamente por la sensualidad de la actriz principal y que realmente tú no esperabas toparte a la vuelta de la esquina. No, vivían en otro mundo…  Mas ahí estaba esa chica, de su edad más o menos (seguramente menos), delante de él, con una media sonrisa entre esa piel muy morena, ves a saber si por efectos del sol o por naturaleza (su hermano tenía una tez casi tan blanca como la leche). Sus ojos verdes oliva y su pequeña nariz aumentaban ese aliciente de la belleza. No así sus labios, muy finos y estrechos.

–             Hola.

Y la besó una vez en cada mejilla. Él siempre tenía la manía de rozar algo los labios con las mejillas de las chicas (cuando ellas sólo ponían la mejilla) y en esa ocasión no fue para menos. Ella, en cambio, sólo puso las mejillas. Al haberse acercado apreció que su cabello desprendía un olor a menta suave que le tornó loco. Luego descubrió otro olor, a naranja, aunque desconoció su procedencia.

–                           ¿Eres el hermano de Lara?

–                           Vaya… – pronunció –. ¿Se ha colgado un cartel o algo así indicando mi salida?

A Filipo pareció gustarle el comentario y soltó una risita. Carla se lo quedó mirando con cierta altanería.

–                           Hombre – dijo ella –. Aquí el señorito se ha encargado bien de que lo sepamos todos.

–                           ¡No exageres! Tan sólo lo comenté mientras cenábamos. ¿Todos tenéis orejas? Pues ya está.

–                           ¿Y qué? ¿Te gusta nuestra casa?

–                           Me encanta.

–                           Y el retrato le ha encantado aún más – dijo Filipo –. Le estaba explicando la historia.

–                           ¡Pero tonto del culo…!

–                           Nada, nada.  – Lanzó  una mirada al reloj –. ¡Oh! Debo hacer una llamada urgente. Carla, ¿puedes enseñarle un poquito la mansión? Se lo he prometido antes…

Ella le miró antes de responder. Respiraba con suma tranquilidad, sin mover las facciones de su cara.

–                           ¿Por qué será que siempre me toca a mí hacer excursiones con los que nos visitan? – se quejó.

Filipo se encogió de hombros. Acto seguido se volvió hacia Eric y le tendió la mano.

–                           Encantado de conocerte. Ya nos iremos viendo.

Se dieron la mano y se alejó.

Cara a cara. Eric se sintió muy incómodo con esa belleza delante. Pero se incomodó aún más cuando el rostro se ensombreció y se endureció.

–                           Venga, va – atinó a decir –. ¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por las habitaciones? ¿Por la sala de los retratos? ¿Por la parte de afuera? ¿Por los perros? A la gente le chifla acercarse y tocar a nuestros perros.

–                           No te molestes, de verdad. No quiero ser un estorbo. Si eso me dices cómo llegar hasta Tito y que me lleve a casa.

–                           Pues serías el primero en no volverse loco por ver la casa.

–                           Seguro que te he pillado yendo para hacer algo.

–                           No.

–                           Para verte con alguien.

–                           No.

–                           Para… entretenerte.

–                           Tampoco. Sólo daba vueltas. Aquí sólo doy vueltas.

–                           ¿En serio? – profirió cual un niño pequeño –. ¡Con lo enorme que es!

–                           A la que llevas tres días ya te cansas de todo esto. Acompáñame.

–                           Si eso…

–                           Acompáñame.

No lo soltó ni con dureza ni con severidad, pero si con hastío. Eric no quería empezar con mal pie en esa mansión, así que enmudeció e hizo ademán de acompañarla. Ya su presencia no le causó tantos cosquilleos en el cuerpo.

–                           Te has visto con mi padre, ¿no?

–                           Sí.

–                           ¿Sabes a qué sala has ido?

–                           A la sala del dibujo.

–                           ¡Aps! Entonces ya habrás pasado por este pasillo.

Y señaló a su derecha, hacia un pasillo sin puerta para acceder por la que habían pasado Filipo y él para ir a la sala de dibujo y de la que habían vuelto tres de cuartos de hora más tarde. Eric asintió con la cabeza. Ella se llevó un dedo a los labios, echándose a reflexionar.

–                           No te creas que he visto mucha cosa. La mayoría de cuartos estaban cerrados o con la puerta casi entornada, por lo que no he visto nada.

–                           A ver, ¿acaso pensabas que te iba a enseñar todo? Estás loco si piensas eso.

–                           Bueno, no sé – encogiéndose de hombros.

–                           ¿Sabes qué? Vayamos arriba.

Se acercaron a las escaleras. Estas se encontraban tocando la pared y el pasillo derecho, y tenían forma de una ligera “c”. Ambos las subieron. A continuación se toparon con un rectángulo que básicamente servía de conducto hacia dos caminos diferentes, hacia dos pasillos laterales, como en la planta de abajo. Allí sólo había otro retrato, un pequeño banco rojo de la altura de un niño de tres o cuatros años y la alfombra que parecía perseguir a cualquiera.

–                           ¿Eres tú? – inquirió Eric, oteando el retrato.

–                           Sí.

–                           Pues no has cambiado mucho. ¿Cuántos años tendrías ahí?

–                           Unos ocho años. ¿Por?

–                           Ah, por curiosidad básicamente. Pues… no has cambiado mucho.

–                           O sea, igual de fea.

–                           Al contrario. – Ella le dedicó una cara de incredulidad –. A muchas les gustaría tener esa sonrisa.

Ella no le dedicó ninguna sonrisa, pero sí que le miró larga y tendidamente. Su rostro seguía serio, como cuando había traspasado la entrada. Qué lástima. Una chica tan bella y esplendorosa pero con cara de muermo. Lo que se desaprovechaba en esta vida.

–                           No te enfades. La próxima vez te dirá que eres fea.

Puso morros. Eric sonrió.

–                           ¿Y con tantos retratos no… no os molesta?

–                           Te acostumbras. Como a todo, ¿no?

–                           Supongo.

Ella apartó la mirada y se pensó qué camino tomar. Eric aprovechó el momento para contemplarla. Era como un imán; su cara le atraía con unas vibraciones irrebatibles. Mas era consciente de que jamás estaría con una chica así.

–                           Ven. Te gustará lo que voy a enseñarte.

Eric echó un vistazo rápido al reloj. Las doce.

Su estómago le indicó que estaba algo vacío. <<Uy, creo que hoy comeremos tarde, mi amiga barriga…>>

 

 

 

 

Una visita al museo. De eso se trató, de una visita al museo, tanto por sus dimensiones como por su falta de entretenimiento. No se aburrió ni bostezó, pero poco le faltó para tener que taparse la boca. Al menos en el interior de la mansión. Vio habitaciones lujosas, eso sí, pero nada se escapó de la realidad a la que veía no sólo en su casa sino también en la de otros. Obviamente los objetos eran el triple de grandes de lo normal y no faltaba de nada, mas esperó encontrar algo extraordinario.

Quizá lo que más le impresionó fue la biblioteca que poseían. Aunque eran “de dominio público” para cualquiera de los integrantes, tan sólo la utilizaba con asiduidad la madre, quien, literalmente expresado por Carla, enfermaba si no leía cada día. A pesar de que aún no la había visto, se imaginó a una madre disciplinada, con gafas, rostro serio y muy a la antigua. Tan sólo le bastó con mirar los títulos de muchos libros y vio que muchos tenían un cáliz religioso.

–                           Le chifla la religión – le había confesado Carla acerca de su madre.

Eric enseguida se cansó de todo. Si bien en ciertos momentos musitó <<Virgen Santa>>, lo hizo más que nada por el dinero que se acumulaba en cada una de las parcelas y en cada uno de los objetos y muebles. Quizá, inocentemente, esperó piezas antiguas, piezas únicas, firmas y dedicatorias de gente famosa, colecciones. Nada de eso. Tan sólo cosas ordinarias pero a precios desorbitados.

En el exterior, en cambio, disfrutó un poco más. Se tornó casi un niño, y tan sólo Carla frenó esa euforia que por momentos le invadió. Piscinas, jacuzzis, una pista de golf, otra de tenis, un campo de tiro, un salón de estética,… ¡Y los perros! En esta ocasión sí que se percató de ellos y se puso a acariciarlos, uno por uno, sin terminar nunca. Carla, por su parte, los ignoró, esperando de pie a que Eric acabase. Los perros en cambio estaban más que contentos, meneando la cola con frenesí, congregándose alrededor de ella, como 10 perros, dos grandes, dos medianos y el resto pequeños. Eric contó por lo menos dieciocho en total.

–                           ¿A ti no te gustan los perros?

–                           A veces.

–                           ¿Ah sí? ¿Cuándo?

–                           Cuando estoy triste y necesito algo suave a lo que agarrarme.

–                           ¿Tú triste? ¡Con todo lo que hay aquí!

Ella enarcó las cejas y luego puso morros. Se cruzó de brazos, algo que le confirió una imagen de dureza. Eric la contempló, de cuclillas, mientras acariciaba a los perros. Ella aparentó no mirarle, pero se le escaparon algunas miradas.

–                           ¿No has oído nunca el tópico del dinero? – espetó ella.

–                           Quizá. Pero yo no uso tópicos; prefiero mi propio pensamiento.

Con muecas incluidas, ella repitió lo que él había dicho mirando hacia todas partes y con tono despectivo.

–                           Bueno, deja los perros. Que quiero enseñarte una última cosa.

–                           ¿Ahora te corre prisa? – se burló Eric cariñosamente –. ¿No habíamos quedado en que estabas aburrida?

No contestó. Apretando los puños y sacando humo por la cabeza, se volvió y echó a andar. Muy flojito se rió Eric, mirando a los perros.

–                           ¡Espera, espera! – sin aguantarse la risa.

Dejaron atrás pequeños monumentos y un parque con toboganes y columpios. Los perros les seguían, bien pegados a sus pies. A Eric eso le enturbió un poco, ya que se tropezaba con ellos. Carla no, probablemente porque estaría más que acostumbrada a verse rodeada de tantas patas. Tras unos cuantos minutos andando lentamente llegaron a un invernadero, no excesivamente grande. En verdad no fue ningún invernadero, aunque por fuera tenía forma como tal, con muchos vidrios pegados unos juntos a los otros los cuales ascendían como con forma de cúpula. Y no era ningún invernadero porque en su interior Eric no se encontró ni resto de flora. Adentro el suelo estaba recubierto de baldosas grises y recientemente puestas, con multitud de hamacas. También había esparcidas pequeñas máquinas que se abrían y que se cerraban y en los que cabía una persona. De estas máquinas existían de verticales u horizontales. Eric comprendió al instante que se había metido en un enorme solárium. Allí descubrió bastantes chicas, muchas de las cuales seguramente se tratarían de familiares o amigos.

–                           Os mola tomar el sol, ¿no?

–                           Bastante. Pero eso es lo de menos. Aquí hacemos contactos, especialmente mi madre. Invita a gente.

–                           A tomar el sol – y se rió ligeramente.

–                           ¡Sh! Que mi madre está ahí.

–                           ¿Has venido a presentármela?

–                           ¿Algún problema? – se enfadó.

Él se apresuró a negarlo con la cabeza. Con el rabillo del ojo vio cómo se le marcaban a ella las facciones de su cara y se asustó un poquito. ¡Qué belleza más fea! Dijo de callarse. Sin embargo, no se contuvo.

–                           ¿Puedo preguntar algo antes de que me muerdas? 

–                           Pregunta – gruñó.

–                           Antes he visto un centro de estética. ¿Tenéis ahí peluqueras trabajando?

–                           No.

Eric “abrió” los ojos. Extrañamente eso le sacó una ligera sonrisa a ella.

–                           ¿Entonces? ¿Lo tenéis de bonito?

–                           Para nada. En ese centro sólo trabaja una peluquera, y es la persona a la que te voy a presentar.

–                           ¿Tu madre?

–                           En efecto.

<<Así que peluquera… Anda que no. Un dueño de restaurantes, una peluquera y… una montaña de fortuna.>>

Carla le tocó ligeramente el brazo para instarle a que se moviese. Mientras se acercaron a una muñón de mujeres y chicas – algunas tumbadas, otras de pie, conversando –, Eric fue admirando la estructura del lugar. Empezó por arriba, donde la forma cómo se unían los vidrios de uno y otro costado le resultó curiosa, y acabó por los lados. Pero pronto su interés en la estructura acabó perdiendo fuerza y se volvió hacia las chicas, muchas de las cuales derretirían a cualquier ser masculino. Vestidas todas con bikinis, la vista de un hombre ahí se perdía entre piernas y estómagos planos o tonificados. ¡Y qué caras! A pesar de que obviamente pululaba la narizotas, a pesar de que alguna destacaba por su fealdad, muchas caras brillaban más que el sol, y esto combinado con una variedad de cabellos suntuosos y muy bien cuidados. Si a Eric le diesen la oportunidad de poder pedir una cita a una de aquellas diosas sin que se le rechazase la petición, seguramente se tiraría de los pelos y lo echaría a suertes. Muchas de ellas seguramente no coincidirían ni con su personalidad ni con su forma de vivir, pero una noche se alargaba durante muchas horas.

Estaba acostumbrado a ver diosas en la discoteca, mas podía contarlas con los dedos de la mano. Siempre uno avistaba la típica diosa junto con buenas bellezas y una gordita. ¡Pero tantas diosas juntas! Se asemejaba a soñar, o a viajar a un paraíso muy masculino. A Eric enseguida su corazón le fastidió y éste comenzó a latir precipitadamente. Peor fue cuando, ya casi a tocar de ellas, muchas giraron el cuello para verle llegar. Rápidamente se sintió muy observado, algo que siempre le desquiciaba. No obstante, se cohibió tanto que no tuvo fuerza ni para despegar los labios y respirar por la boca. Él se limitó a seguir a Carla, cual un perrito faldero.

Abriéndose paso entre esas musas, Carla se detuvo al lado de un hamaca diferente a las demás (por el color, ya que todas eran blancas excepto ésa, de color azul). En ella se sentaba una mujer rubia en bikini y con gafas de sol. Había al lado dos chicas de pie, que charlaban tranquilamente. Al percatarse de las presencias de Carla y Eric las dos chicas callaron de golpe y la madre de Carla, sentada de espaldas, se giró. Inmediatamente, sin mediar palabra, se levantó y se puso el bikini bien por detrás.

–                           ¿Pero qué guapetón me traes hoy? – inquirió, sonriendo.

Disimuladamente, Eric miró a su alrededor. Toda la algarabía y el picoteo de gallinas se había prácticamente desvanecido. O al menos entre las chicas más cercanas a ellos.

–                           Traigo al hermano de Lara. ¿No te acuerdas lo de la nueva cabaña?

–                           Vaya sí me acuerdo.

Pese a las gafas de sol, Eric percibió que ella le estaba observando. En cuestión de segundos, ella le respondió a la duda quitándoselas. Ojos verdes, como su hija Carla. Y con un bronceado más colorido que el de su hija; una obsesa del sol. Pero a él los bronceados no le decían nada. Le hipnotizaron sus ojos verdes, y no se atrevió a pasarle una inspección de pies a cabeza. Apenas ni siquiera vio su pelo rizado y no demasiado largo ni tampoco lo bien que se cuidaba su cara. Sólo sus ojos.

Carla se indignó. Pero se contuvo.

–                           Mamá, te presento a Eric. Eric, mi madre María.

–                           Uhm. Siempre he querido que mi yerno se llame Eric.

–                           ¡Dios, mamá, qué burra!

Cerca se oyeron unas pequeñas risas femeninas. Ji, ji, ji, ji. Los ojos de Carla se lanzaron con ferocidad a localizar su procedencia. Puso morros al no identificarlas.

–                           Qué hija más vergonzosa que tengo – pronunció juntando las manos y provocando un sonoro ¡pam! –. Quién tuviera tus veinte y tres… Discúlpala, Eric. Siempre está de mal humor.

–                           Es que creo que la he molestado mucho hoy – la defendió hablando con mucho esfuerzo.

–                           ¡Vaya! Además de guapo, modesto. ¡Ven, que no te he saludado con un besito!

Ella le dio dos besos. El tacto suave de su piel le electrificó, y cuando se separaron por cuestión de dos pasos no pudo más que mirarla a los ojos. Ella le ahorró el sufrimiento sentándose. Eso le hizo romper el hechizo, con lo que pudo inspeccionarla de arriba abajo. No se parecía mucho a Carla. No estaba tan delgada como ésta ni tampoco era igual de alta. De todos modos tenía un buen tipo y se conservaba muy bien, aunque ya sus tetas obviamente habían pasado por las manos de bebés. Sus pies estaban increíblemente tersos y tonificados. A diferencia de su hija, no se cuidaba las uñas: básicamente no tenía.

Con una junto a la otra, aunque una de pie y la otra sentada, Eric no pudo evitar comparar sus rostros. Las dos irradiaban esplendor, aunque, por su gusto, él se quedaría con Carla, y no por su edad, sino porque las partes de la cara de su madre eran más grandes: la nariz, los labios, la boca, las cejas… Carla, de la cabeza a los pies, mantenía una estructura muy delgada que no rozaba la anorexia pero que tampoco no mostraba grasa alguna, aunque quizá la ropa de Carla le engañase y fuese peor de lo que él se estaba imaginando. <<Esa ropa es chiquitita y aún así le sobra.>>

–                           Carla, cariño – pidió María –. Sé amable y acerca esa hamaca, porfa.

Rezongando entre murmullos fue hasta la hamaca que su madre le había señalado y la acercó arrastrándola.

–                           Anda que tienes tacto con las cosas, hija mía. Vaya elemento que estás hecho.

Enfurruñada, no abrió la boca, sino que optó por alejarse. Se aproximó a un grupito de tres chicas y con ellas se quedó.

–                           Siéntate – le rogó María.

Acto seguido, platicaron, sobre temas muy variados. Básicamente se trató de una especie de cuestionario, en el cual ella le preguntó sobre varios temas de interés como los estudios o la familia – colándose inevitablemente la terrible pregunta de si estaba saliendo con alguna chica –, y en el cual él no se atrevió a preguntar nada, limitándose a contestar lo justo. En algunos momentos deseó soltarse y hablar más, si bien siempre se mostró muy parco en palabras por culpa de esos ojos que le hipnotizaron continuamente. Afortunadamente para él, las dos mujeres con las que había ella estado hablando antes se habían ido a hablar con otras nada más él sentarse. Aún así, notó que algunas chicas le miraban. ¿Acaso de verdad era tan guapo? ¿Atractivo y sugerente? ¡Qué cegatas!

El padre no le había caído mucho en gracia, la madre en cambio sí. Era dulce y divertida. Muy optimista también, sonriéndole mientras él le respondió a las preguntas. Él sintió muy buenas vibraciones mientras la tuvo ahí enfrente, ya que le transmitió mucha seguridad. Además habló con mucho sentido común. Eso fue algo que realmente distinguió tanto en ella como en su marido y que, naturalmente, sus dos hijos carecían. Si no le habían mentido, tanto el padre como la madre habían vivido en la miseria de muy jóvenes, y eso, inevitablemente, afecta en el comportamiento de uno. Los hijos, por lo contrario, habían nacido ya bajo un dineral en cada brazo, y por mucho que se lo hubiesen inculcado, dentro de sus venas no corría la experiencia de la miseria.

Si bien no preguntó apenas nada, hizo acopio del suficiente valor para formular sólo una pregunta: cómo era que trabajaba de peluquera. Ella se sorprendió al escuchar la pregunta, tirando la cabeza hacia atrás y abriendo los ojos como platos (tal cual había hecho su propia hija Carla bastantes minutos atrás), y le entró una risa que a Eric le asustó. Presto respondió que ella siempre había sido peluquera y que le encantaba; desde que su marido había comenzado a hacerse con restaurantes ella había ganado mucha fama como peluquera y empezó a tener clientes potenciales, gente famosa, muy famosa. A ella le bastó mencionar un par de nombres para que Eric abriese la boca, estupefacto. Uno de ellos era un actor muy famoso que a Eric le gustaba mucho. Ella no pudo evitar reírse un poco por la forma cómo Eric se regocijó al pensar que tenía delante a alguien que había compartido momentos con gente conocidísima.

Le explicó que jamás había dejado el oficio pese a toda la fortuna que reunían (le habló entretanto de la hermana mayor de Carla y de Filipo, Sara, quien trabajaba como agente de actores y actrices y quien también era una máquina de hacer dinero), puesto que, aparte de la lectura, se trataba de un gran pasatiempo para ella, en el cual se le erizaban los pelos y recordaba aquellos momentos en que debía rascarse la cabeza para llegar a pagar el alquiler. Jamás lo dejaría, añadió, justificándolo por el simple hecho de que se había ganado la admiración de muchísimos de sus clientes, por lo que abandonar el oficio supondría una decepción para todos ellos. Eric la escuchó decir eso con mucha atención, pensando en su madre a la vez, deseando que estuviese allí y la escuchase también. Seguramente si ella estuviese ahí se estaría comiendo las uñas y reflexionando que vaya chorrada que farfullaba la mujer. Eric podía entenderla, a ambas. Seguramente una de las razones ocultas, la cual esa mujer no revelaría jamás, era que anhelaba más dinero.

Cuando la conversación perdió su fluidez, Eric encontró un momento para despegarse de los ojos de esa mujer. Para su sorpresa advirtió que muchas de las chicas dentro de esa sala ya no estaban. Buscó a Carla y la localizó, no muy lejos, con la camiseta quitada y la falda vaquera también, tumbada sobre una hamaca. No la observó detenidamente, ya que su madre se cercioraría, pero sí que le echó un vistazo muy rápido ahora que le faltaba ropa. Estaba delgada, mostrando muy poca panza, y seguramente si se aproximase le encontraría costillas y algún hueso más. La apartó de su vista (de su mente también) y se concentró en su madre de nuevo.

–                           ¿Te vas a quedar a comer?

¡Comer! Se le había olvidado por completo.

–                           ¿Qué hora es? – Y buscó el móvil.

–                           Casi las dos.

–                           ¡Casi las dos!

Ella le señaló con el índice una reloj enorme que colgaba en una pared, justo debajo de donde empezaban los vidrios. No lo había visto, o al menos con profundidad, a pesar de que al entrar había paseado la mirada por toda la estructura. ¡Las chicas habían centrado toda su atención! Comprobó que ese reloj indicaba que apenas faltaban cinco minutos para las dos y luego se puso a mirar la de cosas que había pegadas. Imágenes de playas con soles relucientes y mares envidiables, fotografías de piscinas en gran tamaño, grandes pancartas con el nombre de las marcas de esos aparatos de bronceado,… Se distrajo mucho contemplándolas.

–                           ¿Entonces qué? – terció la madre. Formuló la pregunta con la voz bastante alta, y a Eric le provocó un respingo.

–                           Ehm… Creo que llamaré a mi madre. A ver, no lo he dicho si venía o no. Ella tampoco no me ha pedido que estuviese en casa para esta hora. Y bueno, como tardaría un buen rato en llegar a casa… bueno, si no les importa…

–                           ¡Qué nos va a importar! Carla seguro que se pone contenta. – Miró hacia atrás, por si Carla la había oído –. Y tutéame, por favor. Que no estoy tan vieja.

Él sonrió, muriéndose de la vergüenza. Miró hacia el suelo.

–                           Tendré que ir pidiéndole a las chicas que se vayan yendo.

–                           ¿No se quedan a comer?

–                           No – contestó con una sonrisa dulce –. Ellas pagan para estar aquí un rato. Y ya se les ha acabado el tiempo.

–                           Pues si eso… me espero fuera mientras las echas.

–                           No las echo. Sólo les digo que su tiempo se les ha acabado.

Eric se incorporó y se dirigió hacia la salida. A partir de ese momento se relajó, más o menos, y al relajarse recuperó sensaciones normales y se descubrió muy sudado por las axilas y con los brazos un poco tostados. Se pasó una mano por la frente y se asustó por la cantidad de sudor que se descubrió allí.

Salió.

El aire refrescante le golpeó con una suave brisa. Eso incrementó la sensación de sentirse sucio. No se atolondró, si bien pudo tranquilamente hacerlo, convenciéndose de que no había posibilidad alguna de cambiarse de ropa. Sacó el móvil y marcó el número de su madre. Llamó, y mientras esperaba a recibir una contestación observó su derredor.

–                           Hola hijo. ¡¿Qué tal?! ¡¿Ya te has ligado a alguna?! ¡Dime que alguna te ha echado el ojo!

Se puso a lanzar la mano libre al aire y anduvo en círculos. Chasqueó los labios.

–                           No, mamá, no. Hoy no traigo una cara muy mona.

–                           Que no traes una cara muy mona… ¡Será tontín mi niño! ¿Hay chicas o no hay chicas en ese palacio?

–                           Sí, y muchas, pero ahora no estoy para ligarme a nadie.

–                           Vale, vale, tontín. ¿Qué? ¿Ya tenemos trabajo?

–                           Puede – y se coló una sonrisa entre sus labios –. Aunque ya veremos. Simplemente me ha pedido que verifique un dibujo y que lo adapte según crea conveniente. Pero yo creo que lo ha hecho más por pena, ya que mi hermana les habló de mí como… mi hermano, el pobre, que se muere del asco sin encontrar nada.

–                           Nada, hijo, nada. Por ahí se empieza. Por la mierda. Luego ya tendrás tiempo para contratar las mierdas.

–                           Ojalá – soltó muy lentamente, y sus ojos acabaron posándose sobre algo en lo que no había reparado antes de entrar a la gran sala de solarium. Entonces perdió cualquier contacto con la conversación.

–                           ¿Eric? ¿Hijo? ¿Estás ahí? Parece que se ha cortado.

Eric parpadeó dos veces muy rápidamente y reaccionó.

–                           Estoy  aquí, estoy aquí. Perdona. Me he despistado. ¿Decías?

–                           No, sólo que qué querías.

–                           Ah, sí – y le entró un ataque de risa. ¡Qué absurdo! –. Que me voy a quedar comer. ¿No te importa?

–                           ¿Saldrás con alguna novia rica de ahí?

–                           Puede.

–                           Entonces puedes quedarte una semana o más en ese sitio.

–                           Je, je, je. Pues eso. ¿Ha llamado Lara?

–                           No. ¿Debería?

–                           No, sólo preguntaba.

–                           Ah.

–                           Bueno, pues corto. ¿Todo bien?

–                           Sí, chungos estamos. Ten cuidado con lo que dices y saca pecho.

–                           Sí, mamá, adiós…

Colgó. <<Si no ha llamado aún, llamará. Seguro que le preguntará a mamá qué tal ha ido. A mí no me llamará. No. Tengo una extraña sensación alrededor de ella… ¿Qué demonios habrá hecho ella para que quieran matarla?>>

Más concretamente: ¿para qué quería el Hombre de Negro matarla?

Lo averiguaría. Sí o sí. Y aún tenía una semana por delante.

Guardó el móvil al bolsillo y se dirigió hacia donde sus ojos habían posado. Se trataba de un terreno en el cual yacían herramientas para la construcción, bloques de madera, andamios, sacos de arena, cemento y todo lo necesario para construir. A él le gustaba observar a los paletas cómo construían, y en muchas ocasiones lo había hecho, ya que su tío era paleta y de pequeño se lo había llevado algunos fines de semana para que se entretuviera. Viendo todo ese material regresó a muchos años atrás y se vio de nuevo sentado sobre una viga y contemplando cómo realizaban acciones tales como hacer cemento o colocar los andamios. Se regocijó mucho mientras se recordaba a sí mismo. Vagó alrededor de todo ese material, pegando patadas a las pequeñas piedras que se iban cruzando en su camino, y oteándolo, con la cabeza gacha. Alguna que otra vez se acuclilló también para mirar la marca de los productos.

Aún no habían construido nada. Seguramente se trataba del almacén aquel del que le había hablado el padre. Faltaba material, Eric calculó, ya que con lo que había ahí guardado no daba ni para un cuarto si el padre pretendía un almacén grande. Quizá el almacén era pequeño… <<No, falta para el tejado. Y vigas también faltan.>>

Pero la ensoñación duró poco. A lo lejos sonó una voz femenina que le llamó. Se giró, para descubrir que era Carla. Echó un último vistazo a toda esa construcción.

Ella le esperaba enfrente de la entrada del solarium. Esperaba con impaciencia, moviendo las caderas, de brazos cruzados. Tenía el rostro muy serio, y Eric casi prefirió irse solo. Pero fue hasta ella, y mientras se acercaba avistó a la madre de ella a unos metros más hacia adelante, con el pequeño grupo de chicas, que aún no se había marchado. Junto a ellas les acompañaban los perros, más contentos que las castañuelas, con unos rabos que tocaban el mismísimo cielo.

–                           ¿Por qué tu madre acompaña a estas chicas y las tantas otras que había antes se han ido solas? – preguntó al alcanzarla.

–                           Porque son las nuevas. Las nuevas siempre se quedan al final. Éstas están un poco cagaditas.

Eso último se lo dijo a la oreja. Extrañamente un sonido suave y melódico surgió de su garganta. El cuerpo de Eric vibró.

–                           Pero es extraño – reflexionó él, echándose a andar en pos de las chicas –. Las otras no han venido a despedirse de tu madre.

–                           ¡Ni lo harán! – profirió –. No tienen educación. Entran y salen sin apenas decir hola ni adiós. Sólo pagan por estar tostándose y ya está.

–                           Tú no me has saludado – anunció él, y jocosamente miró hacia otro lado, silbando.

–                           ¿No lo he hecho? ¡Mentiroso!

–                           Debería llevar siempre una grabadora conmigo.

–                           Tonto – y cariñosamente ella le empujó.

Anduvieron lentamente. Eric solía andar a un buen ritmo, pero en esa ocasión siguió el ritmo de ella, quien, por lo visto, no quería pillar a su madre y las chicas.

Cruzaron entre árboles y fuentes maravillosas y luego pasaron por el lado de los parques, toboganes, jacuzzis, piscinas,… por un camino de guijarros que serpenteaba ligeramente. Eric aprovechó el trayecto para deleitarse otra vez con ese amasijo de lujos que no estaban distribuidos con ningún orden aparente.

Apenas se intercambiaron palabras hasta llegar a la casa propiamente. Allí Carla y él entraron mientras su madre despedía a las chicas, quienes habían echado una última mirada a Eric con desprecio y aparentemente envidia. Allí Carla le informó de adonde tenía que dirigirse y en donde esperar.

–                           Yo debo subir a mi cuarto – explicó ella –. ¿Seguro que sabrás ir?

–                           Espero aquí.

–                           No pasaré por aquí. Bajaré por otro sitio.

–                           ¿Hay otras escaleras?

–                           Sí. No te las he enseñado antes.

–                           Bueno, da igual. Espero a tu madre.

–                           Como quieras. De todas formas, si te pierdes, Tito te encontrará.

Subió por las escaleras y desapareció.

Antes de sentarse, Eric comprobó que la madre no se había marchado por otro sitio. ¡Era todo un castillo ese sitio! Se había quedado hecho polvo con que había otras escaleras en alguna otra parte de esa mansión. ¿Una salida de emergencia? Allí existía lo innombrable. Increíble. Asomó la cabeza a la entrada principal, completamente abierta como cuando él había arribado, como dando la bienvenida a los ladrones. Se asomó sin que se notase su presencia mucho. Continuaba la madre allí, charlando con las chicas-modelos y echándose unas risas. Aliviado (¡cualquiera se quedaba ahí solo!), se sentó en el sofá, del cual dudaba si era blanco o gris.

No tuvo que levantarse cada dos por tres para verificar que su madre estuviese en lo alto de la escalinata. Desde su posición podía oírla perfectamente exaltarse y carcajearse con una traca estruendosa y particular. A las otras chicas también, hablando como gallinas y partiéndose con risitas que Eric repulsó. Se arrellanó muy cómodamente en el sofá, aún sin creerse donde se encontraba, y aguardó.

Aguardó más de diez minutos, y lo curioso es que nadie apareció. A Eric, de todos modos, se le pasaron volando, ya que volvió a toparse con el grandioso retrato de la familia Fellini. De nuevo quedó extrañamente hipnotizado. Ésta vez prestó mucha atención al padre de la familia y al tipo que estaba en una esquina, al lado de la madre. El padre mostraba todo su poderío y toda su grandeza con la mirada y con la cabeza altiva, como diciendo <<Mirad lo que he levantado yo solito.>> Su rostro serio y casi antipático difería mucho del de todos los demás, quienes sonreían. Por eso mismo se quedó observando al padre, por su porte. No llevaba el bastón con el que ahora se ayudaba para andar pero era casi como si lo portase.

Se estremeció.

Cuando la madre reapareció, se mostró sorprendida.

–                           ¿Pero qué haces aquí solito?

Eric se encogió de hombros, como quitándose las culpas de encima.

–                           ¡Qué desfachatez tiene mi hija! ¿Se ha atrevido a dejarte solo?

Su pelo rizado brilló por efectos del sol y sus pendientes relucieron. Éstos no se los había visto antes, por lo que se los habría puesto mientras él había contemplado el material de obra. Llevaba una blusa verde y una faldilla vaquera muy similar al que llevaba su hija Carla. Esa ropa le favorecía mucho. <<Porque sé que es madre, sino me pensaría que tiene mi edad.>>

–                           Me ha dicho que tenía que pasarse por su habitación y que bajaría por otro sitio. Y yo, bueno, me he dicho que te esperaba para no perderme.

–                           Pobre… Sígueme.

Por primera vez en ese día Eric accedió por la puerta izquierda del salón de entrada. Esperándose encontrarse cosas diferentes al pasillo derecho, se desilusionó al pasar al lado de puertas y más puertas cerradas o entornadas. Acabó cansándose y caminó mirando al suelo, a la alfombra roja interminable. Vio cómo la suela de las sandalias que calzaba la madre se chocaba con la planta de su pie cada vez que alzaba el pie. Ella no habló durante el camino, ni apenas se le oyó respirar. Qué extraño.

El pasillo, todo recto, terminó y giraron a la izquierda. Allí volvieron a girar a la derecha y dieron a un comedor esplendoroso. Adentro sólo se hallaba Tito, poniendo los cubiertos, vestido de mayordomo. Éste, en cuanto vio a la madre, se apresuró en bajar la cabeza para saludarla, en señal de deferencia. A Eric lo miró subiendo las cejas.

–                           ¿Voy poniendo las platos, señora?

–                           Sí. Ahora les voy llamando ya para que bajen a comer.

Tita hizo una reverencia con la cabeza y se marchó. Al llegar al umbral, sin embargo, frenó en seco.

–                           Casi se me olvida – dijo –. El señor me ha dicho que no bajará a comer. Ha salido a reunirse con alguien.

–                           Este hombre no aprenderá nunca – se resignó la madre.

Tito no habló y se retiró a la cocina.

<<Si tienen coches aparte del que Tito ha usado para traerme, ¿dónde los esconden? No los he visto ¡Dios Santo!>>, pensó Eric.

Ella suspiró y se volvió. Encarando Eric, le sonrió.

–                           Siéntate donde quieras. Ahora bajan los demás.

–                           Sí.

–                           ¿Tienes problemas con alguna comida en especial?

–                           Me gusta todo; no tengo ningún problema.

–                           ¡Anda que apañado! Así me gusta.

Se frotó las manos. Luego cogió y se fue por otra puerta. En ese comedor había hasta 3 puertas en total: una a la que podía llamársela trasera, pues se encontraba a espaldas de Eric y era por la que él y la madre habían entrado, una puerta a la derecha, que supuestamente daría a la cocina y por la que había desaparecido Tito, y una a la izquierda, por donde había desaparecido la madre.

Eric se sentó sin apartar los ojos de los muchos retratos que había en las cuatro paredes. Todos enmarcados con un color semejante al del oro y todos muy bien elaborados. No había ni un solo retrato de la naturaleza, ni de la ciudad, ni de nada que no tuviese relación con los Fellini. A Eric tanto egocentrismo le iba a hacer vomitar. En su casa su madre le había educado de la forma contraria.

Tito entró con una bandeja enorme. Eric le ayudó a crear espacio para colocar esa bandeja. De la bandeja le llegó un olorcillo a carne.

–                           ¿Te gusta comer? – le inquirió Tito.

–                           ¿Que si me gusta comer? – no entendió Eric –. Pues sí. Como a cualquiera, ¿no?

–                           Pues hoy descubrirás una comida riquísima.

Eric le sonrió. Le caía en gracia ese mayordomo-manitas. ¡Qué ironía!

Tito se llevó dos dedos pegados a los labios. A continuación aparentó hacer ademán de chuparse los dedos.

–                           Te aseguro que volverás. Sólo por la comida.

–                           ¿Antes que el dinero? – Y Eric rió.

–                           Hombre, siempre tienes a Carla. Muchísimos lo han intentado.

Tito no le dejó tiempo para contestar. Se volvió y regresó a la cocina. Un minuto más tarde apareció Filipo.

–                           ¡Ey! ¿Te quedas a comer?

–                           Más o menos. No me han dado otra opción casi.

–                           Te va a encantar la comida.

Tito reapareció, pero esta vez acompañado. Era una mujer a la que ya había visto antes, limpiando. Era extranjera, de tez morena y de carácter muy fuerte. Ambas traían bandejas y salsas. La mujer le dedicó una mirada que rozó la aversión, una mirada que a Eric heló y que casi le asustó. Filipo se percató, y cuando esa mujer, ataviada con un delantal azul y con una cofia blanca, se marchó, él le susurró a la oreja:

–                           Odia a todo el mundo. No te preocupes.

Pero Eric se había quedado tan impresionado por la mirada que la tuvo bien metida en su cabeza unos minutos más. Afortunadamente para él, ella no volvió a asomarse; sólo Tito, que iba y venía como alma que lleva el diablo. Ese pensamiento terminó por difuminarse cuando entraron los otros miembros de la casa. Primero Carla, luego María, y finalmente una mujer desconocida para él. Como no podía ser menos, estaba bien bronceada y se cuidaba mucho el vestir y la figura. Era algo más alta que Carla (quien llegaría al metro setenta) y no tenía el pelo largo, sino más bien cortito, de color pelirrojo. Iba con vaqueros que le llegaban hasta los tobillos, y andaba con zapatos sin tacones.

Si Carla se mostraba poco simpática, esta mujer aún menos. Además de que ya le pesaban un poco los años a diferencia de Carla y Filipo, sus ojos de rana y sus labios de pato eran lo más destacado de una mujer que seguramente había heredado el carácter de altivez de su padre y también su seriedad. Cuando Eric se puso en pie para saludarla, ella le miró de muy mala manera, tanta que se le quitaron de golpe las ganas de acercarse a ella. Sin embargo, la madre, con su sonrisa imposible de despegar, la empujó para que se acercase.

–                           Te presento al hermano de Lara, Eric.

–                           Encantado.

Dos besos. Ella, ni mu. Momentáneamente recordó las palabras de Carla, cuando había comentado acerca de la educación de las chicas que las visitaban para el solarium.

–                           Ella es mi hija mayor, Sara.

Y pasó una mano sobre el hombro de ella, como arropándola o enorgulleciéndose.

Sara lo tuvo frente a frente hasta que su madre quitó la mano. Entonces se volvió, sin perder ni un segundo, habiendo dejado en evidencia que él no era bienvenido por esa mujer. Eric se sentó, diciéndose que esa mujer no debía importarle, que total, ella ya era una treintañera que no tenía que a él ni irle ni venirle.

Se sentaron los demás, Carla a su izquierda y Filipo a la derecha. La madre se puso justo enfrente de él; Sara, a la izquierda de ella.

–                           Ñam ñam – pronunció la madre, destapando la bandeja.

Había cordero y patatas hechas al horno.

Carla y Filipo abrieron las otras bandejas. Ensaladas, espárragos, olivas,…

–                           ¿Qué quieres? – preguntó la madre a Eric.

–                           Un poco de esto y un poco de aquello.

A la sazón Tito hizo acto de aparición y le pidió a la señora que le dejase a él servir. Ella se lo negó aduciendo que él ya había hecho mucho trabajo y que podía retirarse a comer. Él asintió con una reverencia y, callado, se llevó las bandejas.

Principiaron a comer. El comedor se tornó un espacio casi de oración: el ruido prácticamente se desvaneció, sólo interrumpido por el corte del cordero y por el masticar. Eric al principio se incomodó un poco por tanto silencio, mas con el tiempo se acostumbró. Jamás antes había comido con otra gente en silencio, fuera de su casa. No entendió bien, bien, el porqué de no hablar. Quizá se trataba de un ritual, o de una norma de la casa. La verdad era que él miró a todos, uno tras otro, y a todos los vio iguales: sin ánimos de hablar.

–                           ¿Te ha gustado? – le inquirió la madre al terminarse la comida.

–                           Para chuparse los dedos.

Ella a continuación se puso en pie.

–                           Voy a por los postres. ¿Cafés, Eric?

–                           No. No me van mucho.

Ella se fue.

Eric puso sus cubiertos sobre el plato usado y juntó las manos. Los demás optaron por posturas más cómodas, suspirando y aliviándose.

–                           Qué raro, no has preguntado – le dijo Filipo.

Eric esbozó una cara de incomprensión.

–                           ¿Qué debería haber preguntado?

–                           ¿Siempre comes así en casa? ¿Sin hablar?

–                           Ah. En casa a veces, cuando sólo como con mi madre. Pero fuera la verdad que no.

–                           ¿Y no te revienta? – preguntó Carla.

–                           Te acostumbras supongo.

Sara hizo “pst”, sin dedicarle la mirada. Sus ojos se posaban en la pared, como quien evita a alguien. Filipo y Carla no parecieron prestarle mucha atención a ella. Ni lo parecieron en ese momento, ni lo habían parecido desde el principio: no se tratarían mucho.

La madre retornó con una bandeja de plata que contenía galletas y buñuelos recubiertos con un poco de azúcar. Filipo se relamió los labios y se lanzó hacia ella en cuanto la madre las dejó sobre la mesa. Las otras dos chicas, en cambio, no tenían la pinta de apetecerles mucho. La madre las miró a ambos y ellas entendieron que debían coger al menos un par.

–                           Coge, Eric, coge.

¡Qué bien que le sentaron esas palabras! Sentía el estómago a punto de reventar pero esas palabras resonaron cual una bocanada de ánimo. Se echó a comer galletas y buñuelos por igual.

–                           Así que cuándo volveremos a verte por aquí – pronunció la madre.

A Eric la pregunta le pilló con un buñuelo en la boca. Se lo tragó y se limpió con una servilleta. Luego bebió un poco de agua. En ese momento, antes de que pudiese hablar, entró Tito, con una taza de café. La dejó justo delante de la madre.

–                           Espera un segundo, Eric – le rogó con la mano. Luego se dirigió a Tito: – ¿Has acabado de comer?

–                           Sí, señora.

–                           Hazme de favor de sentarte por aquí. Así charlamos todos juntos.

Tito se desconcertó, aunque nadie lo percibió excepto Eric. Quizá la madre también lo había percibido. La cuestión fue que parpadeó dos veces muy rápidamente y fijó sus ojos sobre ella.

–                           No sé si un hombre como yo podrá mantener una conversación tan culta como la que suele tener usted con sus clientes.

–                           Tus ocurrencias podrán con cualquier cosa.

Tito no pudo disimular una sonrisa. Reverenció con la cabeza y presto se sentó. Eric observó cada uno de sus movimientos. En cuanto Tito se dio cuenta de que le estaba observando, le guiñó el ojo picaronamente.

–                           Bueno, ahora Eric nos iba a explicar algo.

–                           Ah, muy bien – contestó Tito, y pegó la mirada al rostro de Eric.

–                           Perdona que te haya interrumpido. ¿Qué ibas a decir?

–                           No, nada; sólo iba a contestar a tu pregunta. La verdad es que con el tiempo libre que tengo… me pasaré lo más rápido posible. Mañana quizá.

–                           ¿Tan rápido? – se extrañó Filipo, tocándose el pelo.

–                           Hacer un esbozo no conlleva mucho tiempo. Además, a mí se me da muy bien trazar líneas y las ideas van que me vuelan.

La madre se rió ligeramente.

–                           Pues ya le pediré a Tito que te venga a buscar. ¿A que sí, Tito?

–                           Encantado. Ya sabe que me gusta mucho visitar la ciudad.

–                           ¡Oh, no hace falta! No os molestéis, de verdad. Ya podré apañármelas solo.

–                           Tu hermana nos contó hace nada que no tenías coche – terció Carla.

Eric se bloqueó dentro de su mente. Se le había ido el santo al cielo.

–                           Ni lo tengo.

“Pst”, emitió Sara, muy por lo bajini. Eric, sin embargo, llegó a oírla.

–                           Pero tengo un amigo que estará encantado de acercarme.

–                           ¡Vaya tontería! – profirió la madre –. Para eso que se acerque Tito a tu casa y te traiga. ¿Vas a hacer que tu amigo se vaya?

–                           Vivir aquí es una mierda…

–                           ¡Carla, esa boca!

–                           Sí, mamá, perdón…

–                           No, para nada – dijo Eric –. Siempre me lleva a todos los sitios, y se espera cuanto haga falta o se espabila para matar el tiempo.

–                           Hombre, podríais venir los dos.

–                           ¡Bah! – expresó Sara, disgustada –. Venga, esto es jauja, todos invitados, ¡venga!

–                           ¡Será porque tú no has traído gente! – se indignó Filipo.

–                           ¡Vale, vale! ¡Ya basta, hijos míos! No os peleéis, que ya tenéis una edad…

La madre se llevó las manos a la cabeza y fue aplastando el cabello con las manos en dirección hacia la nuca. Resopló. Eric comprobó que Sara y Filipo se estaban matando con la mirada.

En una fracción de segundo Sara se puso un dedo sobre los labios, con ademán de instar a Filipo a callar. Eric notó cómo Filipo se ponía rígido.

–                           ¿Te lo puedes creer? – espetó la madre –. Con treinta años y aún dando guerra como un niña.

Acto seguido resonó un móvil. Nadie se movió a excepción de Sara. Seguramente agradecida por esa llamada, aprovechó la ocasión para ponerse en pie y salir del comedor.

–                           Hala, sí, vete, hija, vete. Un día de estos su móvil arderá…

–                           Yo quiero ver ese día – se regocijó Carla.

–                           ¡Y vosotros…! Callaos un poco la boca.

–                           ¡Pero si yo no he dicho nada! – protestó la hija.

–                           Me matarán, me matarán… ¡Señor, dame fuerzas!

Eric no pudo disimular una sonrisa. Tito se la vio, y le guiñó un ojo. En respuesta a ello, Eric le asintió con la cabeza, lentamente.

–                           Usted a veces también se pelea con su hermana – comentó Tito a la madre, guiñando otra vez un ojo a Eric.

–                           Pero no es lo mismo, Tito. Dónde me vas a ir a parar. Estos parecen críos.

–                           Ya espabilarán señora cuando se vayan.

–                           ¡Eso espero!

Eric miró a lado y lado y se sintió que ahí pintaba muy poco. Anheló marcharse. Se tocó el bolsillo y allí notó el esbozo doblado que le había tendido el padre Fellini. Entonces olvidó que quería marcharse.

–                           María, de verdad – dijo –. No quiero molestar a nadie. No quiero que Tito esté pendiente de a qué hora tiene que venir o no. Prefiero poder acercarme a una hora en que esté alguien y dejar el esbozo.

–                           ¡Preocuparse por mí! – exclamó de sopetón Tito –. Estoy muchas horas disponible, señor Eric.

–                           Seguro que aquí tendrás cosas más importantes. De verdad que no…

–                           Mamá, déjalo – intervino Carla –. Qué manía con siempre hacer lo contrario que diga la gente. 

–                           ¡Sh! Aquí mando yo. Y Tito no tiene nada que hacer. Eric, en serio, déjame hacer este favor.

Eric suspiró. El arrinconamiento le terminó por tirar la toalla.

–                           Está bien. ¿Para qué hora sería?

–                           Usted manda, señor.

–                           Pero usted aquí hace tareas…

–                           Tenemos muchos criados – explicó Filipo –. Él controla que todo esté en orden.

–                           Hum. Pues si me facilitáis un teléfono.

–                           Cuando te vayas Tito te lo dará, ¿cierto?

–                           Sí, señora.

Ella se acabó el café. Oteándola, se la veía más calmada.

–                           Esta tarde tengo dos visitas – informó a Tito –. Son Jake y Anthony. Necesitaré que me ayudes. Vendrán alrededor de las cinco.

Tito asintió, con una reverencia de la cabeza.

–                           ¿Alguno de vosotros dos  va a salir hoy a Lartos?

–                           Yo tengo que estudiar – contestó Filipo –. Mañana tengo un examen en la universidad.

Carla, en silencio, dijo que no con la cabeza. 

–                           Pues podrías hacer el favor de llevarlo. ¿No tienes nada que comprarte en la ciudad?

–                           Ropa – contestó sin energía, indiferente, alzando las cejas.

–                           De ropa no que ya tienes para parar un tren.

–                           ¿Por qué debería llevarlo? ¿No dice él que no quiere molestar a nadie?

–                           No ha venido con coche, señorita Carla – se entrometió Tito –. No se molesten, señoras. Ya lo llevo.

–                           No. Lo llevará mi hija.

–                           Sí te gusta conducir hermanita.

–                           ¡Calla estúpido!

–                           ¡Esa boca! ¿Pero qué son esos modales? Lo llevas y punto. Así te entretienes, que no haces nada en casa.

–                           Estoy estudiando en la uni – se quejó cual una niña pequeñita, entonando un tono despectivo.

–                           ¡Huy sí! ¡Déjame que te quite el sudor de la frente!

Enfurruñada, se cruzó de brazos y no replicó. Miró hacia otra parte, respirando con fuerza.

–                           ¿Voy recogiendo, señora? – se apresuró a preguntar Tito, adelantándose a un silencio que parecía a punto de asentarse.

–                           No, no. Antes quería consultar algo contigo y con Eric.

–                           Muy bien – y se colocó bien en la silla.

–                           Eric. Hoy he tenido una clienta que me ha hecho reflexionar, y tanto tú como Tito habéis vivido en un ambiente de… de no tanta riqueza, digamos.

–                           Y usted también señora, por lo que me contó hace mucho.

–                           Sí, pero hace tanto que ya no me acuerdo de cuando vivía mal… – Se tocó el pelo. Luego buscó palabras en su mente y continuó –: La cosa es que una que ha venido hoy ha entrado y ha pasado completamente de que alguien la llevase al sitio. Se ha dado un paseo y con todo el morro se ha metido en la sala del solárium. ¡Menuda sorpresa cuando me la he encontrada allí tumbada! Era pronto; serían como las nueve de la mañana. Aún el grupo gordo no había llegado, y claro, sólo me pasaba para preparar las butacas y ordenar un poquito el desorden de ayer.

–                           ¿Y quién le ha abierto la puerta? – interrumpió Filipo, extrañado.

–                           Alguna de las criadas, fijo – supuso Carla, hablando despectivamente –. Siempre hacen lo que les da la real gana.

–                           Bueno, eso no importa. Alguien la habrá abierto y le habrá indicado el camino hasta el solárium. La cuestión es que entro, me la encuentro ya ahí bien puestecita, y eso que me acerco. Así, sin más, como para preguntar, sin ninguna mala intención. Me acerco y… ¡me trata como si fuese la mismísima criada! ¿Os lo podéis creer? Me ha hablado como si fuera un chucho y me ha pedido groseramente que trajera a la dueña del solárium, que tenía que hablar con ella por algo que no le había gustado. Ahora yo os pregunto, Tito y Eric,  ¿visto como una criada? ¿Tengo pinta de criada?

Eric y Tito coincidieron en negar con la cabeza rotundamente, sin perder tiempo. Segundos después Carla se partió de la risa y Filipo se puso a dar golpes a la mesa con la palma de la mano derecha.

–                           Ya te lo digo siempre, mamá. No vistes bien – y Carla prosiguió con su risa.

–                           ¡No digas bobadas! Tito, dime, ¿parezco una criada?

–                           En absoluto. Viste como una reina.

–                           Estaría ciega esa tía – añadió Eric.

Ella pareció quedarse satisfecha con la respuesta. Pero aún había más.

–                           Vaya cara se me ha quedado cuando me ha llamado chacha… Porque era una cliente potencial, que si no… ¡Le hubiera arrancado todos los pelos de su delicada cabeza! Pero en fin… Le he explicado de buenas maneras que yo era la dueña. ¿Y sabéis qué? ¡Ni se ha inmutado! Se ha puesto unas gafas de sol más feas que su cara de pato y casi me ha ignorado.

–                           Con todo el respeto, señora – interrumpió Tito, alzando una mano –, yo la hubiese echado. No se merece ese mal trato.

–                           Ya… Su marido vino ayer y dejó una grandiosa caja en la peluquería.

–                           ¿El de la gala esa de premios? – inquirió Filipo.

–                           Sí. Ése.

Se creó un silencio a continuación. Eric pensaba con mucha precaución, pero ese silencio le precipitó. ¡Qué cerda!, profirió, y todos fijaron la mirada sobre él, tan fijamente que casi le avergonzó haber proferido semejante cosa. Tuvo que buscarse una corrección.

–                           Quiero decir… que eso no se hace. No sé. Aún siendo alguien una criada, se merece un respeto.

Miró a Tito. Éste le dedicó una sonrisa sincera.

–                           ¿Y qué era que no te había gustado? – se interesó Filipo.

–                           Ah, sí. ¡Que la deberíamos haber recibido como una reina! ¡Lo que hay que oír, por favor! Entra toda sola, se apaña para llegar hasta el solárium, ¡y encima que soy una desconsiderada! ¿Cuál ha sido la palabra que ha usado exactamente? Ah, sí. Dueña de tres al cuarto.

–                           ¡Oala, mamá! – gritó Carla –. Yo la hubiese echado a patadas.

–                           Sí, eso ha sido lo primero que he querido hacer. Luego me he congelado un poco la mente y le he comentado que antes debería haberme avisado de que ya estaba ahí.

–                           ¿Cómo se llama la tía esa?

–                           Mónica.

–                           Lástima que no haya ninguna rima para la burla.

–                           Es una “tocaharmónicas”.

Y a la madre se le dio por reír. Los demás ni reaccionaron.

–                           Ay… qué estupidilla. Bueno, será mejor que vayamos saliendo de aquí. Tito, ya puedes ir retirando los postres y los platos.

–                           Enseguida, señora.

Más rápido que el viento, comenzó a retirar platos. Cuando cruzaba el umbral hacia la cocina llamó a alguien. Tras desaparecer, la madre le dijo a Eric en tono bajo.

–                           Yo siempre intento hacerles entender a mis hijos que no pueden burlarse de alguien simplemente porque sea un criado o alguien que limpia. Que les paguemos no nos da derecho a nada. ¿Por qué hijos?

–                           Porque alguien nos paga a nosotros – respondieron mecánicamente al unísono.

A Eric le gustó eso, y lo expresó con una media sonrisa. Se lo contaría por la noche a su madre.

–                           ¿Los postres, entonces, bien?

–                           ¡Riquísimos!

Tito reapareció, y no solo. Le acompañaba una mujer que no había visto antes, de tez blanca y ojos preciosos. Ella le saludó al verle.

–                           A cambio, seguramente te devolverán una sonrisa – finalizó la madre.

A continuación Filipo se marchó hacia su habitación allí por donde había venido y la madre salió por otra puerta.

–                           Vaya, me queréis dar todo un desafío.

–                           ¿Cómo? – se dio la vuelta Carla.

–                           Que os vais todos y me dejáis aquí, para arriesgarme a perderme entre multitud de pasillos.

–                           Eres un exagerado. – Y se rió un poco –. Acompáñame un segundo, y te llevo a casa.

Ascendieron por unas escaleras con forma de caracol, estrechas y algo angustiantes. Eran las mismas escaleras por las que había ascendido Filipo. Conducían hacia un pasillo que no había visto antes, pero conducían hacia el típico pasillo de esa casa, poco ancho e interminable. Ella le llevó hasta su habitación.

–                           Tu habitación es casi tan grande como el piso donde vivo – ironizó.

Apenas perdió tiempo en escrutar el lugar. Más que nada, temió que le subieran las vísceras a la garganta y se echara a vomitar. Tan sólo dedicó lo justo para descubrir que ella tampoco no le faltaba de nada. Ordenadores, televisión, aparatos de música, colecciones de coches en miniatura,…

–                           Te molan los coches por lo que veo.

–                           Son mi vida.

Recogió unas cuantas cosas de un cajón y se las metió en el bolsillo. La última cosa que cogió fueron unas llaves, que repiquetearon al ser cogidas. Antes de salir, comprobó que no se dejase nada.

–                           ¿Vamos?

–                           Vamos.

Mientras se encaminaban hacia el salón principal (¿o debería llamarse el retrato principal?), ella le explicó de dónde había nacido su gran afición por los coches. Por lo visto, cuando apenas se aguantaba en pie le regalaron coches de juguete y ella no dejó de jugar con ellos. Luego vinieron coches eléctricos y, aprovechando el vasto terreno que se expandía alrededor de su casa, salió cada dos por tres para, literalmente, “batir la carretera”. También condujo muchos karts y fue a miles de exposiciones de coches.

–                           No me preguntes qué me gusta de ellos. No lo sé.

Él la escuchó con cierto interés pero su mente se centró más en otros temas. Le apeteció mucho despedirse de la gente de ahí, especialmente de Tito, pero de camino  a la salida no se cruzó con ninguno de ellos y no quiso enturbiar a Carla haciéndola perder tiempo. No sonreía, pero es que tampoco no se había mostrado risueña antes. Aún así, a uno le resultaba imposible discernir si estaba enfadada o si simplemente era seria por naturaleza. De todos modos, no se iba a arriesgar.

Salieron y él no logró evitar un vistazo de reojo al cuadro. El rostro despótico e imponente del bigotudo padre de familia le miró con honor y dignidad, pero también le infundió pavor y muchísimo respeto. En fracciones de segundo rememoró su encuentro con él y su posterior estancia en la sala de dibujo y tiritó.

Bajaron la escalinata y dieron la vuelta a la mansión. Pisando la grava y las piedrecitas, él vio cómo detrás se formaba un jardín muy poco cuidado en comparación al parque y a la senda hacia el solárium. La hierba estaba lo suficientemente cortada como para que uno no bramase que esa parte del terreno era una mi…, pero apenas había adorno alguno y parecía más bien destinado para los perros, para que éstos correteasen y se entretuviesen allí. Siguieron adelante y él fue testigo de un garaje (enorme, cómo no) adosado al “culo” de la mansión. Se trataba de un sitio descomunal, en el que cabían como veinte coches y veinte furgonetas. Dentro descubrió el coche de Tito y otros más. A raíz del objeto recordó una pregunta.

–                           Hostia, ahora que veo el coche con el que me ha venido a buscar Tito… – balbuceó –. ¿Por qué hemos parado a como cinco minutos de aquí? ¿Y por qué ahora se encuentra ahí aparcado?

Al parecer le gustó la pregunta, abriendo la boca y luego mordiéndose los labios con una ligera sonrisa. Reflexionó la respuesta.

–                           Manías de mi madre. Cuando tenemos clientas para el solárium no quiere exhibirse en coches.

–                           ¡¿Pero si tenéis muchas cosas en constante exhibición?!

–                           Ya – encogiéndose de hombros –. El coche sólo se mete cuando ya no hay clientes. Órdenes de la ama de la casa.

Su rostro expresó incomprensión y falta de sentido común.

–                           Vuestra madre os marca una educación muy estricta, ¿verdad?

–                           Muyyyyyyy estricta. Jamás podrás hacerte a la idea. Y mejor que no te la hagas. ¡Entremos!

Ella abrió a distancia el coche más elegante de allí, un descapotable gris metalizado del tamaño de dos metros y diez centímetros de largo. A pesar de que la excentricidad y el excesivo lujo no coincidían con su espíritu, tuvo que admitir que ese coche era toda una delicia. Se acercó y su interior le volvió prácticamente loco, con un volante repleto de botones pequeños, tal como a él le gustaba, y con un navegador que por lo menos funcionaría cual un ordenador. Aunque principalmente el coche iba destinado para dos personas, detrás también había asientos, mas la forma en cómo quedaban conformados los asientos hacían algo inviable la presencia de gente en los asientos traseros, si bien apretujándose las piernas uno podía estar allí (incómodamente). Los asientos eran de cuero, con una mezcla entre el rojo y el negro. Cuando se sentó comprobó su tacto y… ¡menuda gloria!

–                           Hace un poco de frío, ¿no? – atinó a decir, y se frotó las manos con brío.

Antes de que encendiera el coche tocó un botón. Un sonido metálico rugió y el coche empezó a sacudirse. Eric se agarró al asiento, asustado, mientras ella ni se inmutó. A través del retrovisor, entonces, vio que salía algo por la parte de atrás y enseguida descubrió que emergía un techo que conectó directamente con el vidrio delantero. Eric alucinó, incluso cuando el coche dejó de sacudirse y se subieron solas las ventanillas laterales.

–                           ¿Qué pasa? ¿Nunca has visto algo así?

Lo negó con la cabeza, mudo. En consecuencia ella rió.

–                           Salgamos.

Encendió el coche y música a toda pastilla “explotó” de los cuarenta mil altavoces que habría ahí metidos. Dio un pequeño respingo, sin haberse esperado algo semejante de ella. Salieron del garaje y ella no bajó el volumen. De todas formas, a él no le importó. Estaba acostumbrado a que David no permitiese palabra alguna dentro del coche reventando el coche a base de música cada vez que salían de fiesta o cada vez que daban una vuelta por Lartos.

En el caso de David él ponía la música así por dos motivos: o para animarse antes de irse a una disco o para atraer la atención y así las chicas mirasen en dirección al coche. Con Carla él pensó más bien que no deseaba hablar. A él no le importó.

Llegaron a la primera verja, la electrónica. Carla metió la mano por dentro de un reposabrazos y sacó un aparato con un único botón. Lo apretó

Recorrieron a continuación toda la parte aquella de tierra y piedrecitas y bosque. Carla pareció remugar entretanto, y no fue para menos: el coche fue balanceándose a causa de la falta de rectitud del camino. ¡Qué tramo más poco placentero! Casi que prefirió apearse y recorrer ese tramo a pie… Pero en menos de tres minutos reconoció la verja de entrada, “atrapada” entre dos muros muy altos y muy gruesos, tan altos y tan seguros como los de la anterior verja electrónica. En esta ocasión tuvo que bajarse y abrir con una llave la verja.

Una vez traspasado el coche y cerrada la verja, vinieron los guijarros, un pequeño tramo de tierra y ya la carretera, desolada y vacía de almas y de metales. Se inició a la sazón un período de éxtasis en Carla. Ya en terreno sólido y estable, aceleró el coche y satisfizo a un coche que con toda seguridad necesitaba rugir a la velocidad de la luz. Condujo agresivamente, y poco pareció importarle que hubiese rotondas o curvas. Inexplicablemente, Eric no percibió que el coche se saliese mucho de la carretera ni que diese síntomas de volcarse o derrapar. Si bien se agarró al asiento, los giros no llamaron a la inercia ni a la desestabilización. Temió más que nada por su vida, ligeramente. Al cabo de cinco minutos entendió que manejaba el coche como nadie y que no conducía alocadamente. Cuando ya llegaron a Lartos y ya se avistaron semáforos y coches, se controló, moviéndose a una velocidad pausada y sensata. No bajó el volumen, sin embargo.

No se toparon con mucho tráfico. Casi eran las cuatro y media y aún a esa hora la gran masa no había regresado a sus casas, sino que se hallaban en sus puestos de trabajo. El sol todavía se alzaba en el aire, aunque estaba acompañada por pequeñas nubes inofensivas. Pese a que llevaba la camisa arremangada, no tenía realmente calor, y eso que las ventanillas no estaban bajadas. Dulce final de septiembre…

Arribaron en muy poco tiempo a la calle Henry Ford, su calle, y pudo apartarse a un lado de la cera, justo enfrente de su portal. Ella paró el motor. Presto bajó la ventanilla del copiloto.

–                           ¿En qué planta vives?

–                           En ésa – señaló con el dedo –. En la quinta planta.

–                           Ahm. Parece chulo.

–                           Sí, bueno. Afortunadamente acabamos de pagarla hace unos meses. No nos ha costado ni nada…

–                           ¿Cuántos años?

–                           ¿Cuántos años qué?

–                           Cuántos años habéis estado pagando el piso.

–                           Buf… unos veinte creo. Era muy pequeñito cuando vinimos aquí.

Ella apartó la mirada y, apoyando la nuca al reposacabeza, miró a la distancia.

–                           Pues yo no sé qué es eso de pagar en tanto tiempo. Mis padres lo pagan todo de golpe.

–                           ¿Y no te gusta?

–                           Sí. No sé. A ver, tengo todo lo que quiero. No puedo quejarme…

–                           …pero… – la alentó a seguir.

–                           …pero quizá sí que es una mierda…

–                           ¿El qué es una mierda?

–                           No sé. Yo estoy muy bien. ¡Ay, no sé! Mira, Eric… Mi madre me habla mucho de cuando ella tenía mi edad y luchaba por pagarse un alquiler. Te habla siempre de una forma que te pone en situación.

–                           Pero si no lo vives no lo puedes entender – sentenció él tajantemente –. Bueno, muchas gracias por llevarme.

Abrió la portezuela y puso un pie fuera.

–                           Oye, una pregunta – le frenó ella –. ¿Mañana tienes la tarde ocupada?

–                           No mucho. ¿Por qué?

–                           Pensaba comprarme algo por aquí. ¿Me acompañarás?

–                           Mmmmm… Quizá quedo con un amigo…

–                           Tráetelo. Puedo decirle a una amiga mía que nos acompañe.

–                           Se lo comentaré – le aseguró sonriendo –. Dime tú número de móvil y te hago una perdi.

Se la hizo en cuanto ella le indicó su número. Acto seguido ambos se grabaron los números.

–                           Te tengo – dijo él, entonando una voz malvada, y luego rió cual un malvado.

–                           Je, je, je… Pues ya nos veremos.

–                           Sí. Bueno, mañana ya quedamos. Seguramente pasaré antes por tu casa para dejarte lo de tu padre y podemos aprovechar para irnos todos juntos.

–                           ¿Vendrías entonces con tu amigo en coche?

–                           Seguramente sí. No sé. A ver, podríamos quedar y darte el papel con ideas y demás, pero prefiero hablar directamente con tu padre.

–                           Pues… creo que mañana tiene un viaje.

–                           Aps… Bueno, mañana te llamo. De todos modos, si por casualidad tu padre se va, avísame por favor.

–                           Vale. ¡Adiós!

–                           Adiós. ¡Ten cuidado! – Y Eric cerró la portezuela y dio dos golpecitos al techo del coche.

El motor de su coche rugió como un toro y se alejó a la velocidad de una flecha. Eric se esperó hasta que el chulo coche gris metalizado dobló la esquina. A continuación se dirigió al portal y entró. Mientras subía por las escaleras, tuvo la sensación de que llevaba días fuera de casa. Notó también cómo le pesaban las piernas. Bueno, ahora descansaría tumbándose un rato.

En el piso no estaba su madre. Pasó primero por su habitación y comprobó que la maleta se encontraba en su sitio. Efectivamente. Luego vio el lecho y no resistió la tentación.

–                           Un par de horitas y nos vamos.

 

 

 

 

Como en la anterior ocasión la tienda de antigüedades estaba vacía de gente, y como en la anterior ocasión él mismo se sirvió para acceder a su taller a través del lavabo. Mientras escudriñaba los objetos de colección, se preguntó por qué estaba tan descuidado el local, por muchas cámaras que hubiesen instaladas. Se figuró que no entrarían clientes. Aun así, lo creyó muy arriesgado.

Pero sin duda alguna ese local era una tapadera. ¡A saber qué cosas se habían cocido abajo durante todos estos años! Conspiraciones, armas, documentos ilegales, planes maléficos. Sólo pensarlo le ponía a uno la piel como escarpias.

Estaba faenando con un coche, como siempre. Tenías las manos grasientas, como siempre. La única diferencia en ese día yacía en que los botones de su camisa vieja de trabajo estaban desabrochados, revelando una buena panza. Si su cabello ya de por sí se ondulaba, ese día sus pelos apuntaban a direcciones opuestas. Apenas aguantaban sus ojos abiertos. Eric constató unas grandes ojeras.

–                           ¡Vaya cara, chato! – profirió –. ¿Cuánto hace que no duermes?

–                           Yo nunca duermo – y le tendió una mano. Eric se la miró y el Manitas se percató del descuido –: Ups, tengo las manos un poco sucias.

–                           Sí…

Seguramente involuntariamente se pasó las manos por el trasero y se las fregó contra el pantalón de chándal. Se las volvió a mirar. Ni un solo cambio.

–                           Da igual – remugó.

Dio media vuelta y comenzó a andar.

–                           Vienes a por tu coche, supongo.

–                           Sí. ¿Lo tienes listo?

–                           Sí – alzó la voz, ya que comenzaba a alejarse –. ¡Y modernizado!

En primera instancia se emocionó, dibujándose en su mente un coche asombrosamente nuevo con cosas muy chulas, un coche a lo va más. En segunda instancia recordó ante quien se encontraba y frenó toda esa agitación. Debía actuar con cautela con semejante tipo.

–                           Funcionará, ¿no?

–                           ¿Dudas eso de el Manitas? ¡No hay nada que mis manos no puedan mejorar!

<<En especial la rectitud y la honestidad>>, pensó.

Eric le siguió. El Manitas le condujo hasta una esquina del taller, allí donde reposaba su coche. Las puertas se hallaban completamente abiertas, incluido el maletero.

–                           Vaya, me has puesto un GPS – se sorprendió.

–                           En realidad… no lo es. Bueno, en apariencia sí: se te aparecen las calles y las rutas y demás, pero básicamente es un detector de maderos. Cualquier coche suyo que se te acerca, te avisará. También te chivará cuando haya una de esas mierdas de radares.

–                           Guau… ¿Y cómo has conseguido algo así?

–                           Chaval, chaval. ¡Trucos del oficio! – y enseñó los dientes y se llevó las manos a la cintura –. Ven, que te enseño más.

Le indicó que se aproximase al maletero.

–                           Me he tomado la libertad de crearte un poco de espacio en el maletero. Mira. – Alargó la mano y metió medio cuerpo en el maletero. Tocó el final del maletero, ya justo cuando tocaba con el asiento trasero, y reveló un agujero prácticamente imperceptible. – ¿Ves? Si no se toca por accidente uno no lo ve. Esto te ayudará a guardar cosas guays.

–                           Vaya.

–                           Qué más… Ah, sí. Debajo de este asiento, enganchado y sin que se vea, te he metido un cuchillo. Éste.

De debajo del asiento sacó un cuchillo de combate, de aquellos que había visto en tantas películas sobre ataques militares. Era bastante alargado y el filo algo grueso. Parecía algo usado ya.

–                           Dime que ese cuchillo ya ha matado personas.

El Manitas la escudriñó.

–                           Mancharse de sangre, eso seguro. Hombre, algo viejo sí que es.

Se la entregó.

–                           Vaya… Voy de arma en arma. ¡Qué días que llevo!

–                           Vete acostumbrando – dijo lacónicamente.

Le devolvió el cuchillo y tornó a pegarlo al asiento.

–                           No te he tocado motor ni nada. Sólo estas tres cositas. – Hurgó las manos en los bolsillos y sacó la llave del coche. Se la puso en la palma de la mano –. Cuida bien del coche.

–                           Descuida.

El Manitas le dio una palmada en el pecho. Presto se distanció un poco.

–                           Me imagino que te pillo un poco ocupado. Será mejor que me vaya.

Sólo obtuvo el silencio como respuesta. El Manitas se hallaba de espaldas, de cara a la larga mesa con multitud de armas. A su lado había un bidón verde con los guantes allí reposando. Mientras esperaba a que deshiciera ese silencio, asió los guantes y se los puso.

–                           ¿Al final dónde has pensado en meter el coche? – preguntó, sin volverse.

–                           Tengo un colega que calla más que un muerto. Me debe una muy gorda, y ni siquiera preguntará.

–                           Más le vale. Si se entera el Hombre de Negro de que se chiva a los maderos o algo parecido, es hombre muerto. Y quizá tú también.

–                           ¡Pues que se busquen a otro asesino! – explotó Eric. A continuación principió a cerrar todas las puertas del coche y la del maletero. El Manitas estaba mudo –.  ¡Yo no soy un asesino joder!

Se metió en el coche. Lo arrancó y sonó una serie de sonidos electrónicos desconocidos para él (y que en ese momento le importaban lo más mínimo). Giró el volante a la izquierda y se movió hacia la trampilla de la salida. Cabreado, esperó unos segundos, hasta que, para su desgracia, se acordó de que se debía abrir con un botón. Se apeó. Efectuó unos pasos hacia el final de la puerta, allí donde acababa y empezaba una pared poca fina y muy rasposa. Cuando se disponía a tocar el botón, el Manitas atinó a decir:

–                           Todos nacemos asesinos, ¿no lo sabías? – y sonrió como jamás antes le había visto. ¡Díos mío, qué sonrisa presenció! Era malvada, muy maléfica, diabólica… – Oye, será mejor que tú y yo seamos amigos. A mí me puedes confiar todos tus secretos. Venga, dime – efectuando unos pasos hacia él, pasos agigantados –, ¿a qué has hecho cosas malas? Sí, lo percibo. Has hecho cosas malas. Por eso te ha escogido Nuestro Jefe. Porque la matarás.

–                           Mañana será otro día. Te he pillado con faena, ¿verdad? Pues me voy.

–                           Además, si quieren ver muerta a tu hermana, será por algo.

El cuerpo de Eric se heló.

–                           ¿Qué?

–                           Hombre, es lógico. El Hombre de Negro trabaja por encargos. Alguien la quiere ver muerta y ha recurrido a él.

–                           Y tú sabes quién la quiere muerta, ¿no?

–                           No lo sé.

–                           ¡Tú sabes para quien trabaja, cabrón!

–                           No. Es información confidencial. Él es una tumba. No cuenta secretos a nadie.

Eric entornó los ojos y miró muy profundamente a el Manitas.

–                           Y tú también. Todos tenéis secretos.

–                           ¿Y tú no?

Eric rebufó y no supo qué contestar. Asqueado, apretó el botón que abría el garaje. Le dedicó una última mirada a el Manitas, una mirada de repugnancia y aberración. Éste sólo se limitó a sonreírle ingenuamente, como quien no se entera del caso. Eso provocó más repugnancia y aberración en el corazón de Eric y le apartó de su vista. Sin perder nada de tiempo se metió en el coche.

–                           ¡TEN CUIDADO QUE NO TE PILLE NADA AHÍ FUERA EN LA CALLE, MOSQUITA MUERTA! – oyó que le gritaba.

Eric musitó unas cuantas palabras indescifrables para el ser humano y volvió a apearse. Entre quejido y quejido subió la rampa y comprobó que no hubiese nadie en esa calle estrecha, donde apenas la luz de las farolas llegaba a alumbrar. Distinguió los contenedores y los apartó. Regresó al coche.

De nuevo en el coche, buscó a el Manitas por los retrovisores y no logró localizarlo. Le pareció vislumbrar una sombra en su pequeña oficina…

–                           Este sitio es de locos – concluyó.

A continuación salió del sitio, recolocó los contenedores y se marchó, sin molestarse en bajar el garaje.  

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Cuarto capítulo Novela negra

IV

 

Levantarse fue cosa de valientes más o menos para Eric. Habiendo sonado el despertador y habiéndolo parado sin ni siquiera abrir los ojos, siguieron un par de horas en los que luchó por quererse levantar y por no moverse. Cuando al final se decidió a levantarse, los ojos ya abiertos, aunque no del todo, entre bostezo y bostezo se desperezó y experimentó un punzante dolor de cabeza que casi le desestabilizó. Él estuvo seguro de que le vino por una sobrecarga de pensamientos y de preocupaciones. Y no sólo porque en las dos horas en las que se había esforzado en levantarse había rumiado en cosas y más cosas, sino porque ya le había costado conciliar el sueño al día siguiente.

La cabeza se le calmó un poco a medida que se sucedieron los minutos. Tras asearse, cambiarse, encender el televisor y coger lo primero que vio en la nevera, se sintió mucho mejor. Vaciló en si tomarse algo, pero al final creyó que el paso de las horas  ya haría su efecto.

Expresar aquí en qué había pensado no valía la pena, pues demoraría mucho la historia y sin duda alguna aburriría en demasía. Sin embargo, podemos aquí transmitir que el pensamiento que rodeó a Eric no era ya si debía matar a su hermana o no. Si bien había rumiado al respecto, en un momento de la noche su cabeza se había dirigido a algo a lo que extrañamente no había prestado atención antes: cómo había llegado hasta la fábrica abandonada. Bueno, esa pregunta no resultaba difícil de contestar, mas lo que le había desconcertado durante toda la noche había sido cómo le habían cazado el Hombre de Negro y sus secuaces, además de qué había estado haciendo él en ese momento, dónde y con quién había quedado. Enigmáticamente, había una especie de agujero negro en la memoria reciente de Eric a la que no lograba acceder. Y pareció dolerse cada vez que lo intentó.

Debía haber alguien que supiese algo en torno a ello. Lo único que sabía era que supuestamente había quedado con Jennifer, algo absolutamente falso y que había servido para que su madre no pudiese sospechar ni para que tampoco se preocupase. Sin lugar a dudas, lo habían maquinado de forma que nada resultase sospechoso, de forma que todo transcurriese en su curso normal. Eric se dijo eso más de una vez y cada vez que se lo dijo se estremeció. De hecho, a cada pensamiento algo así como un martillo golpeó a su esperanza de poder salvarse o de poder engañarlos. Se asemejaba a aquel momento dentro de una partida de ajedrez donde el jaque mate era más que evidente.

Tan sólo se le ocurrió, una vez almorzado y despierto, que podía acudir a su amigo David. Con él siempre solía quedar, y no resultaría nada extraño que hubiese quedado con él en ese fatídico día. Aunque… a decir verdad, tampoco le sonaba que hubiesen quedado. No obstante, como cualquier horizonte en su memoria estaba difuminado, cualquier sugerencia, propuesta o intento valdría. Así que cogió el móvil y le llamó. O no le dio tiempo a contestar o estaba trabajando. Eric nunca recordaba su horario, puesto que variaba semana sí semana también y jamás se aclaraba. Miró la hora: las once y diez.

–                           Le enviaré un mensaje.

Una vez enviado, y como tampoco no le urgía ningún recado, se puso a limpiar y a ordenar un poquito la casa a nivel general. <<Así se alegrará mi madre cuando vuelva.>> Empezó por la cocina, donde los platos del día anterior aún no habían pasado por agua, y pasó posteriormente al comedor y a las tres habitaciones, aunque una ya había sido vaciada por su hermana hacía meses. Se dejó su habitación para la última, consciente de que se entretendría mucho con la dichosa maleta. Y efectivamente, así fue. A pesar de que su cuerpo comenzaba a dar signos de fatiga y de que pensamientos le seducían a que lo dejase ya, cuando apiló todo lo del suelo sobre la mesa no pudo evitar echar un vistazo a la maleta y abrirla. Toda aquella bestialidad de billetes relució ante sus ojos.

–                           No lo entiendo, de verdad. Llevo meses pregonando por un cambio en mi vida, por tener suerte y poder sacar esto hacia adelante, y ahora resulta que ante este amasijo de dinero soy más infeliz. ¿Cuántas veces no he deseado yo algo trágico para mi hermana? ¿Por qué su muerte me espanta? ¿Por qué? Cargármela es muy fácil. Me despido cómo sea de mi madre y me espabilo fuera del país. Y ya está.

Sacó el trozo de papel aquel con escritura del Hombre de Negro en el que se especificaba lo que debía conseguir y a quién debía acudir. En él había también garabatos provocados por Eric mismo, en un momento de locura y desesperación. Había además hecho cruces y subrayado la palabra “coche”. Maldita sea, lo del coche, se maldijo a sí mismo. Definitivamente se convenció de que tenía que adquirir uno. Si podía, que seguramente que sí, se acercaría esa misma tarde a un concesionario para coches de segunda mano pero relativamente nuevos y ya saldría con uno de ellos. ¿Pero seguro que podría ya conducirlo el mismo día? Él ya poseía permiso de conducir (tanto propio como falso) y uno de esos coches ya dispondría de permiso de circulación. El problema yacía en lo del seguro, que tardaría un tiempo para formalizar el contrato.

–                           Eric, no me jodas ahora. Vas a matar a alguien y te preocupas por un puto seguro.

No quería matar a su hermana, sin embargo. Aún estaba dándole vueltas al plan que iba a llevar a cabo, pero no se veía capaz de acometer una atrocidad que dependía de una mente devastadora y enferma. Él no estaba enfermo, por mucho dinero que necesitase. Pero estaba siendo observado, o al menos de eso él podía deducir por ese coche azul del día anterior. Ese tipo seguramente observaría cada uno de sus movimientos y luego se los trasladaría al Hombre de Negro, para tenerlo controlado y para que no se le fuese la olla y se centrase en su misión. Al menos compraría el coche para hacer ver que acataría todas las órdenes. Luego, según pasase el fin de semana, ya trazaría un plan. Pero por el momento, sólo estaba centrado en saber cómo había llegado a las manos de esos criminales.

Recibió la contestación de David poco antes de que su madre arribase. En ella se mostraba tan gracioso como siempre y le informaba de que sólo estaba libre entre las tres y las cinco, ya que luego su novia y él debían presenciar un acto al que habían sido invitados. Eric le devolvió el mensaje indicando que a las tres y media en el bar de siempre.

Su madre arribó mientras él estaba limpiando el suelo del lavabo con una aspiradora. Cuando él fue a recibirla, se la encontró triste y cabizbaja.

–                           ¡Pero mamá! ¡Menuda cara que me llevas! ¿Qué pasa?

Ella suspiró y dejó caer el bolso al suelo. En ningún momento miró a Eric. Pasó por su lado y se desplomó en el sofá. Luego se quejó.

–                           Buf… ¿Me enciendes la tele?

Eric obedeció.

–                           Reventada como siempre, ¿no?

–                           ¿Qué?

Sus ojos estaban enganchados a la pantalla. Eric desistió y se retiró.

Abrió la nevera. Su madre aún no había efectuado la compra, con lo que escaseaba la comida. Eric escogió algo de pasta y verdura entre la escasez. Cuando encendió el fogón, esperó un grito de su madre que no llegó. Normalmente, si él no hacía ninguna tarea de la casa, su madre se quejaba, pero lo bueno residía en que también se quejaba si él se echaba a hacer una de esas tareas, apartándolo y diciéndole que ya lo haría ella, que él siempre lo hacía mal. Él solía espetarle algo, medio en broma medio en serio, y se largaba. Ese día, sin embargo, no gritó nadie. Transcurrieron alrededor de diez minutos hasta que su madre no se dignó acercarse y sólo entonces descubrió que su hijo estaba cocinando.

–                           No hace falta que lo hagas – dijo con un tono de voz muy bajo. Parecía a punto de desplomarse.

–                           ¿Por qué no vuelves al sofá y descansas un poco?

–                           Sólo tengo sueño… No estoy cansada para nada. ¡Me paso todo el día sentada!

–                           Pero te despiertas súper pronto.

–                           También.

A su madre no le apeteció regresar al sofá y preparó la mesa. Ayudó a su hijo a que no se pasase con el tiempo a fuego lento y también a sacar las cosas. Diez minutos más tarde comieron.

–                           ¿Y qué tal la mañana?

–                           Puf… Hoy nos ha llegado una mala noticia. La empresa ha tenido pérdidas y quizá despidan a gente.

–                           ¡¿Cómo?! ¡Pero si hace escasamente tres semanas el director os dijo todo orgulloso que la empresa iba viento en popa!

–                           Tú mismo lo has dicho: hace tres semanas.

Ahí prácticamente se terminó la plática. Hablar de dinero y de despidos puso a Eric furioso, y ya no quiso saber más. Compartieron alguna que otra trivialidad sin importancia que no hace falta transcribir aquí. Se cepillaron sus platos en un periquete y se separaron.

 

 

 

 

Ahora se le daba por observar muy atentamente a las personas que se cruzaban en su camino o que, simplemente, paseaban cerca de él. Jamás habiéndose preocupado de que alguien pudiese seguirle la senda, sus ojos ahora bailaban hacia todas direcciones, sospechando de los más insospechables. Al principio todo comenzó conscientemente, esmerándose en observar su derredor y ser capaz de discernir de quién podía fiarse o de quién podía sospechar; pero luego todo cambió al día siguiente (o sea, ese mismo día): sus ojos volaban solos, sin necesidad de su mente. Era como ese instante de dolor que el cuerpo recibía y que en cuestión de segundos el cuerpo se protegía retirando aquella parte del cuerpo dolida. Sin lugar a dudas, a Eric le sorprendió echarse a “descodificar” a todos los transeúntes que sus ojos interceptaron sin que su mente interviniese.

No le molestó mucho. Sí le molestó, en cambio, que tras saludar a David los ojos se le saltasen incontrolablemente y que leyese tras la cara de todos los que había cerca. Más que nada, fue una sensación muy incómoda que, más allá de si David lo percibió o no, no le permitió respirar tranquilo ni mantener una tranquila charla. Y lo peor fue el presentimiento de que eso sólo era el principio de un sinfín de nuevas calidades que, al menos para él, añadían miseria a su ya paupérrima vida.

–                           ¿Qué pasa tío? – le había saludado David con efusividad, explayando los brazos para saludarlo. Para sorpresa de Eric, iba algo desaliñado y descuidado.

–                           Pues nada – tras abrazarse –. Aquí estamos, neng.

–                           Pues tú dirás, tío. ¿Entramos?

Entonces habían entrado a un bar llamado “Los pirados”, un lugar que para ellos resultaba simbólico, puesto que habían pasado multitud de tardes allí en momentos de hastío, depresión o sencillamente tedio. Al respecto ambos siempre se mostrarían eternamente agradecidos de que hubiese existido un bar así, con un ambiente muy juerguista, dicharachero y distendido. Lo habían descubierto por pura curiosidad (como muchos de los hallazgos de los seres humanos no científicos) y desde entonces jamás habían cambiado de bar, creándose a partir de ese momento un vínculo de unión semejante al de un matrimonio. Habían abierto una estrecha relación con el dueño del local e incluso se habían hecho amigos con algunos de los que se habían pasado habitualmente.

Se habían sentado en la mesa que tantos buenos recuerdos les traía. Siempre procuraban sentarse en esa mesa y no otra. Estaba ubicada en una esquina, y desde ahí podían cotillear y ver a la gente entrar y salir, algo que les entretenía muchísimo. Normalmente se la encontraban siempre deshabitada: o bien los chicos del lugar se la reservaban porque sabían que ahí solían sentarse o bien el dueño intentaba que nadie la ocupase.

–                           ¡Hey! ¡¿Qué pasa, nenes?! – les había saludo el dueño del bar en cuanto los había visto.

–                           Vamos a echar el rato – había respondido David.

–                           Claro que sí.

Había sido en ese momento cuando, ya habiéndose sentado los dos, sus ojos se desplazaron hacia cara tras cara. No estaba atiborrado el sitio, así que no hubo mucho que demorarse. No obstante, de todos los presentes no le sonó la cara de un calvo sentado a la otra esquina, prácticamente tapada por la barra. No le miró largo rato. Aún así, mantuvo el ojo avizor.

Ninguno de los dos no habló hasta que el del bar no trajo las bebidas. Dos cervezas sin alcohol. Solían tener la costumbre de no principiar a charlar hasta que no eran servidos.

–                           ¿Cómo vas? ¿Ha pasado algo?

–                           No… Quiero decir sí. Pero no es nada muy serio.

Entraron dos clientes. Eric no pudo zafarse de observarles detenidamente. Uno le sonaba, el otro no.

–                           Pues tienes cara de estar preocupado. ¿Ya te has metido en líos?

–                           No, no, para nada. Es más bien… una duda que tengo desde hace un par de días.

–                           ¿Qué días no tienes dudas? – se burló, riéndose a carcajada limpia –. Bueno, está bien. Perdona.

–                           Me gustaría que hicieses un trabajo de memoria.

–                           ¿Un trabajo de memoria? ¿Se te ha ido la chaveta o qué?

–                           ¿Me vas a ayudar o no? – graznó, sacando algunos destellos de angustia y desesperación.

–                           Vale, vale. Trabajo de memoria. Guay.

–                           Remóntate… a tres días atrás.

–                           Lunes, ¿no?

–                           Sí, porque hoy estamos a jueves. Creo.

–                           Vale, lunes. ¿Y ahora qué?

–                           ¿Te comenté ese día o antes si iba a hacer algo?

Ahí David se quedó pillado y miró hacia el techo. Estaba recordando, o aparentándolo. Eric esperó con impaciencia. Quizá la intuición le había servido y David podía serle de ayuda.

–                           Pues ahora que lo dices… No me acuerdo. ¿Qué hiciste?

–                           ¡Serás gilipollas! ¡¿Para qué te lo pregunto si no?!

–                           Ah, bueno. Perdona.

Eric suspiró y miró hacia la ventana. De golpe las venas se le enfriaron… y se arrepintió de haber realizado esa acción.

–                           Oh no… – musitó.

–                           ¿Qué? – e inconscientemente miró hacia donde había Eric mirado.

–                           No mires para afuera, anda.

–                           ¿Por qué? Lo has hecho y te has puesto a gimotear.

–                           No he gimoteado.

–                           ¡Anda que no, marica! A ver, qué hay – instó pegando los morros al vidrio.

–                           ¡Pero te quieres estar quieto! – espetó agarrándolo por el cuello de la camiseta y arrastrándolo hacia el lado opuesto a la ventana.

–                           ¿Te has vuelto loco? ¿Pero qué te pasa?

A Eric la situación le incomodó, por cómo agachó la cabeza y por cómo no supo hacia dónde mirar. David en cambio se había enfurecido, prácticamente fuera de sus cabales. Sacando humo por la nariz, se acercó a Eric, y, asegurándose de que nadie les estaba prestando atención, le musitó:

–                           Esta camiseta me la compré hace unos días. No me toques los cojones, ¿de acuerdo? – Pausa. Momentánea –: Oye, déjate de gilipolles. ¿Quién hay ahí fuera?

–                           Aquí no te lo puedo contar. En otro momento. Ahora contéstame a la pregunta en serio: ¿no te comenté nada sobre el lunes?

–                           Nada. Y si comentaste algo, ahora mismo no me acuerdo. Quizá luego con el tiempo recuerde algo. Pero tío, ¿qué te pasa? ¿Es algo gordo?

–                           En otro momento.

A la sazón David eliminó cualquier rastro de voz y habló con los labios. Por los movimientos Eric creyó apreciar que decía: <<¿Te están siguiendo?>> Eric asintió con la cabeza y luego sonrió, estúpidamente. Con una mueca David buscó explicaciones a tal sonrisa, pero Eric hizo que no con la mano.

–                           No te preocupes – le alivió –. Cuando pueda ya te haré saberlo.

–                           ¿Puedo ayudarte en algo?

–                           Averíguame si alguien sabe qué hice el lunes por la noche.

–                           En qué lío te habrás metido…

–                           En uno muy gordo.

Acto seguido, intentó apaciguarse y olvidar que allí estaba de nuevo el coche azul. Porque sí, lo que había visto tras el vidrio había sido el maldito coche azul del día anterior. Definitivamente le estaban siguiendo. Esa idea le acució sobremanera, torturándole. ¿Y si el tipo se hallaba dentro del bar, tomando una copa tranquilamente? El tipo más cercano estaba a tres mesas de distancia.

Lo único que se le cruzó por la cabeza para relajarse fue buscar vías de conversación muy alejadas de la mantenida. No obstante, David no ayudó mucho en la tarea, porque estaba completamente interesado en su problema y no logró centrarse en otra cosa que no anduviese relacionada con el espionaje. Tras tres intentos fallidos, Eric se vio obligado a tirar la toalla y dar un golpe sobre la mesa. Al principio la gente le miró, pero luego consideraron que sería otra de las bromas suyas de siempre y le olvidaron.

–                           No me llames, David. Ya lo haré yo.

–                           ¿Y qué pasa si lo hago? – le desafió, sonriente.  

–                           Que puedes ser hombre muerto. – Le pegó el último sorbo a la cerveza y se despidió –. Ya pago yo. No salgas hasta de aquí un par de minutos.

Se quedó hecho polvo. Apenas parpadeó, ni siquiera habló o replicó. Afortunadamente para él, había resonado con fuerza en su cabeza y había comprendido la situación a la perfección. Acató la orden y no se movió. Eric, por su parte, pagó y se largó.

No pudo esquivar una mirada furtiva al coche azul, allí aparcado, pacíficamente. Reexperimentó la dichosa sensación de que adentro había alguien, pero se convenció de que eso era un bulo. El tipo había entrado al bar y se había tomado una copa. <<Ya le pillaré. Sólo es cuestión de tiempo.>>

Sí, porque… bueno, el que le seguía sabía que Eric sabía de su existencia, pero lo que ignoraba radicaba en que Eric no era tan tonto  como se podría imaginar.

Ni tan previsible como el Hombre de Negro podría creer.

 

 

 

 

–                           ¿Entonces se lo queda? – preguntó el hombre a cuadros. Inconscientemente, se estaba fregando las manos, incrédulo a una posible venta.

–                           Pues sí. Me va a venir de perlas – contestó haciendo que sí con la cabeza, satisfecho.

–                           Pues acompáñame.

Eric se había acercado al primer concesionario de coches de segunda mano que había visto, y, impulsado por una sensación nueva y extraña, se había convencido de que ahí dentro daría con el coche que buscaba. Y así había sido. Tan sólo había necesitado unos pocos minutos para quedarse impresionado por un coche, del que, si bien no era lujoso ni del otro mundo, le había encantado el diseño. Sin tener que pensárselo, había corrido hacia su interior y se había sentido ya dueño y señor mientras probaba las marchas y se imaginaba por las carreteras de Lartos. Ni siquiera había necesitado el asesoramiento de un tipo a cuadros que apestaba a colonia barata y desodorante.

¿Y cuál había sido esa sensación? La desconocía. Tampoco le importaba. Había sido flechazo a primera vista y punto.

Lo mejor de todo fue que su precio no se elevaba demasiado. Para su sorpresa, se había mostrado reacio a creer que algo tan bonito y lujoso pudiese resultar tan barato. No le dio muchas vueltas al asunto, tampoco. De hecho, se congratuló.

El tipo a cuadros, el típico estúpido sin dos dedos de frente, cuya única meta consistía en vender desesperadamente algo sin alma, le llevó a una mesa muy desorganizada y le pidió que se sentase. Una vez hecho eso, procedió a mostrarle toda la información perteneciente al coche y luego detalló el precio y todo el papeleo. Una gran sorpresa se llevó (o una gran alegría, más bien) cuando Eric le informó de que pagaba al contado. El vendedor no abrió la boca mucho, pero poco le faltó para tragarse una mosca. Se le subieron los colores a la cara, y si ya le habían tratado con amabilidad, a partir de entonces le trataron como si fuese el propio rey. Eric ni se sintió halagado ni entró en el juego; simplemente se limitó a contestar lacónicamente todas las preguntas y a llevarse el coche cuanto antes. El vendedor quiso rechazar el que ese mismo día ya se llevase el coche, pero Eric presionó excusándose en que le urgía tenerlo y en que le era imposible esperar.

Así que así fue como consiguió el coche: una tarea muy fácil si tus bolsillos están cargados de billetes. Una vez que salió del lugar con el coche en su poder, experimentó lo que significaba adquirir un producto de alto coste con el movimiento de una mano. Esa simple acción le otorgó algo así como poder, no sólo sobre simples objetos sin corazón, sino también sobre humanos desesperados por vender. Por primera vez fue capaz de entender porqué a tanta gente le tentaba estafar a la gente. Al salir, había tenido ganas de volverse y de engañar a ese pobre frívolo, pero se hizo que no con la cabeza y se alejó con el coche.

Al principio comenzó a dar vueltas por la ciudad como quien no tiene otra cosa que hacer, como quien posee mucho dinero y tiene que gastarlo de alguna manera. Más tarde se dio cuenta de su estupidez y se echó a reflexionar en dónde guardaría el trato. Además, existía algo muy simple: no tenía seguro, por lo que exponerse a las calles por mucho tiempo conllevaba su riesgo. Salió de la ciudad, se paró en una explanada a la que siempre le gustaba acudir en momentos de reflexión o necesidad y meditó.

–                           ¿Adónde? – se inquirió más de diez veces, sin responderse en ninguna de ellas. 

Al final sólo apareció en su cabeza la única persona que parecía haberle ganado confianza en los últimos días. Sin estar muy convencido, se dijo de ir a ver al Manitas, con la esperanza de que al menos le pudiese esconder el coche por una noche. ¿Aún estaría en su taller? Echó un vistazo al reloj: no pasaban de las ocho. Un poco justito.

No obstante le sonó el móvil. Acostumbrado a que en los últimos días se moviese de un lado para otro no le sorprendió que le llamasen. Sin embargo, cuando descubrió quien le llamaba, abrió los ojos como platos y cogió aire.

–                           ¿Hermanito? – balbuceó una voz suave y cansina al otro lado de la línea.

–                           Hola, querida hermanita. ¿Qué hay? – Instantes después se quedó pensando desde cuándo la saludaba tan efusivamente y desde cuándo se molestaba en preguntar por sus cosas.

–                           Pues nada. Esperando a que venga mi novio, que me va a llevar a un restaurante de cinco estrellas. ¿Te lo puedes creer? ¡Voy a entrar en El five! ¿Te lo puedes creer?

–                           Sí, me lo puedo creer. Qué menos se puede esperar de un ricachón. ¡Pues hala, a disfrutar!

–                           Ya ves. – Se paró y pareció quedarse pensativa. Mas en realidad se había puesto a beber un trago –. Oye, ¿te acuerdas de que el otro día te hablé de que necesitaban a un arquitecto?

–                           Sí, me acuerdo. De hecho me lo dijiste ayer.

–                           Qué gracioso – se quejó emitiendo sonidos muy extraños –. Bueno, pues esta mañana he tenido la oportunidad de hablar con su padre y me ha pedido que te preguntase si podías pasarte mañana por la mañana o, a más tardar, a la mañana del día siguiente. ¡Ves como te lo dije! ¡Vas a trabajar para ricachones!  Porque vas a aceptar, ¿verdad? Si no lo haces, dejas de ser mi hermano.

<<Pues no estaría mal. Así me libraría de tener que matarte… >>

Eric restó patidifuso. Rumiando acerca de todo lo que eso implicaba, divisó dos partes muy opuestas. La primera, y la más clara, yacía en que se le brindaba la posibilidad de ahondar en esa familia y quizá descubría detalles que le ayudarían a desembrollar el misterio alrededor del planeado asesinato a su hermana. La otra parte, sin embargo, yacía en que no podía perder el tiempo en visitar a gente. Pensándolo fríamente, apenas le quedaban siete días para satisfacer los deseos del Hombre de Negro. ¡Qué lío! La sensación esa de que el tiempo corría en tu contra le ahogaba a uno.

–                           ¿Hola? ¿Hermanito?

–                           Sí, sí. Estoy aquí. Es que estaba mirándome qué obligaciones tenía para mañana.

–                           Mentiroso. Tú nunca has usado una agenda en tu vida.

–                           Ay, calla, que te lo digo en serio. A ver, en principio mañana podía pasarme. ¿Está muy lejos?

–                           Está algo retirado de la ciudad, pero no te preocupes: le puedo pedir a mi novio que te pase a buscar.

–                           ¡Oh, no! No hace falta, yo mismo me espabilo.

–                           ¡No seas tonto! Por una vez aprovéchate. Además, tú no tienes coche.

Eric paseó la mirada a su alrededor. A punto estuvo de decirle entre carcajadas que sí que tenía uno, pero se lo guardó. En vez de eso contestó:

–                           Está bien… Por una vez me aprovecharé. ¿Así mejor?

–                           ¡Sí! – profirió con esa voz de niña y con esa voz de pito que él siempre había detestado.

–                           Está bien. ¿A qué hora quedamos?

–                           ¿Entonces irás mañana por la mañana? Déjame que lo comente con Filipo y te envío un mensaje. ¿Sí?

–                           De acuerdo.

Ella de despidió, muy contenta. Cuando él colgó, le ardieron unas ganas enormes de lanzar el móvil por la ventana y partirlo en mil pedazos. Afortunadamente, lo soltó y el aparato se cayó al asiento copiloto. Resopló.

Salió para mear. El aire le refrescó mucho. Le calmó además. También le ayudó a meditar concienzudamente. Se preguntó si era buena idea acudir a el Manitas. No se le ocurrió ninguna opción más para su coche. Podía aparcarlo a unas cuantas calles de su casa, pero a él le costaba mucho pensar de buenas a primeras. Siempre necesitaba tiempo para reflexionar. Si el Manitas le hacía el favor, tendría toda la noche y el día siguiente para abordar el asunto y encontrar un sitio adecuado para que pasase desapercibido y del que no le requiriese andar mucho.

Retornó al coche y condujo hasta el taller/tienda de antigüedades de el Manitas. Condujo lentamente, aunque en muchos momentos le tentó pisar el acelerador. Pero recordó que aún no tenía el seguro en su haber. ¡Ay si le paraba la policía! Mientras esperaba que un semáforo se pusiese verde, se figuró una escapada emocionante pero perjudicial al final para él, siendo detenido y arrestado y enjuiciado.

Se encontró el sitio abierto. Se alivió al poder empujar la puerta hacia adentro, habiéndose puesto muy nervioso. Sobrepasó todas las antigüedades, el pasillo y el mostrador, oliendo un extraño tufo que le hizo preguntarse qué demonios se cocería ahí y que le hizo recibir varios escalofríos. Sobrepasó también el lavabo y bajó hasta el taller. No le halló por ningún sitio.

–                           ¿Hola?

Silencio escalofriante. Empezó a girarse sobre sí mismo y aguzó el oído. Más silencio. Fue hasta el coche, oteó por debajo de éste, metió la cabeza en la oficina,… pero ni rastro. Quizá había salido, o quizá… Se imaginó a un Manitas muerto, escondido tras un armario, habiendo dejado tras de sí todo un charco de sangre que su asesino se había olvidado de limpiar.

Sin embargo, en vez de eso, se topó contra algo inesperado y desconcertante. Habiéndose relajado, creyendo que se encontraba solo, una voz desde la espalda le gritó:

–                           ¡No te muevas!

Acto seguido sonó un clic.

Involuntariamente procedió a volverse.

–                           ¡Como te muevas te vuelo los sesos, cabrón! ¡Arriba las manos, donde las pueda ver!

Acató la orden. Muy lentamente alzó los brazos. Las piernas le temblaban, cual a un niño amenazado por niños más grandes. De súbito le urgió hacer pipi. Se sintió ridículo e inexperto. Recordó que la pistola se hallaba escondida en su habitación y se arrepintió de no habérsela llevado. ¡Qué estúpido! Le faltaba tanto por aprender…

–                           Dame una razón por la que no deba pegarte un tiro.

Se le escaparon los argumentos y se le bloqueó el pensamiento. Cerró los ojos. Notaba cómo se le habían formado grandes gotas de sudor y cómo se acumulaban alrededor de sus ojos. Apretó los dientes.

–                           ¡Número 2! – profirió una voz.

Esa voz se asemejó a la voz de un ángel salvador. Mas no abrió los ojos, aguardando.

A lo lejos sonaron unos pasos que bajaban las escaleras. A Eric le pareció reconocer esos pasos, pero, de nuevo, no se aventuró a abrir los ojos. Podía encontrarse con una sorpresa muy desagradable. Prefirió esperar y rezar en lo más hondo de él. Jamás había creído en Dios (y menos ahora que se codeaba con matones y gente sin alma), pero de golpe se había ido al traste toda su filosofía religiosa y necesitaba de un ser superior. Tan sólo le faltó juntarse las manos…

–                           Baja la pistola. Es uno de los nuestros. – Entonces reconoció la voz. Era el Manitas. Seguía bajando las escaleras. 

–                           Date la vuelta. Lentamente.

–                           Número 2, por favor…

–                           Calla. Date la vuelta. ¡Ya!

Se giró sobre sí mismo. Muy lentamente. Abrió los ojos y todo se le antojó que daba vueltas. Buscó unos segundos para relajarse pero no encontró el tiempo para efectuarlo. Se giró… y por poco no volvió a cerrar los ojos. No respingó, no pegó ningún grito, no retrocedió. Restó petrificado. Delante de sí, a no mucha distancia, vio a un hombre que vestía un traje y llevaba gafas de sol. Le estaba encañonando con una pistola grande e imponente. Sonreía, muy anchamente. Disfrutaba apuntándolo, y seguramente disfrutaría matándolo a tiros. Eric no fue capaz de tragar imaginándose muerto. De hecho no hizo nada, aparte de temblar y sudar. Oyó a el Manitas acabar de bajar las escaleras y acercarse.

A pesar de las gafas de sol, pudo distinguir que le estaban observando muy fijamente. Tuvo miedo, mucho miedo. Ese tipo le infundió una sensación asfixiante, y por primera vez la realidad cayó sobre él y le dejó bien claro que, si quería salir adelante y engañar a el Hombre de Negro, debería enfrentarse a tipos como esos. Recordó que cuando, atado a la silla frente a el Hombre de Negro, éste había mencionado los nombres de Número 2 y Número 3, Eric se había dibujado unos “números” con cuerpos de culturista, de aquellos cuyos músculos rompían camisetas y cuyos cuerpos ocupaban media calle. Empero, este Número 2, el Número 2 en carne y hueso, no presentaba un aspecto tan musculoso ni era muy ancho. Ni siquiera era robusto. Básicamente destacaba por su altura. Pero Eric entrevió que su agilidad y su astucia suplantaban con excelencia esa aparente deficiencia de fuerza.

Segundos parecieron minutos. Aguantó como pudo (le pesaban los brazos), hasta que de sopetón Número 2 se partió de la risa. Su carcajada reverberó por todo el taller, y a Eric se le puso la piel de gallina. Se carcajeó largo rato, doblándose y apoyándose a un pilar de hierro. A Eric le aturdió tal actitud. También le desconcertó. Bajó los brazos y se calmó un poco, si bien los nervios no desaparecieron y se hicieron evidentes en movimientos inconscientes. 

–                           ¡QUÉ BUENO! ¡DIOSSSSSSSSSSSSSSSS! ¡CÓMO MOLA!
Se guardó la pistola y se puso a aplaudir. 

–                           ¿Ya estás contento? ¿Satisfecho?

–                           ¡MUCHO! ¡JAJAJAJA!

El Manitas se acercó hasta la posición de los dos (cargaba con un refresco en la mano y su toalla reposaba en su hombro). Cuando estuvo al lado de Eric, posó una de sus dos manos sobre el hombro de éste último. Eric advirtió que el Manitas tenía las manos de grasa, pero el miedo y el desconcierto le impidieron reaccionar. De todos modos, tampoco le hizo falta quejarse: el Manitas mismo retiró la mano.

–                           No le hagas caso – le aconsejó –. Está un poco chalado.

–                           ¿Y tú no? Todos nos acabamos volviendo locos en este mundo.

Número 2 se guardó la pistola, risueño. Marcaba la misma sonrisa que Federico, allí, en la terraza, tras aquel encuentro con el Hombre de Negro. Por lo visto, resultaría todo un ritual en ese mundo del Hombre de Negro. Eric se preguntó si él también se bajaría del burro y caería en esa moda. No quiso averiguarlo.

–                           ¿Estás bien? – se preocupó el Manitas.

–                           Claro que está bien – terció Número 2, burlándose –. Si es uno de los nuestros que le apunten con una pistola no significa nada. ¿Verdad Eric?

Así que, después de todo, el tipo ese había sabido desde el principio quién era. Eric se sintió estúpido e inútil. Ese burlón se había reído de su cara.

–                           ¿Tú eres el que me sigues a todas partes? – desafió Eric inesperadamente.

Sin apartar la sonrisa, contestó:

–                           ¿Seguirte yo? Tengo cosas más importantes que hacer.

–                           ¿Alguien te está espiando? – preguntó el Manitas.

–                           Eso parece.

–                           En este mundo es normal – explicó Número 2 –. Se trata de acostumbrarse. A ver, yo sí que te seguí y observé, pero hace meses. ¡Qué vida más asquerosa y aburrida que tienes, por cierto! No me aburrí ni nada siguiéndote.

–                           No tengo muchos secretos.

–                           Y aunque los tuvieras, a nosotros no se nos escaparía ninguno.

Ambos se miraron, con desdén y desafío. Como los ojos de Número 2 no se apreciaban, supusimos que éste replicó en silencio a la mirada prácticamente visceral de Eric. El Manitas observó todo eso.

–                           Bueno, ¡qué más da el pasado! Brindemos que ahora todos estamos en el mismo barco. ¿Alguien quiere un trago?

La escena de dos pistoleros observándose (aunque a uno le faltaba el arma) trajo silencio al ofrecimiento de el Manitas. Seguramente acostumbrado a númeritos como esos, dejó que el río fluyera.

–                           Bueno, debo irme – anunció Número 2 –. ¿De momento todo bien Eric?

–                           Claro. ¿Qué podría pasar?

–                           Que te pasases de listo. He tratado con tipos como tú y os creéis los mejores. No me caes bien, ¿me oyes? Ya se lo hizo saber al Jefe y se lo seguiré diciendo, hasta que te pudras en el infierno. Y ya me encargaré de triturarte yo mismo.

–                           No hará falta. Cuando cumpla la misión desaparecerá del mapa.

Otra vez Número 2 se carcajeó, y esta vez tuvo que cogerse las gafas para prevenir que se fuesen al suelo. Eric distinguió unos ojos verdes oscuros, los cuales, junto a su rostro “de robot”, se asemejaban a los de un ser no humano. Pero Eric apenas prestó atención a los ojos. Tenía clavadas en la cabeza las últimas palabras de ese chalado. Prácticamente había dicho lo mismo que el Hombre de Negro en la terraza de la discoteca. ¿Quizá ya habían previsto…?

–                           ¿Desaparecer tú? Al contrario. El Jefe te usará más.

Con un gesto se despidió de el Manitas y le susurró algo a la oreja. Presto le guiñó el ojo a Eric y se marchó. Eric apenas reaccionó.  

Por la forma cómo salió quedó evidente que Número 2 provocaba menos ruido que un gato al andar. Sin girarse, Eric intentó escuchar sus pasos en la medida que pudo, si bien su cabeza era un hervidero de pensamientos y preocupaciones. Apenas advirtió nada. 

Eso le acabó por congelar.

Al final desapareció, o a Eric eso le pareció, ya que no hubo justificación alguna. 

–                           ¿Estás bien? 
            Eric reaccionó cual quien se ha recién despertado. Dedicó a el Manitas una mirada inocente y carente de perversidad. Éste le sonrió, mientras se rascaba la barriga y las partes bajas.

–                           Eric…

–                           Sí, sí. No pasa nada.
            Buscó una silla. Localizó una cerca del coche destartalado. Se encaminó hacia allí y se sentó. El Manitas, previendo de qué iba todo, fue a por una silla también.

–                           Un tipo duro Número 2, ¿verdad?

–                           Buf…

–                           Bueno, es lo que hay. En este mundo asqueroso este tipo de gente es la que vale. 

Eric no escuchaba y el Manitas se percató. Lanzó sus guantes grasientos al coche, e increíblemente acertó en colarlos por una ventanilla. Eufórico, exclamó un ¡sí! que buscó la complicidad de Eric, quien no reaccionó. Tan sólo le contempló con ojos cansados.

–                           Le das demasiado tú al coco. Madre mía, creo que eres el primero que piensa más que dice. Mira que llevo años manchándome las manos con tipos que derraman sangre, pero tú… Tú tienes pinta de ser un tío muy listo. ¿No estarás pensando en jugarle una mala pasada al Jefe?

–                           No. Pero no puedo matar a mi hermana.

–                           Entonces ya le estás jugando una mala pasada. 

–                           ¿La matas tú?

–                           A mí no me han mandado matarla. ¿Quieres que volvamos a lo de ayer?

–                           No, gracias.

–                           Necesitas aclararte, despejarte las ideas. No luches contra la marea: te arrastrará y te devorará. Hazme caso.

Eric asintió, aunque no aparentemente convencido. El Manitas no insistió más. Pero plegó las manos, esperando. 

–                           ¿Aquí la gente no tiene nombre? – inquirió tras unos segundos de silencio.

–                           Por supuesto que no. En este mundillo no puedes tener nombre. Eres un don nadie. Te ves con alguien, lo tratas, obedeces, cumples con el deber y te vas a dormir. Tienes una doble vida. ¡Como los superhéroes! Pero nosotros no llevamos mascaretas. 

–                           A excepción de el Hombre de Jefe. ¿Por qué se molesta en…?

–                           ¿…en llevar todo ese disfraz? Porque le aporta protección. 

–                           ¿Protección de qué? 

–                           De la justicia. 

–                           Un día lo pillarán.

–                           Lo dudo. Si no lo han hecho ya, lo más probable es que no lo consigan nunca.

–                           Me imagino que sería una putada para ti si lo pillasen.

Caviló al respecto. Se alborotó su poco pelo rizado, oteando al techo.

–                           Me la suda, sinceramente. Cuando ya te has manchado de sangre y te has librado, no te importa mancharte otra vez. 

–                           ¿Has matado alguna vez? – El Manitas dijo que no con la cabeza –. ¿Y no te molesta saber que proporcionas material para matar?

–                           Regresas al tema de la moralidad. Siempre regresas a eso. Creo que la próxima vez que lo menciones te pegaré una descarga.

–                           Perdón…

–                           En fin. A ver, que se hace tarde. ¿Para qué has venido?

Extrañamente el Manitas borró cualquier rastro de alegría de su rostro, endureciéndose. Eric apreció que la seriedad le otorgaba un aspecto tenebroso. Además, también le hacían asemejarse más a un indigente. Su poca asiduidad a afeitarse y su aspecto desaliñado y grasiento alentaban a ese sensación. Él le observó muy cuidadosamente.

–                           Vivir en una isla. – Pero el Manitas no sonrió –. No, en serio. Hoy me he comprado el coche y no sé dónde meterlo. No es plan de aparcarlo en mi casa y que mi madre me vea y me empiece a preguntar.

–                           ¡Qué detallista! ¡Sólo se te ha ocurrido la casita de Papito Manitas!

–                           Jeje. Te prometo que sólo será hoy. Es tarde y no se me ocurre ningún sitio. Esta noche lo consultaré con la almohada.

–                           No sé, no sé,… Déjame ver. – Paseó la mirada por todo su taller. – Quito unas cositas. Un segundo.

Se dirigió a una esquina en la que el polvo anidaba. Allí yacían escampadas herramientas de trabajo, la mayoría de ellas oxidadas o con mucha necesidad de un trapo. El Manitas se agachó y comenzó a recogerlas. Eric no prestó ayuda, ni siquiera se ofreció o preguntó. A el Manitas no pareció importarle. Éste apartó todas las herramientas y las dejó junto a un pilar que se hallaba cerca. Por un momento desapareció de la vista de Eric y éste temió que se hubiese marchado o que fuese a por una pistola. Afortunadamente, volvió a avistar sus pelos rizados y grasientos.

–                           Tráemelo – dijo al fin.

–                           ¿Cómo llego hasta la puerta? – inquirió señalando la única por la que podían acceder los coches.

–                           Ah, sí. Tienes que dar la vuelta a la calle. Allí verás unos cubos de basura. Apártalos. Luego ve hasta la pared y pica.

–                           De acuerdo.

Sin demorarse, salió del sitio y se metió en el coche. Al sentarse le invadió una sensación placentera.

–                           Yo con coche ya. Quién me lo iba a decir hace una semana.

Acarició un poco el volante antes de ponerlo en marcha. Luego procedió a dar la vuelta al bloque. Conduciendo muy despacio, descubrió que el Manitas se había olvidado de mencionar que la calle de atrás casi no era una calle, por su estrechez. Se figuró que esa calle básicamente serviría para que furgonetas se pasasen para repartir sus mercancías. Pero casi ni las furgonetas cabían apenas. Con mucho miedo, recorrió muy lentamente hasta ver un par de cubos de basura, de los que imaginó que el camión de basura no pasaría a recoger en esa misma calle sino que lo haría en la calle que se le cruzaba. Se apeó y los apartó, no sin antes comprobar que no merodeaban curiosos cerca. Al pasear la mirada entendió por qué el Manitas no se había molestado en pedirle precaución; no hacía falta, ya que estaba muerta la zona, especialmente anocheciendo.

Lo que vino a continuación le desconcertó un poco. Tras los cubos de basura vino la pared, embellecido por un graffiti tan grande como extraordinario. No le convenció eso de que tuviese que picar tres veces. Habría gato encerrado. ¿O…?

Le habían ocurrido cosas tan increíbles y pasmosas que ya se podía creer cualquier cosa. Se acercó a la pared y se echó a tocarla. Le dio la sensación de sólo estar tocando pared. ¿Cómo iba a picar? Flipando, se sintió un estúpido cuando cerró el puño y se dispuso a picar. Picó tres veces, perjurándose que no serviría de nada. Y efectivamente, no ocurrió nada. Pero no ocurrió nada en los primeros segundos. Al minuto o así Eric oyó que algo se movía. Increíblemente, Eric comprobó cómo ese graffiti que mostraba una mujer fumando en pose sugerente fue deformándose hasta empezar a aparecer el taller de el Manitas por debajo la rampa. Asombroso.

–                           ¿Has visto un fantasma? – le preguntó el Manitas –. ¡Mueve el culo, anda, y mete el coche!

–                           Ehm… Sí, sí, perdona.

Se había dormido en los laureles.

Cruzó la rampa. El Manitas, entre tanto, colocó los cubos de basura a su sitio original y bajó la puerta-pared estirando de una cuerda que colgaba. Acto seguido con la mano le indicó que frenase y que le dejase meterse y aparcarlo en una esquina.

–                           Chulo el carro. ¿Cuánto te han pedido?

–                           Ocho mil. 100 caballos, cuatro años, diesel. Me ha gustado mucho.

–                           Buena elección – le felicitó –. No llamarás la atención. Me extrañaría que algún madero te hiciese parar.

Se metió en el coche y lo dejó a un lado. Luego con la mano le pidió que se acercase.

–                           ¿Lo necesitas mañana por la mañana?

A Eric la pregunta le pilló la sorpresa y no pudo evitar abrir los ojos como platos.

–                           ¿Por?

–                           Me gustaría trucártelo un poquito. Ponerte unas cositas que te harán muy bien.

–                           ¿Como qué?

–                           Como un detector de coches de maderos.

–                           ¿Existen?

–                           Para el Manitas muchas cosas impensables existen.

–                           Todo tuyo. Me pasaré por la tarde.

El Manitas afirmó con la cabeza, con un semblante serio y recto. Eric recordó a el Manitas que le había preguntado a qué había venido, a el Manitas que había endurecido su rostro, y entendió que tocaba desaparecer. Tendiéndole la mano, se despidió de él.

Ya prácticamente las farolas alumbraban las calles, tan solitarias en esa zona como cualquier día de agosto en una ciudad pequeña.  Eric tuvo la suerte de que tal cual llegó a la parada de autobús el vehículo de transporte, el basto y largo vehículo de trasporte, hizo su aparición. Unas pequeñas gotas le cayeron sobre la cabeza justo cuando subía.

Esa tarde él llevaba unos pantalones de pana con unos bolsillos enormes. Hurgó la mano en ellos y notó muchos billetes en su bolsillo. Rememoró entonces el momento en que había efectuado el pago del coche, tendiéndole al estúpido vendedor un gran fajo de billetes. El muy estúpido no le había preguntado por qué demonios llevaba tantos billetes en el bolsillo. Otro quizá hubiese iniciado un cuestionario y, quizá, hubiese dudado en si llamar a la policía o no. Pero a ese no le había importado ni un comino. Tan sólo había babeado en cuanto los billetes le habían brillado en toda la cara. Eric sonrió por detrás de la ventana, viniéndole una auténtica descarga de vibraciones placenteras en sus carnes. Otra vez ese poder…

Mas instantáneamente después pensó en el Manitas y en el trucar del coche. ¿Qué le pretendía meter? Eric se juró que en cuanto se llevase el coche a un escondite en el que aún debía pensar llamaría a un colega que conocía de hacía mucho tiempo para que le chequease el coche de arriba abajo. No podía olvidar que el Manitas trabajaba para el Hombre de Negro y que éste quería ver a la chica muerta. Esto podía implicar que en su coche mañana hubiese todo tipo de cables y máquinas que le hiciesen localizable.

Se arrepintió enormemente de habérselo llevado.

–                           ¿Por qué yo…? – susurró.

¿No podía haber previsto el Hombre de Negro que él estaba incapacitado moralmente?

Faltaban piezas en el puzzle. Muchas piezas. 

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Tercer capítulo Novela negra

III

Los rayos de sol por fin regalaron a los ciudadanos de Lartos un día más alegre y sonriente. El frío no castigaba con tanta fuerza como al día anterior y algún valiente había salido a la calle en manga corta. La mayoría de la gente, sin embargo, no vestía tan a la ligera y se precavían con ropas más alargadas y gruesas.
Las calles estaban sucias, por lo contrario. La lluvia intermitente del día anterior había dejado bastantes charcos tanto por la acera como por la carretera. Andar, definitivamente, no resultaba un placer, en absoluto. Aún así, se podían localizar muchas personas paseando a sus perros, quienes, con su inestimable ayuda, contribuían a una mayor suciedad con sus meadas y sus “adornos”.
A las diez de la mañana la actividad ya era frenética. Las tiendas habían escasamente abierto sus puertas; los transportistas corrían de un lado a otro con sus paquetes y sus pedidos; muchos se iban a la universidad, otros a trabajar; muchos también vagabundeaban en búsqueda de trabajo, ya que los malos tiempos azotaban el bienestar general. En general, no había calle donde no transitase transeúnte alguno, sólo alguna de aquellas calles oscuras en las que nadie se atrevía a pasar por miedo a ser atacado.
Eric caminaba por una de las avenidas principales de Lartos. Él también se había contagiado del buen día y llevaba puestas unas gafas de sol. Cualquiera que le viese en ese momento musitaría que el chulo de barrio ya se había levantado. Pero él no era ningún chulo, y uno se percataba de ello en cuanto tenía un primer contacto con él. La razón por la cual Eric se estaba protegiendo los ojos yacía en el simple hecho de que había dormido muy pocas horas. Efectivamente, había conocido a una chica y se había permitido el lujo de acompañarla a casa, aprovechando que él no tenía vehículo con qué regresar a casa. Como mínimo hasta las cuatro y media no se había tumbado. Y pocas horas después, ¡levantado de nuevo! Uno a lo mejor se preguntaba cómo lo habría conseguido con un maletín repleto de billetes cerca de su lecho. Veamos.
Entró en una cafetería y se tomó algo. Leyó el diario, entre tanto. Fue testigo de las mismas desgracias que azotaban al mundo día tras día: paro, desconfianza, falta de soluciones, desesperación, casos extremos,… y nada resultaba nuevo ni diferente. De hecho, le daba a uno la sensación de que se vivía estancado en el tiempo. Eric, algo furioso por lo que estaba leyendo, ronroneó entre leves bramidos por qué demonios se molestaba en leer esa basura. Luego, cuando el reloj le indicó que debía ponerse en marcha, pagó y se dirigió hacia un local dos puertas más allá de la cafetería. Allí descubrió que ya habían abierto el sitio, por lo que entró.
Se trataba de un local con dos personas trabajando dentro, tras ordenadores. Además de ellas había sentado un viejo que se estaba quejando. La rubia que lo atendía, con el pelo rizado y embarazada, lo controlaba como podía. La otra chica, una tiarrona robusta, observaba la situación con diversión y regocijo, con una revista de viajes entre sus manos. A Eric le costó hacerse presente en ese alboroto. Tuvo que carraspear en varias ocasiones para que la tiarrona se cerciorase. Ella pegó un ligero respingo cuando se cercioró. Y automáticamente se le dibujó una sonrisa más falsa que la concepción de que la Tierra tenía forma de pizza.
– ¿Qué deseas?
Deseaba cosas pornográficas con ella.
– Buscaba al señor Rodrigo.
– Está ahí dentro, pero ahora mismo está ocupado.
– Me puedo esperar; no hay ningún problema.
La tiarrona le había señalado una puerta que se hallaba al final de todo y que daba a una pequeña oficina que a primera vista parecía más caótica que la habitación de un bohemio. Adentro el hombre por el que había preguntado estaba sentado, con el teléfono pegado a su oreja. Estaba gesticulando mucho con la mano, como si probase de comunicarse así, estúpidamente. Eric, arrastrando los pies, se sentó en unas de las sillas azules que había junto a la pared.
En los diez minutos que se vio obligado a esperar le dio tiempo de sobra para enterarse de que el viejo se estaba quejando por un mal servicio en sus últimas vacaciones. Durante todo ese tiempo, Eric anheló tapones para los oídos, pues el hombre ese sólo estaba escupiendo bobadas. Pero al fin y al cabo se dijo que no era más que una persona mayor al que ya la cabeza no le bailaba muy bien.
Posteriormente, en cuanto vio que Rodrigo colgaba, se incorporó y no perdió más tiempo, sobre todo porque había otra persona esperando sentado al lado, quien seguramente había venido con el mismo propósito que él. Llamó educadamente a la puerta y le dejaron pasar. Rodrigo se levantó – un hombre trajeado, elegante, atlético, con el pelo excesivamente engominado y que apestaba a colonia –, tendiéndole la mano. Eric saludó.
– Tú debes de ser Eric.
– En efecto.
– Bien. Toma asiento, por favor.
Rodrigo, a continuación, usó el ordenador para imprimir una hoja, la de un CV.
– Veamos… Vaya. Eres licenciado en arquitectura. Una carrera difícil, según me han dicho.
– Bueno, más o menos. Cuesta, pero con esfuerzo todo se consigue.
– Eso dicen. – Prosiguió con la lectura –. Veo que no has trabajado mucho tiempo en ninguna empresa.
– Tiene una explicación. Como puede comprobar, sólo he trabajado en veranos. El estudio de la carrera me ocupaba mucho tiempo y me era inviable compaginar los estudios con el trabajo. Gracias a mi madre pude dedicarme íntegramente a la carrera.
– Y no has tenido suerte por lo visto.
Eric no contestó con ninguna palabra, sino que movió la cabeza de izquierda a derecha. Cada vez que le preguntaban eso se ensombrecía su rostro y su espíritu se apagaba. Rodrigo pareció fijarse y no ahondó más en el tema.
– ¿Cómo tienes tu disponibilidad? Aquí pone que en cualquier hora del día. ¿Sigue siendo así?
– Sí.
– De acuerdo. – Apuntó algo en la hoja –. Bueno, te explico. En aproximadamente dos semanas Jennifer, la chica rubia de ahí, se dará de baja por maternidad. Estamos ahora buscando una persona que pueda suplirla mientras ella esté de baja, lo que significa que la persona que contratemos tendrá un contrato temporal y no indefinido. Remarco esto porque si no después la gente lo malinterpreta y me montan un escándalo sin tener razón. Contrato temporal. ¿De acuerdo? Jennifer estará alrededor de ocho meses de baja, así que calculo que ése sería el tiempo laboral. ¿Algún problema con eso?
– Ya lo vi en el anuncio.
Rodrigo asintió con la cabeza. Algo en sus ojos transmitía simpatía y se sinceraba abiertamente con ese chico apesadumbrado.
Actos seguido, él procedió a explicarle detalles del trabajo en particular de lo que Eric ya era consciente y también cualidades imprescindibles: conocimientos de ordenador (no muy experimentados) y don de gentes. Le aseguró que no debía preocuparse en relación a ese programa que usaban para buscar vuelos y para hacer reservas, con todos esos simbolitos tan extraños, puesto que, sabiendo de ordenadores y poseyendo una carrera, en teoría no deberían presentarse problemas para aprender su funcionamiento en poco más de dos jornadas laborales. Además, añadió, cuando se empezase a trabajar no vendría mucha clientela, con lo que habría mucho tiempo para aprender. Eric escuchó con mucha atención, sintiéndose como emocionado, ya que llevaba algunas semanas sin personarse en una entrevista. Añadido a esto, tenía el fuerte pálpito de que sus cualidades correspondían con las exigidas, así que por primera vez se imaginaba en el lugar de Jennifer y trabajando.
Al cabo de poco estrecharon manos y se despidieron. Eric irradiaba felicidad por todo su rostro. Rodrigo le aseguró que en pocos días recibiría una llamada de él tanto si era un sí como si era un no. Después, ya cuando Eric se dirigía a la salida, oyó cómo Rodrigo llamaba al que había estado sentado a su lado, un tal Miguel.
Al salir hubiera estallado de alegría si no hubiese sido por algo que le llamó mucho la atención. Se trataba de un coche que había aparcado al otro lado de la calle. Un coche azul, largo, bastante caro a simple vista. Todas las ventanillas se hallaban cerradas, pero a pesar de su tono oscuro le pareció distinguir a un hombre en el asiento del conductor, y además le pareció distinguir que él era el centro de las miradas de ese supuesto hombre. Toda aquella alegría que quería estallar quedó en nada y fue rápidamente suplantada por el miedo.
<> Pero aún así no logró quitárselo de la cabeza, y cuando principió a irse en dirección a casa, notó como que le seguían. Sin embargo, al cruzar la esquina, se volvió, para encontrar que sus sospechas habían ido mal encaminadas. En cambio, se sorprendió al descubrir que la portezuela del coche que le había llamado la atención se cerraba de golpe.
¿Y lo mejor de todo? Que nadie había salido del coche. ¿Quizá iba a salir pero no quería ser visto por Eric?
Quizá. Mas no ardió en deseos de saberlo. Salió pitando.

– Esta noche vendrá tu hermana. Espera. Ya te lo dije ayer, ¿no?
– Sí.
– Estoy algo olvidadiza últimamente.
Eric se pasó por el comedor para poner la mesa y colocar los platos, vasos y cubiertos necesarios. Los últimos coletazos del sol matutino abandonaban ya parte del comedor, sólo iluminando el balcón. La ventana estaba abierta: la temperatura había subido un tanto y en casa tenían calor. Eric, a la espera de que su madre terminase de preparar la comida, se asomó.
Mientras esperaba, contempló una escena que posteriormente le hizo reflexionar. Junto a la entrada de un portal, una abuela y su nieta, ya crecidita, discutían. Nadie reñía a nadie ni nadie estaba enfadado con nadie, pero Eric entendió que la abuela buscaba convencer a su nieta de que aceptase algo. ¿Dinero? Cabía la posibilidad. Pusiéramos que el tema central era el dinero. La abuela daba constantes golpecitos a la palma de la nieta, mas ésta se negaba a aceptar lo que fuese. La abuela, no obstante, era de armas tomar, insistiendo hasta la muerte. Al cabo de un par de minutos, y probablemente algo presionada por estar a la vista de muchos, cedió, con lo que la abuela pudo ponerle (y esta vez Eric pudo divisarlo con perfecta claridad) una especie de medallón. La abuela, muy satisfecha, dejó a su nieta en las escaleritas de la entrada con cara de pocos amigos, sulfurando. Tras esto, Eric no vio más, debido a que su madre le informó de que la cena ya estaba preparada.
– Estaba pensando en ir a visitar a mis abuelos uno de estos días – anunció a su madre después de sentarse y servirse la bebida.
– ¿Ah sí? ¡Qué sorpresa! ¿Y qué te lleva a hacerlo?
– Bueno, nada en particular. Aunque quizá les pregunte algo.
– ¿No lo puedo saber?
– No es importante.
A la sazón, se dispusieron a comer. No comieron de hecho: devoraron. Ambos tenían un hambre canina, especialmente Eric, quien aún parecía sufrir los efectos de la droga del día anterior y de todo el ajetreo. Su madre, aún así, no se quedó corta. Devoraron en silencio, como solía ser costumbre entre ellos. Por la noche sería absolutamente diferente, ya que la presencia de “la niña de la casa” cambiaría las cosas. A ella le chiflaba hablar, comentar y rumorear, aparte de que no soportaba el silencio. A ellos, en cambio, no les molestaba. De hecho, se comunicaban más gestualmente, e incluso se entendían mejor de esa manera.
Sin embargo, Eric no pudo terminarse la comida.
– ¡El móvil! – profirió su madre – ¿No es tu móvil lo que está sonando?
– Sí.
Salió disparado. Cuando contestó, a punto estuvo de que le saltase el contestador automático. Saludó y preguntó <> jaleando. Una voz grave que al principio no reconoció pero que luego le vino a la memoria respondió al otro lado del celular:
– ¿Eric?
– Sí, soy yo.
– Hola, soy Rodrigo. El de…
– … el de la agencia de viajes.
– Sí, ése. Perdona que te llame a estas horas. ¿Molesto?
– Estaba comiendo, aunque da igual.
– Seré breve. Escucha, que ya tengo decidido quién ocupará el cargo de Jennifer.
– ¿Tan rápido?
– Sí, bueno. No había muchos pretendientes, extrañamente. – Su voz temblaba; le costaba sudor y sangre expresarse –. Sólo erais… tres. Bueno, a lo que iba, no lo alarguemos. Que lo siento, pero que no vas a trabajar con nosotros. A pesar de que cumplías parte de los requisitos y de que habrías hecho el trabajo muy bien sin lugar a dudas, uno de los entrevistados coincidía con lo que buscábamos. Así que… bueno… lo siento… Te deseo suerte y espero que encuentres algo de aquí poco. ¿Sí? Adiós
Y colgó. Eric, a continuación, se miró el móvil con cara de bobo. ¿Qué demonios? Ni siquiera le había dejado contestar o despedirse… Y, además, se le había trabado la lengua en más de una ocasión y se había acelerado al hablar. Algo no le olió bien a Eric, y sospechó de que Rodrigo le había mentido. ¿Pero por qué?
No supo qué pensar. Se dijo de llamar y pedir explicaciones, pero en vez de eso dejó el móvil sobre la cama, echó un vistazo a la maleta (que seguía donde siempre) y se reincorporó al comedor.
– Hijo, ¿quién…? ¡Pero bueno! ¡Estás más pálido que un muerto! ¿Qué ha pasado?
Silenciosamente, Eric se sentó, arrepintiéndose de no haberse pasado antes por el lavabo. Su cabeza era todo un hervidero de ideas y conjeturas. Entrecruzándose, todas asestaban golpes demoledores sobre él.
– Me acaban de llamar de la agencia de viajes.
– ¿Qué agencia de viajes?
– ¡A ver! – se medio desesperó –. ¿Por qué diablos me he levantado pronto esta mañana?
– Ah, sí, sí. Perdona, tengo la memoria algo mal. – Se disculpó con una sonrisa supuestamente dulce, mas no produjo ningún efecto sobre él –. ¿Y qué te han dicho?
– Que no me escojen, que hay alguien mejor que yo para el puesto…
– Ay, vaya. – Se incorporó, se acercó y le abrazó.
– No pasa nada. Ya encontraré algo como sea.
Su madre ya había acabado la comida y estaba con el postre. Por consiguiente, al cabo de nada ella ya se retiró cuando a él aún le faltaba un poquito. Fue a la sazón cuando se echó a rumiar al respecto, sin sonsacar conclusión alguna, sólo experimentando rabia y frustración. Luego, cuando ya lo quitó todo de la mesa y se descubrió con que no tenía ni idea de cómo ocupar su tiempo, el nerviosismo y la desesperación le obligaron a echarse un paseo. Salió a que le diese el aire. Al principio no le sentó bien, pero con el tiempo una sensación fresca y agradable empezó a expandirse en su interior.
No obstante, pensamientos deambularon por su cabeza, inevitablemente. Absorbieron tanto su atención, que en una ocasión casi se estampó contra una farola y en otra su ojo cazó el mismo coche azul que había visto por la mañana. Cuando eso ocurrió echó un paso para atrás y abrió los ojos como platos. Le tentó el girarse y correr, pero algo le susurró que eso sería una mala idea. Fingió no haberse enterado y siguió hacia adelante. El coche se encontraba aparcado a unos pasos más allá, al otro lado de la cera. Se encontraba igual que antes, con las ventanillas cerradas pero con alguien ahí dentro. O a Eric le pareció que allí había alguien. Se estremeció más y más a cada paso que efectuó. Probó de mantener la cabeza bien alta, aunque le costó. A veces el ojo se le desvió hacia la derecha, ligeramente. Empero, le ayudó en cierta medida el que a la izquierda hubiese un mostrador por el que interesarse. Actuando algo mal, le dedicó algo de atención a los maniquíes y a la ropa que en realidad no le gustó nada. Rápidamente, por el vidrio vio el coche azul y por mucho que se esforzó no logró atravesar el cristal de la portezuela. Sin embargo, notar que alguien pudiera estar observándote sin saberlo a ciencia cierta le molestó en gran medida, hasta el punto de querer gritar.
Se apresuró para salir de ahí. Hasta que no dobló la esquina no se percató realmente de dónde estaba exactamente. Para sorpresa desagradable para él, se descubrió a pocos pasos de su portal. Los pensamientos no habían hecho más que llevarlo a efectuar una vuelta a la manzana. Eso no le inquietó, pero sí la presencia de ese coche a la vuelta de la esquina. ¿Era coincidencia que estuviese aparcado cerca de su coche? ¿O tras la visita a Rodrigo…?
Entonces ató cabos. Asustado, corrió hasta su casa.

No le extrañó que en el local de antigüedades el Manitas no estuviese presente. Sin molestarse en curiosear los objetos, se encaminó directamente hacia el mostrador, el cual, por mucho que se escudase el Manitas, estaba colocado en muy mala posición (por muchas cámaras que hubiese). Eric echaba fuego por todas partes, y a pesar de su poco pelo, ya involuntariamente apuntando hacia todas sus direcciones, uno podía imaginarse qué ardor se había apoderado de él.
Abrió el lavabo. Pegó tres fuertes golpes a la pared con los nudillos.
La espera se demoró más de los pocos segundos que él había esperado. De brazos cruzados, respirando agitadamente, le vinieron ganas de destrozar. Incluso cuando el Manitas giró la pared, entre expectación y asombro, éste retiró algo la cabeza por miedo a cualquier locura.
– ¡Hey, tío! ¡Qué pasa con esa cara que me llevas! ¿Pasa algo?
– Vamos abajo.
El Manitas se quitó un guante lleno de grasa y le ofreció la mano. Eric se la estrechó con desgana, pero con mucho vigor. El Manitas esbozó un gesto de dolor, aunque intentó disfrazarlo con una mueca. Buscó algo entre los ojos de Eric. Presto desistió y le condujo al taller.
Al igual que el día anterior, en todo el medio yacía un coche en parte desmontado, sin ruedas ni una puerta, además del capó y maletero abiertos. ¿Planeaba una huída? ¿O quizá para el Hombre de Negro? Ya encontraría tiempo más tarde para preguntárselo.
Se quitó el otro guante y, cual desganado, los lanzó hacia la mesa empotrada, larga e interminable. A continuación se dio media vuelta y se sentó sobre la mesa, apartando cuchillos y chatarra. La mirada que le dedicó le indicó a Eric que realmente no era muy bien recibido. Si bien la sonrisa aún seguía en la cara de ese gordito y bajito con pelos a lo científico loco, entre las manchas de grasa en su rostro y su ropa hecha algo jirones uno podía arriesgarse a comentar que le habían cogido en un momento inoportuno.
– Tú dirás – pronunció.
A la sazón Eric desprendió toda la rabia. Tal como a él le gustaba hacer cuando estaba muy inquieto, principió a caminar en círculos, con las manos extendiéndose hacia muchas direcciones. Entretanto, le dio al pico.
– ¡¿Por qué yo?! ¡¿Y por qué mi hermana?! No puedo soportarlo, no puedo. Tengo que decirle al Hombre de Negro que no puedo hacer algo así.
– ¿Y qué tienes que hacer?
– ¡Matar a mi hermana!
El Manitas emitió un sonido parecido al de alguien que se ha hecho daño.
– ¿Has visto tu reacción? ¿Quién podría matar a su hermana? Que no, que está chiflado ese tío. ¿Que tenga que matar a mi hermana? Me joderá, pero al menos no yo no lo habré hecho. Yo… yo… yo quiero una vida normal, con trabajo y familia. Sólo eso. ¿Por qué cojones tenía que aparecer ese chalado?
Se encogió de hombros.
– ¿Y a ti te da igual todo esto? ¿Que le des la arma a un tipo para matar a su hermana? ¡No hay moralidad!
– La moralidad no existe aquí, Eric. ¿Eric era? – Él asintió muy agitado –. Mira, respecto a lo de las hermanas. Yo sé de una vez que el Hombre de Negro le pidió a uno matar a su hermano. Y el tío, ni corto ni perezoso, lo mató al cabo de poco.
– ¿Le pillaron?
– Cualquier hombre que trabaja para el Hombre de Negro jamás es cazado. En ese aspecto trabajamos de puta madre. – Se puso en pie con un pequeño salto –. Escucha, tu destino ha sido sellado. Podrás odiarlo, podrás detestarlo, pero es lo que hay. Recuerda que dijiste que sí. ¡Haber dicho que no! Pero es lo que tiene el dinero.
– ¿Entonces por qué me están siguiendo? Hay un tipo con un coche azul que me sigue a todas partes. Lo he visto dos veces hoy, y ahora que lo sé lo veré aún más.
– Tómatelo como tu ángel de la guarda.
– ¿Mi ángel de la guarda? Si el muy cabrón me ha quitado un trabajo.
– Claro. Ya tienes uno.
Quiso decir algo, pero giró la cabeza hacia un lado y apretó los puños. También apretó los dientes.
– ¿No se le puede devolver el dinero y que él busque a otro?
– No. Si te ha escogido a tú, es que tú eres el más adecuado. Además, sabiendo de nuestra existencia, ¿acaso te callarías? No me seas iluso.
Como aburriéndose, se alejó, no sin ponerse los guantos de nuevo. Cogió unas herramientas y se puso a trabajar de nuevo.
– ¡Pues se ha equivocado conmigo!
– Él nunca se equivoca.
– Pues voy a demostrárselo.
El Manitas se detuvo.
– Oye, que te quede este consejo bien metido en tu bonita cabecita: nadie se mete con el Hombre de Negro. Te metes con él y te estás metiendo con todos, incluyendo a mí. Es más, él es lo suficientemente listo para arruinarte cuando quiera. Así que hazte un favor: no seas tonto y afronta el destino.
– ¿Y mi madre? ¿También la mato o qué?
– Si el Hombre de Negro no te lo pide, no hace falta.
– ¡Pero tendré que esconderme!
– Ya.
– Pero ella se enterará…
Rió groseramente, y su risa se oyó en todos los rincones del taller.
– Jajajaja… No te preocupes. Ya te he dicho que no serás cazado.
– No la mataréis, ¿verdad?
– ¿Es una amenaza eso? – Dejó las herramientas y se levantó. Presto se colocó a escasos centímetros de Eric –. Deja de ser una niñita y de preocuparte por la vida de los demás. Preocúpate por la tuya si no quieres morir.
El Manitas regresó a su lugar de trabajo, desapareciendo debajo del coche. Eric resopló, mirando su derredor. Muchas armas yacían allí, reposando, y le tentaron a que asiese alguna de ellas. Casi lo llevó a cabo, pero dijo para sus adentros que el Manitas llevaría una cuenta de “todo su stock”.
Sin quedarle otra opción que la de marcharse, lo hizo sin despedirse. Tampoco a el Manitas pareció importarle.
Una fría corriente le saludó a la salida. Se abrazó a sí mismo, y al hacerlo sintió que debería acostumbrarse a ello a partir de ese momento.

Cada vez que ella se pasaba por casa, su madre preparaba un gran banquete, como si en vez de una simple ciudadana arribase toda una princesa. A Eric le entretenía mucho observar a su madre en las horas previas a la llegada de su hermana. Le recordaba a ésta misma cuando se arreglaba para salir, recorriendo la casa entera como veinte veces, siempre teniendo como destino el lavabo y, más concretamente, su querido espejo. Su madre, ahora en ausencia de la otra, la imitaba cuando hacía los preparativos: de la cocina al comedor, del comedor a la habitación, de la habitación al móvil y del móvil a la cocina otra vez. Y lo más increíble de todo yacía en que no se cansaba por muy mayor que se hiciese.
Existía un problema, empero. A Eric todo ese entretenimiento le terminaba por desesperar, y cuando ya se hartaba de su madre yendo y viniendo, se escondía en su habitación o se aireaba en el balcón. Ese día, a diferencia de muchos otros, su madre le había pedido que le ayudase en la cocina, por lo que él, pobre, se encontraba cerca del fregadero con todo el cuerpo hirviéndolo. Intentaba cortar hortalizas con la máxima tranquilidad posible, pero su madre, algo alterada, estaba preocupada por pequeñas niñerías y trivialidades. Que si esto está poco hecho, que si a esto le falta sal, que a ver si la niña viene con hambre… Y si Eric no había reventado ya, había sido gracias al Señor.
Quizá unos días atrás, en la misma situación, él no estaría subiéndose por las paredes. Ese día era muy diferente. Venía la persona a quien debía matar, y cual aquellas películas acerca de un destino irremediable, algo menos de veinticuatro horas después de su segundo encuentro con el Hombre de Negro le habían contado su cruda realidad. No había escapatoria. Pudiera ser que esa vez fuese la última vez que su madre la viese. Un cuadro sumamente melancólico y apagado… Sólo eso, un cuadro con lágrimas como ríos por las manos de un pintor atado y amenazado.
<>
Al menos prepararon la cena una buena hora y media. Con las siempre colaboraciones del horno y del microondas, cocinaron desde ensalada hasta carne, pasando por trocitos de pasta parecidos a los tortelinis mezclados entre hojas de lechuza y mini tomates. Vino no faltó, ni como cualquier otro líquido como la Coca-Cola, la Fanta o el agua. La mesa, sobre la cual solían yacer alrededor de 6 platos a lo sumo, se hallaba abarrotada de mesas. Cuando Eric pudo escaparse de la cocina y se pasó por el comedor para dejar una botella, se asombró de que la llegada de su hermana armara tanto revuelo. Incluso se puso algo celoso.
– Tu hermana vendrá enseguida – le aseguró minutos más tarde de sentarse al sofá. Era ya la cuarta vez que se lo decía, Eric contó.
Esta vez ocurrió tal y como había asegurado su madre y en cuestión de minutos llamaron desde abajo. Su madre abrió.
– Viene con Lupe – informó emocionada.
– Oh, vaya…
Su madre nunca esperaba a que alguien subiese hasta la planta para abrir la puerta. Cuando abría desde el interfono, también abría la puerta. Normalmente, no esperaba en el recibidor, sino en el comedor o en la cocina mientras ultimaba algo, pero en esa ocasión aguardó con mucha impaciencia en el recibidor. Eric llevaba mucho tiempo sin ver a su madre actuar así, y le pesó mucho en el corazón tener que pasar por eso. Pero pronto se le pasó, ya que una flecha cruzó el recibidor.
– ¡Lupe! – exclamó su madre, con voz quebrada.
Lupe, un perro canijo pero extremadamente nervioso, comenzó a correr por todo el comedor, a una velocidad endiablada. Madre fue tras él, sin lograr cogerlo en ningún momento. Se subió al sofá, pasó por debajo de las sillas, rozó las piernas de Eric, y todo como si escapase de algo maléfico.
– Sigue siendo el mismo bicho de siempre.
– ¡No seas bruto, hijo!
Y a la sazón apareció ella, en el zócalo, tras la puerta, con cara de <> y <>. Vestía como siempre, ajustadita y elegante, calzando unos zapatos con unos tacones que no se acababan nunca. Iba de negro y blanco. A pesar de su aún preocupante delgadez, había engordado un poco, constató Eric, habiéndose fijado en sus mofletes. Éstos, por supuesto, iban algo coloreados de un rojo flojo tirando a rosa, que contrastaban con una especie de marrón-lila en los labios. Llevaba el pelo rizado y muy largo, que se le caía de forma ondulada y entrecruzada.
– ¡Hola, familia!
Su efusividad contrastó con el saludo lacónico y escueto de su hermano.
– ¡Mamá! ¡Eric no se alegra de verme!
– Déjalo. Está tonto.
Además de su inseparable bolso, aparatoso y con multicolores brillantes que a uno le cegaban, en la palma de su mano izquierda sostenía un pastel, tapado por cartón. O eso o pastas, aunque a ella le gustaba más traer pasteles y comérselos.
– ¿Dónde te dejo esto? – inquirió, señalando el pastel.
– Déjalo en la nevera. – Pero inmediatamente después se lo arrebató y lo llevó ella misma hasta la cocina. Reapareció y comenzó a exclamar –: ¡¿Pero cómo estás cariño?! ¡Oh, ven aquí, abrázame! ¡Dios, cuánto echo de menos que no vivas en casa! ¡¿Cómo estás?! ¡Huy, tienes que ponerme al día!
– Sí, mamá – contestó, desganada. Eric soltó una risita –. ¡Mamá! ¿Has visto cómo está ya el tonto de mi hermano?
– Quítate el bolso, anda. Hermanita.
Se acomodó, entre exclamaciones de su madre y aullidos de Lupe. El perrito, incesante, quiso hacerse notar, ladrando a madre. Ya había dejado de correr, y quería cariño. Eric aprovechó un despiste para alzarlo y retenerlos en sus brazos, a lo que el chucho comenzó a gruñir sonoramente. A Eric eso le divirtió.
– No seas malo con el perro.
Cuando todo se calmó, madre acabó de preparar la mesa y todos se sentaron. Como no podía ser menos, Lupe comió su trozo de carne en menos que canta un gallo y se colocó en el embrollo de piernas bajo la mesa, aunque, debido a su inexhaustible nerviosismo, se tumbó entre piernas diferentes. Eric y su hermana se sentaron uno junto al otro, mientras la madre de ambos hizo lo propio al otro lado de la mesa, creando un marco que inusualmente ocurría y que se extrañaba más que nunca. A Eric eso no le importó mucho, aunque sí que es verdad que sentarse al lado de ella provocó en él un viaje hacia el pasado, hacia las interminables semanas en las que tenía que soportarla.
Acaeció algo diferente esa noche, algo que hasta entonces Eric no había llevado a cabo. Y eso fue que aguzó el oído y que prestó mucha atención. A lo largo de los años a Eric le habían dado igual los novios de su hermana, las peleas en que se metían sus amigos con derecho a roce, los insultos que le había lanzado una ex-amiga o las anécdotas que le habían ocurrido a lo largo del día. En multitud de noches él se había limitado a centrarse en su plato y en satisfacer cualquier pregunta de su madre; cualquier otra cosa más allá de su propia vida no había sido de su incumbencia. Mas ese día, inevitablemente, no pudo ser así. Casi por primera vez se fijó bien en la cara de su hermana (anda, pues no es tan fea, ¿no?), en todos sus gestos faciales, y descubrió que ella tenía la manía de tocar algo de la mesa en todo momento. También descubrió que respetaba aún a madre, por la forma cómo la miraba y por lo poco que despegaba los ojos de ella. Sin embargo, no podía ser de otra forma, puesto que madre sólo tenía ojos para ella, absolutamente encantada y enjaulada en una celda de alegría producto del extrañamiento. Eso quizá le hizo escuchar aún más, porque, acostumbrado a cenar a solas con ella cada noche, ser ignorado no gustaba a nadie.
Tuvo que aguardar más de un cuarto de hora para escuchar algo que le interesase. Habiendo deseado en su interior que ella fuese al grano con sus relaciones, sólo había hecho que aguantar bobadas acerca de reformas en el piso y de la universidad. Y claro, como él ni formuló pregunta ni participó, pues se esperó hasta que a madre se le ocurrió mostrar interés por el rumor aquel de que si estaba saliendo en serio con alguien. Ella confirmó el rumor, explicando cómo lo conoció (en una discoteca, para variar) y describiendo su familia.
– Se llama Filipo. Oala, es muy rico, mamá. Si vieras tú la pasta que tiene… Dios Santo, cuando le vi por primera vez por la ropa ya se le vio que tenía mucha pasta, ¿pero tanta? Joder, una chica me había avisado de que sus padres poseían una fortuna inmensa, pero no me lo creí hasta que no pisé su casa por primera vez. ¿Casa? ¡Mansión, que diga! Dios, mamá – poniéndose las manos a la frente –, deberías ver cómo es de grande. No, grande no, ¡inmenso! ¡No se acaba nunca! Es un pueblo entero.
– ¿Ah sí? Pues dile que nos deje unos cuantos millones, que no creo que les pase nada.
– Son muy agarrados. Sólo se gastan para ellos.
– ¿Y para las novias no?
– Supongo que sí, pero sólo llevamos dos meses.
– Bueno. Tú háblale de tu madre y convéncele de que nos dé una pequeña ayudita.
– O podemos vivir con ellos directamente – terció Eric. Ninguna de las dos comentó al respecto.
El padre de ese chico regentaba toda una cadena de restaurantes de primera fila y la madre era peluquera de los artistas más famosos del planeta. Por lo visto, tanto uno como el otro habían nacido en la más pura miseria y habían sido ellos mismos quienes habían levantado un imperio con el tiempo. Si bien aún ella no había coincidido mucho con los suegros, había tenido ya un primer contacto.
– ¿Y les has caído bien?
– No sé. Tiene la pinta de que no se fían de que salga con una chica del montón y no rica.
– Si vienen de familias humildes, no pondrán ninguna pega.
– De momento no, o al menos eso deduzco de lo que me dice él. La verdad es que sólo he estado una vez en su caserón. Básicamente quedamos por la ciudad.
– ¿Le persiguen las chicas?
– Hay muchas furcias sueltas por ahí. Y normal. Con la pasta que me lleva el tío…
– ¡Pues que no me entere yo que te lo roban! – profirió madre con mucho brío y júbilo.
Ya lo que vino después de eso no le interesó a Eric para nada. Desconectó por completo y se acabó sus platos. Presto esperó a que las chicas se acabasen los suyos, para el postre, el cual, al respecto, estuvo de muerte. Mira que Eric no era de ir comiendo pasteles por ahí, pero ese que trajo su hermana, de nata y fresas, le derritió los labios y le hizo desear más. Pero su estómago lo rechazó, asestándole un dolor muy fuerte que le obligó a retorcerse.
Durante la primera media hora no había tenido, interiormente, ningún problema consigo mismo. A partir de entonces, su cabeza comenzó a gestar lo que implicaba la misión que le habían encomendado y a quién tenía hoy cerca. Un calor muy sofocante brotó de súbito por cada uno de los rincones de su cuerpo que le llevaron a asomarse al balcón. Al principio nadie preguntó nada; diez minutos después su hermana se acercó. Las manos comenzaron a bailarle solas entre la barandilla.
– ¿Ya se te ha olvidado cómo hablar? – inquirió.
– ¿Eh?
Ella negó con la cabeza, lentamente.
– No has hablado durante toda la cena.
– Lo siento. Estaba en otras cosas.
– Bueno, no pasa nada. – Y pasó su mano por detrás del cuello de su hermano, hasta tocar su hombro izquierdo –. ¿Y qué te acucia?
– Mi momento… No sé. ¿Te acuerdas cuando de pequeños nos dijimos qué seríamos de grandes y nos aseguramos de que obteniendo la carrera encontraríamos trabajo? Pues me siento como un puñetero mentiroso que sólo ha vivido de ilusiones. Soy arquitecto, ¿y qué? Ahora mismo no soy nada.
Iba a continuar, pero de sopetón divisó un coche azul. Estaba aparcado a la vuelta de la esquina, casi imperceptible para el ojo humano desde el balcón donde los dos hermanos se alzaban. Su hermana le siguió la mirada.
– ¿Hay alguien haciendo el payaso?
– Oh no. Sólo un coche muy chulo.
– ¿Ese azul? – Eric asintió –. Menudo deportivo. Pero el coche de Filipo mola más.
Eric se inquietó más y más. Empezó a tamborilear sobre la barandilla.
– Oye, ahora que pienso… El otro día, mientras me llevaba al cine, me comentó que su padre necesitaba a alguien para algo de una construcción, y que quizá necesitase la ayuda de un arquitecto novato. Recuerdo que pensé en ti pero entonces me empezó a hablar de otras cosas y se me fue de la cabeza. Mañana se lo comentaré. ¿Te parece?
– No estaría mal… Oye, quisiera preguntarte algo.
Ella le dedicó una mirada cándida, con sonrisa incluida. Contemplarla le partió el corazón. ¿Pudiera ser que por primera vez su corazón sintiese por ella?
– ¿Te portas bien últimamente?
Primero puso cara de <>, después se partió de risa. Mientras rió le pegó unos cuantos golpes a la barandilla. Lupe ladró desde el comedor.
– ¿Tú te encuentras bien?
– Perfectamente.
– ¿A qué viene eso?
– No sé – haciendo un gesto raro con la boca –. Para tenerte controlada. Quizá un día me entero de que te has metido en un buen lío y no hay forma de salvarte.
– ¡Serás tonto! ¿Pero por quién me has tomado? Yo no he hecho nada malo. Además, ¿me estás siguiendo o algo?
– Mientes. Lo leo en tu cara. Has hecho algo y no quieres que lo sepamos, ni mamá ni yo. ¿Se lo has dicho a papá?
– ¿Pero por qué mencionas ahora su nombre? De verdad, Eric, a ver si encuentras curro y se te cuadra la cabeza.
Ya lo tengo, pero esas palabras no brotaron de su boca.
Cual asqueada y molesta, observándole con cara de desagrado, rebufó y entró al comedor. El retorno de la soledad le sentó bien, puesto que por fin pudo esbozar una cara de entre rabia, frustración, pena y desesperación mientras le lanzaba una mirada asesina al coche azul. Ya lo odiaba. ¡Lo aberraba! ¿No habría ningún momento en que lo dejase tranquilo? ¿No se iría a descansar durante una noche? ¿Por qué estaba constantemente espiándole? Bueno, no le espiaba, pero sí que se mantenía cerca de su casa por si apreciaba cualquier movimiento extraño.
– No soy ningún famoso…
La presión le había probado y él fracasaría en superarla. Hastiado, se dirigió a su habitación y cogió la pistola, metiéndosela entre los pantalones y tapándola con la sudadera. A continuación salió de casa.
– ¡¿Adónde vas?!
No contestó.
En ningún momento tuvo tiempo para decirse qué estupidez iba a hacer. Simplemente se dejó llevar por su estado de ánimo, el cual, caldeado y acelerado, controlaba toda la situación. Bajó y viró a la derecha. Caminó con paso firme hasta la esquina. El coche seguía ahí, inmóvil, con las ventanas cerradas, todo muerto. Estaba aparcado justo en el viro, y estaba algo disimulado por un árbol. ¿Qué estúpido habría mandado plantar ese árbol sin sentido?
Hizo el gesto de sacarse la pistola, mas recordó que estaba en plena calle, y, aun siendo ya de noche y con casi ni un alma, podía ser pillado y detenido. Así que se moderó y no sacó nada. Acabó de acercarse al coche y se colocó justo al lado de la portezuela que daba al asiento del conductor. A continuación gritó ¡Sal del coche! Aguardó un par de minutos, pero nadie salió. Agudizó los ojos, entrecerrándolos, y tornó a sufrir la paranoia esa de que había alguien dentro. Desesperándose, dio golpecitos al vidrio.
– ¡Sal!
Pero nadie salió.
Rebufó y rebufó. Como último acto, asió de la manija y tiró de ella. En el primero intento lo hizo flojito; en el segundo aumentó la fuerza. En consecuencia, la alarma sonó. Un sonido estruendoso, unido a una luz amarilla intermitente, apareció de súbito y sumió la calle en un momento de fragor. Eric se echó para atrás, asustado, y por fin controló de nuevo su raciocinio. Arrepintiéndose, lentamente fue retirándose, sin molestarse en localizar curiosos, quienes seguramente ya habrían iniciado su proceso habitual de chismorreo por el balcón. Sin embargo, sus ojos no pudieron despegarse del coche, esforzándose en encontrar a alguien ahí dentro. No supo si decir sí o si no. Eso le volvió loco.
Regresó a casa. Su madre se puso en pie nada más verlo entrar al comedor.
– ¿Pero adónde has ido?
– Yo lo sé, mamá. Hay un coche ahí chulo. Al que le ha saltado la alarma.
– ¿Lo has hecho tú?
– Ha sido sin querer – empequeñeciéndose, pensativo –. Lo he tocado un poquitín y ya ha saltado.
Su hermana se irguió y salió al balcón.
– ¡Ya no está! – profirió.
Con cara de incredulidad Eric se asomó. En efecto, allí donde había estado aparcado el coche azul ya estaba desocupado. ¡Entonces sí que había habido alguien dentro! Dios, qué miedo… Eric tremoló inconscientemente. Había acercado su cara al vidrio y efectivamente alguien le había estado mirando desde dentro. Cuando lo había hecho, en el fondo había creído que sólo estaba tonteando…
– Habrá venido el dueño en cuando ha oído la alarma.
– Como la lías, Eric – “punzó” su hermana.
– Ay, dejadme.
Volvieron adentro. Lupe no se movió del balcón. Estaba gruñendo, muy flojamente, con la mirada fija en la calle. Eso llamó la atención de Eric, quien retrocedió y miró en la misma dirección que la perrita. Al principio no avistó nada; luego le pareció divisar una sombra. Una forma negra. Y parecía mirarle a él. Eric respingó. ¿El Hombre de Negro? Parecía estar fumando.
Muy asustado, entró al comedor. Pretendió olvidarse de todo lo que había vivido y de todo lo que se le pasaba con la cabeza, a base de molestar a su hermana y de participar más en la conversación. No obstante, fue misión imposible. A quien molestó era a quien tenía que matar y le quedaban escasamente siete días.
Siete días.
Al final deseó con toda su alma que ella se marchase ya y que le dejase solo para poderse ir a dormir. Estaba que se caía. De hecho, en más de una ocasión su madre señaló que apenas mantenía los ojos abiertos, algo que, a la tercera vez que lo soltó, obligó prácticamente a la hermana a excusarse en que ya debía regresar a casa. En realidad se excusó como dos o tres veces, hasta que al final una llamada la salvó. Una llamada de Federico. Mamá se puso coqueta e intentó buscarle las cosquillas a su hija en plan broma; Eric apenas estuvo atento. Ella se zafó de su madre como pudo, especialmente con la mano, hasta que una pequeña riña en broma provocó en Lupe que merodease cerca y se echase a ladrar, lo que no dio a ella otra opción que la de marcharse. Casi al final con prisas se despidió (tras pasarse como un par de horas o más con la sensación de <>).
– Intentaré venir de aquí poco. Ahora tengo que hacer unas cositas.
Eso último estimuló la atención de Eric.
– ¿Unas cositas? – preguntó, involuntariamente, escapándosele de la boca.
– Sí, cositas – refunfuñó. No estaba dispuesta a satisfacer a nadie, pero una mirada inquisitiva de madre la forzó a hablar –: Os lo iba a contar otro día, pero da igual. Estamos planeando hacer un pequeño viaje, de unos cuatro o cinco días.
– ¡Mira qué bien! ¿Y te lo reservas para decírnoslo a última hora?
– No…
– ¿Cuándo vas?
– El sábado de la semana que viene.
Una campana resonó en la cabeza de Eric. Viernes… sábado…
Nadie añadió nada más, lo que dio pie a que la hermana les disculpase y les dijese que se pasaría para explicar más a fondo lo del viaje. Madre la abrazó con mucha candidez y Eric sólo le dio un beso a la mejilla, como les era costumbre hacer. Ella se despidió con la mano y cogió a Lupe, llevándosela a la altura de sus pechos. Luego desapareció cuando madre cerró la puerta.
– Se acabó la función – musitó, dirigiéndose a Eric. Presto fue hacia el sofá.
– ¿Pero qué dices? – soltó en voz muy baja –. Si la función acaba de comenzar…

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SEGUNDO CAPÍTULO NOVELA NEGRA

Salió con el maletín bien aferrado a su mano derecha. Era plena mañana, con el viento soplando con fuerza. No se molestó en cerrar los ojos a pesar de que el sol pegaba; ya había tenido bastante. La camiseta de manga larga y los tejanos no le impidieron que le recorriese el frío por sus carnes, sin poder evitar tiritar.
Se hallaba en una calle estrecha y sucia. Había llovido, y mucho, puesto que había charcos y el suelo estaba fangoso. No obstante, la memoria le fallaba y no sabía a ciencia cierta si cuando le habían adormecido ya había estado lloviendo. No importaba. Con el tiempo ya se acordaría de cuándo y dónde más o menos había perdido el conocimiento.
Cuando sólo le faltaba la mitad del recorrido para llegar a una calle más ancha y, aparentemente, transitada, giró sobre sí mismo y contempló el sitio de donde había salido. Efectivamente, se trataba de un almacén abandonado, aunque no del todo. Lo bien que estaban cuidadas las salas por las que tuvo que pasar le había indicado lo contrario. Quizá no se faenara allí dentro, pero el tipo de la máscara y sus compinches la usarían alguna que otra vez para llevar maletines y gente desorientada. Aprovecharían su aspecto “desaliñado” y descuidado, con las ventanas completamente rotas o las paredes cascadas o pintadas por ejemplo, para efectuar sus operaciones y reunirse. A saber. Pululaban tantas preguntas por su cabeza, que a punto estaba de estallar.
Memorizó el aspecto de ese lugar y la calle. Regresaría allí, seguro.
Buscó la placa que indicaba el nombre de la calle cuando llegó al final de ésta, pero no la halló. Lástima. Como consuelo (y como ayuda, por supuesto), se quedó con el de la calle ancha: Calle de Rosalita. Al no disponer de bolígrafo ni lápiz, sacó el móvil para apuntárselo. Tanto este utensilio como sus llaves de casa, monedero (con todo intacto) y crucifijo (uno pequeño de madera) los había encontrado sobre una mesa en una oficina que supuso había sido antiguamente del jefe del almacén. No es que se hubiese puesto a buscar sus pertenencias, sino que había dado con ellas porque le había pillado de camino. Con toda seguridad, los que le habían traído hasta ahí se lo habían dejado adrede, sin ninguna intención de robarle. De alguna forma, se habían convencido de que lograría desesposarse y salir del lugar.
Eric podía apostar con total tranquilidad que esos tipos eran absolutos profesionales y que no dejaban rostro alguno en sus pisadas. Unos tipos con los que, en definitiva, no se podría jugar.
Subiendo la calle de Rosalita, se sintió muy incómodo. Portar un maletín que contenía tanto dinero suponía un peligro, y más en la calle, donde a alguien se le podía dar por robar. Subió la calle con ojo avizor, con la cabeza altiva. Le tentaba girarse para comprobar si alguien le seguía, mas siempre supo mantener la compostura. A pesar de que nadie realmente le prestó atención, pronto lo haría, ya que con la ropa que llevaba portar un maletín no era muy habitual.
Buscó un taxi. Ni conocía la calle ni le sonaban los distintos locales y portales que desfilaban tras sus ojos. Quizá ni se encontraba en su ciudad natal: Lartos. Al menos, de todo lo que oteó, dedujo que si había sido movido a otra ciudad, no se hallaba lejos de Lartos. Sin embargo, lo que le apremió a buscar un taxi fue el hecho de que empezó a ver inmigrantes, algunos sentados en bancos, otros apoyados contra la puerta de un local, otros rebuscando entre la basura. Si perdía ese dinero, ya podía considerarse hombre muerto.
Tardó en encontrarlo. Tuvo que avanzar hasta cuatro bloques y preguntar recelosamente hasta alcanzar a ver todo un carril con taxis blancos aparcados, con sus pilotos fumando de pie y charlando entre sí. Antes de subirse en uno, se escondió en un callejón estrecho, donde sólo cabía una persona, para abrir el maletín y meterse en el bolsillo un billete de cien. Quería ocultar toda esa burrada de dinero cuanto más posible.
– Hola – saludó al primer taxista con el que se encontró. Era un hombre calvo y con gafas de sol, con un aspecto de huraño.
El taxista le miró a través del retrovisor, esperando la dirección sin pronunciar palabra. Eric casi se imaginó al taxista infiriendo que llevaba un maletín cargado de billetes y robándole cerca de un bosque, con paliza incluida.
– A la calle Henry Ford, número 8.
Absolutamente mudo, el taxista planeó la ruta con el GPS y encendió el motor.
Eric aprovechó el viaje para relajarse. Con el maletín en su regazo, se abrió de piernas y tiró la cabeza para atrás, apoyándose con el reposacabezas. Se entretuvo mirando por la ventanilla. Qué bien que le vino. Ignoraba cuánto hacía que se había despertado (probablemente una hora y media), pero se le antojaba que no había dormido en toda la noche. Inevitablemente se echó a rumiar, en todas las posibilidades, en todas las probabilidades, en todas las preguntas. Como la lógica imperaba, no pudo satisfacerse y continuó dentro de una neblina confusa, aun chequeando su móvil por milésima vez en busca de mensajes reveladores.
Pero, extrañamente, nadie había preguntado por él. <>
Tal como había previsto, no se había despertado en Lartos. Se había despertado en Eros, ciudad que rendía homenaje al gran personaje mitológico. Jamás había estado en esta ciudad, a pesar de rozarse con Lartos. No había habido ningún evento, disco, conocido o recado que le hubiese obligado a pisar esa ciudad. De todos modos, se alegró de no haberlo hecho, puesto que le desagradó en demasía. Se trataba de una ciudad sucia, pobre, con poca actividad, muy apretujada, además de repleta de semáforos innecesarios y rotondas que le revolvieron el estómago.
Al cabo de veinte minutos arribó a casa. El taxista le indicó el precio, que subió hasta cuarenta y cinco. Qué pasada, dijo para sus adentros. Será muy mudo, pero anda que no chupa pasta ni nada el muy hijo de su madre. Le pagó, sin ningún dolor de corazón. Ahora disponía de mucho dinero en su haber.
Suspiró. De repente se puso nervioso. Miró a izquierda y derecha y vio pocos transeúntes. Se sentía un extraño en ese lugar, como si no perteneciera a él. Además de esto, pensó en su madre y en si estaría en casa. No recordaba si ese día le tocaba o no trabajar, pero le resultaría muy desagradable presentarse arriba y dar explicaciones cuando apenas él se concienciaba de lo que había sucedido. Y, añadido a esto, explicarle que tenía unos asuntillos que cumplir y que, si no los cumplía, de aquí poco su madre estaría llamando a las asistencias funerarias no era, para nada, una tarea fácil.
Subió por las escaleras, a paso lento, para darse tiempo para pensar en alguna puñetera excusa. No se cruzó con nadie, afortunadamente. Cuando entró en casa, esperó por unos gritos que al final no acaecieron. No había nadie en casa. Sin perder tiempo, se apresuró por guardar el maletín. Antes de ponerse a ello lo abrió y sacó el trozo de papel con “las instrucciones para sobrevivir”. Lo dejó sobre la cama.
– Si fuese mi madre, ¿qué sitios miraría para hurgar? – pensó en voz alta.
Se le ocurrió que no estaría mal dejarlo en un sitio que saltase bastante a la vista, ya que a veces eso provocaba un efecto curioso en aquella gente que espiaba y curioseaba: no lo veían. Decidió dejarlo por el momento junto a una mochila que usaba para la universidad.
A continuación se sentó en el lecho. Aunque tentado a tumbarse, una especie de agitación le mantuvo energético y deseoso por moverse. Miró de soslayo al trozo de papel, que descansaba a su lado. Le infería mucho terror ese trozo de papel. Contenía algo así para él como un poder destructor, un poder muy contrario al que otorgaba el maletín. Mas, como muchas otras cosas destructivas en la vida, guardaba una responsabilidad enorme. Y a él le encantaba asumir responsabilidades.
Cogió el trozo de papel y se lo llevó hasta escasos centímetros de su nariz. Leyó su contenido de nuevo, aunque se lo sabía ya de memoria. Más que nada, temía olvidarse de algún detalle.
Decía lo siguiente:
Primero mencionaba el nombre de la supuesta operación. “Operación cañada”. Por mucho que intentaba encontrarle un significado, nada le satisfacía. Después venía una lista de objetos que debía comprar, entre los que destacaba una pistola. Aparte de esto, necesitaba munición, un nuevo móvil, un nuevo carné de identidad y un coche. Los muy jodidos estaban enterados de que Eric no poseía coche. ¡Y vaya lío en que le metían a Eric! ¿Qué se suponía? ¿Que tenía que decirle de repente a su madre que se iba a comprar un coche, así, porque sí? Esos tipos de verdad le iban a hacer devanarse los sesos con planes, estratagemas, excusas, etcétera.
Más abajo, se especificaba que podía conseguir la pistola, la munición y el nuevo carné si acudía a un tal Manitas. Menudo nombre, qué alivio. El Manitas. <> Al lado de su nombre salía la dirección en la que podía encontrarlo. No le sonaba, aunque podía figurarse que no trabajaría a la vista de mucha gente. Seguro que trabajaba en el sótano de algún taller, prácticamente a oscuras.
Finalmente, en la parte más baja de la hoja, aparecía el nombre de la persona con la que debía contactar. Se llamaba Feredico Paltino. Un pálpito desconocido en él “resonó en sus carnes” y le susurró que ese Federico no se llamaba Federico en realidad.
De sopetón, se abrió y se cerró una puerta. Una voz femenina. Su madre. Sumido en un pequeño letargo provocado por el trozo de papel y su contenido, se levantó como convulsionado y guardó el papel en el bolsillo. Algo le cosquilleó en su interior.
– ¿Eric?
– Hola, mamá – saludó a la vez que salía de su cuarto.
– Ah, sí que estás aquí. Hola. – Se dieron un beso –. ¿Qué tal la cena con Jennifer?
Ella fue a dejar las llaves sobre una vasija de colección y a quitarse el bolso, entre suspiros. Él aprovechó este corto intervalo para pensar. ¿Cena con Jennifer? Algo no olía bien…
– Ehm… Bien, bien.
– ¿No la habrás dejado embarazada?
– ¡Mamá, por favor!
Desconcertado, deseó irse muy lejos.
– ¿Cuándo has llegado?
– Hará como media hora. ¿Qué tal el trabajo?
Su madre se dirigió al sofá y se dejó caer, espachurrándose de espaldas. Resopló cual un toro enfurecido.
– Agotador. Uf, estoy muerta. Te lo juro, hijo mío: un día de estos pido la marcha voluntaria.
– ¿Ahora que por fin tienes suerte en el trabajo? No hagas burradas ahora. Ojalá yo tuviese tu suerte.
– ¿No te ha llamado nadie?
– Nadie – contestó él, y el simple pensamiento de que nadie le hubiese llamado le sumió en un estado de miseria y pesadumbre.
– ¿Has probado de dejar un currículum en el Vetae?
– Sí, mamá, lo hice hace una semana.
– Ok, ok. No te pongas así de triste. A ver, sonríe. Enséñale a mami tu estupenda sonrisa.
– Mamá, por favor.
Ella rió, complacida con la muestra de timidez de su hijo. Él, acostumbrado a ello, aunque intolerante a tal actitud, se volvió para regresar a su habitación.
– ¿Sabes qué? – terció ella –. Hoy no tengo ganas de hacer la comida. Comamos fuera.
Él no dio su respuesta. Ella ya la sabía. A fin de cuentas, tenía veinticuatro primaveras y le faltaba mucho para una posible independencia, con lo que aún vivía bajo su tutela.
– Recojo un par de cosas y vamos para el centro.
Sin embargo, hasta pasados cinco minutos ella no se levantó del sofá. Eric la contempló levantarse y gesticular de dolor, llevándose la mano a la cintura. Meses atrás Eric había preguntado si era grave y si había llamado al médico, pero esta vez sólo se molestó en pronunciar un muy leve ¡pst! y efectuar una mueca. Ella entonces salió del salón y desapareció. Él, que hasta ese momento no había planeado llevarlo a cabo, asió el móvil de ella con un movimiento ágil. Se sintió sucio haciendo algo así como espiar unos mensajes a escondidas. No le tembló el pulso, sin embargo.
De los mensajes que ella había recibido entre el día que estaban y el anterior, sólo destacó uno, enviado por un número que no estaba registrado. Ponía: <> Tras leerlo se quedó atónito. ¿De verdad él había quedado con Jennifer para cenar? Empezó a creer que el supuesto narcótico le había afectado más de la cuenta y que quizá sí que se había producido esa cena. No obstante, lo peor de todo residía en que la memoria le fallaba hasta tal punto que no recordaba nada de los últimos días. Esto le preocupaba muchísimo, pues tenía la convicción de que en el futuro debería acudir a lo que le había ocurrido antes de ser llevado hasta el almacén abandonado con el fin de aclarar el misterio que se le presentaría.
<>
Escuchó unos pasos que se acercaban y puso el móvil de vuelta a donde lo había sacado, es decir, del bolso de su madre. Se colocó las manos tras la espalda y aguardó.
– ¿Qué es esto? – inquirió ella en cuanto reapareció –. ¿Un desfile militar? Vamos, anda.
Eric fue el último en salir. Mientras bajaban en silencio por el ascensor, él se preguntó si realmente había cenado con Jennifer o si alguien le había enviado ese mensaje engañando a su madre.

Esperando dentro de una tienda de ropa, fue observando fijamente ropa, especialmente chaquetas. El frío ya se había prácticamente asentado y él no era hombre de sudores. Por la mañana ya había podido comprobar cómo había rascado el viento y no quería sufrir de la misma manera.
Le tentaba comprarse unas de esas chaquetas que subían hasta los ciento cincuenta euros. Empero, sabía que no podía gastárselos, porque la gente empezaría a preguntar (en especial su madre) y sus mentiras no colarían. Usaría el dinero del maletín sólo en caso de urgencia, como lo del taxista. Luego, con el tiempo, ya daría con una excusa, con algo así como que había encontrado un trabajo que le proporcionaba una gran remuneración. Pero por el momento aún debía vivir tal como había vivido en los últimos meses, como un puñetero pobre.
Su mente se había esforzado en cómo solucionar el tema del coche. Se imaginaba que con el dinero que había dentro del maletín podía pagar perfectamente uno que simplemente le llevara a los sitios, mas eso no era realmente lo que le preocupaba. Había estado dándole vueltas a dónde demonios guardaba el coche para que ni sus familiares ni sus amigos o conocidos llegaran a su conocimiento. Quizá hallaba un lugar perfecto para su escondite que no se distanciase mucho de su casa; sin embargo, corría el riesgo de que alguien le pillase conduciendo y empezase la ronda de preguntas.
Inseguro como estaba con todo, había resuelto no mover ni un dedo hasta que no hablase con el Manitas y con ese Feredico. Entonces ya tomaría decisiones.
Salió de la tienda. Saber que podía pagarse ropa tan cara era una sensación nueva y muy placentera, pero muy mala a la vez. Saber que lo tenía tan fácil y verse envuelto bajo una espada de Damocles le mareaba. Fue por eso que salió de la tienda, para evitar posibles arrepentimientos. Se acercó a un asiento recién pintado y allí se sentó.
Había poco movimiento. Pocos clientes merodeaban por el centro comercial esa tarde de lunes. Pasaban diez minutos de las cinco, con lo que las escuelas ya cerraban y las jovencitas podían acercarse para comprarse las primeras chaquetas, pero ninguna de ellas parecía dispuesta a comprar nada, ni siquiera a darse un paseo. Eric vio pasar a alguna que otra pareja mayor y poco más. Un paisaje así de muerto y vacío de alma le aburrió hasta no más poder. Bostezó, bostezó y bostezó…
El tedio provocó que se tirara para delante de cintura para arriba y casi metiese la cabeza entre las dos piernas, en busca de algún entretenimiento. Poco le duró ya que alguien le propinó una colleja en el cogote.
– ¡Pero hombre! ¡Tú por aquí!
– Hey, Jennifer.
Se levantó y se dieron dos besos. Ella solía vestir bastante informalmente, y ese día no podía ser diferente. Iba ataviada con una camiseta de manga larga que se apoyaba en su hombro izquierdo pero que por el lado izquierdo dejaba el hombro y mitad del brazo al descubierto y que, además, no le llegaba hasta la cintura. Más abajo llevaba unos vaqueros anchos y holgados. Ah, y unas bambas más viejas que la puerta de Alcalá.
– ¿Qué pasa? ¿Qué te cuentas?
Sus preguntas le indujeron a sacar una conclusión, la cual había sido su pretensión desde el momento en que había entrado en la tienda. Y no le gustaba nada esa conclusión.
– Venía a verte un rato. Hacía ya días que no nos veíamos, y bueno, tenía ganas de verte – se aventuró.
– ¡Qué mono! – y le abrazó –. Hombre… ya hace unos buenos días que no nos vemos, ¿eh?
– ¿Tomamos algo o tienes prisa?
– ¿Por qué no? Vamos a ese bar ahí al lado de la tienda de videojuegos.

Llovía. Afortunadamente, Eric estaba cobijado dentro de un autobús, el cual se había estancado en una cola diabólicamente larga, ya que había un coche mal aparcado y un autocar no podía virar. Algo fastidiado, rumiaba mientras observaba cómo las gotas caían lentamente.
Aún no le apremiaba el tiempo. Pasaban de las seis y media, pero no esperaba que ese Manitas cerrase antes de las ocho. Tampoco le quedaba mucho trayecto. En verdad, se ubicaba relativamente cerca a su casa.
Sacó una hoja en la que había anotado el sitio del Manitas. Antes de ir a ver a Jennifer, se había molestado en apuntar la dirección y hacerse un pequeño croquis. Le había salido a la perfección, ya que él en la universidad había cursado Arquitectura. Aparte del dibujo, también había anotado cuatro o cinco cosas variopintas, básicamente las dudas que se le habían planteado y lo que había descubierto hasta el momento.
Sabía que realmente no había cenado con Jennifer y que a su madre le habían enviado el mensaje mintiéndola. La última vez que Eric la había visto había sido en el cumpleaños de una amiga en común, y eso se remontaba a dos semanas atrás. ¿Entonces? ¿Qué había estado haciendo antes de ser atacado (o drogado)? ¿Con quién había quedado? Porque obligatoriamente había salido de casa, eso seguro. ¿Quizá con esos tipos? Imposible…
<> <>
Había maldecido a su memoria tantas veces, que ya no lo volvió a acometer. El autobús aguardó hasta que por fin el tipo que estorbaba se fue y el autocar pudo por fin girar. Al cabo de cinco minutos aproximadamente llegó a la parada donde debía apearse. Aún llovía. Tuvo que correr hasta cobijarse, aunque en vez de llover lloviznaba en realidad. Miró a su alrededor y atisbó el número del sitio que buscaba. Subiéndose la chaqueta hasta la cabeza, para tapársela, corrió hasta allí al trote.
La fachada del local le desagradó, tanto, que a punto estuvo de dar media vuelta y marcharse. Estaba algo destartalada, con el cartel – Antigüedades Jaro – al borde de saltársele los tornillos y de estamparse contra el suelo, y también estaba roída, con una única puerta de madera, cuyo color marrón rozaba prácticamente el negro. A Eric no le quedó claro si dentro habría antigüedades o si sería esa puerta la que estaba en venta. Ese sitio jamás había pasado por reforma alguna, y a juzgar por la puerta, el tipo que llevaba el negocio no parecía muy interesado en captar clientes. Eric lo comprendió enseguida.
Intentó mirar a través del vidrio que había en la puerta. No obstante, no la habían limpiado en tantísimo tiempo, que el polvo impedía la visión del interior. Consiguientemente, le vinieron escalofríos.
Envuelto en dudas y aquejado por el miedo, agarró el picaporte pero no abrió la puerta. Permaneció unos segundos convenciéndose de que estaba haciendo lo correcto. Pero por más ventajas que se pusiese sobre la mesa, no vio nada bueno en todo ese asunto. Saldría perdiendo a partir del momento en que pusiese un pie dentro de ese sitio añejo. Mas… ¿qué otra opción le quedaba? Al fin y al cabo, ya había decidido en aquella sala oscura frente al Hombre de Negro.
– Vamos allá.
Y entró.
La primera sensación que le embargó fue de nauseas. Un extraño olor afloró de súbito, y aunque no apestaba, resultó difícil de inhalar. El tono sombrío del lugar, en donde no entraba rayo de luz alguno, le trajo a la memoria la experiencia vivida esa misma mañana, y en un tris estuvo de cerrar los ojos, cual un acto impulsivo. No lo realizó, empero. Probó con dificultad de divisar y distinguir los objetos que se le presentaron. Al principio no pudo, luego sí, con la ayuda de la puerta, que mantuvo abierta. En realidad, la había dejado abierta por si tenía que salir por patas. Estaba acongojado. Miró su derredor y no percibió a ninguna figura humana, sólo muebles, libros, retratos, perchas, vestuario, disfraces,… En más de una ocasión tuvo la sensación de que uno de esos objetos no era realmente lo que sus ojos percibían y escondía un monstruo feroz. Se notó como un niño creyente en todo tipo de seres terroríficos.
Cuando ya se acostumbró al lugar, cerró la puerta, sin evitar que chirriase y provocase un fuerte sonido. A continuación ese olor agrio y asfixiante le embargó con más fuerza, y se preguntó quién demonios podía soportar semejante hedor. Se vio incluso obligado a taparse la nariz unos segundos.
Nadie apareció. Eso le obligó a ponerse en movimiento y a comenzar a andar entre aquella tira de objetos casi prehistóricos, los cuales se hallaban escampados sin orden aparente alguno. Anduvo con cautela, mirando bien donde pisaba. El suelo rechinó a cada paso que efectuó.
Tal como había entrado se había encontrado con una especie de rectángulo no muy grande y que no se cerraba, puesto que al margen derecho se alargaba un pasillo poco ancho. Hacia allí se dirigió, con el corazón latiéndole a mil por hora. Si bien no era chico que se asustase fácilmente, un lugar así, con todo silencioso, ponía realmente la carne de gallina a cualquiera.
– ¿Hola? – gritó.
No recibió respuesta, así que continuó. Metió algo la cabeza al alcanzar el pasillo, temiendo que fuese atacado. Nada, tan sólo un simple pasillo libre de cualquiera de las antigüedades de la entradita.
– ¿Hola?
Muy poco a poco, se movió hacia delante. Extrañamente, una ligera neblina se comenzó a formar. Se le antojó que venía de alguna hoguera, ya que olía como a humo. Eso le asustó, y decidió pararse ahí y esperar a ver si alguien aparecía. Quiso darse la vuelta, pero no se atrevió. Entonces oyó unos pasos que se acercaban, unos pasos que venían de lejos.
Le pareció una eternidad hasta que apareció el tipo de los pasos. Era un hombre. Bajito y regordete, principalmente. Era el tipo de hombre que él detestaba, uno de aquellos que comía cebonamente y jugaba a la consola o veía muchas películas. Tenía el pelo bastante enmarañado, entre rizado y liso, aunque a Eric le pareció que hacía bastante que no se lo lavaba. Estaba ataviado con una camisa de cuadros, arremangada, unos jeans azules y unas bambas blancas. Todo su atavío lo recubría el color negro, el cual se había gestado en forma de manchas.
– Ah, hola – pronunció mientras se limpiaba las manos con un trapo. Eric le miró fijamente, descubriendo que llevaba gafas, muy feas y ridículas –. Perdona que no te haya contestado antes, es que estaba con algo que me estaba dando mucha guerra. Pero acércate, por favor. Ven al mostrador.
Obedeció no demasiado convencido. El tipo gordito lo vio acercarse y seguramente se dijo que había entrado un estúpido cliente. Y cobarde.
El pasillo conducía a otro rectángulo con un mostrador azul al final. Detrás de éste había más artículos de antigüedad, éstos más frágiles y entrañables: barquitos, platos, fotografías,… Aparte de eso, al costado opuesto al mostrador había hasta 4 sillas junto a la pared, las cuales dejaban mucho que desear.
– Sí que tienes el mostrador lejos, ¿no? Quiero decir, tienes esa entradita y hay que pasar por este estrecho pasillo.
– Que es raro, ¿no? Bueno, manías mías. Aunque bueno, me has pillado haciendo una cosita. Normalmente estoy por aquí.
– ¿Y no te da miedo que te roben?
– Pobre del que lo intente. Mira – y con el dedo señaló a una cámara colgando en una esquina del techo.
Se colocó tras el mostrador. Al final de éste había una puerta, que Eric supuso que era el lavabo. Se trataba de la única puerta.
– No suelen venir clientes a esta hora. – Cuando hablaba, le salía una voz ronca, como si hubiese estado bebiendo o estuviese con resaca –. Es por eso que no estaba atento. Bueno, dime, ¿qué buscabas? ¿Qué te gustaría comprar?
– Estaba buscando al Manitas.
– Un servidor – alzando y estirando los brazos, en forma cómica. A Eric se le escapó una risilla.
– A mí esto no se me da muy bien. – Carraspeó –. Ehm… Operación Cañada.
La cara del regordete se transformó. De su mona e ingenua sonrisa pasó a una seriedad sepulcral. Sus ojos se achicaron y sus dientes desaparecieron. Cual nervioso, dio tres golpes al mostrador con los nudillos de las dos manos.
– ¿Has venido solo?
– Por supuesto.
– Sígueme.
Abrió la única puerta que había, que efectivamente era un lavabo, con una pica, un retrete y un limpiador. El Manitas tocó una baldosa de la pared y algo se empezó a mover. Eric creyó que ese ruido ya lo había oído antes, cuando había oído los pasos del Manitas. La pared comenzó a girar, hacia la derecha, y se paró justo a la mitad.
– Vamos, entra.
Pasó de costado y se descubrió en otro pasillo con un suelo de hierro y paredes de metal. El sitio se asemejaba a esos sótanos donde se guardaban calderas y productos químicos, sitios donde material como el plástico o la madera peligraban. El ambiente era bastante frío, y Eric se notó como dentro de un congelador. El Manitas se movió, conduciéndole por unas escaleras estrechas pero firmes. Tras unos veinte peldaños accedieron a otro pasillo que comunicaba con un patio hecho de baldosas blancas, limpiadas años ha. A primera vista Eric distinguió armas y chalecos, además de coches y motos. El sitio se parecía mucho al de un taller, pero clandestino. A una pared divisó una puerta de garaje precedida por una ligera rampa. Cerca de ella, una mesa adosada a la pared que mediría más de treinta metros.
– Acércate.
Como un niño al que le regalan su primer juguete, Eric admiró todo lo que se escondía en ese antro. Se le puso la piel de gallina al sentirse como en las películas de thriller, con persecuciones, disparos y demás. Luego se imaginó que maldeciría este sitio al no se verse preparado. Mas eso ya vendría por su curso normal. Por el momento, disfrutó de lo que contemplaron sus ojos. Habiéndose acercado a la mesa y habiendo bordeado los coches, algunos desmenuzados y otros en estado de reparación, se abrió ante él un alud de armas: pistolas, metralletas, escopetas, navajas,… Algunas le sonaron, por los videojuegos y películas y esas cosas, pero otras le hicieron sentirse un ignorante. Tocó una arma con la yema de los dedos, cual embelesado.
– ¡No toques! – Él inmediatamente retiró la mano, asustado –. Jajajaja. No pretendía asustarte de esa manera, chavalín.
Se acercó al arma y lo limpió con un trapo que tenía allí sobre la mesa.
– ¿Ahora qué? Se lo entregamos a la policía y ven tus huellas.
– Perdón…
El Manitas se carcajeó, estridentemente. Su carcajada resonó por todo el lugar, reverberándose en forma de eco. A Eric le entró un escalofrío.
– Puedo deducir que es la primera vez que ves un arma, ¿cierto? Sólo hay que mirarte a la cara para darse cuenta. Eres como la mayoría de los que han venido aquí, novatos y pardillos. ¿Y sabes cómo han acabado?
– ¿Cómo…?
– ¡Muertos! – y se volvió a carcajear, tras ver el rostro de pavor en Eric –. Madre mía. Cada día vienen tipos mejores.
Se encaminó hacia un filo de la mesa, la de la parte derecha. De súbito Eric recordó que en su bolsillo guardaba la lista. Lo extrajo.
– Ehm… Tengo cosas que comprar.
– Sí. Todos vienen para comprar, o para morir. ¡Jajajajajaja!
Si bien sus comentarios rebasaban el sarcasmo, ese tipo empezó a gustarle. Quizá se hicieran amigos en un futuro. Aproximándose a él para tenderle la lista, lo miró detenidamente y reflexionó que ese tipo, a pesar de trabajar con un negocio ilegal, era buena gente. Inspiraba confianza al menos.
– Ten.
– ¿El qué? ¿La lista? No me hace falta. Sé de sobra lo que te tienes que llevar.
– Entonces, ¿por qué me la ha puesto?
El Manitas se meció el pelo y suspiró.
– Mira que le he dicho miles de veces que se ahorre el ponerlo. ¡Pero anda que no le gusta escribir!
– ¿Es escritor?
– ¡Debería serlo! Escribe unos poemas… que te cagas. Un día tuve la oportunidad de escuchar uno y casi se me cae una lágrima.
– ¿Y quién es este… este tal Hombre de Negro?
– Nadie lo sabe.
– ¿Nadie lo sabe?
Hizo que no con la cabeza y se alejó. Eric se sintió como si le diesen plante. Le observó alejarse hacia una oficina en la que no se había fijado al pisar el patio por primera vez. Era pequeña pero atractiva. Estaba rodeada de madera, la única que extrañamente asolaba por esos páramos. El Manitas entró en ella.
– Pero no puede ser – flipaba Eric, quien se había acercado a la oficina. Echó un vistazo al pequeño rectángulo mientras volvió a hablar –: Alguien tiene que saber quién es. Le habrás visto la cara al menos.
– Regla número uno, ehm…
– Eric, me llamo Eric.
El Manitas asintió con la cabeza.
– Regla número uno, Eric: no hagas preguntas sobre el Hombre de Negro. Es inútil, no vale la pena calentarse la cabeza porque jamás lo descubrirás. Es el tío más astuto, pillo, listo, cabrón que puede haber en la faz de la Tierra. Nadie de los que trabaja con él sabe quién es.
– No me lo creo. Alguien tiene que saberlo.
– En sueños.
– No, en serio. ¿No me estarás diciendo que siempre sale con esa espantosa máscara y esa capa?
– Yo sólo lo he visto así.
El Manitas abrió un cajón y principió a revolver papeles y objetos. Sobre el escritorio, el único que había en esa oficina, se apilaban multitud de hojas. Además de este escritorio, se alzaba un archivador en el que ningún cajón se hallaba debidamente cerrado, ya que sobresalían trozos de hojas. Incluso la papelera que descansaba en un rincón estaba a reventar de papeles.
– Me estás tomando el pelo.
– Que no. – Sacó un dossier con archivos, documentos y tarjetas dentro. Posteriormente se puso unas gafas –. Al principio, cuando lo conocí, me rajé delante de él por las pintas que me llevaba. Pero me pegó una santa hostia y desde entonces que se me acabaron las risas. Ese tío sabe lo que se hace y lo hace muy bien.
– Pues no sé.
– Lo único que realmente sé es que posee mucho dinero. Opino que esa es la clave de su éxito. Él me trae mucha gente como tú a las que le ha dado un maletín con mucha pasta gansa. ¿A que te ha dado mucho a ti?
– No me puedo quejar.
– Todos venís por el dinero, y no es ningún pecado. De hecho es Nuestro Dios y es bueno que sea así.
– Pues yo lo no comparto.
– ¿Y quién eres tú para no compartirlo? – atacó súbitamente, de una manera que a Eric le pilló en bragas –. Tú has venido con un maletín bajo el brazo. Bueno, tú has sido más listo que todos los anteriores y no lo has traído contigo, pero eso no quita que lo has aceptado.
– Pues no he tenido elección.
– Sí la has tenido. Seguro. El Hombre de Negro nunca fuerza a nada cuando negocia. Recuerda bien y no te equivoques.
– Se estará haciendo viejo.
– ¿Te apuntó con una pistola?
– Puede.
– No lo sabes, y no, no te apuntó.
– ¿Cómo lo sabes? – De repente Eric percibió que ese Manitas sabía mucho del Hombre de Negro pero que a él no se le revelaría. Por el momento.
– Pues porque todos los que, como tú, vienen para cumplir una misión cuentan lo mismo: se despiertan medio lelos en un sitio cerrado, luego pasan a una habitación donde son esposados, todo prácticamente a ciegas excepto por una lámpara que muestra la máscara del Hombre de Negro. Le encanta hacer eso. Se deleita enseñando esa máscara. Entonces negocia. La respuesta que exige es muy fácil: o sí o no. No hay más. Pero no hay pistola de por medio.
– Ya, pero a mí no me ha dicho que iba a necesitar una pistola.
– Bueno, tipo listo. Y has picado.
Padeció entonces de algo así como vergüenza. Parecía como si le hubiesen tomado el pelo. Se figuró que todas esas películas que había visto no le servirían para nada de experiencia y se figuró también que la realidad le aporrearía con un buen golpe. <>
El Manitas abrió el dossier.
– Bueno, aquí tienes lo que vas a necesitar. – Le tendió el dossier y Eric se lo miró por encima. Acto seguido, prosiguió –: Ahora escúchame atentamente. En este mundo no existen los héroes. Todo eso que sale en las películas no es más que una chorrada. Aquí los que van de listos acaban pudriéndose bajo la tierra. Así que cumple con lo que te pidan y no intentes investigar más de la cuenta.
El Manitas se levantó y se acercó a donde estaba él, tras la mesa. Posó una mano sobre su hombro.
– Pareces un tipo majo. Créeme: han pasado muchos como tú y sus destinos han sido fatales. Ojalá no corras la misma suerte. Ya descubrirás de qué va todo esto.
– No, si ya empiezo a sentirlo. – Por un momento se echó a reflexionar, con los ojos vacíos –. Me noto diferente, como si mi vida haya cambiado por completo.
– ¿Por el dinero? – inquirió con una sonrisa.
– No, porque voy a usar una pistola y voy a pasar a ser un criminal. Mi vida no podrá ser igual. Convertirte en otro, abandonar a mi familia. Joder, ahora lo digo a la ligera pero a medida que pase el tiempo me daré cuenta de lo que realmente significa.
– Bueno, no te preocupes. Nosotros te encubriremos para que no te metan en chirona. Ven, que te enseñaré el arma que vas a usar.
Le siguió y regresaron allá donde reposaban todas las armas. Retornó en él esa delicia y maravilla por esos objetos tan peligrosos. El Manitas las examinó minuciosamente con la vista y escogió una sencilla que Eric había visto en multitud de películas. Cogiéndola con un trapo, se la pasó a Eric.
– Cógela, no temas. Ahora es tuya y sólo tuya.
Cayó sobre sus manos como si cayese un saco de cemento de más de treinta kilos. A pesar de que pesaba poco, su carga simbólica casi pudo con él. Jamás antes había tocado una pistola real, y ahora que lo estaba haciendo, estaba delirando.
– Bueno, es una de las pistolas más básicas que hay en el mundo. Es una Colt. Como debes saber, es una pistola semiautomática. Abres el cargador y pones aquí las balas. Cierras así. ¿Has notado el clic? Siempre espera a que suene; si no, no está bien cargada. Ah, por cierto, me faltan las balas…
Cuando encontró balas y se las entregó, le enseñó cuatro cosas esenciales que todo pistolero debía saber. Eric escuchó con atención, pero también con mucha aprehensión. Cada vez se formaba más claramente en su cabeza la imagen de algún acto altamente delictivo. Anhelaba echarse para atrás, pero no sabía cómo…
Pretendió comentárselo al Manitas, pero se avergonzaría al instante de formularle alguna pregunta. Esperaría hasta reencontrase con el Hombre de Negro. Le diría que lo sentía mucho pero que no se veía capaz de llevarlo a cabo. Que mejor que contratase a otro.
Una vez que el Manitas acabó de explicarle todo, le acompañó hasta la salida, excusándose con que debía cerrar la tienda para hacer un recado. Durante el camino hasta la salida la cabeza de Eric giró en torno a miles de preguntas, pero tan sólo se reservó una.
– Oye, tengo una pregunta. ¿Por qué cosa se rige el Hombre de Negro para elegir a la persona que tiene que… bueno… cumplir “una misión”?
Se encogió de hombros.
– A mí particularmente me da la sensación de que le va mucho el rollo psicológico. Estudia mucho a sus víctimas y cuida al mínimo detalle cualquier parte del plan. Supongo que també os estudiará a vosotros.
Eric se reservó el derecho a corroborar esto último. Ese hombre le había estudiado al detalle. Le habría seguido incluso. Si no, ¿cómo se entendía que pasadas unas pocas horas ya tuviese en un dossier un carné falso con su foto? Se estremeció al percatarse de que le habían espiado y de que seguramente habían entrado en su casa.
– Y oye – finalizó, poniendo un pie en la calle –, ¿cuándo te mandaron hacer todo este material?
– Hará unas dos semanas por lo menos. Piense que estas cosas no se hacen de un día para el otro.
Eric restó patidifuso.
– El muy cabrón sabía que aceptaría…
El Manitas esbozó una sonrisa y se limitó a enarcar las cejas, a la vez que cerraba la tienda con llave. Por más que se esforzó, no vio ni pizca del interior del sitio. Rebufó, cual desesperado.
Ya no llovía. Con las manos en los bolsillos, empezó a caminar tranquilamente hasta la parada de autobús. Pataleó todo aquello que se le puso por medio. Estaba algo furioso. El Manitas sabía más de lo que le había contado y se lo había ocultado. ¡Era tan intrigante ese tal Hombre de Negro! Sin apenas conocerlo, desprendía una fuerza atrayente fruto de gran misterio. ¿Quién sería ese Hombre de Negro? ¿Por qué le había escogido a él?
Y especialmente, ¿qué debía hacer?

A pesar de su hambre voraz, estaba dibujando círculos en el plato de sopa con la cuchara. Por mucho que intentase frenar toda esa estampida de pensamientos, le resultó imposible y muchos de ellos ya se habían colado en su cabeza. A veces se acordaba de que tenía hambre y se acercaba a la boca una buena cucharada de sopa, muy rica por cierto, pero entre cucharada y cucharada mediaba como más de un minuto. El vaso, en cambio, estaba completamente vacío, y eso que se lo había llenado de Coca-Cola hasta en dos ocasiones. El pensar siempre le provocaba mucha sed, y era entonces cuando sí que inconscientemente su cuerpo se acordaba de sus necesidades.
Su madre, obviamente, se cercioró sin tener que inferir demasiado.
– ¿No tienes hambre? Llevas como diez minutos pensándote la jugada. – Se rió, pero lo hizo sola –. ¿Te preocupa algo?
– Bueno, sí, muchas cosas, pero principalmente una.
– Déjame adivinarlo. ¿El trabajo?
– Sí. Es tan difícil encontrar algo decente hoy en día… Estamos tirando para atrás en vez de evolucionando.
– ¿Has tenido una entrevista esta tarde?
– Sí. ¿Y sabes cuánto me han ofrecido? Menos de 5 euros la hora. Un tío con carrera, trabajar esa pila de horas y por menos de 5 horas. ¿Pero dónde se ha visto tal cosa? Desde que hay tanta inmigración ahora el sueldo ha bajado porque todos estos que vienen aceptan cualquier miseria y nos están quitando el trabajo. Maldita pobreza.
Habiéndose acabado el plato, asintió con la cabeza, lentamente.
– Vaya que sí. Desgraciadamente. – A continuación, se irguió –. Pero bueno, no te preocupes. Ya saldrá algo. De momento podemos ir tirando.
– No desistiré, no te preocupes.
Ella se retiró a la cocina. Fue a partir de entonces cuando Eric pegó cucharada tras cucharada con una cierta regularidad. De hecho, terminó el plato en cuestión de muy poco tiempo. Su respiración era más tranquila y no se apretujaban tantos pensamientos en su cabeza.
Su madre apareció y encendió la televisión. Se arrojó al sofá como solía hacer siempre: aparentar prácticamente que se encontraba ante una piscina y desear que Dios le protegiese de darse un buen testarazo. Aunque no le ocurrió nada (como siempre), un día de esos se llevaría una sorpresa. Y cuando acaeciese, Eric se troncharía hasta reventarle la barriga.
– Ha llamado tu hermana – señaló.
– ¿Ah sí? ¿Y qué se cuenta?
– Me ha llamado para avisarme de que mañana se pasará en casa para cenar.
– ¿Ya con un novio?
– No te mofes, malo. Ya sabes que ella es muy especial en todo ese asunto.
– Y que lo digas.
– Aunque está haciendo progresos, mi niña. Se ve que ha empezado a salir con un chico y que va en serio.
– Algo me ha dicho David. No sé. Pero me ha parecido entender que llevan semanas de rollo.
– Esta hermana tuya… Desde que se independizó no quiere saber nada de su madre. Qué cruel. ¿Serás tú tan cruel cuando te vayas?
Eric enrojeció, puesto que se acordó de algo repentinamente. Principió a titubear.
– Quizá…
– ¡Oh! Estos hijos… ¡Yo nunca he abandonado a mi madre! ¡No, señor!
Eric, sabedor de lo que vendría acto seguido, se levantó de la mesa y se dirigió hacia la cocina. Oyó, en la lejanía, a la voz de su madre, quejándose y comparándose a sí misma de joven con su hija y con él, pero él ya se sabía el cuento de pe a pa. De hecho, repitió por lo bajini alguna de las palabras que le llegaron a los oídos, inclinando la cabeza a izquierda y a derecha. Mojó algo los platos y los dejó en la pica. Posteriormente, fue hasta su cuarto.
– Voy a hacer una llamada – informó a su madre –. En seguida estoy contigo.
Se cerró en el cuarto y sigilosamente sacó el papel de “Operación cañada”. Algo le cosquilleó en su interior: verse envuelto en un momento de secretismo provocaba en él una subida de la adrenalina y un colapso de emociones por todas partes. Pronto arribó también el nerviosismo, especialmente cuando cogió el móvil y marcó el número de teléfono que se indicaba en la hoja del Hombre de Negro. Buscó el maletín con la mirada, preocupado de que su madre se hubiese topado con él, distinguiéndolo al lado del armario, junto a una mochila. Creyéndose que el tipo al que estaba llamando tardaría en contestar, fue hasta el maletín, pero a medio camino tuvo que pararse.
– ¿Sí?
– Ehm, hola. ¿Con Federico Paltino?
– Yo mismo.
A la sazón se creó un silencio embarazoso. Eric buscó en su archivo memorístico aquellos diálogos que había visto en las películas. Ninguno de ellos le sirvió y a punto se encontró de desesperarse. Mas reaccionó como pudo.
– Ehm… Seguramente no me conoce.
– Seguramente no.
¡Vava, otro tipo gracioso! No, si al final resultaría que se las iba a ver con todo un equipo de payasos mafiosos.
– Llamo de parte del Hombre de Negro.
Y al igual que había ocurrido con el Manitas, la voz de Feredico se ensombreció, agravándose:
– ¿Hablas de su parte? Eso es nuevo.
– Bueno, no. En realidad llamaba porque me había dicho que tenía que hablar contigo.
– Mucha gente tiene que hablar conmigo, y no tengo mucho tiempo. ¿Qué quieres?
– Operación Cañada – se resignó a decir al final. Por lo visto, la gente sólo reaccionaba ante ese nombre.
– Bien. ¿Eric? ¿Te llamas Eric? Podrías haber empezado por ahí. A ver. ¿Podrías pasarte esta noche?
– ¿Esta noche?
– No hay tiempo.
– Entonces si hubiese llamado mañana me hubieseis pegado un tiro.
– Quizá. Aunque esperaba tu llamada.
– El Hombre de Negro te lo ha dicho, ¿cierto?
– Por supuesto. Él siempre se anticipa a todos los movimientos.
Eric se llevó las manos a la frente y se sentó en la cama, para tumbarse, pero luego se lo pensó mejor y se quedó junto a una de las patas. Un pálpito le cuchicheó que el límite estaba delante de sus narices y que nada le salvaría de sobrepasarlo.
– Está bien. ¿Dónde quedamos?
– ¿Conoces la disco Riviera? Regento el lugar. Pásate alrededor de la una y pregunta a cualquier camarero por mí. Él te indicará el camino para encontrarme.
– ¿Necesito llevar algo?
– Cojones y unas buenas tripas.
Si bien Eric se dispuso a replicar, quizá en tono sarcástico, quizá en tono quejicoso, Feredico colgó sin pronunciar ninguna palabra más. Eric restó patidifuso, como si le hubiesen gastado la broma más estúpida. Comprobó que de verdad había colgado y, una vez cerciorado, lanzó el móvil sobre la cama, casi enviándolo a la pared. Que se rompiese. Total, con el dinero que ahora poseía.
Prácticamente abatido y desconcertado, asió el maletín. Echando un vistazo al pasillo por si su madre rondaba cerca, cerró la puerta de nuevo y puso el maletín sobre el lecho. Lo abrió. Ante él volvió a aparecer toda esa salvajada de billetes, los cuales prácticamente brillaban. Eric los contempló embelesado, cautivo de un poder desconocido para él hasta entonces. Los rozó con la yema de los dedos; experimentó el tacto eléctrico que descargaba. No se atrevió a cogerlos. Le pesarían mucho en sus manos. ¡No estaba acostumbrado a tanta cantidad!
Pocos minutos más tarde se duchó. El día había sido agitado, y cuando se le presentaba un día así se olvidaba de sí mismo y de su higiene. Aunque había tenido algo de tiempo después de comer para ducharse, ni se lo había planteado porque ni se había molestado en olerse las axilas. Ahora, por la noche, era otra historia. Además del cansancio, se sentía asqueroso, y básicamente necesitaba que el agua fluyese sobre su cuerpo. Luego cayó en la cuenta de que salía a una disco y que, en consecuencia, debía asearse.
Le sentó muy bien. Le reconfortó, sobre todo. Al descorrer la mampara y colocar un pie fuera, cada una de las partes de su cuerpo le indicó que se habían revitalizado. Buena señal. Sin embargo, luego se vio en el espejo, sin poderlo evitar, y algo así como un gran peso psicológico se le subió encima. Extrañamente se miró larga y tendidamente, cuando su imagen normalmente poco le importaba. Primero se miró “cara a cara”, sin creerse lo que sus ojos distinguían, luego de perfil, aún con mayor incredulidad. Se descubrió mucho más delgado. Afortunadamente aún no estaba raquítico ni en los huesos, pero ya sí que parecía un tipo enjuto. Había perdido peso y masa muscular. Si bien jamás había sido ni robusto ni esbelto, cuando se le había visto, se le había visto “bien”, con carne y con unos brazos y piernas algo gruesos. Ahora su cuerpo guardaba un cierto parecido con una tabla de planchar. Incluso allí donde se le solía encorvar el cuerpo, es decir, a la altura de la cadera, ahora “se había alineado”. Todo esto le preocupó, pues le confería una imagen algo patética, pues podía alimentar malos comentarios, cínicos y viperinos. Él quería evitarlos a toda costa, puesto que despreciaba llamar la atención. <>
Después de acicalarse, descubrió que su madre se había dormido en el sofá. Como siempre, la luz del comedor no había sido apagada ni tampoco el televisor. Ella tenía los pies estirados, colocada de costado, con la cabeza colgándole. Su boca, como de costumbre, se mostraba con todo su esplendor, y era muy raro que jamás ella se hubiese tragado alguna mosca. Eric la observó mientras se ponía una chaquetita y todo lo que necesitaba para salir. Suspiró hasta dos veces, y no precisamente de alivio. Algo de compasión le conmovió.
Cogió algo de dinero del maletín y recolocó éste allí donde lo había dejado y donde más saltaba a la vista. Sonrió pícaramente al pensar que su madre no hallaría algo tan valioso estando ante sus ojos.
No besó a su madre al irse. Eso la despertaría, y él pretendía ahorrarse la excusa con la que salir por la noche en un día de entre semana. Antes, con trabajo, había sido totalmente diferente, y más fácil, ya que su madre no había sido invadida por tanto agobio. Ahora un cinturón les apretaba a los dos. Así que se limitó a apagar la televisión y la luz del comedor.
Tardó más en dar con un taxi que en llegar a la discoteca. Al no haberse buscado un número de teléfono para taxis a domicilio, había rondado muchas manzanas hasta divisar a un par. Curiosamente, volvió a equivocarse con el taxista que eligió, ya que éste tornó a no dirigirle la palabra durante todo el trayecto. Incluso se enojó con Eric cuando éste le dijo adónde se dirigía pero no la dirección concreta. Con el GPS tuvo que clicar la opción de “Entretenimientos” y probar suerte. La tuvieron, pues les salió la dirección, mas eso le costó a Eric algo más de la cuenta y unos cuantos bramidos de toro. No le importó lo más mínimo. Le sobraba algo de pasta.
Tal como esperaba, no había ninguna larga cola en la entrada del local. De hecho, dos porteros charlaban entre bostezos, con los brazos cruzados y moviéndose para entrar en calor. Eric pasó entre ellos sin tener que mostrar ninguna identificación.
Le gustó la entrada, una especie de arco negro con dos puertas de vidrio por las que acceder. Arriba se veía en colores verdes chillones el nombre de la discoteca. Entró y se sorprendió al ver a algo de gente dejando ropa en el guardarropa. Chicas muy guapas y tremendas además. No se molestó en dejar la chaqueta (en el guardarropa había la típica mujer rubia ya entrada en años) y pasó directamente a la pista de baile, una especie de círculo con ningún podium en particular y sí con una barra y unas escaleras negras por las que nadie podía subir. Era pequeño el sitio. Muy familiar, de hecho.
Cuando había entrado, le habían dado una tarjetita. Eso significaba que la consumición era obligatoria y que hasta que no bebiese algo no podría salir. Antes de tener que vérselas con el tipejo ese (¿quizá sería el Hombre de Negro verdadero?), decidió animarse el cuerpo con algo fuerte, pidiendo Jack Daniels. La cosa esa le entró no muy bien, y encima se la bebió antes que canta un gallo. Algo así como náuseas ascendió hasta su garganta y sus ojos.
Aguardó, sin embargo, poco más de diez minutos a que le bajase todo ese líquido al estómago y le “domase” la mente. Hasta que eso no sucedía normalmente no aupaba valor; cuando el alcohol circulaba por su cabeza, él ya no se hacía responsable de sus actos. Era entonces cuando poco le importaban las palabras que había que decir.
Cuando preguntó por Federico, le indicaron que debía subir e ir a una puerta de la izquierda. Le dijeron que él mismo podía subir y que llamase a la puerta. A Eric eso no le convenció mucho, pero sólo pudo resignarse consigo mismo.
Mientras subía por unas escaleras negras de metal, poco anchas y algo viejas, echó un vistazo a las chicas que estaban bailando por ahí. Había una morena en especial que le llamó la atención. Ella no se percató en ningún momento de su mirada, así que él se demoró en mirarla tanto como quiso. Quizá luego, cuando bajase, intentase conocerla, aunque algo le repetía en su cabeza que se iba a arrepentir de su visita a ese sitio.
Tras las escaleras venía un pasillo del mismo color y material que llevaban a dos puertas distintas. Una Eric dedujo que se trataba de la salida de emergencia, y la otra la de las oficinas. Fue hasta allí. El beber alcohol no había producido ningún efecto benigno en él: las manos le temblaban y las piernas deseaban huir. Pero el destino había sido sellado, para mala fortuna para él.
Llamó a la puerta, tímidamente. Luego se dio cuenta de que seguramente no se habría oído y repitió la acción pero con más brío y fuerza. Alguien contestó al otro lado de la puerta, algo que Eric presumió como un adelante. Dubitativo, empujó la puerta hacia adelante.
Estúpidamente, creyó que el interior se hallaría totalmente invadido por la oscuridad y que allí, sobre alguna mesa, reposaría una lámpara y unas esposas. No obstante, nada de eso ocurrió. En el interior la luz radiaba y casi cegaba. Descubrió una oficina sencilla y que había visto en tantos sitios, como en los bancos. Sofá, escritorio, sillas, estantería, ventana y televisor. No se molestó en pasear la vista por toda la sala ya que su falta de anormalidad pronto le aburrió. Tan sólo buscó a Federico y pronto lo localizó. Era un hombre calvo y con la cara algo chupada. Levantó la mirada en cuanto Eric empujó la puerta.
– ¿Sí?
– Soy Eric.
La cara de Feredico se iluminó y sonrió.
– Ah, adelante – y se levantó. Tras una camisa a rallas de manga larga y unos tejanos azules oscuros de marca, Eric distinguió un hombre que asistiría al gimnasio con regularidad y a alguien que no le tendría miedo a nada ni nadie. Su forma de andar, con la cabeza y el paso firme, le confirmaron tal cosa. Eric se preguntó hasta qué punto sería de fiar. Tenía pinta de mafioso, para qué negarlo, con unos ojos negros oscuros que no permitían vislumbrar hasta qué punto la sonrisa sería sincera. Eric se pidió a sí mismo vigilar con ese tipo, pues podía jugarle una muy mala pasada.
– Hola – saludó Eric, estrechándole la mano. La fuerza del tipo ese era monumental, puesto que casi le partió los huesos de los dedos. Eric reprimió el dolor, aunque tuvo que disimular muchísimo.
– Hola. ¿Has venido con alguien?
¿¡La misma primera pregunta que con el Manitas?! Sin duda alguna, yendo solo ganaba muchos puntos. En un principio…
– No. He venido sólo.
– Muy bien. ¿Has estado aquí alguna vez? Aquí se liga mucho viniendo solo.
– Bueno, luego tendré un tiempo para estar por aquí y observar el panorama.
– Muy bien. – Sonrió, de mejilla a mejilla. Eric se estremeció, aunque supo cómo maquillarlo. Esa sonrisa con esos ojos negros que le recordaban a los de un gato de una bruja hipnotizaban… – Sígueme.
Federico le llevó hasta la otra puerta, la de la salida de emergencia. Se abrió ante sus ojos un patio, que no dejaba de ser más que un mero rectángulo sin techo alguno protegido por un muro que llegaba a la altura de las rodillas y que cuyo muro sólo se veía interrumpido por unas escaleras muy similares a las del interior del local. Entre las sombras le pareció distinguir una forma humana.
La puerta se cerró tras él. Feredico, de brazos cruzados, se colocó justo detrás de él, aún con la sonrisa puesta, aunque la forma en cómo estaba de pie le indicó que le pegaría una paliza si intentaba algún truco. Eric comenzó a tener miedo. Por primera vez se formó en su cabeza que se había metido en un buen lío, que debería haber rechazado ese dinero y que debería también haberse negado a hacer lo que estaba por ver. Ya le faltaba aire, y un cosquilleo nada agradable le había abandonado.
– Hola de nuevo.
De nuevo aquella voz que lo había cambiado todo. Eric buscó con la mirada al Hombre de Negro, aunque apenas pudo distinguirlo. El miedo le estaba pasando factura y apenas racionalizaba. Federico avanzó hacia él, lo que le obligó a efectuar un paso al frente. Además de estremecerse, tiritó, por culpa del frío. Al parecer, el cubata no había producido ningún efecto en él.
– Tranquilo, que no muerdo. ¿Fumas?
– No, no – balbuceó, con dificultad.
– Pues yo sí – terció Federico. A continuación, se encendió un cigarrillo –. Yo no puedo dejar de fumar. Un día me pudriré.
Nadie supo qué replicar. Sólo el viento, que susurró muy sinuosamente.
– Bueno, Eric. Has venido. Pensaba que te llevarías el maletín y huirías.
Eric recordaba que sólo debía contestar a las preguntas que el Hombre de Negro le formulase, aunque en este caso, tras esperar, se encontró con que el Hombre de Negro esperaba que Eric pronunciase algo.
– Supongo que eso habría sido una mala idea.
– Una muy mala idea – corroboró Federico.
– Federico, por favor. No le agobiemos. Que es nuestro nuevo trabajador.
Y, finalmente, se dejó ver. Avanzó unos pasos hacia Eric y se plantó prácticamente delante. Éste tornó a ser testigo de la estrambótica y extraña apariencia del tipo ese, aunque en esta ocasión la máscara le infundió más pavor y respeto, puesto que pudo contemplarla con más detenimiento y con más claridad. Las bombillas que colgaban de la pared (hasta tres) permitían algo así. Y no sólo eso, sino que éstas le revelaron que se trataba de un hombre asombrosamente alto y corpulento ocultado tras una capa que le llegaba hasta unos zapatos que (¡adivinen!) también eran negros.
Eric se vio tentado con echarse para atrás, mas Federico le barraba el paso. Le temblaban las piernas y el corazón le palpitaba muy rápidamente. Necesitaba otra copa. O dos. O más…
– Bueno, te preguntarás por qué coño te he traído hasta aquí. No tiene mucho misterio, la verdad. Federico es un gran amigo mío y me proporciona… digamos… información muy útil para mí. Este local nos sirve de punto de reunión porque, como podrás imaginar, es un sitio en el que se pueden contar muchas cosas.
– Y hacer muchas guarradas – añadió Federico.
– Calla, Federico.
Eric giró el cuello y miró a Feredico. Esa sonrisa – estúpida, arrogante, prepotente, interminable – estaba como pegada a su cara. Iría de guay o algo así, pero no le transmitía nada positivo, a diferencia del Manitas. Éste, aparentemente, transmitía confianza, amistad, trato. Federico definitivamente era el último hombre al que acudiría para un favor.
– Bueno, a lo que iba. Aquí es donde se gestan muchas de mis operaciones. Obviamente aquí no las hago todas porque hago demasiadas y son demasiado gordas. Has oído, gordas. ¿Sabes lo que significa eso?
– Sí, que son un marrón bien grande si la cagas.
– Más que eso, amigo, más que eso. Significa que si la cagas eres hombre muerto. Tú, yo, o tu madre. Porque claro, aquí es todo como una familia. Si la palmas la acabarán palmando todos tus más cercanos.
– ¿Por qué? – se le escapó a Eric. Inmediatamente se llevó una mano a la boca. Percibió cómo, tras la máscara, sonaba un bramido muy desagradable y aterrador. No le veía los ojos, pero pudo imaginárselos repletos de sangre.
– Bueno, te has tapado la boca. Te acuerdas de lo que te he dicho esta mañana, ¿no? Sí, esta mañana, no pongas esa cara. ¿A que te parece como que ha pasado mucho tiempo? Es normal. Ya te acostumbrarás. Bueno, lo que decía… La palmas tú, automáticamente la palman los que tienen el gusto de conocerte. Así que ya sabes. Hazlo MUY BIEN.
– Sí. Entendido.
Entonces llamó a Feredico y le hizo un movimiento con la cabeza. Eric no le comprendió, pero en cuestión de segundos Feredico se retiró y comprendió que le había mandado retirarse.
– Te preguntarás por qué nos hemos quedado solos – prosiguió –. A ver… mira que yo no soy de corazón tierno, pero esto me resultará difícil de explicar. Vayamos por parte. – Se metió por entre la capa y sacó un papel algo grande. Era una fotografía. Se la tendió a Eric. Éste, en apenas segundos, efectuó un grito de desesperación y presto flipó –. Tranquilo, tranquilo.
– ¡Es mi hermana! ¡Que es mi hermana!
– Lo sé.
Eric se alteró y principió a resoplar y a dar vueltas en círculos cortos. La fotografía volaba en su mano derecha. La otra se tocaba el poco pelo que tenía.
– ¿Te estarás quieto?
– ¿Pero estáis todos locos? ¿Qué haces con una fotografía de mi hermana?
– Aquí yo hago las preguntas.
– ¡Que te jodan! ¡Qué preguntas ni qué preguntas!
Cuando quiso reflexionarlo, no tuvo tiempo. Más rápido que el viento, el Hombre de Negro le cogió por el cuello y con una fuerza sobrehumana le arrastró hasta la pared. Eric gimió y se asustó como un gatito indefenso. El choque contra la pared sonó bruscamente, y su espalda se resintió terriblemente. De golpe y porrazo, toda esa furia desvaneció y regresó el miedo.
La fotografía se había caído al suelo.
– Mira. Que sea la última vez que me metes un moco. Te has comprometido a obedecerme y vas a hacer lo que pida. Aunque sea tu hermana.
– No puedes hacerme esto…
– Claro que puedo. Yo pago.
Le soltó. Estampándose contra el suelo, sintió que le faltaba el aire. Tosió.
– Recoge la fotografía.
Trastabillándose, se incorporó y la recogió.
– La próxima vez que me reacciones así será mucho peor. Y no creo que te convenga perder alguna parte del cuerpo. – Se dio una pausa. Luego continuó –: Bueno, tu misión será la siguiente: la mujer que aparece en la fotografía debe estar muerta como máximo el viernes de la semana que viene. Hoy ya es miércoles, una y media de la madrugada. Así que tienes 9 días para llevar a cabo tu misión. Tú quieres el dinero, tú dijiste que te comprometerías a cualquier cosa, pues aquí lo tienes. ¿Entendido?
Cada una de esas palabras fueron como lanzas que atravesaron su cuerpo. Abiertos los ojos hasta no más poder, su vista se perdía más allá de cualquier pensamiento lógico. La fotografía, que colgaba en su brazo izquierdo, pesaba más que su vida propia, y su imagen revelaba una persona muy cercana a él. Muy cercana. Las piernas acabaron por fallarle y cayó de rodillas. Quiso llorar, mas el miedo se lo impidió. En vez de eso, gimió y jadeó. De repente el frío había desaparecido; le apetecía quitarse la ropa y arrancarse parte de su piel.
– No puedo hacerlo – balbució.
– ¿Qué has dicho? – Eric lo repitió, alzando la voz –. Repítelo.
Eric alzó la mirada, hacia él, con cara de miseria y desdicha.
– ¿Y no deberé hacerlo?
– Repítelo.
– No puedo hacerlo.
Acto seguido, el Hombre de Negro se metió la mano dentro de la capa de nuevo y sacó una pistola. La apuntó directamente a la cabeza de Eric. Éste se llevó una sorpresa horrible y quiso pedir auxilio, mas ningún sonido emergió de su boca. ¡Le estaban apuntando con una pistola! ¡Con una pistola de verdad! Y podía morir si apretaba el gatillo… Su corazón aceleró su latido a ritmo de infarto.
– Esto no es un juego de niños, Eric. Esto es la vida real. Y la vida real es una mierda. Dijiste que sí, apechúgate con ella. ¿Que es tu jodida hermana? Cargátela. Si al fin y al cabo nunca te has llevado bien con ella.
Dejó de apuntarle. Se la guardó.
– Recuerda. Nueve días. Y no intentes jugármela, porque te tengo controlado. Te he tenido controlado desde hace muchos días. Sé quién eres, sé cómo eres. Como me juegues una mala pasada, eres hombre muerto.
– ¿Por qué yo?
Extrañamente, no se molestó por ser preguntado.
– Estos días te darán mucho que pensar. Piensa bien, Eric. Si lo haces, hallarás la respuesta. Sé listo. Aquí los listos son los que sobreviven. Seguramente los primeros dos o tres días no harás nada, porque dudarás y te saldrá la vena romántica. Luego la cosa se pondrá interesante. – Se volvió y se encaminó hacia las escaleras de emergencia que llevaban hasta la parte lateral del local. Cuando parecía que comenzaría a bajarlas, se medio giró y se despidió con estas palabras –: Ya sabrás de mí. De todas maneras, tienes a Federico y el Manitas para contactar conmigo. Aunque te aviso de una cosa: no me gusta que me molesten si no es nada muy urgente y gordo. Así que deja que sean ellos quienes te ayuden. ¡No me falles!
Y le hizo adiós con la mano.
Eric apenas daba crédito a lo que había escuchado. ¡Matar a su hermana! ¿Pero cómo podía ser eso posible? Estaba temblando, estremeciéndose. El frío había vuelto a adentrarse en sus carnes, sintiéndose como a un paso de congelarse. Sus ojos definitivamente se habían perdido en un espacio lejano y recóndito. No pensaba, no se hablaba a sí mismo. Pasaron cinco minutos en que nada existió en esa terraza hasta que se abrió la puerta de emergencia y reapareció Federico. No constató su presencia hasta que no notó su mano posarse sobre uno de sus hombros.
– Vamos, tío, levanta – ofreciéndole la mano –. Es un tipo duro, ¿eh?
– Demasiado.
– Vaya, vaya, así que no tenemos ganas de hablar. Ni siquiera me estás mirando.
– Déjame.
– Eso no te va a ayudar.
– Déjame, he dicho.
– Tipo duro tú también, ¿eh? A ver los huevos que tienes.
Esta vez sí que le dirigió la mirada, una fulminante. Federico no se inmutó. Sonreía, y sonreía, y sonreía…
– ¡Queréis que mate a mi hermana! ¿Cómo se come eso? ¿Qué ha hecho ella? ¡¿Eh?! ¿Por qué querrían matarla?
– Algo malo habrá hecho seguro.
– ¿Algo malo? Estáis todos locos.
Federico rió. Eso echó para atrás a Eric y le dejó atónito, pues no se había esperado una reacción así. Su cara se enrojeció.
– Me las vais a pagar. – Y se prestó a marcharse.
Cuando llegó hasta la puerta de emergencia, oyó cómo le vociferaba:
– ¡No seas tonto! ¡Estás sólo y no vas a dejar de estarlo!
No replicó. Enfurecido, pensó en largarse, pero en cuanto divisó el lavabo no se pudo resistir y hacia allí se dirigió. Entró en uno de los váters y se echó a llorar. No lo hizo estridentemente, sino más bien en silencio. Le avergonzaba la posibilidad de que entrase algún chico u hombre y oyese los llantos de un tipo de más de veinte años y que casi rozaba el cuarto de siglo. ¡Los hombres no lloraban! Seguramente no, mas él se limitó a liberarlo ya que sus empujones eran más de lo que podía uno contener. Permaneció allí algo más de diez minutos, puesto que fueron entrando y saliendo chicos y tuvo que pasar un buen rato para que el sitio se vaciase por completo. Se miró en el espejo y se dio asco.
– Maricona. Cuándo has llorado por tu hermana. ¿Eh, maricona?
Se mojó mucho la cara, hasta que la rojez en sus ojos desapareció y pudo ponerse decente. Se ajustó bien la camisa, algo arrugada ya, y salió. La fotografía ya no seguía en su mano, sino que se la había guardado en el bolsillo. Estando al lado de la barra, la tocó y el áspero tacto del papel le electrocutó. A pesar de que sus ojos estaban posados en la gente que bailaba en la pista de baile y en la que no bailaba, su cabeza giraba y giraba. No sólo por los pensamientos, sino por la música, que sonaba muy fuerte. Su “ausencia” se trataba de algo no muy difícil de deducir: apenas se movía, sólo el pie izquierdo, que seguía patosamente el ritmo marchoso y frenético.
Se pidió una copa, la segunda. Mientras se la bebía, observó el panorama. Alguien por detrás repentinamente le dijo:
– Dan ganas de no marcharse, ¿verdad?
– Ehm… sí. De hecho estaba a punto de irme pero creo que me quedaré un rato.
– ¡Claro que sí, hombre! La noche es larga, ¡y joven! ¿Un chupito?
– Venga – accedió sin pensárselo.
Mientras el camarero preparaba los chupitos, se miró en un espejo que había en el mostrador donde reposaban las botellas. A pesar de que sus ojos mostraban cansancio, se vio guapo y atractivo. Quizá todo ese adelgazamiento no le hubiese venido tan mal. <>
– ¿Y ya le has echado el ojo a alguna? – preguntó el camarero en cuanto tuvo los chupitos preparados.
– A unas cuantas.
– El camarero se rió. Se quejó a continuación –: Si sólo pudiera meterme ahí a la pista de baile… ¡Pero hay que trabajar! Venga, vamos allá. ¡A la una… a las dos y… a las tres! Diosssssss, ¡qué fuerte, sí señor!
Eric se olvidó del camarero; éste tenía mucha faena que hacer y su relación se terminaba ahí. O quizá no… Bueno, podía servirle como fuente de información en un futuro… no muy lejano. Porque algo tenía muy claro (por el momento): no guardaba intención alguna de matar a su hermana. No la soportaría, siempre ella le estaría chinchando, pero jamás se atrevería a realizar semejante aberración.
Volvió a centrarse en la pista de baile. El líquido dentro del cubata se balanceaba ligeramente. Quería acción. Cuando a un corazón lo machacaban con tanta desconsideración, hacía falta algo que lo arreglase. Y alguna de esas chicas no vendría nada mal. Así que, aún sin beberse el cubata del todo, se metió entre el gentío, a la aventura.
El fiera a la aventura.

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PRIMER CAPÍTULO NOVELA NEGRA

 

Cuando Eric se despertó, apenas pudo abrir los ojos. Lo intentó, pero algo así como un dolor punzante le impidió hacerlo. Sólo pudo entreabrirlos. Y tampoco no le sirvió de mucho: no vio más que el color negro.

Se llevó las manos a la cabeza, muy lentamente. Le pesaban las manos. Mientras intentaba manosearse, un sonido ronco y grave emergió de su boca. Tenía sed, mucha sed. Probó luego mover los pies, mas éstos estaban muy agarrotados. <<Dios, una estatua>>, pensó. Se olvidó de los pies y se centró en su pelo.

–                           Au…  – se quejó, con esa voz ronca de nuevo. El pelo le dolía mogollón. Si bien conservaba la misma cabellera, tuvo la sensación de que le habían quitado pelos a base de arrancadas. 

No podía moverse. Eso le enervó. Probó efectuar algún movimiento y descubrió que el cuerpo en sí no respondía. Quiso maldecir, pero le fallaron las palabras.

<<¿Dónde estoy?>>, pensó, con pesadez. También le costaba pensar.

Cerró los ojos, habiendo visto que era inútil mantenerlos abiertos. Primero porque le pesaban en cantidad, segundo porque la oscuridad que le rodeaba no le ofrecía ninguna respuesta satisfactoria.

Decidió esperar, en cambio. Algo ya pasaría.

No recordaba absolutamente nada. Su mente trabajaba lentamente, y apenas recordaba su propio nombre. Sólo le venían ganas de dormir. Había algo dentro de su cuerpo que le motivaba a ello. Sus brazos, sus piernas, sus ojos, incluso su espalda. Ésta, por cierto, se hallaba contra algo. ¿Sería una habitación? A saber. Sólo sabía que estaba sentado sobre algo duro.

Tuvo que esperar mucho tiempo para poder moverse con más libertad. A él le habían parecido horas, pero en el fondo sabía que no habrían pasado ni diez minutos. Estiró las piernas, poco a poco, luego se desperezó. Al alzar los brazos hacia arriba se dio contra algo. <<Un techo. De hierro, creo>>. Ahora los pensamientos andaban más deprisa, y ya podía pensar con más claridad. Sin embargo, seguía sin recordar absolutamente nada.

Al cabo de poco, asustándolo, se abrió una puerta muy estridentemente. Se abrió justo delante de sus narices, y de poco estuvo que chocara contra su pie derecho. Respingó, sin pegar chillido alguno. Más que nada aún le pesaba el cuerpo y esa cosa que corría por sus venas (un sedante seguramente, se decía él con convicción) aún le limitaba los movimientos y los sonidos.

Cuando se abrió la puerta tan de repente tenía los ojos abiertos. Instantes después los cerró, pensando en todas aquellas películas donde atormentan a la víctima con un “ataque de luz cegadora”. Empero, al abrirlos de nuevo, se cercioró de que ninguna luz cegadora estaba arremetiendo contra él. Tan sólo divisó un haz de luz a una cierta altura. Luego, más adelante, otro haz, a cierta distancia. Luego, a la misma distancia, otro haz. Y así sucesivamente.

–                           ¿Hola? – pronunció con miedo.

Nadie le contestó. Escuchó, sin embargo, unos pasos que se alejaban.

–                           ¡Espera! ¿Quién eres? ¿Qué hago yo aquí?

Absoluto silencio.

–                           ¡Eh! ¡Contéstame!

Suspiró. Al parecer, no lo iba a tener fácil.

A paso de tortuga, procedió a acercarse a la puerta. Gateó, con mucho precaución, tanteando con la mano multitud de porciones del suelo, el cual, por cierto, era de metal. ¿Dónde demonios estaría? Un escalofrío le recorrió. De repente se imaginó en un almacén abandonado, a altas horas de la noche, a punto de vivir toda una pesadilla. Por culpa de estos pensamientos, a punto se encontró de pegarse un porrazo: cuando alcanzó la puerta, su mano se hundió hacia abajo, sin encontrar tierra firme. Consecuentemente, se cayó ligeramente hacia un lado y se dolió en un costado.

–                           Jodido metal…

Se repuso como pudo, aún sintiéndose pesado y lento. Se sentó. Tanteando tanto a derecha como a izquierda, descubrió que se hallaba encerrado en un rectángulo pequeño. La idea le provocó escalofríos. ¿Encerrado en un rectángulo pequeño? A continuación principió a imaginarse todo tipo de perversiones contra él.

Con los pies buscó tierra firme tras la puerta. No tardó en encontrarla. La tocó con mucho miedo: no veía absolutamente nada, y temía por que algo le atacase o por que se diese contra algo. Luego se puso en pie, no sin antes ayudarse con apoyo. Al hacerlo por completo, se sintió mareado y sin fuerzas. Se aguantó un minuto o así, hasta que se convenció de que ya podría andar sin problemas. Pero antes de disponerse a ello, se acordó de súbito que tenía bolsillos. Hurgó las manos en ellos, para sólo encontrarse tela y más tela.

–                           Robado… ¡Cerdos!

Ya podía abrir los ojos con más facilidad y mantenerlos bien abiertos. Eso le permitió, al subir la mirada, descubrir que aquellos haces de luz eran bombillas de pequeñas lámparas colgadas en lo que suponía era el techo. Divisó hasta 10 haces de luz en lo que se marcaba como una senda recta. Se le antojó todo muy lejano. ¿Pero que podía hacer si no ponerse en acción y enterarse de lo que le había ocurrido?

Comenzó a caminar. Se hallaba en un pasillo en el que máximo cabían dos personas, así que le fue fácil tocar tanto una pared como la otra con las manos. Al principio caminó con vacilo, por si tropezaba o algo le cogía por los tobillos; luego fue cogiendo confianza y se movió a una velocidad más acelerada.

No tardó en llegar al último haz de luz. Tras ella, pared. Tocó a su izquierda y se encontró también con la pared, pero su derecha no tocó nada, y al mirar hacia allá vio más haces. Habiéndose olvidado del miedo y del pavor, la curiosidad pudo con él y anduvo sin tanteos. Corrió ligeramente. Llegó hasta el último haz, faltándole el aliento, con su cabeza palpitando cual una taladradora.

–                           Pared… Aquí también… ¡Y aquí!

Por lo que… ¿no había escapatoria? Tragó y la saliva le escoció en la garganta. Qué sed que tenía… Entonces comenzó a desesperarse. Se llevó las manos a la cabeza. No podía ser, no podía ser. Encerrado. ¿Pero y esos pasos? Se dio la vuelta.

Mas, instantes después, una puerta se abrió detrás de él, allí donde él se había figurado que era una pared. Aterrorizado y helado, se giró sobre sí mismo muy lentamente. Temblaba. Apenas tenía los ojos abiertos. Quiso taparse la cara pero le fallaron las fuerzas. ¿Pero de que sirvió? Sólo vio más oscuridad…

–                           Qué pasa aquí…

No le dio tiempo a añadir nada más. Dos manos muy fuertes le asieron de las muñecas y lo arrastraron hacia delante. Intentó chillar pero el miedo le había engullido. Ni tan siquiera opuso resistencia.

En cuestión de segundos se notó viajando bien lejos y obligado a sentarse en una silla. Le forzaron con tanta fuerza bruta que su pie golpeó contra una esquina de lo que podría ser una mesa y se dolió en sobremanera. A continuación, escuchó el claro ¡clinc! de esposas cerrándose. Impulsivamente (aunque sabía que resultaría inútil), intentó mover los brazos. Esposados.

–                           No hagas lo imposible – terció una voz. Eric inmediatamente dejó de mover los brazos, completamente invadido por el pavor. – Así está mejor.

Probó concentrarse. ¿Sería esa voz una de esas manos que tan ferozmente le había lanzado hacia la silla? Sólo sabía que procedía del otro lado de la mesa, a muy corta distancia. Su respiración, muy agitada, le impidió saber si había más gente, aunque con toda seguridad lo habría. Tipos duros además.

En cuestión de segundos la desesperación le dominó:

–                           ¿Quién eres? ¿Qué coño hago aquí? ¡Quitadme estas malditas esposas inmediatamente! ¡Contéstame, so…! 

–                           Insultar no creo que te convenga mucho.

Tragó. Qué sed… ¡Y qué mareo!

–                           ¿Que no insulte? ¡Pero si me habéis puesto en este puto… sitio que apesta y en el que no se ve nada! ¡Cobardes, que sois unos cobardes!

–                           Número 3, creo que deberemos quitarnos del medio a este señor y ofrecer la propuesta a otro.

–                           ¿Una propuesta, dices?

–                           Sí. Una propuesta muy suculenta.

Intentó tranquilizarse. Una propuesta decía, y suculenta. ¿De qué podría tratarse? La cabeza principió a girar y girar, muy rápidamente. Necesitaba tumbarse.

–                           Vaya, te has calmado de golpe. Eso es bueno.

Una luz se encendió de sopetón. Le pilló de sorpresa, y no pudo más que cerrar los ojos y girar la cabeza hacia un lado para no verse cegado. Tardó un cierto tiempo en poder acostumbrase a ella, muy potente. Procedía del centro de la mesa, y no era más que una lámpara de las que se ven en muchos escritorios. Pero no distinguió nada más. De hecho, había tenido la sensación, aún habiendo estado escuchando la voz, de que se había hallado absolutamente sólo, ya que ni tan siquiera había percibido la respiración de los que le acompañaban en… ¿la sala?

De repente, se oyó cómo una silla era arrastrada y ligeras formas difusas aparecieron tras la lámpara. Vio manos, ambas negras. Al principio creyó que era un hombre de color, pero luego, a medida que se aproximó, se percató de que iba ataviado con una capa negra que le cubría parte del cuerpo. A continuación, comprobó cómo una de esas manos (con guantes, sí, los pudo distinguir) cogía la lámpara y se la acercaba hacia sí. Cuando pudo verle la cara, respingó y pegó un ligero alarido.

–                           Pero qué…

–                           No te asustes. Es una simple máscara.

Sí, vio la máscara, pero el rostro que expresaba la máscara le aterró. Le recordó mucho a las máscaras esas de las películas juveniles con un asesino merodeando por ahí y matando. Era una máscara blanca con líneas negras que marcaban sus ojos, su nariz y su boca. Eran dos ojos estrechos pero muy largos y que iban de arriba abajo, con forma de “O” muy alargada. Su nariz apenas era visible, muy pequeña e insignificante. Y su boca, ¡ay su boca! Bueno, no tenía, pero uno podía imaginársela tras esas dos líneas negras gruesas que venían a ser sus labios. Sonreía maléficamente, como aquel gato en Alicia en el país de las maravillas. Y además muy anchamente…

Toda esa desesperación que antes le había embargado desapareció en un periquete y el miedo tomó posesión de él. Enmudeció y sólo dejó que el aire entrase y saliese de él.

–                           A ver, no nos entretengamos mucho, que no tengo mucho tiempo  –. Tamborileó sobre la mesa con los dedos y luego posó las dos manos –. Tendrás muchas preguntas en la cabeza, aunque seguramente estás tan acojonado que ni piensas. No te preocupes: yo te ayudo a pensar. Una propuesta te he dicho. Sí, y muy jugosa. Millones…

–                           Mi… Mi… ¿Millones?

–                           Ni más ni menos. Pero será un trabajo muy difícil. Y si fallas, quizá te arrepientas para toda la vida. ¿Estás dispuesto a aceptar cualquier cosa?

–                           ¿Por qué yo…?

–                           Ya te dicho que tendrás muchas preguntas en la cabeza. No pienso contestar a ninguna. Aquí yo pongo las reglas. ¿De acuerdo?

–                           Ehm… sí.

–                           Muy bien. ¿Número 2?

Alguien a la izquierda de Eric se agachó y a continuación efectuó un paso al frente. Un maletín pasó “volando” por delante de sus ojos. Volando, no, ya flipaba… Ese tal Número 2 se lo había tendido al de la máscara y capa negra.

–                           Gracias. Bueno, veamos –. Puso el maletín sobre la mesa, desplazando la lámpara, y la abrió –. ¿Qué te parece?

Con estupefacción, atestiguó que dentro había miles de billetes. Miles de euros. Algo le punzó en el corazón, muy fuerte. Incluso enloqueció, un poquito. Dinero, dulce dinero.

–                           Te gusta, ¿eh?  Está demostrado.

–                           ¿Qué tengo que hacer? – interrumpió.

–                           Eh, eh, para el carro. ¿Quién hace las preguntas?

La máscara volvió a verse tras la lámpara, y el miedo volvió a inundar a Eric.

–                           Usted, usted.

–                           Así me gusta. Bueno, a lo que iba: esto puede ser tuyo si cumples un propósito que te voy a pedir. Pero repito, no será fácil. Y te lo repito porque de ti pueden depender muchas cosas.

–                           ¿De mí?

–                           Sí, de ti. ¿Tengo que repetirlo? Número 3, ¿me explico mal? ¡Porque siempre me hacen repetir las cosas!

–                           No, señor. Se explica muy bien.

Tras esa máscara algo ronroneó, como complacido.

–                           Bueno, no queda tiempo. Escúchame atentamente. Voy a dejar este maletín aquí, para ti. Es un adelanto. Dentro del maletín encontrarás una lista de lo que necesitarás comprar. También tendrás el nombre de una persona a la que deberás ir a ver. Cuando des con él, pregunta por el Hombre de Negro. ¿Te ha quedado claro?

–                           Sí, pero…

–                           Pues no hay más que hablar. Número 3, la llave.

Unos pasos, apenas perceptibles para el oído, se movieron hacia delante y una mano, que él apenas distinguió (sólo pudo discernir que era gruesa, muy gruesa), dejó una llave pequeña sobre la mesa.

–                           Ah, se me olvidaba – pronunció el de la máscara –. Como no te presentes, te arrepentirás.

Cuando estaba en un tris de preguntar, recordó que no podía formularlas. Y cuando se vio a sí mismo esperando para que esa voz – lenta, pausada y asertiva – se alzase otra vez, una puerta se cerró más allá de la mesa. ¿Pero qué?, se dijo, completamente descolocado y anonadado. Presto, una luz mucho más potente que la de la lámpara se encendió: la luz de la sala. Por tercera vez en no sabía cuántos minutos, cerró los ojos. Impulsivamente, movió las manos, pero se encontraron sin apenas libertad de movimiento. Maldijo, una vez, dos, tres.

–                           Qué bonito…

Lentamente, también cautelosamente, los abrió. Se descubrió en una sala pequeña pero alta, con paredes blancas y baldosas azules en el suelo. La puerta por donde habían salido los extraños tipos se hallaba cerrada. El sitio le recordó mucho a una sala de manicomio. Siguió escrutando la sala, encontrándose sólo con la mesa, la lámpara, el maletín, la llave y dos sillas. Nada más. Todo limpio, pulcro. Supuso que el lugar era habitualmente usado, con toda seguridad por el tipo de la máscara (el Hombre de Negro) y esos dos con nombre de número. Supuso que llevarían a tipos como él, desorientados, sedados. ¿Desesperados quizá? Porque ese maletín le había caído como Santo del cielo. ¿Por qué demonios le habría escogido a él?

Tuvo el pálpito de que habían pasado por esa sala decenas de tipos como él.

–                           ¿Y ahora qué? – inquirió a la sala vacía.

Aún la desesperación no le había llamado a la puerta (¡Cuantos cambios de estado anímico en tan poco tiempo!), pero se concienciaba de que no tardaría mucho en retornar. Fijó, entretanto, sus ojos en la única llave que descansaba sobre la mesa. ¿Cómo demonios llegaría hasta ella si no podía moverse? Tenía que ser una broma, porque si no, no lo entendía. Ningún ser humano era capaz de desesposarse con las manos pegadas. Así que decidió esperar… hasta que se hartó y se hizo a la idea de que realmente tenía que espabilarse por sí solo.

–                           Como me salga de esto, prometo que me pagaré unas vacaciones de puta madre.

De modo que se puso manos a la obra, con muy poca convicción. Seguro de que sentado no lograría nada, se puso en pie. Analizó la situación. Sala prácticamente vacía, una mesa, sillas,… Se miró a sí mismo. Comprobó si era posible bajar las esposas hacia abajo, hasta el suelo, pero resultó imposible. Sólo le quedaba una opción, compleja y complicada, en la que si fallaba podía verse en un gran apuro.

–                           Habrá que arriesgarse – se resignó.

Con sumo cuidado, levantó la silla y se echó para atrás, evitando tocar la mesa. La clave de todo yacía en que la llave no cayese al suelo. Si eso se producía, podía morirse del asco ahí dentro. Cuando más o menos estuvo paralelamente a la altura de la llave, la cual se encontraba a su izquierda, principió a inclinarse hacia esa dirección, muy lentamente. Estaba sudando, respirando agitadamente también. Cuando había algo  mucho en juego, hecho que apenas se había producido en su vida, se ponía muy nervioso, y apenas controlaba sus propios movimientos. A la sazón, le temblaban las manos.

–                           Maldita sea.

Sin embargo, supo mantener la compostura a la perfección. Colocando la mano sobre la mesa como pudo, algo chapuceramente, para su propio bien descubrió que podía coger las llaves bien, sin oposición alguna. Las cogió, mas, cuando intentó ponerse recto, se cayó al suelo. A continuación se oyó un gran estruendo.

–                           Dios…

Se hizo algo de daño, pero su mente no estaba por su cuerpo, sino por la llave. Afortunadamente, aún la conservaba. Apretó su mano izquierda, para que definitivamente no se le escapase.

–                           ¿Y ahora cómo me levanto?

Le fallaron las fuerzas cuando lo intentó. Tras otros dos intentos fallidos, desistió.

Debía existir alguna manera sin necesidad de enderezarse. Miró su mano y miró las esposas. Verificó hasta cuánto podía alargar las manos.   

–                           Espera…

Dio con la solución, y tal como ocurre en multitud de cosas en la vida, se preguntó cómo no había dado antes con ella, pues, aunque no era obvia a primera vista, era visible al menos. <<Supongo que debería conservar una mente más fría a veces.>> Y pensándolo, tuvo otro pálpito, el de que tendría que acordarse de este pensamiento de cara al futuro.

Cuando había probado bajar las esposas por los brazos de la silla, no había probado medir cuánto podía acercarse una esposa a la otra, puesto que no se había cerciorado de que bajando las esposas por “los brazos de metal” la distancia entre un brazo y el otro se acortaba. Lo que venía a decir que, apurando hasta lo más abajo posible, una mano casi podía tocarse con la otra. Si bien se encontraba de costado, situación que dificultaba la operación, consiguió bajar su mano izquierda hasta donde el brazo de metal tocaba con el asiento. Presto bajó la mano derecha. Cuando comprobó que las manos podían dar con un mayor alcance, se alegró muchísimo y por primera vez desde que se había despertado se tranquilizó. Acercó las manos una a la otra y pasó la llave a su mano habitual, la derecha. En cuanto encontró el hueco por donde meter la llave y la metió, se liberó.

Suspiró. Jamás un suspiro le había aliviado tanto.

–                           Qué cosas más raras, de verdad. Me despierto encerrado en una especie de almacén de bar que no es más que el final de todo un pasillo, luego esta sala de locos con un loco que lleva una máscara que da más giñe que la niña del exorcista. ¡Y este puto maletín! – Lo miró con deleite, pero también con mucho respeto. Intuyó que detrás guardaba un auténtico infierno –. Veamos qué hay dentro.

¡Cuánto le temblaron las manos cuando rozó los botones para abrirlo! Se sintió como responsable de una decisión que cambiaría la vida de miles personas. Ese pensamiento le cargó el cuerpo con mucho peso. Tuvo ganas de correr y salir de donde estuviese. Mas no pudo. Necesitaba el dinero. De alguna forma, el tipo de la máscara sabía que iba necesitado. Seguramente le habría seguido, porque los amigos y la gente con la que él se rodeaba no eran gente que se moviese en esferas policiales. Sin embargo, la pregunta seguía siendo por qué él.

–                           Venga – se animó.

Destapó la tapa. Centenares de euros afloraron a continuación delante de sus ojos. No se puso a contarlos, aunque a ojo calculó que habría algo así como seis mil euros, aunque podría ser el doble. Qué más daba la cantidad. Se puso, en cambio, a tocar los billetes, a rozarlos con la yema de los dedos y a alegrarse muchísimo. De repente, se sintió el tío más feliz del mundo. ¡¿Qué podía haber mejor que el dinero para la paz y tranquilidad de una alma atormentada?! Comenzó a pegar saltitos y a dar vueltas, y ya todo lo que le había ocurrido con anterioridad se le fue de la cabeza.

Cuando ya se cansó de celebrarlo (aunque… ¿cómo podía alguien cansarse con semejante regalo?), recordó que había una nota que debía leer. Con los nervios y la explosión de júbilo se le había olvidado por completo. La encontró fácilmente sobre los billetes, en un rincón. Era un trozo de papel blanco típico de DIN 4. Lo cogió y se puso a leerlo. 

Algo de la lista le pungió el corazón de entre las pocas cosas que necesitaba.

–                           Dios Santo, por qué yo…

Lo que le hizo prácticamente desfallecer fue lo siguiente: necesitaba comprar una pistola. 

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Una propuesta para lectores // A proposal for readers

¿Quieres ser el dueño de un blog? Me explico… Propongo añadir blogs sobre una novela mía de thriller, pero sólo si alguien me lo pide. Es decir, si la gente quiere seguir leyendo la novela, se hace, y si no, se para y se deja ahí, como si de experimento se tratase. Hablamos de una novela negra donde un chico es ofrecido mucho dinero por el hombre de negro para matar a su propia hermana. ¿Alguien se anima? ¿Suena aburrido? Tú decides.

Do you want to be the ower of a blog? Let me explain you… I suggest adding blogs on a thriller novel of mine, but only if you ask me to. In other words, if people want to go on reading the novel, it will be done; otherwise, it comes to an end and it is left off there, as thought it was an experiment. The detective fiction novel is about a boy who is offered a large amount of money in order to kill his own sister. Is anybody up for it? ¿Does it sound boring? It’s up to you.

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Tú y tu sueño

Cumplido un sueño, ahora sólo falta vivirlo. La felicidad te embarga, los sentimientos están a flor de piel, la sonrisa aparece natural y sincera. Ahora todo lo que tiene que ver con el sueño es maravilloso, espléndido, y atrás quedan … Seguir leyendo

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